¿Vale la pena el socialismo?

Adolfo Sánchez Vázquez

Una pregunta que desazona a quienes han entregado muchos de sus esfuerzos, sus mejores energías físicas y espirituales -y en ocasiones con enormes sacrificios-, es lisa y llanamente ésta: ¿vale la pena hoy el objetivo, la meta, el ideal o la utopía -los nombres no importan- del socialismo, a los que se encaminaban esos esfuerzos, energías y sacrificios? ¿Vale la pena, asimismo, proponer esa alternativa hoy a quienes no conocieron ni vivieron esa experiencia de lucha, a las generaciones que, sin haberlas sufrido, siguen sufriendo los males del capitalismo, exacerbados en su fase neoliberal? ¿Ha valido la pena la alternativa social a la que se asocia -con razón o sin ella- el fracaso de la experiencia histórica que tantos sacrificios y sufrimientos costó? La inmensa mayoría de los que aportaron esa dolorosa cuota, lo hicieron convencidos de que esa meta constituía un nuevo tipo de relaciones humanas, libres de la dominación y la explotación del hombre por el hombre; una sociedad o alternativa real a un sistema que, por esencia, convertía a los hombres en simples medios o mercancías; un sistema que, al someter todas las formas de producción -incluso las más espirituales-, a la férrea ley de la obtención de beneficios, exigía -para cumplirla- la explotación del trabajo, la competencia desenfrenada, la transformación del hombre en lobo para el hombre, la dominación de unos países por otros. Ciertamente, esos males eran y son inherentes a la naturaleza misma, estructural, del capitalismo, pues sólo así podía mantenerse su ley fundamental de la acumulación de beneficios. La necesidad de desarraigar esos males era, y es, la razón de ser del socialismo, la misma razón de que, desde hace siglo y medio, tantos hombres hayan soñado con esa utopía y dado lo mejor de su vida, sin reparar en sacrificios.

Ahora bien, si descartamos la breve -históricamente fugaz- experiencia de la Comuna de París de 1871, disuelta en un mar de sangre, la historia no conoce más alternativa real o desafío al capitalismo que la que se generó con la toma del poder por los bolcheviques rusos en 1917. Pues bien, la pregunta anterior, sobre si tiene sentido o valor -o sea, si vale la pena- seguir aspirando a alcanzar el objetivo socialista, por incierto o lejano que hoy pueda parecer y, en consecuencia, si tiene sentido realizar y sumar esfuerzos, energías y sacrificios necesarios para establecerlo, sólo puede tener una respuesta, la afirmativa, si se tiene presente que la razón de ser del socialismo, o sea, el capitalismo, está ahí, y con un peso aún mayor en la balanza de los sufrimientos de los hombres y de los pueblos. Pero, nuestra pregunta tiene otra cara, pues no sólo ha de atender a la razón de ser del objetivo socialista, que es -como decíamos- la existencia del propio capitalismo, sino también a la posibilidad de realizarlo y a su realización misma. Por ello, la pregunta tiene que formularse también así: ¿tiene sentido el socialismo a la vista del destino final de la experiencia histórica que arranca de la Revolución Rusa de octubre de 1917, experiencia que surge, se desarrolla y consolida como una alternativa al capitalismo en nombre del socialismo? Se trata de la alternativa que conocemos con la expresión que le dieron sus propios dirigentes e ideólogos: “socialismo real”. Partidarios y adversarios de ayer, no pueden dejar de reconocer hoy que el intento de construir esa nueva sociedad, como una alternativa al capitalismo, después de haber destruido las bases económicas del sistema: propiedad privada sobre los medios de producción y generalización ilimitada del mercado, ha llegado a su fin. Y, además, contra todas las previsiones, en forma inesperada, imprevista.

Dejemos a un lado en este momento, el problema importantísimo de cuáles fueron los factores objetivos y subjetivos que hicieron posible el surgimiento y desarrollo de esa sociedad con los rasgos atípicos que presentó, así como las causas que determinaron su sorprendente derrumbe. Subrayemos, sin embargo, que se trataba de un sistema que se presentaba a sí mismo como la realización de la idea, proyecto o utopía socialista de Marx y Engels. Incluso en sus últimos años, este “socialismo realmente existente” lo hacían pasar sus dirigentes, para distinguirlo de otras “sociedades socialistas inferiores” como el “socialismo desarrollado” que se planteaba ya la construcción de las bases económicas de la sociedad superior, comunista. Y como tal fue aceptado en general, en su inmensa mayoría, por la izquierda revolucionaria y, sobre todo, por el movimiento comunista mundial que convirtió en piedra de toque de la calidad comunista su defensa incondicional de la patria del “socialismo”: la Unión Soviética.

Los efectos del derrumbe de la alternativa en que, en realidad, se transformó el proyecto originario de emancipación de Marx, asumido con la Revolución de Octubre por Lenin y los bolcheviques, son innegables ya que están a la vista de todos. Subrayemos, sin agotarlos, los siguientes:

1) Descrédito del socialismo como idea, proyecto o utopía, ya que, la experiencia histórica ha invalidado al “socialismo real”.

2) Inexistencia en la actualidad de una alternativa efectiva al capitalismo y, por tanto, de barreras estructurales o límites a su expansión económica y hegemonía política. O dicho en otros términos más actuales: irresistible globalización económica y política ante la que caen mercados y soberanías nacionales.

3) Reforzamiento de la explotación de los trabajadores y agravación de sus condiciones de vida (desempleo creciente y tendencia a transformarse en estructural, recorte de sus prestaciones sociales, etc.) y extensión de las relaciones de dependencia y dominación, por la vía financiera, entre los países ricos y pobres, lo que se expresa, a su vez, en el desplazamiento de la bipolaridad por la unipolaridad encarnada por la mayor potencia capitalista, de la que se vuelve instrumento la propia Organización de Naciones Unidas.

4) Vacío ideológico en el cielo de las utopías o esperanzas que es ocupado por las viejas ideologías que parecían estar sepultadas: el integrismo religioso, el nacionalismo exacerbado y excluyente y los fundamentalismos étnicos y raciales de diverso tipo.

Y, finalmente, 5) desconcierto y desencanto de la izquierda, tanto mayor cuanto más dogmática y acríticamente se había comportado. Ciertamente, algunos signos alentadores comienzan a dibujarse en este oscuro panorama con los triunfos electorales de la izquierda moderada en Inglaterra y Francia, y con las repercusiones de los movimientos sociales radicales de América Latina, como el zapatista en México y el de los Sin Tierra, en Brasil.

Cuando se habla de los efectos sociales e ideológicos del “derrumbe” del “socialismo real”, se trata de hechos o de una realidad indeseable a la que hay que enfrentar. Y, a su vez, de hechos -imprevisibles, ciertamente, pero no casuales. Y, naturalmente, si hay que encararlos, la izquierda tiene que empuñar las armas de la crítica y la autocrítica, durante tanto tiempo oxidadas. No vamos a fijar ahora nuestra atención en todos los efectos del “derrumbe” antes apuntados. Nos detendremos en el primero: el descrédito de la idea de socialismo. No se trata de una simple cuestión teórica o académica, sino práctica y vital, porque del rescate de esta idea depende en gran parte un logro esencial: la superación del desconcierto y la pasividad de la izquierda, pues sólo manteniendo viva la idea, el proyecto, que durante más de un siglo ha constituido para millones de hombres la razón misma de su existencia, se puede plantear la necesidad y posibilidad de su realización.

Al descrédito del socialismo, y a su consecuente renuncia en la práctica política, se llega por vías distintas. Veamos brevemente tres de ellas.

1.- Al identificarse lo ideal con lo real; o sea: el proyecto con sus resultados. Lo que cuenta, entonces, no es el punto de partida, sino el de llegada. Ahora bien, esta realidad a la que se llega, cualesquiera que sean las intenciones emancipatorias originarias que estaban en su punto de partida, no es -de acuerdo con la posición que hemos venido sosteniendo ya antes de que se produjera el “derrumbe”- una sociedad socialista, si por socialismo entendemos una sociedad o sistema social en el que los hombres, liberados de la dominación y explotación capitalistas, dominan sus condiciones de existencia y establecen relaciones mutuas bajo principios de libertad, igualdad y justicia social. Ciertamente, esa sociedad requiere como premisa necesaria -premisa que cumplió la Revolución de Octubre y en ello reside un significado histórico-universal que no puede ignorarse la abolición de las relaciones sociales capitalistas con sus dos pilares: la propiedad privada sobre los medios de producción y el poder omnímodo y absoluto del mercado. Condición necesaria, hay que subrayarlo ya que hoy se tiende a borrarla, pero -como demuestra la experiencia histórica en cierto modo atisbada por Marx y Engels- necesaria pero no suficiente.

Ahora bien, si importa el resultado, aunque esto es lo único que importa hoy a los detractores de la idea del socialismo, importa también -al menos a los que pretendemos mantener viva esa idea- tratar de explicar por qué se disoció de esta realidad, al tratar de realizarse. Sólo así la idea puede rescatarse, sobreviviendo a la encarnación histórica-concreta que acabó por contraponerse a ella. Para esto, hay que empezar por reconocer que el “socialismo real” se desarrolló en determinadas condiciones históricas y que éstas eran adversas, o más bien que ese desarrollo tuvo lugar en ausencia de las condiciones que Marx consideraba necesarias, ausencia que, en definitiva, impidió construir una sociedad propiamente socialista. Pero, a esas condiciones adversas -o inexistentes- habría que agregar el reto poderoso que, durante toda su existencia representó la agresión -en sus más diversas formas- del capitalismo. Pero, ciertamente, el resultado del proyecto originario, o sociedad construida en esas condiciones históricas, no fue una sociedad socialista (tampoco capitalista, es cierto), sino una nueva forma -estatista, burocratizada- de dominación y explotación, opuesta a la naturaleza emancipatoria, justa y libertaria del socialismo. Sin embargo, millones y millones de hombres creyeron sinceramente que eso que construían era socialismo y muchos no sólo sacrificaron su libertad, sino incluso su vida por defender -dentro y fuera de la ex Unión Soviética- la “patria del socialismo”. Y ¿por qué lo creían y eran fieles -en muchos casos hasta ese grado- a sus creencias, o más bien fe, en ese “socialismo”? En primer lugar, porque el capitalismo -el sistema a vencer- lo combatía como tal sin concesiones ni tregua alguna. Ciertamente, no lo combatía porque el “socialismo real” negara o degenerara el verdadero socialismo, sino porque -aunque no fuera tal- representaba para él un desafío, un reto a la expansión ilimitada, propia del sistema capitalista. En segundo lugar, la fe en ese “socialismo” se sustentaba en las afirmaciones dogmáticas de los ideólogos y dirigentes soviéticos, que así caracterizaban la sociedad surgida de la Revolución de Octubre, seguidos acríticamente -como exige toda afirmación dogmática-, por el movimiento comunista mundial, con excepción de algunos desprendimientos de él, sobre todo a partir de los años 60. El ocultamiento de la verdadera realidad y los logros alcanzados en ciertos periodos en diversos campos -sanidad, educación, condiciones de vida, y en la guerra contra el nazismo- contribuyeron a afirmar y afianzar cada vez más -en la medida en que se asfixiaba la conciencia crítica dentro del Partido y de la sociedad- la aceptación de esa identificación entre socialismo y “socialismo real”. Ahora bien, esos millones y millones de hombres que, durante toda su vida, vivieron en los países del Este europeo esa experiencia, esa realidad, como socialismo, hoy ni siquiera se permiten pronunciar su nombre. Dentro de esas sociedades, el terror generalizado que había disuelto toda crítica y uniformado el pensamiento, había hecho imposible que se pudiera plantear siquiera el problema de la naturaleza verdadera del sistema soviético y de las sociedades que lo calcaban en otros países y, por tanto, que se planteara la necesidad de una alternativa socialista. Menos aún podía plantearse la necesidad de organizarse y actuar -como marxistas y socialistas- en favor de esa alternativa. A su vez, la inexistencia de esa conciencia, organización y acción determinaron que las posibilidades que se abrieron desde 1985 con la perestroika no se realizaran en dirección a un verdadero socialismo y que, por el contrario, se tradujeran en la restauración de un capitalismo salvaje, o incluso mafioso en la ex Unión Soviética.

Fuera de los países del Este europeo, la izquierda socialista, revolucionaria, nunca se deslindó de ese modelo, aunque no faltaron las voces de marxistas críticos, como las de Rosa Luxemburgo en los albores mismos de la Revolución de Octubre, las de la “oposición obrera”, Panneokoek y Korsh y el troskysmo más tarde, aunque no tuvieron la influencia necesaria para cambiar el curso estalinista de la III Internacional. Las críticas se acentuaron y ampliaron en los años 60 y 70, a raíz sobre todo de la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, e incluso en algunos partidos comunistas, como el italiano y el español en Europa y el mexicano, en América Latina aunque sin cuestionar todavía la supuesta naturaleza socialista de las sociedades del “socialismo real”. Pero, hoy más que nunca, cuando la identificación antes señalada proviene de los adversarios del verdadero socialismo, se vuelve imperiosa la necesidad de salir al paso de esa identificación para rescatar, de la niebla ideológica tendida por esos adversarios, la necesidad y validez del proyecto socialista. Pero, esto siendo absolutamente necesario, no basta -pues la idea de socialismo se degrada también- aun reconociéndose que lo construido en su nombre no era socialismo, cuando se plantea que este resultado era inevitable. Se declara, con este motivo, que el proyecto originario, socialista, de Marx, estaba condenado de antemano por su propia naturaleza, a saber: por su concepción de la historia, del sujeto revolucionario y de la dictadura del proletariado, a desembocar inexorablemente en el resultado que tuvo. En verdad, no se puede dejar de reconocer la necesidad de reexaminar el pensamiento de Marx, en éstos como en otros puntos, para poner el reloj marxiano en la hora que marca la realidad, al finalizar el siglo XX. Con mayor razón aún, no se puede ignorar que la interpretación leninista del pensamiento de Marx con su teoría de la importación de la conciencia de clase, socialista; del Partido como encarnación de ella y depositario del sentido de la historia, así como su visión antidemocrática de la dictadura del proletariado y del papel omnipotente del Estado, crearon posibilidades que se realizaron efectivamente con el “socialismo real”. Pero, de esto no se puede deducir que a una idea, o a una posibilidad corresponda forzosamente, inevitablemente, cierta realidad y sólo una. No se puede deducir así la realidad de una idea sin caer -como cayó Hegel- en el más absoluto idealismo. Que la negatividad de la realidad soviética estaba ya inscrita en lo negativo del proyecto de Marx, es una tesis inadmisible por dos razones fundamentales. Primera: la negatividad que se invoca del proyecto marxiano es pura fantasía, pues ¿quién podría poner en duda su carácter liberador, emancipatorio? Segunda: ninguna idea puede realizarse como pura idea; es decir, sin las mediaciones y condiciones necesarias, lo que forzosamente se traduce -en un sentido u otro- en una realización que no es un simple calco o duplicación de la idea.

Ahora bien, la idea de socialismo se degrada también cuando -aceptándose su carácter emancipatorio, liberador- se la condena inexorable, fatalmente, a su fracaso o a su desnaturalización. Y a ello se llega por dos vías falsas: 1) al proclamar que su impulso solidario contradice una supuesta “naturaleza humana” egoísta, invariable a través del tiempo; y 2) cuando se cree que lo ideal -concebido platónicamente- está condenado forzosamente a la imperfección o corrupción al poner el pie en lo real. Y como prueba de ello se arguye el fracaso o la negación del proyecto emancipatorio al bajar de su nube como ideal y tocar tierra como “socialismo real”. Ciertamente, como hemos señalado antes, siempre hay una distancia o distinción entre la idea que aspira a realizarse y su realización. Y, en verdad, el proyecto socialista de emancipación, o punto de partida, al pretender realizarse en unas condiciones históricas determinadas, es decir, al tocar tierra, dio como resultado esa sociedad atípica -ni capitalista ni socialista- que se ha dado en llamar “socialismo real”. Pero, lo que hay que comprender es por qué en esas condiciones históricas determinadas, la realización del proyecto originario, socialista se volvió imposible.

A mi modo de ver, hay que reconocer lo que Lenin reconoció sin rodeos: que, después de la toma del poder por los bolcheviques en 1917, no se daban las condiciones para construir el socialismo, a saber, la necesaria base económica. Pero fue también Lenin quien dijo que, una vez conquistado el poder, se podía crear esas condiciones que aún no existían. Y aquí está la clave de la explicación de lo que sucedería después, pues una necesidad engendraba otra. La necesidad de construir el socialismo en esas condiciones, tenía que conducir a la necesidad de un Estado fuerte, a una planificación centralizada de la economía, a una desaparición de la débil sociedad civil, a la exclusión primero de la democracia representativa, con la disolución de la Asamblea Constituyente, y más tarde a la nueva forma de democracia que significaban los Soviets y, finalmente, a la exclusión de toda forma de democracia. En suma, conducía a la omnipotencia del Estado y del Partido único y a la supeditación de toda la vida económica, social y cultural al dominio incompartido de la nueva clase: la burocracia estatal y del Partido. A estos males hay que agregar el terror generalizado bajo el estalinismo que acabó con todo disenso y crítica. Todo esto condujo finalmente al estancamiento y sucesiva descomposición del sistema y, por último, al no poder resistir al desafío económico, tecnológico y militar del capitalismo, a su derrumbe.

Pero, el fracaso histórico de esta experiencia histórica, originariamente emancipadora que, por un conjunto de factores objetivos y subjetivos, se transformó en su opuesto, no puede significar, en modo alguno que, en otras condiciones históricas y con otros factores objetivos y subjetivos, el proyecto socialista haya de conducir inexorablemente a los mismos resultados. Afirmar esto supondría aferrarse a una concepción determinista y fatalista de la historia. De este modo, a la falsa concepción del carácter inevitable del socialismo, sucedería ahora la concepción no menos falsa del fracaso inevitable, fatal, de todo intento de sustituir el capitalismo por el socialismo. Esta concepción se hermanaría, a su vez, con la vocinglería burguesa del “fin de la historia” ante la imaginaria eternidad del capitalismo liberal. Ciertamente, el destino inexorable que, con base en esa ideología, se atribuye a la alternativa socialista, cumple la función de desmovilizar las conciencias y paralizar la organización y acción necesarias, pues ¿qué sentido tendría -políticamente- pugnar por una alternativa que se halla condenada al fracaso? E, incluso moralmente, ¿qué sentido tendría exhortar a luchar contra las injusticias del capitalismo si con ello sólo se lograra elevar la cuota de dolores y sufrimientos?

Estamos, pues, ante la cuestión medular que hemos planteado desde el principio: ¿vale la pena reivindicar el socialismo como sociedad más libre, justa e igualitaria y luchar por él? No valdría la pena, si lo posible se redujera a lo real; o sea, si todo socialismo posible se identificara con el “socialismo real”, como pretenden los ideólogos triunfalistas de la “eternidad” capitalista, con lo cual no quedaría más alternativa que la del capitalismo, más o menos maquillado o liberado de su salvajismo. En verdad, tampoco valdría la pena si se pensara -como lo ha pensado cierto marxismo o seudomarxismo- lo opuesto: lo inevitable no es el capitalismo, sino el socialismo. Ciertamente, el derrumbe de lo que era originariamente un proyecto socialista, demuestra que el socialismo no es inevitable. Pero, a este respecto, hay que señalar que a Marx y Engels no se les escapó que, si en el futuro no se daba la alternativa del socialismo, se daría otra: la barbarie. Tal es el sentido de su dilema: “socialismo o barbarie”, con el que se pone de manifiesto el destino incierto e imprevisible del socialismo. Tampoco puede garantizarse científicamente su llegada, inscrita al parecer en ciertas leyes históricas inexorables que tocaría a la ciencia de la historia conocer. La realización del socialismo como alternativa necesaria, no puede estar garantizada científicamente. De ahí la falacia del llamado “socialismo científico”. Aunque la ciencia de la sociedad, de la realidad a transformar, es indispensable para transformarla, no puede garantizar la inevitabilidad de esa transformación. Ciertamente, los errores teóricos se pagan prácticamente y, a veces, con un enorme costo humano, y de ahí la importancia del conocimiento para la acción. Si el marxismo fue certero al descubrir que el capitalismo, por su propia naturaleza, tiende a la expansión constante, fue un grave error considerar que, ya en el siglo pasado, había alcanzado un límite infranqueable (Marx), o que ya en los albores de este siglo era un capitalismo “agonizante” (Lenin). Por otro lado, y en relación con la lucha que ha de librarse por el socialismo, subrayemos que hay que librarla justamente porque no es inevitable. Nadie se incorporaría a esa lucha porque la meta que se persigue esté garantizada científicamente, sino porque dicha meta, ideal o utopía es un valor, o un conjunto de valores (libertad, igualdad, justicia, fraternidad) que deben regir las relaciones entre los individuos y entre los pueblos. Lo que entraña, a su vez, el rechazo de los principios que rigen en la sociedad capitalista: desigualdad, explotación, injusticia, insolidaridad, egoísmo, etcétera. Vale la pena luchar por el socialismo porque lo consideramos valioso y deseable. Así pues, el concepto de socialismo entraña, no sólo la conciencia de su necesidad y posibilidad, sino su deseabilidad, ya que se trata de valores por los que se considera digno luchar. Y, sin embargo, esto no basta. Los sacrificios y esfuerzos que exige el contribuir a esta meta valiosa, no sólo se justifican por su naturaleza axiológica, por la superioridad de sus valores sobre los de un sistema por esencia opresor y explotador, sino también por la convicción de que esa meta puede ser alcanzada si se recurre a la organización y acción consciente cuando se dan las condiciones necesarias para ello. Como decíamos anteriormente, no valdrían la pena esos sacrificios y esos esfuerzos si estuvieran destinados -independientemente de sus intenciones y aspiraciones emancipatorias- a fracasar inevitablemente, como advierten engañosamente los que se arropan con una concepción determinista o fatalista de la historia, o con una concepción abstracta, metafísica, de la naturaleza humana: aquella que identifica dicha naturaleza con la egoísta, competitiva, insolidaria del hombre burgués.

El socialismo es hoy más necesario que nunca porque el capitalismo, en su fase neoliberal, no hace más que agravar los males que los pueblos padecen por las exigencias estructurales del sistema. Cierto es que la alternativa social del “socialismo real” no ha resuelto esos problemas, pero como demuestra claramente la experiencia de estos últimos años después de su “derrumbe” en esos países, no los resolverá, en modo alguno, el retorno al capitalismo, y menos aún en sus fases -no tan distanciadas entre sí- neoliberal o salvaje. La humanidad necesita, además, al socialismo para no desaparecer bajo la otra alternativa: la barbarie, pero ahora en la forma extrema, absoluta, de la barbarie ecológica o nuclear. Ciertamente, no ha valido la pena la experiencia histórica del “socialismo real” porque, en definitiva, en ella no se han dado los valores socialistas. Pero, puesto que la historia no está predestinada, ya que la hacen los hombres, y puesto que ninguna fase de ella y, por supuesto, la capitalista, puede considerarse eterna, sin fin, la perspectiva de un socialismo necesario, deseable y posible, aunque incierta y no inmediata, sigue abierta para la izquierda que siempre ha luchado por la igualdad y la justicia. Es una perspectiva, sin embargo, no sólo para el futuro, para el “gran día” en que habrá de realizarse la utopía socialista, sino que ha de abrirse desde el presente en la medida en que se lucha por la democracia efectiva, por ampliar las libertades reales y conquistar espacios de igualdad y justicia social; en la medida en que se defienden los derechos humanos, la soberanía nacional y relaciones armónicas del hombre con la naturaleza. Sin renunciar a la reivindicación de sus sacrificios y logros del pasado, la izquierda debe asumir este pasado críticamente, sacando de él las lecciones que sean necesarias. Debe desechar por ello el subjetivismo y el practicismo y comprender que, sólo sobre la base del conocimiento de la realidad pueden trazarse, en política, la estrategia y la táctica adecuadas. Esta izquierda sin renunciar, en ningún momento a la crítica externa y a la autocrítica en su seno, debe asumir la necesidad del diálogo, de la tolerancia, de la argumentación racional en la defensa y propagación de las posiciones propias sin confundir al disidente o discrepante con el enemigo. Esta izquierda debe desechar, asimismo, el principio jesuítico de que el fin justifica los medios y comprender que hay medios que no puede justificar. Esta izquierda no puede reducir la política a su lado puramente instrumental, pragmático, olvidando que tiene que estar impregnada de sus fines y valores socialistas y, por ello, de un elevado contenido moral. Esta izquierda, en suma, debe liberarse de las ideas, actitudes y prácticas -como el autoritarismo, el caudillismo, el dogmatismo y el tacticismo- que, en el pasado, han contribuido a alejar a una mayoría social de la perspectiva del socialismo. Con mayor razón, esta izquierda no debe cerrarse a sí misma esa perspectiva, invocando el peso y la urgencia de reivindicaciones como la de la inaplazable democratización del país, olvidando que cuanto más efectiva y radical sea la democracia tanto más se acercará la perspectiva del socialismo, y que el socialismo, a su vez, es inconcebible sin la democracia en todos los aspectos de la vida social.

En conclusión, es necesaria una izquierda que herede lo mejor de su tradición, que supere las ideas, actitudes y prácticas del pasado que se han vuelto un obstáculo en el presente, y que se enfrente abiertamente, con una nueva mentalidad, ante las nuevas exigencias de la realidad. Sólo una izquierda como ésta podrá contribuir efectivamente a la emancipación que ciframos en el socialismo. Y esta contribución de la izquierda que se justifica -a su vez- y con esto respondemos a la pregunta inicial -por qué el socialismo- como sociedad emancipada, sin explotación ni dominación de clase, raza, nación, etnia o género, es hoy, más que nunca un valor -valga la redundancia- que vale la pena.

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