Introducción a la Escuela de Salamanca
Cristina García González
En 1526, el pensador dominico Francisco de Vitoria obtuvo la cátedra más importante de Teología de la Universidad de Salamanca. Muy pronto se formó a su alrededor un grupo de pensadores que destacó por sus aportaciones en los ámbitos de la filosofía, el derecho, las ciencias y la teología. Así nació la Escuela de Salamanca, cuyo 500 aniversario celebramos este año, 2026, mediante publicaciones de divulgación.
El nombre «Escuela de Salamanca» fue acuñado a finales del siglo XIX por el jesuita Gerhard Schneeman, historiador de las controversias en torno al libre albedrío humano.1 Con este término se designa un amplio corpus intelectual elaborado por pensadores vinculados a la Universidad de Salamanca durante los siglos XVI y XVII, una institución que acogía anualmente en torno a 6.500 estudiantes, cifra comparable —si no superior— a la de otros grandes centros universitarios como París u Oxford. Estos autores, pertenecientes en su mayoría a las órdenes dominica, agustina, franciscana y, más tardíamente, jesuita, pusieron en diálogo la escolástica tardo-medieval con las nuevas corrientes humanistas, desarrollando su labor en prácticamente todas las disciplinas y saberes de su tiempo. No se trató de una escuela en sentido medieval —como lo habían sido la tomista, la escotista o la nominalista, estructuradas en torno a un maestro y a un grupo de discípulos defensores—, sino de una realidad intelectual de naturaleza distinta.
Francisco de Vitoria (1483–1546) es considerado el fundador de la Escuela de Salamanca. Ingresó en la Orden de Predicadores en 1505, en su ciudad natal de Burgos, y entre 1508 y 1522 se formó y ejerció la docencia en la Universidad de París. Allí entró en contacto con una importante reforma académica promovida por los dominicos parisinos, que sustituyeron el comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo (1150) por el estudio de la Summa theologiae de Tomás de Aquino (1274), un modelo teológico más sistemático y argumentativo, que otorgaba a la racionalidad humana un papel central. Al obtener por oposición la cátedra de Teología en la Universidad de Salamanca en 1526, Francisco de Vitoria introdujo esta renovación metodológica en el ámbito hispánico. No obstante, aun reconociendo en Tomás de Aquino al teólogo de mayor autoridad y prestigio de su tiempo, Vitoria se reservó la libertad de apartarse de él y de desarrollar una reflexión que, en numerosos aspectos, superó el tomismo de su época. Vitoria aplicó la sistematicidad y racionalidad tomistas para abordar los problemas históricos de su tiempo, algo que no se encuentra de manera equivalente en la Summa theologiae. De este modo, Vitoria no inauguró una escuela en sentido medieval, sino un nuevo modo de pensar, caracterizado por la búsqueda de la verdad allí donde pudiera encontrarse y por una atención consciente a los desafíos históricos de su tiempo.
Prueba de ello es que Vitoria inauguró el debate sobre la legitimidad de la conquista americana al reflexionar sobre la existencia de títulos que pudieran justificar el dominio de las tierras recientemente descubiertas. En sus Relectiones De Indis y De iure belli, Vitoria fue el primero en sostener que las bulas de concesión utilizadas hasta entonces no constituían un título legítimo para la adquisición de territorios. Del mismo modo, y distanciándose de Aquino en la aplicación práctica de sus principios, rechazó como fundamentos válidos el supuesto primado universal del emperador, la autoridad temporal del Papa, así como cualquier forma de sometimiento o conversión forzosa de los pueblos indígenas. Lejos de considerarlos pecadores o intelectualmente inferiores, afirmó que los indios eran libres por naturaleza y legítimos dueños de sus bienes y de sus comunidades políticas. Una de las consecuencias más notables de este planteamiento fue la célebre Junta de Valladolid (1550–1551), en la que se enfrentaron Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas, junto con algunos discípulos de Vitoria —ya fallecido entonces—, como Domingo de Soto y Melchor Cano.
La visión de Vitoria situaba en un lugar central y natural la dignidad y la libertad humanas, concebidas como independientes de la fe cristiana. La conquista, la guerra y la soberanía fueron tratados por Vitoria como problemas principalmente jurídicos, más que teológicos, de manera que sus criterios resultaban aplicables también a los no cristianos. De este modo, la doctrina jurídica de Vitoria, continuada por otros miembros de la Escuela de Salamanca hasta figuras como Luis de Molina (1535–1600) y Francisco Suárez (1548–1617), otorgó una nueva importancia a los derechos naturales del hombre —la vida, la libertad, la propiedad y la dignidad. Estos derechos corresponden a todos los que comparten la naturaleza humana independientemente de su religión o área geográfica y, dado que el hombre vive en sociedad, se extienden también a las comunidades, abarcando el derecho a la propiedad del territorio, a la justicia, a la soberanía e incluso al tiranicidio, independientemente de la religión.
Una consecuencia significativa de todo ello fue la distinción entre dos dimensiones o potestades: una civil o natural y otra sobrenatural, diferenciación que no se había planteado con tanta claridad durante gran parte de la Edad Media. En consecuencia, el rey no posee jurisdicción sobre las almas —lo que excluye la posibilidad de justificar una guerra por motivos religiosos—, y el papa carece de poder temporal —lo que también impide legitimar guerras de conquista en nombre de la fe. Más allá de los debates acerca del continente americano, esta cuestión generó una aguda controversia entre el jesuita Francisco Suárez, quien defendió la soberanía popular en su obra Defensio Fidei Catholicae adversus Anglicanae sectae errores (1613), y la corona inglesa, que pretendía mantener la teoría del poder por designio divino y la sumisión de los súbditos a Dios a través del monarca.
Francisco de Vitoria fue el primero en desarrollar una teoría moderna sobre el ius gentium o derecho de gentes, extrapolando las ideas sobre el poder soberano al ámbito internacional y concluyendo que este ámbito también debía regirse por normas justas. Para Vitoria, el bien común del orbe posee una categoría superior al bien particular de cada estado, lo que implicaba que las relaciones entre naciones debían fundamentarse no en la fuerza, sino en el derecho y la justicia. De este modo, quedaban declaradas injustas las guerras de conquista, de pillaje, para la conversión forzosa de infieles o paganos, o emprendidas por mera gloria o ambición territorial.
La Escuela de Salamanca se consolidó como un verdadero centro cultural de referencia para la Europa del siglo XVI, en el que la circulación de los textos de los maestros salmantinos fue fundamental para iniciar una nueva reflexión sobre el papel del hombre en el mundo y sobre los derechos naturales. Junto a Vitoria, otros teólogos y juristas de la escuela contribuyeron significativamente a esta renovación: Luis de Molina, Francisco Suárez, Juan de Mariana, Fray Luis de León, Melchor Cano, entre muchos otros, sobre los que se hablará durante este nuevo año.