Introducción a los primeros capítulos de Fenomenología del Espíritu

Joaquín Miras Albarrán

En el seminario sobre Fenomenología del Espíritu que está realizando actualmente Espai Marx, las grabaciones empiezan a partir de las sesiones del capítulo V. Por eso nos ha parecido necesario una breve sinopsis de lo visto hasta ahora en sesiones anteriores.

 

Lo que llevamos editado en audio sobre el seminario de lectura de la Fenomenología del Espíritu de Hegel, en las grabaciones que llevamos hechas, comienza con la lectura línea a línea de texto que pertenece al capítulo quinto de la obra.

Antes hemos leído, sin grabarlo, el texto previo: es decir, las dos introducciones a la obra, la primera de ellas, importantísima, por ser resumen, escrita al concluir la redacción, de toda la obra. Y cuatro capítulos previos, cuya lectura y comentario tampoco han sido grabados. Tampoco hemos grabado nada sobre la intención de la obra.

Hacer comentarios a secas sobre la intención de esta obra es algo sobre lo que, a veces, grandes estudiosos tratan de no comprometerse. Desde luego, no obra así el gran Ramón Valls Plana, cuyo libro sobre la Fenomenología ya es un epítome de la obra: Del Yo al nosotros. Pero ocurre a menudo. Se puede aducir que eso es conveniente para respetar el propio decurso de la obra. Porque la obra se va generando a medida que se escribe; y durante su redactado Hegel ve nuevas cosas a explicar etc. No se trata de que todo fuera surgiendo en ese momento de trabajo. Hegel había redactado ya elementos muy importantes en el borrador no publicado que se denomina Filosofía Real. Y de los que luego tira para la obra que leemos. Pero es cierto que este trabajo, Fenomenología del Espíritu, comienza con un plan e intención, que luego se le va transformado entre las manos. Algo como lo que ocurre con El Quijote, cuyo autor va descubriendo y comprendiendo todas las posibilidades que se abren a la obra y a sus personajes una vez los crea, los va desarrollando, los reinventa, etc.

Así pues tenemos una obra, la Fenomenología, cuyo eje inicial se modifica y desplaza drásticamente, hasta convertirse en la colosal obra genial que es.

Como no somos grandes autores y además, otros grandes de veras ya han roturado la cosa, podemos atrevernos a hacer explícito escuetamente lo que creemos que es el hilo de transformación, sin que por ello dejáramos de aceptar toda reprimenda matizadora posible.

Comencemos por el título, para aclarar sentido de la obra, y no como erudición hueca. En el título se usa la palabra Fenomenología del espíritu -y un subtítulo, saber de la experiencia de la consciencia-. Es importante decir que el término Fenomenología no es, sin embargo, el utilizado regularmente en el texto; sí se usa, pero poco o muy poco. Sobre todo en relación con otro, con el que Hegel utiliza habitual y constantemente para hacer referencia a lo mismo que define con el término Fenomenología, y que es erscheinen, «aparecer/aparición». Este término se opone al término kantiano schein, «apariencia». Y esto es lo fundamental. La obra comienza tratando de ser, solamente -o nada menos, o nada menos y solamente-, una réplica y un desarrollo original y alternativo a la filosofía de Kant.

Kant, como todo filósofo de la Modernidad -podemos aceptar Descartes como origen del registro filosófico de ello- recoge la experiencia de que el ser humano es un ser activo que se sabe activo. Sólo que el inicio de esta consciencia -tomamos ya la propia explicación de Hegel- comienza con el Renacimiento. Con el Humanismo, si se quiere. Y el Renacimiento, lo que desarrolla en primer lugar activamente de forma clara es una nueva creatividad teorética, y, dentro de ella, una nueva creatividad teorética denominada ciencia -Galileo puede ser un ejemplo óptimo-. Esta actividad es la que genera experiencia, experiencia en la consciencia de los que la ponen en obra y la practican, sobre sí misma, y esa experiencia de hacer teorético se abre a la reflexión segunda, al pensar sobre la experiencia: a la filosofía.

El sujeto de la Modernidad es autónomo, activo, creativo. Es un ente que preexiste innatamente a todo lo humano cultural, y puede crearlo. Crea el saber sobre el mundo porque lo investiga, y crea el saber sobre sí mismo…así sería lo que elabora Descartes, lo que elabora Kant, pero, si se acepta esta caricatura que es nuestra, sobre la historia del pensamiento y la historia de la filosofía que reconoce que la subjetividad es protagonista activo, no ente pasivo, lo dejamos ahora aquí.

Esta reflexión sobre la creación de un nuevo saber, que es elaboración nuestra activa, génesis activa de conocimientos, lleva a Kant, como decimos. Éste elabora una potente teoría explicativa sobre la actividad, la creatividad activa que genera el conocer, el saber. Su teoría es epistemológica -el giro epistemológico, la reflexión sobre la capacidad de conocer y la forma de elaborarlo, etc., de Descartes, pasa a ser el factor determinante de esta corriente filosófica activista, accionista, creadora de saber, mediante la imaginación, que es la filosofía Moderna-. Por ella y por el deber ser es conocido fundamentalmente Kant.

Para Kant, el ser humano, que está constituido ex ante e incluso posee en su intelecto algunos trascendentales o elementos epistemológicos innatos, y luego elabora unas categorías, recibe una catarata de estímulos e impresiones que le entran por los sentidos, procedentes de fuera. Estos estímulos, sensaciones, e impresiones, no poseen orden ni sentido. Y la mente humana, activamente, mediante su protagonismo intelectual, procederá a tratar de construir teorías que las ordenen, expliquen, etc. Y a construir teorías sobre esa actividad protagonística activa de nuestro intelecto, dentro del cual se incluye la ciencia. Pero lo que no resulta posible es conocer qué es lo que hay al otro lado de esa masa de fenómenos -aquí, la palabra-, de manifestaciones desordenadas que nos llegan. Y denomina a eso que hay detrás Noúmeno. Y a lo recibido en los sentidos, manifestación fenoménica y shein, apariencia, apariencia de algo que se nos oculta, que no aparece, que no conocemos si no mediante la activísima elaboración interpretativa y explicativa de sus apariencias fenoménicas. Recordemos que Hegel opone frente a la apariencia, al fenómeno percibido entendido como apariencia, el ercheinen, el fenómeno entendido como algo que aparece, que aparece porque es puesto o creado y que a cada autoponerse o autocrearse, diverso, genera una inherente, diversa forma inherente de autoentenderse y autopercibirse. Pero la percepción de la consciencia es histórica, no desarrollo de innatismos, y tan histórica como aquello que la produce, que es no otra cosa que nosotros mismos y nuestra creación en común, no algo ignoto, y queda ya aquí expuesto lo que es el cogollo del meollo del centollo. El giro copernicano de Hegel.

Veamos la cosa con un poco más de detalle.

La obra de Hegel es, tal como dice Gramsci, una novela de la peripecia de nosotros mismos o «espíritu». Es la Odisea de nosotros mismos -o, repetimos, «espíritu»-, a lo largo de la historia, en la búsqueda de nosotros mismos y de lo que somos, sin saber adónde vamos, como Odiseo. Es el Calvario de nosotros mismos, de la humanidad en praxis intersubjetiva autocreadora de nosotros mismos -«espíritu»-, con sus caídas, en su peripecia dramática, en su recorrido de su dromos, somos el Cristo.

Esa obra se abre aceptando esa teoría activa creadora sobre la actividad que es el conocimiento y que recibe una elaboración radical y plena por parte de Kant. Parte de la filosofía como epistemología. E indaga sobre las elaboraciones de la consciencia. El apartado primero de la obra, titulado «Conciencia», se ocupa de esto. El primer capítulo, con el que se abre este primer apartado, tiene 10 paginillas, es sobre la sensación: sobre la certeza que la consciencia tiene de las sensaciones. En el mismo, nos muestra que eso que, de entrada, a la conciencia le parecía ser sensación pura o bruta registrada por ella, se le revela a la misma consciencia como consecuencia de su relación y experiencias con eso, y como consecuencia de la elaboración reflexionada sobre la experiencia, como percepción, o sea, no como una impresión recibida pasivamente en nuestra consciencia, de elementos externos que nos entran por los sentidos, sino como elaboración activa de lo que nos llega, sin lo cual no seríamos capaces de registrarlo. Lo que registramos, conocemos, etc. es elaboración intelectual activa, interpretación. En la relación activa con lo que nos parecía, al pronto, ser solo algo recibido, en la relación de lo que nos parece ser solo sensación bruta con otros elementos de nuestra experiencia, nos desdoblamos de eso así percibido, y lo comprendemos como elaboración intelectiva, activa, humana. Y se comienza la historización de todo -algo nuevo- al comprender eso, nos hemos desdoblado de nuestro anterior modo de entendernos, de nosotros mismos y de nuestro anterior modo de elaboración de la experiencia de la consciencia, y generamos una nueva figura de consciencia sobre nosotros mismos, que es inherente a los cambios….pero no podemos adelantarnos a lo no adelantado. Entre tanto, lo que en el modelo kantiano era algo fijo, la consciencia perceptiva, dotada de trascendentales innatos, está aquí transformado en una consciencia no fija histórica, cuyos elementos activos de elaboración van relacionados con su autotransformación y producen elaboraciones no dependientes de una raíz gnoseológica innata, sino creada ella misma por la historicidad. Se han dejado atrás, como quien no quiere la cosa, los trascendentales innatos fijos, desde los que la subjetividad, también innata, procedía a elaborar creativamente su conocer. Kant ha quedado al lado, respondido. El segundo capítulo, la «Percepción», tiene 14 paginillas. Tengamos en cuenta que el capítulo quinto tiene 126, y el sexto tiene 148. El séptimo, tiene 70, y el octavo y último, sobre el «Saber Absoluto», tiene 30, la obra se va apaciguando tras el sexto. Señalo esto para que se entienda que existe una descompensación estructural en la obra. Que señala que la obra ha sido reelaborada, reconsiderada y repensada, incluso en su estructura, durante el proceso de creación.

Estamos ya ante una nueva forma de entender el conocer. La obra intelectiva de la consciencia. Como hemos dicho, Hegel la explica como parte de una consciencia que es cambiante por ser histórica, y que va cambiando consiguientemente su manera de elaboración activa de su relación cognoscitiva con el mundo. El capítulo dos sobre la percepción explica cómo se relaciona la consciencia con esta nueva creación suya y cómo se desdobla de la misma, y deja de concebirla como elaboración natural y la va interpretando en relación con la nueva experiencia que elabora al tratar la realidad desde esa consciencia y al entrar en contradicción y encontrar incongruencias no explicables etc., desde esa simple interpretación. Al no ver respuestas claras, se entra en el capítulo 3, de 28 páginas, en el que la consciencia comienza a pensar que, tras lo percibido, tras lo que ella sabe ya creación intelectiva suya, debe buscar activamente, poniendo en obra activa su intelecto, leyes, fuerzas operantes que expliquen el comportamiento de eso interpretado y percibido, cuyo comportamiento no acaba nunca de obedecer a lo que se esperaba, etc. Leyes y fuerzas a conjeturar, pues no se ven, que expliquen lo que sí se percibe, de lo que se sabe que su percepción es elaboración activa. Este capítulo es muy importante por varias razones; señalamos dos. Porque, por primera vez, se ve a Hegel en toda su potencia, destruyendo una y otra vez todo intento de explicar la realidad según principio de causalidad y toda concepción de Fundamento –Grund-. Nada tiene una causalidad externa, previa, anterior a lo existente. Estamos ante la primera piedra del edificio de la historicidad. Si lo que hay, lo existente ahora, fuera consecuencia de una causa anterior, procediera de antes, solo habría causalidades deterministas, cadenas causales, no historicidad. Si fuese producto de leyes preexistentes, lo mismo. Está aquí el primer espectáculo de demolición de toda explicación y todo principio ex ante. Solo cada nueva totalidad es principio de todos y cada uno de sus elementos y todo elemento nuevo es nuevo y es causa y efecto de los demás. Comienza aquí este machaque sistemático…constante y perenne de todos los capítulos, porque cada nuevo capítulo va a abordar diferentes formas de consciencia que surgen de diferentes experiencias internas consecuencia de distintas totalidades y Hegel, una y otra vez, va a destruir siempre todo elemento que trate de explicar el cambio de forma evolutiva: repito, no ya teleológica, sino simplemente evolutiva. La etapa «A» tiene como consecuencia, ejem, no querida, ejem, no pensada… tal ley constante, tal principio o fundamento externo previo que es B: ataque despiadado contra todo esto, destrucción demoledora, elemento a elemento, pieza a pieza de todo tipo de posible edificio interpretativo en tal sentido. Y los capítulos crecen, en este momento, porque Hegel, discutiendo sin duda con teorías de su época, plantea diversos modelos alternativos que basan su explicación sobre lo existente en las hipótesis de un fundamento o de una ley, modelos que Hegel reconstruye cuidadosamente, para luego machacarlos sistemáticamente a conciencia y también con destructividad cuidadosa. El Grund, fundamento causal o fondo, o ley previa, ya sea anterior-diacrónico o interior-sincrónico (por ejemplo: base- superestructura), se va siempre al fondo, se va a pique, al garete el fondo se va al fondo: Hegel usa juegos de palabra así, como colofón, etc. Todo lo que existe, la experiencia que esto genera y la consciencia de lo mismo, es resultado del despliegue de algo nuevo, que se autogenera, cuyos elementos nuevos – que pueden ser en parte integración nueva subsumida desde lo nuevo, de elementos anteriores cuya nueva actividad y función es por entero dependiente de su nueva totalidad y por entero inexplicable desde lo anterior: historicidad- son causa y consecuencia de esa totalidad ex novo: de nuevo, Historicidad. Todo lo que existe es creado y recreado, es historicidad. Pero los lectores de la obra saben que me voy adelantado en exceso. Quedamos en el machaque de los fundamentos. Y en que, tras mucho reflexionar sobre sus contradicciones, esa nueva consciencia que buscaba detrás de lo percibido leyes y fuerzas explicativas, descubre que detrás de eso que ha puesto intelectualmente ante su consciencia, como objeto de investigación, no hay nada, que eso que ha puesto como objeto de conocimiento no es sino un escenario tras el cual no hay nada. No hay sino él mismo. Porque lo que tenemos delante es nosotros mismos y nuestra obra. Nos acercamos a la primera declaración de identidad de sujeto y objeto. Sabemos ya que lo que contemplamos no es apariencia –Schein, Erscheinung– quién sabe a qué grado real o solo fantasmal, fenómeno de un noúmeno, de algo ignoto, sino aparecer erscheinen, de algo que aparece porque lo ponemos o creamos ontológicamente, y del que tenemos una percepción consciente que depende de la forma intersubjetiva en que lo creamos. Lo que aparece, porque lo creamos nos parece de una determinada manera, como consecuencia de la experiencia creadora concreta. Pero no es una apariencia fenoménica de algo ignoto, es nosotros mismos. Se ha producido el giro ontológico. Las subjetividades de Hegel son las de la Modernidad, protagónicas, activas, creadoras. Pero carecen de programa innato, y deben elaborar en comunidad su saber hacer y generar en comunidad su hacer. Desde este punto nuevo, elevado, que no renuncia, sino que desarrolla sumamente, radicalizándola, la ontología de la subjetividad -intersubjetiva- creadora, y su inherente historicidad ontológica, Hegel recupera toda la filosofía del ethos, de la cultura material de vida, elaborada por la clasicidad grecolatina y la actualiza y recrea.

Pero volvamos al texto. El capítulo cuarto es un desarrollo y también un interludio, en el que se nos muestra cómo nace una nueva instancia interna de autoconocimiento desde la cual se va a poder entender el desarrollo de lo anterior. Si hemos llegado a descubrir -capítulo 3- que eso que nos parecía Cosa, según el Entendimiento –Verstand-, cuya obra intelectual es declarada como muy valiosa, sin embargo -¡ojo!-, a partir de ahí, la consciencia, que sabe que eso no es sino ella misma y sus producciones, comienza a abrir un nuevo desarrollo intelectual que, a partir de esa sorpresa descubierta, no puede ser sino sobre sí misma: consciencia vuelta sobre sí misma; y el capítulo es sobre la génesis de esta consciencia desdoblada que se reflexiona, la autoconsciencia, y sus elaboraciones intelectuales. En este autodesarrollo tienen mucha importancia las diversas experiencias de la consciencia. La estoica, escéptica, la del esclavo. La estoica es una consciencia que se percibe a sí misma como consciente de sí, gracias al desarrollo experiencial e interior que ha posibilitado un mundo, Roma imperial, pero en un mundo que no puede modificar, y que debe aceptar tal cual es; un mundo que le genera la libertad, pues llega a comprenderse a sí misma en su autonomía, pero libertad que solo le consiente aceptar libremente su estar en ese mundo, pues no tiene mediaciones que le permitan cambiarlo. La escéptica, que acrece su libertad interior autoconsciente poniendo en duda y relativizando la verdad y sentido de ese mundo. Y la divergencia amo-esclavo, cristiana-feudal, que escinde el mundo en protagonistas del mismo y esclavos -pero productores- del mismo, autoconsciencia y consciencia activas desdobladas al extremo de la escisión…este subcapitulito, el del amo y el esclavo, ha recibido una excesiva atención, por Kojeve, y ha sido distorsivo para la explicación del pensamiento de Hegel -como otras interpretaciones sobre otros puntos- y para la interpretación de la obra de Marx. Qué se le va a hacer.

Una vez la autoconsciencia sabe ser contraparte interna de una consciencia -usando esta segunda palabra con dos sentidos- y que eso que le parecía ser cosa, no es sino ella misma, su hacer creado y su saber hacer previamente creado para poder ponerlo en obra, todo ello consecuencia de la peripecia de su hacer histórico, de la experiencia que le crea y de las conclusiones que su reflexión interna le genera, comprende, está en condiciones de comprender que ella no es solo entendimiento que estudia la realidad, sino toda realidad, que somos nosotros toda realidad. Que nuestra intersubjetividad es la que crea toda realidad. Que no solo creamos activamente episteme, gnosis, conocimiento, saber, ciencia y reflexión sobre estas actividades, epistemología y filosofía gnoseológica, sino que somos actividad que crea onton, que crea el mundo existente, que somos creadores de nosotros mismos, que esa capacidad creadora emerge de la intersubjetividad, no de la individualidad aislada, y que eso que emerge -no que baja o desciende, sino que emerge y surge- de la comunidad, esa capacidad creadora, es lo que se denomina Espíritu. El ser humano, en el Renacimiento, se pone a tratar de saber qué es todo, y sobre todo qué es él mismo, a sabiendas de que en él está la explicación de todo. Y se pone a trabajar en la investigación sobre lo que él es: toda realidad. Y estamos ya en el capítulo quinto. Sherezade ha cumplido con el sultán. Pero añadamos algo más. Lo primero que se le ocurre a la autoconsciencia consciente de ser consciencia y autoconsciencia y de ser creadora es buscarse a sí misma dentro de la individualidad, en su interior. Sicología, fisiognómica y frenología -de lo más externo a lo más interno- pasan por el pelotón de fusilamiento y por el tribunal del escarnio de Hegel. Al final, cuando ya no queda algo dentro, interno, que sea puesto como origen del espíritu, Hegel explica que nos ponemos a buscarnos en la comunidad intersubjetiva, cuya actividad crea a la par el mundo objetivo humano y la subjetividad histórica inherente a cada mundo …pero aún deberemos atravesar todas las catástrofes que experimentan las diversas figuras del espíritu del capítulo quinto, como consecuencia de las cuales llegamos a comprender que no solo somos subjetividades sociales, sino fruto de un mundo creado práxicamente por todos, y llegar al sexto que es «Espíritu como Eticidad» o ethos o saber hacer creado entre todos…y por ahí adelante…Sherezade le recuerda al sultán que debe seguir escuchando las próximas noches lo que cuenta el libro, que lo que viene es aún más asombroso y nunca visto ni oído. Que la historicidad de la historia del «Espíritu», esto es, de nuestra intersubjetividad práxica carente de naturaleza ni de saber hacer ni concebir innatos, es la más asombrosa historia jamás contada y que aún está tanto por contar como por crear…

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