El legado cultural del comunismo (1)

Joaquín Miras Albarrán

Debate con Jordi Borja

1. LA RECUPERACIÓN DE LA TRADICIÓN COMUNISTA.

“El filosofar del marxismo es el filosofar de la práctica marxista (en genitivo subjetivo, no objetivo: de la práctica, no sobre la práctica)…”

Manuel Sacristán Luzón1

Jordi Borja ha publicado un extenso ensayo en EL Viejo Topo2 y rebelión, en febrero del 2011. El objeto de la misma es la recuperación de la tradición comunista para el presente. Una recuperación crítica, que señala carencias, pero que asume –así me parece- el legado de la tradición comunista como herencia y patrimonio culturales reales, no ficticios ni inventados, y por ello, en consecuencia anima a la unificación de las diferentes organizaciones políticas comunistas, en especial a las que surgieron de la ruptura del PSUC/PCE, para que vuelvan a hacer acto de presencia política.

La reflexión de Jordi Borja sobre cultura comunista, se revela ahora, paradójicamente, oportuna, tras la quiebra del comunismo español, tras el hundimiento de la URSS y el bloque del Este, tras la desaparición de los principales, grandes partidos comunistas europeos. Porque tras todo esto, una cosa sí ha quedado clara. La desaparición de la cultura comunista fue la desaparición del único freno que existía contra el capitalismo. En Europa así ha sido, con la excepción de algún país escandinavo.

En otros momentos, tras la implosión del comunismo español en 1981, y, luego, en 1990, tras el hundimiento del bloque del Este como consecuencia de una revolución popular, cabía que muchas personas de izquierdas pensaran razonablemente que con la desaparición del comunismo y el fin de la guerra fría era posible, y hasta lógico, que las fuerzas de la Internacional Socialista, entre nosotros, el PSOE/PSC, viraran hacia la izquierda, ocupasen el espacio político vacío -¿acaso no eran los PCs occidentales fuerzas cuya política era imitación de la socialdemócrata?- y asegurasen para sí la vinculación con las clases subalternas como garantía de una larga vida política en la nueva fase abierta. Y esto dentro de una dinámica general posible, en que las otras fuerzas políticas que declaraban tener pensamiento e inspiración social –las democracias cristianas, o las fuerzas que proclamaban tener un proyecto social demócrata, tal como, por ejemplo, lo había afirmado en la fecha de su fundación, Convergència Democrática de Catalunya – libres del lastre de la guerra fría, desarrollarían también estas líneas de fuerza inspiradoras de su programa – en Les Terceres vies a Catalunya.

Lo que sobrevino es que las peores expectativas, las que a priori parecían ser las más maledicentes se hicieron realidad. En concreto, la involución política y moral de los partidos socialdemócratas parece un guión de película escrito al dictado de Zhdanov. En lo político, el paso con armas y bagajes al neoliberalismo económico de estricta observancia. El apoyo a la política de vaciamiento –eufemismo para “liquidación”- de las democracias europeas y sus programas sociales de base mediante el expediente de la creación y aplicación del paquete de medidas –más de 100 páginas- que se suele denominar “constitución” europea, que elimina las capacidades de control de los ciudadanos sobre las políticas y las instancias efectivas de gobierno de la Unión Europea y que vacía de soberanía a los Estados que ya no controlan su economía, sus impuestos ni sus finanzas. La colaboración activa o la supeditación consciente a aquellos poderes que han impuesto la creación de las leyes e instituciones, surgidas tras la guerra fría, que articulan la desregulación de la economía y la financiarización de la misma. Añadamos, como imágenes impresionistas, el recuerdo del corrupto mafioso Craxi, el ultraliberalismo de Strauss Kahn, actual director del FMI, la herencia del ex premier inglés XX, Tony Blair, coprotagonista de la más feroz guerra colonial desde la del Vietnam. La pertenencia a la internacional socialdemócrata del golpista Carlos Andrés Pérez, y, tal como hemos sabido últimamente, de los partidos de los dictadores de Túnez y Egipto.

En lo referido concretamente a nuestra historia, nuestra experiencia y nuestra cultura, la de los comunistas españoles y catalanes, hay que concluir que la política inspirada, impulsada y organizada por nuestro partido, practicada y protagonizada, desde luego, por muchos ciudadanos democráticos organizados en movimientos, fue la única, real, cultura democrática popular, de masas que ha existido en nuestra sociedad después de 1939; la única “realmente existente” y no de cenáculo, ni de mesa camilla, no de libro, o de cátedra, que había en España. La única cultura práctica democrática. Tal y como quedó demostrado, a contrario, por las consecuencias que acarreó el vacío dejado por su desaparición: la oligarquización frenética de la política española, la imposición del poder de las maquinarias de los partidos políticos, tan sordas a los reclamos populares como complacientes con la plutocracia, y la entrega al liberalismo.

Desde luego, en la construcción y organización de ese proyecto de movimiento democrático participaron también otras fuerzas comunistas cuyos militantes impulsaron el movimiento. Pero su peso fue muy menor.

Todos estos acontecimientos hacen que debamos volver sobre nuestros pasos para reconsiderar nuestra historia y reflexionemos sobre aquella experiencia histórica, para recuperar para el presente todo lo valioso de nuestra cultura

En parecido sentido, creo, se expresa Jordi Borja en relación con la actitud liberal sometida al poder, del PSOE/PSC. Cabe decir que el de Jordi Borja es un texto valiente por la crítica despojada a la que somete a la socialdemocracia, públicamente y por escrito. Crítica de la que se concluye que esas fuerzas políticas oligarquizadas por sus dirigencias, sin militancias reales y arraigo popular, entregadas a la “combinazione” política, y a la subordinación y la inclusión en el mundo de las grandes finanzas especulativas, han dejado de ser relevantes como posibilidad y alternativa política si se piensa en la política como democracia.

Para abrir la reflexión sobre las carencias o limitaciones que hicieron fracasar el proyecto comunista –hecho indiscutible- Jordi Borja vuelve al periodo histórico tras el cual el comunismo español estalla, y anuda con los debates y la política de entonces.

En consecuencia vuelvo yo también a hacer un breve examen del eurocomunismo a la par que de las políticas concretas impulsadas por la dirección eurocomunista en el periodo, pues unas y otro iban unidos. Trataré de señalar lo que, en mi opinión, son las limitaciones que hundieron el proyecto comunista, y también las enseñanzas positivas, en las que debe inspirarse todo nuevo proyecto político para el presente.

Por lo tanto, trataré en primer lugar de la experiencia que significó el eurocomunismo en España. Sólo, luego, brevemente, me referiré a la experiencia italiana. En la segunda parte, y para finalizar, trataré de hacer una reflexión de índole más genérica extrayendo conclusiones para el presente, pues de eso se trata.

El eurocomunismo, es una propuesta política que elabora el PCI tras el golpe de Estado contra la democracia chilena organizado por Henry Kissinger. La nueva política era una estrategia que trataba de salir al paso del golpismo en caso de que el PCI accediera al gobierno y de abrir vías que preparasen este mismo acceso. Era un desarrollo posible de la política propia de los PCs en los regímenes liberal parlamentarios democráticos, surgidos en la segunda posguerra mundial. El debate sobre el eurocomunismo se introdujo en nuestro partido desde la dirección ya antes de 1977, fecha en que los secretarios generales de los partidos comunistas francés, italiano y español presentaron juntos la iniciativa política sobre el eurocomunismo, y del libro de Santiago Carrillo. Se abrió incluso antes de 1975, fecha de la declaración conjunta de Berlinguer y Carrillo según la cual el socialismo debería hacerse en paz y libertad, y en realidad se concluye con la ruptura del partido tras el quinto congreso.

De hecho, la apertura del debate sobre el eurocomunismo, impulsada por la dirección se enmarcaba, como no podía ser de otra manera en la inflexión de línea política general –“svolta” a la española- decidida por la dirección, dentro de la cual era un elemento clave. Un primer acelerón en la inflexión política se produjo de forma muy marcada en julio de 1974 a consecuencia del agravamiento de la salud del dictador, que en el verano de ese año sufrió su primera gran crisis. En esa situación se abrió el debate sobre la revisión y abandono de la política de movilización de masas.

La causa de la inflexión política hay que buscarla en la valoración hecha por la dirección del partido sobre el movimiento de masas. Se consideraba que la movilización popular, a pesar de la fuerza muy notable que había adquirido, sobre todo en el movimiento obrero, era una vía políticamente fracasada o agotada para los objetivos propuestos y era preciso abrir otras formas de hacer política.

Se pretendía sustituir la vía de la movilización popular por el pacto y el compromiso con el “sector aperturista” del régimen franquista –los editoriales de Santiago Carrillo en Mundo Obrero, marcando la línea política nueva “Al búnker o a la libertad” y “Al vado o a la puente”, de título explícito el primero, al distinguir entre un sector franquista irreductible y otro reformador -, y para ello, ya para 1974 había hecho amago de ceder en asuntos tales como la aceptación de la bandera monárquica, la forma de Estado y de aceptar la candidatura a la monarquía decidida por el dictador. En esta línea de innovaciones políticas no discutidas, y de desmovilización, que continuaría hasta la constitución y los pactos de la Moncloa, decisiones todas adoptadas con gran precipitación e impuestas mediante el autoritarismo de la dirección, se enmarca el empuje dado, también de golpe, al asunto teórico nuevo del eurocomunismo, impulsado con gran fuerza, una vez estuvo Santiago Carrillo en España, mediante la reunión celebrada en Madrid, en 1977, de los secretarios generales a la que me he referido.

En lo que hace a la inflexión de la línea política a aplicar para la transición, el apretón definitivo se produjo tras la muerte del dictador, en noviembre de 1975, cuando la dirección sintió “que se le acababa el tiempo”.

¿Qué es lo que espoleaba a la dirección al abandono de la política de movilización y a la adopción rápida, sin debate, y en paralelo, de lo que se presentaba como una nueva estrategia política?. Esta es a mi juicio, la pregunta cuya respuesta puede poner en claro los límites del eurocomunismo, que, en realidad, no eran distintos de los que adolecía la izquierda en general.

Pero antes conviene recordar cómo era, por aquel entonces, el partido cuya influencia añoramos, el producido por “su otra alma”.

2. CÓMO ERA EL PARTIDO Y SU POLÍTICA HASTA ENTONCES.

¿Cómo era el partido antes de la nueva política y de las transformaciones organizativas que iría imponiendo la aplicación de la política del eurocomunismo?. El partido, es decir, todos nosotros –el PSUC- en nuestra inmensa mayoría, éramos un partido con escasa formación ideológica. Salvo raras excepciones personales, el partido no poseía nivel teórico. La formación teórica del militante y del cuadro medio estaba muy por debajo de lo que hubiesen permitido las condiciones de clandestinidad impuestas a la militancia hasta el Sábado de Gloria de 1977. La formación se limitaba a la discusión de los documentos que orientaban la lucha política –“Después de Franco qué” y “Hacia el posfranquismo”-, algunos cursillos sobre canónica de marxismo leninismo, y sobre Cuestión Nacional, al menos en el PSUC. Los manuales de marxismo leninismo eran el instrumento intelectual más socorrido. Fundamentalmente, en los últimos años el manual de Marta Harnecker, Qué es el materialismo histórico Las revistas teóricas del partido –Nous Horitzons, Nuestra Bandera– habían tenido siempre contenidos muy débiles, con contadas excepciones. Y el instrumento más interesante, la revista Realidad había sido suprimida por la dirección. La formación, de cualquier tipo, cuando no tiene fines instrumentales es un proceso largo, y cuyos resultados no pueden ser previstos, o mejor dicho, pueden ser imprevistos.

El militante del partido, en contrapartida, no estaba atenazado, como le ocurría a los militantes de partidos de extrema izquierda, por un cuerpo doctrinal basado en las polémicas de la izquierda de los años veinte y treinta del siglo XX, desconectado del mundo contemporáneo, y convertido en canónica escolástica útil solo como señal identitaria.

La práctica política había desarrollado en cuadros y militantes de masas experimentados, precisamente como consecuencia del realismo que señala Jordi Borja, una cultura política, en el sentido antropológico de la palabra, un ethos, un saber hacer, opuesto también al doctrinarismo y al ideologismo.

Eran formas de hacer político cotidiano que en la vida del militante no se diferenciaban de su vivir, pues eran una extensión del mismo. El militante era, en su centro de trabajo, en su lugar de militancia, un individuo reconocido como tal comunista, en uno u otro grado, y al menos por un círculo de personas. Y muchos conocían sus opiniones, que debían ser expresadas abiertamente si se quería que tuviesen peso. “Clandestino”, lo era el partido. El militante era “discreto”; de ser clandestino en el sentido del significado pleno de la palabra, no hubiera habido militancia. Un partido comunista no era una logia. Si el trabajo de militancia estaba bien hecho, los depositarios de la confianza bien elegidos, la información, bien medida, la solidaridad y complicidad de los compañeros del entorno era la mejor protección; esto era causa y efecto de vínculos personales.

Los militantes aportaban a su trabajo y al partido sus propias experiencias culturales, heterogéneas, existentes en la realidad social, pero no por ello contradictorias u opuestas entre sí; formas de vivir la política en la vida cotidiana, formas de vivir en político, de hábitos de vida inspirados por la política – comunismo del frente popular con la “cuestión nacional” bien aprendida, comunismo campesino andaluz, socialismo catalanista, catalanismo republicano, igualitarismo católico, no necesariamente “cps”, y, en general, y sobre todo, las culturas obreras y campesinas de las clases subalternas, culturas de vida autónomas, reproducidas en la familia, en la comunidad, en la barriada –vieja o de nueva creación- de ethos igualitario, …. Eran culturas que formaban parte de nuestra sociedad, y que se expresaban en el interior de nuestro partido porque, precisamente, nuestro partido estaba en la sociedad. Se expresaban, no como teorías o ideologías, sino como pensamiento vivido en conato, como pautas del vivir que exigían una vida práctica política.

La militancia del partido trabajaba en los frentes de masas. Cada militante estaba organizado en una célula. Creo que es necesario explicar qué es una célula política dado que un hipotético lector cuarentón de hoy ha nacido en 1971, y estaba en plena infancia por aquel entonces -1977, 78, 79…81-. Las células eran pequeños grupos de militantes cuyo cometido era trabajar en un determinado frente de masas. Los militantes adscritos a una célula no tenían que estar juntos en el mismo ámbito concreto de militancia de masas, la misma empresa o asociación de vecinos, el mismo centro docente, etc., pero sí en un ámbito análogo de militancia, con problemas similares: diversas fábricas del pequeño metal, diversos tajos de la construcción, diversos centros de enseñanza. Su tarea era tratar de organizar a los trabajadores y demás sectores populares, con objeto de que nos movilizáramos, e, integrados todos en el movimiento democrático, combatiésemos al franquismo. Un buen trabajo militante, generaba organización democrática estable; generaba cultura, hábitos de relación, anudaba nuevas relaciones y nuevas formas de hacer, incluidas las del trabajo; esto es, modificaba en la realidad las relaciones sociales internas al centro de trabajo y a la sociedad; se disputaba el control sobre la empresa, se desarrollaba capacidad de control y decisión reales, o, lo que es lo mismo, poder, al margen de la “titularidad” de la propiedad. En SEAT, por ejemplo, el orden de los talleres era establecido por los propios trabajadores. Hubo una larga época en que los ingenieros no bajaban al taller.

La solidaridad, la comunidad creada entre los miembros del movimiento en cada ámbito concreto era muy fuerte. La dinámica abierta de participación y debate era la que producía nuevas ideas e iniciativas, que el militante apoyaba, y de las que daba parte y exponía a los camaradas de militancia, y eran reflexionadas, asumidas y convertidas en propuestas a reintroducir en otros ámbitos semejantes. Cada militante las proponía a las personas de su ámbito de militancia como sugerencia práctica que era escuchada por gentes generacionalmente semejantes de cultura semejante y en puestos de trabajo similares; solían prender. Para ilustrar esto con ejemplos, las CCOO no las había inventado el partido; éste supo entender esta creación cuyo origen tiene nombre de lugar y de gentes, concretos, y supo extenderla como propuesta. La política del frente de enseñanza entre trabajadores interinos y contratados del sector público, hasta 1978 –maestros, profesores de institutos, profesores de universidad- era el Contrato Laboral como nueva forma de elaborar una función pública democrática. Ésta idea fue asumida y propagada por el partido. Pero surgió de una asamblea de docentes no numerarios, universitarios, celebrada en Granada – así me fue contado-. El partido trabajaba por organizar establemente a los trabajadores, en unificar los distintos organismos estables en un frente de masas sectorial y en organizar todos los frentes sectoriales en un gran movimiento democrático popular. El partido era el sistema nervioso del movimiento. Era un partido frente.

Junto al movimiento obrero, los otros grandes frentes de masas fueron el movimiento estudiantil, el de enseñanza, en desarrollo a medida se incorporaban las promociones que habían hecho su experiencia política en la universidad; el intelectual y las asociaciones de vecinos, que eran instituciones –si es que se puede utilizar esta palabra para definirlas- muy flexibles, en las que tanto se desarrollaba lucha vecinal como se organizaba la difusión cultural, o se organizaba a mujeres en una lucha que luego se denominaría feminista. En las asociaciones de vecinos, se podían dar clases de alfabetización, etc. Las asociaciones de vecinos, eran también centros de socializad barrial.

El frente más potente y exitoso era el del movimiento obrero. La política del partido lo había convertido en el unificador de esas gentes y esas concepciones de vida. La praxis política del partido había logrado crear, a partir de gentes y culturas, –sin que la dirección lo hubiese buscado- un movimiento democrático del que surgía, en conato, una nueva forma de entender el vivir, a partir de la posibilidad de control de espacios de vida cotidiana, de la solidaridad y la actividad cooperativa permanente, etc. Esta era una experiencia desigualmente repartida y se daba con más fuerza en barriadas obreras del cinturón de Barcelona. La nueva situación generaba nuevas expectativas de vida, incluso ante el saber, que era percibido como instrumento útil en relación con las nuevas capacidades desarrolladas por las personas activas y las aspiraciones nuevas a una vida mejor. La cultura generada por el PSUC produjo familias obreras que formaban hijos con inquietudes intelectuales. Muchos hijos de obreros de los cinturones industriales, cuyos padres estaban politizados, y vivían en su familia esa cultura, fueron a estudiar a la universidad; algo hoy inexistente.

El movimiento democrático creado por el partido dio esperanzas y aspiraciones de mejora, dio respiro cultural a amplios sectores de trabajadores. Creó culturas de fábrica, abriendo mediante la lucha y la imposición de facto nuevas formas de trabajar, nuevas formas solidarias de trato y comportamiento entre trabajadores. Desarrolló las relaciones humanas entre los miembros del movimiento. Todo este cambio en la gente, que no era fruto de las falsas expectativas sobre la democracia como jauja, no fue nunca tenido en cuenta ni valorado por el partido como colectivo, ni por la dirección.

Todas estas nuevas relaciones sociales democráticas en ciernes, podían dar origen a una nueva cultura, unificadas por la actividad, dentro del movimiento democrático, organizado.

Que entre esas mismas gentes hoy día, tras la derrota del movimiento, se haya vuelto a formas de ver la vida y de vivirla acomodadas a la cotidianidad del consumo creada por el capitalismo, y a valores de vida, a pensamiento vivido, integrados, nada tiene que ver con la “irrealidad” y “idealismo juvenil iluso”.

Se es lo que se vive, y se vive lo que se hace, esto es, lo que permiten las relaciones sociales anudadas, por cada individuo, que no es sino el resultado de ese anudarse en el que él se auto elige entrando en unas relaciones nuevas, y pone la decisión de participar y el esfuerzo activo, pero cuyas consecuencia son imprevistas y nuevas. Sencillamente, éramos mejores como consecuencia de nuestro hacer, y ahora vivimos y somos peores, y no me refiero solo a los militantes organizados en el partido.

Lo cierto es que nosotros mismos, los que creábamos el movimiento, y hacíamos surgir una nueva cultura de vida, un nuevo ethos, no teníamos categorías intelectuales para “verlo”, para percibir las mutaciones antropológicas y culturales que siempre produce en los colectivos humanos el paso a la actividad organizada protagonizada. Había allí bases para reformar la cultura social. Cambio que cualquier antropólogo no dudaría en considerar una hipótesis razonable. Aquel ethos que surgía del hacer práctico del movimiento democrático, de la vida cotidiana nueva en ciernes que allí despuntaba, que no era una simple modernización de las costumbres, que era una búsqueda del sentido de vida, un filosofar unido al hacer, el único que existía, era un ya apuntar hacia un nuevo Estado, esto es hacía unas nuevas formas de relación y hacia nuevas formas de vida, de una relaciones sociales distintas en la medida en que eran modificadas ya. Solamente para el pensamiento imbuido por la matriz ideológica liberal (liberal – positivista), la cultura material, la cultura de vida, es decir, el ethos, según el vocabulario clásico, es algo “natural”, “espontáneo” o “magmático” , y no tiene nada que ver con la Sociedad Civil y con el Estado.

Por lo demás, que el partido como colectividad no discutiera y elaborara una política basada en la organización de una nueva cultura material de vida como fundamento de hegemonía es una de las responsabilidades de la dirección política del partido. Una responsabilidad gravísima. Porque en el partido existía elaboración intelectual al respecto. Manuel Sacristán Luzón y Giulia Adinolfi, cuya comprensión del filosofar de Gramsci era profundamente cultural trabajaban en esa línea desde la segunda mitad de los sesenta3. Habían entendido el calado de la reflexión que el último Lukacs había abierto sobre la penetración del capitalismo para el consumo en la vida cotidiana y su estructuración de un nuevo pensamiento cotidiano4. Y sobre la imperiosa necesidad de que la política pasase en primer lugar por la creación de un movimiento democrático contra la manipulación de la vida cotidiana. También los textos de Pasolini fueron muy tenidos en cuenta, especialmente por Giulia Adinolfi, así como los trabajos antropológicos sobre las subculturas portadoras de valores de vida, de pensamiento vivido. En este sentido, en 1974 Sacristán, que era combatido fieramente por la dirección del partido, y estaba rodeado por un cinturón sanitario para evitar el contagio de sus ideas en la organización, traducía y prologaba un libro que resultaba una “extravagancia”, para los militantes del partido, que no tenían la posibilidad de debatir sus ideas; la Biografía de Gerónimo. En él reflexionaba sobre la posibilidad de luchar exitosamente contra el enemigo en condiciones de suma desigualdad, haciendo de la defensa y preservación del propio ethos y de la autonomía de propia cultura material, la clave de la opción de lucha, y sin hacerse falsas ilusiones o inventar “estrategias” para el futuro. En relación con esta otra idea, precisamente en otro texto suyo, de 1969 se puede ver ya cómo Sacristán elogia en Gramsci su rechazo del estrategismo, esto es, de la pretensión de poder aventurar una visión profética del futuro que permite elaborar en la mente una serie de etapas y de correspondientes jalones políticos que deben ser asumidos como metas intermedias. Años después, en 1978, en el debate sobre el eurocomunismo, y sobre la firma de los pactos de la Moncloa –¿ubi sunt?, ¿dónde el cumplimiento de los mismos, dónde el de los artículos sociales de la constitución, que nos iban a curar y cuidar para siempre? Más difuntos y olvidados que el padre de Jorge Manrique- en respuesta a una carta de Daniel Lacalle, Manuel Sacristán se expresaría de igual forma pero con mucha más contundencia: “…fabular vías del socialismo es meterse a zascandil de la historia, intentar ser universal y perder en el intento hasta la misma identidad de uno, es, en suma, querer ser demiurgo y quedarse en mequetrefe. Y eso mismo me parece en general el empeñarse en instrumentar “engarces” entre el día y el siglo”5.

Esta forma de ver la lucha cultural como el combate fundamental abría posibilidades de hacer política en el otro gran tema que Sacristán supo poner sobre el tapete a raíz de los Informes del Club de Roma sobre los Límites del crecimiento –Forrester Meadows, Mesarovic Pestel etc- y del libro de Wolfgang Harich ¿Comunismo sin crecimiento? Babeuf y el club de Roma6. Porque la lucha por la construcción de una cultura ya en el presente abría vías de trabajo posibles a la creación de una cultura material sobria, respetuosa con la naturaleza.

Teníamos camaradas que sabían que eran las culturas materiales subalternas, autónomas, históricas, las que habían permitido producirse y reproducirse a la izquierda y que esas mismas culturas materiales estaban siendo fulminadas. Que había que tomar la decisión de pasar la actividad política a este trabajo. Y no se hizo. Luego, cuando vino el colapso, se prefirió echar la culpa a la URSS por el fracaso propio. Pero el fracaso de la URSS no explica el hundimiento cultural de la socialdemocracia, ni el de la Iglesia católica; ni el nuestro.

Pero por encima y por debajo de todo esto, había una realidad contundente. Lo que constituye a un régimen como democracia, -y algo de esto indica Jordi Borja al final de su texto- es, no simplemente la existencia de elecciones. Lo fundamental, imprescindible sine qua non para la existencia de una democracia, es la existencia de demócratas. Y ésta no es tampoco una simple trivialidad. Porque demócrata no es cualquier votante, sino quien interviene activamente en la práctica política y social. Y aquel movimiento, resultado del activismo de los individuos y colectivos que habían pasado al protagonismo de la política unificados entre sí por el partido, que acogía a quienes entre ellos deseaban un grado mayor de discusión sobre su experiencia, de debate, y buscaban mejorar su capacidad organizativa práctica. El nuestro era un partido movimiento, ya no un partido “liberal-leninista”, esto es, una versión de la teoría de elites como “consciencia exterior”; el modelo del Qué hacer, en el que se rinde homenaje y se sigue a pies juntillas a Kautsky. Esto es, ya no era un partido de matriz socialdemócrata; era la expresión y a la vez la escuela de formación de la democracia, era el crisol de una nueva forma de hacer democrática.

Sin la participación activa de la ciudadanía, no existe tal ciudadanía, y no existe res publica en consecuencia. Y sin un movimiento democrático que garantice la participación política de la plebe, de los de abajo, esto es, del demos, no existe la democracia republicana.

3. LA DEMOCRACIA REPUBLICANA.

Las democracias vitales solo existen por el activismo, no por la universalidad del sufragio; y basta referirnos al presente político para saber qué verdad y qué calado posee esta afirmación. Desde luego, las democracias vitales, -antes de la guerra, la España republicana, Checoslovaquia, etc; lo sabemos gracias a Arthur Rosenberg; después de la guerra Italia, Francia…-, fueron siempre perseguidas y siempre se trató de aniquilarlas.

Si en cualquier realidad social la democracia depende de los demócratas organizados y de su praxis, en una realidad social como la española ésta resultaba doblemente imprescindible. Porque España estaba sometida al franquismo desde hacía casi 40 años, y era una sociedad ahormada por el apoliticismo, educada en la sumisión y la resignación, imbuida de temor a la autoridad, de anticomunismo, en la que la corrupción era lo habitual –recordemos solo los grandes ejemplos, Matesa, Redondela en los que salía comprometida la burguesía…-. El individualismo, la insolidaridad, la aceptación de lo existente, el pensar que siempre mandarán los mismos, etc era la cultura predominante, el ethos estatal impuesto por el franquismo. Sobre este aspecto de la vida social, sobre el acuerdo de masas con la ideología impuesta por el régimen, en uno u otro grado, se empieza a reflexionar ahora. Sobre el “olvido” de las posiciones políticas, en sus diversos grados, desde la aceptación a la incondicionalidad, sostenidas masivamente por muchísimos individuos, durante la larga existencia de lo que fue nada menos que un régimen político social, esto es, no un periodo de excepción, no una dictadura, no se quiere reflexionar. Cuánta gente que en 1978 se declaraba demócrata de toda la vida e incluso catalanista y nacionalista, había olvidado su adhesión al régimen anterior. Incluso, y, por ejemplo, durante los años 50 su afiliación a organizaciones del “Movimiento”, cuánta gente se benefició de sus gajes, desde la vivienda del sindicato, a los campamentos de verano, desde el estanco a la licencia para hacer algo, y no digamos los que mordieron en los presupuestos del estado. Cuántos negocios prósperos de la “burguesía Boccaccio” no pillaban de ahí –lástima que La Escopeta Nacional, de Berlanga cayera en el vodevil trivial-7. Qué parte de las quejas expresadas contra el régimen eran tan solo reclamaciones de modernización en las costumbres. Todo esto debe ser recordado, no para tratar de abrir un imposible proceso sobre la limpieza de sangre, sino para comprender cuál era, y seguiría siendo, la cultura real de nuestra sociedad. Porque es cierto que el franquismo era un Estado. Pero no es cierto que el Estado sea un conjunto de aparatos político administrativos, un funcionariado y unas leyes escritas. El Estado es un ethos,8 una cultura material que organiza la vida. Y se pueden remover las leyes escritas, cambiar el aparato de gobierno y en parte el personal funcionarial que los gestiona, pero heredar el ethos cultural existente, la corrupción, la inmoralidad. Es lo que nos ocurrió. Y queda, por el momento, pendiente de probar que para la filosofía de la práctica, ya que no para “El Marxismo” y tampoco para el nacionalismo, imbuidos en general hasta la médula por la teoría liberal del Estado como conjunto de aparatos jurídicos administrativos y gubernativos, el Estado es un ethos, una cultura material de vida.

Los límites de nuestro movimiento democrático eran debidos a esa situación de partida cultural. Sin negar el auge espléndido del mismo, expresado en la movilización en el mundo del trabajo9, y en el aumento exponencial de las huelgas en la fuerza del movimiento estudiantil, de Barcelona a Madrid, y de Valladolid a Granada y a Santiago de Compostela, etc; en las movilizaciones del mundo del campo –las “guerras” de la leche, la “guerra” del pimiento…-. Pero precisamente por eso, y dado que no existía una cultura progresista elaborada desde otras clases sociales, la existencia del movimiento democrático era fundamental para la construcción de un nuevo ethos, de una nueva cultura material de vida, esto es de un nuevo Estado; para la implantación de las libertades.

Mientras existió el partido, tuvo la recién creada CDC de Pujol interés en desarrollar una militancia que trabajase directamente entre las masas. Y también el PSC. Una vez liquidado el partido, dejaron caer sus propias militancias. La capacidad de luchar contra la oligarquización de la política de una fuerza de masas, de influir en la sociedad e incluso en sus rivales es enorme.

Tanto si se poseían las “gafas” culturales –recibidas en la tradición marxista directamente desde los textos clásicos griegos, y a través de la reelaboración actualizadora de Hegel…cuando el marxismo es “hegeliano”- que permitieran entender que la creación de una nueva vida cotidiana es la creación de un nuevo Estado, como si se interpretaba la realidad tan solo desde la perspectiva del sentido común democrático, el movimiento cívico organizado era fundamental para el ser o no ser del nuevo, eventual, régimen. Más que los escaños, que las banderas, que los partidos que ocupasen las instituciones político administrativas.

Ellos, los individuos organizados en el movimiento, eran los únicos demócratas. Los demás partidos sólo se formaron a última hora, recogiendo gentes que habían permanecido pasivas durante el periodo franquista, que no habían tenido particulares inquietudes ni quejas; franquismo sociológico, con la excepción de algunas personas –no todas- de sus cúpulas dirigentes, aunque previamente como siglas –no todos, p.e, no CDC- existieran desde antes del fin del franquismo; partidos “escoba”, que recogían a quienes se desprendían de la adhesión pasiva al régimen existente solo “al final de los finales”.

Una primera crítica, ya avanzada, a la política del partido es esa falta de comprensión de la realidad social que creaba. De las fuerzas nuevas que hacía emerger en personas que pasaban a la actividad política, a protagonizar sus vidas, a aprender a vivir de otra manera y a desarrollar nuevas formas de vida y de búsqueda del sentido a la misma. No estaba en nuestra teoría el poder ver en el cambio de las costumbres de las gentes, en la transformación del ethos, el factor fundamental de cambio de la política, aquel que debía ser su objeto o fin. También en esto el eurocomunismo compartía planteamientos con la corriente opuesta a la que se enfrentaba. Gramsci era citado pero no era comprendido

Esto no significa, no hay que confundirlo, con pensar que en el partido no hubiese entre los militantes y los cuadros no percibieran a un nivel más empírico la importancia del movimiento, y que no pensasen que la política del inmediato futuro debía partir de la realidad creada, del movimiento de masas como eje fundamental. Es más, por experiencia, por práctica política, la mayoría del partido era mucho más que solamente renuente al abandono del “trabajo de masas” como forma fundamental del hacer político, tal como se vería más tarde, en la sublevación del partido que acabó en la creación de dos organizaciones políticas por parte de los políticos profesionales.

Existía en el partido una doble alma. Y frente a las corrientes que admitían la línea del pacto y el eurocomunismo, cuyos cuadros luego protagonizaron la creación de las facciones en que terminó la ruptura, -pues, creo poder ya adelantarlo, mi actual valoración es que eran muy semejantes, y lo siguen siendo, ahora- ésta era “la otra” alma. La surgida de la experiencia de un trabajo de masas hecho en lugares concretos, por militantes directos, que organizaban sociedad civil, que servían de elemento de unificación para los individuos activos de la sociedad que se organizaban como movimiento en su entorno; que organizaban embriones de hacer de otro modo dentro de la sociedad civil existente alterando las relaciones sociales en el nivel microfundamentado de la vida, que creaban un nuevo ethos. Aún sin la conciencia completa de la calidad de las consecuencias emergentes de la nueva praxis, pero con sensata percepción de que la fuerza del partido era esa. “No lo saben, pero lo hacen”. En mi opinión es ésta el alma, la cultura que resulta valiosa hoy. No la doctrinaria del teorema político y del estatismo.

Esta forma política que el partido había tenido que adoptar por exigencias de la militancia en la clandestinidad era mucho más moderna, mucho más funcional a la nueva sociedad emergente, alfabetizada, no campesina, con niveles técnicos en desarrollo, que las tradicionales formas partitocráticas de las otras grandes fuerzas europeas, que querían meter a la sociedad en su organización. Porque el PSUC no era un partido de Cuadros, con la consigna en la boca y la propaganda en la mano; era un partido de lucha de masas, de creación de movimiento y de servicio al movimiento y a su estabilización y crecimiento. Tampoco era un “partido colegio salesiano”, con cine y diversiones sanas, esto es, con una cultura interior, potente pero desarrollada intra muros de la organización. Era un tipo de organización que no pretendía subordinar energías existentes al lecho de Procusto de su modelo organizativo –lo serían luego las agrupaciones-, sino que servía para permitir el desarrollo de sus capacidades y saberes a todos aquellos individuos que se organizasen en el movimiento. El Sujeto, el fin, era el Movimiento obrero, popular y democrático, antifranquista, y el instrumento era el partido.

La segunda deficiencia era la tradicional forma de entender la política como “estrategia”. Es esto precisamente lo que explica la liquidación del movimiento.

La “Estrategia” se basa en la ficción de que la historia se puede prever a partir de la ciencia y que un grupo de personas debidamente cultivadas podrán elucidar los pasos adecuados ya en el presente para adelantar hacia una dirección en el futuro, estableciendo en concreto cuáles deben ser los estadios de mediación. Este modo de pensar es la influencia del positivismo liberal que caló en el movimiento obrero tras la comuna de Paris. En concreto, en este punto, del cientifismo inherente al positivismo. Cae en la confusión de que la sociedad humana es semejante a la naturaleza física y que el saber especializado puede ayudar a prever el futuro y en consecuencia que una elite iluminada puede elaborar una política que adelante paso a paso hacia sus fines, siendo capaz de establecer las mediaciones adecuadas. Que aquello que se logra y se consigue en un estadio de lucha queda ya asentado para el mañana. Ítem más, que en consecuencia, el mañana, en lo fundamental, no dará sorpresas, y que por tanto, en consecuencia son previsibles para la mente providencial iluminada por los saberes de la tierra los pasos futuros a dar en política. Desconoce esta ideología que en la historia –a consecuencia de la historicidad humana- solo se puede profetizar el pasado, jamás el futuro, porque el ser humano, la humanidad es histórica; y que historicidad quiere decir que el futuro está siempre abierto, que la actividad de los seres humanos está siempre operante y transforma la realidad social. Que la actividad humana es creación, creación de la realidad, y que la creación, la praxis de algo nuevo posee consecuencias imposibles de conocer incluso para el colectivo creador. Que la actividad nueva está en todos los agentes sociales, los subalternos y las clases dominantes, y que nadie puede saber de las consecuencias de sus actos, sino sólo de sus deseos o de sus principios. Y que todo esto, la historicidad del ser humano, acarrea consecuencias políticas imprevisibles, no por la debilidad epistemológica de nuestras herramientas intelectuales, sino por la característica ontológica, constitutiva de la especie, que hace que sean las relaciones sociales históricas, mudables, creables, las que nos constituyan y determinen –historicidad humana-.

La ciencia social –las ciencias-, que es un reducción analítica, cuyos resultados son no solo sobre lo ya acaecido sino sobre una parte artificialmente construida como tal de la realidad social, debe ser sometida al sentido común y a la experiencia o a su recuerdo. Sólo supeditada a la experiencia posee valor. Y si la ciencia explica que las causas de un acontecimiento están en determinados hechos, presenta la cosa como si en las condiciones de posibilidad del acontecimiento ocurrido estuviesen las causas del mismo, olvidando la creatividad permanente en todo momento de los seres humanos; y que en consecuencia se hubiese podido saber, por adelantado, de la evolución de la historia si se hubiesen aferrado bien en hipótesis tales causas. Conviene volver a la memoria, para recodar cómo y hasta qué punto el fenómeno, cada fenómeno histórico, era imprevisto. Cómo nadie, ningún economista, -ciencia de las ciencias- previó hace 25 años que en los últimos 7 a 10 años iba a haber en España 4 millones de inmigrantes –se pretende reducir las pensiones argumentando que es para prever lo que pasará dentro de 25 años, sin embargo-. Y de hecho las consecuencias que se le atribuyen a determinadas causas no se producen en otras sociedades sometidas a igual causalidad. Cuando volvemos sobre nuestra experiencia sabemos de la imposibilidad de prever. Cómo nadie previó la caída de la URSS, ni tan si quiera la CIA. Cómo no era previsible este orden económico actual ni tan siquiera sabiendo que la Trilateral había lanzado su “môt d’ordre” sobre la ingobernabilidad de las democracias ya para 1973. Ni se ha previsto lo acaecido en Egipto, en Túnez, en Libia. La ciencia no podía preverlo, porque cualquier honesto trabajo científico de hace unos meses sobre estos países lo único que podía registrar es lo que había entonces: temor, malestar y resignación pasiva mayoritaria, junto a movilizaciones sectoriales minoritarias. Una vez acontecido un hecho, esto es, un cambio, un novum en la práctica humana, la ciencia puede reconstruir, más o menos sin resto, con fundamento y valor cognoscitivo, la explicación del proceso de cambio ya acaecido. No más. La revolución rusa se produjo como consecuencia de la Primera Guerra Mundial… solo que otros varios países igualmente castigados por la misma no estallaron en revolución. Historicidad. Es interesante observar cómo incluso personas que saben de las características y de la parsimonia de la ciencia, de su carácter de modesto constructo a partir de limitaciones analíticas inexistentes en la realidad, no aplican estos criterios a la hora de plantearse la acción política. Las ideas, valiosas en sí, laboriosamente obtenidas desde la investigación producida con las debidas cautelas analíticas son convertidas en característica “ontológica” de la realidad. Tales como “la economía es la sociedad” o “el estado es la ley”. La economía se convierte entonces en la variante independiente a la que se tienen que ajustar todos los otros elementos de la realidad. O la ley. Los saberes parciales que aportan se convierten entonces en ideología en el peor sentido del término.

Adelanto esto porque en la actitud, en la actividad de la otra alma del partido había este fondo intelectual, y creo que puedo ponerlo en claro. En concreto en aquella época, el paso previo a plantearse el doble viraje político hacia la liquidación del movimiento y hacia la elaboración teórica que justificase una política institucional seca, fue que en la dirección del partido se había llegado a la conclusión de que el movimiento democrático y popular era demasiado exiguo para conseguir una salida que implicase la derrota clara del franquismo, y que a donde no era capaz de llegar el movimiento era preciso alcanzar mediante la negociación y el pacto. Pero el movimiento democrático, el único valedor de la democracia, no era ni grande ni pequeño, era el que habíamos podido organizar. Esta verdad de puño es casi una afirmación intelectualmente mema, como el lector sabe. Pues, a pesar de eso, no estaba en vigencia. Porque se medía al movimiento según una vara previa que era la “estrategia” elaborada por la dirección del partido –y compartida por las otras fuerzas políticas organizadas de izquierda, cuando no considerada moderada y revisionista-; la estrategia de la “Ruptura Democrática”, que ya ex ante había pronosticado la existencia de un movimiento de una potencia suficiente para ello, había diseñado hitos y jalones al proceso –Huelga General Política, Acción Nacional, etc, etc-, habían previsto, para el futuro, y desde el análisis económico y como consecuencia de la modernización social, qué sectores se movilizarían, y en qué sentido etc.

Para tanta imaginación especulativa –“estrategia”, cuento de la lechera-, el movimiento sí resultaba corto. La estrategia es el pensamiento político que se plantea cada acción política no en relación con las posibilidades de la realidad, tratando de explotarlas al máximo desde el sano realismo, sino en función de una serie de pasos futuros que se supone llevan a una meta futura. La estrategia trata de alcanzar a la siguiente “etapa” mediante alianzas con fuerzas ajenas para lo cual debe llegar a compromisos y esto le impone siempre ceder en el presente en relación con sus posibilidades reales potenciales. La estrategia, la “acumulación de fuerzas” para “el futuro”, el etapismo, el actuar en el presente planteándose el futuro especulado siempre conlleva cesiones, que ha sido uno de los males de la izquierda en general, no debe ser confundido con el ser capaz de aferrar las características de un particular momento histórico, y saber darle respuesta adecuada ingeniando formas de acción, arraigadas a las masas movilizadas, efectivas que agoten todas las posibilidades reales de intervención en el aquí y el ahora, sin aventuras irreales, pero sin cesiones, sabiendo que el futuro no se elucubra, pero que con la acción presente se lo determina, porque aunque no se puede prever cómo será, sí se puede afirmar que estará marcado por el hacer del hoy, cuyas consecuencias tampoco podemos aventurar. La estrategia siempre se ampara en la creencia de que existe la posibilidad de saber de buena tinta –la ciencia- cómo va a evolucionar la historia de la sociedad que garantiza cómo responderán y a qué se atendrán fuerzas sociales y procesos históricos en marcha. El craso error de la política impuesta con mano de hierro por la dirección no era debido al escaso nivel teorético y científico de la misma, no mucho, sino a lo errado de su concepción estrategista.

4. LA INTERPRETACIÓN DE LA POLÍTICA.

Detrás de esto, aún, y como segundo problema, se deba una determinada interpretación de lo que es la política, que el eurocomunismo expresaba de forma aggiornada y aparentemente novedosa, pero que era la ya sostenida por el partido como canónica política. La idea de que la política regular es simplemente la acción generada desde las instituciones político administrativas del Estado mediante la ingeniería institucional. Que el Estado son las leyes y el entramado institucional burocrático, cuyos límites se pueden desdibujar -¿es Estado el aparato escolar, los son los medios de comunicación?- pero que se diferencia de la sociedad civil, y del ethos. También el Estado son unos saberes técnicos de ingeniería, dominados por personas capacitadas.

Como he indicado, esta interpretación restrictiva del Estado y en consecuencia de la política, de los medios para la misma y de las acciones a ejecutar, es de origen liberal y tiene su arraigo en la izquierda a partir de la socialdemocracia, cuyo estatismo originario –Programa de Gotha- combatido por Marx es la absorción sin crítica de esa ideología.

Esta concepción parte de que la única actividad política real es la que se realizaba desde los aparatos políticos del Estado, mediante el desarrollo, desde los mismos de políticas públicas que interviniesen en la sociedad. Y que la fuerza política que, en consecuencia, no estuviese bien colocada para ganar esa carrera, sería una fuerza política marginal.

Desde ese punto de vista que considera que la actividad política sustantiva es la que se ejecuta desde el Estado como ingeniería sobre la sociedad civil, todo lo demás son instrumentos, y por tanto, el propio movimiento democrático fue tratado como tal.

Y de ahí la tercera cuestión discutible que se concluye de las anteriores es que la influencia política del partido exigía que este estuviese en las instituciones político administrativas del Estado a toda costa. Que a toda costa se estuviese en las mejores condiciones para abordar las siguientes etapas de la larga estrategia, y que estas condiciones no eran otras que la ocupación de instituciones político administrativas. Pues solo a partir del acceso al gobierno, de la implantación previa del partido en los aparatos político administrativos de la administración local, de la influencia ganada en los cuerpos burocráticos mediante el acceso de militantes a esos cuerpos, mediante la integración en el partido de funcionarios de los mismos –esta sería la variante más “densa y compleja” del eurocomunismo: la “larga marcha” por las “trincheras y casamatas”… de los aparatos del estado- sería posible articular una política. Esto daba “sentido” a la negociación, al compromiso y a la entrega del movimiento a cambio de otras cosas.

La justificación de esta supeditación instrumentalista de todo al vivir del partido y del actividad de éste a la instalación del mismo en las instituciones gubernativas es la ideología del partido como fin en sí mismo, ideología que se concluye de la propia teoría de elites liberal positivista según la cual todo depende del grupo de sabios superior que saben alumbrar la luz del mundo; como en la novela de ideología positivista Doña Bárbara, hay que salvar a Santos Luzardo para que él alumbre el mundo y así se salvará la humanidad. Así las cosas, si se salva el partido, se salva el proyecto. Es más. El resto no es sino medios, instrumentos para poder permitir el acceso del partido a las instancias de influencia y poder político. Se puede, en consecuencia, llegar a compromisos, sacrificando lo demás, si esto permite que el partido acceda pronto a las instancias de poder político institucional.

Como lo explicita Jordi Borja en su artículo, esta es también la concepción política que él sostiene para la actualidad. La ocupación del gobierno a través de procesos electorales y del respeto de la rotación parlamentaria -¿quién niega esto?-, y del marco jurídico político, que, seguro, no se negaría a cambiar mediante procesos democráticos, electorales, para realizar desde las instituciones político administrativas políticas públicas progresistas, que ilustra mediante el ejemplo de los 7 puntos que incluye. Debemos reconocer que Jordi Borja insiste en la idea de que no basta con ser elegido mediante las urnas para que un gobierno sea considerado democrático. Esa “condición formal”, debe ir acompañada de una segunda característica, ésta sustantiva o “material” –según la palabra que él prefiere- y este desarrollo sustantivo consiste en “las políticas públicas” (p. 43).

Para lograr esto, según propone, habría que articular un movimiento cívico político, constituido por diferentes sectores sociales que trate de construir una sociedad cívico política (pp. 43 y 34) que tenga por objeto actuar como movimiento político de presión que imponga esas políticas públicas a través de representantes elegidos a los cargos institucionales. Una vez en las instancias de gobierno estos representantes vigilados por el movimiento ejecutarán tales políticas. Queda desestimado completamente el trabajo político en la sociedad civil, a la que Jordi Borja define como un “magma incoherente”.

Insisto en que esta forma de concebir la política se basaba en los mismos principios que la opuesta y tradicional, de raigambre social demócrata, reelaborada por la canónica estalinista durante los años treinta –el “marxismo leninismo”-. Según ella también el acceso al poder es el acceso al Estado entendido éste como el conjunto de aparatos político administrativos desde los que se opera el desarrollo de las políticas públicas, a partir de los recursos económicos recaudados, o poseídos al tener el Estado la titularidad sobre todos los medios de producción, etc. Sólo que para la tradición canónica, m-l, el Estado existente, los aparatos político administrativos existentes no podían ser penetrados por su manifiesto carácter de clase y debían ser destruidos, instrumentando para ello –un medio para un fin- un movimiento revolucionario, que los liquidase y pusiese al partido en la condición de ser no solo el nuevo gestor de las políticas públicas, sino el nuevo padre de la patria constitucional, el nuevo Solón de Atenas. Pero no existen las personalidades excepcionales transformadoras de la realidad histórica, sean individuales o colectivas. Eso es pensamiento mítico simplemente, aunque se arrope y presente con saberes laicos. Que a menudo hayamos visto cómo las revoluciones acaban siendo controladas por minorías no significa que las revoluciones hayan sido ”provocadas” por minorías. Son las sociedades organizadas y movilizadas, la “inmensas mayorías”, no las “selectas minorías” –orteguianas o socialdemócratas-, las que las provocan.

Se ha señalado muy a menudo que la diferencia entre ambos modelos está en la aceptación de la alternancia en el gobierno, tal y como hacía Ernest Lluch y nos lo recuerda Jordi Borja (p. 33).Pero más acá y más allá de este hecho, que en el nivel teórico de modelo, es puntual, el resto de la concepción de la política, entendida ésta como acción sobre la sociedad desde los aparatos político estatales, es la concepción liberal- positivista, acuñada durante el primer tercio del siglo XlX. También el liberalismo asume que la política además dependerá de una cámara elegida por sufragio. Y deja fuera de su contemplación la sociedad civil, que pasa a ser “magmática”, el ámbito de la iniciativa de cada cual, el ámbito de la privacidad.

Y desde luego, desde las instancias gubernativas centralizadas –los “aparatos de estado”- no es posible administrar y dirigir la totalidad de la sociedad civil, tal como se demostró en la URSS.

Quiero volver a la historia del PSUC en su momento de implosión final. Porque me parece que revela hasta qué punto el alma inspirada en la teoría de elites, eso que ahora, pero no siempre, ha sido la forma de organización convencional que se ha dado en denominar partido, asumida por el aparato con complacencia y autoritarismo fue la que se impuso y destruyó lo que había de valioso y fructífero en el PSUC.

Para evitar equívocos declaro que no estoy a favor de la no organización, ni del espontaneísmo. Es más, la historia revela que eso no existe. Donde creemos que hubo o hay acciones espontáneas, sin flujo y comunicación de ideas, sin propuestas, sin mediaciones organizativas, etc, sencillamente es que nuestra falta de conocimiento, o nuestros prejuicios, nos impiden ver la organización, el orden estructurante de la praxis a partir de la propia tradición cultural. Y luego, así interpretado el hecho, podemos extrañarnos, o denigrarlo o alabarlo.

El partido tenía una doble alma, y en consecuencia un doble código organizativo. El del aparato central y el de las células o grupos de trabajo. Creo que esto es mucho más adecuado que hablar de organización “interior” y organización “exterior”. El aparato, además, se desarrolló deprisa desde la legalización y las elecciones. Cargos electos, cargos sindicales, estructura. Una de las primeras decisiones de la nueva época fue transformar las células en agrupaciones, y este cambio sustancial se argumentó de forma extravagante, sin ir al fondo de lo que se dirimía, como si se tratase solo de cambiar un nombre por otro, y arguyendo que la palabra primitiva –el significante- era muy “leninista”, o que era un término metafórico, procedente de las ciencias naturales, no adecuado en consecuencia. Al asunto del cambio que acarreó la transformación organizativa, al liquidar la estructura en células hace también referencia Jordi Borja.

La agrupación era una forma organizativa territorial, y con sede –la célula no la necesitaba, podía reunirse en la propia empresa, en una casa. Sólo cuando se hacía alguna reunión de todos los militantes de un sector, un plenario, una Conferencia, era un problema el local-. En las agrupaciones las gentes que se reunían en ellas, con la excepción de la dirección de la propia agrupación, ya no tenían responsabilidad orgánica, porque la liquidación de las células significó el cese del compromiso en una tarea de masas y además impuso un cambio en la zona de organización en el partido. Los militantes fueron adscritos normalmente a la agrupación que había en el territorio donde vivían. El ámbito de militancia era la agrupación, no un movimiento de masas. Si en principio el militante de agrupación hubiese podido ejecutar al menos un trabajo en las asociaciones de vecinos, este mismo carecía de organicidad. Un militante podía seguir, voluntaristamente, trabajando en ella o en su empresa, pero carecía de la posibilidad de intercambiar, de debatir, y de organizar actividad a la vez en varios lugares a través de la organización frentista del partido. No se podía discutir de política de masas, de política concreta. Aquel tipo de organización solo era funcional a las tareas de propaganda electoral, única actividad común a todos los afiliados posible, y que podía ser emprendida como colectivo. Las agrupaciones se convirtieron en locales para el debate político general, las ideas de los militantes no tenían posibilidad de orientar actividad.

Pero la consecuencia no fue tan solo esta. La liquidación de la estructura organizativa en células y frentes de masas significó, hacia afuera, que nos habíamos cargado la estructura organizativa del movimiento democrático que, carente de la misma, se disgregó. Esa política ya no era la que interesaba al aparato, imbuido de su forma de entender la política. El desinterés por la misma hace que este cataclismo sea incluso poco considerado por muchos en su análisis del periodo. Pero es que según el modelo liberal, esa forma de hacer política, al margen de las instituciones, era tan solo excepcional, y motivada por las condiciones de represión impuestas por el franquismo. Y tenía como objeto la protesta y la presión para lograr libertades, no era una forma de lucha y liberación, de construcción de cultura en sí misma.

Con el cambio de estrategia por parte de la dirección, con la desorganización de la militancia y la parálisis de su trabajo de masas, la militancia perdía peso en el partido frente al aparato, frente a los cargos electos y los cargos sindicales y los equipos de técnicos de los que se rodeaban. La división del trabajo se desarrolló muy deprisa.

El crecimiento del aparato del partido hizo que muchos militantes de masas pasaran a profesionalizarse en la estructura política y desarrollaran unas expectativas vitales al margen del mundo del trabajo. Para muchos de ellos era un ascenso social, era una liberación material, era un acariciar poder. En aquellos momentos, en realidad, para todos ellos, pues aún se esperaba que el PSUC pudiera estar en círculos de poder político institucional en Catalunya.

No es cierto que este fenómeno se diese solo entre los militantes con formación superior. Se dio. Pero también entre militantes salidos de la fábrica, o en trabajadores técnicos medios e inferiores, –sanitarios, maestros, en general “cuerpos B” de la administración, etc-.Y no es cierto que todo el mundo quisiera hacer carrera. La militancia comunista de cultura convencional, que tenía gran respeto por un dirigente, no aspiraba al ascenso social, sino a encontrar sentido a su vida en la política. Tampoco es cierto que todos los cargos fuesen unos “trepas”. Pero sí que se constituyó una casta política. Y que la dirección, que tanto hablaba de la libertad y de la democracia y defendía por ello el eurocomunismo, trató a los militantes como los ciudadanos libres de las metrópolis tratan a los indígenas de las colonias.

La casta entró pronto en confrontación interna por intereses de “gremio”. El aparato estaba inflacionado. Las expectativas bajo las que había sido creado, a pesar del ser el PSUC – 16% de votos en las primeras elecciones- eran excesivas. Había más aspirantes que cargos. Sin tener en cuenta esto no se puede entender el cómo de la explosión del PSUC.

En estas circunstancias estalló la sublevación de las bases. Fue esta debida a la acumulación de causas. Todos los pactos de las transición: el compromiso de desmovilizar, la aceptación de la monarquía, bandera, etc, y la negociación con el franquismo, la liquidación del partido como estructura orgánica de masas, el debate sobre el eurocomunismo –era un tema muy discutido, con mucho calor, pero en sí mismo, sin las repercusiones de su aplicación catastrófica, no hubiese logrado que llegase la sangre al río en un partido realista y de cultura de praxis- y por último, los Pactos de la Moncloa, en 1977. Aceptar el despido libre y una subida máxima para los salarios de 22% frente a una inflación del 44%, a cambio de promesas para el futuro que aún cuando llegasen a escribirse, -constitución, Estatuto de los trabajadores-, nunca se han aplicado –“estrategia”- etc Las bases dejaron de estar bajo control. Sublevación es palabra justa.

5. LA SUBLEVACIÓN.

La sublevación, como todo acto en la historia, no era previsible. Pero la dirección no presentó su dimisión cuando esta estalló. Argumentaba “saber” que aquello era lo que se debía hacer, gracias a su mejor capacidad política. Sin embargo la sublevación sí fue instrumentada para el ajuste de cuentas entre los diferentes sectores de aparato.

Ambos procesos confluyeron y terminaron en la confrontación del 5º Congreso del PSUC, en el que un Comité Central recién elegido, en su primera reunión anulaba las decisiones congresuales y robaba el triunfo al ala anti eurocomunista que había salido vencedora. Se produjo la ruptura.

Y entonces ocurrió algo sorprendente para un militante medio que esperaba que la división hubiese sido o fuese entre una opción de partido organizador de masas y lucha y un partido de acuerdos e instituciones y gobierno. Lo aparentemente sorprendente era que dirigentes que habían estado defendiendo los pactos de la Moncloa, estaban, no solo en la dirección entrante del PSUC, sino también en la dirigencia del nuevo PCC10.

Ambas direcciones, ambos aparatos quedaron en manos de fracciones del antiguo aparato. Quiero recalcar aquí, que hubo en ambas organizaciones y aparatos comunistas honestos que intervinieron por sus ideales. La diferenciación moral basada en la contrastación “empírica” con el recuerdo, no otorga ventaja a los jóvenes frente a los viejos; quien escribe tiene una admiración incondicional ante la moralidad intachable y la entereza –y la inteligencia- de hombre sin embargo difamado como “estalinista”, Román Serradell. Tampoco otorga ventaja moral a obreros sobre “intelectuales”.

Entre los profesionales de la política de ambos aparatos, en los siguientes años, muy, muy pocos de ellos, tan pocos como dignos, llegaron a dejar su cargo y a volver a la vida laboral, por convicción y sin tener que hacerlo por causas de fuerza mayor, ajenas a su voluntad.

Ninguna de las dos fuerzas surgidas volvió a crear una organización basada en el micro grupo de base, orgánico del trabajo de masas, bajo el nombre que fuese, como instrumento fundamental para la militancia.

Creo que esto puede resultar informativo a toro pasado de cómo fueron las cosas. Y sobre qué es lo que había pasado.

Qué consecuencia se puede extraer de todo esto. Es el debate comunista sobre la “forma partido”. La organización estable es imprescindible, pero lo que convencionalmente denominamos partido es una forma perniciosa, antidemocrática, de organización. La organización política estable, que es necesaria debe arrinconar estas formas concretas de organización, basadas en la división del trabajo entre dirigentes y bases, y justificadas en un saber solo poseído por una minoría. Ese saber es una ilusión. El saber técnico, el conocimiento que permite la reproducción real de la sociedad, está distribuido en toda la sociedad. Y el saber esotérico político que exige una “estrategia”, no existe. Sí existe el acervo cultural fruto de una praxis de masas, y la necesidad de dotar al movimiento de organización, pero ésta no ha de poder ser desempotrada del movimiento a voluntad de una elite de profesionales de la política. La partitolatría es el pecado parigual de la estatolatría y adolece del mismo mal, confundir la política con la acción ingenieril técnica solo ejecutable por especialistas. Pero para alcanzar esto debemos apartarnos de la cultura liberal imbuida en la izquierda.

El cerebro y el poder ha de estar en manos de las militancias democráticamente organizadas. No puede ser que se trate de la democracia y de las formas de estado y de las estrategias democráticas y de las ideologías democráticas y se pase por alto la pesada losa antidemocrática, oligárquica, que acarrea esta forma de organizar la política.

A título de resumen de la experiencia que se cierra con el quinto congreso, y valorándolo en función del partido, puedo decir que fue un error gravísimo liquidar el movimiento, que es lo que daba valor y sentido a una fuerza política popular. Que el modelo político organizativo, las agrupaciones, y su pretensión, que el partido dejase de estar en la sociedad organizando capilarmente movimientos de masas y que pasara a ser un dispositivo que permitiese meter la sociedad en su interior, como trataba de hacer la iglesia, ya no era funcional históricamente. Había ya demasiada cultura, el mundo civil del capitalismo del desarrollo era ya demasiado complejo y rico como para caber en una sacristía, como para acudir al cine dominical salesiano y a sus diversiones anejas.

Más adelante me permitiré alguna conclusión más al respecto

6. SOBRE EL EUROCOMUNISMO ITALIANO.

“…Si porfías en seguir sombras y abrazar engaños”

Deseo referirme ahora brevemente al eurocomunismo italiano. Porque fue el modelo más acabado y refinado de esta política y porque su decurso no traumático permite extraer alguna conclusión con más nitidez.

Los dos grandes partidos que desarrollaron el eurocomunismo fueron el PCI y el PCF. Ambos partidos luchaban en países con regímenes republicanos, liberal parlamentarios, de sufragio universal, con amplias libertades civiles bien asentadas y utilizadas por la ciudadanía, que habían surgido de la Resistencia antifascista y de la correlación de fuerzas de 1945, con los tanques soviéticos al otro lado del Elba.

Las constituciones de estos países –la de Francia elaborada en la inmediata posguerra había sido liquidada tras el golpe de estado del general De Gaulle-, no articulaban la participación activa de la ciudadanía en la política, un grave déficit democrático muy poco criticado, una concepción de los derechos y poderes del ciudadano que el republicanismo histórico jamás hubiese considerado mínimamente legal o propio de su tradición. Pero apoyándose en ellas los partidos comunistas habían creado y sostenían un fuerte apoyo social, habían articulado, muy especialmente el partido italiano, un fuerte tejido social y cultural movilizado.

A su vez, los estados en que se encontraba estos partidos poseían una notable capacidad de ejercicio de soberanía en economía interior, y frente a los demás estados. Las políticas impuestas por la guerra fría mantenían a los comunistas en la marginación, a pesar de que habían ocupado buena parte de la administración local, y de su peso sindical etc.

En estas circunstancias, el secretario general del PCI Berlinguer trató de elaborar una estrategia política que permitiera al PCI impulsar una política que desbloquease la situación y se abriese paso hacia el socialismo. El primer avance era lograr que el partido fuese admitido en el área de gobierno. Para lograr ese avance proponía a la Democracia Cristiana aliarse en coalición en torno a un programa de reformas democráticas y sociales, moderado. Me he detenido con un cierto detalle en esto porque deseo que el lector registre que se trataba de lo que se denominaba una “estrategia” política.

En 1973 en el capitalismo se había desencadenado una grave una grave crisis económica que puso de manifiesto los límites del modelo capitalista de la época. Ese mismo año se había creado la Comisión Trilateral, cuya finalidad era reflexionar sobre los problemas económicos y políticos del capitalismo. En 1975 la Trilateral lanzó el órdago sobre la “ingobernabilidad de las democracias”, esto es sobre la inviabilidad de regímenes político sociales con políticas sociales democráticas, contra las políticas económicas de tipo keynesiano, y contra la excesiva democratización y movilización que se daba en algunos de aquellos regímenes liberal parlamentarios. Thatcher primero y Reagan después aparecieron en la arena política. Y comenzó la lucha a brazo partido por el vaciamiento económico y democrático de los estados surgidos de la segunda guerra mundial. La lucha de clases impulsada por el gran capital coordinado internacionalmente. Las condiciones que se habían dado en Europa desde 1945 a 1973, entre ellas la muy fundamental consistente en la potente integridad de la soberanía política y económica de los estados liberal parlamentarios, que había sido considerada por el eurocomunismo como elemento fijo, y sobre la que se apoyaba su estrategia, no solo no mejoraban sino que se había entrado en una nueva fase histórica y empeoraban. La estrategia elaborada perdía sus condiciones de posibilidad previstas por anticipado.

Creo que se puede afirmar que para mediados de los 80, con las libertades en franco retroceso, los recortes del gasto público puestos en marcha, el enfrentamiento directo del Estado con las fuerzas populares, y el retroceso de las libertades políticas, el modelo político económico y social que había surgido de la posguerra y sobre cuya base se erigía la estrategia eurocomunista, que pretendía ser el desarrollo lógico del trabajo político ya desarrollado desde la posguerra por aquellos PCs había perdido su base de sustentación. Algo no previsible, y por tanto no previsto por la estrategia eurocomunista. Algo que el último Berlinguer había detectado.

A esto se vino a sumar otro acontecimiento de enorme importancia, tampoco previsible ni previsto, ni por los partidos eurocomunistas, ni por la Trilateral, ni por la misma Cía en vísperas del suceso: la crisis en barrena de la URSS y de los demás países del bloque del Este, que llevaría a su extinción.

Una vez desaparecido este tapón, el capitalismo reordenó la economía liquidando los instrumentos interiores que los aparatos administrativos de gobierno –los “Estados”- que permitían ejercer un grado de soberanía sobre la economía y las finanzas; crearon nuevos instrumentos que impulsaron la financiarización de la economía y la falta de control sobre la circulación de capitales. Además en Europa se impulsó la creación de instancias políticas de decisión que asumieron la soberanía económica de los Estados. Tras esto, está claro que la lucha contra las democracias, y por el recorte de las mismas, de sus instancias de redistribución económica, de sus libertades, de su participación política habían sido rebasadas en relación con los objetivos propuestos en el origen hasta cotas impensadas incluso para los dirigentes de la Trilateral.

El keynesianismo o el conjunto de políticas sociales y de redistribución mediante el gasto público, que surgieron en la posguerra, habían sido consecuencia de una correlación de fuerzas, no fruto del genio y del ingenio de unos técnicos. Liquidada aquella correlación el keynesianismo, esto es el conjunto de políticas de recaudación, inversión y redistribución en favor de la ciudadanía y de las clase trabajadoras, desarrolladas desde el estado por técnicos, con independencia de la existencia de movilización democrática de masas han pasado a la historia.

Los actuales estados europeos, han perdido la capacidad, incluso, de devaluar su moneda. Los márgenes institucionales actuales para imponer políticas “keynesianas” de redistribución es nulo. Si para mediados de los 80, en mi opinión, ya no se daban las condiciones previstas para la estrategia eurocomunista, hoy día, en la Europa actual, bajo los regímenes existentes, vaciados de soberanía, el eurocomunismo está totalmente fuera de contexto. En consecuencia, los mismos 7 puntos políticos que nos presenta Jordi Borja como ideas fuerza que inspiren políticas de gestión desde las administraciones del estado carecen de condiciones de posibilidad.

No existen posibilidades institucionales de desarrollar políticas keynesianas y falta la voluntad política y la lucha de masas que presente cara al capitalismo financiero; que le responda de tú a tú en la lucha de clases, y luche por crear una nueva correlación de fuerzas, una nueva redistribución del poder real, y por romper el marco legal y el nuevo orden financiero que hoy nos atenaza. También por cambiar una cultura material de vida, cuyo ideal de vida prestigiado está en el consumo individual, hoy día inviable.

El eurocomunismo trató de salir de ese empate, pero dando por supuesta y consolidada para siempre la situación histórica. Esto fue una ilusión. Para cuando se lanzó la iniciativa la situación había cambiado ya, porque la historia –la historicidad humana- no para, y nuevos sujetos sociales, nuevas fuerzas económicas, surgidas de los acontecimientos acaecidos durante los decenios en que parecía no suceder nada, liquidaron la situación.

7. UN ÚLTIMO ARGUMENTO SOBRE LA SOCIEDAD POLÍTICA DE ELECTORES.

He discutido la propuesta política de Jordi Borja, sobre la creación de una sociedad política de electores, para cuya fundación se dirige a las fuerzas comunistas aún existentes y en concreto a las dos que proceden del PSUC. El modelo que inspira a Jordi Borja es, está claro, la Linke alemana. Pero se olvida de que esta fuerza política es consecuencia de una previa base cultural autónoma aún existente, la de buena parte de la sociedad de la ex RDA, cuyas expectativas de vida no son compatibles con el ethos del Estado unificado, núcleo en torno al cual se han sumado los restos de la cultura creada por la SPD en otros tiempos y sectores marginales de ciudadanía lesionada por la situación. Esto y la evitación de toda componenda política, cosa que seguramente se le debe, hasta ahora, a la influencia personal de Oscar Lafontaine, si bien a parte de los profesionales del partido parece que se les hacen los dedos huéspedes ante la expectativa de poder pillar cargos institucionales, según se podía entrever en los textos del monográfico publicado por Viejo Topo sobre la Linke hace un año. Por cierto, que Lafontaine ponía como ejemplo de “burgos podridos” a IU, o sea, a la increíble y triste historia del comunismo español y la desalmada de su dirección.

Hasta aquí mi argumentación ha tratado sobre la insuficiencia del modelo de Estado y de partido, hijas del liberalismo y la teoría de elites, y a la incomprensión de la historicidad humana que implica el creer posible adelantar estrategias –sobre todo esto trataré de añadir algo más a continuación-.

Pero también los hace imposible el tipo de organizaciones a las que Borja interpela para que asuman el modelo político citado.

Para explicar mi opinión quiero exponer al respecto un “estudio de caso”, o al menos un “resumen de caso”. Este revela, a mi juicio, que el modelo político de partido como elite, con una clase política profesionalizada, que es el del PCC, el del PSUC viu, -y el de ICV, y el PSC, desde luego- imposibilita esta alternativa.

El caso al que me refiero es el proceso de fundación de Esquerra Unida i alternativa –EUiA-, como fuerza anguitista en Catalunya. El proceso se produjo entre 1997 y 1998, año en que se constituyó EUiA.

Las tensiones políticas que existían en el seno de ICV, donde estaban en ese momento el PCC y el PSUC viu, dieron lugar a la salida de ambas organizaciones del ámbito ICV. Esta ruptura se produjo al socaire de la intervención decidida en el proceso de Julio Anguita, de la cual se esperaban rendimientos importantes

El proceso de ruptura coincidió con la aparición política en escena de una masa de jóvenes de las barriadas populares del cinturón y de barriadas de Barcelona. Algunos cientos de ellos, que anunciaban que había una nueva generación que estaba apuntando, y que como resultado de los acontecimientos vividos, sentía interés y deseo por incorporarse a la política, y eso era posible. Esta aparición colectiva no había sido prevista por nadie; como siempre, ex post, es fácil de explicarla, pero en aquel momento el hecho resultó una sorpresa para todos.

Estos centenares de jóvenes entendían la política como participación activa en movilizaciones generales de protesta, como debate sobre medidas políticas a desarrollar desde las instituciones, y como control democrático de los procesos políticos; sus aspiraciones de participación se parecían a las del modelo que Jordi Borja preconiza. Rechazaban ICV por su moderantismo político, y sobre todo, por su profesionalismo aséptico, y buscaban dónde integrarse. En principio sentían una determinada seducción en la lejanía hacia la figura de Julio Anguita, porque identificaban la figura de Anguita con sus propias aspiraciones y formas de entender la política. El hecho de que el coordinador de IU apoyase –en realidad, propulsase- les animaba y enfervorizaba. Pero no asumían las ideas concretas de Anguita –desconocidas, más allá de su frase sobre el “programa”, etc-, sino que creían que su sentir era recogido por aquel.

Las circunstancias hicieron que fuera el PCC la fuerza política que organizara en su entorno este brote de movimiento generacional. Dos fueron las razones. El PCC tenía unas juventudes activas y muy movilizadas gracias a la dirección de Fidel Lora, un dirigente nada convencional o de aparato .Éste había sido elegido como diputado al parlament en 1996, y aprovechó el recurso para organizar numerosas acciones movilizadoras. Su comportamiento generó una interesante actividad entre los jóvenes. Este mismo comportamiento y el hecho de haber llegado a ocupar un escaño sin ser hombre de aparato hicieron que fuese defenestrado en su momento11

En aquella situación, las juventudes del PCC estaban en condiciones de conectar con la nueva realidad juvenil emergente en las barriadas. Ayudaba también a ello la existencia de materiales sobre democracia radical como autoorganización popular y creación de un movimiento, que habían sido aprobados por el 9º congreso del PCC. Para la época ya no eran los textos del congreso vigente, el 10º en el que se había aprobado la unión con IC. Los materiales con todo no habían sido “condenados”. Sólo ignorados y descartados tácitamente. Lo cierto es que habían sido elaborados y aprobados en un periodo en el que el PCC se encontraba en profundo desconcierto, tras su salida de IC, y el hundimiento de los países del Este. Y aunque aprobados, nunca orientaron la actividad cotidiana impulsada desde la dirección, orientada a conseguir por todos los medios formas que permitiesen alcanzar representación institucional en las elecciones locales y autonómicas, y peso en el aparato del sindicato, ni orientaron los debates internos de la dirección del partido, fijados en torno a la posibilidad de aliarse, y en qué grado era posible y aceptable para la militancia, con el PSC. Pero entre las juventudes seguían teniendo un predicamento. Estos materiales trataban de proponer una opción política de trabajo de organización capilar estable en la sociedad civil, como forma de lucha. Pero fueron interpretados por sus jóvenes lectores en clave de organización de base electoral, estilo la que propone Jordi Borja

Todo esto hizo que el proceso de constitución de EUiA generase una expectación real entre sectores de jóvenes potencialmente activos, muchos de ellos universitarios, y que fuese el PCC el que acumulase ese plus inesperado.

La dirección del PCC consideró útil la simpatía y la movilización en su entorno, pues le daba mayor fuerza aún para poder optar a la dirección de la nueva coalición. Pocos meses antes de la asamblea constituyente saltó la noticia. Anguita había decidía que la dirección estuviese en manos del aparato del PSUC viu, y amenazaba con retirarse del proceso si surgía otra alternativa. Las otras pequeñas fuerzas de la coalición –Pasoc, procedentes del PSOE, colectivos libertarios, anarquistas, Esquerra alternativa y POR, trotskistas- que hasta entonces se habían mantenido en intimidad cómplice y complaciente con el PCC que se configuraba como la fuerza mayor, viraron en redondo y se posicionaron con Anguita y el PSUC viu, la nueva luz.

En el congreso fundacional, que era una asamblea abierta con casi mil quinientos asistentes, el PCC se plegó a ello e incluso se enfrentó contra quienes de entre los potenciales jóvenes militantes trataban de organizar la protesta. Ante su corona de posibles activistas, EUiA escenificaba el pucherazo por arriba.

La coalición liquidó así su potencial activo futuro, el verdadero capital político que había generado. Aquellos sectores de jóvenes movilizados que estaban haciendo su aproximación al mundo de la política fueron quemados. Eran un instrumento de los partidos y no al revés. No fue solo el PCC el que mostró desinterés por el activo nuevo. También los anguitistas y el propio Anguita. Éste último, a través del prestigio que hasta esa fecha tenía, podía haber llegado a tener de su parte a los jóvenes, dando tiempo al tiempo y aceptando lo que ellos planteaban como forma correcta de hacer política. Que las bases deciden y los aparatos obedecen. Pero no era este el sentir de lo que debía ser la política.

EUiA, que hubiera podido ser una fuerza movilizadora con arraigo pequeño pero real, el único en la nueva generación emergente, quedó sin bases movilizadas y sin el arrimo clientelar, de poder y de propaganda, que confiere el acceso al poder institucional, cuando la política no es más que lucha por el acceso al mismo, y que seguía en manos del otro grupo sindicado de profesionales de la política en la izquierda, el de ICV.

Tampoco fueron menos instrumentalistas los otros grupos minoritarios, preocupados, como los otros dos partidos en el acceso a la representación. Todo se movió pensando ya en las futuras listas electorales.

La maniobra tuvo como componentes tanto los intereses profesionales de la clase política, o elite profesional, que se concretaba en el ir al grano de las direcciones de los partidos, como el pretencioso saber ex ante y desde fuera lo que conviene, como consecuencia de sentirse iluminado por la luz de la ciencia. Este caso es una versión concreta más del modelo sobre el que reflexionamos, y que en una variante histórica se denominó “eurocomunismo”.

El sainete acabó en un fracaso de sobresaliente cum laude. Y de nuevo hubo que volver a pactar con ICV, de aparato a aparato, la conjunción de ambos núcleos en una misma colación electoral. El chasco no hizo que las direcciones fueran removidas. Por el contrario, al menos en el PCC, fueron los cuadros y militantes que se habían manifestado contra el proceder político maniobrero y/o habían pedido la dimisión del secretario general en sede de ejecutivo, los que dos años después ya no estaban. En su conjunto los diversos grupos dirigentes que habían encabezado la maniobra desde las distintas fuerzas políticas, –“Madrid” verboso, PSUC viu, PCC-, aprobaban hacia nuevas singladuras, y, tal como aconseja el nuevo testamento, dejaban que los muertos enterrasen a los muertos.

Nuevamente y como resumen. Al igual que sucedió con el PSUC, las maquinarias de las organizaciones que hoy denominamos partidos, sean grandes o pequeños, están gobernadas por una clase política profesional que hace valer sus intereses particulares y además se lo justifica mediante la teoría de elites en alguna de sus versiones, y no están dispuestas a convertirse en medios subordinados a unas bases ciudadanas. Aceptan de buen grado instrumentalizarlas, pero no ser sus delegados.

Estas fuerzas, verdaderos sindicatos de profesionales de la política no son funcionales al proyecto que Borja propone.

Las únicas experiencias de candidaturas al servicio de un colectivo de ciudadanos politizados se dan en algunas localidades de Cataluña y España. Estas experiencias han construido mecanismos de rotación que permiten controlar el proceso y se han erigido sobre culturas muy democratistas. No han salido del nivel local. Por lo demás el voto que reciben, que les permite tener concejalías, depende del trabajo que esas bases de afiliados hacen entre las gentes, los movimientos y los problemas de cada localidad, movimientos de parados, problemas de vivienda, etc. Es el trabajo en la sociedad civil lo que explica el voto de otros ciudadanos. La sociedad política por sí sola, los programas, no lograrían eso.

Se da además entre los grupos que organizan estas experiencias el apunte de una conciencia sobre la necesidad de elaborar una nueva cultura política dentro de una nueva cultura general de vida, y el saber que ellos lo pretenden y lo son en ciernes.

Estas colectividades ciudadanas tienen que defenderse de los intentos de instrumentalización por parte de pequeñas fuerzas y nuevas candidaturas de ámbito general, siempre a la caza.

La existencia de estas candidaturas su extensión, es muy interesante. Su, carácter democrático y su transparencia, la experiencia que generan las convierte en una escuela de política y de politización permanentes. Por sí mismas con todo no podrán constituirse en una nueva fuerza política, ni aunque se multipliquen. Una nueva fuerza política de masas, verdadera, de carácter democrático, solo puede surgir, entre nosotros, al igual que en cualquier otro lugar, como resultado del surgimiento de un movimiento de masas, de la movilización de vastos sectores de nuestra sociedad. Si eso se da, estas iniciativas, sus formas de hacer, sus saberes, etc, serán muy valiosas y desempeñarán un papel de relieve junto a otras iniciativas reales existentes. Pero, de haber un proceso creador de una nueva izquierda democrática, esto es basada en el demos, no literaria o trucada, no vanguardista, éste habrá de surgir de la movilización.

De ser así, será entonces cuando se deba discutir sobre las características adecuadas de la organización política orgánica a tal movimiento.

1 Manuel Sacristán Luzón, M.A.R.X., máximas aforismos, reflexiones…Edición a cargo de Salvador López Arnal, Ed El Viejo Topo, B., pág 213

2 El Viejo Topo, febrero de 2011.

3Ver la Antología de Antonio Gramsci , de Sacristán publicada en 1970 en México, Ed. Siglo XX, y luego reproducida en España. Y el escrito sobre el pensamiento de Antonio Gramsci, redactado en 1967, El orden y el tiempo, hoy editado en Trotta, M, 1998. Giulia Adinolfi tradujo y publicó Divina Mimesis, de Pasolini y fue siempre lectora atenta del mismo, y de Carlo Ginzburg, etc. Sabía entender a Gramsci desde Hegel y recomendaba a sus alumnos leer el capítulo 5 de la Fenomenología del Espíritu. Sus últimos trabajos, ya enferma, fueron sobre las subculturas femeninas, en clave comunista gramsciana.

4Georg Lukacs, Conversaciones con Lukacs, Ed Alianza 1967 Entrevista hecha al viejo marxista por Leo Kofler, Wolfgang Abendroth y Heiz Holz, en 1967; se puede encontrar hoy en versión electrónica en Losarbolesdefarenheit.

5 Manuel Sacristán Luzón, “Respuesta a Daniel Lacalle” en Materiales, nº 8, pp. 143, 144

6 Publicado por Ed. Materiales, Barcelona, 1978. Con prólogo de Manuel Sacristán Luzón

7La compra a precios protegidos de cereales, por los “sindicatos agrarios”, que no “miraban mucho” la calidad del producto comprado. La tolerancia al pequeño estraperlo (no digamos al grande, organizado por los mismos altos cargos de la CAT, y los directores locales del abastecimiento de las grandes y pequeñas localidades) la necesaria consecución de certificados de buena conducta, de no ser desafecto al régimen, extendidos por el “Movimiento” (“Gracia que espero alcanzar de su recto proceder”), o por los curas etc. para encontrar trabajo e incluso, en la primera época, para trasladarse de localidad. La entrega de los puestos de trabajo buenos –fresadores, torneros, administrativos de banca- a personas de familias “afectas”; de ahí el extraordinario mérito de la penetración del movimiento en SEAT o PEGASO, en los astilleros, cuyo personal cualificado entraba mediante diversas “recomendaciones del alma”… o en la banca; desde luego, en la función pública…A parte el control ideológico de la iglesia, protegida por el estado de quien recibió el predominio del aparato escolar. Todo esto crea una cultura material de vida, un pensamiento vivido. No movido por la “Formación del Espíritu Nacional”, por la ideología política oficial, sino por el vivir.

8 Una variante de ese modelo es la de Hans Kelsen; Kelsen en su estudio famoso, Teoría general del Estado, Eds. Coyoacán, México, 2005, parte de una legítima reducción analítica operada sobre la idea de Estado liberal, y restringe el Estado al cuerpo orgánico de leyes que obedece a un mismo principio jurídico unitario. Esto le permite elaborar un iluminador estudio sobre la ley. Pero luego, sin “recordar” que su trabajo descansa sobre una previa reducción analítica, esto es a una separación artificiosa de la ley respecto de las demás realidades que componen la vida social, al referirse a la realidad concreta, empírica, total, práctica, del Estado, mantiene su reducción analítica de forma no menos estupenda. Y lo que sobre la ley es muy ilustrativo, sobre el Estado es muy pobre.

9 Los datos varían mucho a pesar de reconocer todos la amplitud del movimiento, que en contrapartida y durante los años de la transición tuvo más de 60 muertos de bala –la transición pacífica-. Según datos de El Diario vasco, -internet- En 1970 hubo en España 1595 huelgas. En 1975, hubo en España 3156 huelgas, y en 1976 más de 17 000 huelgas…La OIT da cifras menores pues solo recoge las huelgas de las que le llegaron datos, y no las recogidas en la prensa.

10Me permito un recuerdo personal de un mitin en el Palau del Sports, preparatorio de la creación del PCC, en la que intervino Ávarez Solís. Habló también quien sería luego secretario del PCC, dirigente del Baix Llobregat, y su intervención me llevó a aplaudir con calor. Un viejo militante obrero, del Baix Llobregat, bajito, grueso y carente de algún diente, que estaba sentado a mi lado, y que había permanecido en silencio durante todo el mitin, me dijo con serenidad, de forma parca y comedida no exenta de sarcasmo, al comentar las frases encendidas del dirigente, que aquel dirigente había estado defendido los pactos de la Moncloa, y añadió un comentario con el que insinuaba que eso era más general y que nada estaba claro. Ignoro el nombre de aquel camarada desilusionado y triste, que luego vi en alguna ocasión militando en el PCC. Había militantes de base del PSUC que tenían una percepción de lo que pasaba diferente a la de quien esto escribe.

11La elección de Fidel Lora como diputado fue resultado de una conjunción de diversos azares. Para 1996 el PCC había vuelto a formar coalición electoral con ICV. En la elaboración de las listas electorales para el Parlament de Catalunya, el PCC fue relegado por la dirección de ICV al undécimo puesto de la lista de Barcelona. Este puesto, a priori, no tenía posibilidades de salir elegido y la acción era un desaire. La dirección del PCC decidió a su vez desairar el desaire, y en vez de nombrar un candidato entre su dirigencia, eligió al secretario de sus juventudes, un muchacho de barrio con carisma, inteligencia y gancho entre sus iguales, universitario, pero que, en consecuencia, no poseía las características habituales requeridas para ser un miembro in pectore de futuras direcciones; era verdaderamente un dirigente juvenil, no un cuadro de las juventudes de un PC preparado para el escalafón. En las elecciones la coalición recibió un voto muy superior al esperado y Fidel Lora fue elegido parlamentario, para sorpresa de todos y chasco de muchos, tanto entre los propios como entre los extraños.

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