Encuentro en las montañas del Colorado

Francisco Fernández Buey

El 25 de agosto de 2022 hizo diez años del fallecimiento de Francisco Fernández Buey. Se están organizando diversos actos de recuerdo y homenaje y, desde Espai Marx, cada semana a lo largo de 2022-2023 publicaremos como nuestra pequeña aportación un texto suyo para apoyar estos actos y dar a conocer su obra. La selección y edición de todos estos textos corre a cargo de Salvador López Arnal.

Texto no fechado, probablemente de 1996 o 1997. El título no es del autor. Publicado por el El Viejo Topo, septiembre de 2022.
Anexo 1: «Perestroika 91: de la vía china a la catarsis colectiva» (4/IX/1991)
Anexo 2: «Rusia, el golpe de estado del 4 de octubre y la democracia» (1993)
Anexo 3: «Constitución y realidad en la URSS» (1977)

New Perspectives Quarterly de Los Ángeles y Courrier International n.º 283, 4/10 abril de 1996, han publicado las actas de una conversación mantenida el 8 de octubre de 1995, en las montañas del Colorado, USA, entre Margaret Thatcher (primera ministra de Reino Unido entre 1979 y 1990), George Bush (Presidente de los EEUU de 1988 a 1992), François Mitterrand (Presidente de Francia[1]) y Mikhail Gorbachov (Secretario General del PCUS de 1985 a 1991), en la que analizaron, cinco años después, las causas del hundimiento de la URSS.

Se trata sin duda, de un documento excepcional para interpretar las causas históricas del hundimiento de la URSS por el papel protagonista de los convocados. Es, además, un documento apasionante tanto desde el punto de vista político como para la historiografía, porque muestra hasta qué punto el pasado reciente se interpreta ya en función del presente.

Bush apenas habla; se limita a recordar aspectos muy secundarios, casi anecdóticos, para la cuestión principal, lo cual pone de manifiesto, una vez más, el pragmatismo de la política exterior de la gran potencia que representa y que ha salido, obviamente, muy reforzada de la nueva situación que se creó en 1990-1991.

Margaret Thatcher [MT], que es la más crítica de la situación creada a partir de 1990, considera un error la reunificación de Alemania por lo que esto tiene de germanización de la política de la Unión Europea y advierte de los peligros de la misma con referencias a la situación de los años treinta.

Mitterrand, que era el más crítico de la política exterior y militar ofensiva de los EEUU y Reino Unido en los años de la «segunda guerra fría», se muestra ahora compresivo con todo lo que ha pasado y también con lo que hay en 1995.

Gorbachov, que sigue teniendo clavada la espina de su derrota en la URSS por la oposición a su proyecto de nueva federación de la antigua Unión Soviética, piensa ahora, muy razonablemente, que el asunto de la identidad nacional en la época de la globalización de la economía es el más agudo de los problemas del mundo actual y relaciona esto con sus argumentos de entonces para reformar –sin descomponer– la URSS.

Hay un aspecto particularmente interesante en esta conversación: una curiosidad sociopolítica inquietante. La interpretación más lúcida de los hechos pasados y de la situación presente la hace MT, que ya había sido derrotada en el partido conservador del Reino Unido, en el partido conservador inglés, en 1990[2]. El único de los cuatro que habla como un demócrata de verdad en el sentido occidental del término, el único que tiene un concepto serio de democracia y hace consideraciones pertinentes relacionadas con el gobierno del pueblo (entonces y ahora), y que no se queda en apreciaciones solo geopolíticas o de alta política, es Gorbachov, cuyo predicamento en su país es, como se sabe, casi nulo (no llega ni al 1% de los votos en las últimas elecciones legislativas y presidenciales en Rusia).

MT considera que el factor decisivo en el hundimiento de la URSS fue la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDS, vulgarmente guerra de las galaxias) propiciada por el presidente norteamericano Ronald Reagan y apoyada por ella misma desde comienzos de los años ochenta. Su argumento: que el gobierno norteamericano de entonces sabía que esta ofensiva estratégico-militar (una variante ofensiva de la estrategia nuclear) iba a exigir una enorme capacidad tecnológica (sobre todo en el campo de la informática y la telemática) para la cual la URSS no estaba en absoluto preparada. De modo que el factor decisivo en el hundimiento de la URSS habría sido, según Thatcher, el cambio operado en la estrategia militar de los EEUU (de la OTAN) en la llamada segunda fase de la «guerra fría» (1980-1986): poner a la URSS contra las cuerdas de manera que la anticuada estructura económico-tecnológica de aquel país no pudiera resistir ya esta ofensiva. No hay duda que que éste ha sido el punto de vista dominante en el partido republicano desde Nixon (que consideraba que se había entrado en la «tercera guerra mundial» sin más) y en las altas esferas estratégicas del Pentágono a partir de 1982-1983.

Mijaíl Gorbachov, en cambio, niega en esta conversación el papel decisivo de la IDS reaganiana con dos argumentos. Primero: no admite que las reformas iniciadas en la URSS en 1985-1986, conocidas en su momento con el nombre de perestroika, hayan sido una consecuencia de la ofensiva estratégico-militar de Reagan-Thatcher, sino decisión propia motivada por la necesidad de abordar con una nueva óptica liberalizadora los problemas internos de la URSS. Segundo: mantiene que la lección que podría sacarse de esta interpretación de Thatcher para el futuro sería errónea (seguramente pensando que tal interpretación da alas a los críticos del gorbachismo en la propia URSS y luego en la CEI [Comunidad de Estados Independientes])[3]. Gorbachov pone los acentos, por el contrario, en la decisión soviética de 1985, en el sentido de cambiar la política exterior (priorizar el desarme nuclear) y liberalizar las relaciones interiores para adaptar la estructura política de la URSS a los cambios que se habían producido en la economía y en la sociedad durante las décadas de los sesenta y setenta. Pero se ve obligado, naturalmente, a diferenciar lo positivo de la política de la perestroika (la liberalización y la tendencia pacifista) del resultado final de todo el proceso (la desaparición de la URSS), negativo también para él; de manera que, al valorar las causas del fracaso de la perestroika y del hundimiento de la Unión, tiene que poner el acento en otro asunto: las resistencias que hubo en la propia URSS a aceptar las reformas en curso, sobre todo en lo concerniente a la nueva configuración federal de la Unión.

Evidentemente, tanto en el caso de Thatcher como en el caso de Gorbachov, se trata de justificar, con la distancia del tiempo, las respectivas políticas seguidas entre 1986-1990.

MT tiene que justificar en 1995 una decisión que fue muy criticada en su momento por amplios sectores pacifistas occidentales con la consideración, acertada, de que esta estrategia ponía a Europa en peligro de guerra nuclear. Bastará con recordar a este respecto la amplitud de las protestas ciudadanas contra aquella política en el Reino Unido, Alemania, Francia, Países Bajos, España, etc. El pacifismo europeo de entonces llegó a hablar de que se estaba entrando en una fase «exterminista» y muchos científicos compartieron este análisis. El cine y la literatura de los años centrales de la década de los 80 han dejado varias muestras del ambiente de pánico que se creó en Europa.

En el caso de Mijaíl Gorbachov se trata de justificar en 1995 la voluntariedad de una política, la perestroika, que, obviamente, conduciría al fracaso político de su principal exponente en Rusia y a la desintegración definitiva del sistema que se pretendía reformar. Atender solo, o principalmente, a los factores internos permite descargar la culpa del fracaso o de la derrota en la incomprensión y el primitivismo de gran parte de los compatriotas. Esto liga con el hecho, indiscutible, de que Gorbachov habrá sido al mismo tiempo el dirigente ruso más popular en Occidente y más impopular en Rusia.

Mitterrand, por su parte, opina, ya al final de su vida, que lo que provocó el hundimiento del sistema soviético fue mas bien la incapacidad para controlar los movimientos de desagregación que se produjeron en los países del Este de Europa en los años 80 (sobre todo en Polonia, Checoslovaquia y, finalmente, en la RDA). Esta incapacidad habría estado vinculada, positivamente, a la voluntad de no resolver tal conflicto aplicando la fuerza. Esta argumentación conduce a considerar como factor decisivo del hundimiento de la URSS la impotencia manifiesta a la hora de controlar la fantástica migración que a partir del año 1989 se produjo en la RDA hacia Hungría, Checoslovaquia y la RFA, sobre todo cuando, en noviembre de aquel año, se produce la caída del muro de Berlín.

Atendiendo al argumento de Mitterrand, Mijaíl Gorbachov admite ahora la importancia de tales movimientos, pero sugiere que la política soviética de no intervención, en 1989-1990, no fue consecuencia de la impotencia sino una manifestación más de la voluntariedad de la nueva política exterior (alejarse de la política brezneviana de «soberanía limitada», no solo en el caso de Afganistán sino también en el caso de los países que entones formaban parte del Pacto de Varsovia).

Ahora bien, mientras que en lo referente a la disgregación del Pacto de Varsovia Gorbachov piensa que en 1989 se había creado algo así como un estado de necesidad y que, por tanto, la URSS ni tenía ni podía tener otro política distinta del dejar hacer, al analizar el hundimiento de la URSS en 1991 el antiguo secretario general del PCUS pone, en cambio, el acento en la importancia que tuvo la acentuación de las tendencias centrífugas, disgregadoras y nacionalistas, para el estado plurinacional que era la Unión Soviética.

En su intervención en el foro de Colorado, Gorbachov mantiene que la clave para explicar este último hecho, el final de la URSS, se ha de buscar en lo ocurrido durante los meses que van de junio a diciembre de 1991. Recordemos las fechas: la elección de Yeltsin como Presidente (12 de junio), el intento de golpe de estado contra el propio Gorbachov (21 de agosto), la declaración del fin de la URSS por los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia y la fundación de la CEI (8 de diciembre), la asunción del mando de las fuerzas armadas por Boris Yeltsin (21 de diciembre) y la dimisión final del principal protagonista de la perestroika (el 25 de diciembre de 1991).

¿Qué ocurrió durante esos meses decisivos? Más allá de la interpretación de Gorbachov, pero arrancando de ella, hay que decir que se produjo entonces una amplísima coincidencia entre sectores muy diferentes de la población (por motivos distintos) que se oponían al nuevo Tratado de la Unión en términos federativos. La cuestión de las nacionalidades pasó a primer plano con virulencia precisamente porque siendo, como lo era, un asunto central en un estado plurinacional y pluriétnico había ido silenciada durante demasiado tiempo. Este silencio, del que hay que hacer responsable al grupo dirigente del PCUS en la época brezneviana, se convirtió casi de repente, como suele ocurrir, en contradicción clamorosa. A partir de ese momento ya no hubo una sola perestroika sino varias: contra la versión gorbachoviana de la perestroika federalista se unieron –«contra natura», diríamos en le lenguaje político occidental– los representantes de las tendencias a la separación en seis de las repúblicas de la antigua URSS (Armenia, Georgia, Moldavia Lituania, Estonia y Letonia), los representantes de las tendencias más oportunistas e irresponsables que en el seno del PCUS, y por razones de poder, deseaban desplazar a Gorbachov, y los representantes de la eslavofilia más o menos nostálgica del Imperio.

Lo que en lenguaje político ilustrado tendemos a llamar «contra natura», o antinatural, puede ser lo más natural del mundo desde el punto de vista sociocultural. Sobre todo cuando lo más natural del mundo (las diferencias étnicas, lingüísticas y culturales, de un lado, y el mestizaje producido por las migraciones de otro) es silenciado, ocultado o ideológicamente disfrazado, de manera que no llega a tener expresión política propiamente dicha que es la mediación racional de las diferencias. En este caso todas las palabras importantes del lenguaje político habitual –«autodeterminación», «federalismo», «socialismo», «libertad», «democracia»– cambian de sentido como por ensalmo. Ya no se escuchan los argumentos del otro, sino que solo se presta atención al sonido de las palabras. Yendo al caso: cuando pase el tiempo se verá que tan «antinatural» habrá sido el denominado «nacional-bolchevismo» como la declaración de Clinton llamando «triunfo de la democracia» a la consolidación del caos y de la catástrofe representado por Yeltsin.

Cuando falta mediación política, cuando falta cultura política –y ese era el caso de la URSS–, los deseos, las expectativas, los intereses y las pasiones de las gentes suelen asemejarse a un gran péndulo en el que da la impresión de que los extremos se tocan porque realmente los sujetos no saben dónde están, no saben donde nombrar todavía su posición, su ubicación. Van y vienen de un lado a otro sin encontrarse. En este caso el encuentro, cuando se produce, toma la forma de la paradoja y de la catarsis. Rusia ha sido históricamente –se ha dicho siempre– un país de extremos, de paradojas y de catarsis. Cuando se pone en marcha –como solía recordar Dostoievski– se asemeja al viejo gigante que dormita durante décadas y décadas y cree tener que volver a empezar siempre desde el principio. Lo que el viejo gigante necesita es que alguien o alguienes le digan dónde se quedó la vez anterior, por qué camino iba. Por desgracia, los dirigentes políticos occidentales han demostrado una vez más en estos cinco años que no son ese alguien. Cabe esperar, por lo tanto, de nuevo, la paradoja histórica y la catarsis interior.

Creo que, con el fin de la era Yeltsin, eso, la paradoja histórica, está a punto de llegar a Rusia. Las gentes se mueven: vuelven las manifestaciones por abajo. Las pancartas que las gentes llevan en las manifestaciones en estas últimas semanas vuelven a llamar a las cosas por su verdadero nombre: el pensamiento propio de los de abajo sobre las realidades económicas y sociales está empezando a ocupar el lugar de la ideología y del verbalismo. Lo que dicen estas pancartas es veraz, digno y razonable. Es otra cosa: nada que ver con la nostalgia del autoritarismo burocrático ni con las fascinación inducida por un mercado que está resultando tan catastrófico para los de abajo como el viejo estatismo.

Puede que Rusia nos depare todavía el espectáculo edificante de una nueva paradoja histórica: la de acabar reconociendo, por aproximación de los extremos del péndulo, que Gorbachov, habiendo equivocado en su momento las palabras, tenía sin embargo razón en todo lo fundamental, a saber: en su apuesta por un punto de equilibrio entre mercado y estado, y en su proyecto federalista para un conjunto de comunidades diferenciadas cuya separación precipitada empieza a verse ahora como una de las causas del hambre generalizada y de la desmoralización de las personas. Las paradojas históricas chocan a menudo con el concepto racional de la justicia. Podría darse, por tanto, que el hombre del 1% no volviera a tener un papel político decisivo en la nueva Rusia. También de eso diríamos el día de mañana que es «antinatural». Pero ¿cuántas cosas «antinaturales» de ese tipo hemos vivido también en esta otra parte de Europa? Y ¿no dijo Gramsci, con razón, que la revolución de octubre de 1917 era una revolución contra El capital?

Anexo 1: Perestroika 91: de la vía china a la catarsis colectiva

Escrito fechado el 4/IX/1991: «Para Miguel Bilbatúa», entonces director de Mundo Obrero. Tal vez se publicara en el órgano de expresión del PCE. No he podido comprobarlo.

Las imágenes que transmitía la televisión desde los alrededores del Parlamento de Moscú en la madrugada del 21 de agosto de 1991 traen inmediatamente a la memoria otros dos acontecimientos históricos relacionados ambos con el siempre dramático forcejeo entre un mundo que se resiste a morir y otro que quiere salir a la luz y que todavía no sabe su propio nombre. Estoy pensando, claro está, en las calles de Praga durante el verano de 1968 y en la plaza de Tiananmen, en Pekín, hace ahora dos años. Como ayer en Pekín y anteayer en Praga, volvíamos a contemplar en Moscú el enfrentamiento de la multitud desarmada con los tanques, el tenso diálogo entre los tanquistas que reciben órdenes de sus superiores y los jóvenes que quieren vivir una nueva vida y que no aceptan las imposiciones de la fuerza bruta. Felizmente el final inmediato del enfrentamiento ha sido en este caso muy distinto del que vivieron los resistentes de Praga y de Pequín.

Hace veinte o veinticinco años, cuando otros jóvenes, en aquel caso europeo-occidentales, discutían acaloradamente acerca de las posibilidades de la vía pacífica al socialismo surgió una idea que llegó a cuajar en las cabezas de muchas personas no-violentas o al menos convencidas de que hay que evitar la violencia política y militar mientras se pueda. La idea era esta: obstaculizar el movimiento de los tanques con un océano de manifestantes, convencer a los tanquistas, con la tranquila fuerza de la razón, de que no hay que disparar contra padres y hermanos, y obligar a quienes dan las órdenes a los tanquistas a cambiar de opinión y a deponer su actitud arrogante. Al fin y al cabo –se decía entonces– qué otras armas que no sean la desobediencia civil pacífica y la fuerza de la razón de la multitud actuando colectivamente puede oponerse hoy en día a la sofisticación del armamento que utilizan los ejércitos, todos los ejércitos.

Al pensar así, pocos, muy pocos de los jóvenes de entonces tenían en la mente las calles de Moscú. La idea nació más bien para ser puesta en práctica en los bulevares de París, en las plazas de Roma o en las calles de Berlín y de Madrid. Pero ya se sabe que los hombres, jóvenes o adultos, hacen la historia, aspiran a ser sujetos de la historia, en condiciones que ellos mismo no eligen. Nada de extraño tiene, pues, que una idea que brotó en Europa Occidental para traer el socialismo, el buen socialismo, haya acabado cuajando inesperadamente en el otro extremo de Europa contribuyendo así a poner fin a la última degradación de una experiencia pseudosocialista, la del autogolpe bonapartista[4].

Ya los marxistas críticos, los cristianos sin dogma, y unos pocos humoristas laicos de los que siguen creyendo en la fuerza material de los ideales cuando estos arraigan en las multitudes, tenían noticia de que el verbo a veces se hace acción muy lejos del lugar en que fue pronunciado, tal vez porque la Historia no parece tener trato preferencial con intelectuales y científicos sociales del Occidente demasiado seguros en sus predicciones. Pero, aún así, lo ocurrido era de verdad una novedad, una sorprendente novedad. Lo que empezó como un golpe de estado vergonzante contra la última versión de la perestroika ha acabado en catarsis colectiva por obra y gracia de la resistencia pacífica pero activa de una mayoría de personas que, estando hartas de la perestroika, porque lo estaban, no quisieron en absoluto refrendar aquel paso atrás que se adivinaba en el constante uso que los miembros del Comité de Emergencia hacían de la palabra patria (así, en singular) en el Estado multinacional que más patrias tiene de este mundo nuestro.

La idea del océano de los manifestantes ahogando a los tanques se basó siempre en un supuesto muy delicado, a saber: que los tanquistas se comportaran como hermanos y que quienes daban las órdenes a los tanquistas fueran humanos civilizados. Tal vez por lo delicado de su supuesto aquella idea, siendo buena, no llegó a cuajar en países que se autoproclaman muy cultos y muy civilizados, en los que los analistas se pasan la vida haciendo comparaciones especialmente odiosas. El caso de Chile, donde en 1973 los golpistas ahogaron inmediatamente en sangre toda resistencia, era significativo. Ha sido la URSS, país considerado siempre por los dogmáticos del liberalismo como el contraejemplo de aquel delicado supuesto que se necesitaba para triunfar sobre la fuerza de las armas, donde, por primera vez en mucho tiempo, se había superado favorablemente para las gentes de abajo una crisis con intervención del ejército.

Este triunfo que ha conducido a la catarsis colectiva puede haber sido, sin duda, una casualidad de la historia, un caso de esos en los que, como suele decirse, inopinadamente los ejemplos se vengan de quienes los ponen. Aunque así fuera la comparación con el golpe militar chileno, tan recurrente en estos días y tan funcional a la vieja tesis de la simetría entre fascismo y comunismo, es inmantenible. La imagen de Yeltsin sobre un tanque llamando a la huelga general delante del Parlamento de Moscú cubierto por las cámaras de televisión de todo el mundo refuta por sí sola toda comparación. Pero es que hay más. La inesperada actitud del mastodóntico ejército de la URSS en las horas decisivas del golpe sigue a algo que pocos analistas han relacionado con los hechos de ahora, tal vez porque la cosa no encaja con las interpretaciones de tuertos amigos de los esquemas: fue la URSS, el «terrible adversario» de los 80, el maniqueo aducido constantemente para justificar la permanencia de España en la OTAN, el país que más ha hecho en estos últimos años en favor de la paz mundial. Sin las propuestas de Gorbachov desde 1987 hoy el mundo sería otro. Y a pesar de las propuestas pacíficas de Gorbachov desde 1987 hemos visto y sufrido la guerra provocada por Sadam Hussein pero querida, impulsada, interesadamente librada por el Imperio que siempre acusó a la URSS de militarismo expansionista, irritantemente justificada por intelectuales orgánicos de la OTAN que hoy defienden que ser pacifista es estar a favor de la guerra, de nuestra guerra.

Cuando haya pasado el tiempo, cuando alguna forma de democracia estable haya sustituido a la catarsis colectiva que hoy se vive en aquel extremo de Europa, habrá que preguntarse con calma si este chirriante contraste entre las palabras (casi siempre insultantes) de los dogmáticos del liberalismo y los hechos ocurridos en la URSS desde 1987 a 1991 fueron solo casualidades históricas, o tuvieron quizás que ver con algún poso positivo que dejó en las gentes el intento de construir otro tipo de sociedad distinta de la capitalista, o si fueron tal vez la expresión de tradiciones comunitaristas que en la cultura euroamericana no acaban de entenderse bien.

Habrá que preguntarse entonces no sólo por los crímenes cometidos en nombre de la gran palabra sino también por otras cosas sobre las cuales hoy se pasa todavía como sobre ascuas: por qué la supuesta potencia militar expansionista se declaró siempre dispuesta, desde el primer momento, a no usar la primera las armas atómicas, por qué fue la única de las que tenían armas nucleares que hizo propuestas serias y realizables de desarme y por qué no fue escuchada, por qué disolvió el propio bloque militar pacíficamente mientras su adversario seguía buscando enemigos para reforzarse y por qué, finalmente, su enorme ejército (según todos los analistas, intacto como única institución realmente organizada) dejó la palabra definitiva a las masas que salieron a las calles y a los parlamentarios que querían construir una Unión distinta de la soviética, dando la orden de retirada de los tanques.

¿Hasta qué punto estas actitudes que habían vuelto a conmover al mundo, como conmovieron las actitudes de 1917 y que, por el momento, habían servido para evitar la entonces llamada «vía china», son sencillamente la prolongación, en otra fase histórica, de una formación cultural poco comprendida por los intelectuales europeos a la Michelet, como decía F. M. Dostoievski, o son más bien el resto pacífico y bondadoso, el lado bueno, del cruce cultural entre el viejo comunitarismo ruso y la nueva experiencia frustrada de construcción del socialismo moderno?

Era probable que ahora mismo, en un momento en el que domina fuertemente la preocupación politicista en unos y la angustia por la falta de lo más elemental en otros, una pregunta así suene a especulativa. Y, sin embargo, estoy convencido de que para los socialistas del siglo XXI ese sería un interrogante clave. Pues ellos no serán ideólogos, tendrán ya la distancia suficiente para juzgar sobre palabras –«socialismo», «comunismo»– que ahora, en tiempos de derrota, dan miedo, y, sobre todo, sabrán distinguir ya entre lo que los hombres decían estar haciendo y lo que hacían realmente.

Si se intenta ver los acontecimientos recientes de la URSS con esta distancia (lo que no equivale, por supuesto, al descompromiso o al cinismo respecto de lo que está pasando), entonces las urgencias de los dogmáticos del liberalismo exigiendo la disolución de todo aquello que lleve el nombre de comunismo en la Europa de hoy podrán verse como lo que realmente son: frutos de la intolerancia que no acaba de creerse del todo la derrota del adversario, la derrota de ideas y creencias que siguen teniendo su humus en el mal social existente, en la desigualdad social, en la persistencia de la opresión, de la explotación y de la servidumbre social. Precisamente la catarsis de la URSS hace que resalten más y pasen a primer plano de la consideración política y social las injusticias flagrantes que existen en el mundo de hoy; los trabajadores norteamericanos podrán salir a la calle protestando por el hambre, la miseria y la opresión racial sin miedo ya de ser acusados de lo contrario de lo que son; los proletarios de la plétora miserable [1] que es este mundo de hoy podrán alzar su voz, y la alzarán, sin ser identificados inmediatamente con el Mal absoluto, con Satanás. Eso tardará. Pero no mucho: la injusticia reinante era demasiado grande como para que la protesta tardara demasiado en brotar de los corazones de gentes que saben que tienen formalmente los mismos derechos que los que tienen la propiedad de todo.

La historia de la URSS enseña. Hay que empezar a ver el lado positivo, de futuro, de esa enseñanza. Y mientras enlazamos con las nuevas luchas, que vendrán, no desnaturalizarse, ¿Pidieron acaso los dogmáticos del liberalismo la disolución de la democracia cristiana italiana o alemana cuando una parte de la democracia chilena apoyó a Pinochet? ¿Pidieron acaso los dogmáticos del social-liberalismo la disolución de los partidos socialistas europeos cuando se comprobó la corresponsabilidad de alguno de estos en las torturas infligidas a militantes de los movimientos de liberación de Africa?

Nota al anexo 1

[1] «Plétora miserable»: expresión, tiene su origen en Charles Fourier, frecuentemente usada por el autor. Por ejemplo, en este artículo de 2002: «Ecología política de la pobreza».

«De entre los varios ecologismos que han fructificado en el mundo durante estas dos últimas décadas el más interesante y el más cargado de razones es el ecologismo social. Éste atiende simultáneamente a las causas socioeconómicas del empobrecimiento de los países y a la interrelación existente entre la vieja rémora de la desigualdad social y los desequilibrios medioambientales que afectan a muchas regiones de Latinoamérica, África, Asia y la Europa oriental cuyos ecosistemas son particularmente frágiles.

El ecologismo social sabe que, para avanzar hacia la naturaleza y armonizar las relaciones con ella, debemos atender nuevamente a los problemas socioeconómicos. Sabe también que existe una relación directa entre neocolonialismo, sobrexplotación, catástrofes ecológicas y empobrecimiento de las poblaciones. Y por eso postula una nueva teoría de las necesidades materiales y espirituales, una teoría que es crítica del industrialismo y del consumismo inducidos y se muestra, a la vez, sensible y atenta con las formas de humanizar la naturaleza que han sido propias de las culturas campesinas tradicionales.

La forma que el ecologismo social ha ido tomando en estos últimos tiempos entre las personas conscientes de estos países empobrecidos es lo que suele llamarse ecología política de la pobreza. La ecología política de la pobreza es una opción en favor de un ecologismo social que atiende simultáneamente a los límites del crecimiento y al hecho de que vivimos en una “plétora miserable” con enormes diferencias y desigualdades en todo lo esencial para la vida de los humanos. La ecología política de la pobreza nació en África, Asia y América Latina como respuesta a los problemas socio-ecológicos percibidos por las poblaciones indígenas.

En su origen están las protestas, y también propuestas alternativas, de mujeres de Kenia y de la India y de sindicalistas sensibles en Brasil en la década de los ochenta. Este origen no es casual, pues es sabido que en muchos países africanos y asiáticos son las mujeres del campo, sobre cuyos hombros recae gran parte del trabajo productivo, quienes más sufren la crisis ecológica, los ataques a la biodiversidad, el empobrecimiento de los suelos cultivables, la desertificación y la escasez de agua. Y, por otra parte, en las selvas brasileñas es cada vez más evidente que las nuevas formas de esclavitud y de explotación del trabajo asalariado, que ni siquiera permiten la sindicación, tienen mucho que ver con los ataques al entorno natural y a las culturas tradicionales.

La ecología política de la pobreza empezó a cuajar en el Forum Alternativo de Brasil, en 1992, y se caracteriza desde entonces por cuatro rasgos: 1. Propone una rectificación radical del concepto lineal, ilustrado, de progreso; 2. Descarta el punto de vista eurocéntrico (luego euro-norteamericano) que ha caracterizado incluso las opciones económico-sociales tenidas por más avanzadas en el último siglo; 3. Avanza una reconsideración de la creencia laica basada en la asunción de la autocrítica de la ciencia contemporánea y en la crítica del complejo tecnocientífico que domina el mundo; 4. Solicita un diálogo entre tradiciones de liberación o de emancipación en las distintas culturas históricas para avanzar hacia un nuevo humanismo, hacia un humanismo atento a las diferencias culturales y respetuoso del medio ambiente.

En este sentido la ecología política de la pobreza enlaza bien con lo que se ha llamado teología de la liberación, aunque pide a ésta que no acentúe su particularidad religiosa sino que, precisamente en nombre de las necesidades socioecológicas, se abra a las otras creencias no específicamente religiosas, esto es, que se haga “filosofía (laica) de la liberación”. Este es un punto de vista que argumentó muy bien José María Valverde cuando era presidente de la Casa de Nicaragua en Barcelona.

Además, la ecología política de la pobreza, por ejemplo, en la versión que de ella han dado Leonardo Boff y otros autores, no sólo se opone el industrialismo desarrollista que ha sido característico del capitalismo histórico, sino tambien a la utilización mercantil del ecologismo. Y argumenta en este punto que, como era de esperar en un mundo dominado por el mercado y por el fetiche del dinero, la producción supuestamente ecológica, meramente conservacionista o bienintencionadamente ecológica (que de todo hay), corre el peligro de convertirse en negocio de unos cuantos, en beneficio privado, en pasto de la publicidad y en ocasión para el llamamiento a un “nuevo tipo” de consumismo. Constata que la línea “verde” del sistema productivo capitalista empieza a cotizar en la Bolsa de valores mercantiles, porque lo “verde” vende.

La ecología política de la pobreza hace observar que se está abriendo un nuevo flanco en el enfrentamiento entre países ricos (muy industrializados y muy competitivos) y países empobrecidos (cada vez más identificados con las reservas ecológicas del planeta o, en su defecto, con centros de producción de drogas ilegales). Subraya cómo algunas de las instituciones monetarias internacionales propician algo así como un trueque-fin-de-siglo: deuda externa por ecología; y cómo, por lo general, en esa propuesta de trueque sigue dominando un punto de vista etnocéntrico, lo que incluye un matiz nuevo respecto del viejo colonialismo (el discurso se disfraza, una vez más, de universalismo pero se cubre con el manto de valores éticoecológicos, como la conciencia de especie, usurpándoselos al ecologismo).

La gran tarea de la ecología política de la pobreza y del ecologismo social e internacionalista de los próximos tiempos será seguramente aprender a moverse, a ambos lados del Atlántico, evitando dos escollos: el neocolonialista y el neonacionalista. Lo cual no va a ser nada fácil, desde luego. Pues el malestar de la cultura y la ausencia de expectativas hacen que mucha gente se vuelva contra sus vecinos; y las grandes migraciones del final de siglo parecen estar convirtiendo a la xenobofia en la ideología funcional del capitalismo triunfante.

En suma, lo que la ecología política de la pobreza viene a decirnos es que no se puede seguir viviendo como se ha vivido en las últimas décadas, por encima de las posibilidades de la economía real y contra la naturaleza. Que el modo de vida consumista de los países ricos no es universalizable porque su generalización chocaría con límites ecológicos insuperables. Y que en nuestro mundo actual ser sólo ecologistas es ya insuficiente. Para hacer realidad lo que ahora es todavía un proyecto, un horizonte, la ecología política de la pobreza, surgida en los países empobrecidos, tiene que enlazar con las personas sensibles del mundo rico y convencer a las buenas gentes de que la reconversión ecológico-económica planetaria del futuro obliga a cambios radicales en el sistema consumista hoy dominante en casi todo el mundo industrialmente avanzado. Pues el desarrollo sostenible implica cierta autocontención y la autocontención implica austeridad. Pero para que “austeridad” sea una palabra creíble para las mujeres y varones del mundo empobrecido es necesario que antes, o simultáneamente, seamos austeros quienes hoy vivimos del privilegio.»

Anexo 2: Rusia, el golpe de estado del 4 de octubre y la democracia

Intervención de FFB en una mesa redonda, en la que también participaron Alexander Buzzgalin y Miquel Caminal (1952-2014), compañero suyo en la Facultad de Económicas de la UB, organizada por el Centre de Treball i Documentació (CTD) en el Pati Manning de Barcelona el 16 de noviembre de 1993. El texto fue publicado en mientras tanto, n.º 56, diciembre 1993-enero de 1994, pp. 19-22.

Estamos hoy aquí, con Alexander Buzzgalin, y convocados una vez más por el CTD[5], para apoyar a los demócratas rusos que ayer se resistían a aceptar la identificación oficial del régimen de ordeno y mando con la idea de socialismo y que hoy se resisten a aceptar la justificación del golpe de estado dado por Boris Yeltsin el 4 de octubre [1993] con el argumento de que eso era necesario para continuar la reforma y construir la democracia.

Muchos de estos demócratas han sufrido, con unos pocos años de distancia, la agresión violenta del poder de entonces y del poder de ahora. Uno de ellos, Boris Kagarlinski, suficientemente conocido hace ya años, en Europa y en EEUU, por sus críticas a aquel régimen de ordeno y mando que el poder de entonces llamaba «socialismo real», ha declarado en una entrevista concedida el mes pasado al corresponsal de La Vanguardia en Moscú, a los pocos días de los hechos, que la brutalidad de la policía de hoy no tiene nada que envidiar a la brutalidad de la policía de ayer, y que en algunos aspectos la barbarie de los gorilas de hoy es peor que la de los de ayer.

Nuestro Octavi Pellissa[6], que tantas veces nos convocó en el pasado para protestar contra las injusticias, tal vez habría dicho ahora: «Conocemos eso».

Porque también aquí hubo unos años, entre 1975 y 1982, en los que haber luchado contra la dictadura y continuar luchando contra un híbrido que conservaba en lo esencial el aparato del viejo estado, y se llamaba a sí mismo «democracia», fue particularmente duro. Y no sólo moralmente. Hubo entonces un ministro, que había sido ya ministro con Franco y que, siéndolo, insultó gravemente a las mujeres de los mineros asturianos que en 1962 se manifestaban contra el régimen y calumnió a los intelectuales y a los estudiantes demócratas que mostraron su solidaridad con aquellas mujeres, y que luego, al morir el Dictador, en nombre de lo que él mismo empezó a llamar «democracia» se hizo célebre por justificar la represión contra los demócratas de verdad al grito policíaco de la «calle es mía», un hombre que, sin embargo, ha conseguido el acuerdo de casi todos los medios de comunicación y de casi todos los partidos políticos de este país para que se corriera un tupido telón de acero sobre su pasado de antidemócrata y de represor. Hoy ese hombre es presidente electo de una de las comunidades autónomas del estado plurinacional que es España y los medios de comunicación suelen presentarle como uno de los artífices de la democracia, cuando no le ríen las gracias que nunca tuvo[7].

Así que algunos sabemos lo que os pasa.

Nosotros tenemos un rey designado por el Dictador y ratificado por un referéndum en el que algunos votaron por la monarquía sin que les hubieran preguntado explícitamente si querían eso o una república8. No se suele recordar ya, pero la verdad es que todo aquello se hizo bajo la mirada atenta y el arbitraje decidido del ejército español. Al callar sobre esto lo llamaron entonces prudencia política. Al resultado de aquella votación en la que no se preguntaba lo esencial lo llamaron democracia. Y a la melancolía de quienes siguieron recordando lo que había sido la larga lucha contra la dictadura de Franco lo llamaron desencanto. Con el tiempo se juntaron los desencantados de verdad y los que no se habían encantado nunca y aquí estamos: en la crisis de la crisis.

No sé si Agamenón estará de acuerdo, pero sí sé que esta es y sigue siendo la verdad del porquero de Agamenón. No la traigo aquí a colación para dar lecciones o consejos a los amigos demócratas rusos que están viviendo una transición parecida en algunos aspectos, sino para ofreceros una explicación de la enorme comprensión que ha encontrado en la mayoría de nuestros partidos políticos y en la casi totalidad de los medios de comunicación esa idea de que Yeltsin dio un golpe de estado, y estableció el estado de excepción, y prohibió partidos políticos para garantizar la reforma y la democracia.

Todos los medios de comunicación que se llaman a sí mismos liberales han justificado la restauración autoritaria en Rusia con el argumento de que, al fin y al cabo, Yeltsin sólo mandaba disparar contra un Parlamento que no era democrático, contra el Parlamento del antiguo régimen. Es asombroso el que día tras día se siga diciendo una cosa así casi sin réplica. Y por eso mismo hay que agradecer a esa excelente revista que es Cuatro Semanas el que haya publicado, en su número de noviembre, un artículo de Rafael Poch de Feliu titulado «Rusia cruza el Rubicón», en el que se recuerda un dato esencial, ignorado o tapado sistemáticamente durante estos días, a saber: que todos los diputados del Congreso y del Soviet Supremo (Parlamento) de Rusia fueron elegidos en marzo de 1990 por sufragio universal; que en las elecciones a diputados rusos no hubo escaños corporativos ni comisiones especiales controladas por el PCUS como había ocurrido en el Congreso de la URSS un año antes; y que, por tanto, la legitimidad democrática del Parlamento era la misma que la del primer presidente electo.

La concepción liberal de la política europea había establecido que cuando se produce una situación de doble poder y ésta es resuelta por una de las partes mediante el uso de la fuerza militar estamos ante un golpe de estado antidemocrático. Así ha calificado siempre el pensamiento liberal europeo lo ocurrido en octubre de 1917 cuando en Rusia se impusieron los bolcheviques. Pero hete aquí que este principio (y el otro principio honorable: el fin no justifica los medios) deja de valer, al parecer, cuando ganan los nuestros con los mismos medios aborrecidos (que no hay fin que los justifique, como se sigue enseñando en los institutos y en las universidades).

Dos criterios, pues; y un solo fin: que ganen los nuestros, nuestros amigos, los amigos de nuestros intereses económicos. Así en Rusia como en Argelia[9]. Pero pensar y actuar así supone la sustitución de la teoría liberal democrática de lo político por la teoría de lo político en términos de amigo/enemigo. La conciencia de que el pensamiento liberal tenía dos criterios distintos y contrapuestos para juzgar las actuaciones políticas (uno para juzgar las actuaciones de los adversarios y otro para justificar las actuaciones del hijo-de-puta-amigo) estuvo en el origen de la primera crisis del liberalismo europeo en 1871[10]. La consciencia de que la teoría de lo político en términos de amigo/enemigo explicaba mejor las actuaciones de hecho de quienes se llamaban liberales estuvo en el origen de la crisis del estado liberal de Weimar.

No quiero concluir con una analogía para llamar al mal tiempo. He querido simplemente recordar estas cosas porque tal vez intercambiar experiencias y reflexiones así con los amigos demócratas rusos puede servir esta vez para encontrar vías comunes de salida a la encrucijada en que estamos. Y porque pienso que, en las actuales circunstancias, hacer algo por la democracia en Rusia pasa por volver a crear redes de comunicación entre las personas que siguen creyendo en la democracia como participación de las gentes en la cosa pública y que sospechan que tal como están las cosas, para ser demócratas hoy en día hay que ser algo más que liberales.

PS (añadido el 13 de diciembre de 1993): Kiva Maidánik, viejo luchador por la democracia y el socialismo en Rusia –un hombre que ya en los años cincuenta cuando tantos callaban, denunció como historiador la manipulación que el estalinismo hizo de la historia de la III Internacional[11]– ha escrito desde Moscú, el pasado noviembre, un conmovedor alegato que, por desgracia, no pude conocer al pronunciar las anteriores palabras. Afirma Maidánik que, de todas las provocaciones e infamias sufridas por los rusos demócratas en aquellos días de octubre, la peor, por inesperada, por «constituir una sorpresa incomprensible y monstruosa», ha sido la reacción de Occidente, y muy particularmente, el silencio culpable ante el golpe de Yeltsin de la «izquierda social» de este lado del Rin.

Ahora, al comenzar 1994, el «mal tiempo», al que no se quería llamar, está ya ahí: el resultado de las elecciones de diciembre es algo más que un mal presagio. Se veía venir. Las encuestas lo preveían. Pero los intereses mercantiles de los inquisidores del siglo XXI taparon, una vez más, lo elemental: la gente digna está harta de que la traten mal, como a siervos otra vez.

Ahora los poderosos del mundo rico creen que la culpa es de los incultos rusos cegados de vodka. Vuelve la infinita zafiedad racista sobre el tártaro que sale al rascar al ruso. ¿Por qué será que, una y otra vez, los prepotentes mandamases del capitalismo, cuando hay conflicto en Rusia, eligen siempre lo que los rusos llaman el pantano? ¿Tal vez porque no se han dado cuenta todavía de que, en ocasiones, al rascar a un liberal sale un nazi? No entienden nada. Quizás porque los banqueros y controladores que son sólo liberales no leen a Dostoiewski. Lo pagarán. También ellos.

Anexo 3. Constitución y realidad en la URSS

Texto publicado, como nota de la redacción, en el número 5 de la revista Materiales, Barcelona, septiembre/octubre de 1977. Fue incorporado por el autor a Discursos para insumisos discretos, Madrid: Ediciones Libertarias, 1993, pp. 33-38.

En carta (de 1991) a Enric Tello, señalaba FFB: «Enric: desempolvando cosas viejas para una conferencia que tengo mañana (28) en Murcia me encontré con ese papel que escribí hace catorce años y que seguramente no conoces. Se trata de una nota para presentar críticamente el proyecto de Constitución de la URSS de la era brezneviana. Salió en la revista Materiales, en el 77, no sin ciertas resistencias, por lo que recuerdo. Lo del “poder burocrático presocialista”, la “enfermedad política consistente en la justificación ideológica de las desigualdades sociales”, la crítica de la idea de “partido/todo”, la ubicación en el primer plano de la discusión del renacer de los sentimientos y movimientos nacionales (una tesis que venía entonces de la más lúcida de los intérpretes, Hélène Carrère) y, sobre todo, “la lucha contra la mentira institucionalizada” me costaron entonces unos cuantos tirones de orejas por parte de los íntimos (…).

Te lo mando por lo del “tal como éramos” y como forma elemental de explicar por qué algunas discusiones de ahora en la revista [mientras tanto] me ponen melancólico.

Vuelvo el domingo.

Un abrazo y muchos recuerdos, Paco»

 

Como afirman todos nuestros sabios y reconocen muchos que son de los nuestros, los habitantes de Jodensk[12] están muy encima de los demás, a excepción de aquellos que siguieron su ejemplo. Son superiores no por la reaccionaria naturaleza biológica (pues desde ese punto de vista son iguales), sino gracias a las progresivas condiciones históricas, a una teoría correcta comprobada en su propio pellejo y a la sabiduría de sus dirigentes, que se las saben todas. Por este motivo, los habitantes de Jodensk no viven en el viejo y caduco sentido en el que agotan sus últimos días los de Occidente, sino que realizan empresas históricas. Las realizan incluso cuando nada saben de ellas ni en ellas participan. Incluso cuando estas empresas ni siquiera se llevan a cabo.
Alexandr Zinoviev, Cumbres abismales

 

El 4 de junio de 1977 varios medios de comunicación de la URSS hicieron público el texto del proyecto de una nueva constitución que ha de sustituir a la ley fundamental vigente en aquel país desde 1936. Este proyecto es actualmente objeto de numerosas debates en las diferentes instancias de base del partido y del estado soviéticos. A juzgar por las informaciones de que se dispone, los debates concluirán con la aceptación unánime del texto propuesto coincidiendo con las celebraciones, en noviembre [de 1977], del 60 aniversario de la revolución. Se cerrará así uno de los más dilatados procesos de redacción de una constitución que los especialistas recuerdan.

En efecto, en 1960 el entonces secretario general del PCUS, Nikita Kruschev, anunció la necesidad de revisar la constitución de 1936 para adaptarla a las nuevas circunstancias de la desestalinización iniciada durante el XX Congreso. Un año más tarde se constituía la correspondiente comisión constitucional, presidida por el propio Kruschev, con el encargo de redactar el proyecto. Pero en 1964 los trabajos realizados al respecto fueron abandonados como consecuencia de la destitución de Nikita Kruschev. Dos años después el nuevo secretario general de partido, Leónidas Breznev, volvía sobre el tema sugiriendo que la constitución estaría ultimada en 1967. Prácticamente nada se sabe del desarrollo de los debates ocurridos en el seno de la nueva comisión constitucional formada entonces. Han sido necesario, sin embargo, diez años para llegar a la publicación del texto actual.

En su informe de presentación de dicho texto al pleno del comité central del PCUS celebrado el 24 de marzo de este mismo año, Leónidas Breznev no hizo ninguna alusión al considerable retraso con que aparecería el proyecto ni tampoco, como es norma habitual en estos casos, a las incidencias de los debates sobre el mismo en la comisión constitucional. De manera que el único dato a retener en este punto es que la comisión constitucional habría trabajado durante diez años en un proyecto que el pueblo, esto es, el resto de los ciudadanos soviéticos tendrán que ratificar en cuatro o cinco meses. Si se tiene en cuenta la argumentación con que Leónidas Breznev presentó el proyecto no puede decirse que esa despropiación se deba en este caso a la tradicional y motivada desconfianza marxista en el formalismo constitucional, desconfianza apreciable en los momentos de redacción de las dos primeras constituciones soviéticas, la de 1918 y la de 1924. Al contrario, esa desproporción sugiere más bien que lo dominante en la URSS en la norma habitual de «trabajar para el pueblo, pero sin el pueblo» propia de todo poder burocrático presocialista.

En cambio, Leónidas Breznev se extendió considerablemente en su informe a la hora de argumentar los motivos por los cuales se ha considerado necesaria la promulgación de esta nueva constitución. Entre ellos destacó las profundas transformaciones experimentadas por el país y la sociedad soviética desde 1936 insistiendo particularmente en que la URSS «es ya una sociedad socialista desarrollada, madura»; una sociedad en la cual se conjugarían armónicamente las ventajas de la revolución científico-técnica con las ventajas del régimen socialista. En esta sociedad transformada se daría, según su opinión, «una homogeneidad social creciente» al haber desaparecido ya las diferencias entre los principales grupos sociales y al haber aumentado, consiguientemente, las bases para la unificación cultural y los intereses entre el proletariado industrial, el campesinado y los intelectuales. De modo que, en palabras del secretario general del PCUS, en la URSS se habría formado una nueva comunidad histórica, el pueblo soviético, cuya tarea central ahora es «crear la base material y técnica del comunismo, transformar paulatinamente en comunistas las relaciones socialistas y formar con ello una consciencia comunista».

Esa descripción tan idealizada de la sociedad soviética actual no ha sido acogida precisamente con sorpresa en las varias corrientes del movimiento comunista en la Europa Occidental. Y se explica. Pues si en algo coinciden la mayoría de estas corrientes hoy es en estar vacunadas desde hace uno o varios lustros contra la enfermedad política consistente en la justificación ideológica, con lenguaje marxista, de las diferencias y desigualdades sociales existentes en la URSS. De ahí que en tales medios haya predominado más bien un silencio despreciativo o el recurso recurrente que consiste en enfrentar las declaraciones idílicas o las normas constitucionales con los hechos recientes acaecidos en aquel país (véase al respecto, por ejemplo, el artículo de K. S. Karol, en El País del 9 de junio con el título de «URSS: una constitución al margen de la realidad»).

Sí hay coincidencia en subrayar el contraste entre el texto constitucional y la realidad soviética también la hay a la hora de señalar las principales novedades de esta constitución por comparación con la de 1936. Tales novedades serían resumidamente éstas:

1) Reforzamiento (y reconocimiento explícito en la constitución) del papel dirigente y orientador del partido.

2) Caracterización del estado actual como «estado de todo el pueblo», lo cual supone la aceptación de que la fase de dictadura del proletariado ha sido ya rebasada.

3) Redefinición de los soviets actuales como «soviets populares».

4) Ampliación de la «democracia socialista» subrayada con la inclusión formal, por primera vez, del término «libertades de los ciudadanos». Esta ampliación tiene su concreción constitucional en el reconocimiento del derecho a elegir la profesión de acuerdo con la vocación, aptitudes, etc (antes derecho al trabajo), del derecho a la protección de la salud (antes derecho a la asistencia material en caso de enfermedad) y del derecho a la vivienda. A ello hay que añadir la reducción de la edad para ser elegido a los 18 años (antes 21) y el aumento de las garantías legales para recurrir contra eventuales injusticias de los funcionarios.

5) Introducción de un apartado especial dedicado a las relaciones internacionales de la URSS en el que se ratifican formalmente los acuerdos de la conferencia de Helsinki.

La contradicción existente entre declarar a la URSS «estado de todo el pueblo» y reforzar al mismo tiempo el papel, las funciones y, por tanto, el poder del partido, esto es, de una parte de la sociedad, pone de manifiesto el carácter meramente ideológico de los apartados centrales de la constitución, o sea, su función de ocultamiento de la conflictividad social latente o actuante ya. Pero la falta de una caracterización precisa, no ideológica, de ese estado complica para el comunismo crítico la explicación del sentido real de aquellas novedades y de la función social concreta que la nueva constitución puede cumplir en el próximo futuro.

En este sentido es sintomático que en el momento de la destitución de Podgorny (mayo de ese mismo año) como presidente del presídium del soviet supremo[13], la gran mayoría de los observadores estuviera de acuerdo en establecer una relación directa entre ese hecho, la previsible acumulación de poder en la persona de Breznev y la inmediata publicación del proyecto constitucional, el cual habría de ratificar la fusión de las instancias superiores el estado y del partido. El posterior conocimiento del texto de ley fundamental, sin embargo, no parece dar demasiada plausibilidad a las especulaciones sobre aquella relación, al menos en el sentido estricto de causa a efecto que entonces se sugería. Pese a lo cual algunos intérpretes del texto constitucional sigue explicando el retraso del mismo como una consecuencia del enfrentamiento sordo que durante años habría existido entre los partidarios de Breznev y los de Podgorny. En esa hipótesis el reforzamiento del partido sugerido por el propio Breznev y ratificado por la constitución misma debería ser interpretado como una reacción de una parte del aparato contra el poder creciente de los funcionarios representados precisamente por el viejo dirigente cesado.

Además de ser muy improbable, esa interpretación de los hechos relacionados inmediatamente con la constitución parece escasamente relevante por cuanto que en ella nada se dice acerca de los intereses concretos o de las particulares opiniones contrapuestas que unos y otros, representantes del partido y del aparato estatal, habrían defendido durante estos años. Más enjundia tiene, en cambio, la hipótesis establecida por Hélène Carrère d’Encausse en su artículo «Leer la nueva constitución» (Le Monde Diplomatique, julio de 1977). Según ella, el dilatado proceso de redacción de la constitución se habría debido a los problemas existentes en las nacionalidades y más concretamente a la discusión en curso sobre la naturaleza federal o unitaria del estado soviético. Esta discusión se habría saldado con un compromiso reflejado en el texto constitucional por el hecho de que, a pesar de las más recientes declaraciones «unitarias» de los dirigentes soviéticos, no se ha modificado apenas el articulado federalista de la constitución de 1936.

La hipótesis de Hélène Carrère, que tiende a dar más importancia a lo que no ha cambiado respecto de la constitución del 36 que a las novedades introducidas, tiene a su favor dos factores. En primer lugar que el tema de las nacionalidades, y señaladamente la discusión sobre la naturaleza de la federación de repúblicas socialistas, fue un elemento central en las controversias previas a la relación de las tres constituciones anteriores. Y, en segundo lugar, que en los últimos años se ha producido en la URSS un indudable renacimiento de los sentimientos y movimientos nacionales, de manera que, según todos los indicios, la cuestión de las nacionalidades es hoy allí el motor principal de la conflictividad social. A todo eso podrían no ser ajenas, por lo demás, las consecuencias sociales del reciente fracaso de la agricultura soviética.

Como es sabido, poco después de la puesta en vigor de la constitución de 1936, el terror desencadenado desde el mismo poder que hizo la ley acabó asesinando a los principales dirigentes bolcheviques de noviembre de 1917 (entre ellos a Bujárin[14] quien, por cruel paradoja, había sido el inspirador de aquella constitución que fue calificada como «la más democrática del mundo»). El recuerdo de esos hechos del período estaliniano y el trauma que dejó en el movimiento comunista favorece ahora el escepticismo o el silencio ante el nuevo texto constitucional. Y sin embargo, dada la naturaleza de la actual oposición en la URSS y las orientaciones políticas de quienes parecen ser dirigentes de la misma, no puede descartarse que la nueva constitución se convierta en algo distinto a lo que los promulgadores pretenden, en algo más que un documento al margen de la realidad, esto es, en un instrumento, entre otros, para la lucha contra la mentira institucionalizada.

Notas generales

[1] NE. Lo fue entre 1981 y 1995.
[2] NE. El año que dejó de ser primera ministra. John Roy Major fue su sucesor (entre 1990 y 1997)..
[3] NE. La organización supranacional compuesta por nueve de las quince repúblicas ex soviéticas.
[4] NE. FFB se está refiriendo al intento de golpe militar en la URRS, agosto de 1991.
[5] NE. Recientemente disuelto. Véase la nota de Josep M. Fradera: «CTD, 1976-2017» http://www.mientrastanto.org/boletin-154/notas/ctd-1976-2017
[6] NE. Uno de los fundadores del CTD, amigo del autor, uno de los primeros militantes universitarios del PSUC-PCE tras la guerra civil (ingresó en el partido en 1955), falleció en 1992, a los 56 años de edad. Puede verse SLA: «Entrevista con Josep Torrell sobre Octavi Pellissa». http://www.sinpermiso.info/textos/sobre-octavi-pellisa-1935-1992-entrevista
[7] NE. FFB se está refiriendo, como es evidente, a Manuel Fraga, ex ministro fascista, firmante de penas de muerte, líder de Alianza Popular y más tarde del PP, del que fue presidente fundador. La comunidad a la que se hace referencia es Galicia.
[8] NE. FFB se abstuvo en el referéndum que aprobó la Constitución el 6 de diciembre de 1978.
[9] NE. FFB hace referencia a los sucesos de enero de 1992. Bajo la presión del ejército argelino, dimitió el presidente Chadli y se anuló la segunda vuelta de las elecciones. El ejército, con el apoyo del FLN, instauró el «Alto Consejo de Estado». Se disolvió el FIS, sus líderes fueron arrestados, asesinados en algunos casos, y se declaró el estado de emergencia en el país.
[10] NE. Comuna de París.
[11] NE. Kiva Maidánik (1929-2006) criticó también la aniquilación de la Primavera de Praga por las tropas del Pacto de Varsovia. Conjeturo que Maidánik, expulsado del PCUS, y FFB se conocieron personalmente durante unas jornadas organizadas por el PCC a principios de los años noventa en Barcelona con el título: «Les raons del socialisme» en las que ambos intervinieron. La conferencia de Maidánik, recogida posteriormente en un libro del mismo título, sigue conmoviendo por su lucidez y coraje políticos. Rafael Poch de Feliu solía traerle a FFB mensajes y saludos de Maidánik.
[12] Zinoviev juega ahí con el sufijo habitual de muchos pueblos y aldeas rusos, relacionado con un nombre corriente, Iván, y lo junta con el vocablo «ebat» (o sea, «joder»). En la traducción castellana de Luis Gorrachategui este juego ruso de palabras da el nombre de la ciudad sobre cuya vida ironiza Zinoviev: Jodensk.
[13] NE. Lo fue entre 1965 y 1977.
[14]NE. El 15 de marzo de 1938.

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