Direcciones profesionalizadas, acceso a la función pública docente y prácticas diarias en los centros educativos
Direcciones profesionalizadas, acceso a la función pública docente y prácticas diarias en los centros educativos.
Rosa Cañadell y Salvador López Arnal
Psicóloga. Profesora. Portavoz del sindicato USTEC·STEs
El pasado 17 de noviembre de 2009, el señor Jaume Graells, director general de Educación Básica y Bachillerato del Departament d’Educació de la Generalitat de Catalunya, uno de los máximos responsables políticos de la conselleria del gobierno tripatit catalán que dirige el señor Ernest Maragall, publicó un artículo en la sección opinión de Público con el título “Hacia un pacto en educación”. El asombro, incluso el estupor, que nos ocasionaron algunas de sus afirmaciones y sugerencias nos ha impedido responder con mayor prontitud. Corregimos nuestra pasividad.
Read moreDarwin, Marx y las dedicatorias de El Capital
Las dificultades de las experiencias de reformismo radical en América Latina
Las dificultades de las experiencias de reformismo radical en América Latina
Jesús Sánchez Rodríguez *
En los últimos meses se constata una nota de mayor inquietud en los artículos que diversos analistas de la izquierda[1], que se ocupan habitualmente del proceso político en desarrollo en América Latina, realizan sobre la situación y previsible futuro de las experiencias de reformismo radical que diversos gobiernos de izquierda[2] impulsan en esa región.
En general son tres conjuntos de datos los que parecen llevar a esa preocupación. El primero sería el sesgo militarista que ha tomado la oposición que a esas experiencias oponen el imperialismo norteamericano y las oligarquías locales, y cuya escalada ha dado un salto cualitativo con el acuerdo por establecer siete nuevas bases de EEUU en territorio colombiano y el golpe de Estado hondureño[3]. El segundo sería la situación de impasse en que han entrado estas experiencias transformadoras, dando la impresión de que han llegado a un límite que dudan en sobrepasar. El tercero sería el peligro de reversión electoral en algunos de los países de la región, con un regreso al gobierno de opciones políticas derechistas, que añadirían aún más dificultades tanto a las diversas medidas de integración latinoamericanas como al resto de los gobiernos de izquierda que subsistiesen.
La profundización de la primera tendencia llevaría a un escenario de conflictos internos en algunos países e incluso interestatales con consecuencias imprevisibles de evaluar, se trataría, por supuesto, del escenario más inestable e incontrolable, pudiendo producir graves derrotas del movimiento popular, pero sin descartar tampoco que dicha situación, abierta a su pesar, le ofrezca oportunidades de avance. Los retos que plantean este escenario a los movimientos populares y las organizaciones de izquierda son los retos estratégicos de enfrentamiento abierto a las fuerzas contrarrevolucionarias. A algunas de estas situaciones ya se han enfrentado las experiencias en marcha en América Latina con éxito hasta el momento. Los dos casos más dramáticos fueron el golpe militar contra Hugo Chávez en 2002 y el intento insurrección de los sectores contrarrevolucionarios en septiembre de 2008 en Bolivia. Si la derrota del primero se debió fundamentalmente a la respuesta en gran medida espontánea de los sectores populares, en el segundo caso se trató de una estrategia más elaborada de enfrentar y derrotar la creciente amenaza insurrecional reaccionaria. No obstante, y dada la vía elegida para avanzar en el proceso – de transformación institucional sin ruptura – estas victorias no se convirtieron en definitivas como solía ocurrir en las experiencias revolucionarias del siglo XX. Porque como correctamente señala Nils Castro, “al cabo es claro que ninguno de esos ejemplos ha dado lugar a una revolución en el sentido clásico del término. Ninguno involucró la toma de la totalidad del poder del estado por una fuerza capaz de fundar una nueva formación histórica en reemplazo del capitalismo. Entendido que no es lo mismo llegar al gobierno que tomar el poder, todos esos procesos se resolvieron en cambios de gobierno institucionalmente obtenidos y reconocidos por medios electorales, más o menos en el marco de las restricciones o limitaciones características del sistema político preexistente”[4]
Read moreEntrevista al escritor Rafael Chirbes: «Mi generación estaba destinada a moralizar y educar a un país que salía del franquismo y hemos acabado en este basurero de cemento».
Entrevista al escritor Rafael Chirles: "Mi generación estaba destinada a moralizar y educar a un país que salía del franquismo y hemos acabado en este basurero de cemento".
Isabel Bugallal
¿Casi dos años sin escribir?
-Sí, me asusta decirlo pero casi siempre es así, es un proceso de cocción lento. También tardé cuatro años en escribir la última.
¿Quedó exhausto después de Crematorio?
Read moreCerdos, maíz y resistencia
Presupuestos sin perspectiva
Presupuestos sin perspectiva
Joaquín Arriola
Publicado en Noticias Obreras nº 1.492, 16-30 de noviembre de 2009
Read moreDel liderazgo y otros tópicos
“¿Se pueden olvidar las lecciones de la historia que nos muestran que, muy a menudo, los líderes carismáticos destruyen las organizaciones que los han producido y conocen un fin trágico?”, Michela Marzano se formula esta pregunta en su libro Extension du domaine de la manipulation. En las escuelas de negocios la doctrina del liderazgo es un lugar común. La clave del éxito, dicen, está en el hombre que tiene una visión y es capaz de realizar una misión. La cultura que operó como caldo de cultivo de la crisis estuvo impregnada del discurso del liderazgo, que cubrió de oro a los altos ejecutivos que convencían a sus accionistas de que eran portadores de un destino de posibilidades ilimitadas. Entre estos líderes a los que ni auditores ni reguladores osaban llevar la contraria hay nombres como Jeff Skill, que se cargó la todopoderosa Enron, y el seductor Madoff. Y no voy a hacer la lista de los líderes del sector inmobiliario español que eran invitados como ejemplo de emprendedores imbatibles en las mejores tribunas, hace tan sólo un par de años, y que hoy viven en pleno naufragio. Parafraseando a Marx, a veces parece que “la bruja ya no es capaz de controlar los poderes demoniacos que ha convocado con sus hechizos”. Poco importa. El tópico del liderazgo se sigue repitiendo en escuelas y reuniones selectas, aunque cierta sensación de vacío invade paulatinamente el concepto. ¿Qué significa esta regresión al poder carismático? Max Weber situaba esta forma de autoridad basada en la magia del hombre providencial como propia de sociedades de bajo nivel técnico y educativo, de escaso desarrollo social. Pero en las sociedades avanzadas del siglo XXI, en que el nivel medio de formación de los ciudadanos ha alcanzado cotas desconocidas, ¿debemos seguir soportando el imperio del visionario y del seductor por encima de la autoridad de los argumentos y de las razones? ¿O más bien deben ser los proyectos compartidos, fruto de las aportaciones de muchos actores, los que deben marcar los caminos que seguir?
Dicen que las crisis, si se saben aprovechar, son oportunidades para el cambio. Tengo mis dudas, porque la ansiedad y el miedo son tendencialmente conservadores. Y porque, de momento, los tópicos de la cultura de la crisis siguen intactos, confirmando la sospecha de que ante la impotencia de la política, no habrá cambios sustanciales en las hegemonías sociales cuando la crisis amaine. Pero sigamos con el ejemplo del liderazgo. Tengo la impresión de que forma parte natural de una cultura de la dominación que tiene como categoría ideología central la competitividad. Es un ejemplo del valor del eufemismo, capaz de hacer pasar las piedras por panes. No nos engañamos, no hay que ser marxista para entender que competitividad significa optimización de la explotación. La clase obrera ya no es lo que era, distribuida entre la industria y los servicios, fraccionada en múltiples grupos de intereses y amenazada por ejércitos de reserva globales, ha perdido buena parte de su peso intimidatorio y de su capacidad política. Lo cual permite decir las cosas con guante de seda. Pero no por ello dejan de ser lo que son. El discurso de la competitividad se sitúa en un marco cultural meritocrático, que apela permanentemente a la recuperación del gusto por el trabajo bien hecho, por la disciplina y por el respeto jerárquico. Y que ofrece como señuelo a la ciudadanía una quimera: que cualquiera puede triunfar. Pero el trabajo bien hecho requiere una autonomía, una capacidad de pensar y decidir por parte del que lo hace que es difícilmente compatible con la cultura de sumisión incondicional al líder visionario. Las enormes potencialidades de las nuevas tecnologías pueden utilizarse en dos direcciones opuestas: para optimizar el trabajo bien hecho y compartido o para aumentar los mecanismos de control bajo la apariencia de una ampliación de los espacios de autonomía del trabajador. Y es en nombre de la competitividad que se pide todo tipo de desregulación para que el trabajador sepa lo cerca que está la calle si decae en su ánimo.
La competitividad es obviamente la categoría que corresponde a una ideología centrada en el crecimiento, en que el principio es que la economía crezca ilimitadamente sin preguntarse ni para qué ni con qué objetivos. Naturalmente, al ciudadano no se le exige solamente ser competitivo, sino también alentar el crecimiento como consumidor. Y se le riñe cuando, en tiempos de crisis, se resiste a gastar.
Liderazgo, competitividad, desregulación, consumo, campean acríticamente en medio de la crisis, como si la modernidad hubiera perdido el más consustancial de sus valores: la capacidad de someterlo todo al cedazo de la crítica. Con la izquierda sumida en el silencio -como en Francia o en Italia- o convertida en propagandista del consumismo y la baja de impuestos -como en España- estas categorías seguirán como realidades ideológicas incontestables, decorando el escenario del día siguiente. ¿Dónde está el sujeto político del cambio? Algún gobernante ha hablado de moralizar el capitalismo: pura contradicción en los términos. Es la máxima expresión de la claudicación de la política. Porque si en estos momentos la política se echa más de menos que nunca no es para que nos distraiga con ocurrencias como ésta. Es para responder a los que nos han conducido a esta crisis con un mensaje tan simple como claro: no todo es posible.
Read moreLa apisonadora monárquica
La apisonadora monárquica
Salvador López Arnal
En los ya lejanos tiempos de la transición-transacción, el PSOE jugó en varios teatros. Uno de ellos, muy olvidado sin duda en su trayectoria, fue el de hacerse pasar por partido republicano. Algunos de sus representantes (Gregorio Peces Barba, Alfonso Guerra, si no he acuñado mal esta moneda secundaria) aparentaron defender la causa republicana en la Comisión constitucional e incluso llegaron a abstenerse en alguna votación parlamentaria en la que se tramitaba el artículo referente a la forma de Estado.
Actuaron bien, tenían tablas. Durante algunos años, la opinión pública, una parte de ella cuanto menos, identificó la defensa del republicanismo y la tradición republicana española con el partido de Pablo Iglesias, con los cien años de honradez, con el rejuvenecido partido de González-Guerra, mientras que el PCE aparecía ante la ciudadanía, por supuesto realismo político, como el partido defensor de la “Monarquía democrática”.
Read moreEl conflicto de clases mundial
Vicenç Navarro
Uno de los argumentos más utilizados en círculos progresistas para explicar la pobreza en el mundo ha sido el que presenta la pobreza de los países mal llamados pobres como resultado de la explotación que sufren por parte de los países ricos. Las poblaciones de los primeros están siendo explotadas por las poblaciones de los segundos. En tal argumento, se considera que el mayor conflicto en el mundo es el existente hoy entre los países del Norte (ricos) y los del Sur (pobres).
Tal postura olvida, sin embargo, que tanto en los países del Norte como en los del Sur hay clases sociales que tienen intereses distintos e incluso contrapuestos. Ignorar esta realidad conduce a una interpretación errónea de la situación en el mundo. Por ejemplo, el golpe militar del general Pinochet en Chile se interpretó, en amplios sectores de la comunidad progresista internacional, como la imposición de una dictadura militar a Chile por parte de EEUU con el fin de evitar la existencia de un Gobierno de izquierdas (que incluía al Partido Comunista) que podía caer en la órbita de la Unión Soviética, adversaria de EEUU.
El problema con esta explicación es que no se corresponde con lo que en realidad ocurrió en aquel país. Yo estaba en Chile durante aquella época. Tuve el enorme privilegio de asesorar al Gobierno de la Unidad Popular, presidido por Salvador Allende, y pude ver de primera mano lo que estaba pasando en aquel país. Los que realizaron y apoyaron el golpe militar fueron, todos ellos, chilenos. La burguesía chilena, la banca chilena, los terratenientes chilenos, la patronal chilena, la Iglesia chilena, los colegios profesionales chilenos y el Ejército chileno, todos ellos componentes de la clase dominante chilena. Se opusieron al Gobierno de Allende porque sus reformas estaban afectando a sus intereses y privilegios.
Por otra parte, quien apoyó el golpe militar no fue Estados Unidos. Muchos pensadores progresistas olvidan con excesiva frecuencia que EEUU no es un país de 302 millones de “imperialistas”. Conozco bien EEUU (donde he vivido más de 40 años) y hay que ser conscientes de que en aquel país hay clases sociales que están en conflicto. Hay una lucha de clases (además de razas) de enorme intensidad y crueldad (la esperanza de vida de un trabajador no cualificado es menor que la de una persona de la clase media alta en Bangladesh, uno de los países más pobres del mundo). No fue EEUU, sino el Gobierno de Richard Nixon, quien apoyó activamente el golpe militar, en un momento, por cierto, en el que el presidente Nixon no podía visitar barrios obreros por su enorme impopularidad (acababa de enviar el Ejército a Appalachia, la cuenca minera de EEUU, paralizada por una huelga que había afectado la distribución de la energía en todo el este del país).
Tiene que entenderse, pues, que una cosa es el Gobierno de un país, y otra cosa es la población que vive en él. No puede asumirse automáticamente que el Gobierno representa los intereses o los deseos de la mayoría de la población. En EEUU, el 68% de la población no cree, por ejemplo, que el Congreso de EEUU o el Gobierno federal de EEUU represente sus intereses. Cree que representa los intereses del mundo empresarial –llamado Corporate Class (CBS, 05-06-08)–.
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