Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Desdemocratización

Boaventura de Sousa Santos

Traducido para Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala por Àlex Tarradellas

Los regímenes democráticos son regímenes en movimiento. Verdaderamente no hay democracia; hay procesos de desdemocraticatización. Lo que caracteriza a unos y otros son las transformaciones que ocurren en los vínculos políticos que unen al Estado y los ciudadanos comunes y los vínculos sociales que unen a los ciudadanos entre sí. Estos procesos nunca se confinan exclusivamente al Estado; también ocurren en la sociedad. Identificar los procesos dominantes en un momento dado es fundamental para tomar el pulso a la calidad de la vida política y social. Los factores que los condicionan varían según el país pero también hay evoluciones convergentes a nivel internacional de las cuales es posible deducir el espíritu de la época. Las tres últimas décadas se han caracterizado por un conflicto muy intenso entre procesos de democratización y redemocratización, por un lado, y de desdemocratización, por el otro. Al mismo tiempo que se han democratizado los sistemas políticos –Sur de Europa, años setenta, Europa Central y del Este, África y América Latina, años ochenta y noventa- se han desdemocratizado las sociedades con el aumento de las desigualdades sociales, de la violencia y de la inseguridad pública.

Todo indica que este conflicto ha sido decidido a favor de los procesos de desdemocratización que hoy, con la posible excepción de algunos países de América Latina, dominan nuestro tiempo. He aquí los signos más evidentes. Cuando las desigualdades sociales se vuelven más profundas, las políticas públicas, en vez de reducirlas, las ratifican. Ejemplos: eficacia fiscal centrada en las clases medias; precarización del empleo con los cambios en el derecho laboral que se anuncian; la degradación del servicio nacional de salud. La protección de los ciudadanos y de los no ciudadanos contra actos arbitrarios del Estado o de otros centros de poder económico está disminuyendo. Ejemplos: el cierre de centros de salud sin evaluación de costes sociales; el desempleo resultante de las delocalizaciones de las empresas; la suspensión de la regularización de los inmigrantes. La falta de transparencia de las decisiones y ausencia de control de los ciudadanos sobre las políticas públicas. Ejemplos: la corrupción endémica (el caso Somague [1] es la punta del iceberg); el tráfico de influencias que domina las privatizaciones y las inversiones públicas (la localización del nuevo aeropuerto de Lisboa es un ejemplo). El aumento de la violencia y de la inseguridad pública. Ejemplos: la incomprensible descoordinación entre las fuerzas de seguridad; la pasmosa falta de modernización de los medios de investigación criminal ante un crimen cada vez más modernizado; ausencia de criterios para organizar el Estado según una lógica territorial (servicios básicos) y una lógica operacional (servicios especializados).

La desdemocratización que ocurre en el Estado es paralela a la que ocurre en la sociedad. Se degradan las redes de confianza y solidaridad: se medicaliza la soledad y la angustia; se reduce al mínimo la aspiración familiar (la decisión de no tener hijos); se eleva al máximo el estrés familiar cuando hay niños y éstos son las primeras víctimas. Si la sociedad políticamente organizada no accionara procesos de redemocratización, puede estar en causa la supervivencia de la democracia. Lo que viene no será una dictadura. Será una dictablanda o una democradura.

[1] Para saber más sobre el caso Somague:

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Los dogmas del liberalismo y el reto republicano

Fernando Aguiar

Andrés de Francisco, Ciudadanía y democracia. Un enfoque republicano, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2007.

           

Ciudadanía y democracia es una obra valiente porque  su autor es sincero, no se engaña ni nos engaña. De Francisco presenta una solvente crítica al neoliberalismo, por una lado, y la recuperación, por otro, de algunos de los elementos centrales de la tradición ético-política republicana (libertad, democracia, ciudadanía, virtud). Sin embargo, desde el principio nos advierte que el tronco histórico del republicanismo es antidemocrático, elitista y oligárquico (pp. 17/18). La valentía que lleva al autor a ser sincero, a no edulcorar lo que sin duda es parte de la tradición de pensamiento político que defiende,  nos pone en guardia muy pronto ante lo que se nos pueda ofrecer. A estas alturas de la historia el escepticismo es una medida necesaria de salud mental. Bien es cierto que este libro no está solo, que se enmarca en una interesante corriente de recuperación del pensamiento republicano a la que hay que prestar atención. Pero las refundaciones han sido con frecuencia más un síntoma de impotencia que de vigor teórico y político. Puesto que Andrés de Francisco revisa la tradición republicana, sin dejar de ser fiel a su historia, desde una perspectiva radicalmente democrática, nos preguntamos al iniciar la lectura de este libro si la revisión merece la pena, si consigue desembarazarse de los aspectos menos atractivos del republicanismo, si puede ser una alternativa al liberalismo e inspirar a la izquierda o hemos de buscar en otro lado. Con un estilo claro y directo, el autor desmonta los dogmas del liberalismo dogmático y teje una sólida alternativa republicana que trata de dar repuesta a esas preguntas y temores.

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La Segunda República, proyecto del pueblo

Carlos Gutiérrez

Cuando el 14 de abril de 1931 las elecciones municipales traen la victoria de la izquierda, y las clases populares, de modo masivo, salen a las calles e imponen la instauración del régimen republicano no nos encontramos ante un hecho aislado, casual o ante un “golpe de fortuna” para los intereses de nuestro pueblo, sino que estamos ante un triunfo que se ha ido fraguando en un largo proceso de luchas y de construcción de unos valores y de un proyecto alternativo de sociedad. Todo el siguiente período reflejará, de modo muy evidente, la pugna entre la mayoría social –los trabajadores, los campesinos, y capas progresistas de la pequeña burguesía-, y la minoría, la oligarquía propietaria y sus organizaciones políticas y sociales.

Desde el primer momento, las capas populares se verán impelidas a una lucha sin cuartel para que esa naciente república sea capaz de llevar a cabo las tareas que se encontraban inscritas en el código, aún no plasmado, político y programático, que habían ido elaborando durante un largo período de la historia de nuestro país. Las fuerzas de la reacción, agotado su caudal de legitimidad por la degeneración del régimen monárquico, decidieron que no era nada inteligente oponerse al cambio y que, al contrario, era mejor tratar de navegar sobre él y convertirlo en un producto desnaturalizado  que nada tuviese que ver con el auténtico republicanismo. Su objetivo es que el cambio sirviese, cambiando eso sí, la forma de estado, para no cambiar nada.

Una república, ¿sin republicanos?

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Una reflexión republicana sobre el Estado

Andrés de Francisco

Febrero de 2007

Hay miedo al Estado. Lo hay en la tradición liberal,  y lo hay en la izquierda socialista. La tradición liberal teme al Estado porque hereda dicho Estado como una estructura despótica de poder construida en el antiguo régimen por las monarquías absolutas. La izquierda socialista teme al Estado porque lo concibe como un aparato de dominación de clase del que la sociedad sólo se emancipará cuando logre resolver los conflictos ligados a su estructura clasista de dominación social.

            Aquí defenderé una versión republicano-democrática del Estado fuerte. El republicanismo –la tradición republicana- es una filosofía política de la libertad. El republicanismo democrático  aspira a extender esa libertad a los pobres, a  los trabajadores, a los desfavorecidos, a los humildes  y a hacer de ellos ciudadanos igualmente libres. Argumentaré que ello pasa por fortalecer el Estado y darle una determinada orientación. Comoquiera que un Estado fuerte representa una potencial amenaza de despotismo, argumentaré que un Estado fuerte es republicanamente posible sólo en la medida en que el gobierno de ese Estado es un gobierno democráticamente controlado, contestable y participado.

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La República desde abajo. El republicanismo más allá de Pi y Margall (1873).

Lluís Ferran Toledano

El destronamiento de la reina Isabel II en 1868 abrió un conjunto de expectativas políticas y sociales que fue más lejos de lo que algunos conspiradores hubieran deseado. Ello es debido a la gran movilización popular y su participación en un rico tejido de asociaciones, y del impacto del sufragio universal. Una cosa es que el régimen no alterase la noción de propiedad burguesa y otra que la actitud defensiva de los sectores conservadores y ultramontanos no tuviese una base real, basada en el miedo a la Constitución de 1869 y las nuevas reglas del juego que imponía. En cierto modo, el conjunto de experiencias republicanas preparó el consenso entre los partidarios del orden en los años venideros. El republicanismo federal liderado por Francesc Pi y Margall y la cantonal (1873), deben tenerse en cuenta como uno de los hitos más importantes de los procesos de cambio “desde abajo” de toda nuestra historia contemporánea. Un ensayo teórico y práctico de soberanía individual y de democracia con pocos intermediarios. Se ha venido insistiendo demasiado en los aspectos doctrinales del ideario de Pi o en la fragmentación interna del republicanismo. Esta visión tradicional se debe sustituir por otra que ponga el acento en la calidad de las propuestas de mejora social lanzadas por los cantonales o en las experiencias cotidianas de conflicto. En suma, republicanizar la historia de la República.

Ciertamente, para una buena parte de Cataluña, el País Valenciano o Andalucía, la noticia de la proclamación de la República el día 11 de Febrero no fue sino un hecho gratamente esperado. En realidad, el régimen nacía lleno de incertidumbres. Como han señalado los clásicos C.A. Hennesy o J. Termes, se trató de un relevo en el gobierno pero sin un paralelo cambio constitucional. Un gobierno de transacción, de mayoría republicana, que debía de convivir con una asamblea donde se invertían los términos, con una filiación mayoritaria radical. Los objetivos del primer gobierno consistieron en controlar la situación política y mantener el orden público por encima de cualquier otro proyecto. Quizás no se ha señalado suficientemente el carácter no deseado de la evolución política durante 1873, la revuelta federal y cantonal. Esta experiencia no ha ocupado en la memoria democrática española el lugar que ha podido tener la Commune de París en la cultura política francesa y europea. A ello han contribuido diversos factores, sin duda, pero también el deseo de los republicanos posibilistas seguidores de Emilio Castelar -responsable del giro conservador que anticipó el golpe de estado de Pavía-, obsesionados en distanciarse de los federales y acercarse al contra-modelo de orden, eficacia y conservación representado por la III República francesa.

El sexenio fue uno de los momentos propicios para replantear las reclamaciones populares de reforma agraria. Durante aquellos años se incrementaron en toda España las huelgas de colonos, la ocupación de dehesas y la destrucción de cercas, las talas de árboles, los pasquines amenazadores, el incendio de pajares y de pastos, y un sin fin de situaciones herederas de una larga tradición de protesta. Un indicio que el régimen fue lejos en el terreno social -al margen de la ley de protección del trabajo de menores del 24 de julio, o los debates sobre la abolición de la esclavitud-, fue la repercusión que tuvo entre los conservadores el artículo adicional de la ley de 20 de agosto relativa a la redención del foro gallego, la rabassa morta catalana, o el treudo aragonés. Éste último, de manera ambigua, abría la posibilidad de la redención del censo enfitéutico. Observadores venidos de Barcelona oyeron cómo las gentes reunidas en cafés y tabernas creían que “la tierra no era de nadie y que los frutos eran de todos”. Sintomáticamente, un antiguo amigo de Prim, Enric Climent, rico hacendado del Ampurdán y ex gobernador civil de Girona, lamentaba que los colonos se creían con el derecho de no pagar sus obligaciones y, por esta razón, era “imposible que la gente honrada y de alguna posición se adhiera a la República”.

En realidad, el frente antirrepublicano era muy amplio, abarcaba desde el carlismo hasta el liberalismo progresista y radical. Quizás sorprenda saber que personalidades carlistas habían depositado esperanzas en una República que precipitase una reacción favorable a su causa. Unos planteamientos que recordaban la necesaria expiación social anunciada por el escritor y político Juan Donoso Cortés. En palabras del general navarro Joaquín Elío a su rey: “Tal vez, Señor, no es muy cristiano lo que voy a decir, pero considero necesario para la buena curación de España un poco de 93 o un poco de República”. Por su lado, para el sector liberal y progresista el problema central fue también el control del ejército. Un análisis calcado al efectuado por escritores y periodistas conservadores. Víctor Balaguer, quizás el principal dirigente progresista del principado, recibió diversas cartas que reclamaban urgentemente una dictadura militar, y ello antes que Pi y Margall fuese nombrado presidente. Uno de los amigos de Balaguer, Francisco Burgadas, le decía que “los catalanes todos, sin distinción de partidos, estamos hartos de derechos individuales”. Otro de sus corresponsales le avisaba que en Barcelona “recorren nuestras calles una o dos músicas celebrando la proclamación de la República Federal (…) Nuestra situación es triste y crítica, pues hoy ya no es la República Federal la que aclaman, sino la Federal Social”.

Una de las principales manifestaciones de la republicanización de la vida política fue la transformación radical de los cuerpos armados. Lejos de aplazar el cambio (primero ganar la guerra y después proclamar la federal), la revuelta militar republicana fue la forma principal de canalizar los proyectos republicanos más avanzados. También, como hemos visto, fue el objeto principal de los ataques conservadores, acobardados por la dimensión que había tomado el cambio desde abajo. La guerra carlista y el largo conflicto cubano fueron el terreno forzado por las circunstancias en el cual se desarrolló la federal. Sería un error considerar la guerra solo como un elemento disuasivo del proyecto republicano, y no como el elemento que catalizó las políticas republicanas. En ciertos momentos, el conflicto bélico y los batallones republicanos conducidos por diputados “en misión” fueron los únicos instrumentos reales de cambio. La contraposición entre cantonal y federal, desde este punto de vista, no tiene razón de ser, si lo que se pretende es no devaluar la intensidad de la movilización federal.

El decreto de disolución del ejército regular y su conversión en uno de voluntarios, realizado por la diputación de Barcelona el 10 de marzo, contagiaría no sólo el distrito catalán, sino otros colindantes. El ejército no desapareció formalmente, pero ni la composición ni el funcionamiento interno de los cuerpos, ni el comportamiento público de los soldados fue el mismo que en tiempos de la monarquía. A pesar de ello, también hubo oficiales, pocos, comprometidos con el nuevo orden republicano. Un capitán del regimiento de caballería de Alcántara, Francisco Araque, se dirigió a los soldados del cuartel de las atarazanas de Barcelona diciéndoles que ya no eran militares “sino ciudadanos”, y a continuación quemó las antiguas ordenanzas porque que ya no servían. Los soldados vestían garibaldinas, gorros frigios y se ponían galones al margen de la uniformidad. Lucían cabellos descuidados y largas barbas, y ostentaban con orgullo escarapelas republicanas. Nos servirá como ejemplo el comportamiento de la columna mandada por el coronel Miguel Vega. Sus soldados pasaban las noches en las tabernas gritando vivas a la federal y ¡fuera listas y abajo los entorchados del general que es un tirano! Y todo ello lo amenizaban con canciones ofensivas al clero, la música de la Marsellesa y el himno de los puritanos. Este era un paisaje habitual en la revuelta y suministró la imagen más radical de los republicanos, unido a otro elemento simbólico, el petróleo, importado de la Commune, y que también sirvió para estigmatizar la célebre huelga y sublevación de Alcoy del mes julio. Con pesar, el diario conservador madrileño La Epoca, reprodujo una carta del por entonces gobernador militar de Girona, Arsenio Martínez Campos, donde afirmaba que “sin Ejército no hay nacionalidad posible en estos tiempos”.

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La democracia, nombre de un movimiento

Joaquín Miras Albarrán

 

El republicanismo es una tradición praxeológica del pensamiento político. Surge históricamente de las luchas por someter a la deliberación y al poder públicos los asuntos –las cosas, las rei- de interés común para la sociedad.

Los textos de los clásicos muestran que la primera idea orientadora de la tradición republicana es el reconocimiento de la prioridad ontológica de la sociedad sobre el individuo. Según frase célebre de Aristóteles, el ser humano es animal cívico, político social1.El individuo humano es un ser de naturaleza plástica o indeterminada, cuyo proyecto biológico requiere ser asistido permanentemente en su desarrollo por la comunidad y ser completado mediante la interiorización de saberes y pautas culturales –hábitos, costumbres desarrollo de habilidades, técnicas, etc. elaborados por las generaciones anteriores-, para que a su vez el individuo pueda habérselas con la vida y manejarse útilmente para sí y para la comunidad.

Libertad y felicidad del ciudadano

Ni el orden social es resultado de una ley natural prescrita por la naturaleza para el ser humano, ni el individuo humano posee una naturaleza, previa a su construcción como individuo por la sociedad. En consecuencia la libertad y la felicidad no dependen de la actividad privada de cada individuo, sino del orden civil establecido. Son asunto político: son el asunto político primordial. La existencia de un orden político tiene como fin garantizar la libertad y la felicidad, esto es, el fin del estado – de la política- es instaurar la eticidad, y por ello resulta imprescindible.

Libertad: en la tradición republicana es libre el individuo que no está sometido a la voluntad de otro. No es libre quien depende de la voluntad ajena para sustentarse, pues deberá someterse a sus decisiones, tiene amo. Por ello la república debe garantizar en primer lugar que cada individuo sea dueño de los medios que le permitan subsistir sin enajenarse – asalariarse o venderse-, sin someterse a dominación.

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Público y privado. Republicanismo y feminismo académico

María Julia Bertomeu, Antoni Domènech

El feminismo académico contemporáneo es un movimiento amplio y heterogéneo, con grandes aciertos, obvio es decirlo, y algunos desaciertos, a veces, grandes también. Una parte muy importante de sus aciertos tiene que ver con la recuperación de la centralidad institucional de la “familia” para la reflexión política.

Familia y filosofía política

La filosofía política como disciplina académica se ha interesado en el último siglo sobre todo por cuestiones relacionadas con el Estado y las relaciones del Estado con la Sociedad Civil (ciudadanía, partidos políticos, justicia distributiva, etc.). Lo que resulta un tanto sorprendente, habida cuenta de la importancia de la Familia en toda la tradición filosófico-política occidental. El primer libro de la Política de Aristóteles está dedicado al oikos; y una de las consecuencias más perversas, según Aristóteles, de la democracia plebeya ática sería su subversión de la institución familiar, dando el mando a las mujeres (gyneycokratía): un tema recuperado por el contrarrevolucionario Bonald a comienzos del siglo XIX para ajustar cuentas con la democracia plebeya robespierreana:

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El sentido de la democracia

Salvador López Arnal

Cornelius Castoriadis, Democracia y relativismo. Debate con el MAUSS. Mínima Trotta, Madrid, 2007, 98 páginas. Introducción y notas Jean Louis Prat; traducción: Margarita Díaz.

El Viejo Topo

       

Como indica Jean Louis Prat en su presentación, Democracia y relativismo tiene su origen en un debate público celebrado en 1994, entre Cornelius Castoriadis, fallecido tres años después, y redactores de MAUSS (Mouvement anti-utilitariste en sciences sociales). La trascripción fue efectuada por Nicos Iliopoulos y publicada en dos partes en la Revue du MAUSS,  la primera con el título “La relatividad del relativismo” y la segunda como “La democracia”. 

         Puede interpretarse el debate como un comentario de texto a la cita de Castoriadis que abre el ensayo: la etimología de “democracia” nos remite a la dominación del demos, del pueblo, de las masas. Si no tomamos dominación en sentido formal, y es eso precisamente lo que deberíamos hacer según Castoriadis, el dominio real presupone poder decidir por nosotros mismos sobre nosotros mismos y sobre cuestiones esenciales, y hacerlo con conocimiento de causa. En estas cuatro últimas palabras se centra todo el problema de la democracia: “Con conocimiento de causa”. Ésta es la cuestión. Y la conclusión que de ello se deriva: no se trata de confiar el poder a una casta de burócratas incontrolados, ilustrados o no, incompetentes o no, sino en transformar la realidad social “de forma que los datos esenciales y los problemas fundamentales sean asequibles para los individuos y que éstos puedan decidir con conocimiento de causa”. ¿Les suena? Efectivamente, es la vieja aspiración de las diversas tradiciones socialistas, de todas ellas, en el ámbito político, en el piso superior de la metáfora arquitectónica marxiana.

         El ensayo está, como dijimos, dividido en dos partes. La primera, “La relatividad del relativismo” (pp. 27-60), se centra en la discusión de una tesis histórico-política de Castoriadis. Existe una singularidad en la cultura griego-occidental, cuyo germen proviene de la sociedad clásica griega (Heródoto: “los egipcios son más sabios y sensatos que los griegos”), que irrumpe probablemente en Europa a partir de los siglos XI o XII, desarrollándose a partir del XVI (Las Casas, Montaigne, Montesquieu, Swift), que no tiene por qué ser necesariamente modelo para otras sociedades ni para futuros más o menos próximos, y que puede ser expresada brevemente así: la puesta en cuestión ininterrumpida de sí misma (El sabor epistemológico de la expresión y su posible influencia en formulaciones de textos políticos de Karl Popper no  parecen una  simple ensoñación). El requisito, además, es esencial: sólo él permite que exista un movimiento político, sólo él posibilita la verdadera política. 

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Una Constitución que renunciaba a la guerra como instrumento de política nacional

Salvador López Arnal

Para Alejandro Andreassi, Joaquín Miras y Joan Tafalla, amigos republicanos

            En este año de conmemoraciones, en este año en el que hemos celebrado el 75 aniversario de la proclamación de II República Española y hemos recordado el 70 aniversario del triunfo del Frente Popular, de la fundación del PSUC o del inicio de la resistencia popular ante el golpe de Estado de Franco, Mola y Queipo, no parecería justo olvidar otra fecha imborrable: el 9 de diciembre de 1931, el día en el que las Cortes republicanas aprobaron la constitución de la segunda República Española, el único régimen político, en palabras de Antoni Doménech, “que ha consentido a sus pueblos, ya fuera efímeramente, abrigar la esperanza de un pleno ejercicio de su soberanía”[1].

            El proceso fue rápido, casi vertiginoso. Las elecciones para las Constituyentes se celebraron el 28 de junio de 1931. De los 6.200.000 posibles votantes (todos varones, las mujeres pudieron votar por vez primera en España en 1933), lo hicieron 4.300.000, casi el 70%[2]. Al igual que hicieran en las municipales de 12 de abril, obreros anarcosindicalistas también participaron en estas elecciones.  De entre los casi 470 diputados de la Cámara, 114 eran del PSOE; el Partido Republicano Radical de Lerroux obtuvo 89 escaños; el Republicano Radical Socialista de M. Domingo, 55; Esquerra Republicana, 36; Acción Republicana, el partido de Azaña, 30; los republicanos gallegos del ORGA, 19; PNV y Liga, 19 diputados en total.

Y fue el 14 de julio, tres meses después de ser proclamada la II República, el día de la apertura solemne de las Cortes constituyentes republicanas[3]. El conservador y católico ex monárquico Niceto Alcalá Zamora -que más tarde, durante el debate sobre la cuestión religiosa (9-14 de octubre) presentó su dimisión- fue nombrado primer ministro. Miguel Maura, también dimisionario, fue Ministro del Interior. Azaña asumió el ministerio de guerra hasta la crisis de octubre, momento en el que fue nombrado primer ministro de la República. El PSOE obtuvo tres carteras; Lerroux estuvo en Exteriores; y miembros de Ezquerra, de los radical-socialistas y de ORGA también formaron parte del gobierno.

El papel de Luis Jiménez de Asúa (Madrid, 1889; Buenos Aires, 1970), el gran jurista socialista, fue decisivo en la redacción de la Constitución. Presidente de la comisión Constitucional, en apenas 20 días, puso a disposición de las Cortes un anteproyecto de Constitución que él mismo presentó el 28 de agosto de 1931, con un magnífico discurso[4] en el que señalaba:

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