Memoria y olvido del pasado nazi en la Alemania de la segunda posguerra

Bruno Groppo

Publicado en Memoria 164 octubre 2002 | Groppo, Bruno

Un caso paradigmático

La memoria, en tanto presencia del pasado, es el fundamento de la identidad. La memoria colectiva, es decir, la memoria compartida por un grupo social, reasume y reelabora la historia de este grupo en función del presente, seleccionando ciertos aspectos del pasado, destinados a ser recordados y transmitidos, y condenando otros al olvido. Las identidades colectivas, incluidas las identidades nacionales, son en gran medida el resultado de este trabajo de memoria, que presenta dos características esenciales. Ante todo, es una obra de selección entre los innumerables elementos que componen el pasado. La memoria es selectiva. En efecto, es imposible recordar íntegramente el pasado1: sólo una parte de ello permanece impresa en la memoria, mientras el resto cae en el olvido. Por lo tanto, memoria y olvido son indisociables, como las dos caras de una misma medalla o dos aspectos de una misma realidad. Es importante observar que también el olvido interviene en el proceso de construcción de la identidad, en particular de las identidades nacionales, que están fundadas precisamente sobre el olvido compartido de muchos aspectos del pasado.

La segunda característica consiste en que la memoria no es una restitución idéntica de los eventos pasados, sino siempre una reconstrucción del pasado en función de los problemas y las preocupaciones del presente. El recuerdo de un mismo suceso varía en el tiempo, asumiendo significados distintos según los momentos y las épocas en las cuales viene evocado. En Francia, por ejemplo, la memoria de la Revolución Francesa no es la misma en la época del Frente Popular, que al día siguiente de la Liberación o en ocasión del segundo bicentenario. El trabajo de la memoria consiste precisamente en la reconstrucción incesante del pasado a la luz del presente, atribuyéndole cada vez nuevos significados y contribuyendo en tal modo a la construcción, también ella permanente, de las identidades, sean individuales sean colectivas. También, la pérdida de memoria significa la pérdida de la identidad: equivale a cortar total o parcialmente los filos que unen al grupo o al individuo con su pasado y que dan un sentido a su presente.

Cada grupo social, del más pequeño al más grande, produce y transmite su memoria específica, que constituye, como lo hemos dicho, el fundamento de su identidad. En cada sociedad, existe por lo tanto una pluralidad de memorias de grupo, o memorias sociales, que coexisten y frecuentemente se confrontan, provocando verdaderas y propias guerras de la memoria, porque cada una de estas memorias colectivas busca afirmarse, de frente a las otras, para devenir la memoria dominante, es decir, aquella compartida por el número más grande de personas. Cada grupo recuerda del propio pasado sobre todo aquellos aspectos que contribuyen a valorizar y a consolidar su identidad, mientras deja en cambio, en la sombra, condenándolos consciente o inconscientemente al olvido, aquellos que atentan en cambio con cargar de prejuicio tal identidad. No analizaremos aquí en modo pormenorizado la distinción entre historia y memoria. Nos limitaremos a observar que éstas tienen en común el carácter selectivo y de reelaboración del pasado, pero que la historia tiene una pretensión científica, es decir, busca interpretar el pasado sobre la base de los criterios del trabajo científico (verificación de hipótesis, etcétera). En otras palabras, la historia quiere ser una forma “científica” de la memoria, pero también ella, como la memoria, reconstruye el pasado a la luz de las preocupaciones del presente.

Hechas estas premisas, nos proponemos reflexionar sobre el funcionamiento de la memoria colectiva, o más exactamente de las memorias colectivas, en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Sobre todo, nos interesa saber cómo ha sido recordado, en las dos partes de Alemania, un aspecto particular del pasado, que a saber es la dictadura nazi. Desde el punto de vista de una reflexión sobre la memoria colectiva y sobre la relación entre historia y memoria, el caso alemán es particularmente interesante por una serie de razones que lo vuelven casi paradigmático. La primera razón consiste en el carácter de ruptura radical y traumática que el nazismo ha representado en la historia alemana y, por lo tanto, es lógico que ocupe un lugar importante en las memorias colectivas. Después, existe el hecho de que el régimen nazi cometió, en nombre de Alemania, crímenes particularmente monstruosos; el principal de ellos fue el exterminio de los judíos en Europa. La sombra de Auschwitz, símbolo de esta política de exterminio, se extiende sobre toda una parte de la historia y de la memoria alemana. La memoria del periodo nazi es sobre todo memoria de los crímenes cometidos durante dicho periodo. El problema de esta memoria es que el régimen nazi tuvo el apoyo, frecuentemente entusiasta, de gran parte de la población alemana. Por lo tanto, hay un problema -político y moral- de co-responsabilidad, en el sentido de que la responsabilidad por los crímenes cometidos por el nazismo no puede ser atribuida exclusivamente a un restringido número de jerarcas nazis, sino que se extiende también, en distinta medida, a aquella parte de la población alemana que apoyó a Hitler y que permanece fiel a él hasta el final. La existencia, por más de cuarenta años, de dos Alemanias, dotadas de sistemas políticos y económicos opuestos, permite además confrontar el funcionamiento de dos memorias colectivas muy distintas que se refieren al mismo pasado. Por todas estas razones, el caso de Alemania amerita una atención particular, también si los mecanismos fundamentales de la memoria colectiva en este país son análogos a aquellos que se pudieran observar en otro lugar.

Amnesia colectiva y despertar de la memoria en la Alemania occidental

Alfred Grosser observa, con razón, que “no existe una memoria alemana, existen memorias alemanas, distintas y contrastantes”2. Por lo que respecta a la memoria oficial, es decir, aquella producida por los detentadores del poder político y que se expresa, por ejemplo, a través de los manuales escolares, las conmemoraciones, los monumentos, viene señalado que por varios decenios han existido al menos dos: aquella de la República Federal y aquella de la República Democrática. Después, cada una de ellas ha conocido una evolución más o menos importante a lo largo del tiempo. Por tal motivo, se necesita diferenciar. La primera distinción por hacer es, naturalmente, aquella entre las dos Alemanias y sus respectivas memorias, porque la diversidad de los sistemas políticos y económicos se ha traducido también en un distinto comportamiento en la confrontación con el pasado. Después, se necesita distinguir según sea el periodo y la generación. Con el paso del tiempo, progresivamente ha aumentado el porcentaje de alemanes nacidos después de la guerra -más del 60 por ciento hacia finales de los años ochenta- y que por lo tanto no tenían ninguna experiencia directa con el pasado nazi. Así, “la memoria de un sobreviviente, que antes era dominante, gradualmente ha cedido el lugar a la memoria adquirida, trasmitida, aprendida, con fuertes variaciones en la intensidad de la adquisición”.3;

Otra distinción necesaria respecto a los grupos sociales es -como escribe Grosser- “la presencia del delito en la memoria, el deseo de esta presencia o su rechazo, han sido distintos según sea la pertenencia profesional, con ausencias y rechazos particularmente fuertes ahí en donde la memoria implicaba una constatación de complicidad, por ejemplo entre los industriales y los magistrados”.4 Otro criterio distintivo es aquel de las filiaciones religiosas, ya que las iglesias han adoptado comportamientos distintos en relación con la memoria. La diversidad se da, en resumidas cuentas, según la vivencia personal, por ejemplo la influencia del hecho de haber vivido o no en una zona bombardeada, de haber sido o no expulsado de la tierra originaria, etcétera.

Sobre la memoria del pasado nazi en Alemania pesan las dos dificultades ya citadas: la naturaleza criminal de dicho pasado y el hecho de que este régimen criminal había sido beneficiado, hasta su final, por un largo apoyo por parte de la población. Viene al caso recordar que el régimen nazi sólo pudo ser eliminado por la acción de los ejércitos extranjeros, no por una consecuencia de una guerra civil o por la resistencia armada de una parte de la población: en Alemania existieron opositores, pero no un movimiento de resistencia armada, comparable por ejemplo a aquel italiano en contra del fascismo. Para las generaciones que habían vivido el periodo nazi, recordar el pasado quería decir también tener que recordar la propia responsabilidad, tener que preguntarse en qué medida cada uno había contribuido, con su comportamiento individual a hacer posible los crímenes nazis y la catástrofe de Alemania.

Reflexiones sobre el problema de la responsabilidad individual y colectiva no faltaron en Alemania al término de la guerra. Basta recordar, por ejemplo, el libro del filósofo Karl Jaspers, Die Deutsche Schuld (La culpa alemana), publicado en 19465. En este lúcido y doloroso examen de conciencia, el autor constataba que en la población alemana era muy difundida la tendencia a evitar cualquier discusión sobre estos problemas y a rechazar cualquier idea de culpa. Escribe Jaspers:

“La tentación de sustraerse a este problema (de la culpa) es fuerte. Vivimos en la miseria. Una gran parte de nuestra población vive en una miseria tan grande, tan inmediata, que parece ser indiferente a dicha discusión. Le interesa sólo eso que disminuye la miseria, eso que procura trabajo y pan, un lugar, calor. El horizonte ha devenido cerrado. No le gusta oír hablar de la culpa, del pasado; no ser tocados por la historia mundial. Simplemente se quiere dejar de sufrir, salir de la miseria, se quiere vivir pero no reflexionar. Se tiene la impresión de que después de un sufrimiento tan terrible se debería ser recompensado, o en cualquier modo consolados, pero no es permitido ser comprendido cabalmente, más allá de todo lo demás, bajo una culpa”6.

Sin embargo, las voces como la de Jaspers permanecieron, en el conjunto, preferentemente aisladas. Sin duda alguna, el comportamiento más difundido fue el de cerrar los ojos sobre el pasado y evitar cualquier reflexión sobre el problema de la responsabilidad. En distintos modos, esta actitud fue promovida por los poderes públicos de las dos Alemanias, a pesar de la distinta orientación política. El hecho mismo de que un número muy elevado de alemanes estuviera involucrado en los crímenes del nazismo frenaba la reflexión. Como se sabe, es más fácil defenderse de una culpa, y de sentimientos de culpa, cuando ésta ha sido cometida colectivamente. Escriben dos psicoanalistas alemanes, Alexander y Margarethe Mitscherlinch: “Normalmente el individuo oprimido por una culpa viene aislado de la sociedad; en cambio, este destino no golpea a la colectividad, porque en ella el hombre es solamente un culpable entre los culpables”7. Las dimensiones mismas de los crímenes cometidos y el elevadísimo número de personas implicadas en su ejecución han hecho difícil a la sociedad alemana probar sentimientos de culpa. Escriben los Mitscherlinch:

“Un examen históricamente riguroso de esta parte de nuestro pasado probaría rápidamente que el exterminio de millones de perseguidos indefensos se compone de innumerables decisiones y acciones criminales de singulares, y que no se puede en modo alguno señalar exclusivamente, con aquella facilonería que han hecho propia, a los superiores, en resumidas cuentas al führer mismo. Que haya podido pasar lo que ha pasado no es el resultado solamente de cualidades milagrosas del führer, sino ni más ni menos de una ‘increíble obediencia’”8.

Por tal motivo, en Alemania occidental una amnesia colectiva pareció difundirse entre la población, como una epidemia, al término de la guerra. Nadie se acuerda más de haber sido nazi, de haber sostenido con entusiasmo a Hitler. Respecto de los innumerables delitos cometidos por el régimen nazi, ninguno parecía haber tenido conciencia antes de 1945. Este intento de justificación tenía, obviamente, un fundamento poco sólido. También si es imposible determinar con exactitud en qué medida la población era informada de estos delitos, es cierto que un número muy elevado de personas tenía conciencia de ello; que así fuese, se explica porque el funcionamiento de la máquina de muerte nazi pedía la participación de muchísimas personas y no sólo de un restringido número de criminales. Para dar un ejemplo, los ferrocarrileros que conducían a Auschwitz los convoyes de deportados difícilmente podían ignorar que éstos iban a encontrar la muerte y que las condiciones de transporte, por sí mismas, eran inhumanas y los empleados de la administración ferroviaria no podían ignorar el hecho de que todos aquellos trenes regresaban de Auschwitz vacíos. Otro ejemplo: la población que vivía en las proximidades de los numerosos campos de concentración existentes en Alemania no podían ignorar que se trataba de lugares de terror, también si no conocían en detalle todo lo que ahí sucedía. Cuando se observa un mapa del sistema totalitario nazi, con sus innumerables ramificaciones, se comprende inmediatamente que los lagers formaban parte del panorama normal que gran parte de la población tenía bajo los ojos. El argumento de la ignorancia era por lo tanto poco convincente.

Después del final de la depuración, conducida por las autoridades aliadas, raros fueron los criminales nazis que debieron responder por sus acciones frente a los tribunales en Alemania Federal. Sólo hasta los años setenta, por ejemplo, fue celebrado, en Frankfurt, un primer proceso en contra de los guardias y otros responsables del campo de exterminio de Auschwitz. Por lo demás, muchos procesos contra excriminales nazis fueron celebrados en la República Federal solamente como consecuencia de las presiones de la opinión pública internacional. La gran mayoría de los criminales fue dejada en paz y pudo continuar tranquilamente la propia carrera en la vida civil: se le aplicó en sus responsabilidades aquello que algunos estudiosos llaman la “amnistía fría”, es decir, una amnistía de facto, privada de todo elemento jurídico pero no por ello menos eficaz. Los ex miembros de la SS, la Gestapo, los Einsatzgruppen y otras organizaciones criminales obtuvieron la pensión estatal por los servicios prestados. Ralph Giordano escribe que la Alemania Federal concluye la “gran paz con los asesinos”9, agregando así a la primera culpa -aquella cometida en los tiempos de Hitler- una segunda, que consistía precisamente en el deseo de olvidar y negar la primera. Esta segunda culpa habría señalado en modo determinante la cultura política de la República Federal.10;

Inversamente, los opositores al régimen nazi que debieron fugarse de Alemania después de la llegada de Hitler al poder y que entran nuevamente después del final de la guerra fueron generalmente recibidos con desconfianza y sospecha. Se imputó a muchos exiliados el hecho de haber vivido “la buena vida” en el extranjero, mientras en Alemania se debieron soportar tantas privaciones. A quien, como el futuro canciller Willy Brandt, había participado activamente en la resistencia en contra del nazismo, se imputó, en los ambientes políticos más conservadores, la ausencia de espíritu patriótico. Aquellos que habían sobrevivido a los campos de concentración y a las prisiones de Hitler no encontraron, una vez reintroducidos a la vida civil, un recibimiento particularmente caluroso. Con frecuencia, su presencia constituía motivo de embarazo, porque, en cierta medida, eran la prueba viviente de que efectivamente había sido posible resistir a Hitler: a los ojos de aquella mayoría que había seguido ciegamente al führer, estos sobrevivientes representaban un tácita pero permanente reprobación. A propósito de quien, por conformismo, se había adaptado al régimen sin buscar utilizar los espacios de maniobra, que también existían, para disminuir la injusticia, Karl Jaspers escribía en 1946: “ninguno podrá justificarse completamente por haber obrado así, sobre todo tomando en cuenta el hecho de que muchos alemanes rechazaron cumplir tales actos de sumisión y se asumieron las consecuencias de su rechazo”11.

En la Alemania Federal, la mayoría de los alemanes rechazó considerarse culpable y ningún criminal nazi admitió públicamente su culpa o hizo acto alguno de arrepentimiento. Es paradójico que los pocos, como Jaspers, que estuvieron dispuestos a interrogarse sobre las propias responsabilidades, fueron, en realidad, aquellos que menos tenían algo que reprocharse o bien porque no habían apoyado el régimen o bien habían luchado en contra de éste, mientras la gran mayoría de la población que más había apoyado el régimen era también aquella que rechazaba categóricamente reflexionar sobre sus propias responsabilidades.

La actitud más difundida en la sociedad alemana occidental fue aquella que consistía en buscar olvidar el pasado nazi o, más exactamente aquellos aspectos del pasado que implicaban la responsabilidad y la culpa individual o colectiva. Ralph Giordano resume la selectividad de este tipo de memoria:

“Excelente memoria respecto a cada ámbito de la existencia privada y de la vida política entre 1933 y el final de la guerra, allá en donde no existe nada de comprometedor. En cambio, un venir a menos de la memoria para todos los sucesos susceptibles de probar disgusto, vergüenza o sentimientos de culpa. Se selecciona con precisión qué cosa debe ser olvidada y qué cosa no debe serlo. Campos de concentración y holocausto -olvidados. No olvidados en cambio: las violencias en contra de los alemanes y la guerra aérea”12.

Según Giordano, remoción y negación miraban a defender no al Tercer Reich y a su führer, sino al propio yo, que no quería confesarse culpable ni frente a sí mismo ni frente a los otros. Análogamente, escriben los Mitcherlich:

“Después de la completa derrota viene a luz la tesis de la obediencia. Toda ella de salida, para responder por el genocidio efectuado, permanecieron sólo los líderes imposibles de encontrar o ya puestos a juicio. En realidad, todos los estratos, y especialmente los sectores dirigentes, los industriales, los jueces, los profesores de universidad, habían acordado al régimen un apoyo decisivo y entusiástico, peor con el naufragio se vieron desvinculados por encanto de cualquier responsabilidad personal”13.

El mecanismo, según los dos psicoanalistas, es análogo a aquel de una culpa infantil. Del niño que, habiendo combinado un pequeño daño, niega después ser su autor:

“En la defensa en contra de la culpa, la vergüenza y el luto por la pérdida sufrida, que la totalidad de la población alemana de la posguerra pone en acción, tenemos en realidad que hacer lo mismo que con la autodefensa infantil, pero no con una experiencia de culpa infantil, sino con una gruesa culpa real. No puede no suscitar espanto la aplicación de una técnica infantil de descarga de las consecuencias derivadas por la expedición de conquista y programas de exterminio que sin el empeño entusiasta de esta colectividad no habrían podido ni siquiera haber iniciado, y mucho menos durar hasta el último momento”14.

Entre las formas más difundidas de rechazo de la responsabilidad existió aquella de atribuir toda la culpa al führer -como si el nazismo hubiese sido solamente el hitlerismo- y aquella de considerar todo lo sucedido como una suerte de catástrofe natural, en contra de la cual la voluntad humana es impotente. En el momento en que la gran mayoría de la población alemana se había identificado con Hitler y con su régimen, su caída significó una devaluación traumática del propio yo. Al respecto, escriben los Mitscherlich:

“Para millones de alemanes la pérdida del führer no fue la pérdida de una persona cualquiera (…); en cambio, a su persona le vincularon identificaciones que habían llenado funciones centrales en la vida de sus secuaces, en el momento en que él se había transformado en la personificación de nuestro ideal del yo. La pérdida de un objeto investido así con una gran energía libidinal, de la cual todavía no se dudaba, de la cual todavía no se osaba dudar, cuando la patria cae en ruinas, sería efectivamente un motivo de melancolía (en el sentido freudiano, es decir, de intensificación patológica del sentimiento de luto). En la catástrofe no se perdió solamente la base efectiva de nuestro ideal del yo; el führer además fue desenmascarado por los vencedores como un criminal megalómano. Con esta repentina caída de sus cualidades, el yo de cada individuo probó una desvalorización y un empobrecimiento centrales”15.

En esta situación, no quedaban, según la interpretación de los dos psicoanalistas, otras salidas que la depresión, la melancolía, o bien el rompimiento de todos los puentes afectivos con el pasado inmediato, negando cualquier responsabilidad o implicación de todo aquello que había sucedido. Por lo tanto, la amnesia voluntaria y el rechazo de responsabilidad fueron los medios de defensa en contra de la depresión. La más importante técnica de defensa fue precisamente aquella que consistía en buscar olvidar todo lo que tuvo que ver con el entusiasmo por el Tercer Reich, con la idealización del führer y con los actos criminales cometidos16.

A juicio de los Mitscherlich, el hecho de que en la gran masa de la población se hayan manifestado pocas señales de melancolía, de luto o de remordimiento es atribuible a la negación colectiva del pasado, el cual se desvanecía como un sueño, y esto permite después a la población de la República Federal identificarse fácilmente con los vencedores occidentales sin dar signo de orgullo herido. Por lo demás, “una de las ventajas económicas de esta negación colectiva del propio pasado fue que podía uno dedicarse adecuadamente, indemne, al presente y a las tareas de éste”17. La energía psíquica disponible fue invertida, casi en manera obsesiva, en el trabajo de reconstrucción del país18. En el arco de doce años, gracias a este obstinado trabajo y a la ayuda americana, se obtuvieron en este rubro resultados sorprendentes. La prosperidad económica contribuyó a hacer olvidar el pasado nazi. La Guerra Fría y la exacerbación del conflicto internacional Este-Oeste reforzaron dicha tendencia. En particular, el anticomunismo jugó un papel importante. La República Federal había nacido sobre la base de un doble rechazo: por una parte, rechazo del nazismo; por otra, del comunismo, ambos considerados como variantes de un mismo fenómeno: el totalitarismo. Sin embargo, el sistema político de la República Federal se mostró mucho más intransigente en su rechazo al comunismo que en aquel del nazismo: en los enjuiciamientos y críticas de los exnazis, no fue aplicada la misma política de rígida exclusión que, en cambio, sí fue aplicada en las confrontaciones de los comunistas.

El rechazo de la memoria, la voluntad de no recordar, duraron demasiado19. Para que la sociedad alemana-federal comenzara a salir de la amnesia colectiva en relación con el pasado reciente fue necesario esperar la llegada en los años sesenta de una nueva generación, nacida después del final de la guerra. En ese entonces, se asistió a una suerte de despertar o de reactivación de la memoria, que ha continuado intensificándose. Distintos factores contribuyeron, en los años sesenta, a este despertar. Muy importante fue, por ejemplo, el proceso, en Jerusalén, a Adolf Eichmann, uno de los principales organizadores del genocidio. El suceso tuvo un notable eco internacional, sobre todo en Alemania. Otro factor del despertar fue el proceso que tuvo lugar en Francfort contra un grupo de guardias del campo de concentración y exterminio de Auschwitz. Este hecho permitió (sobre todo a los más jóvenes) tomar conciencia de la enormidad de los crímenes cometidos por el nazismo y de constatar que los criminales no eran psicópatas, sino personas “normales”, transformadas en despiadados asesinos. Lo mismo había constatado Hannah Arendt en relación con Eichmann: el libro escrito por ella a propósito del proceso de Jerusalén, al cual había asistido, lleva precisamente como subtítulo “la banalidad del mal”. Pero el factor decisivo para el despertar de la memoria probablemente fue la llegada a la edad adulta de una generación de jóvenes, nacida después de la guerra, que comenzó a pedir explicaciones a la generación precedente, aquella de sus padres, sobre el modo en el cual ésta se había comportado durante el periodo nazi. Más que en otros países, en Alemania el movimiento estudiantil de 1968 fue también una revuelta contra la generación de los padres, contra su amnesia y sus silencios, su rechazo de reconocerse responsables. En el mismo periodo, se formaba una nueva generación de historiadores, que aportaría una contribución esencial al conocimiento del pasado nazi, contribuyendo a intensificar el recuerdo en la conciencia colectiva. La contribución de estos historiadores requiere un trabajo aparte que no puede hacerse aquí. Basta recordar que el debate entre los historiadores conservadores por cerrar definitivamente el discurso sobre este tema ha obtenido exactamente el efecto contrario, como se ha podido verificar en ocasión de la famosa “controversia de los historiadores” (Historikerstreit) en los años ochenta. En aquel decenio, el recuerdo del pasado nazi se había intensificado, dando lugar, por ejemplo, a un multiplicarse de ceremonias conmemorativas. Fue como si el pasado nazi saliera progresivamente del olvido, en el cual se había buscado relegarlo, para hacerse cada vez más presente en la memoria colectiva. En este sentido, se trata verdaderamente de un pasado que no pasa, como lo deplora el historiador conservador Ernst Nolte. No faltaron los intentos, por parte de los sectores políticos conservadores, de cerrar definitivamente, de un modo u otro, el discurso sobre el pasado nazi. Uno de los más significativos ha sido sin duda el episodio de Bitburg. En ocasión de una visita oficial del presidente norteamericano Ronald Reagan a Alemania, el canciller Kohl y su invitado habían realizado un homenaje a los alemanes caídos en el cementerio militar de Bitburg, en las afueras de Bonn, donde están enterrados, junto a los soldados de la Wehrmacht, los hombres que pertenecieron a la SS. La ceremonia fue concebida por Kohl para demostrar que la página del pasado nazi ya había pasado, pero tuvo el efecto exactamente opuesto, suscitando una fuerte ola de protestas. Este episodio demuestra también la dificultad, para la República Federal, de encontrar una forma adecuada para rendir homenaje a los soldados caídos. Si es verdad que estos soldados murieron por la Alemania -pero ¿Por cuál Alemania? ¿Aquella que quería dominar el mundo? -, es también verdad que muchísimos de ellos, y no sólo los que pertenecieron a la SS, se mancharon de crímenes espantosos, cuyo recuerdo siempre está vivo.

La política de la memoria en la Alemania Oriental

Muy distinta, pero en algunos aspectos también análoga, fue la dinámica de la memoria en la Alemania Oriental, ocupada por los soviéticos y transformada en 1949 en República Democrática Alemana. El poder fue rápidamente monopolizado por el partido comunista (oficialmente existían otros partidos, pero reducidos a una función decorativa) y, por lo tanto, a la dictadura nazista sucede, después de una breve fase de transición, la del partido comunista. En nombre de otros principios, oficialmente humanísticos, el nuevo régimen también buscó controlar y regular cada aspecto de la vida social, así como de la vida privada. Desde la óptica del problema de la memoria, los aspectos que ameritan mayor atención son aquellos vinculados con la legitimación del poder comunista y la integración de los exnazis, es decir, la mayoría de la población, en el sistema sociopolítico alemán-oriental.

En la Alemania Oriental, la fuente de la legitimidad del nuevo poder no podía ser el sufragio democrático, porque en elecciones libres el partido dominante hubiera seguramente quedado como una minoría. La legitimidad se basó en la resistencia al nazismo, en la cual los comunistas habían jugado una parte muy importante. La élite del poder estaba compuesta por comunistas que habían estado en el exilio (básicamente en la Unión Soviética) o bien en las prisiones y en los campos de concentración hitlerianos y habían luchado en contra del nazismo. Por ello, era esencial para el nuevo régimen mantener viva la referencia a la época nazi y a la resistencia comunista. Así, se desarrolló una memoria oficial, cuya función básica consistió precisamente en legitimar el monopolio comunista del poder. Puede decirse que una memoria de grupo, la memoria colectiva, se impone, autoritariamente, como memoria oficial de toda la sociedad alemana-oriental. Podemos corroborar su contenido en el siguiente modo:

-El nazismo había sido la dictadura del gran capital y, como tal, de un restringido grupo social, impuesta con la ayuda de un grupo de criminales (el partido nazi, instrumento del gran capital) a una población recalcitrante, que había resistido bajo la guía del partido comunista.

-La única oposición a este régimen fue la de los comunistas. Todas las otras -aquella de los socialdemócratas, por ejemplo, o aquella de la “iglesia confesante” (Bekennende Kirche), de los ambientes conservadores o de grupos tales como los Testigos de Jehová- fueron deliberadamente minimizadas o ignoradas. La imagen propuesta por la historia alemana reciente fue la de un encuentro frontal entre nazismo y comunismo que había concluido con la victoria de este último.

Con este cuadro de referencia, el problema del consenso de masas, del cual el nazismo se había beneficiado tomando a la población alemana era completamente ignorado. La dictadura nazi parecía no haber tenido una verdadera y propia base social por afuera de la gran burguesía y por tal aparecía como un régimen impuesto por el exterior, por una clase restringida de grandes capitalistas y de sus servidores. Esta imagen correspondía muy poco con la realidad. Importa subrayar que también la memoria oficial construida e impuesta por el partido comunista no apoyaba la reflexión sobre el problema de la responsabilidad individual y colectiva por los crímenes cometidos en el periodo nazi. Tal reflexión no tenía, por decirlo de alguna manera, razón de ser, porque el problema oficialmente ya había sido resuelto: la responsabilidad pertenecía exclusivamente al gran capital y a un restringido grupo de sus agentes. De este modo, el nuevo poder comunista ofrecía a millones de exsecuaces de Hitler una posibilidad de integrarse en el nuevo régimen, a condición de aceptar la dictadura comunista. Los términos del intercambio político fueron más o menos los siguientes: el poder comunista, que se sabía minoritario, simulaba e ignoraba que la gran mayoría de la población había sostenido el nazismo; en cambio, exigía de ella lealtad y obediencia. Se pedía a la población, en sustancia, manifestar en relación con el nuevo régimen el mismo conformismo que ya había demostrado respecto al régimen nazi. Sobre la base de este tácito “contrato social”, la población alemana-oriental fue transformada retrospectivamente, como por un golpe de vara mágica, en una mayoría de antifascistas que habían luchado heroicamente, bajo la dirección del partido comunista, en contra del régimen de Hitler. En virtud de este retrospectivo bautismo antifascista, fueron canceladas las culpas políticas pasadas. El poder comunista actuó sobre el conformismo y sobre el sentimiento de sumisión a la autoridad por parte de la población, ofreciendo, sin embargo, a la masa de los exnazis la posibilidad de integrarse al nuevo sistema político. Un partido ad hoc, naturalmente con funciones decorativas, fue además creado para estos fines.

Las referencias al pasado nazi, y particularmente a la resistencia comunista, eran omnipresentes en la Alemania Oriental. Por todas partes, monumentos y lápidas recordaban el heroísmo de los comunistas. Estrictamente controlada por el partido comunista, la historia oficial, en las universidades y en las escuelas, iba en el mismo sentido, transformada en ilustraciones y celebraciones de la mitología comunista. La memoria oficial lanzaba al olvido todo aquello que no correspondía o no estaba acorde con la versión creada por aquel partido. Así, por ejemplo, esta historia prefería regresar sobre los dos años del pacto alemán-soviético, durante los cuales la Rusia soviética había tenido relaciones amigables y de colaboración con la Alemania nazi. Otro capítulo sobre el cual la memoria oficial prefería no atarse era aquel de los comunistas alemanes que, refugiados en la Unión Soviética, habían sido víctimas del terror estaliniano o además habían sido consignados a la Gestapo por la policía soviética. Igualmente fueron excluidos de la memoria oficial todos aquellos comunistas que se habían separado, en algún momento, de la línea del partido, transformándose en heréticos o disidentes. Puede observarse al respecto, de manera casi caricaturesca, el mecanismo con base en el cual funcionaba la memoria colectiva: por un lado, la selección de los elementos del pasado que eran considerados como significativos o importantes para la cohesión de grupo; por otra parte, la condena al olvido de todos aquellos que pudieran amenazar dicha cohesión. La memoria judía, en particular la memoria de la Shoah, fue la otra gran ausente del panorama de la memoria oficial alemana-oriental, porque el genocidio judío no podía ser explicado con base en los parámetros de la interpretación comunista del pasado. Solamente mucho tiempo después, el régimen alemán-oriental decide, por ejemplo, conmemorar el progrom de la llamada “noche de los cristales” (Kristallnacht). Los museos alemán-orientales dedicados a la historia del periodo nazi, por ejemplo aquellos instalados en los excampos de concentración de Buchenwald o de Sachsenhausen, dejaban pensar que sólo los comunistas habían sido víctimas del nazismo y que la persecución en contra de los judíos, que culminó con el genocidio, había sido un episodio relativamente secundario.

La memoria oficial, en la Alemania comunista, se presentaba como la única autorizada. Tomando el monopolio, ella no toleraba memorias alternativas. Ninguna asociación importante, que hubiera podido transformarse en el vector de una memoria distinta y no conforme con aquella oficial, podía desarrollarse libremente: en efecto, el partido comunista en el poder intervenía para controlar toda la vida asociativa, infiltrando, entre otros sectores, las iglesias, alrededor de las cuales podía cristalizarse una memoria colectiva independiente de aquella oficial. En determinados aspectos, la política de la memoria practicada en Alemania Oriental hizo pensar en el eslogan famoso de la novela de George Orwell, 1984: “Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”20.

Problemas de la memoria en la Alemania unificada

Con la reunificación alemana, se ha abierto un nuevo y apasionante capítulo de la memoria colectiva en Alemania. Expondré solamente algunos aspectos. Con la desaparición del régimen comunista de Alemania Oriental, entró en crisis y se disolvió la memoria oficial por éste elaborada. La reunificación alemana dio lugar a verdaderas batallas de la memoria, por ejemplo y a propósito de la toponomástica, de los monumentos y de los archivos de la exRepública democrática, de los campos de concentración nazis utilizados entre 1945 y 1950 por la Armada Roja y por el régimen comunista como campos de confinamiento no sólo para los nazis, sino también para muchos otros adversarios políticos del régimen. Sobre cada uno de estos temas se han encontrado memorias distintas e irreconciliables. Han sido tomadas decisiones importantes en los últimos años, como aquella de construir en el corazón de la capital alemana, cerca de la puerta de Brandeburgo, un monumento nacional para conmemorar el genocidio judío. Pero la memoria oficial de la Alemania unificada continúa caracterizándose por incontables ambigüedades. Ello se ha podido constatar, por ejemplo, en ocasión de la transformación de un edificio en Berlín, la Neue Wache del arquitecto neoclásico del siglo pasado Schinkel, en memoria nacional de la República Federal. Este monumento neoclásico situado en el corazón de Berlín, sobre el Unter den Linden, ya había servido como lugar de la memoria oficial en la República de Weimar y más tarde con la Alemania comunista. En los tiempos de la Alemania comunista, la Neue Wache contenía dos tumbas simbólicas, una de un soldado desconocido, y la otra de una víctima, también ella desconocida, de los campos de concentración nazi, adornadas por una llama eterna. Sobre los muros, más allá del emblema de la República Democrática Alemana, se encontraba un escrito en recuerdo a la “víctimas del fascismo o del militarismo”. Después de la reunificación, estos símbolos fueron destruidos. En el centro de la sala, bajo la apertura central, se encuentra una estatua (versión engrandecida del original) de Käthe Kollwitz, que representa una madre, la cual lleva sobre sus brazos al hijo muerto. En los pies de esta sugerente “Piedad”, se encuentra escrito: “A las víctimas de la guerra y de la tiranía” (Gewaltherrschaft). En particular, este escrito ha suscitado en Alemania fuertes polémicas. En efecto, se presta a confusión la apelación genérica de “víctimas de la guerra”, entre los que fueron asesinados por el régimen nazi y los asesinos mismos, muertos durante la guerra, y que por estos últimos son considerados como víctimas de la misma. De frente a la violencia de las polémicas, las autoridades federales han sido obligadas a agregar, sobre la parte exterior del edificio, dos placas de bronce sobre las cuales son enumerados los varios grupos de víctimas que se desea recordar. Otras críticas ha suscitado la elección de un símbolo cristiano -una Piedad- para recordar a las víctimas entre las cuales se encuentran muchísimos judíos.

Otro ejemplo interesante de la dificultad de confrontarse con el pasado nazi y del cómo continúan confrontándose memorias irreconciliables es aquel de la exposición sobre los delitos de la Wehrmacht durante el segundo conflicto mundial, organizada por un instituto de investigación en Hamburgo en 1995 y que ha circulado en Alemania (y en Austria) suscitando violentísimas protestas en los ambientes conservadores y nacionalistas. En vastos sectores de la población, permanece vivo el mito -desmentido precisamente por la exposición- según el cual la Wehrmacht habría realizado una guerra “limpia” y caballeresca y no estaría manchada por crímenes, atribuibles exclusivamente a la SS. La exposición ha sido también atacada sobre el plano científico en tanto que, de las 800 fotografías de la exposición, unas quince se han revelado como falsas o inexactas. Una comisión de historiadores encargada de evaluar ha reconocido el sustancial valor científico no obstante la crítica sobre algunos aspectos de la misma. Al mismo tiempo, la exposición ha sido retirada temporalmente para eliminar los pocos documentos controversiales.

En la actual Alemania, los testimonios directos del pasado nazi son cada vez más raros. La gran mayoría de la población está compuesta de personas cuyo conocimiento del periodo nazi abreva sobre todo en libros de escuela, programas de televisión, periódicos, más allá de aquello que posiblemente pudieran aprender en la propia familia. Por lo tanto, se trata más de una memoria indirecta, donde el problema de la transmisión deviene absolutamente central. Sin embargo, por más lejano que se encuentre en el tiempo, el pasado nazi continua ocupando un lugar central en la memoria colectiva.

1 Si ello fuese posible, nos encontraríamos en la patológica situación -por exceso de memoria- descrita en el relato de Borges “Funes el memorioso”.

2 Alfred Grosser, Le crime et la mémorie, Paris, Flammarion, 1991, p. 87.

3 Ibid, p. 88.

4 Ibid, p. 88.

5 Karl Jaspers, La culpabilité allemande, Paris, Editions de Minuit, 1990. El libro fue el resultado de un curso impartido por Jaspers en la Universidad de Heidelberg en el invierno de 1945-1946.

6 K. Jaspers, op. cit., p. 43.

7 Alexander y Margarethe Mitscherlinch, Germania senza lutto. Psicoanalisi del postnazismo, Firenze, Sansoni, 1970, p. 40. (título original: Die Unfähigkeit zu trauern. Grundlagen kollektiven Verhaltens, Munich, Piper 1 Co., 1967).

8 A. y M. Mitscherlinch, op. cit., p. 28.

9 Ralph Giordano, Die zweite Schuld, oder von der Last, Deutscher zu sein, München, Knaur, 1990.

10 R. Giordano, op. cit., p. 11.

11 K. Jaspers, op. cit., p.79.

12 R. Giordano, op. cit., p. 36.

13 A. y M. Mitscherlich, op. cit., p. 23. Ellos agregan: “Todos los acontecimientos en el cual hemos sido culpablemente implicados fueron denegados, convertidos respecto a su significado, responsabilizando a algún otro: de todos modos, no vinculables a nuestra identidad cuando habría que dar cuenta de ellos a posteriori” (p. 24); “Para evitar, o al menos para disminuir esta angustia, culpa y vergüenza, fueron movilizados procesos psíquicos de defensa del tipo de la remoción, del rechazo, de la proyección y similares” (p. 25).

14 A. y M. Mitscherlich, op. cit., p. 25.

15 Ibid, p. 33.

16 “Aplicando esta táctica de defensa psíquica, el recuerdo de los doce años de dominio nazista devino precario y difuso. Cuando la historia reciente viene reclamada sin velos a nuestra memoria en su brutalidad -quizás porque tiene lugar un proceso contra un criminal nazi- entonces, se busca eludir y se pierden las noticias sobre los periódicos. No obstante ello, si este pasado regresa a la luz, no viene reconocido en ningún caso como parte de la propia historia y de la propia identidad. Es de suponer que las personas que actúan en tal modo la piensa así también cuando se encuentran solas consigo mismas”. A e M. Mitscherlich, op. cit., pp. 27 y ss.

17 A e M. Mitscherlich, op. cit., p. 32.

18 “La reconstrucción de la economía fue nuestra cura predilecta. La edificación de una estructura estatal democrática comenzó, en cambio, por la concesión de los vencedores, que al día de hoy aún no sabemos cuál forma de Estado habríamos elegido espontáneamente después de la caída del régimen nazi”. A e M. Mitscherlich, op. cit., p. 18.

19 “La continuidad en el rechazo de la memoria es innegable. Rechazo de recordarse, rechazo de conocer, rechazo de los hechos mismos para nutrir mejor la memoria de datos, verdaderos o falsos, de sentido contrario”. A. Grosser, op. Cit., p. 121.

20 George Orwell, 1984, Milano, Mondadori, 1979, p. 59.

El autor pertenece al Centre d´Histoire Sociale du Xxe Siècle, CNRS / Université de Paris I Panthéon Sorbone. Traducción: Israel Covarrubias

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