Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Aproximaciones de Sacristán a la obra Antonio Gramsci. Antología mínima.

Manuel Sacristán Luzón

[…] puede tal vez señalarse algún importante problema pendiente en el pensamiento socialista contemporáneo, problema identificado y abierto en la obra de Gramsci, y no resuelto en ella, probablemente porque todo auténtico pensador descubre problemas más allá de sus soluciones.

Manuel Sacristán Luzón (1967)

Gramsci ha sido, con interesante paradoja, un característico "filósofo de la práctica" y, al mismo tiempo, el clásico marxista más capaz de contemplación. Contemplación del mundo exterior y del interior.

Manuel Sacristán Luzón (1977)

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Antología de textos de Manuel Sacristán sobre Louis Althusser (1918-1990)

Manuel Sacristán Luzón

En el coloquio de una conferencia que Manuel Sacristán (1925-1985) impartió en la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona en 1980, con el título “¿Por qué faltan economistas en el movimiento ecologista?”, se le señaló que acaso fuera la misma tradición marxista la que estaba poniendo trabas a la incorporación de científicos del ámbito de las ciencias sociales al entonces incipiente movimiento ecologista. La teoría marxista del desarrollo de las fuerzas productivas y su choque con las relaciones de producción imperantes, la tesis de la necesidad y apología del trabajo, la misma centralidad en la teoría y en la política comunista de la clase obrera, el mantenimiento del desarrollismo económico hasta el estadio de transición al socialismo, la misma idea de sociedad comunista como sociedad de la abundancia ilimitada ¿no eran acaso fuertes impedimentos culturales, teóricos, políticos incluso, para que economistas de esta tradición política-filosófica pudiesen incorporarse al movimiento ecologista?

Aceptando gran parte del planteamiento, Sacristán en su respuesta matizó que seguramente fuera ése el caso de algunos economistas de una cierta tradición marxista, aquélla que venía de la vejez de Engels y que se suele asociar con la II Internacional, tendencia que, indudablemente, había tenido mucho peso, pero ni incluso en este caso, pensada en todos sus aspectos, la anterior sugerencia podía ser aceptada sin discusión.

En su opinión, ni siquiera el esquema transformador del Manifiesto Comunista caía del todo dentro del capítulo de los trastos viejos del marxismo. Más caducada le parecía la tesis de la caída tendencial de la tasa de beneficio que el conocido esquema sobre fuerzas productivas: “Mientras que lo de la caída tendencial, dicho sea pidiendo disculpas a los economistas que yo no lo soy, pero por la lectura de los economistas, ahora ya no es susceptible siquiera de reformulación, sino más bien digna de ser abandonada sin más, en cambio la noción de fuerzas productivas me parece en la tradición marxista un producto intelectual importante. Seguramente necesitado de revisión, pero es un concepto importante. Me parece que con eso se ha alcanzado una abstracción de cierta importancia, para pensar en la vida del hombre, de esta especie, y de cualquier otra especie tal vez en la tierra”.

Apuntaba Sacristán a continuación que, por debajo de sus afirmaciones y sin querer ocultarlo, estaba, naturalmente, su personal visión del marxismo, “que no tiene por qué ser compartida con otros que se consideren también insertos en la misma tradición”. Para Sacristán era básico no olvidar que Marx era un pensador muerto en 1883, a finales del siglo XIX; consiguientemente, si su legado, si su obra, tenía importancia científica entonces tendría “que estar más o menos tan revisado como lo que hayan hecho todos los científicos importantes muertos en 1883 -Maxwell, por ejemplo- o que han trabajado en 1883. Y si lo que él ha hecho Marx no se puede tocar, refutar, rehacer, entonces es que no tenía ningún valor. O tenía, nada más, un valor artístico”, sin que de esto último, advertía, pueda colegirse desprecio alguno por obras cuyo principal aportación se haya insertado en este ámbito.

Sea como fuere, en su opinión, en el caso de Marx había más, algo más que unas decisivas aportaciones científicas en el campo de las ciencias sociales. En Marx había también el origen de una tradición emancipatoria (política, por tanto), no sólo cognoscitiva (básicamente, en ciencias sociales), y, por tanto, “el marxismo vivo es una tradición, no una teoría, no una ciencia como se suele decir”. Obviamente, añadía, “nadie tiene por qué estar de acuerdo con esto que he dicho aunque que se considere marxista por su cuenta. Y como tradición me parece una tradición muy potente, dotada de un tronco de pensamiento transformador de los más claros de la historia del pensamiento y capaz, naturalmente, de muchas líneas, como toda tradición. A mí lo que ha hecho Marx me parece más bien un acto fundador de creación de cultura que una creación de un sistema científico. Dicho así para el léxico de jóvenes intelectuales españoles, sobre todo barceloneses, de estos años: se coge la visión del marxismo mío, se la vuelve del revés, y sale la de Althusser”.

Giremos, pues, el marxismo sacristaniano, démosle la vuelta, y obtendremos la lectura de Marx por Althusser. La siguiente antología pretende documentar y matizar la anterior afirmación de Sacristán. Sin negar las nítidas diferencias entre ambos pensadores en diversos y numerosos aspectos no siempre laterales, sin obviar las críticas vertidas por Sacristán al autor del Pour Marx, en una aproximación ajustada, fiel a los sucintos comentarios de Sacristán, parece que pueden verse, al mismo tiempo y sin contradicción, coincidencias de finalidades que no suprimen líneas de separación, inflexiones, que sin duda pueden reconocerse en la obra de estos dos importantes pensadores marxistas. Sea completa o parcial la vuelta que tengamos que darle al calcetín del marxismo altusseriano, está fuera de duda que ambos filósofos forman parte destacada de la tradición marxista, que ambos estuvieron firmemente vinculados a los partidos comunistas de sus países respectivos, especialmente en el caso de Sacristán, y que intervinieron activamente en importantes luchas políticas de su época, aunque fuera desde variantes distintas de la tradición y, en ocasiones, desde posiciones incluso opuestas.

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Microcrédito, macro problemas

Walden Bello

El otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a Muhammad Yunus, considerado el padre del microcrédito, sobreviene en un momento en que el microcrédito se ha convertido en una especie de religión para muchas personas con poder, fortuna o fama. Hillary Clinton habla regularmente sobre su viaje a Bangladesh, patria de Yunus, donde se sintió "inspirada por el poder de estos préstamos que ayudan incluso a las mujeres más pobres a iniciar negocios, permitiendo que sus familias -y sus comunidades- salgan de la pobreza". Al igual que la liberal Clinton, el neoconservador Paúl Wolfowitz, ahora presidente del Banco Mundial, también se ha sumado a la religión, luego de un reciente viaje al estado de Andhra Pradesh, de la India. Con el fervor del convertido, él habla del "poder transformador" del microfinanciamiento: "Pensé que quizá éste era un solo proyecto exitoso en una aldea, pero entonces fui a la aldea siguiente y encontré la misma historia. Esa noche, encontré más de cien mujeres líderes de grupos de autoayuda, y me di cuenta que este programa estaba abriendo oportunidades para las mujeres pobres y sus familias en todo un estado de 75 millones de personas". No cabe duda que Yunus, economista de Bangladesh, concibió una idea ganadora que ha transformado las vidas de muchos millones de mujeres pobres, y quizás solo por eso, él merece el premio Nobel. Pero Yunus -por lo menos el joven Yunus, que al inició no contaba con la ayuda de instituciones globales- no veía su Banco Grameen como panacea. Son otros, como el Banco Mundial y las Naciones Unidas, quienes lo han elevado a ese estatus (y, algunos dicen que a Yunus también le han convencido que es una panacea), de modo que el microcrédito se presenta ahora como una vía del desarrollo relativamente indoloro. Mediante su dinámica que establece la responsabilidad colectiva del reembolso de un grupo de mujeres prestatarias, es cierto que el microcrédito ha permitido de hecho a muchas mujeres pobres revertir la pobreza aguda. Toda vez, son principalmente las moderadamente pobres, más que las muy pobres, quienes se benefician de ello, y son pocas quienes pueden afirmar que han salido permanentemente de la inestabilidad de la pobreza. Asimismo, no muchas pretenderían que el grado de autosuficiencia y la capacidad de enviar sus niños a la escuela, que resulta del microcrédito, sean indicadores de haber escaldo a niveles de prosperidad de la clase media. Como lo anota la periodista económica, Gina Neff, "después de 8 años de pedir préstamos, el 55% de los hogares de Grameen todavía no puede resolver sus necesidades alimenticias básicas; de modo que muchas mujeres utilizan sus préstamos para comprar alimentos, en lugar de invertirlos en un negocio". En efecto, Thomas Dichter, quien ha estudiado el fenómeno a fondo, afirma que la idea de que el microfinanciamiento permite que sus beneficiarios pasen de la pobreza a ser microempresarios está inflada. Al esbozar la dinámica del microcrédito, Dichter sostiene: "Sucede que los clientes con la mayor experiencia comenzaron utilizando sus propios recursos, y aunque no han progresado mucho -y no pueden, porque el mercado es sencillamente demasiado limitado- tienen un volumen de ventas suficiente como para seguir comprando y vendiendo, y probablemente lo harían con o sin el microcrédito. Para ellos, los préstamos se desvían a menudo al consumo, al contar de pronto con un monto relativamente grande, un lujo que no les permite su volumen diario de ventas". Concluye: "definitivamente, el microcrédito no ha hecho lo que la mayoría de entusiastas del microcrédito pretenden que puede hacer: funcionar como capital dirigido al aumento de la renta de una actividad empresarial". De allí, la gran paradoja del microcrédito, como lo expresa Dichter, que: "es poco lo que la gente más pobre puede hacer productivamente con el crédito; y quienes pueden hacer más, en realidad no necesitan tanto el microcrédito, sino cantidades más grandes, con condiciones de crédito distintas (a menudo a más largo plazo)". En otras palabras, el microcrédito es una gran herramienta como estrategia de supervivencia, pero no es la clave del desarrollo, que exige no solamente inversiones masivas, intensivas en capital, y dirigidas por el Estado, para construir industrias, sino también atacar frontalmente las estructuras de la desigualdad, tales como la propiedad concentrada de la tierra, que sistemáticamente privan de recursos a los pobres para escapar de la pobreza. Los programas de microcrédito terminan coexistiendo con estas estructuras enraizadas, sirviendo como red de seguridad para la gente excluida y marginada por ellas, sin transformarlas. No, Paul Wolfowitz; el microcrédito no es la clave para poner fin a la pobreza que existe entre las 75 millones de personas en Andhra Pradesh. Siga soñando. Quizás una de las razones de tal entusiasmo por el microcrédito en los círculos del establishment, hoy en día, es que se trata de un mecanismo basado en el mercado, que ha gozado de un cierto éxito, justamente cuando otros programas basados en el mercado se han estrellado. Los programas de ajuste estructural que han promovido la liberalización del comercio, la desregulación y la privatización, han traído mayor pobreza y desigualdad a la mayor parte del mundo en desarrollo, durante el último cuarto de siglo, y han convertido al estancamiento económico en una condición permanente. Muchas de las instituciones que promovieron y siguen promoviendo estos fallidos macro programas (a veces bajo nuevas etiquetas como los “Papers’ de Estrategia de Reducción de la Pobreza"), como el Banco Mundial, son a menudo las mismas que promueven los programas de microcrédito. En términos generales, el microcrédito se puede considerar como la red de seguridad para millones de personas que se encuentran desestabilizadas por las macro fallas a gran escala engendradas por el ajuste estructural. Sí se han producido avances en la reducción de la pobreza en algunos lugares, como China, donde, contrariamente al mito, son las políticas macro dirigidas por el Estado, y no el microcrédito, el factor central para sacar de la pobreza a unos 120 millones de chinos. Entonces, probablemente la mejor manera de honrar a Muhammad Yunus es decir, sí, él merece el premio Nobel por haber ayudado a tantas mujeres a hacer frente a la pobreza. Sus acólitos hacen un descrédito a este gran honor, e incurren en la demagogia, cuando reivindican que él ha inventado una nueva forma compasiva de capitalismo -el capitalismo social o el “empresariado social"- que sería la bala mágica para terminar con la pobreza y para promover el desarrollo. (Traducción: ALAI). – Walden Bello es profesor de sociología y administración pública en la Universidad de las Filipinas, y director ejecutivo de Focus on the Global South. Focus On Trade, # 124, octubre 2006. [Published on Sunday, October 15, 2006, by The Nation].

Publicado en ALAI, América Latina en Movimiento 2006-10-19

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Hay que frenar a la derecha y derrotar a Alckmin

Joao Pedro Stedile

Brasil: Hay que frenar a la derecha y derrotar a Alckmin Joao Pedro Stedile ALAI AMLATINA, 10/10/2006, Sao Paulo.- Los movimientos sociales debemos movilizarnos, levantarnos y salir a las calles para derrotar la candidatura de Alckmin. De 1990 a 2002, las clases dominantes implementaron un programa neoliberal desastroso para la economía y para el pueblo. Entregaron al capital financiero e internacional nuestras mejores empresas, estatales y privadas. Dilapidaron los servicios públicos. La deuda pública interna creció vergonzosamente, y el gobierno pasó a dedicar el 30% de toda la renta federal para pagar intereses. El pueblo, las empresas y el gobierno comenzaron a pagar las más altas tasas de interés del mundo. Resultado: la economía no crecía, y se produjo mayor concentración de la riqueza. Al pueblo le quedó la pobreza, más desigualdad y el mayor desempleo de toda la historia. Sintiendo en carne propia esos problemas, en las elecciones de 2002, el pueblo votó contra el neoliberalismo y eligió al presidente Lula. En los últimos cuatro años, hubo un gobierno de coalición, como acostumbra decir el ministro Tarso Genro, y las fuerzas del capital continuaron ejerciendo su influencia para mantener la política neoliberal. Por otro lado, fuerzas de izquierda consiguieron avances en la polí­tica externa, en la defensa de las estatales y en algunas áreas sociales, como la educación pública y el salario mí­nimo. Los movimientos sociales hemos sido crí­ticos de la polí­tica económica. El Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) ha manifestado y luchado contra la lentitud de la reforma agraria, la prioridad dada al agro-negocio (el cual, sea dicho de paso, votó contra el gobierno) y el incumplimiento del plan nacional de reforma agraria. Comprendemos que el contexto político de ese perí­odo fue adverso para las fuerzas populares, por la ausencia de movilización de masas y por el marasmo de la mayoría de los sindicatos y movimientos. Algunos se acomodaron o sus direcciones fueron cooptadas ideológicamente. Otros fueron arrasados por la ofensiva neoliberal que acabó con diversos sectores de la clase trabajadora. Hay un reflujo del movimiento de masas, que influyó decisivamente en la actual correlación de fuerzas. Vinieron las elecciones de 2006. Defendí­amos la necesidad de aprovechar la campaña para debatir un nuevo proyecto popular para el paí­s. Desgraciadamente, predominaron visiones oportunistas y de marketing y la repetición de métodos espurios, con un uso abusivo del dinero, compra de cupos electorales etc. Todo financiado por la contribución de empresas interesadas en favores gubernamentales. El resultado fue una campaña sin entusiasmo, sin militancia y sin interés del pueblo. Cuando todo parecía ya cocinado, y los resultados previsibles, ocurre que, en la última semana, por graves errores de la campaña Lula, la derecha encuentra motivos para unificarse alrededor de Alckmin (como con Collor, en 1989). Pasó a la ofensiva y, usando intencionalmente sus medios de comunicación, llevó la elección hacia una segunda vuelta. Lo mismo ocurrió en diversos Estados, con la llegada al segundo turno de los candidatos derechistas. No obstante, como todo en la vida, hay contradicciones. La unidad de la derecha en torno a Alckmin provocará el debate de ideas y proyectos. La campaña deberá dejar claros los intereses de clase que hay detrás de cada candidatura. La candidatura Alckmin, que representa los intereses del capital financiero, de las transnacionales, del gobierno Bush, de la burguesía brasileña y de los hacendados del agronegocio, está ansiosa por retomar las riendas del gobierno. Defienden todos los días en los periódicos la necesidad de seguir privatizando -Petrobras, Correos, carreteras y bancos estaduales-. Quieren reformas laboral, tributaria y del Seguro Social para ampliar sus ganancias. Proponen la garantí­a del pago de intereses dentro de la Constitución, por el insólito plan déficit cero. Plantean de nuevo el ALCA como una necesidad, y de esta manera subordinarán todavía más nuestra economía y el país a los intereses del imperio. Y, si los pobres osan luchar, llamarán a los "capitaes-do-mato" (cazadores de esclavos fugitivos ) y responderán con policí­a y cárcel. Por ello, los movimientos sociales y todos sus militantes debemos movilizarnos, levantarnos y salir a las calles para derrotar la candidatura de Alckmin y sus intereses de clase. No podemos vacilar. Vamos a transformar la campaña en un debate de proyectos y de ideas. Una victoria de Alckmin será una derrota gravísima para el pueblo brasileño. Y, en el próximo mandato del gobierno Lula, vamos a seguir movilizados para derrotar la polí­tica neoliberal y debatir en la sociedad un nuevo proyecto para el paí­s. Brasil necesita encontrar su rumbo. Necesita de un proyecto que ponga como prioridad del Estado y de la polí­tica la solución de los principales problemas del pueblo, como el desempleo, la educación, la reforma agraria, la vivienda y la distribución de la renta, para todos y todas. No hay cambios sociales sin la participación del pueblo, sin la movilización popular. (Traducción ALAI). – Joao Pedro Stedile, 52, economista, es miembro de la coordinación nacional del MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra) y de la Ví­a Campesina Brasil. Fuente: FOLHA DE SAO PAULO, 10 de octubre de 2006.

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La ambivalencia del pensamiento de Lukács

Pepe Gutiérrez-Álvarez

Ciertamente, sería muy difícil que nos hiciéramos una idea de la trascendencia del legado intelectual de Lukács –para Michael Löwy se trata del más importante filósofo vinculado al socialismo después de Marx, en tanta que para Lucien Goldman se trata simplemente del principal filósofo de la primera mitad del siglo veinte-, si nos fijamos unilateralmente del apagado eco que el centenario de su nacimiento ha tenido entre nosotros. El balance es triste: algún artículo, unos pocos actos y debates minoritarios y como trasfondo la caída en picado de obras de y sobre Lukács en las librerías (una editorial como Grijalbo que se ha enriquecido con obras marxistas cortó drásticamente la edición de sus Obras Completas e incluso ha quitado de sus catálogos las hasta ahora publicadas, traducidas en su mayor parte por Manuel Sacristán).

Naturalmente esta oscuridad no apunta contra el valor, ambivalente, desigual pero indiscutible, del autor de Historia y conciencia de clase, sino que nos dibuja un amargo retrato sobre la situación de declive al que nos ha arrastrado la política desmovilizadora e institucional del reformismo, y nos da una idea sobre las enormes palancas que ha de mover la izquierda que lucha para reconstruir las condiciones de una nueva iniciativa en la recuperación de la hegemonía político-cultural del movimiento obrero y alternativo. También nos revela la superficialidad del arraigo cultural del pensamiento socialista en la recomposición de la izquierda bajo el franquismo, cuando Lukács se convirtió en uno de los clásicos revolucionarios más apreciados por una izquierda que todavía no soñaba con despachos ni con "desencantos".

Lukács fue un pensador de categoría enciclopédica, con una obra tan extensa (sus primeros escritos datan de1908 y los últimos de 1971, fecha de su fallecimiento) como controvertida. Extraña es la obra de Lukács que no causa un debate: aunque su extremo más discutido ha sido sin duda su adaptación al estalinismo. Adaptación que ha servido a muchos para descalificar sumariamente su obra en la que no faltan miserias pero sobre cuya grandeza no se puede discutir.

Hay en esta negación de Lukács un ejemplo del refrán francés en el que se tira al niño con el agua sucia, deporte éste muy extendido últimamente entre la nueva derecha compuesta en muchos casos por ex-comunistas como la discípula del propio Lukács, Agnes Heller. También hay una notable ignorancia ya que se hace con su período estalinista una especie de ojo de pez con el que se cubre una obra que precede al ascenso de Stalin y que revive con renovado vigor tras la tras la oportuna muerte de éste. Se desconoce que incluso en su época más negativa Lukács fue entre otras cosas un importante investigador de los escri­tos de Marx, un audaz renovador en la crítica literaria y un crítico de la política oficial en textos como ¿Tribuno del pueblo o burócrata?, en el que -según los que lo conocen­ hizo la crítica más acerva al estalinismo que se haya hecho en la URSS desde la expulsión de Trotsky.

Reconocer la existencia de una ambivalencia en la obra de Lukács, no significa pasar la esponja sobre alguno de los capítulos más siniestros de su trayectoria, precisamente aquellos en que -quizás para hacerse perdonar su heterodoxia- se convirtió en el "martillo de herejes" y trató despiada­damente a los que como Trotsky habían osado oponerse al estalinismo, mostrando una vinculación con las idead marxistas y con la clase obrera que él había carecido. La tragedia de Lukács fue que mientras hacía esto aceptaba "a su manera" la definición del carácter termidoriano y bonapartista que había avanzado Trotsky. Pero partiendo de esta premisa, Lukács llega a una conclusión opuesta: efectúa una comparación abusiva entre la Francia jacobina y bonapartista y la Rusia que conoció para deducir un balance globalmente positivo y una actitud de reformista pasivo. En este sentido se expresa en sus escritos de los años treinta sobre la literatura y el pensamiento clásico alemán y pondera, a pesar de todas sus reservas, el hecho positivo que dos grandes cerebros de la cultura clásica alemana como Goethe y Hegel se reconciliaron con el devenir "realista" de la revolución francesa (en el caso del segundo hasta con el Estado prusiano), y Lukács llega a sugerir que fue por esta actitud de "Real-politik" por lo que ambos alcanzan la cima intelectual. Esta interpretación subyace todavía en una de sus obras más importantes, El joven Hegel (1948).

Que existía en Lukács en antiestalinista reprimido se muestra claramente en su compromiso con la revolución húngara de 1956, participan­do con evidente riesgo de su vida en el gobierno disidente de Imre Nagy y negándose ulteriormente a ninguna genuflexión más ante la arbitrariedad burocrática. El reencuentro de Lukács con la democracia de los consejos obreros y con la pasión crítica se trasluce claramente en sus últimos escritos, especialmente. en lo que se ha considerado como su ‘testamento político" sus Conversaciones con Abendroth, Kofler y Holz (1).

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