Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Sobre las últimas consideraciones político-filosóficas de Manuel Sacristán Luzón

Salvador López Arnal

«Comentarios a las 13 tesis de T., J. y F.» 1 es el título de uno de los últimos escritos de Manuel Sacristán. Está fechado en julio de 1985, unas semanas antes de su fallecimiento el 27 de agosto del mismo año.

Pretendo dar cuenta en esta nota de algunas de sus últimas reflexiones político-filosóficas tomando pie en estas observaciones suyas al artículo de Toni Domènech, Jordi Guiu y Félix Ovejero cuya primera versión, la que Sacristán analiza y comenta, llevaba fecha de junio de 1985. El trabajo de los entonces miembros del colectivo editor de mientras tanto se publicó2, fallecido Sacristán, en el número 26 de la revista con el título: «13 tesis sobre el futuro de la izquierda»3.

Un apretado y brevísimo resumen de la situación en aquel tiempo: el ultraconservador y belicista Ronald Reagan era entonces presidente de EEUU y la neoliberal, antiobrera y pinochetista Margaret Thatcher primera ministra inglesa (Karl Popper era uno de sus asesores). Gorbachov acababa de ser nombrado primer secretario general del PCUS. Se hablaba entonces con realismo, sin alarmismo exagerado, de la probabilidad de una guerra nuclear en territorio europeo. Las movilizaciones pacifistas eran masivas en varios países. España, que aún no formaba parte de la Comunidad Económica Europa (CEE, la futura UE), en vanguardia antibelicista. En el movimiento antiotánico español eran muy activos varios partidos de la izquierda comunista (MC, LCR). Desde octubre de 1982, el PSOE gobernaba con mayoría absoluta. El desmantelamiento industrial estaba en marcha (Miguel Boyer era el topoderoso Ministro de Economía); también el largo proceso privatizador. El PCE-PSUC, que tuvo un mal resultado electoral en las eleccciones 1982, contaba con un pequeño grupo parlamentario de cuatro miembros. Santiago Carrillo había dimitido de la secretaría general del PCE en diciembre de 1982; Gerardo Iglesias, un exminero asturiano, fue elegido nuevo secretario general del partido. Antoni Gutiérrez Díaz era el secretario general del PSUC, sustituido poco después por Rafael Ribó.

Sacristán abre sus comentarios al artículo de sus jóvenes compañeros con elogios. «La primera versión de las tesis presenta varias ideas felices con buenos argumentos». Era uno de los dos o tres escritos políticos más importantes «producidos hasta ahora en el ambiente de la revista (no digo “en el colectivo de la revista” porque tengo entendido que sus autores prefieren ver el texto propio sólo de ellos)». La calidad del texto le invitaba a trabajar sobre él, «razón por la cual, en vez de componer un texto seguido por mi parte, he preferido discutir al hilo de las tesis las cosas que me parecen dudosas y precisar mis críticas y discrepancias.»

La primera tesis describía sucintamente las tres corrientes o tradiciones de la izquierda europea de los años ochenta: socialdemócrata (o cuasi-socialdemócratas, escriben los autores, «PSOE más eurocomunistas4 apeados»), comunista y alternativa. Para Sacristán, «sin abandonar la distinción tradicional izquierda-derecha»5, había que dejarla en segundo término, «acompañada y superada por la distinción: conforme al sistema, no-conforme al sistema». Él prefería conformidad que compatibilidad, «para dar pie al aspecto voluntario y subjetivo de los individuos políticos.»

La fragilidad de la vieja distinción izquierda-derecha se apreciaba en la necesidad en que se veía la tesis, por causa de esa distinción, de caracterizar globalmente de izquierda a los movimientos «alternativos». No era así en su opinión: «más de un componente de movimientos ecologistas, feministas y por la paz carece de pensamiento y voluntad anticapitalista»6. O incluso políticos, añadía.

El uso de la distinción radical conformidad-inconformidad con el sistema, que su discípulo y amigo Francisco Fernández Buey (1943-2012) sugirió también en otros momentos, no debía acarrear sectarismo en la política de cada día. «La buenísima caracterización del partido lassalleano que contienen las tesis debería o podría servir para (a) caracterizar la conformidad con el sistema y (b) describir la génesis del predominio de esa conformidad en el movimiento obrero organizado europeo»7.

La segunda tesis señalaba que la socialdemocracia aceptaba explícitamente el sistema establecido capitalista8; los gobernantes, con cinismo fatalista; los ideólogos, con entusiasmo ignorante o sofístico9.

El desarrollo crítico de la tesis le parecía muy bueno a Sacristán. No necesitaba correcciones ni mejoras. Pero sí dos añadidos.

El primero: «lo que quedaba del estado en el proyecto socialdemócrata de aquellos años10 era el “guardián nocturno”, el ejército para la defensa del sistema». Esto, añadía, podía redactarse «con estilo de marxismo clásico».

No era la primera vez que Sacristán llamaba la atención sobre este punto. En el diario Liberación de 2 de diciembre de 1984, medio año antes, había publicado un artículo, «La OTAN hacia dentro»11, en el que advertía que tal vez lo más importante que ocurriría «si el consenso de unos y otros políticos nos integra definitivamente en la OTAN»12 –nunca se cegó sobre este punto, fue muy consciente de la real correlación de fuerzas político-culturales-nediáticas– no fuera la integración misma, sino «la imposición a los españoles del sentimiento de impotencia, de su nulidad política, de su necesidad de obedecer y hasta de volver su cerebro y su razón del revés». Ocurría, en efecto, «que la situación de partida presenta, con más claridad que en ningún otro país de Occidente, un dato que el gobierno y sus aliados en este punto, hasta la extrema derecha, tienen que eliminar»: la mayoría de la ciudadanía española13 era contraria a la permanencia de España en la OTAN y el gobierno PSOE estaba comprometido por promesa electoral destacada a celebrar un referéndum sobre la cuestión14.

Para mantener la permanencia en la Alianza en estas circunstancias no había más que dos caminos: «o un acto despótico claro, o la violentación de unos cuantos millones de conciencias por procedimientos tortuosos, por “lavado de cerebro”.» Sacristán creía muy probable que la primera solución, la que adoptarían con gusto los franquistas, fuera menos corrosiva de la sustancia ético-política del país que la segunda. Pero se temía que esta segunda era seguramente la que «los sedicentes socialistas» tenían más a mano. Con ella el gobierno felipista empezaría, si no había empezado ya, a desintegrar moralmente a los militantes de su propio partido, «ya más predispuestos que otros de la izquierda al indiferentismo, por su costumbre de estar en una misma organización con gentes de concepciones muy distintas y hasta opuestas», y de ahí «la gangrena se extendería, a través de la potente estela de arribistas que arrastra el PSOE, hasta sectores populares extensos».

Hacia dentro, concluía Sacristán, era «la OTAN para España tan temible como hacia fuera y más corruptora». Dio en la diana, a pesar de ser tildado en ocasiones de «poco realista» en asuntos políticos.

Del mismo modo, en un paso de la entrevista que le hizo Carlos Piera para Mundo Obrero en diciembre de 1984 (publicada en febrero de 198515), Sacristán observaba que se le había olvidado apuntar otro nudo de la situación, «la traición del PSOE». El que se asombrara de ello no había leído nunca historia. «Un partido socialdemócrata está hecho para eso, para evitar que haya un triunfo de los trabajadores, para eso está hecho el partido socialista». No desde que nació, matizaba, ni mucho menos, «no cuando era II Internacional, pero sí desde que existe la tercera». De modo que como la vuelta atrás del PSOE había que darla por descontado, era segura, «el hundimiento del PCE hay que verlo como la causa determinante del hundimiento de la izquierda».

Sugería Sacristán un segundo añadido a la segunda de las 13 tesis: el nuevo entusiasmo de los ideólogos socialdemócratas conservaba lo malo del marxismo: «el dogma progresista, el “desarrollo de las fuerzas productivas” visto acríticamente».

Desde hacía ya años el traductor de El Capital se movía en coordenadas opuestas, muy alejadas del dogma progresista (muy presente en algunas fuerzas de izquierda) del desarrollo a todo trance de las fuerzas productivas16. Usaba en sus escritos e intervenciones la expresión «fuerzas productivo-destructivas» en lugar de la noción tradicional de «fuerzas productivas». Así, en «¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI?»17, destacaba la lectura más fiel al sistema marxiano y a su estilo intelectual, la que se orientaba por la perspectiva dialéctica articulada por vez primera en el manuscrito de 1857-1858 (aunque ya anticipada en el Manifiesto Comunista): «la tensión entre la creación y la destrucción, causadas ambas por el desarrollo capitalista de las fuerzas productivo-destructivas, así como la tensión entre las ideologías correspondientes, no puede resolverse más que con el socialismo.»18

De igual modo, en su entrevista de 1983 con la revista mexicana Dialéctica19, el profesor de la UNAM, dando muestra de su racionalismo atemperado20, había comentado que una política socialista respecto de las fuerzas productivo-destructivas contemporáneas tendría que ser bastante compleja y proceder con lo que llamaba «moderación dialéctica», «empujando y frenando selectivamente, con los valores socialistas bien presentes en todo momento, de modo que pudiera calcular con precisión los eventuales “costes socialistas” de cada desarrollo»21.

Esa política, hilo conductor de sus conferencias sobre política de la ciencia desde mediados de los setenta, tendría que estar muy alejada de líneas simplistas aparentemente radicales «tales como la simpleza progresista del desarrollo sin freno y la simpleza romántica del puro y simple bloqueo». La primera línea no ofrecía ninguna seguridad socialista, y sí, en cambio, alta probabilidad de suicidio. La segunda era para empezar impracticable. Era en el orden político donde era necesario «extirpar los elementos de progresismo dieciochesco y de objetivismo hegeliano presentes en la herencia de Marx y, a través de Marx, en numerosos marxistas.»

La tercera tesis del texto describía la catástrofe del PCE22. La crítica le parecía irreprochable, si bien añadía que «seguramente convendría historizar e ilustrar esa crítica: la negociación del partido con Adolfo Suárez23 y el ejército, bandera bicolor, liquidación de los movimientos vecinales, pactos sindicales, etc.»

Sobre la bandera, él mismo hizo una propuesta en 1977, en la contraportada del número 3 de Materiales, tras la aceptación de la bicolor por el PCE. A muchos las banderas no nos habían dicho gran cosa hasta ahora, comentó. «Lo que menos podíamos suponer era que eso de las banderas fuera un asunto estimulador de la imaginación. Hoy se tiene que reconocer que lo es». En materia de banderas estaban pasando cosas muy originales, lo que animaba a la productividad de todo el mundo, «y así nosotros mismos, que hasta hace poco nos contábamos entre los insensibles, hemos dibujado el siguiente modelo que proponemos como modesta contribución al certamen…» Su propuesta: una bandera republicana (roja, amarilla, morada), la bandera vindicada siempre por las izquierdas españolas, de franjas verticales, con amplitud destacada de la franja roja.

Ciertamente Sacristán se mantuvo alejado de la política del PCE durante los años de la transición, empezando por su detallada crítica de la alternativa eurocomunista. Empero, en la citada entrevista con la revista mexicana Dialéctica24, introducía matices que conviene recordar. Él, admitía, no era capaz de enumerar las causas de la situación de derrota del PCE, no disponía ni de material empírico suficiente ni de técnicas de investigación adecuadas. Los filósofos, añadía con ironía alguien que siempre lo fue (y que además fue un gran polímata), «somos ignorantes enciclopédicos, ignorantes obligados a pensar en todo». Sin embargo, como cualquier ciudadano con los ojos abiertos, podía ver algunas de esas causas. Creía que la más importante era el descrédito de la URSS25 «en grandes sectores de las clases trabajadoras europeas y la extinción de los restos de aspiración revolucionaria que aún quedaban en la socialdemocracia después de la segunda guerra mundial».

No había que olvidar, desde luego, las muertes, la importante sangría de socialistas y comunistas que hubo en Europa durante el nazismo y el fascismo. Se hablaba a menudo de los millones de judíos exterminados por el nazismo, «pero muy pocas veces de los cuadros socialistas y comunistas asesinados en Centroeuropea. Sólo para Alemania, su número se estima en seiscientos mil: toda una generación». Eso contaba, como había contado en España «la muerte o el exilio de la casi totalidad de los cuadros socialistas y comunistas durante y después de la guerra civil.»

Solo después de eso tendrían que considerarse los errores y los vicios de los partidos comunistas, que «son los que principalmente mantienen al menos como aspiración, una tradición marxista». Errores y vicios habían sido sin duda muchos, pero, sin que pretendiese generalizar, ateniéndose a la experiencia española, y a pesar de que llegó a estar tan en desacuerdo con la política del PCE que tuvo que dejar la militancia26, le parecía, de todas maneras, «que la situación de extrema derrota a que ha llegado ese partido no se explica tanto por el debe de su saldo histórico cuanto por el repliegue de la clase obrera en la crisis». Se atrevía a apuntar, entrando en el examen de los errores cometidos, que la más grave de todas las torpezas del PCE no había sido ninguna de aquellas por las que él cesó su militancia, «sino la extraña pasión autocrítica sin salida, neurótica, por la cual parecía que la única fuerza social que no tuviera derecho fuera para siempre imperdonable, fuera el partido comunista».

Le parecía que esa insensatez en la estimación autocrítica del propio pasado27, «deslumbrada por valores neta o ambiguamente burgueses, desde la sublimada democracia parlamentaria hasta el codearse con la clase alta en los salones del Hotel Palace [de Madrid]» había contribuido mucho a resquebrajar la identidad política de la vanguardia obrera anticapitalista de España. «Esta soportó bastante bien determinados elementos de autocrítica que eran serios, pero empezó a no saber a qué atenerse a medida que el proceso autocrítico empezó a convertirse en lo que más bien parecía una explosión de exhibicionismo autodestructivo.» [la cursiva es mía]

Sacristán no creía que la experiencia española pudiera generalizarse. Seguía habiendo en Europa partidos comunistas sumamente cerrados a un examen autocrítico de su larga historia. El portugués y, en menor medida, el francés eran dos ejemplos. «En cualquier caso […] a pesar de mi profundo desacuerdo respecto de la política del PCE –y no digamos ya del PCF– creo que los factores de su crisis rebasan con mucho la torpeza o los vicios de las correspondientes direcciones y reflejan una situación de derrota de las clases trabajadoras»28.

El traductor y estudioso de Gramsci pensaba que para seguir peleando con lucidez había que partir de ese reconocimiento.

La cuarta tesis sostenía que no había alternativa socialista real sin el movimiento obrero. El fondo le parecía suficiente a Sacristán. Pero: 1. En algún lugar había que mencionar explícitamente a las mujeres y el feminismo. 2. La expresión «fuerzas de libertad» le disgustaba, estaba harto del mal uso de la palabra ‘libertad’.

El feminismo fue uno de los movimientos inspiradores de mientras tanto. El papel de Giulia Adinolfi, su esposa y compañera, falleció en 1980, fue decisivo29.

En su «Comunicación a las jornadas de ecología y política»30 de 1979, Sacristán señalaba que Wolfgang Harich había llamado a atención sobre la revisión necesaria de la concepción del sujeto revolucionario. Lo que él había presentado como cambio de una dialéctica formal de la pura negatividad por una dialéctica empírica que incluyera consideraciones de positividad, era «para Harich una feminización del sujeto revolucionario y de la misma idea de sociedad justa». Sacristán creía que el autor de ¿Comunismo sin crecimiento? llevaba razón «porque los valores de la positividad, de la continuidad nutricia, de la mesura y el equilibrio –la “piedad”– son en nuestra tradición cultural principalmente femenina.»

Por otra parte, el autor de la voz «Libertad» para la Enciclopedia Política Argos, también de un material sobre el tema para el Seminario de Arràs del PCE31, estaba harto del mal uso, del uso publicitario y neoliberal, no de la noción o de la aspiración socialista de libertad. En el coloquio de una mesa redonda «Sobre el estalinismo» que compartió con Manuel Vázquez Montalbán en 1978, observó con dolor que la identificación del recorte de libertades con la izquierda era una grave falsedad histórica en el movimiento comunista. «El poso de ideología estaliniana hasta dónde tiene que haber calado para que sea posible hablar de la palabra “libertad” despectivamente». Era monstruoso política, culturalmente. «Supongo que si yo fuera teólogo (aunque me divierta estar con teólogos no lo soy), diría que eso es uno de esos pecados contra el Espíritu Santo, porque eso, tratar despectivamente la libertad, es llamar mal al bien». La libertad ni era de derechas ni se podía despreciar32.

No tuvo dudas Sacristán sobre el papel central de movimiento obrero en las luchas emancipatorias, anticapitalistas. Empero, en la Carta de la Redacción del número 1 de mientras tanto33, por él escrita tras largas, profundas y fructíferas discusiones del colectivo editor de la revista (recúerdese el testimonio de Miguel Candel), observaba que la tarea de lucha ecosocialista o ecomunista se podía ver de varios modos, según el lugar desde el cual se la emprendiera: «consiste, por ejemplo, en conseguir que los movimientos ecologistas, que se cuentan entre los portadores de la ciencia autocrítica de este fin de siglo, se doten de capacidad política revolucionaria». Consistía también en que los movimientos feministas, «llegando a la principal consecuencia de la dimensión específicamente, universalmente humana de su contenido, decidan fundir su potencia emancipadora con la de las demás fuerzas de libertad». O consistía en que las organizaciones revolucionarias clásicas (partidos obreros, sindicatos, asociaciones de trabajadores) comprendieran que «su capacidad de trabajar por una humanidad justa y libre tiene que depurarse y confirmarse a través de la autocrítica del viejo conocimiento social que informó su nacimiento», pero no para renunciar a su inspiración revolucionaria, perdiéndose en el triste e integrado ejército socialdemócrata, «sino para reconocer que ellos mismos, los que viven por sus manos, han estado demasiado deslumbrados por los ricos, por los descreadores de la Tierra». Así, pues, no había, no debía haber oposición o «contradicción» entre el viejo hilo rojo y los nuevos hilos verde y violeta (tampoco, pensará poco después, con el blanco del pacifismo transformador).

Por otra parte, ya en «Sobre el “marxismo ortodoxo” de György Lukács»34, había comentado, con acuerdo, la última perspectiva de Lukács35, la perspectiva comunista del hombre nuevo, el legado lukácsiano a sus discípulos36. Pese al infundado pesimismo de los larguísimos plazos, el filósofo húngaro había propuesto en su vejez la perspectiva de una orientación propiamente comunista del trabajo de un renovado movimiento obrero revolucionario. La perspectiva de un nuevo tipo humano, del ‘hombre nuevo’, podía desencadenar un entusiasmo a escala internacional. También para Sacristán, «la mera perspectiva de la elevación del nivel de vida –cuya significación práctica dentro de los países socialistas estoy muy lejos de menospreciar– es seguro que no lo logrará». Nadie se convertiría al socialismo «por obra de la perspectiva de poseer un automóvil, sobre todo si ya lo posee dentro del sistema capitalista»37.

La tesis 5 del trabajo de Domènech, Guiu y Ovejero indicaba dos líneas de revisión necesaria del pensamiento «de izquierdas»: (a) la revisión de la idea del comunismo como sociedad de abundancia. (b) la revisión de la concepción del ser humano como recipiente irrellenable de necesidades de génesis inescrutable. De ahí deducía la tesis la mayor importancia de la ética en el ideario de «izquierda» y una corrección del concepto de libertad en un sentido a la vez clásico-europeo y budista.

Aunque a Sacristán le parecía «buena de fondo», la formulación de la tesis le parecía necesitada de matizaciones:

1. Había que enfrentarse con el problema de que la idea del comunismo como sociedad de la abundancia «estaba relacionada con la idea de la revolución, o de la caducidad de un sistema social: el freno al desarrollo de las fuerzas productivas». La única salida era reconocer esa vinculación «y subrayar de nuevo la primacía de la política (ética)». Pero eso no dispensaba de algún análisis de las fuerzas productivas. «Creo que, dado el público general previsto, puede bastar con analizarlo por vía de ejemplo, mediante la “producción” de tres o cuatro bienes no regenerables o cancerígenos». En el contexto, no habría que incurrir en anticientificismo ni en antitecnicismo. Por ejemplo, informándose bien de los sucedáneos del amianto y hablar de ello.

Del amianto habló Sacristán en sus clases de Metodología de las Ciencias Sociales del curso 1981-1982, también en otros cursos. Cuando el gobierno federal alemán se había comprometido a terminar con la industria del amianto en cinco años, quienes habían protestado había sido el sindicato de obreros del amianto, «las víctimas, las principales víctimas, porque el amianto puede ser cancerígeno para quien lo tiene en su casa, pero sobre todo, como es natural, es muy cancerígeno para el obrero que lo manipula, que lo corta, que lo funde». La situación le parecía una prueba atroz de lo poco que habían llegado estas cuestiones a la consciencia de las poblaciones. «Ahí ha sido la misma población afectada, la víctima, la que ha preferido no perderse ni primas de peligrosidad ni primas de esto y primas de lo otro, como se suele dar a las víctimas de la industrias peores». Las víctimas solían estar muy bien pagadas. «Igual que cebamos a los cerditos antes de comérnoslos o a los pavos de Navidad, pues igual se ceba al obrero del amianto y al minero. El minero está muy bien pagado y se muere silicótico a los cincuenta y cinco años. Y el obrero del amianto igual»38.

A Sacristán le parecía que todo esto contaba mucho. Permitía hacer la predicción desgraciada de que se iba a una gradación ascendente de esta problemática, de que el importante movimiento de crítica material de la ciencia que había nacido «en la contracultura norteamericana y en los principales físicos nucleares norteamericanos de los años cincuenta y sesenta39, desgraciadamente parece va a entrar en un bache de opinión». Eso es lo que se temía; tampoco parece que se equivocara.

También le parecía necesaria la (auto-)crítica de la tesis marxiana de que las necesidades son «históricas», aproximación que servía para justificar la falsedad del empobrecimiento absoluto. Así había usado ese expediente la tradición comunista.

En la presentación de edición castellana del libro de Wolfgang Harich ¿Comunismo sin crecimiento?40, Sacristán observaba que no era posible dejar de reseñar otros dos elementos muy importantes de la reflexión y el programa del filósofo alemán: la ausencia en su pensamiento de metafísica especulativa tradicional41, «pese a ocasionales truenos retóricos hegelianos», y a su autoritarismo. El primero se podía ejemplificar comparando el tratamiento del concepto de necesidad por Ágnes Heller con el que daba Harich. «Por un lado, una apasionante búsqueda de lo humanamente radical, con la esencia humana como horizonte». Por el lado de Harich, «una positiva clasificación de las necesidades en necesidades satisfacibles y necesidades que hay que yugular (sin pretender saber si son más o menos esenciales que otras) por sus consecuencias empíricamente registrables». Harich subdividía el segundo grupo en cinco subgrupos: «a) necesidades cuya satisfacción es hostil a la naturaleza; b) necesidades cuya satisfacción es hostil a la vida social; c) necesidades cuya satisfacción es antisocialista; d) necesidades cuya satisfacción es anticomunista; e) combinaciones y transiciones de y entre a) – d)». En el «examen diferenciado» que Harich proponía de todas las necesidades «se tratará de distinguir selectivamente entre necesidades que hay que mantener que cultivar como herencia cultural o hasta que habrá que despertar o intensificar, y otras necesidades de las que habrá que desacostumbrar a los hombres», mediante reeducación y persuasión ilustradora a ser posible, pero también, en caso necesario, «mediante medidas represivas rigurosas, como, por ejemplo, la paralización de ramas enteras de la producción, acompañada por tratamiento en masa de desintoxicación ejecutados según ley». En este punto, el realismo de Harich desembocaba en el otro rasgo destacado de su programa ecológico-comunista (o ecomunista42): el autoritarismo, nudo sobre el que Sacristán manifestó abiertamente su desacuerdo.

Del mismo modo, en «¿Por qué faltan economistas en el movimiento ecologista?»43, una de sus grandes conferencias (muy presente en la mente y alma de muchos asistentes), Sacristán hacía referencia a la contraposición entre tratamiento económico de los problemas y satisfacción de las necesidades. «Esta es una idea que se encuentra con alguna frecuencia en ambientes ecológico-políticos que, por otra parte, han emprendido el meritorio esfuerzo de pensar de nuevo los problemas del cambio social profundo o revolucionario sin dejarse cerrar el horizonte por las tradiciones existentes». En esos ambientes se podía oír la afirmación de que no había por qué considerar desde el punto de vista económico los problemas de la transformación social, todo se reducía a poner en primer término la satisfacción de las necesidades. «Esa idea presupone que para hallar soluciones sencillas –contrapuestas a la artificialidad mercantil que es el vicio básico de la cultura en que vivimos– hay que pensar simplísticamente, cuando la verdad es que la sencillez del resultado suele requerir un desarrollo intelectual particularmente complicado, como lo saben, por ejemplo, los matemáticos y los poetas.»

Sacristán tenía la impresión de que la frecuente manifestación de falta de cautela crítica en el movimiento ecologista tenía algo que ver con ciertas simplificaciones de las organizaciones españolas de extrema izquierda de finales de los años sesenta. Los cortocircuitos mentales del pseudomarxismo de entonces se parecían bastante, en su opinión, a los del exagerado antieconomicismo de aquellos años. «Por ejemplo, ¿cómo no relacionar el infundado salto mental que consideraba en 1968 la abolición inmediata de la división del trabajo con el que hoy abandona toda problemática económica y la sustituye por la frase, vaga hasta la vaciedad, de ‘satisfacción de las necesidades’?» Se vivía a veces en algunos sectores del incipiente movimiento ecologista de aquellos años un ambiente de cortocircuito mental característico de grupos marginales cuya esperanza se asentaba en fundamentos frágiles: «esos grupos marginales que tienen que limitarse a vivirse a sí mismos en su impotencia tienden a compensar moralmente esa situación mediante saltos mentales que conducen en un momento, sin gran trabajo, a soluciones tan definitivas cuanto ilusorias». En cambio, matizaba Sacristán, no le parecía verdad que el marxismo clásico creyera hasta el final (el viejo Engels, Kautsky) que el saco de necesidades era inagotable, ni que creyera que las necesidades eran de génesis inescrutable: toda la teoría marxiana de las ideologías y de la alienación44 se podía traer a colación en este punto.

La tesis 6 trataba de la revisión necesaria de la estrategia, «estudiando la lassalleana y la blanquista y analizando los procesos de sus respectivos fracasos». La explicación del escrito era muy buena para el gusto de Sacristán y se adhería a ella. Pero:

A partir de esta tesis el texto adolecía de una inconsistencia de salvación posible: se había utilizado la idea gramsciana de la densidad de la sociedad europea occidental, frente a la vaciedad política de la rusa, para explicar el fracaso del proyecto leninista en esa área45. Pero ahora, esa misma tesis, «con las nuevas circunstancias –es decir, por la descomposición o vaciamiento político de la Europa occidental– se usa para explicar la caída del modelo lassalleano, pero sin que se vaya a afirmar una nueva pertinencia del modelo marxiano-blanquista-leninista».

Ahora bien, añadía, si se aplicaban esas categorías de Gramsci, sin distinguir entre el hueco social de la Rusia de 1917 y el de la Europa Occidental de 1985, se incurría en inconsistencia. Había que arreglarla mediante esa distinción, «lo que implicaba descripciones ricas de ambos supuestos, el ruso de 1917 y el nuestro de hoy.»

En su entrevista con Diario de Barcelona de 1977 a los 40 años del fallecimiento del revolucionario sardo46, Sacristán observó que no veía que en 1924 Gramsci tuviera ya claro que el enemigo principal e inmediato fuera el fascismo. Por esa fecha, aunque ya había comprendido que la revolución no estaba al alcance de la mano, «seguía pensando en el fascismo como en cosa pasajera y no muy diferente de otras formas de dominación capitalista». No le parecía que Gramsci rectificara ese eufórico error de la III Internacional antes de su prisión; en cambio, sí que lo había corregido en 1928, cuando el VI Congreso de la III Internacional exacerbó ese error hasta lo catastrófico. Ese fue el momento en que cuajó la mayor aportación del pensador sardo: la explicación de la dificultad de la revolución en Occidente. «El hecho mismo ya lo habían visto otros, principalmente Trotsky y Lenin. Pero Gramsci coloca ese hecho en el centro de su reflexión, y descubre en él la vital complejidad del estado por así decirlo occidental, o sea, del estado capitalista que vive ya sobre base propiamente capitalista, arraigado en una sociedad que no tiene ya con él más contradicciones que las orgánicas a ese modo de producción». A Sacristán le parecía mejor subrayar ese punto central que recitar una lista de méritos de Gramsci sin que se pudieran detener con detalle en ninguno de ellos.

La tesis 7 analizaba más detalladamente el proyecto lassalleano y su fracaso. Por lo comentado en la crítica de la tesis anterior, Sacristán sugería que «allí, aquí o algo más adelante» tenía que resolverse la inconsistencia.

La 8ª tesis describía la disgregación o descomposición física y moral de la clase obrera. Para Sacristán tal vez fuera «éste un buen lugar para eliminar la inconsistencia mencionada a propósito de las dos tesis anteriores: se podría mostrar que la nueva degradación social, en la medida en que afecta a la clase obrera –y a veces incluso se dirige premeditadamente contra ella– excluye la viabilidad del proyecto blanquista.»

La novena tesis describía «la vulnerabilidad del capitalismo altamente industrializado, aludiendo a los riesgos físicos planetarios y a la situación del Tercer Mundo». Con eso enlazaba una crítica más puntual que antes de la democracia indirecta.

La crítica de la democracia indirecta le parecía muy buena, pero

1º. Convenía añadir una crítica de la democracia indirecta soviética («degeneración de la idea de consejo, respeto por lo que queda»).

2º. Desde aquí, observaba, el lector empezaría a sentir con razón la necesidad de construcción, no sólo crítica. «Aquí o en otra tesis habría que atreverse a ello». En su opinión, estudiando las posibilidades modernas de a) La autogestión local. b) El federalismo. c) Un internacionalismo nuevo, o «mundialismo».

En una carta enviada desde México el 4 de agosto de 1983, dirigida a su discípulo y amigo Francisco Fernández Buey, Sacristán se refería de algunos de estos temas y a otros asuntos complementarios de su interés.

Señalaba por una parte que para hacerse una opinión acerca de la posible entrada en listas alternativas electorales tendría que ver un poco más de cerca la sustancia teórica y moral de las gentes que las integrasen. «Me parece que sabes que siempre me resistí a la idea de un partido verde en España, basándome en mi impresión de que: a) existe bastante consciencia alternativa en la izquierda radical (LCR, base del MCE47, libertarios etc) y b) no hay ecologismo conservador, por ejemplo, al que integrar, a la alemana, con el resto de alternativos.» Ahora bien, no pensaba aferrarse a este nudo si los dos supuestos en que se basaba acababan por resultar insignificantes comparados con otros hechos pertinentes.

El artículo sobre la industria nuclear vallisoletana que Fernández Buey había publicado en mientras tanto le había parecido excelente: «perfecto de contenido y muy bien escrito». El punto sobre la medicina nuclear era inobjetable en su opinión. Tal como estaban las cosas en aquellos momentos, «lo que tenemos que combatir es el armamento nuclear y la industria nuclear eléctrica, no los usos médicos, industriales, agrícolas y de investigación pura de las tecnologías nucleares». Eso era parte de un asunto más general y sin duda de importancia decisiva: era necesario articular científicamente los puntos de vista políticos alternativos en un modelo general para España. «O, si los nacionalismos hacen todavía difícil ese planteamiento48, en un modelo “abstracto” para una sociedad de 35.000.000 de habitantes49, con 1.000 km. de costas, una meseta cerealista». Ese modelo tenía que resolver el problema general del tipo de organización económica y política, pero sin duda eso no era realizable sin trabajar al mismo tiempo los problemas sectoriales. La cuestión nuclear debería ser vista en esos trabajos como sector propio, no bajo el rótulo general de «política energética». Su vieja obsesión por tener en el colectivo de mientras tanto economistas, geógrafos, físicos, ingenieros, etc. «arraigaba obviamente en su imprescindibilidad para pasar de la simple crítica a las tesis políticas». .

También le parecía muy bueno otro artículo de Paco Fernández Buey, «La obra de Karl Marx y las ciencias sociales»50, en el que, sin embargo, lamentaba dos cosas: «que no te decidieras a citar explícitamente a [Mario] Bunge51, y que la relación entre la ciencia y los valores, aunque tratada explícitamente, no quede suficientemente clara». La alusión a la ideología de Galileo y a sus metáforas era un acierto estupendo. «Habrá que explotarlo, buscando en el texto de Galileo, o en el de Newton, filosofemas, ideologismos y metáforas.»52

Releyendo su carta antes de cerrar Sacristán se daba cuenta de que se había expresado demasiado apresuradamente a propósito de la necesidad de trabajar en un modelo alternativo. Precisaba que no tenía ninguna fijación en la «unidad de España», «aunque, como he dicho varias veces incluso en la prensa, sí que creo que hay una nacionalidad española (la mía, dicho sea modestamente), y no precisamente castellana o leonesa, etc». Pero, añadía, «como también he dicho muchas veces, no me interesa compartir esa nacionalidad con quien quiere tener otra: dicho de otro modo, no me importa nada que vascos o catalanes, o quienes sean, sean o no españoles».

Por otra parte, y para lo que sí fuera España, Sacristán pensaba que el único marco alternativo posible en el plano político era el federal radical, «cosa que también habría que trabajar con cuidado y detalle», sin poder entrar en más concreciones por el momento.

La tesis 10 contenía un desarrollo crítico más completo sobre la democracia indirecta.

Aunque ya estaba dicho, y se repitiera, «también en la tesis 11, quizás conviniera mencionar aquí –acaso con remisión a la tesis 11– la desmoralización e inhibición de los mismos que delegan.»

La tesis 11 contenía un análisis detallado del proyecto de partido lassalleano, de sus éxitos y sus limitaciones en la versión socialdemócrata y en la versión comunista.

El análisis se articulaba sobre la base de tres nuevos supuestos o condiciones: (a) que ya no se disponía en la clase obrera de la vieja «economía moral»53; (b) que había que partir de nuevo de la crítica de la democracia indirecta para recuperar esa economía moral a través de (c) la creación de un nuevo sector público voluntario.

Esta era, para Sacristán, la verdadera tesis de las «Tesis».

Estaba completamente de acuerdo con ella. «Llamaré a esta tesis la “tesis fundamental” o “tesis del sector público voluntario”. Entendía que de ella se desprendía la concepción estratégica de la tesis 12.»

Este era otro lugar adecuado para discutir la inconsistencia a propósito de la viabilidad o inviabilidad de la vía leninista, enlazando esa discusión con la excelente presentación del asunto del sector público voluntario.

Aquí o en la tesis 13, añadía, «había que poner cautelas recordatorias del fracaso de los free shops, etc. en los sesenta».

La tesis 12 era la conclusión crítica triple:

(A) No era posible a plazo medio un Partido Verde en España. (a) Porque no había ningún sector público voluntario. (b) Porque no había capas medias saturadas. (c) Porque había algo de Movimiento Obrero no conforme al sistema, por tradición, paro y pobreza.

(B) No era viable el proyecto reformista. (Razonado en las tesis anteriores).

(C) No era viable el proyecto leninista (Razonado en las tesis anteriores).

A esta crítica se debía añadir la tesis de la estrategia intensiva en complejidad.

La primera de las tres tesis críticas, observaba Sacristán, era falsa: «un Partido Verde existe ya en España. Hay que formular con más cuidado. Se puede afirmar, tal vez, que un Partido Verde no madurará, o no se desarrollará satisfactoriamente, en España.» Y argumentar. La argumentación expuesta no estaba bien desarrollada tal como estaba expuesta: «es sólo un calco o paralelismo de Alemania que no puede ser sólido para España. Un Partido Verde puede nacer de muchas maneras. Y las causas que han favorecido la formación de uno en Alemania estaban en pugna con cosas que la obstaculizaban, señaladamente, la presencia de reaccionarios e incluso nazis en varias Bürgerinitiativen (Iniciativas ciudadanas).»

A lo que añadía: «No estoy de desacuerdo con un juicio negativo acerca del desarrollo partidista verde en España. Incluso me parece bueno el argumento de la falta de base social (entidades del “sector público voluntario”)». Pero había que despojar la argumentación del visible calco alemán: «se puede recordar, por ejemplo, que cada gran movimiento obrero organizado ha ido precedido de mucha creación cultural y asociativa obrera pre-política, etc.»

El año del primer centenario del fallecimiento de Marx, Sacristán abrió el curso escolar de una ciudad trabajadora pegada a Barelona, L’Hospitalet de Llobregat, con una conferencia que tituló «Las ideas político-ecológicas de Marx», posteriormente editada por el Ayuntamiento de la ciudad54. Después de la conferencia, la televisión local de la misma ciudad donde él, a mediados de los setenta, había impartido clases de alfabetización de adultos y formación socialista en la parroquia de Can Serra, le hizo una breve entrevista. Se le preguntó en primer lugar por si estaba presente en Marx la preocupación ecologista o bien era una cosa nueva en la tradición.

En su opinión, señaló, no se podía hablar propiamente de pensamiento ecologista de Marx pero «hay en su obra unas pocas ideas que hoy llamaríamos de política ecológica, escasas, como digo, pero de interés. Algunas bien conocidas, las que se refieren a las condiciones de vida de la fuerza de trabajo; otras, mucho menos, las que se refieren a lo que él llama la depredación del trabajador y el terreno, del suelo, en la economía capitalista».

Más interesante que un estudio largo de esas ideas que si bien era pocas constituían un cierto programa de restauración de la relación entre hombre y naturaleza, era preguntarse por qué en la tradición marxista no habían tenido prácticamente ningún cultivo, con excepción de algunos autores como Kautsky y Podolinsky55. La causa, en su opinión, era «la presencia en el pensamiento de Marx de un esquema filosófico, que no es toda su filosofía pero que es un muy importante en ella, que tiene cierta tendencia no sólo al fatalismo sino además a concebir el dinamismo histórico como algo necesitado fundamentalmente del mal». Como Marx había dicho en alguna ocasión, «la historia avanza por el lado malo o por su lado peor». Eso había hecho que en la tradición marxista «se aceptara como cosa obvia el constante empeoramiento, o la constante depredación, por usar las expresiones de Marx, tanto de la fuerza de trabajo, de las clases trabajadoras como de la naturaleza».

Se le preguntó a continuación si existía alguna relación entre la conferencia que había impartido y la proliferación de partidos verdes. Más que coincidencia, Sacristán pensaba que era fruto del hecho de que él llevaba bastantes años interesado por los problemas políticos del ecologismo. Por otra parte, el cinturón industrial obrero de Barcelona era un buen lugar para hablar de problemas así «porque los tiene al alcance de la mano».

¿Eran los partidos verdes una alternativa a los partidos clásicos?, le preguntaron a continuación. No le parecía que fuera una cuestión que pueda decidirse en aquellos momentos. «Y sobre todo en un país como éste todavía menos que en Centroeuropa, donde tienen una justificación social y política mucho mayor por el hecho de que hay corrientes de pensamiento muy diferentes, pero con vocación ecologista que había que reunir de algún modo». Le parecía que la situación era un poco más simple en los países latinos en general, y en España en particular.

Cómo se podía explicar que los partidos políticos marxistas no hubieran hablado del tema ecológico en Marx, fue la última pregunta formulada.

Aparte de la razón ideológica a la que antes se había referido y que podía entenderse en realidad como una asimilación del progresismo burgués clásico, «estaba el hecho de que los partidos obreros tenían que responder primariamente a necesidades de tipo tradicional (habitación, vestido, alimentación) de las clases populares, particularmente de las trabajadoras, y les había costado cierto trabajo llegar a comprender la importancia política e histórica de los problemas de política ecológica». Pero de todos modos en España, a diferencia de lo que ocurría en otros países, «se puede decir que la izquierda y, en general, las organizaciones obreras son notablemente sensibles a estos problemas, en comparación con muchos países europeos y no digamos ya con países latinoamericanos. Nuestra izquierda es sumamente sensible.»

La transcripción de la conferencia de la que se habló en la entrevista fue corregida por el propio Sacristán y publicada por el Ayuntamiento de l´Hospitalet, Dinámica Educativa, con la advertencia: «Transcripción corregida de la conferencia dada el 17 de octubre de 1983 en l´Hospitalet de Llobregat».

La parte final del texto, que no fue incluida en su posterior publicación en mientras tanto56, señalaba lo siguiente: «(…) en esa tradición, se debe saber que seguramente es fundamental abandonar ese esquema dialéctico hegeliano de filosofía de la historia que, por lo demás, el más viejo Marx… bueno no tan viejo, el año 1877, en una célebre carta a un periódico ruso declaró abandonada, la comprensión de su pensamiento como filosofía de la historia y, en cambio, mantener el espíritu crítico y alternativo que anima esos conatos de ecología política que hemos visto muy brevemente porque no quería convertir en esencial lo que es secundario en este acto que está dedicado a honrar a tantas personas merecedoras de ello.»

Empero, proseguía, aunque no fuera posible encontrar en la obra de Marx un desarrollo sistemático al respecto, «en cuanto a este espíritu crítico y alternativo que digo que es lo que hay que continuar de él, sí que es posible encontrar también algún apunte». Y en el mismo Capital, no en textos recónditos. «Por ejemplo, y principalmente, la idea de que en una sociedad en la que predomine el valor de uso de los productos y no el valor de cambio, no hay ninguna necesidad dinámico-estructural, ninguna necesidad interna para que se produzca una necesidad ilimitada de plustrabajo.»

Marx, observaba Sacristán, quería decir con eso lo siguiente: no estaba negando la conveniencia y la positividad del aumento de las necesidades del individuo. Tanto él como Paul Lafargue, el compañero de Laura Marx, consideraban que las necesidades que sentía un individuo eran un índice de su maduración, de su progreso, de su desarrollo, «pero Marx piensa que necesidades las hay de dos tipos: elementales y lo que con una palabra alemana, entre espiritual e intelectual, podríamos llamar superiores». Y estaba claro que Marx estaba refiriéndose a una expansión de las necesidades superiores y que, respecto de las elementales, «piensa que su multiplicación, o como a veces dice, su producción a puño, es fruto no de una expansividad ilimitada natural de esas necesidades sino de la necesidad de conseguir constantemente plustrabajo». No debida, pues, a un aumento de la necesidad de productos por los diversos sectores sociales cuanto a un aumento de la necesidad económica de producir y hacer consumir.

Reflexiones de este orden, así como, por ejemplo, la indicación sumaria, pero interesante, de numerosas profesiones y funciones sociales en una sociedad socialista, concluía Sacristán, «serían inútiles cuando no perjudiciales, escribe Marx, en ese mismo manuscrito del año 63 al que me he referido, apunta a una manera alternativa de ver el desarrollo individual que es en mi opinión el hilo del que hay que tirar, junto con el abandono de los esquemas fatalistas o de tendencia fatalista de origen hegeliano para desarrollar los conatos de pensamiento político-ecológico de Marx.»

Era una deficiencia muy grave, proseguía Sacristán su comentario, que al llegar a esta tesis 12, la 11 y la 12, como había dicho, eran las capitales en su opinión, no se hubiera hablado del ejército ni de política internacional (salvo para aludir, acertadamente, al Tercer Mundo). «Una de las causas de que no sean viables ni el proyecto reformista ni el leninista son los ejércitos llamados nacionales. Esto lo dijo ya el viejo Engels tras la invención del fusil Mauser de repetición, aunque sin perder la ilusión reformista.»

También estaba completamente de acuerdo con la tesis de la estrategia intensiva en complejidad. Pero añadiéndole una complejidad más desarrollada en el comentario a la tesis 13.

La última tesis desarrollaba conclusivamente la que él había llamado tesis fundamental, y le añadía una «tesina» acerca del trabajo para luchar en el vacío dejado por el PSOE en la izquierda.

Como ya había dicho, para asegurar la tesis fundamental del sector público voluntario, con su corolario estratégico de la intensidad en complejidad, había que dejar en claro que no se ignoraba los fracasos cosechados por ese camino y las impotencias y frustraciones resultantes; «que conocemos el fracaso de los free shops, que sabemos que las pocas granjas ecológicas carecen hoy del ímpetu político de los años sesenta; en suma, que no caeremos bajo la mala broma del marxista de tradicionalismo recalcitrante: «En los últimos años sesenta se produjo una especie de revitalización del utopismo: grupos de individuos se iban a Gales a cultivar sus propios equipos estereofónicos, etc. No es necesario decir que duró poco.» (John Harrison, Economía marxista para socialistas, Barcelona, Crítica, 1980, p. 19).»

A Sacristán no le parecía buena la que llamaba «tesina», pequeña tesis coyuntural que tenía el vicio político de abrir un abismo entre el hoy y el mañana, entre el «programa mínimo» y el «programa máximo»57.

Creía que hay que sustituir la «tesina» por dos tesis más:

Una tesis 14 que estudiara la función de lo que quedaba de marxismo radical organizado «en el PCE, PC, LCR, MC, PORE, POSI, PCEm-l, PST, UCE, etc, atendiendo al papel que ellos mismos se atribuyen de conservadores de la “llama” revolucionaria y al que deben tener en el movimiento alternativo, y a su relación con éste».

Una tesis última que estudiara la coyuntura, considerando la posibilidad de que se lograra una convergencia de las propuestas por el PCE o el Partido Progresista58, y la posibilidad de que no se lograra; y «considerando en ambos casos la cuestión de la limitación del despotismo tecno-burocrático del capital y de los estamentos autoritarios» y la cuestión, por otra parte, del robustecimiento del movimiento alternativo, una de las tareas que más señaló y abonó el último Sacristán. No en vano fue él mismo militante del Comité Antinuclear de Cataluña (CANC) y parte muy activa en los Comités Anti-OTAN, los comités pacifistas y antimilitaristas que surgieron de las bases ciudadanas no desencantadas durante la transición política española y el trabajo militante de la izquierda revolucionaria de aquellos años (MC y LCR fundamentalmente) para enfrentarse a la permanencia de España en la organización belicista atlantista.

A modo de resumen: «Comentarios a las 13 tesis de T., J. y F.» ratifica (y amplia) algunas de las características centrales del pensamiento y la praxis del autor de Panfletos y materiales:

1. Compartiendo una célebre preocupación vital de Goethe, el joven Sacristán escribió en una reseña59 crítica a la edición por J. M. Perrin de algunos escritos de Simone Weil [Attente de Dieu, París, 1950]: «Poco a poco va uno descubriendo que es más difícil saber leer que ser un genio». Sea o no sea así, Sacristán leyó muy bien desde joven (y enseñó a otros). Estos comentarios son una prueba.

2. La acción política, el compromiso en serio, no fue algo accesorio o menor en el hacer y pensar del autor de Las ideas gnoseológicas de Heidegger. Hasta el final de sus días. El escrito comentado es, como se indicó, de julio de 1985, de unas semanas antes de su fallecimiento. No hay ningún signo de derrotismo o claudicación.

3. El filosofar de Sacristán nunca fue amigo de ningún dogma. Pensó y defendió cambios básicos en finalidades centrales de la tradición (por ejemplo, la (mala) aspiración a un comunismo de la abundancia) y sugirió cambios terminológicos (fuerzas productivo-destructivas por fuerzas productivas). También en estos comentarios hay sugerencias de estos cambios conceptuales.

4. Sacristán tuvo interés en sus últimos años en organizaciones y propuestas de la izquierda comunista (no solo española). También hay ejemplos de ello en este escrito. Apuntó también la necesidad de iniciativas ciudadanas, de trabajo de base, de organización, de intentar formas de vida alternativas (sin garantías de éxito, asumiendo y extrayendo conclusiones de probables fracasos), con valores alejados de la competición y la acumulación.

5. Desde principios de los sesenta, Sacristán consideró que la arista ecologista no era un mera nota al pie de página del cuerpo central de la tradición, sino nudo central en todo marxismo que intentara estar a la altura de las circunstancias: todo comunismo que intentara saber a qué atenerse debía ser un ecomunismo. En estos comentarios pueden verse numerosos ejemplos de punto esencial.

6. En México D.F., febrero de 1983, Sacristán escribió un artículo para El País, que lo publicó con cortes, en el primer centenario del fallecimiento de Karl Marx que título: «¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI?»60. El compás final de este escrito es, en mi opinión, motor político-cultural de sus comentarios y observaciones críticas a las 13 tesis de sus compañeros de mientras tanto: «El asunto real que anda por detrás de tanta lectura es la cuestión política de si la naturaleza del socialismo es hacer lo mismo que el capitalismo, aunque mejor, o consiste en vivir otra cosa». No tenía dudas el traductor del Anti-Dühring: se trataba de vivir otra cosa, de pensar, sentir, hacer y construir de otra manera. Como señalara en el editorial del primer número de mientras tanto61: «por una humanidad más justa en una Tierra habitable, en vez de un inmenso rebaño de atontados en un ruidoso estercolero químico, farmacéutico y radiactivo.»

Notas

1 No publicado hasta el momento, puede verse entre la documentación de Sacristán depositada en la Biblioteca de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona (BFEEUB a partir de ahora).

2 Los autores observaban en la primera nota a pie de página de su texto: «Este artículo es el resultado de un largo proceso de colaboración intelectual y política entre sus autores. Las citas de Manuel Sacristán que aparecen en el texto proceden de una comunicación personal en las que comentaba con detalle una primera versión de estas trece tesis escrita en junio de 1985.» No he podido consultar esta primera versión del artículo a la que se hace referencia.

3 En el mismo número de mientras tanto se publicaron también un artículo de Francisco Fernández Buey y Víctor Ríos, «Apunte para un diálogo entre insumisos», mientras tanto, 26, mayo de 1986, 61-81, y otro de José Manuel Paredes Castañón, «Las tareas de la izquierda española», Ibidem, pp. 82-99.

4 Para su equilibrado análisis de esta orientación política, muy influyente a principios de los años setenta y ochenta en algunos partidos comunistas occidentales como el PCI, PSUC-PCE y, acaso con menos fuerza, en el PCF (también en partido comunista de Japón y más tarde en el PSUM mexicano), véase «A propósito del eurocomunismo». Intervenciones políticas, Barcelona: Icaria, 1985, pp. 196-207.

5 Ya en el guion de una conferencia no fechada (probablemente de 1978) intitulada «Izquierda-Derecha», había señalado Sacristán:
1.1. Sin despreciar la distinción izquierda-derecha.
1.1.1. Cuyo desprecio es muy significativo.
1.2. Creo que hoy, con lo que ha pasado en partidos obreros, es más vital y esencial otra: conformidad al sistema o inconformidad con él.
1.3. Voy a proceder según ella, adscribiéndome a la inconformidad.
1.3.1. Puedo resaltar sin ningún interés para realistas.

6 En el caso del ecologismo basta pensar en la praxis política del actual Partido Verde alemán, el mismo partido «evolucionado» que en los años ochenta del pasado siglo solía dar lecciones de anticapitalismo, pacifismo y ecologismo radical cuando sus miembros eran invitados por el CTD (Centre de Treball i Documentació), asociación político-cultural de la que Sacristán fue miembro fundador.

7 El traductor de Marx, Engels y Quine siguió pensando hasta el final de sus días que las CC.OO. de los años ochenta representaban el sector más anticapitalista del movimiento obrero español. Junto con otros profesores y profesoras, su papel fue decisivo en la fundación de la Federación de Enseñanza de Comisiones Obreras. Véase SLA (editor), Homenaje a Manuel Sacristán. Escritos sindicales y de política educativa, Barcelona: EUB, 1997.

8 Con estos términos: «Los socialdemócratas, particularmente los mediterráneos (que no han contribuido un ápice a la forja del Estado de bienestar a lo largo del período de prosperidad), y particularmente los celtibéricos (que ni siquiera han conocido una caricatura de Estado asistencial) se adaptan a la presente crisis aceptando más o memos camufladamente los presupuestos del feroz taque neoliberal al ethos del bienestar.»

9 En julio de 1983, Sacristán había debatido con dos de estos ideólogos: Ludolfo Paramio y Fernando Claudín: «La salvación del alma y la lógica». Pacifismo, ecologismo y política alternativa, Barcelona: Público-Icaria, 2009, pp. 201-210 (El libro ha sido reeditado por El Viejo Topo en 2025).

10 En España gobernaba el PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra con holgada mayoría absoluta (más de 200 diputados).

11 Recogido en M. Sacristán, Pacifismo, ecologismo y política alternativa, op. cit., pp. 215-218.

12 España ingresó en la OTAN en mayo de 1982, pero estaba pendiente de celebrar el referéndum sobre la permanencia que el PSOE había prometido en la campaña electoral de octubre de 1982, y meses antes con su participación (sin estar en vanguardia) en algunas movilizaciones antiotánicas.

13 A diferencia de lo que entonces ocurría (y sigue ocurriendo) entre sectores no minoritarios de la izquierda (española o estrictamente catalana), Sacristán no tuvo problemas en hablar de «España» (y no del «Estado español») cuando se hablaba de España y no del estado español. Así, en «Manuel Sacristán o el potencial revolucionario de la ecología», TE, 2-6-1979 (De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2004, pp. 120-121, edición de Francisco Fernández Buey y SLA), observaba: «(…) porque España no es propiedad de los reaccionarios, yo me siento y soy español aunque fuera de una España pequeña que limitara con los Picos de Europa, Andalucía, Galicia y el área catalana, porque España no es una ficción, es la nación de mis padres y abuelos, de Garcilaso, de Cervantes..» De igual modo, en «‘Una conversación con Manuel Sacristán’ por J.Guiu y A. Munné» (Ibidem, pp. 102-103), señalaba: «En la edición de Gerónimo se ha notado que el editor español, yo, soy un español que sigue siendo español y no tiene vergüenza de ser español, en un momento en que se puso ferozmente de moda no ser español, moda que sigue existiendo. A lo sumo, se admite que uno puede ser, tirando a mucho, castellano, pero español, ¡qué horror!».

14 Después de muchas vacilaciones (y encuestas desfavorables), el gobierno González convocó finalmente el referéndum el 31 de enero de 1986 (Sacristán había fallecido medio año antes). Se celebró el 12 de marzo con una participación inferior al 60%. Ganó la opción de la permanencia otánica con el 56,85% de los votos (los partidarios del NO sumaron el apreciable porcentaje del 43,15%). Las elecciones generales celebradas pocos meses después dieron de nuevo la mayoría absoluta al PSOE de González-Guerra.

15 «Entrevista con Mundo Obrero». De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, op. cit., p. 214. El entrevistador no fue el Carlos Piera poeta y lingüista, autor de un poema dedicado a Sacristán.

16 Sobre la singularidad, riqueza e importancia del ecologismo comunista de Sacristán, véase Ariel Petruccelli, Ecomunismo. Defender la vida, destruir el sistema. Buenos Aires: Ediciones IPS, 2025

17 Texto de marzo de 1983. Véase M. Sacristán, Pacifismo, ecologismo y política alternativa, ob. cit., pp. 160-168.

18 A lo que añadía que en lo que se refería a las sociedades conocidas, o en la medida en que se negaba, la tesis sonaba realista y los hechos conocidos parecían concordar con ella. «Pero no da ni una tenue pista para hacerse una idea de por qué y cómo se van a superar esas tensiones en el socialismo».

19 Véase M. Sacristán, Pacifismo, ecologismo y política alternativa, ob. cit., pp. 128-159.

20 Véase F. Fernández Buey, «Sobre el racionalismo atemperado de Manuel Sacristán» (2005). En Sobre Manuel Sacristán, Barcelona: El Viejo Topo, 2015, pp. 405-414.

21 En su conversación con Jordi Guiu y Antoni Munné (De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, ob. cit., pp. 91-114), observaba Sacristán: «Dialéctica ha querido decir también globalización, conocimiento de totalidades, atención a las totalidades, y aquí sí que viene una interesante reflexión. Se puede decir que tal vez los problemas ecológico-sociales solo tienen solución por la vía del mesotés aristotélico. Esto también es dialéctica, buscar el sistema de equilibrios.»

22 En estos términos por ejemplo: «La política comunista tradicional ha sufrido en la España de la “transición” una derrota política sin precedentes en la Europa contemporánea. (Para hallar una derrota política –no militar– semejante a la experimentada por la estrategia de Santiago Carrillo, Nicolás Sartorius, Jordi Solé Tura, Ignacio Gallego y otros supuestos genios de la “táctica” y el “realismo político” hay que remontarse a la Francia de la década de los cuarenta del siglo pasado, cuando la torpeza del partido democrático-socialista dirigido por Ledru-Rollin condujo a las clases subalternas a un desastre parecido.)» En este contexto, Sacristán se refería también al PSUC al hablar del PCE.

23 Político de trayectoria franquista, fue el segundo presidente del gobierno español tras la muerte de Franco. Montó desde el poder un partido, Unión del Centro Democrático, que ganó las elecciones de junio de 1977. Presiones de la derecha de su propio partido y de sectores franquistas del ejército le hicieron dimir en febrero de 1981, el año del fracasado golpe militar de Armada y Tejero

24 M. Sacristán, Pacifismo, ecologismo y política alternativa, ob. cit., pp. 157-159.

25 Sacristán, que hablaba ocho años antes de la desintegración soviética, fue crítico de la URSS, especialmente tras la invasión de Checoslovaquia y la aniquilación de la Primavera de Praga. En una carta, escrita pocos días de la invasión, de 25 de agosto de 1968 señalaba: «Tal vez porque yo, a diferencia de lo que dices de ti [Xavier Folch, un editor, camarada suyo entonces del PSUC], no esperaba los acontecimientos, la palabra “indignación” me dice poco. El asunto me parece lo más grave ocurrido en muchos años, tanto por su significación hacia el futuro cuanto por la que tiene respecto de cosas pasadas. Por lo que hace al futuro, me parece síntoma de incapacidad de aprender. Por lo que hace al pasado, me parece confirmación de las peores hipótesis acerca de esa gentuza, confirmación de las hipótesis que siempre me resistí a considerar. La cosa, en suma, me parece final de acto, si no ya final de tragedia.»

26 Sacristán inició su militancia en el PSUC-PCE en la primavera de 1956, al finalizar sus estudios de lógica, historia de la ciencia y epistemología en el Instituto de Lógica Matemática y de Investigación de Fundamentos de la Universidad de Münster (Westfalia, entonces RFA). Su ruptura con el PCE, en absoluto significó alejamiento de la política activa. Sacristán fue militante del CANC, miembro de la Federación de Enseñanza de CCOO, y se mantuvo muy activo en lucha antiotánica.

27 Sin que Sacristán negara la importancia de la autocrítica o dejara él mismo de practicarla. El mismo había escrito: «En Lukács, como en cualquier comunista inteligente, crítica del estalinismo es autocrítica, porque no es sensato creerse insolidario de treinta años del propio pasado político, aunque uno tenga sólo veinte» (Sobre Marx y marxismo, Barcelona: El Viejo Topo, 1983, p. 244)

28 Para un mayor desarrollo de estas críticas, véase «Entrevista con Mundo Obrero». De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, ob. cit., pp. 211-225.

29 El consejo de redacción de la revista estuvo formado inicialmente por Giulia Adinolfi, Rafael Argullol, María José Aubert, Miguel Candel, Antoni Domènech, Francisco Fernández Buey, Ramon Garrabou y Manuel Sacristán. Sobre Giulia Adinolfi véase: https://giuliaadinolfi.caladona.org/.

30 Véase De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, ob. cit., pp. 11-22.

31 Un gran proyecto enciclopédico dirigido por el sociólogo, amigo suyo de juventud, Esteban Pinilla de las Heras que no llegó a publicarse finalmente. Algunas de las voces que Sacristán escribió para la enciclopedia pueden verse en el imprescindible ensayo de Pinilla de las Heras, En menos de la libertad, Barcelona: Anthropos, 1989. El profesor Laureano Bonet ha editado también algunas de estas voces –Personalismo, Simone Weil– en la revista mientras tanto y en otras publicaciones. Para el documento de Arrás: «Textos enviados al Seminario de Arrás. Verano de 1963». M. Sacristán, Filosofía de la práctica II. Los documentos del partido, Irrecuperables, 2025, pp. 204-228 (edición y presentación de Miguel Manzanera).

32 M. Sacristán, Seis conferencias, Barcelona: El Viejo Topo, 2004, pp. 27-54.

33 M. Sacristán, Pacifismo, ecologismo y política alternativa, ob. cit., pp. 48-53.

34 M. Sacristán, Sobre Marx y marxismo, op cit., pp. 232-249.

35 Junto con Marx, Lukács fue el autor que más tradujo, unas cuatro mil páginas.

36 Sacristán tradujo, prologó y anotó a dos de ellos: Ágnes Heller y György Markus

37 Para un comentario detallado del Lukács de las Conversaciones de 1966, M. Sacristán, «Sobre Lukács». Seis conferencias, ob. cit., pp. 157-194.

38 En España la utilización y comercialización del amianto está prohibida desde 2002 tras la Orden Ministerial de 7/XII/2001 por la que se modificó el anexo I del Real Decreto 1406/1989 de 10 de noviembre sobre limitaciones a la comercialización y al uso de ciertas sustancias y preparados peligrosos. Las personas fallecidas, las víctimas por su uso y presencia industrial y naviera no han cesado en estos veinte y tres últimos años. Ni en España ni en otros países europeos. Uno de los grandes e inagotables luchadores obreros contra esta industria criminal, sigue activo a sus casi 90 años, es un antiguo trabajador de la empresa española Uralita, S. A.: Paco Báez Baquet. Véase Salvador López Arnal (ed), Desvelando el silencio sobre el amianto. Conversaciones con Francisco Báez Baquet, Málaga: Ediciones del Genal, 2016

39 Sacristán habló con detalle de la crítica material de la ciencia en sus clases de Metodología de las ciencias sociales del curso 1981-1982. Véase, M. Sacristán, Filosofía y Metodología de las Ciencias Sociales III, Barcelona: Montesinos, 2025.

40 Véase M. Sacristán, Intervenciones políticas, ob. cit, pp. 225-226.

41 Fue también su caso desde luego, sin que de ello deba inferirse lejanía o desinterés por asuntos metafísicos de calado filosófico. Basta leer las páginas finales de El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia (Barcelona, Montesinos).

42 Ecomunismo, título de su último libro, es la excelente palabra-concepto sugerida por Ariel Petruccelli.

43 M. Sacristán, Pacifismo, ecologismo y política, ob. cit., pp. 49-50.

44) Sacristán escribió la voz «Alienación» para el Diccionario de Filosofía, 1969, edición de Dagobert D. Runes cuya traducción coordinó. Puede verse ahora en Papeles de filosofía, ob. cit., pp. 411-413.

45) Sobre Lenin, véanse «El filosofar de Lenin» y «Lenin y la filosofía». En M. Sacristán, Sobre Marx y marxismo, ob. cit., pp. 133-175 y 176-190 respectivamente.

46) «Gramsci es un clásico, no es una moda». De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, ob. cit., pp. 81-89.

47 Liga Comunista Revolucionaria y Movimiento Comunista de España, posteriormente Movimiento Comunista (En Cataluña, MCC).

48 Por su aspiración a la formación de un Estado propio, en el caso, en aquel tiempo, de los nacionalismos vasco y catalán (posteriormente el gallego).

49 Aproximadamente la población española en aquellos años.

50 El Norte de Castilla, abril de 1983.

51 Sacristán tradujo La investigación científica de Mario Bunge (Barcelona, Ariel, 1969). El físico y filósofo argentino, que elogió su trabajo, intentó ayudarle cuando fue expulsado por motivos políticos de la Universidad de Barcelona en 1965. Sacristán agradeció el fraternal gesto de Bunge pero desechó el ofrecimiento para no tener que exiliarse y poder seguir combatiendo en «el interior», en España, contra la dictadura franquista. Su resistencia nunca fue una «resistencia silenciosa». Puede verse la entrevista a Mario Bunge (de Carlos Muntaner) sobre Sacristán en: M. Sacristán, Filosofía y Metodología de las Ciencias Sociales II, Barcelona: Editorial Montesinos, 2024, pp. 470-476.

52 Sobre el uso de las metáforas en ciencia, véase F. Fernández Buey, La ilusión del método. Por un racionalismo bien temperado, Barcelona: Crítica (reedición, con nuevo prólogo, en 2004).

53 En el sentido de Edward P. Thompson.

54 Reimpresa como «Algunos atisbos político-ecológicos de Marx», Pacifismo, ecologismo y política alternativa, ob cit., pp. 180-196.

55 Sobre sus consideraciones sobre Podolinski, véase M. Sacristán, Filosofía y metodología de las Ciencias Sociales III, ob. cit.

56 mientras tanto, nº 24, diciembre de 1984.

57 Se expresó en términos muy parecidos en un carta de 18 de febrero de 1978 dirigida a Daniel Lacalle, publicada en el número 8 de Materiales, 1978: «Pero también me diferencio del anarquismo, al menos del corriente: no creo (como creen el leninismo tradicional y la vieja socialdemocracia, etc.) en la existencia de estrategias, de esos “engarces” y “soluciones correctas” que buscas tú y buscan los “eurocomunistas” en la medida en que de verdad se diferencian de la nueva socialdemocracia; pero creo (a diferencia de los anarquistas) que las mediaciones son inevitables, a tenor de la experiencia histórica y también por simple análisis; sólo que pienso (con Lenin y contra el leninismo, por así decirlo) que las mediaciones son imprevisibles: no las pone la voluntad sola, ni menos la pseudociencia de la estrategia». Por lo tanto, proseguía, «no caigo en la tentación de inventar mediaciones ni, consiguientemente, y por ejemplo, habría firmado el pacto de la Moncloa; con lo que te sugiero que mis propuestas no son “en última instancia idénticas” a las de los “eurocomunistas”. Desde mi punto de vista, firmar el pacto de la Moncloa o, en general, fabular vías al socialismo es meterse a zascandil de la historia, intentar ser universal y perder en el intento hasta la misma identidad de uno; es, en suma, querer ser demiurgo y quedarse en mequetrefe. Y eso mismo me parece en general el empeñarse el hombre en instrumentar “engarces” entre el día y el siglo.»

58 Un partido fundado por el economista Ramón Tamames, hasta entonces miembro del PCE, un partido de breve existencia. La evolución posterior del que fuera vicealcalde de Madrid por el PCE, le sitúa a sus 93 años en las cercanías (cercanas) de VOX, el partido de la extrema derecha fascista española.

59 Originariamente publicada en Laye (Barcelona), 1951 (14), p. 69; reeditada en Papeles de filosofía, Barcelona: Icaria, 1984, pp. 470-71

60 Véase M. Sacristán, Pacifismo, ecologismo y política alternativa, ob. cit., pp. 160-168.

61 Véase «Carta de la redacción del n.º 1 de mientras tanto». Ibidem, pp. 48-53.

PS. Una versión anterior de este trabajo se publicó en https://kalewche.com/cr9/.

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