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Mariátegui para el siglo XXI: imaginación revolucionaria, mito y técnica

Erick Kayser

José Carlos Mariátegui (1894–1930) fue uno de los pensadores marxistas más originales del siglo XX, responsable de formular una lectura profundamente creativa del marxismo a partir de la realidad peruana y latinoamericana. Autodidacta, periodista, teórico y militante socialista, actuó entre el ensayo político y la reflexión filosófica, siempre rechazando fórmulas rígidas y determinismos mecánicos. Su obra principal, Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, un clásico del pensamiento crítico, marca una ruptura con el evolucionismo positivista y con la importación acrítica de modelos europeos. Fue un autor que buscó pensar la totalidad concreta de la vida social (cultura, política, economía, etc.) como elementos de una misma dinámica histórica en transformación. Esa amplitud hace que su obra sea especialmente fértil para pensar nuestros dilemas contemporáneos.

En el inicio del siglo XXI, atravesado por crisis políticas, catástrofes ecológicas y por la ascensión de una infraestructura tecnológica que reorganiza la vida cotidiana, el retorno de Mariátegui es más que oportuno: es necesario. Si nuestra época se caracteriza por una saturación de narrativas tecno-salvacionistas y por un imaginario de colapso permanente, su obra nos recuerda que ninguna crítica radical se sostiene sin una visión creadora de futuro. Mariátegui insistía en el carácter activo del marxismo y rechazaba su reducción al determinismo económico o al fatalismo histórico. En Defensa del Marxismo, afirma: «El marxismo, donde se ha mostrado revolucionario —es decir, donde ha sido marxismo— nunca obedeció a un determinismo pasivo y rígido.» Esta frase resume su método: comprender la historia como un campo de invención, apertura y lucha. Es justamente esta articulación entre imaginación, mito y modernidad periférica lo que permite actualizar su lectura de la técnica en medio del capitalismo digital.

Contra el racionalismo gélido que muchas veces osificó el marxismo en un determinismo de manuales, Mariátegui comprendió que la razón, por sí sola, es incapaz de convocar a las multitudes a la disputa histórica. Bebiendo en la fuente de Georges Sorel, el pensador peruano rescató el concepto de Mito, despojándolo de su connotación de falsedad y revistiéndolo de su función histórica fundamental: ser el motor espiritual de la acción humana. Tal rescate se convierte en una herramienta decisiva en el presente, pues nos permite contraponer al mito del solucionismo tecnológico individualista y su meritocracia algorítmica, el mito de una solidaridad comunal high-tech. Para el Amauta, la revolución exigía una fe combatiente, una especie de religión laica capaz de llenar el vacío de sentido dejado por el desencantamiento liberal. Su gran audacia fue percibir que, en América Latina, ese combustible místico no vendría apenas de la teoría europea, sino de la memoria profunda de los pueblos andinos, fundiendo la esperanza mesiánica del retorno a un orden comunitario ancestral con la utopía futurista del comunismo.

Existe una tentación recurrente, casi un vicio de lectura, de reducir el indigenismo de Mariátegui a un atavismo romántico, como si el Amauta propusiera un retorno ingenuo a un pasado precolombino inmaculado o un rechazo ludita del progreso. Nada podría estar más lejos de su aguda dialéctica. Mariátegui fue, ante todo, un modernista fascinado por las vanguardias europeas, por la velocidad de la era de la máquina y por el potencial transformador del cine y la radio. Para él, la «cuestión de la técnica» no representaba la antítesis de la tradición, sino la palanca indispensable para su actualización revolucionaria. Su apuesta residía en un audaz amálgama: fusionar la ética solidaria del ayllu andino con la potencia productiva de la ciencia occidental. El socialismo indoamericano que vislumbraba no negaba la modernidad; la disputaba. La revolución, por lo tanto, no significaba rechazar el tractor o la electricidad en nombre de una pureza agraria estática, sino arrancar esas herramientas de las manos de la oligarquía para colocarlas al servicio de la comunidad.

Uno de los aspectos más potentes de Mariátegui es su lectura de la modernidad periférica. Nunca cayó en el anti-modernismo ni en el rechazo de la técnica, pero denunció la importación subordinada de modelos europeos que perpetuaban un desarrollo desigual. Su análisis de las formaciones sociales latinoamericanas describe un proceso de «modernización dependiente», en el cual el atraso no es un accidente, sino un producto estructural de la inserción global. En el presente, vemos esa lógica reproducirse de forma aún más aguda por la economía digital: las plataformas concentran poder computacional, infraestructura y datos en el Norte global, mientras los países periféricos se convierten en zonas de extracción, desde minerales y energía hasta trabajo precario y atención. Este «colonialismo algorítmico» actualiza el problema de la tierra bajo la forma de un latifundio de datos: los nuevos gamonales del Valle del Silicio cercan el conocimiento colectivo, imponiendo modelos propietarios que definen desde preferencias culturales hasta decisiones productivas.

Es en este punto que la idea de «creación heroica» cobra nueva relevancia. Cuando Mariátegui afirma que el socialismo latinoamericano debe ser «ni calco ni copia, sino creación heroica», está rechazando la pasividad teórica y política. Se trata de una invitación a la invención institucional, cultural y simbólica. Hoy, esa formulación resuena en debates sobre soberanía tecnológica, infraestructura pública del conocimiento, autonomía de datos y desarrollo técnico orientado por valores sociales, no por la rentabilidad de las big tech. Reapropiar la técnica significa inscribirla en proyectos colectivos, democratizar sus condiciones de producción y romper con la dependencia tecnológica que refuerza desigualdades globales. Es necesario imaginar no solo usos alternativos de la técnica, sino formas alternativas de producirla, distribuirla y regularla.

Así, releer a Mariátegui en el siglo XXI es entender que la disputa por la técnica es, en el fondo, disputa por la forma del futuro. La crítica al capitalismo de plataforma no puede limitarse a la denuncia: debe reconstruir horizontes, deseos y mitologías alternativas capaces de orientar una transformación efectiva. Mariátegui nos recuerda que toda técnica es mediación histórica y que su sentido depende de la forma social que la configura. Y es precisamente aquí donde su actualidad se vuelve decisiva: Mariátegui no es solo un autor latinoamericano, sino un pensador global de la modernidad dependiente, alguien que comprendió cómo lo universal suele construirse a partir de la dominación y cómo la periferia está inscrita en el propio funcionamiento del capitalismo mundial. Ese enfoque es indispensable ante una tecnología que se presenta como neutra, universal e inevitable, pero que opera como asimetría, concentración y dependencia. En tiempos de crisis acumuladas y de imaginación secuestrada por fetiches técnicos, su llamado permanece urgente: reinventar la política como creación heroica, reconstruir el mito como energía emancipadora y recolocar la técnica al servicio de la vida, no del lucro. Una tarea global, que Mariátegui ayuda a iluminar como pocos.

Erick Kayser es historiador y está afiliado a la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, Brasil.

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