Malvinas

Ariel Petruccelli

Tenía 11 años cuando la guerra, y con mis padres vivíamos en Trelew. Mi primer recuerdo tiene que ver con la suspensión de clases. Era mediodía y, como siempre, pasé a buscar a Martín para ir juntos a la escuela (la Nro. 21 «Lewis Jones»). Me recibió con la cara sonriente de felicidad y me dijo literalmente: «Hoy no hay clases. Recuperamos las Malvinas», mientras me mostraba la pelota y me hacía un gesto inequívoco con la cabeza. Salimos a la calle y estuvimos un buen rato «pateando». Mi orgullo intelectual me impedía inquirir qué demonios habíamos recuperado y por qué no había clases. Pero tampoco para Martín las Malvinas y su recuperación parecían algo especialmente significativo en ese momento, y no dijo por su cuenta ni una palabra. Para nosotros, lo importante era que no había clases y podíamos jugar a la pelota.

Al día siguiente la maestra de «sociales» desplegó un mapa en el pizarrón y dedicó toda la clase a contarnos la historia de las Malvinas y a explicarnos la legitimidad del reclamo y de las acciones argentinas. Pero entonces casi nada de lo que dijo fue una sorpresa para mí. Al regresar de «lo de Martín” me había zambullido en un par de enciclopedias que había en casa, leyendo todo lo que allí se decía sobre las Malvinas y sus alrededores.

En los días sucesivos la cuestión Malvinas se convirtió en el tema monotema en los medios de comunicación. Y todos nos fuimos convirtiendo en expertos: primero en diplomacia internacional y luego en asuntos bélicos. Todo el mundo hablaba de geopolítica y de estrategia militar, incluyendo a los niños. La verdulería, el mercado, las paradas de colectivo, las fábricas, las escuelas: todo sitio era bueno para que cualquier persona desplegara su parecer sobre el conflicto. Quién más, quien menos, en Trelew casi toda la gente tenía algún conocido que trabajaba en la «base” y le ofrecía información de la buena. Pero esa información no difería en lo más mínimo de la que se difundía en los medios, salvo, a lo más, por anécdotas personales que reafirmaban, antes que desmentir, el discurso oficial.

Por lo que recuerdo, cuando se confirmó que Thatcher enviaría un flota el sentir mayoritario se puede resumir en una expresión de la época: «Lo vamo a reventar”. Muchos años después supe que hubo –pocas pero hubo– voces lucidas que cuestionaron la aventura belicista y el discurso ati-colonialista de última hora que hipócritamente desplegó la dictadura. Pero para un niño de Trelew –y de hecho para la mayor parte de la población– esas voces eran inaudibles. El clima dominante era de exaltación belicista.

Sin embargo, en privado había excepciones. Para mi desconsuelo, mi padre era una de ellas. Recuerdo patente la noche en que, en la cocina de nuestro departamento, escuchamos las noticias de la rendición de las tropas en las islas Georgias del sur. La noticia hablaba de los «efectivos comandos argentinos”, y yo había interpretado lo de «efectivos” como algo próximo a eficaces o eficientes y concluido que seguramente se habían rendido luego de una heroica resistencia y sólo al verse superados por enemigos abismalmente superiores (que era más o menos lo que se decía por entonces). Mi padre me dijo que lo de «efectivos” era una cuestión puramente nominal, que decir «efectivos comandos” era lo mismo que decir «soldados comandos”, y que él no creía que hubieran resistido ni mucho ni con heroísmo. Y remató: «los milicos no sirven ni para espiar”. Sus palabras me sorprendieron. Más aún, me enojaron. Y mucho. Mi padre negaba algo tan manifiestamente cierto –repetido e ilustrado con ejemplos concretos que hacían llorar de emoción en la tele, en la radio, en las revistas y en los periódicos–: la heroicidad de las tropas argentinas. En las semanas siguientes llegué incluso a enfurecerme con mi pobre viejo, Carlos (que nunca tuvo un pelo de tonto, como me demostraría muy a mi pesar su conducta durante la guerra). Recuerdo por ejemplo una ¿charla, discusión, debate, confrontación? que tuvo lugar en el comedor de nuestra vivienda. Yo repetía fanáticamente, como un poseso, lo que escuchaba y leía: que estábamos ganando, que el avance de las tropas inglesas no era signo de su fortaleza sino que estaban cayendo en la trampa de una maniobra de pinzas, que la moral de nuestras tropas era alta, altísima, y que la de los enemigos se derrumbaba día a día. Sólo los gurkas era temibles, pero incluso ellos eran inferiores a los bravos cuchilleros correntinos. Mi padre, impasible, se mostraba inmune a todos mis argumentos y remató el intercambio con una frase a la que no supe qué responder: «Todo lo que digan. Pero yo lo que se es que antes teníamos todo esto –lo dijo haciendo un círculo con sus manos abarcando toda la mesa– y ahora nos queda este pedacito”, y ahuecó sus manos para abarcar un diminuto esquinero de la mesa.

Como fuera, no había caso: Carlos no creyó nunca ni que pudiéramos ganar ni que estuviéramos ganando. Y de hecho no creyó nunca casi nada de lo que decía la dictadura. Por las noches en casa se escuchaba Radio Colonia, de Uruguay, que brindaba información bastante diferente, incluso abiertamente contradictoria, con la que difundían los medios argentinos. Mis padres creían que era más confiable esa información: yo no dudaba de su malicia y falsedad. Si mi padre era algo así como lo que hoy se llamaría un «negacionista”, mi madre, vista desde mi perspectiva de niño formateado por el discurso mediático, no era algo mucho mejor. Dora era una pacifista. Para ella –cuánta sensatez tenía– esas islas no valían ninguna vida.

Puertas afuera de mi casa, en la escuela y en el barrio, el escepticismo de mis padres desaparecía y yo pasaba largas horas con mis amigos discutiendo los pormenores de la guerra como si se tratara de un campeonato de fútbol. Por supuesto, mi entusiasmo belicista y mi convicción en el triunfo final eran tan elevados como los del resto de los niños que conocía. Por entonces yo creía que mis padres eran bichos raros. No se me ocurría pensar que quizá muchas otras madres y padres tuvieran los mismos recelos que los míos. Tras el entusiasmo público: ¿cuántas dudas subsistían en privado? Pero en 1982 yo no me preguntaba eso. Vivía la guerra con entusiasmo. Y ni siquiera a Martín le confesaba «esas cosas” que mis viejos decían.

Figueroa dibujaba para todos las siluetas de nuestros aviones: Pucará, A-4 (todos retrocedíamos ante esa palabra impronunciables que parecía creada por el mismo diablo: Skyhawk), Dagger, Mirage, SUE, Hércules, Camberra. Nuestro preferido era el Mirage: era más rápido y volaba más alto que el resto. Los que tenían más inclinaciones nacionalistas (yo entre ellos, aunque no tardaría en curarme) rompían una lanza en favor de los Pucará. Pero por más entusiasmo que tuviéramos, era difícil poner en pie de igualdad un avión a hélice con un caza a reacción. Tras el hundimiento del Sheffield los Super Etendard (que lanzaban los temibles misiles Exocet) se convirtieron en la estrella, pero acaso porque nuestro fanatismo por los Mirage ya estaba instalado, o quizá porque nos parecía que no tenía tanto mérito lanzar un misil a distancia segura como arrojarse sobre un barco en picada (así lo imaginábamos), lo cierto es que la preferencia por los Mirage no se modificó.

Recuerdo muy bien la noticia del hundimiento del Sheffield. Para mí fue como empatar el partido: Belgrano, Sheffield, 1-1. Escuché la noticia en el taller mecánico en el que trabajaba mi viejo. La charla del momento, al igual que la del día anterior, se centraba en el hundimiento del Belgrano fuera de la «zona de exclusión”. Yo escuchaba en silencio y me indignaba con lo que se decía: para mí, era como si nos hubieran hecho un gol con la mano. El mate circulaba y algunos de los presentes ofrecían «información nueva”. Yo anhelaba que mi padre no volviera a decir lo que había dicho ayer: algo así como que «creer en las leyes de la guerra era como creer en las Hadas”. Pero de pronto todos se callaron para escuchar no recuerdo si un comunicado oficial o una noticia presentada como importante y de último momento. Cuando en la radio se confirmó que había sido hundido un destructor inglés de última generación, hubo un estallido de alegría: «Seeee”, «Vamos, carajo”!!!! Mi padre permaneció en silencio, pero vi en sus ojos un destello inconfundible. Para mi tranquilidad, también él se alegraba: al fin y al cavo, concluí, es uno de los nuestros y quiere que ganemos, por más que diga lo que diga.

Ciudad costera de la Patagonia -de Wajmapu, aprendería años después-, asentamiento de una base aeronaval, Trelew fue una de la ciudades en las que la guerra se vivió con mayor cercanía. En la escuela tuvimos simulacro de evacuación, se hizo también algún simulacro de oscurecimiento de la ciudad ante la eventualidad de un bombardeo nocturno, e incluso una noche sonaron de improviso las sirenas: nunca supe bien si fue una falsa alarma o un ensayo deliberado para ver cómo respondía la población. Tal y como se recomendaba, en un rincón de la casa teníamos siempre listo un bidón de agua potable y algunas mantas. Sabíamos que en caso de bombardeo era recomendable colocarse debajo de los marcos de las puertas.

A pesar de su escepticismo, mis padres colaboraban con donaciones para los soldados, y era habitual que fuéramos a pasear hacia algunos de los regimientos acantonados en los alrededores. Mi madre miraba con angustia las caras de esos soldaditos que no eran mucho más que niños. Yo miraba extasiado las ametralladoras y los fusiles, y sobre todo los enormes los cañones antiaéreos que salpicaban el campo en las inmediaciones de la base ‘Almirante Zar’. Mi mayor deseo era ver misiles antiaéreos, pero nunca los vi.

En aquellos años los partidos se jugaban exclusivamente los sábados (las divisiones D, C y B) y los domingos (la primera A). Era casi imposible ver fútbol en televisión. Los partidos se veían en la cancha o se escuchaban por radio. La mayoría, claro, escuchábamos las radio-transmisiones. Los chicos que jugábamos a la pelota reproducíamos en nuestro juego imitaciones de los relatos radiales mientras gambeteábamos o rematábamos: «Luque, Luque, Luque”, «la lleva Maradó, gambetea a uno…”, «vuela como nadie el pato Fillol”. Pero en 1982 era usual que en esos relatos infantiles al calor del juego los nombres de los futbolistas fueran reemplazados por objetos bélicos. Un penal lo podía patear el submarino San Luis y una gran atajada podía ser protagonizada por una escuadrilla de Pucará.

Al salir de la escuela, una aciaga tarde para mi, me dirigí hasta el mercado en que trabajaba mi madre para buscar la llave del departamento. Dora en general estaba en la verdulería, pero por alguna razón ese día la hallé detrás del mostrador de la fiambrería. Con la descortesía que sólo un hijo puede permitirse, ni siquiera la saludé. Como siempre, pregunte por las novedades. Las novedades eran, obviamente, sobre la guerra. La respuesta de mi madre me dejó pasmado, aturdido, shockeado. «Se acabó -me dijo-, nos rendimos”. «¿¿¿Cómo que nos rendimos???”. No lo podía creer, pero mi madre no tenía cara de estar gastando una broma. Tenía un nudo en la garganta. Agarré las llaves y me fui. En casa lloré desconsoladamente. Yo había creídos fervientemente, hasta el último instante, que estábamos ganando. No soy capaz de decir si en ese momento fue peor la sensación de derrota o la de haber sido engañado.

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