Marx: divulgación y cientificidad

Roberto Escorcia

Reseña de Fineschi, Roberto (2021), Marx, Scholé: Brescia, 183 pp.

 

Es posible indicar que la obra Marx del filósofo italiano Roberto Fineschi ofrece new light on an old master en tanto que su objeto de estudio es el desarrollo cronológico y lógico de la teoría sobre el modo de producción capitalista que elaborase el pensador nacido en Tréveris durante el siglo XIX. Postular que su importancia reside en «tratar de forma distinta al viejo maestro» implicaría, no obstante, restringir el texto, leerlo con hemianopsia. Su autor, basándose en la segunda Marx-Engels-Gesamtausgabe (MEGA2) –aún incompleta y lamentablemente poco difundida y utilizada en el mundo–, subraya que Marx es «por muchos aspectos un nuevo autor, que sólo hoy es posible leer en sus “propias palabras”» (p. 14). Así, uno de los aciertos de esta introducción a Marx –la cual se nutre de interpretaciones, discusiones y propuestas analíticas presentes en otras obras de su autor, tales como Un nuovo Marx (Carocci, 2008), Marx e Hegel (Carocci, 2006) y La logica del capitale. Ripartire da Marx (Istituto italiano per gli studi filosofici, 2021)– consiste en ofrecer lecturas alternativas sobre viejos problemas y debates presentes en el marxismo a partir de identificar, presentar, estudiar, discutir y desarrollar a un nuevo Marx. (Nótese en ello la diferencia entre marxismo y Marx).

La idea de Marx como un autor nuevo tiene diversas implicaciones: i) la MEGA2 genera la posibilidad de distinguir entre la obra propiamente marxiana y las distintas elaboraciones e interpretaciones realizadas por otras personas (incluido claramente Engels). Esto conduce, en muchos casos, a desmantelar las bases de diferentes lecturas tradicionales. ii) La obra del Moro está inconclusa; consecuentemente, es necesario considerar el carácter de manuscrito de cada texto marxiano e incluso reconocer que muchos de ellos no constituyen obras completas aunque se usen comúnmente como si lo fuesen (Fineschi ofrece como ejemplos de esto la llamada Ideología alemana y los Manuscritos económico-filosóficos del 44; estos últimos, en lugar de formar una obra verdadera, son comentarios y anotaciones sobre temas que Marx estudiaba en aquel momento). El hecho de ser manuscritos ocasiona que en estos escritos existan argumentos incompletos, tentativos y, en ocasiones, contradictorios. iii) El ejercicio de investigación filológica propuesto no se limita a enfrentar a marxismos diversos, sino también a reconocer equívocos y límites del propio Marx. En este sentido, por ejemplo, Fineschi apunta la insistencia marxiana de calificar como idealista a Hegel (método según el cual, grosso modo, el modo de exposición coincidiría con la producción material del mundo a través del pensamiento); insistencia que la exégesis hegeliana contemporánea ha mostrado como errónea o, al menos, cuestionable. De ello se sigue que la forma en que Marx interpretó a Hegel debe evaluarse críticamente, algo que prácticamente no se ha hecho en el ámbito de la discusión sobre la obra marxiana: «en buena parte del debate tradicional, cuando se decía “Hegel”, se entendía en realidad “el Hegel interpretado por Marx” sin que se tuviese conciencia de la diferencia» (p. 135s.). Para entrar en esta discusión, Fineschi lleva más lejos la idea de Marx como nuevo autor al hablar también de un nuovo Hegel: «La cuestión, por tanto, creo que deba ser afrontada a la luz no sólo del nuevo Marx, sino también del nuevo Hegel» (p. 136). iv) Una evaluación crítica de los textos marxianos exige identificar con claridad las diferentes fases del trabajo de Marx y los límites analítico-explicativos de cada una de ellas. Aquí, también es importante diferenciar con claridad los textos políticos de Marx de aquellos teóricos.

Por su extensión y por el público al que está dirigido (el estudiantado), el Marx que edita Morcelliana Scholé no busca ofrecer el desarrollo cabal de las ideas enunciadas anteriormente. Se trata, ciertamente, de una introducción al autor alemán que exhibe un ejercicio de divulgación con un carácter crítico-filológico. De esta manera, tenemos una introducción alejada de los manuales tradicionales que presenta y plantea críticamente las fuentes y los resultados de los principales debates históricos en el marxismo, y, adicionalmente, propone –a partir de reconocer las actuales condiciones histórico-teóricas, tales como el fin del llamado «socialismo real», la distinción entre la teoría de Marx y el marxismo y, como se mencionó anteriormente, la publicación de la nueva edición crítica y los estudios que han surgido alrededor de ésta– direcciones alternativas y nuevas rutas para la investigación marxiana.

Hoy «es posible –indica Fineschi– proceder efectivamente a una reconstrucción coherente del legado marxiano» (p. 52). La relevancia de hacer esta reconstrucción se resume en impulsar la discusión sobre Marx más allá de la fuerte y arraigada tradición interpretativa y, tras ello, en completar el conocimiento y la teoría que quedó inconclusa. Para reconstruir a Marx, Fineschi procede con un análisis preciso y amplio de las diferentes fases del pensamiento marxiano, de sus diversos estilos y sus múltiples tentativas de redacción teórica (basta como recordatorio con enlistar las más conocidas: el manuscrito 1857/8, el manuscrito 1861/3, el manuscrito 1863/65, la primera edición alemana del Tomo I de El capital de 1867, la segunda edición de éste en 1872/3, la edición francesa de 1872/75). Esto permite comprender el «largo camino de autoformación» (p. 43) intelectual de Marx y el pasaje de una etapa de falta de autonomía teórica plena a otra de madurez e independencia analítica y explicativa.

Tras una breve –pero necesaria– biografía sobre Marx, Fineschi presenta un estudio de las diferentes obras marxianas que se basa en proponer al año 1857 como el «punto de quiebre» en la evolución teórica del filósofo alemán. La distinción entre un Marx giovane y un Marx creador de una teoría verdadera y propia sobre el modo de producción capitalista –que no debe confundirse con la «ruptura epistemológica» althusseriana que diferenciaba plenamente entre el joven y el viejo Marx señalando que el primero, preso de la filosofía hegeliana, carecía de originalidad y cientificidad, y que, en consecuencia, proponía distanciarse absolutamente de Hegel (cfr. Fineschi, 2006, pp. 117-118)– no implica demeritar la relevancia del período previo a 1857, sino reconocer los límites de las obras elaboradas en él: por un lado, estas obras aún no ofrecen una exposición coherente y articulada de la concepción marxiana sobre el proceso capitalista; por otro, muchos conceptos y categorías presentes en ellas fueron transformados e incluso abandonados por Marx. Esta sección del libro, titulada «Prima del Capitale», tiene, en mi opinión, relevancia ante el surgimiento de textos y perspectivas analíticas marxistas que se basan, sin un ejercicio crítico y sin evaluar las etapas del pensamiento marxiano, en planteamientos y categorías presentes en obras juveniles de Marx. Es decir, sin entender que «Marx formula aquí [en sus obras previas a 1857] algunos conceptos clave que, no obstante, permanecen a nivel de hipótesis o proyecto de trabajo» (p. 44). Esto suele traducirse en teorías no sistémicas del proceso capitalista.

El movimiento de la juventud hegeliana, en especial a través de Bauer y Feuerbach, determinó la forma en que Marx interpretó durante toda su vida a Hegel: este último siempre fue asociado por Marx con una teoría espiritualista e inmaterial. Esta permanencia interpretativa tiene, sin embargo, momentos importantes que deben ser subrayados pues modificaron posteriormente la concepción teórica marxiana. En un primer momento, el autor de El capital conceptualizó a Hegel mediante la dialéctica de alienación y recuperación de la autoconciencia. Esto hacía eco de la interpretación de Bruno Bauer según la cual la separación entre sujeto y objeto sería eliminada gracias al desarrollo mismo de la autoconciencia y ambos serían reconducidos a la unidad. Posteriormente, Marx iniciaría una crítica a esta lectura (por ejemplo, en La cuestión judía y en La sagrada familia) y la autoconciencia baueriana fue sustituida por una posición antropológica de inspiración fauerbachiana: el Gattungswesen, la esencia de especie. Esto se acompañó de la tesis de Feuerbach que indica que Hegel invirtió sujeto y objeto y de la idea según la cual el trabajo es la clave para entender el auto-extrañamiento humano. El cambio se sintetiza así: «el ser humano (no el espíritu/autoconciencia), cuya esencia de especie es el trabajo (no el pensamiento), se extraña de sí a través de la propia actividad material creando un mundo externo; si esta exterioridad se cristaliza, deviene entonces para él extraña y dominante, el ser humano se aliena» (p. 24).

La crítica y el distanciamiento respecto a Feuerbach constituyen un nuevo momento del pensamiento de Marx. Aunque la sustitución de la autoconciencia por la esencia humana haya sido un paso adelante para la teoría, el carácter abstracto y genérico del humano feuerbachiano constituía una barrera teórica pues al ser siempre idéntico a sí mismo no incluye la transformación ni el pasaje entre épocas. Como superación de ello, Marx y Engels propusieron interpretar el proceso real de la producción mediante la identificación y definición de diferentes estadios de ésta, es decir, los distintos modos de producción. A la incipiente noción de modo de producción acompañaron categorías como individuos, división del trabajo, formas de propiedad y las clases sociales. La determinación histórica adquiere aquí un lugar primordial: la universalidad humana ya no se concibe como un dato que fue extrañado y que debe ser reapropiado, sino como un producto de la dinámica histórica del proceso de trabajo y de las relaciones de producción.

Un cuarto momento del pensamiento marxiano fue el acercamiento a la economía política. La crítica a la Misère de la philosophie de Proudhon presentó algunos de los primeros resultados del período de estudio que Marx dedicase a la economía política, particularmente a sus representantes más sobresalientes como Adam Smith y David Ricardo, pues ahora categorías como valor de uso, valor de cambio y tiempo de trabajo están en la base de la discusión. Ciertamente el uso de tales categorías por parte de Marx no tuvo en ese momento un marcado perfil crítico hacia Ricardo –salvo la bien conocida crítica al ahistoricismo ricardiano–, no obstante, existe un planteamiento interesante que sólo se desarrollará de forma plena en El capital alrededor de la importancia del proceso de intercambio: en una sociedad mercantil no es posible determinar a priori, antes de los intercambios, si el trabajo gastado de forma privada es efectivamente reconocido como trabajo social.

En síntesis, la etapa juvenil de Marx coloca ideas brillantes, principios generales y el embrión de una nueva concepción de la historia (cfr. el tratamiento que sobre el Manifiesto del Partido Comunista ofrece el libro en la sección I.7), pero no una teoría completa ni una sistematización. Considérese, por ejemplo, que la idea del materialismo histórico es propuesta en términos generales, pero no tiene una formulación efectiva. A esto se suma lo que Fineschi subraya: permanece en Marx la idea de una palingenesia de raíz baueriana/feuerbachiana que coloca juntas dos ideas de entrada irreconciliables: el esbozo de una teoría del proceso histórico que tiene fases y la propuesta de un momento culminante de tal proceso. Esto se traduce en dos críticas importantes para la teoría que deben ser atendidas: «la necesidad del pasaje a esta sociedad socialmente pacificada; su carácter “definitivo”, esto es, el fin de la historia…» (p. 46).

1857 implicó también una transformación en la metodología de Marx: la lectura crítica a las teorías de otros pensadores que se limitaba a mostrar las fallas, los límites y las contradicciones de éstas es sustituida por una elaboración sistemática de la teoría propia basada en el método dialéctico, esto es, por la exposición científico-dialéctica (la Darstellungsweise marxiana) que permite el desarrollo de las categorías y la colocación de las mismas en su lugar adecuado dentro de la estructura teórica. Este desarrollo tuvo su máxima expresión en El capital.

La construcción de la teoría del modo de producción capitalista, que corresponde, según la distinción propuesta por Fineschi, a la etapa de madurez de Marx es analizada en la segunda sección del libro que reseño. Se inicia con un cuadro general sobre los planes de trabajo de Marx (la idea original de los seis libros y la estructura original de la teoría del capital en cuatro libros se presentan en la primera sección) y se avanza hacia un resumen sobre las variantes y las fases de elaboración de la teoría. Para ello, como instrumento de orientación, son propuestas dos fases a partir de 1857. La primera incluye: el manuscrito de 1857/8 (Grundrisse), la Contribución a la crítica de la economía política de 1859, el manuscrito de 1861/63 (que incluye las conocidas Teorías sobre el plusvalor) y el manuscrito de 1863/5 que ya refleja la decisión de Marx de seguir la estructura de tres libros. La segunda fase, por su parte, refiere a las ediciones del primer tomo de El capital (las alemanas de 1867 y 1872/3, y la francesa de 1872/5), los manuscritos para el tomo II, elaborados entre 1863 y 1883, y los manuscritos para el tomo III, que se generaron en tres períodos: un manuscrito principal de 1864/5, otro de 1867/8 y uno último entre 1871 y 1883. Sobre lo anterior, además de recordar al lector que el tomo I fue modificado y publicado en varias ocasiones por el propio Marx y que los tomo II y III fueron editados y publicados por Engels, Fineschi puntualiza que el proyecto marxiano tiene mucho más que una dimensión meramente económica: «tal proyecto no pretende únicamente definir su categorías económicas fundamentales, sino también cómo éstas se articulan y se desarrollan desde el punto de la vista de la definición de los actores que actúan (sujetos históricos), de las formas de consciencia que desarrollan (ideología), de las reglas que determinan el cambio histórico (“filosofía” de la historia), de una metodología científica […] La gran ambición de este proyecto es reunir las características fundamentales de todos estos aspectos e una teoría sistemática unitaria» (p. 54).

Un estudio sobre los tres tomos de El capital se ofrece también en la segunda sección del libro. Por razones de espacio y por superar el objetivo de esta reseña, a continuación, subrayo solamente ciertas cuestiones y planteamientos que pienso sean novedosos e importantes para nutrir las nuevas rutas de investigación marxiana. Respecto al tomo I, Fineschi puntualiza que el concepto fundamental de la teoría marxiana del capital es la mercancía pues a partir de ella será posible, siguiendo el método dialéctico, reconstruir la totalidad sistémica. El concepto de mercancía implica necesariamente la existencia de mercancías en plural y, entonces, de una relación entre ellas. Relación que permite el desarrollo y la posición de las propiedades de cada mercancía: un producto es mercancía sólo si se intercambia y sus cualidades sólo existen y se manifiestan en relación. Esto explica la relevancia que para Marx tuvo el estudio de la forma de valor (elemento que lo separó plenamente de la interpretación ricardiana sobre el valor y sobre el dinero): el valor hace posible la relación entre mercancías, pero como tal no existe fenoménicamente, requiere, para existir, de su manifestación fenoménica (el dinero). De esto se sigue que, si el valor existe en la relación recíproca de todas las mercancías y en la intercambialidad universalidad de ellas, el intercambio tiene un papel primordial en la determinación del valor. En otras palabras, la venta de cada mercancía es lo que permite que el trabajo gastado de forma individual sea reconocido como trabajo socialmente necesario. Así, «el intercambio es el efectivo proceso de medición de la magnitud de valor y el “medidor” es el equivalente (el dinero)» (p. 61). Claramente, –y aquí una originalidad de la introducción escrita por Fineschi– la falta de venta o de realización de las mercancías implicaría la no existencia del valor. Marx, para simplificar, asumió en este nivel de su presentación que todo lo producido es vendido y, en consecuencia, la medida en horas de trabajo y la medida externa en la mercancía equivalente coinciden inmediatamente y no requieren del intercambio. Pero, se trata sólo de un supuesto que debe ser reconocido para evitar problemas de interpretación tanto del tomo I como del tomo III. El filósofo italiano escribe al respecto: «no haber tenido este aspecto en la debida consideración ha causado grandes malentendidos porque ha dado la impresión de que la forma de valor no tuviese, en sustancia, función económica efectiva y que se pudiese calcular todo en horas directamente sin tener en cuenta los intercambios, exactamente aquello que no es posible en una sociedad mercantil» (p. 61). Un corolario de lo anterior es que, contra a lo que suele indicarse en manuales tradicionales, Marx no tiene una teoría del valor-trabajo –expresión que no es usada jamás por el pensador alemán–. Esto define nuevos caminos para la investigación económica.

La crítica a la teoría de la alienación del joven Marx también se ubica en esta sección: en El capital el sujeto que se aliena es la persona burguesa, es decir, la persona que resulta de un momento histórico específico, el sistema capitalista, en el cual la relación social se estructura alrededor del intercambio de mercancías, y no el ser humano en general.

En lo que toca al tomo II, Fineschi presenta una síntesis de la teoría de la reproducción social global que amplía la discusión de la teoría de la acumulación del tomo I al incorporar el estudiar la interdependencia de distintos capitales. Además, enfatiza la importancia de la proporcionalidad sistémica en sus dimensiones material y de valor, y la imposibilidad de la misma en tanto el sistema capitalista, sin el supuesto que garantiza la realización de todas las mercancías, se reproduce fuera del equilibrio.

Este supuesto es de igual manera colocado al interior del estudio sobre el tomo III por Fineschi para esbozar una interpretación original y un nuevo planteamiento sobre el archiconocido problema de la transformación de valores en precios. La base para esto se encuentra en el capítulo X de la edición engelsiana (un capítulo poco considerado tradicionalmente para proponer las «soluciones» al problema), donde se elimina el supuesto de plena realización de las mercancías y, entonces, adquiere vigencia el proceso de validación social que Marx presentó en el tomo I de El capital: «aquí cuánto y cuál valor de uso fue producido y realizado es decisivo para la determinación de su magnitud de valor; es este el valor de mercado» (p. 100). La categoría valor de mercado se vincula con otra igualmente ignorada por los estudiosos del tomo III, la demanda ordinaria. La incorporación de ambas en el análisis teórico tiene efectos sobre la definición y el nivel de la tasa de ganancia, sobre la conceptualización de la competencia intrasectorial e intersectorial, del precio de producción, de la caída de la tasa de ganancia, del ciclo económico y de la sobreproducción.

La presentación sobre el fetichismo del capital –el dinero, en cuanto capital, parece generar por su propia naturaleza una ganancia, el interés–, el crédito, los diferentes tipos de capitalistas, el capital ficticio, la relación entre acumulación real y acumulación ficticia y la renta cierra esta sección dedica al estudio de El capital.

En la tercera sección de Marx Fineschi examina conceptos clave en la historia del marxismo y de la teoría marxiana: materialismo histórico/materialismo dialéctico; lucha de clases/revolución; comunismo; método dialéctico; alienación y fetichismo de la mercancía; valor-trabajo y transformación. Al respecto, considero de importancia anotar lo siguiente: sobre el materialismo histórico, dos elementos deben tenerse en cuenta: i) la presentación del proceso histórico según una relación entre estructura y superestructura y según una sucesión de modos de producción que termina en el comunismo que Marx realizó en el Prólogo a la Contribución no es una teoría completa. En realidad, el Moro sólo presentó leyes para el modo de producción capitalista y no para otros. ii) La historiografía reciente pone en duda el esquematismo presente en el Prólogo. Así, «el materialismo histórico ha permanecido como una hipótesis interpretativa de las leyes históricas» (p. 117), pero falta mucho por hacer.

La conceptualización del comunismo también es puesta en tensión. La primera razón para ello es que Marx se refirió al comunismo como un pasaje necesario, lo que, en muchas interpretaciones, derivó en una idea mecanicista del proceso histórico. Una segunda razón es que en realidad Marx ofreció muy pocas indicaciones sobre la sociedad futura. Dar el carácter de necesario al comunismo es en sí mismo un problema interpretativo y, según Fineschi, un retroceso de Marx respecto a Hegel: «en Hegel la historia no tiene un momento culminante, sino se despliega infinitamente en estadios de racionalidad todos efectuales y, por tanto, en sí completos, pero ninguno final. Marx, por el contrario, parece suponer una meta final o, al menos, un salto cualitativo no sólo epocal, sino absoluto de una prehistoria a la historia» (p. 131). La crítica que en este sentido hace Fineschi a Marx (que puede extenderse a múltiples marxismos) es haber sacado al comunismo de la esfera de la mera posibilidad para llevarlo a la de la necesidad.

El libro presenta en su sección cuarta una historia breve de la forma en que el pensamiento marxiano fue recibido y desarrollado por múltiples pensadores y escuelas. Como premisa fundamental, Fineschi anota que es necesario un proceso de desarrollo de la teoría marxiana, que se encuentra a un muy alto nivel de abstracción, antes de ser utilizada directamente como un manual de política. El desarrollo de las mediaciones lógicas es un trabajo pendiente. Posteriormente, el autor italiano ofrece una muy larga lista de autores, dentro de los cuales se encuentran: Engels, Kautsky, Bernstein, Hilferding, Bauer, Plechanov, Bujarin, Trotsky, Stalin, Lenin, Luxemburg, Pannekoek, Grossman, Labriola, Gentile, Croce, Gramsci, Lukács, Adorno, Horkheimer, Marcuse, Colleti, Sartre, Rubel, Althusser, Backhaus, Reichelt, Uno, Mariátegui, Dussel, etc.

Como es lógico, se trata de una lista incompleta. Incluso el autor indica la necesidad de reconocer las propuestas teóricas que aparecen en espacios fuera de Europa. En mi opinión, la historia de la recepción de la obra marxiana debe complementarse con los nuevos retos teórico-prácticos que define la dinámica del capitalismo contemporáneo. Algo que, de hecho, Fineschi ya ha realizado en otros textos. Me refiero, por ejemplo, a su concepto de «capitalismo crepuscular».

El libro cierra con una vasta recomendación bibliográfica para profundizar tanto en Marx como en los trabajos que se han desarrollado a su alrededor.

Marx es un texto valioso que logra combinar divulgación y profundidad científica. ¡Bienvenido!

Referencias

Fineschi, R. (2006), Marx e Hegel. Contributi a una rilettura, Roma: Carocci.

Fineschi, R. (2008), Un nuovo Marx. Filologia e interpretazione dopo la nuova edizione storico-critica (MEGA2), Roma: Carocci.

Fineschi, R. (2021), La logica del capitale. Ripartire da Marx, Napoli: Istituto italiano per gli studi filosofici.

 

Roberto Escorcia, Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, Ciudad de México, México.

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