Conversaciones filosóficas (con aristas teológicas) en un marco conceptual compartido de creencia y fe comprometida
Salvador López Arnal
Reseña de: Llorenç Sagalés y Àlvar Sánchez, De lo visible a lo invisible. Diálogos entre un monje y un físico, Madrid: CEU Ediciones, 2026, 303 páginas.
Hay conversaciones que adquieren forma de cuarto menguante y otras, que no son muchas, de cuarto creciente (que incluso, en muchos momentos, son de deslumbrante luna llena). De lo visible a lo invisible [DEVAIN a partir de ahora] está entre las segundas. Con las palabras finales (que comparto) del epílogo de Ana Iris Simón: «Sólo poseemos de verdad aquello que estamos dispuestos a regalar», le dice Llorenç a Àlvar en una de estas charlas. Subrayé la cita y he vuelto a ella muchas veces sin llegar a comprenderla, peleándome con ella, pero sabiendo que lo que dice es cierto. Ellos nos han obsequiado con su intimidad y su tiempo, con un trocito de su amistad y con sus reflexiones. Pero, sobre todo, nos han regalado el amor que se tienen, que le tienen al saber y a la palabra, a la reflexión y a la realidad en todas sus formas. Es precisamente ese amor el que nos invita a prender un candil. Y a hacer, con él, del mundo lumbre.»! (304)
Sobre el título y con palabras de los propios autores: «Finalmente, y en tercer lugar, estos diálogos que presentamos brotan de la confianza en que la verdad se deja encontrar con los sencillos. Pero “verdad”, no como presuntuosa síntesis definitiva, sino como humilde paradoja, es decir, como expresión provisional de una apreciación siempre incompleta, pero que se orienta hacia la plenitud. De ahí este título un poco enigmático con el que entregamos estas conversaciones: “De lo visible a lo invisible”.» Los autores creen que «la vida está hecha de paradojas, que el mismo hombre [nunca usan la expresión “ser humano” u “hombres y mujeres”] es una paradoja viviente y que, como les gusta decir a los Padres de la Iglesia, la Encarnación es la paradoja suprema». Estas torpes páginas (que en absoluto lo son), añaden, «intentan mostrar que en lo más visible, concreto y material palpita a menudo el misterio más trascendente e inaudito que solo se deja reconocer en lo manifiesto y pequeño por unos ojos cordiales en una atmósfera de discreción y calidez». Pero, preguntan, «¿tendremos hoy la imprescindible simplicidad en la mirada y la escucha atenta del corazón para percibir y acoger la belleza que palpita, no por encima ni por debajo sino “en” la aparente fealdad del mundo?». Ellos la tienen, la muestran en las páginas de DEVAIN.
Sin pretenderlo, el subtítulo, «Diálogos entre un monje y un físico», puede confundir. Llorenç Sagalés (LS, de aquí en adelante) es un monje con muchos conocimientos físicos (y científicos en general) y Àlvar Sánchez (AS, de aquí en delante también) es un catedrático de física con muchos conocimientos místicos, teológicos y filosóficos.
Abro con una breve selección inicial que tal vez les sorprenda y cuya razón justifico posteriormente:
LS: «Es verdad que el hombre es el único ser terrenal que es imagen de Dios. Esto es fundamental. Las cosas de la creación no son imagen de Dios. Por tanto, el hombre tiene un papel en la creación de mediador querido por Dios en su estricta libertad infinita de actuación y recreación de las cosas del mundo. El ser humano es en cierta manera un sacerdote, un mediador del creador con las cosas del mundo. Podemos actuar sobre ellas y actuamos. Las podemos destruir, originar, recrear, cada vez con más medios técnicos. Es fundamental ese papel. Por tanto, la dimensión de libertad queda esencialmente centrada en el ser humano. Eso no es óbice para afirmar determinados elementos de “libertad” en todo lo creado. Quizás porque deberíamos concretar y definir mejor qué es eso de la libertad, de la que estamos hablando aquí tan ligeramente.» (pp.65-66)
AS: «Antes has comentado que por un exceso de amor tenemos la capacidad de elegir, pero parece como si hubiera habido históricamente, desde siempre, una elección del mal. La biblia lo ilustra de manera simbólica ya en el Paraíso, cuando los primeros humanos ya pecan, caen rápidamente en la tentación. La historia de la humanidad, desde sus orígenes, ha estado llena de rivalidades, de guerras, de asesinatos, de envidias. Hasta hoy». LS: «Parece que Dios haya permitido la posibilidad –no, como realidad, que esto lo decidimos nosotros– del mal como una ocasión privilegiada para darnos a conocer, para manifestar un amor que de otro modo jamás habríamos creído posible. Nadie habría podido imaginarse la revelación del amor de Dios en Cristo. A ningún ser humano se la habría ocurrido. El Evangelio tiene que ser del Espíritu de Dios, aunque lo hayan hecho redactores desastrosos. Parece, efectivamente, a partir de la contemplación del plan divino de salvación, que el mal –y cuando digo el mal sé lo que digo– está al servicio, es instrumento de un bien inmensamente grande, mucho más grande que todo lo imaginable. ¿Nos habríamos creído el amor de Dios, sería creíble el amor de Dios si no se hubiera manifestado como un amor dado gratuitamente y rechazado por todos nosotros? Solo el amor es digno de fe. Solo el amor tiene credibilidad.»
Hay muchos más ejemplos de este tipo de reflexiones, muchos más. Y es posible que algunos de ustedes (como me ocurre a mí) no se encuentren muy próximos a este decir, a este tipo de ideas y afirmaciones, incluso (mi caso) que no las entiendan del todo (o incluso en parte). No importa, no debería importarnos. En general, hay muchísimo de interés, interés que merece ser compartido, en el conjunto de las afirmaciones filosóficas, con claras aristas teológicas e incluso místicas en muchos nudos, que nos regalan los autores a lo largo de la páginas de DEVAIN. Tomo pie en el prólogo de Alfons Garrigós: «Evidentemente, estas conversaciones pueden ser de interés para creyentes. Pero tal vez puedan interesar aún más a escépticos [AG se está refiriendo, creo, a ateos, agnósticos, irreligiosos y desinteresados]. No a quien viva en un desengaño cansino y melancólico, sino a quien haya aprendido a desconfiar de las supuestas certezas que esta época, como todas, nos ofrece. Para este tipo de escépticos, capaces de sospechar de su propia sospecha o de criticar su propia crítica, parecía hablar Machado cuando decía: “Aprende a dudar, hijo, y acabarás dudando de tu propia duda. De este modo premia Dios al escéptico y confunde al creyente”.»
Un breve apunte sobre los autores. Llorenç Segalés Cisquella (Barcelona, 1958) es un monte cisterciense que actualmente atiende cuatro parroquias suburbiales de la periferia de Sabadell (provincia de Barcelona). Licenciado en Economía Política, tuvo la suerte –así se observa en la solapa– de asistir a las clases y seminarios de lógica y filosofía de la ciencia de Manuel Sacristán (debió ser a finales de los setenta y principios de los ochenta). Siguió además estudios eclesiásticos de filosofía y teología en Barcelona. Es actualmente delegado episcopal de Cáritas (diócesis de Terrassa) y forma parte de la comunidad religiosa de la Fraternidad de Santa María de Togores.
(Déjenme añadir por mi parte que una de las entrevistas más interesantes y completas que he hecho a lo largo de muchos años sobre la obra de Manuel Sacristán (pueden verla en la red, se publicó en Papeles de la FIM) tiene a Sagalés como protagonista. Y no solo eso: Xavier Juncosa, Joan Benach y yo mismo le entrevistamos para los documentales «Integral Sacristán». Resultado: una conversación filmada interesantísima que les ruego no se pierdan. Pueden consultarla en la Biblioteca de la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona, fondo Sacristán, entre los materiales de Integral.
Más aún: que el propio LS se presente a sí mismo en la solapa del libro en la forma en que lo hace es un honor para muchos de nosotros, para muchos lectores y estudiosos de la obra del que fuera su maestro).
Àlvar Sánchez Moreno (Castellar del Vallès, 1965), casado y padre de familia, es doctor en Físicas con amplia experiencia como investigador y docente en física y, recientemente, en inteligencia artificial (se nota en la conversación). Ha participado en numerosos proyectos de investigación y actividades de divulgación científica. Como «explorador de fronteras» se le presenta en la solapa: ciencias y humanidades, física y filosofía, inteligencia humana y artificial, razón y fe.
Componen DEVAIN un prólogo, que no hay que saltarse, del profesor de filosofía Alfons Garrigós (persona comprometida donde las haya, un gran buen hombre en el sabio decir de Brecht y Machado), una nota explicativa previa, diez capítulos y un epílogo (que tampoco hay que saltarse) de Ara Iris Simón. Falta un índice conceptual y otro onomástico; es un lástima que no se hayan incluido.
Los capítulos: Realidad, Libertad, Razón, Tiempo, Progreso, Estética, Silencio, Sentido de la vida, Gratuidad y Miedo. Más esencial, más filosófico, no hay mucho.
El origen de los capítulos (de la nota explicativa previa): esta modesta obra, señalan los autores, recoge los diálogos mantenidos por ambos entre 2006 y 2024. Los cuatro primeros temas fueron publicados en Stromata. Revista de cultura entre 2007 y 2012. Aparecieron con un curioso epígrafe común: «Conversaciones sobre teología y geometría». Añaden ellos mismos: «Los amantes de la literatura ya habrán adivinado [yo no lo he adivinado y soy lector-relector de La conjura] que es un guiño a la conocida obra de John Kennedy Toole, La conjura de los necios, y a las gotas de sabiduría fresca de su protagonista, Ignatius J. Reilly, en un mundo tan sediento de “teología y geometría”.» (19).
LS y AS nos explican cómo discurrieron las sesiones que configuran el libro: «En primer lugar, los textos corresponden a conversaciones mantenidas entre nosotros en castellano durante una hora de reloj, sin ningún guion ni condicionamiento previo más que la elección de un tema pocos días antes –a menudo una única palabra– y una cita escogida por uno de nosotros dos (sin que el otro lo sepa por adelantado) de algún autor clásico o moderno para iniciar el diálogo». Las conversaciones fueron grabadas en sus casas, «sin notas en las manos, con el compromiso de no leer ni informarse sobre los temas en los días previos a las conversaciones, y únicamente con un par de copas de chartreuse verde delante». Añaden finalmente: «No hay apenas retoques posteriores, fuera de los ortográficos y sintácticos imprescindibles, con el objetivo de preservar la espontaneidad y frescura de las intervenciones transcritas… En la tradición de san Agustín a Pascal, pasando por san Buenaventura y el Cusano, los autores no hemos podido evitar hacernos un poco más niños cada día, ir de descubrimiento en descubrimiento con una admiración siempre nueva, y no abandonar nunca la escuela de la docta ignorancia.» (22).
No parece pertinente que intente resumir los diez capítulos (tarea nada sencilla, por otra parte, por la diversidad de ideas y exposiciones) o les indique sus tesis principales o mis discrepancias (entre ellas, algunas referencia al Estado de Israel) y mis dificultades para comprender bien algunas de las metáforas utilizadas, así como, en mi opinión, la ausencia de justificaciones en algunos momentos (hay mucho dado por supuesto en mi opinión). Me limito (no puedo evitarlo) a mostrar un ejemplo de discrepancia y a seleccionar unos textos para abonar más aún su ya muy abierto apetito lector.
Mi ejemplo de discrepancia. Señala LS que el hombre contemporáneo no es nada humilde, que a su orgullo le duele recibir, depender de otra persona (p. 266). Para él, añade, «esta dimensión tan políticamente incorrecta que apuntamos es básica para la vida de relación interpersonal de todos los tiempos». A lo que AS responde: «Totalmente de acuerdo. Seguramente, no sé por qué, nuestra sociedad ha sustituido esto por la reivindicación de nuestros derechos. Es evidente que hay que tener derechos, no estoy diciendo que no. Pero ahora los anteponemos siempre. Uno no puede estar deprimido porque tiene derecho a ser feliz. No puede ser pobre porque tiene derecho a una vida digna. No hay derecho a que el cambio climático esté destrozando nuestro planeta. Todo son derechos.» (p. 266; el énfasis es mío). Para este lector, no es este paso ni de lejos el mejor momento de estas conversaciones.
Tampoco este segundo fragmento (si no lo limitamos a creyentes judeocristianos; si es así, nada puedo decir más allá de manifestar mi más profundo desacuerdo): LS: «Y que es inútil intentar evitarlos [los contratiempos]. La vida, por suerte o por desgracia, se encarga de administrárnoslos, periódicamente. Es ridículo este intento de huida. Otro día hablaremos del misterio del mal con más hondura, pero es evidente para que un creyente de la tradición judeocristiana, por ejemplo, ninguna adversidad es, en último término, sino oportunidad. Sin ellas no mejoraríamos los seres humanos. El hombre contemporáneo que intenta silenciarlas –o, peor aún, disimularlas– no solo hace el ridículo, sino que está perdiendo la oportunidad de la configuración personal, del crecimiento interior.» (pp. 229-230).
Los textos seleccionados de los que antes hablaba:
1ª. AS: ¿No hay lugar, entonces, para una realidad no racional, algo que se escape a la comprensión del hombre, por ejemplo? LS: «En la mirada de Hegel, no. En la mirada de un buen racionalista, no. Dejaría de ser real, en todo caso. Debería responder a determinadas condiciones que la razón no se encargará de dictaminar. Yo creo que esta pretensión de ubicar todo lo real dentro de determinados esquemas o sistemas es una ingenuidad del racionalismo moderno. La razón, la buena razón, es aquella que ha sido capaz y es capaz de percibir lo real con unas determinadas condiciones, a través de determinados métodos, por un buen camino. Pretender, sin embargo, que agota lo real sería ingenuo. Lo real tendría –tiene para mí– un grosor mucho más amplio que lo que es capaz de percibir la mirada racional, esa que parece orientar a Hegel… Decía Novalis que los métodos son redes; al lanzar la red y pescar unos cuantos peces ¡qué peligro de no darnos cuenta de los millones y millones de peces pequeños que se nos escapaban entre sus agujeros! Con la ingenuidad de creer que habíamos cazado –pescado– lo fundamental de la realidad, cuando quizás justamente entonces se nos estaba escapando lo esencial de ella… Esta es una de las cosas más bonitas de la nueva ciencia que se desarrolla desde finales del s. XIX: su crítica a la pretensión ilustrada de un saber exacto y completo, y su propuesta implícita de renovar la noción de “realidad”. ¡Qué fantástico percibir en la lógica de Gödel (teorema de incompletitud), en la física de Heisenberg (principio de indeterminación), o en la teoría económica de Arrow (teorema de imposibilidad de la elección social racional), una mirada tan densa sobre lo real! Qué conciencia de que la realidad oculta y entrega siempre mucho más que lo aparente. Este más, este plus, de la realidad que aparece siempre como algo desbordante, imprevisto, no es solo una invitación a la humildad, sino la sorpresa de que la realidad dé de sí. Justamente, para mí la mejor ciencia es la que va dando muchas pistas sobre la obertura de la realidad; cuando más entramos en ella, más rica aparece en aspectos y dimensiones… Tenemos una concepción de lo real fragmentada, reductiva. Nuestros métodos reductivos están pensados para el tipo de realidad reductiva que se ha ido configurando en nuestras mentes. Si no somos capaces de tener una mirada hacia lo real mucho más amplia, nuestros métodos serán de minoría de edad intelectual.» (pp. 26, 27, 29, 31,34)
2ª. AS: «Pero también creo que en algunos –por otra parte, excelentes– científicos y divulgadores de las ciencias naturales, como Richard Dawkins o Daniel Dennett, por ejemplo, existe una obsesión por descartar cualquier teleología de la evolución, por dar una preponderancia absoluta al azar en el desarrollo de la evolución a todos los niveles, una insistencia enfermiza en algunos casos [manifiesto mi clara discrepancia con esta consideración] de que estamos aquí debido a la coincidencia de muchos accidentes; todo contrasta fuertemente con lo que has comentado. Has relacionado incluso la mera existencia de la realidad con una consciencia que no solo mire la realidad sino que la ame, en tus propias palabras. ¡Qué enorme contraste con la ciencia que se hace hoy en día, y sobre todo con la que se divulga!
LS: Creo que la cuestión clave aquí está en que con frecuencia se hace ciencia vulgar. La ciencia “normal”, es decir, la analíticamente más poderosa, que use métodos de más fiabilidad, con solidez, con firmeza, con hipótesis que pueden ser falsadas, nos acerca a Dios. De manera que para mí el error está en en haber creído que la ciencia alejaba de Dios, consideración, por otra parte, en la que cree probablemente la mayoría de los occidentales. El problema no estaría en renunciar a la ciencia, como parece que un cierto creacionismo a veces estimula, sino precisamente en lo contrario: habría que hacer más y mejor ciencia. El creyente que sabe que Dios es la realidad realmente real, lo más real de todo, no tiene ningún miedo de que la búsqueda de lo real, que es la ciencia, trabaje a fondo. Porque sabe que nunca podrá demostrarse con métodos reductivos la presencia de Dios, pero también que jamás se opondrá. Lo que deberíamos estimular cada uno de nosotros allá donde estemos, en nuestro campo de trabajo, debería ser siempre la ciencia rigurosa, renunciando a presentaciones baratas. La ciencia nunca se opone a la verdad última de Dios. Y cualquier científico honesto con su trabajo sabe que los resultados de su investigación nunca deberían ser utilizados para demostrar la existencia o la inexistencia de Dios, pues estas cuestiones se mueven en un terreno no específicamente científico.» (pp. 48-49).
3ª. AS: «Y ahora que hablas de creación y hablábamos de placer, ¿cuál crees que es la clave del placer que siente tanto el creador artístico como la persona que vibra, que se emociona delante de una obra.
LS: Creo que una cosa análoga a la que experimenta Dios, el creador [¿cómo un creyente puede saber lo que experimenta Dios?], el gran artista del mundo: la gratuidad, la gracia. El acto creativo más extraordinario es el que está hecho por pura gratuidad, porque te quiero, porque sale de nosotros mismos como un acto de amor espontáneo. Es la ausencia de una motivación funcional o utilitarista de lo realizado, lo cual no tiene nada que ver con que sea una obra pagada.
AS: ¿Crees que esto es lo que está en el corazón de la creación artística, esto es lo que lleva a Kafka a escribir obra que la posterioridad considerará como obras maestras, pero que él no verá nunca publicada en vida, o el caso de van Gogh?
LS: Sí, las motivaciones psicoanalíticas, económicas, políticas o ideológicas de cada una de las realizaciones artísticas –que están allí– no son para mí más que acompañantes de camino. En último término, lo que da la grandeza de la gloria es el amor, el carácter gratuito de la realización.
AS: No solo es el proceso de creación de la obra sino que tú la obra la das, la ofreces.
LS: La entregas. Y por puro amor. Creo que esta además es la esencia del juego. Y la fiesta es la celebración de lo gratuito. Por eso nos provoca tanta alegría una obra de arte. Nos hace reír de alegría, emocionarnos de alegría». (pp. 188-189).
Cierra Alfons Garrigós su presentación (que, insisto de nuevo, no hay que saltarse) con estas palabras: «De momento, agradezcamos la publicación de estas conversaciones, que a fin de cuentas no son más que un ejercicio de amistad. Como se decía al inicio de esta presentación, al reflexionar juntos, estos dos contertulios no pretenden dar lecciones, sino, simplemente, vivir de un modo más pleno, más humano: es decir, acompañarse en la alegría que da escuchar al amigo, pensar juntos los ecos y, sobre todo, las voces –“y entre las voces, una”– del Misterio. Hay que celebrar que esta amistad sea de las que crecen cuando el círculo se abre a otras personas y que nos hayan incluido, como lectores, en su conversación».
Que así sea, como señala el profesor Garrigós: agradezcamos y celebremos, y aunque LS y AS no pretenden dar lecciones tomemos buena nota, con los acuerdos y desacuerdos que toda verdadera conversación filosófica genera, de sus bellas e interesantes lecciones.
Aprovechando el espacio cedido al pensamiento religioso me gustaría dejar aquí puesta mi visión como ateo y marxista: creo que uno de los terribles y, quizá, irresolubles errores de la izquierda de nuestro tiempo ha sido no saber respetar las tradiciones, la cultura y la religión del pueblo.
Por errónea que creyésemos que es si concebimos que toda creencia es consecuencia de la materialidad previa, atacar estas cuestiones sin cambiar en nada las bases de las que surge solo deriva en resentimiento hacia nosotros… y espacio disponible a quien usa estas cuestiones para esconder sus posiciones de poder.
Lo peor es que no hemos aprendido nada.