Es sabido aunque cueste aceptarlo: la única instancia que, actualmente, parece regir en política internacional es la fuerza militar. Lo dijo recientemente una voz tan poco sospechosa como la del Ministro hindú de Exteriores: el gobierno de Estados Unidos sólo escucha, y desde luego, sólo negocia, cuando cree o sabe que detrás del interlocutor hay armamento atómico. Y quien dice Estados Unidos, dice Estados Unidos y sus aliados más próximos y fieles.
Tenemos una prueba más de que esa aseveración no es un dislate ni un desvarío izquierdista con el ataque a Siria por la aviación israelí a principios de septiembre,”intervención” que contaba desde luego con el beneplácito americano.
Efectivamente, el día 6 de septiembre, sin que mediara ataque alguno por parte de Siria, sin que hubiese amenaza inminente de ataque, sin que hubiese declaración alguna de ningún organismo internacional autorizando la intervención del Ejército, sin que pueda hacerse ninguna referencia a alguna norma del Derecho internacional violada, sin nada de todo ello, ese 6 de septiembre, decía, se produjo una incursión de la aviación israelí en territorio sirio. Ni una palabra se escuchó a los políticos israelíes sobre lo acontecido en aquel ataque; tampoco a los dirigentes usamericanos. Fueron las autoridades sirias quienes dieron cuenta de la agresión. Con escaso éxito: apenas se dijo nada en la prensa internacional. No existió lo que aconteció, no existe lo que no se difunde.
Benjamín Netanyahu, lider del Likud, la conocida organización de la extrema derecha israelí, irrumpió días después en el escenario, probablemente por cálculos electorales, rompiendo o aparentando romper un estudiado pacto de silencio que empezaba a perder su vigencia. Reconoció que apoyó el ataque después de ser informado por el primer ministro Ehud Olmert, quien en unas declaraciones había comentado, al ser preguntado por la incursión aérea, que no sabía de qué se le estaba hablando, que le dejaran tranquilo, que se dejaran de invenciones y de hacer el juego a los enemigos del Estado de Israell y de Estados Unidos.
Eso sí, objetivamente, con el ataque, el Estado israelí recuperaba parte de su capacidad de disuasión, mermada tras el ataque al Líbano de 2006 y su derrota posterior, y acaso agrupaba tras esa acción a sectores importantes de su población.
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