De la precariedad laboral a la precariedad social

María Cecilia Fernández

Chainworkers, entrevistados por María Cecilia Fernández

El movimiento obrero novecentista se organizaba en torno a la fábrica a través de espacios de agregación social y apoyo mutuo. La s del sindicato, pero paralelamente construía sociedades de resistencia. La  producción capitalista era entendida no sólo como un problema económico sino al mismo tiempo social. La lucha contra el capitalismo significaba una lucha contra las formas de vida mercantiles, más allá de la reivindicación sindical y los derechos laborales.
Actualmente, el proceso de valorización capitalista ha incorporado como fuerza de trabajo las capacidades cognitivas, comunicativas y afectivas de lo humano. Una de las dimensiones más dinámicas de la producción social es un tipo de fuerza de trabajo inmaterial. Operadores de informática, diseñadores de páginas web, publicistas, artistas, comunicadores sociales, son parte de la actual composición social del trabajo. Las nuevas formas del trabajo, en el marco del modo de producción postfordista, han puesto en discusión cuáles serían las formas de organización social que harían frente a la situación de flexibilidad, movilidad y precariedad laboral, pero también a las formas de vida que producen las relaciones sociales capitalistas.
En Italia, el colectivo milánes Chainworkers lleva años trabajando sobre estos aspectos de la precariedad laboral y social. Chainworkers comenzó dirigiéndose a los empleados de las cadenas comerciales, lo que significó, por un lado, un acercamiento a la figura precaria emblemática de los años noventa: el empleado estilo McDonald´s, sin ningún derecho ni representación sindical, que no se percibe a sí mismo como trabajador en un sentido clásico; pero también, por otro lado, el colectivo abordaba estrategias de comunicación innovadoras con el objetivo no sólo de dar información sobre los derechos labores en situación precaria, sino también intentar crear formas de agregación y conflicto social más allá de la sindicalización.

María Cecilia Fernández (MCF): ¿Qué análisis hacen de su primer recorrido?

Frenchi (F): Al principio, al interior del movimiento toda la cuestión del trabajo venía expresada con retóricas que denotaban impotencia, pero no capacidad de intervención [“Stop al precariado”, etc.]. En nuestro caso, una de las características iniciales fue el odio a las cadenas de negocios, no como lugar de consumo, sino como instituciones. Pero éramos muy inocentes, porque pensábamos que la condición neoesclavista de los trabajadores de las cadenas comerciales sería una condición “no imitable”, y que se estaban creando zonas de marginalidad muy amplias entendidas como una cierta reproducción del mercado fordista. Pero estábamos equivocados: todo el mundo del trabajo tendía a esta condición neoesclavista. La precariedad, como concepto, surge en el 2002, al caer en la cuenta de que no es un nuevo subproletariado el que estaba naciendo, no era sólo un mecanismo laboral lo que estaba en juego, sino una nueva relación social más compleja entre vida y trabajo.

MCF: ¿Cómo definen entonces precariedad social?

F: Es un mecanismo de control, división del trabajo, repartición de los recursos humanos y selección que genera ganancias y plusvalor para las empresas, que muta y modifica su propia conformación. Este pasaje de la precariedad laboral a la precariedad social pone entre interrogantes nuestra capacidad de intervenir, y también cuestiona reivindicaciones que cuentan con un pasado muy fuerte: por ejemplo, las del movimiento autónomo italiano de los setenta, con su rechazo al trabajo y la reapropiación del tiempo; también el derecho a una vida digna a través de una serie de derechos civiles y sociales históricamente conquistados.

MCF: ¿Qué significa para ustedes crear comunidad?

F: Crear relaciones solidarias concientes con un fuerte vínculo relacional, capacidad de comunicación entre todos los sujetos que están en esta comunidad. Capacidad de generar una producción autónoma muy cooperativa, muy horizontal aun asumiendo la división de competencias, muy ligada a la capacidad innegable que uno reconoce en los demás. Comunidad de individuos solidaria y de amigos, pero sobre todo una comunidad en el momento en que logra producir y cooperar y darse sentido a sí misma.

MCF: ¿Cualés son los planos de intervención de esta comunidad?

F: Son muchos. Un primer plano es la autoformación colectiva. Estar en una comunidad es una situación que ya de por sí te defiende. Entonces, hay un aspecto social, un aspecto de comunidad, un aspecto de comunicación, un aspecto lúdico, y también un aspecto de autorédito. Todo esto incluye varios factores: comunidad, socialización, formación, intervención política, relaciones preferenciales con algunos grupos, es decir una conciencia fuerte del territorio y de mecanismos que regulan este territorio. Esta es la comunidad que estamos creando.

MCF: ¿En su experiencia, cómo ha tomado cuerpo esa idea de producción de comunidad y qué significa en la práctica el concepto de autorédito?

Bombo (B): Mi formación profesional nació en un centro social, el Depósito Bulk en Milán. Allí logré algo que ni la universidad ni un puesto de trabajo hubieran podido darme. Siguiendo la filosofía Do it yourself (hazlo tú mismo) de los centros sociales, hice la formación profesional que actualmente aplico a mis trabajos: el discurso del free software (sistemas informáticos abiertos), la idea de compartir conocimientos, me permitieron no sólo acometer una reivindicación cultural, sino seguir trabajando en el sector de la informática con el objetivo no de producir mejor y ganar más, sino de manera alternativa a las propuestas del mundo comercial de la informática.
Más tarde, comenzamos a pensar el Centro Social La Pérgola como un posible lugar para construir infraestructuras útiles para nuestro trabajo, así como para crear espacios de intervención en la ciudad: desde herramientas y espacio telemático hasta un lugar de alojamiento nocturno que fuera extremadamente accesible frente a la oferta en Milán, y de aquí nace la hostería autogestiva. Abrir una hostería nos metió en un proyecto que sobre la base del voluntariado no iba a funcionar, y que solucionamos creando puestos de trabajo que no siguen las reglas tradicionales, sino que consideramos un tipo de servicio social.

MCF: Ustedes comenzaron en el 2001 manifestándose el 1 de Mayo, pero resignificándolo como el día de la precariedad. ¿Cuál es el objetivo y cómo se expresa esta intervención comunicativa?

F: Unos años atrás, para nuestros gobernantes, hablar de precariedad estaba al límite del terrorismo. La MayDay sirvió como acto comunicativo para desarrollar una nueva conciencia. Con el San Precario, por ejemplo, hacemos subvertising [técnica de desvío y reapropiación del propio lenguaje de la publicidad para generar un efecto de sentido opuesto o diferente] sobre un tejido social que es muy católico. Aunque seamos laicos, en Italia hay un pasado popular ultra católico. El santo fue tomado de la cultura popular para insertarlo en una situación no religiosa. Y cada icono que está debajo de la imagen de San Precario indica los cinco ases de la no precariedad: debemos tener dinero, casa, relaciones afectivas y derecho a la comunicación y al transporte.

MCF: ¿Cuál es la inserción de la figura del precario en el discurso sindical?

F: No lo tiene, porque la precariedad es extorsión, chantaje, y difícilmente entendible a través de las formas sindicales clásicas. Hablando de la renovación en las formas de lucha, creemos que eso también implica renovación en las instituciones de la lucha, es decir del sindicalismo, el arte sindical y las acciones sindicales. Actualmente estamos construyendo los “puntos de San Precario”, que se coordinan en una red que llamamos biosindical.
La concepción de biosindicato parte de la siguiente premisa: si la precariedad es social e invade toda nuestra vida, es obvio que nuestra acción sindical debe partir de cada uno de los puntos en que se desarrolla nuestra vida, internos y externos al lugar de trabajo. Los puntos de San Precario serán lugares simultáneamente de servicios legales, autoformación, comunidad solidaria y defensa. Serán todo lo que sepamos ir construyendo para que nuestras acciones de conflicto sean incisivas, golpeen a la empresa y a su imagen. Serán el intento de organizar una defensa, un contraataque. Al final, el individuo es precario porque no tiene acceso siquiera a la información que debería sobre las condiciones del propio contrato. Y, sobre todo, está aislado en relación a los otros en su lugar de trabajo. Necesitamos romper este aislamiento, crear comunidad.

MCF: ¿Qué piensan de la lucha en el plano de los derechos laborales?

F: Estamos convencidos de que la situación actual no puede ser modificada al interior del discurso político-judicial. La relación de precariedad social supera la relación legal-laboral y es directamente explotación, fuerza y potencia de la empresa sobre la vida de cada uno. Si llega a haber una modificación de las leyes laborales, será como siempre ha sido: gracias a la capacidad de crear conflicto y, sobre todo, de crear conflicto potente, fuerte e inteligente. A las leyes que se concretan las llamamos “amortizadoras”: reconocemos que doscientos euros más o menos al mes cambian la situación. Ahora bien, si ese dinero es el motivo para que no construyas una estrategia política que vaya más allá de los doscientos euros, caés en una monetarización de los derechos. Una estrategia política inteligente debe perseguir aumento salarial, redistribución, asistencia o subvención, pero sin perder de vista que el problema de la precariedad es cuando te llaman a medianoche para decirte “mirá que mañana tenés que trabajar” y vos ya habías hecho planes para ir a Lugano a visitar a tu familia.

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