Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Félix Ovejero y el incómodo filosofar de Manuel Sacristán

Salvador López Arnal

1. Ayudante de Manuel Sacristán siendo muy joven en el departamento de Metodología de las Ciencias Sociales de la facultad de Economía y Empresa de la UB, responsable del departamento durante la estancia de Sacristán en la UNAM en 1982-1983, Félix Ovejero Lucas (FOL a partir de ahora) es uno de los estudiosos que mejor y más profundamente conoce la obra del traductor de Marx, Galbraith, Meek y Schumpeter. Lo ha hecho siempre transitando por senderos no trillados, desde perspectivas poco transitadas, con mirada franca y abierta.

La página que Espai Marx –¡no se la pierdan, será de su interés!– ha dedicado al primer centenario del nacimiento de Sacristán (https://espai-marx.net/sacristan/.) ha incorporado hasta el momento dos contribuciones suyas: una entrevista publicada en Acerca de Manuel Sacristán (que será incluida en el libro Conversaciones sobre Manuel Sacristán en el año del centenario) y su respuesta (autofilmada) a una pregunta sugerida por Xavier Juncosa, el director de los documentales Integral Sacristán, sobre lo que queda y quedará de la obra del autor de Panfletos y materiales.

Además, el pasado noviembre, FOL publicó un artículo en El Mundo con el título: «Manuel Sacristán: un filósofo incómodo» (https://www.elmundo.es/opinion/2025/10/31/69034496e4d4d88a3b8b4582.html). No es la primera vez que el autor de La quimera fértil usa el adjetivo «incómodo» al aproximarse a la figura y obra del que fuera su compañero en la revista mientras tanto. Me detengo inicialmente en este artículo.

2. Tomando pie en una nota de Manuel Vázquez Montalbán aparecida en El País y escrita poco después del fallecimiento de Sacristán (27 de agosto de 1985), FOL se detiene en dos conceptos: marxista e intelectual.

Como traductor y principal responsable de una edición crítica de las obras de Marx y Engels (las OME, la traducción de las obras de Marx y Engels que se editaron en Crítica-Grijalbo, 12 volúmenes de los 68 proyectados), Sacristán, observa FOL, conocía como pocos la obra de Marx. «Sin embargo, siempre insistió –como Marx– en que «yo no soy marxista». Si acaso, comunista, al modo que lo era el autor de El capital, no distinto al del socialista o socialdemócrata en el siglo XIX.» Una tradición de radicalidad democrática, sostiene FOL, muy alejada de la acepción asociada a la experiencia estalinista. Más exactamente, añade, «Sacristán prescribía: “No se debe ser marxista”. El doctrinarismo no podía caber en un movimiento emancipador racionalista: “Todo pensamiento decente ha de estar en crisis permanente”.» (De la conversación, no siempre fluida, que Sacristán mantuvo con la revista Argumentos en 1983. Sobre su no marxismo, su imborrable y cernudiana anotación de lectura a un artículo de Lucio Colletti en transición al berlusconismo: «No se debe ser marxista (Marx); lo único que tiene interés es decidir si se mueve uno, o no, dentro de una tradición que intenta avanzar, por la cresta, entre el valle del deseo y el de la realidad, en busca de un mar en el que ambos confluyan.»)

Para FOL, no hay mejor muestra de ese pensamiento decente «que su crítica a supuestos básicos del marxismo clásico: el buenismo antropológico; la confianza en el crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas [Sacristán hablará desde 1979 de fuerzas productivo-destructivas], inseparable de la hipótesis de la abundancia de recursos; y la fe acrítica en la bondad de la tecnociencia». Estas creencias, «sustentaban una visión idealizada del comunismo: en una sociedad con recursos infinitos, seres humanos santos y una tecnología dócil al bien, desaparecerían las disputas y los problemas de reparto.» Tiene razón FOL: no transitó el último Sacristán por ninguna de esas sendas tradicionales, cuando no eran pocos los que seguían empeñados en que el fluir no regía en esos caminos.

En todos esos ámbitos, Sacristán defendió tesis incómodas (de nuevo el filosofar incómodo del traductor de Marx y Goethe). Sacristán «subrayó la importancia de la sociobiología de Wilson: existía una naturaleza humana no maleable que no era angelical. Recordó los límites ecosistémicos al crecimiento, pues todo proceso económico transforma recursos de baja entropía en alta entropía, es decir, en desechos sin valor. Y advirtió de que la tecnociencia, por su calidad epistémica, encerraba también un enorme potencial de letalidad.» FOL se inspira aquí en uno de los aforismos, excelente filosofía concentrada, del Sacristán de sus últimos años: lo malo (poliéticamente) de la ciencia actual es que es demasiado buena (epistemológicamente).

FOL sostiene, sin contradicción con la consideración anterior, que siempre apeló Sacristán a la mejor ciencia, a la buena ciencia. Sabía de qué hablaba (Sacristán… y también FOL, conviene destacarlo). El traductor de Quine «fue el principal introductor en España de la lógica matemática y la moderna teoría de la ciencia, inseparable de la filosofía analítica, la filosofía más pulcra del siglo XX». Luis Vega Reñón, Paula Olmos y Enrique Alonso González han escrito páginas indispensables sobre este tema.

Sacristán se reconocía «tan heredero de El manifiesto comunista como de La visión científica del mundo, el manifiesto fundacional del Círculo de Viena», colectivo que ha sido, en opinión de FOL que el firmante de esta nota tiende a compartir, «la mejor conjunción de filósofos y científicos del siglo XX, defensores de la unidad de las ciencias y la crítica a la metafísica, cristalizadas en la revista Erkenntnis y en la Enciclopedia Internacional de la Ciencia Unificada.» Sacristán habló de estas temáticas y de varios de estos autores, de su admirado Rudolf Carnap por ejemplo, en un artículo enciclopédico: «La filosofía desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial hasta 1958». Papeles de filosofía, pp. 90-219. También de Bertrand Russell, otro de los «analíticos» estudiados (y admirados) por él.

Para FOL, Sacristán, que sabía muy bien desde joven las dificultades del saber leer («Poco a poco va uno descubriendo que es más difícil saber leer que ser un genio». Laye, 1951 (14), p. 69), leía además sin anteojeras. El autor de El compromiso del creador recuerda un paso de la citada entrevista con Argumentos: «Me complace traer a colación a un conservador tan redomado como Popper para ejemplificar que para entender las cosas hay que estudiarlas, y que el creerse de izquierdas no da automáticamente compresión al que no se molesta en estudiarlas». (Sacristán, que impartió un seminario sobre la obra el filósofo austriaco, estudió y anotó detalladamente La lógica del descubrimiento científico. Pueden verse sus observaciones de lectura en el segundo volumen de Filosofía y Metodología de las Ciencias, Montesinos 2024).

Las reservas respecto a la etiqueta «intelectual» resultan inseparables de los mimbres anteriores, prosigue FOL. Su desprecio (racionalista) hacia el gremio, «comparable al que Ferlosio condensaría en una de sus más memorables piezas, La cultura, ese invento del gobierno (1985)», quedaba reflejado en su conversación de 1979 con Antoni Munné y Jordi Guiu para El Viejo Topo (editada por primera vez en 1995 en mientras tanto y en Acerca de Manuel Sacristán): «Un payaso siniestro, un parásito por definición que en cada una de sus payasadas no hace más que asegurar el dominio de la clase dominante, ya sea la burguesía local o la burguesía burocrática de un país como la Unión mal llamada ‘soviética’». Para Sacristán, el intelectual (tal vez mejor: cierta subclase de intelectuales) era el personaje más siniestro de nuestra cultura. «Pero no me refiero al intelectual que Aranguren estaría dispuesto a criticar, es decir, el físico nuclear. No. El intelectual que me parece más siniestro es aquel que se dice crítico».

FOL comenta que las diversas acusaciones contra Sacristán de gentes del gremio «han ido pasando de mano en mano sin que nadie, ni las voces ni los ecos, se molestara en tasarlas a la luz de la información disponible. Que existe.» (Puede verse a tal efecto La observación de Goethe, Madrid: La Linterna Sorda, 2015). FOL cree que se seguirán repitiendo (yo también) por dos razones: por la despreocupación de Sacristán por «su propio personaje», excesiva a todas luces en mi opinión (y a la corta y a la larga contraproducente), y porque «sus opiniones sobre los intelectuales generaban una incomodidad que fácilmente derivaba en animadversión. Les recordaba sus inconsistencias. El filósofo Rubert de Ventós lo sintetizó en su obituario: “Su falta nos deja a todos un poco más libres para seguir no haciendo lo que debemos”.» (El artículo de Rubert de Ventós fue escrito el 28 de agosto de 1985, el día siguiente del fallecimiento de Sacristán. Él mismo, como recordamos, se aplicó la idea generosamente).

FOL considera, sin ejemplificar en este caso, «que Sacristán se equivocó en no pocas apreciaciones políticas, incluso en algunas importantes», pero, añade, «lo hizo siempre con razones de peso, nunca por dogmatismo. No le interesaba preservar ortodoxias». Tampoco heterodoxias de pose. Otra coincidencia entre ambos.

La única convicción firme de Sacristán nacía de un empeño más hondo, en opinión de su compañero de departamento: «la voluntad de vivir a la altura de sus principios. Esa fidelidad a la verdad prolongaba una aspiración aprendida en Aristóteles y en Ortega, dos referencias constantes en su obra, tan determinantes –si no más– que las antes mencionadas: “Seamos como arqueros que tienden a un blanco”. Una vida pensada y guiada por convicciones.» (Sobre el Ortega del joven Sacristán puede seguir leyéndose, con emoción y sin olvido del tiempo y circunstancias, el editorial del nº 23 de Laye. Papeles de filosofía, pp. 13-14).

Ese empeño, como el mismo Sacristán señaló pensando en Gramsci, podía endurecerse en la «crispación de la voluntad». Quizá era el tributo inevitable de vivir en tiempos sombríos, sugiere FOL. Como recordó Brecht en su célebre poema A los hombres futuros, varias veces traducido por Sacristán (una de las versiones fue un regalo suyo a sus camaradas del Comité Central del PCE), no siempre «quienes querían preparar el camino para la amabilidad/ pudieron ser amables». «La aspereza que algunos le atribuían -tan poco compatible con la experiencia de quienes lo tratamos o con su amistad con Ferlosio- no fue nunca un rasgo gratuito, sino el precio –acaso ineludible– de afrontar con responsabilidad serias tareas clandestinas».

Conviene recordarlo, concluye FOL su artículo, para entender «de dónde procedía la irritación que provocaba y, por lo visto, aún provoca.» Y, probablemente, añado, seguirá provocando.

3. Algunas de las consideraciones expuestas en el artículo publicado en El Mundo me han hecho pensar en otro escrito de 2005 sobre el magisterio de Sacristán que FOL publicó en Del pensar, del vivir, del hacer, el libro que acompañó a Integral Sacristán (FOL fue entrevistado por Xavier Juncosa para los documentales). Lo tituló: «Un breve recuerdo personal».

Abre FOL con estas palabras: «Manuel Sacristán Luzón: filósofo marxista. En las historias del pensamiento constará algo parecido. Tal vez con algún añadido: contribuyó a introducir la filosofía de la ciencia y la moderna lógica en España. Poco más. Y acaso está bien que así sea y no podamos decir que esas líneas sean escasas o injustas.» Porque esta vez, prosigue, coincidiendo con lo señalado por Francisco Fernández Buey y otros amigos y próximos, «el tópico no será falso: las enseñanzas de Sacristán, las importantes, eran de las que no se pueden recoger en las páginas de un libro. No eran un saber aparte, inventariable, sino un saber para estar con inteligencia y veracidad en el mundo. Para acompasar vida y pensamiento». Para saber a qué atenerse, por decirlo a la Ortega.

Sacristán era un filósofo en el sentido más clásico, un filósofo «que compartía con Aristóteles la convicción de que “no investigamos para saber que es la virtud, sino para ser buenos, ya que en otro caso sería completamente inútil”.» A alguien así, observa FOL, tradicionalmente se le llamaba «sabio».

El sabio no juega con las ideas (así obra también FOL desde siempre, y no es solo herencia de su maestro). «No le vale cualquier idea porque sus ideas rigen su vida y quiere llevar su vida de la mejor manera. Se piensa en serio, como le gustaba decir a Sacristán, quien, en una de las entrevistas más conmovedoras que jamás he podido leer a pensador alguno [FOL se está refiriendo a la entrevista de Jordi Guiu y Antoni Munné de 1979], confesaba que a él le interesaba «saber cómo son las cosas. A mí el criterio de verdad me importa. Yo no estoy dispuesto a sustituir las palabras verdadero/falso por las palabras válido/no válido, coherente/incoherente, consistente/inconsistente; no. Para mí las palabras buenas son verdadero y falso, como en la lengua popular, como en la tradición de la ciencia. Igual en Perogrullo y en nombre del pueblo que en Aristóteles. Los de válido/no válido son los intelectuales, en este sentido: los tíos que no van en serio».»

(Sobre este «ir en serio» ha observado Albert Domingo Curto, Razón y emancipación, p. 62: «En la diferencia cualitativa que se establece entre ese intelectual que reflexiona virtualmente –por muy aguado y crítico que sea– y ese otro que hace de su análisis motivo coherente e indispensable de su actuación, esto es, en cuya práctica cotidiana verá sensato comprometer o arriesgar los privilegios de su estatus y de su vida personal, ahí, en ese abismo de diferencia, ubicará Sacristán su alto concepto de compromiso. Esa asunción de responsabilidad, esa consciencia activa es la que determinará el criterio según el cual se podrá considerar que hay científicos o intelectuales que «van en serio», por seguir la expresión sacristaniana originariamente referida a Ulrike Meinhof, y otros que a lo sumo ejercerán, si se da el caso, una cierta influencia académica.»)

A quien decía cosas así se le llamaba «dogmático». Nada más estúpido, en opinión de FOL que es fácil compartir. «Quien ama la verdad no está comprometido incondicionalmente con nada, porque todo lo somete a escrutinio, empezado por sus propias ideas. La verdad de un juicio no se pacta ni se negocia. El juicio se discute y, llegada la hora, ante buenas razones, se cambia. Porque importa la verdad».

FOL señala, con razón, que Sacristán, como buen pensador racionalista, cambió no pocas veces sus ideas acerca de cómo eran las cosas y se atuvo a las consecuencias. «Por eso, en mitad de una atmósfera saturada de inautenticidad, dispuesta a engañar y a engañarse, levantó la voz para llamar a las cosas por su nombre. Sin importarle las consecuencias ni quien tenía enfrente». Lo hizo «frente a los poderosos, que se lo hicieron pagar, y frente a los “suyos”, que lo miraron con la desconfianza que produce quien nos recuerda que las ficciones con las que queremos dar sentido a nuestra vida son eso, ficciones, trampas». A los primeros, nada les podía pedir, salvo el respeto a quien no se dejaba plegar a sus designios. «A los otros les exigió reconocer las equivocaciones, tener la decencia de mirar limpiamente la realidad».

Para FOL, tenemos muchos testimonios «de cómo se enfrentó a quienes pueden decidir sobre la vida de los demás» (sobre la suya, recordemos sus dos expulsiones de la universidad barcelonesa). Y, aunque menos conocidas, «tampoco faltan muestras de su entereza para decirle a “los suyos” lo que tenía que decirles». El ejemplo recordado por FOL: «cierto día [el 23] de febrero de 1978, en una conferencia ante un público en el que no faltaban estalinistas, cuando no dudó en afirmar que “el estalinismo ha sido una tiranía sobre la población soviética, una tiranía asesina sobre el proletariado soviético y conservar la nostalgia de eso es estúpido y criminal”.» (La conferencia está recogida en Seis conferencias, libro recientemente reeditado por El Viejo Topo, con prólogo de Paco Fernández Buey y epílogo de Manolo Monereo).

Para FOL, alguien así, alguien que ama así la verdad, era «lo más parecido que conozco a un “espíritu libre”… Sacristán, aunque agradecía a quién le podía enseñar y le ayudaba a corregir, no buscaba agradar». En su opinión, «la serena seguridad de quien está convenido de lo que dice, de quien tiene el juicio formado, pone nerviosos a los que piensan de prestado y sólo les mueve el deseo de gustar. Les recuerda lo que no son».

FOL recuerda que cuando él llegó a la universidad barcelonesa no abundaban los espíritus libres, eran los años de la transición y apenas quedaban ecos de la universidad franquista. «A decir verdad, al menos en las facultades de económicas, la universidad era vocacionalmente antifranquista. Febril y estrechamente política. Las urgencias políticas filtraban las ideas con los sectarismos de todas las ignorancias y las discrepancias se escamoteaban en nombre de doctrinas que nadie precisaba o de eficacias “revolucionarias” que no había modo de calibrar». Una cultura resistencialista, prosigue FOL, «irrelevante desde cualquier punto de vista, pero absurdamente convencida de su propia trascendencia, iba facturando tópicos y dogmas y cancelando debates y rigor. Todos parecerían temerosos de llegar tarde a no sabían dónde. Una mala atmósfera para formarse. Con prisas y falsedades, sin ocasión para detenerse a preguntar.»

En mitad de ese erial de nuevo cuño, son palabras suyas, FOL tuvo la suerte «de tener por profesor a alguien para quien “si digo la verdad, no me importa con quien coincida, como cualquiera que no tiene más objeto que decir la verdad”.» Eran sus últimos cursos de estudiante de Económicas cuando se encontró a Sacristán, «y la fortuna se prolongó varios años más, al permanecer a su lado como su ayudante. La mejor edad para encontrar un maestro, cuando la vida no te emplaza todavía a pactar las convicciones, a acomodar el gesto».

FOL concluye su escrito señalando que él tuvo la suerte de cruzarse en la buena hora con Sacristán. «Suplió la universidad que no existía. Me enseñó a resistirme a los tribalismos, a mirar las ideas desde el principio, radicalmente y sin telarañas mentales. La dignidad y la libertad de quien no quiere mentirse». Así podríamos afirmar también muchos de nosotros, muchos de sus lectores; han sido pocos quienes nos han ayudado a pensar, a pensar en serio. (Comentarios complementarios sobre la relación entre ambos pueden verse en Julio Valdeón, La razón en marcha. Conversaciones con Félix Ovejero, Alianza, 2023).

4. Hay más textos de FOL sobre Sacristán que merecen lectura atenta. Uno de los mejores lleva por título: «Manuel Sacristán: un marxista socrático». Se publicó en Claves de la razón práctica y como epílogo de M. Sacristán, Sobre dialéctica (El Viejo Topo, 2009). Sumemos también los artículos que FOL publicó poco después del fallecimiento de su maestro. Entre ellos, en Nuestra Bandera, «El marxismo incómodo de Manuel Sacristán».

Pero hay más. Entre ellos: «La dos culturas de las ciencias sociales en la reflexión de Manuel Sacristán», su aportación al mientras tanto 30-31, mayo 1987, pp. 169-176, la revista que más hizo suya Sacristán. El número sigue siendo indispensable para el conocimiento de su obra (Me permito llamar la atención sobre otras dos aportaciones: Miguel Candel, «Las ideas gnoseológicas de Manuel Sacristán», y Francisco Fernández Buey, «Su aventura no fue de ínsulas, sino de encrucijadas»).

Hay muchos puntos de contacto entre maestro y discípulo, entre estos dos filósofos grandes, entre estos dos profesores de Metodología de las Ciencias Sociales. Entre ellos: su racionalismo informado, su pensamiento siempre crítico, su non serviam, su filosofar libre e incómodo, y su compromiso, con los riesgos derivados que ambos han sufrido, con la verdad, la justicia, la fraternidad y la equidad.

Es una lástima, así lo conjeturo, no me puedo imaginar otra hipótesis, que la elaboración y corrección de su próximo libro (está a punto de aparecer en Alianza a finales de enero) hayan dificultado una mayor participación de FOL en los encuentros y conferencias que se han organizado en memoria de Sacristán en el año del centenario de su nacimiento. Somos muchos los que deseamos una mayor presencia suya en este 2026. Nos atrevemos a aventurar dos sugerencias:

1ª. Un libro que recoja todos sus escritos sobre Sacristán. Los estudiosos de este último (y de la obra de FOL) tendríamos a nuestro alcance un conjunto de textos imprescindibles y nada hagiográficos.

2ª. Un seminario, abierto a sectores no universitarios, coordinado por él, centrado en textos esenciales (también elegidos por él) del que fuera su amigo, maestro y compañero de trabajo y de revista.

¿Qué les parece? ¿Me apoyan en la transmisión de estas sugerencias al autor de El compromiso del método?

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