Modos petistas de gobernar

Edmilson Rodrigues

El texto que sigue es la aportación de Edmilson Rodrigues, alcalde de Belém do Pará, a la “Conferencia de Alcaldes, vice alcaldes y secretarios municipales del PT” realizada en Brasilia, en julio de 1999. Visión crítica del balance del conjunto de la gestión municipal del PT, el autor habla desde la experiencia de casi tres años de gobierno en la capital del norteño Estado de Pará, en la Amazonia, con una población de 1.400.000 habitantes. El texto fue publicado en: “Governo e cidadania. Balanço e reflexões sobre o modo pestista de governar”, de la Editora Fundação Perseu Abramo, São Paulo, noviembre de 1999. Autorizada la publicación por el propio autor, la traducción es responsabilidad de Pep Valenzuela. (Cursiva y comillas son del texto original)

Edmilson Rodrigues es profesor y arquitecto, maestro en planificación del desarrollo. Participó activamente en la construcción del PT y de la CUT en Belém y el Estado de Pará, siendo destacado dirigente del Sindicato de Trabajadores de la Educación y Profesores. Miembro y destacado dirigente de la corriente interna del PT Força Socialista, fue diputado en la Asamblea Legislativa del Estado de Pará entre 1987 y 1995.

Pretendo abordar en este texto algunas cuestiones que considero centrales en el debate partidista sobre concepción y práctica de la gestión pública. En ciertos aspectos, las perspectivas de algunos militantes o agrupaciones son muy diferentes de aquellas que me orientan filosófica y prácticamente, pero hay también un abanico importante de afinidades. Esas diferencias y confluencias, pienso, son de gran importancia para que podamos no solamente reflexionar, sino apuntar hacia una articulación mayor, más sistemática, del PT orientada a la realización de una praxis política que contribuya para afirmarlo como instrumento de construcción de un mundo libre, democrático y feliz, para lo cual las experiencias de gobierno pueden asumir un papel histórico fundamental.

Como punto de partida, hay que preguntarse como concebimos nuestro partido, o sea, si lo concebimos como un instrumento al mismo tiempo construido y en construcción, o como algo ya preparado, acabado, firme en su estructura actual, lo que lo caracterizaría como un partido con un programa, una fuerte y harmoniosa vida orgánica, imbricado en los movimientos sociales más expresivos de la lucha del pueblo y a las organizaciones de la sociedad civil, poseedor de una estrategia claramente definida a la luz de la cual serían determinados posicionamientos tácticos, fuera o dentro de períodos electorales, que enraizasen su concepción del mundo y su proyecto de sociedad.

Ésa no es una concepción que predomine en el PT. Por más que algunas prácticas refuercen la compresión de que el PT es algo acabado y, en ese sentido, orienten una cierta postura arrogante y sectaria de crítica al derecho de los militantes a establecer juicios diferentes sobre determinados aspectos de la vida partidista, inclusive acerca de la acción de militantes del partido que ocupan cargos públicos. El PT, como se puede observar en todos los momentos de su construcción y a través de las resoluciones de sus foros nacionales, es una especie de relación política de fuerzas contradictorias, con un alto grado de unidad, pero importantes diferencias que, al mismo tiempo que lo enriquecen, expresan su característica de partido en proceso de definición estratégica.

A pesar de que esas diferencias que se mezclan profundamente en las referencias filosóficas de los militantes, organizados o no en tendencias políticas internas, sean significativas, no creo que se pueda tratar como antagonismo esa relación de fuerzas que caracteriza al PT, lo que significa que el partido tiene más elementos de unidad que de diversidad. Son concepciones y prácticas diferenciadas y en permanente conflicto. Yo diría que en permanente proceso de construcción, en una relación dialéctica. Y más: en eterno proceso de construcción, en tanto que dure, en tanto continúe siendo históricamente necesario.

Pero decir que el PT es una institución en proceso de construcción no significa abdicar de la necesidad de que tenga definiciones más claras sobre una estrategia de construcción del poder popular, de construcción de lo nuevo, de algo que justifique su existencia, que lo diferencie de los demás partidos, que no lo coloque en la harto conocida posición de apenas administrar la crisis del capitalismo, sino que, por contra, lo niegue en tanto que modo social de producción y apunte salidas que representen una visión de cambios estructurales de la sociedad actual, en la perspectiva de la realización del sueño socialista. De esa forma, incluso suponiendo que esa relación conflictiva de fuerzas, de concepciones, de prácticas diferenciadas se da dentro de un campo muy grande de unidad, resueltas dialécticamente y no meramente en la forma, podemos afirmar que hoy no hay un modo petista de gobernar, sino modos petistas de gobernar.

Gracias a los diversos gobiernos dirigidos por el PT hemos acumulado fuerzas, hemos adquirido un rico aprendizaje y hemos sabido hacer la autocrítica necesaria, negar los errores para superarlos, pero aprendiendo mucho con las experiencias, exitosas o no. En este sentido, podemos afirmar que hay una especie de hilo conductor retroalimentando nuestros gobiernos y nuestros modos de gobernar. Tenemos varios elementos, varias dimensiones del ver, del pensar y del modo de actuar en los gobiernos que forman un abanico de cosas que concurren, digamos, a la constitución de un modo petista de gobernar. Casi todos los que se manifiestan sobre el tema hablan sobre experiencias que van repitiéndose en otros gobiernos, siendo adaptadas, perfeccionadas, enriquecidas, lo que, en cierto modo, comprueba esa afirmación.

En esta visión de que hay modos petistas de gobernar que se orientan dentro de un campo de mucha unidad de principios y objetivos programáticos, hay que tener en cuenta algunas peculiaridades importantes de cada ciudad. No se puede analizar el éxito o fracaso global o de prácticas puntuales de un gobierno en Belem o en Porto Alegre –para hablar de dos ciudades del mismo porte, con más de un millón de habitantes- sin destacar que son ciudades con historia, estructura económica y formación económica, social y cultural, diferentes; que tienen mayor o menor producción de riqueza, mayor o menor trabajo social invertido, transformado en bienes públicos, equipamientos públicos, en infra-estructura; como no se puede, ciertamente, comparar Belem con Loreto, (pequeña ciudad) en Maranhão, sin considerar las diametrales diferencias entre ellas. Si no tenemos en consideración esas cuestiones, esos ele-mentos: la infraestructura existente; el mayor o menor grado de exclusión social; el mayor o menor dinamismo económico; la mayor o menor base industrial implantada; la mayor o menor capacidad de, en corto, medio o largo plazo, trabajar programas de generación de renta y empleo; la mayor o menor capacidad de inversiones en la propia ciudad, se está haciendo un discursos o una reflexión en abstracto, que poco serviría para comprender nuestro proceso colectivo de construcción. Entonces, si tenemos un billón de reales de presupuesto anual, o 260 millones, hay que considerar esa diferencia, especialmente si población, infraestructura y servicios son de orden y naturaleza diferentes. Hay, por tanto, que cualificar el análisis.

Otra cuestión fundamental hace referencia a la posibilidad de tener una posura administrativista ante la gestión de gobiernos municipales o estatales. Podemos demostrar, por medio de certificados y premios nacionales e internacionales, gran capacidad de planeamiento y gestión de ciudades, unidades federativas e incluso de la Federación brasileña, en una sociedad capitalista, dependiente económica, política y culturalmente. A pesar de la crisis, y de las pérdidas de recursos, podemos demostrar que somos buenos gobernando. Podemos incluso ser capaces de elegir a nuestros sucesores. Ése es un elemento a tener en consideración, pero no pude ser el parámetro exclusivo para definir un buen o mal gobierno. Hay ciudades o Estados en que los niveles de exclusión son tan brutales que un gobierno del PT tiene que tener la conciencia de que está allí para administrar, para invertir las prioridades, para disminuir al máximo las lacras sociales, para garantizar, al máximo, niveles de vida ciudadana para el pueblo; pero, muy difícilmente, dará un paso más decisivo en aquello que juzgo fundamental, que es el cambio en el nivel de los valores culturales, un cambio más radical en relación a la cultura política local. La construcción del poder popular sólo se realiza en el núcleo de la afirmación de una concepción del mundo antagónica a la que se produce y reproduce a la luz de la lógica capitalista. La deconstrucción de la estructura de valores burgueses y la constitución de una nueva y alternativa malla de valores culturales son aspectos que dan significado a una administración popular. Muchas veces, sin embargo, las condiciones materiales de existencia devienen obstáculos para la realización de nuevas condiciones culturales de existencia. Pero la conciencia político-cultural también se transforma a medida que se hace trabajo, en el campo de las ideas, resultante de la implicación del pueblo en procesos de participación, mediante experiencias de cogestión, en el control por la sociedad de las acciones del gobierno, en la relación cada vez más profunda de lazos democráticos entre aquellos que ocupan espacio en el gobierno y la sociedad.

Hay que considerar, ciertamente, en cualquier ciudad, la tradición del pueblo en términos de mayor o menor participación en procesos históricos de lucha revolucionaria y, naturalmente, la propia capacidad que las elites tuvieron, a lo largo de los siglos, para negar el potencial de lucha del pueblo. Pongo como ejemplo el gobierno de Belem, donde estamos haciendo un esfuerzo enorme para recuperar una tradición tan importante de la lucha de nuestro pueblo como fue la Cabanagem; una de las más vigorosas luchas populares que llevó a nuestro pueblo a tres gobiernos desde 1835 a 1840, derrotados por las fuerzas militares del imperio y otros mercenarios, en una verdadera masacre. Cuando las elites hablan de Cabangem, sin embargo, lo hacen para disolver la imagen esencialmente rebelde y revolucionaria de ese movimiento. Nosotros –no podría ser de otro modo, siendo un gobierno de izquierda- buscamos recuperar exactamente la tradición de lucha de nuestro pueblo, la tradición crítica, la tradición organizativa, la capacidad renovadora de soñar, pero también de anunciarla y construirla, como un pueblo que piensa la utopía de forma dinámica, que busca realizarla, aunque no tenga una visión estratégica más precisa, pero que persiga la construcción de algunos objetivos basados en los principios de democracia, de justicia social, de solidaridad, etc.

Hay que tener en cuenta la tradición de vida política militante del pueblo. En algunos lugares de este gran Brasil la tradición político-partidista siempre fue castrada por la hegemonía de oligarquías económicas y políticas coronelistas. Ésa es una cuestión fundamental para para el PT –maravillosa invención de la clase trabajadora en Brasil, que cumple ahora (1999) 20 años-; él, que es ese partido con cuerpo y alma nacionales, que da una lección de democracia, que ha influenciado en tantos cambios importantes, que ha forjado un nuevo patrón de cultura política alternativa a la que predominó por años seguidos de violencia, de dictaduras civiles y militares a lo largo de nuestra historia, incluso en la fase de la República. Hay que tener en cuenta el propio perfil del PT, de su militancia en cada lugar. Un gobierno y un modo petista de gobernar va a ser siempre algo complejo, multifacético, va a tener que ser visto, siempre, de forma contradictoria, porque él será expresión directa de la estrategia partidista. El partido precisa profundizar el debate y las definiciones de sus objetivos estratégicos. A final de cuentas, cuando se habla de socialismo, ¿qué se pretende caracterizar? ¿Qué modelo de socialismo se está proponiendo? Creo, de todos modos, que el debate sobre la concepción de socialismo existirá incluso cuando podamos realizar la experiencia de su construcción en Brasil. Sin embargo, el más importante dilema del PT es mantenerse, después de casi dos décadas de existencia, a merced de un inadmisible nivel de indefinición sobre su carácter estratégico. Ciertamente, mientras estemos patinando en ese debate, estaremos conviviendo con un grado de pluralidad política capaz de reforzar el estigma de la fragmentación, de la prevalencia de la diversidad sobre la unidad partidista, y tendremos mayores dificultades en relación a una definición más cabal sobre el significado y el carácter del modo petista de gobernar.

Por tanto, es imprescindible considerar esa articulación entre modo de gobierno y estrategia. En mi opinión, vale poco gobernar apenas para probar que se es un buen administrador de una ciudad sometida a una economía capitalista, sometida a toda la lógica de las ciudades modernas, de las ciudades burguesas.

Nuestro modo de gobernar debe ser una lucha colectiva en la cual el propio gobierno asuma, necesariamente, el carácter de instrumento político de construcción del poder popular. Un gobierno petista, un modo petista de gobernar, no puede olvidarse de, por dentro de la estructura del gobierno, posibilitar los más amplios espacios para la participación del pueblo, para el debate democrático, para el control popular del Estado, para la construcción, por el pueblo en lucha, del poder popular.

Algunos elementos estratégicos tienen que estar siendo pensados con centralidad en ese proceso. Hoy, la lucha por la sobernía nacional es una clave importante para reflexionar y constituir un modo petista de gobernar. Un gobierno, incluso un gobierno democrático y popular, al mismo tiempo somete y es sometido a la dinámica de la máquina administrativa. Es como si ésta estuviese montada para funcionar al servicio de la lógica de acuerdo con la cual ella fue creada para consolidar una cultura administrativa cristalizadora de la idea de que la máquina administrativa del Estado permanecerá inmutable al margen de los objetivos inmediatos y estratégicos de las clases sociales representadas por las fuerzas políticas componentes del gobierno. Esa dictadura de la máquina administrativa, se impone hasta el punto de resistir a los cambios de gobierno. Por eso, si intentamos cambiar las cosas apenas para resolver problemas coyunturales, o incluso los fundamentales para la ciudad, pero sin vincular ese cambio a un proyecto estratégico de nación soberana, estaremos reforzando una visión administrativista emprobrecedora del modo de gobernar de los militantes del PT y, ciertamente, contribuyendo poco para la construcción de un nuevo país democrático y socialista. En resumen,un gobierno del PT, aunque sea municipal, debe ser un instrumento de lucha antineoliberal y de afirmación de los intereses de la nacionalidad brasileña.

Es también fundamental tener en el guión la radicalización democrática como dimensión estratégica componente de un modo petista de gobernar. Ciertamente, para todos los que tienen como referencia el materialismo histórico y dialéctico, es necesario hacer una autocrítica. Es correcto afirmar que la izquierda banalizó el debate democrático. Si, por un lado, parte de la izquierda festeja las formas democráticas existentes en el modo de producción actual, como si la democracia pudiese reducirse a los procesos electorales realizados de cuatro en cuatro años, reduciendo cualquier debate dentro o fuera del partido a acuerdos y/o componendas políticas necesarias para la obtención de cargos en el parlamento o en los ejectuivos. Si esto es un vicio pernicioso y se basa en el pragmatismo, en una visión sesgada, pobre y empobrecedora del hacer política, tenemos el otro lado que todavía resiste en cuanto concepción y práctica pero que, según mi opinión, está siendo superado: la tendencia a desconsiderar los avances democráticos como necesidad y posibilidad de que el pueblo experimente la construcción de formas de control social del Esto en el núcleo del proceso de lucha de clases y de acumulación de fuerzas necesario para la ruputura com el capitalismo. Significa esto que el debate sobre el significado estratégico de la democracia debe cualificarse, pensado, por tanto, a la luz de nuestra estrategia. Nuestras experiencias muestran que al ocupar espacios en el aparato de Estado, tenemos que crear todos los mecanismos posibles para hacer posible la radicalización democrática como condición imprescindible para garantizar la gobernabilidad de nuestros ejecutivos. En este sentido, la particiapción popular debe ser marca de un modo petista de gobernar.

El pueblo brasileño enfrenta en los más diversos municipios del país problemas congénitos a las ciudades capitalistas, agravados por el modelo de acumulación entreguista y excluyente. Si, por un lado, um modo petista de gobernar no puede caer en el administrativismo, por el outro necesita construir con el pueblo soluciones concretas a sus problemas. Necesita entender el gobierno como espacio de conquistas, reconocer en su participación autónoma la garantía de realizanción de políticas públicas y del disfrute de conquistas sociales significativas en términos de condiciones materiales y culturales de vida. En este sentido, la inversión de prioridades en las inversiones y los servicios públicos, así como el acceso a bienes culturales debe ser principio de un gobierno del PT.

Un modo petista de gobernar debe realizarse dando centralidad, también, a la lucha por el socialismo en una perspectiva internacionalista. Hoy, como nunca, los mercados se presentan internacionalizados, sometiendo los mundos nacionales a la lógica de los oligopolios financieros. Para contraponernos a eso debemos buscar la “globalización”de la organización del pueblo. En este sentido, desde cada lugar donde gobernamos debemos hacer un esfuerzo para reunir las fuerzas políticas representativas de la voluntad transformadora del pueblo, especialmente los partidos políticos anticapitalistas y los que se oponen al neoliberalismo. Muchas veces las diferencias de concepción y práctica políticas dificultan esa tarea. Pero hay que unificar la lucha del pueblo en una perspectiva internacionalista, en el sentido de afirmar que más que nunca, como alternativa a la barbarie capitalista, la construcción del socialismo es una tarea de los trabajadores de todo el mundo.

En el modo de gobernar del PT, por tanto, cada acción de gobierno, al mismo tiempo que se afirma como realización concreta en el nivel de vida material y cultural del pueblo, sentida por el pueblo, realizada por el proprio pueblo, representa una negación del capitalismo, en la medida en que, al hacer reformas sociales, las hace demostrando que es posible gobernar mejor que las elitres que hace siglos gobiernan y dominan nuestro país; y fortaleciendo las varias fracciones de la clase trabajadora como realizadoras de experiencias que comprueban la posibilidad de construcción de formas alternativas de gobierno, de formas alternativas socialistas de sociedad.

Nuestro modo de gobernar debe negar la alternativa socialdemocrática, que se expresa en la ideología de la posibilidad de humanización del capitalismo; un tipo de reformismo que niega la esencia desumanizante de la sociedad actual, sometida a la lógica del lucro.

Debemos también ser durísimos –y ésta es la tradición del PT- con las alternativas burocráticas o burocratizantes de la lucha del pueblo, con las visiones de socialismo que más se aproximan a una especie de capitalismo de Estado. Las experiencias burocráticas de socialismo, si nos sirvieron como experiencias históricas de intentos de construcción de la utopía comunista, no nos sirven como modelo. Un modo petista de gobernar debe ser osado e intentar la construcción colectiva de la posibilidad de un mundo nuevo y socialista modelado a partir de las experiencias de lucha y conquista del proprio pueblo. Al mismo tiempo, tiene el papel fundamental de influenciar en la construcción de una nueva conciencia política y en la cultura política del pueblo fundamentadas en los valores de solidaridad, de amor a la humanidad, de igualdad y justicia social, de libertad de pensamiento y acción.

El PT es un partido joven pero suficientemente maduro para comprender su insoslayable papel histórico de imprescindible instrumento de los explotados y oprimidos para la construcción de la alternativa a la barbarie capitalista; de construcción de un tipo de democracia capaz de impulsar permanentemente a los trabajadores a acciones realizadoras de una sociedad de hombres y mujeres libremente asociados.

©EspaiMarx 2000 Artículo incorporado el 12 Noviembre, 2000

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