Retornos de la utopía. A propósito de “La renta básica de los iguales”

Manuel Cañada

“Por cada mil guerras, no hay diez revoluciones: tan difícil es el paso erguido”
Ernst Bloch, El principio esperanza

 

Mañana está enmañanado
Y ayer está ayerecido:
Y hoy, por no decir que hoyido,
Diré que huido y hoyado.
José Bergamín

 

“¿El límite? El cielo es el límite”. Quien así habla no es un poeta asolado por la inmensidad ni un físico arrebatado de mística. Es Emilio Botín, presidente del Banco Santander Central Hispano, y su afirmación-levitación se produce con motivo de la presentación de los beneficios de la entidad en el año 2005, 6.220 millones de euros, al ser preguntado por las expectativas de ganancia para los próximos años.

“Viajes a la luna”. El reclamo no se refiere a las fantasías de Cyrano de Bergerac ni a las de ningún enamorado enajenado. Es una noticia sobre empresas, como Space Adventures, pioneras en el “turismo espacial”. Se trata de los primeros pasos de un nuevo turismo de élite: por el módico precio de 15’7 millones de euros cualquier intrépido viajero podrá embarcarse en los caminos ingrávidos…

“Madrid llegará a los 12 millones de habitantes”. El responsable de urbanismo de la comunidad habla alborozado del Madrid-Megalópolis que se avecina, aunque “no se sabe bien de donde se sacarán los recursos hídricos”1 para sostener al monstruo.

Son tres simples muestras tomadas de la prensa diaria. Los banqueros asaltan los cielos, el dinero enferma de turismo lunático, los especuladores organizan el infierno para los próximos veinte años. Utopías del Capital, de la Máquina, de la Gran Ciudad. Son las “utopías” de ellos, los sueños del poder.

Marinetti y las vanguardias futuristas se sientan, al fin sin complejos, en la mesa de los patronos: “El Tiempo y el Espacio murieron ayer. Nosotros vivimos ya en el absoluto, porque hemos creado la eterna velocidad omnipresente”. Por fin el mundo se doblega ante la transgresión creadora de la burguesía, ante su audacia científica, ante la función motriz del riesgo: “Queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad”2.

A los delirios del poder, a las pesadillas de su codicia, a sus quimeras de velocidad y cemento, le llaman progreso. A nuestra austera esperanza, rancia utopía.

“La ciudad fue, ante todo, un fenómeno religioso: era la mirada de un dios. Cuando se fundaba una nueva ciudad el arado que trazaba el contorno de las murallas era sostenido por un sacerdote”3. Nuevos clérigos adscritos a las gerencias de urbanismo delinean y recalifican los suelos, en nombre de las divinidades multinacionales, auxiliados del moderno dogma de la tecnología.

Consumo infinito y omnipotencia tecnológica se han convertido en las fantasías dominantes de nuestro tiempo. Las campanas de la publicidad convocan a abrazar la universal religión del consumo. Pero, de nuevo, “muchos son los llamados, mas poco los elegidos” y los proliferantes barrios miseria rebosan de pobres sobrantes, de extraños, de peligrosa excrecencia social.

Y del estigma,“en las tinieblas del momento apenas vivido”, surge una vez más el sueño de otro tiempo posible. Turbio y a veces iracundo se afirma el sueño: “escaparse del espejo, desenredarse del ovillo, descoyuntarse de la dulce rosquilla de los cuentos”4. Nace en los suburbios la tentación de la herejía, al principio débil luego desafiante. “Como advierte el rojo fogonazo que se ve en el horizonte de París, los barrios miseria vuelven a la lucha” 5.

El poder se inquieta y moviliza al ejército de mercenarios, de nuevos sacerdotes y de siervos. En las tribunas universitarias, en los medios de formación de mentalidad sumisa, en los despachos del sindicalismo oficial, suena unánime el conjuro contra los rebeldes. El experimentado telar de la dominación devana su viejo oficio castrando dignidades, cancelando esperanzas, clausurando utopías.

“Recordad, ingenuos levantiscos, lo que le ocurrió a Adán por desobedecer la voz de Dios y probar del árbol de la sabiduría. Y recordad que su soberbia solo nos trajo la maldición del trabajo: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Mirad, insensatos, la historia del astuto Sísifo, condenado a empujar eternamente una piedra enorme hasta la cima de una montaña desde donde cae nuevamente hasta la base, por señalar a Zeus como raptor de Egina, la hija del dios del agua a cambio de que éste hiciese brotar un manantial en su ciudad. De su atrevimiento procede nuestra condena al trabajo inútil y sin esperanza.

O incluso, soñadores trasnochados, podéis fijaros en lo que le pasó a Prometeo, a aquel fantasioso que le robara el fuego a los dioses, encadenado para siempre tras pasar por otros numerosos castigos divinos. Su obstinada desobediencia originó las prisiones de lo posible que hoy nos atan.”

El poder va relatando su pedagogía de la resignación. Muestra la derrota y el suplicio que acompañaron a los que se atrevieron a enfrentarse al orden inmutable. A salirse del surco le llamaron delirio. A la búsqueda de lo diverso señalaron con el nombre de desvarío.

El capitalismo entona su canto de eternidad: la historia ha terminado, vivimos en una sociedad post-utópica… Para nosotros, en consecuencia, este mundo es “un alcázar de fatalidad, un mundo de la repetición o del siempre-lo-mismo”6. Adán es ahora un comercial con contrato precario, atado al yugo del salario. Sísifo consume las horas de su vida en el transporte urbano mientras sueña con llegar algún día al final de la hipoteca. Prometeo se ha convertido en un ejecutivo posmoderno y, en nombre del fracaso de luchas pasadas, pregona la pasión por el individuo y la inevitabilidad del cinismo.

Los que mandan, organizan la competencia entre los de abajo y nos indican los caminos posibles: resignación o represión, obediencia o exclusión, sumisión o muerte civil. “Esto es lo que hay”: el patrón resume la oferta y los oprimidos repiten sin cesar la formula de cierre. “Dominación y violencia –es decir las formas de poder- tienen por objeto la supresión del futuro, la gestión de la inmovilidad y la repetición del presente”7.

Pero para mantener “el monopolio del futuro”, y su consiguiente negación, al poder no le basta con administrar el panóptico renovado (cámaras de vigilancia, tarjetas de crédito, espionaje informático, pulseras de localización..). No es suficiente con la alquimia en la Sala de Predestinación Social, necesita además el consentimiento activo de los dominados. Se inocula en ellos el aparentemente inofensivo “sentimiento de clase media”.

La cajera del hipermercado se dice clase media; Ana Botella afirma que su familia es de “clase media normal”; el dirigente vecinal de un barrio eminentemente obrero considera que la mayoría de la población es “de una clase media”; hasta el inmigrante que trabaja 60 horas a la semana se confiesa clase media. Clase media, es decir, inocua para el poder, neutra, participante entusiasta de la seducción del consumo…Todos somos clase media y nuestras cabezas se van llenando de serrín e ideología de clase media. Radicalmente moderada, partidaria del extremo centro, defensora de la hipocresía con mesura y de las guerras humanitarias.

Treinta años después de Marcuse “no ha triunfado la consciencia excedente sino el cinismo excedente”8: el más pequeño intento de modificación significativa de la realidad es liquidado expeditivamente bajo la acusación de utopía.

 

EL RÉGIMEN PRECARIO

“Debe haber una espina minúscula, enconada,
que hace siglos buscamos con cálculos, con cantos,
con dioses mal nombrados, con científicos dientes,
con trascendente encono”
Gabriel Celaya

 

“Precarius: que se obtiene por ruegos, por complacencia”9. La etimología y la realidad nos muestran, una vez más, su secreta alianza. El oculto significado de la precariedad es su necesidad de súplica, de plegaria, de preces.

La precariedad viene a añadir un plus de desvalimiento a la condición de asalariado, inquilino o “usuario” de los servicios sociales. El dogal del salario se refuerza con un nuevo dispositivo de dominación basado en la incertidumbre permanente.

De ese modo la precariedad se convierte en régimen, en elemento regulador y administrador de nuestras vidas. Y con la precariedad se instala en nosotros la soledad, la impotencia, la disolución de los vínculos de lucha y la única fe en las destrezas y complacencias del superviviente.

La celda que siempre fue el trabajo en el capitalismo “moderniza” sus rejas. Ahora no necesita tanto exprimir el esfuerzo físico como, sobre todo, extenuar nuestra capacidad de subordinación.

La automatización, la robotización, las cacareadas nuevas tecnologías sustituyen una parte sustancial del trabajo necesario. Pero la duración de la jornada laboral continúa inamovible y la batalla por su reducción que se produjo hace casi una década se saldó con una derrota mayúscula. El capital no puede consentir que se afloje el nudo del dominio, que se desvele el carácter parasitario de su mando.

El capital y sus capataces en los gobiernos descubren al fin las bondades del pleno empleo, precario y superfluo claro está. Practican, ante un público entregado al fetichismo estadístico, uno de sus números de magia preferidos: los parados desaparecen de las listas del INEM y reaparecen como trabajo precario en “la producción flexible”.

Se oculta una de las verdades pecaminosas e imposibles de decir de nuestro tiempo: una gran parte del trabajo asalariado es excedentario, perfectamente prescindible, mera reproducción del dominio del capital. Utópicos de diversas hornadas han llamado la atención sobre las categorías de trabajo superfluo: Tomás Moro llamaba “turba ociosa” a la cohorte de curas, terratenientes o sirvientes de su época; Owen tenía la misma consideración de comerciantes y fabricantes.

Hoy proliferan ocupaciones que serían impensables en una sociedad medianamente sana (democrática, racional, justa). Los “parados felices” de la Asamblea de Jussieu denunciaban, con la rabia de los irredentos, “los curros inútiles (animador sociocultural, representante comercial, agente de medio ambiente, mediador pedagógico, perfumadora, limpiador de caniches….), los curros perjudiciales (poli, vigilantes, embargadores…), al igual que la inmensa mayoría de los oficios que existen hoy en día (banqueros, agentes de seguros, publicistas, expertos en estadística, agentes de bolsa, analistas-tanteadores de mercados..)”10. Han pasado 8 años desde la aparición del creativo y subversivo movimiento de parados en Francia, y desde entonces la lista de actividades innecesarias, a las que millones de personas han de encadenar su vida, no ha hecho más que multiplicarse.

“Todos en Utopía trabajan en actividades útiles, que requieren poco trabajo”. Tomás Moro proponía ya en 1518 una jornada de 6 horas. “Ese tiempo no sólo es suficiente sino que sobra para producir no sólo los bienes necesarios, sino también los superfluos”. En 1602 Campanella abogaba por una jornada de 4 horas. En 1880 Paul Lafargue ruge contra “el dogma desastroso del trabajo” y defiende una jornada de 3 horas: “Si la clase obrera se alzara en su fuerza terrible para reclamar, no ya los derechos del hombre, que son simplemente los derechos de la explotación capitalista, ni para reclamar el derecho al trabajo, que no es más que el derecho a la miseria; sino para forjar una ley de hierro que prohibiera a todo hombre trabajar más de tres horas diarias, la tierra, la vieja tierra, estremeciéndose de alegría, sentiría agitarse en su seno un nuevo mundo…11”

En vano las iluminaciones utópicas, el coraje de los locos. Se impuso la subordinación vestida de ética del trabajo. Y el movimiento obrero y “la izquierda” bebieron la misma pócima alucinógena de la “dignidad del trabajo”.

No aspiramos al advenimiento del país de Jauja, ni a un “diluvio de azúcar, mermelada y jarabe”, tal y como “las clases ociosas y panzudas” acostumbran a caricaturizar nuestro anhelo de otro mundo. Y solo secretamente nos atrevemos a participar del hermoso sueño de Fourier que hacía indistinguible trabajo y juego en sus proyecciones, “libre expresión del yo entero, nunca divorciado de las inclinaciones eróticas”. Pero si no se hace frente a la explotación y a la alienación del trabajo es imposible hablar de vida digna para todas las personas.

LA MORRALLA SOBRANTE

En nuestros días la “ética” del trabajo no cesa de hacer horas extras. Se le acumulan los “excluidos especialmente vulnerables”, los “inadaptados sociales”, los individuos que urgen una “tutela laboral” y para los que hay que diseñar un “itinerario de inserción”.

Tutores para los desempleados, orientadores, insertadores, representan la inmensa filantropía del Estado, presto a rescatar a “los grupos de riesgo” de su congénita indolencia y de su demostrada tendencia a la “automarginación”.

Vigilar a la escoria, pastorear a las ovejas negras, educar a los perros callejeros. El poder “sobreactúa”, exacerbando su moralina del trabajo, multiplicando las jergas clasificatorias que sirven para cercar pobres.

Los pobres sobran. Siempre lo hicieron, pero ahora a duras penas cumplen con la vieja función de sujeto de la caridad que permitían, por esa vía, la redención de la culpa de los pudientes. Los pobres, “convertidos en población excedente”, se amontonan en las conurbaciones y barriadas, esas “zonas oscuras y linchianas donde el imaginario social descarga sus fantasías” 12 acerca de la naturaleza de “las clases peligrosas”.

“Si se les hace la vida imposible, necesariamente se reducirá el número de los mendigos. Es un secreto que todos los cazadores de ratas conocen: tapad las rendijas de los graneros, hacedlos sufrir con maullidos continuos, alarmas y trampas, y vuestros “jornaleros” desaparecerán del establecimiento. Un método aún más rápido es el del arsénico; incluso podría resultar más suave, si estuviera permitido”13.

Thomas Carlyle, uno más de la intocable congregación del “mundo culto”, proponía en 1837 estos enérgicos medios para desinfectar de ratas-mendigos-jornaleros el establecimiento, es decir, el capitalismo emergente de la revolución industrial. Pero la fumigación de la “chusma” constituye una obsesión perdurable de las clases dominantes, toda una tradición que se renueva constantemente. Sarkozy, el ministro francés, señaló el año pasado a la gentuza (racaille) de los ghettos parisinos y prometió utilizar “una gran manguera para barrerlos”.

No está permitido el arsénico, por ahora. Pero sí lo están ya, como ejemplo anticipatorio, las vallas asesinas. En Melilla se construye una valla “tridimensional” acompañada de un humanitario “sistema de agua a presión con pimienta para dificultar la visión a los inmigrantes”. En la frontera de Estados Unidos con México se inician los preparativos para edificar otra valla ya aprobada, de 1226 kilómetros, para impedir el tránsito de millones de estas prolíficas “ratas” fugitivas.

“Si en otra época “ser pobre” significaba estar sin trabajo, hoy alude fundamentalmente a la condición de un consumidor expulsado por el mercado”. Bauman explica las consecuencias que produce la alianza entre la veterana ética del trabajo y la novedosa estética del consumo. Los pobres son los nuevos apestados del paraíso de las mercancías infinitas, los únicos ajenos a la universal condición de “rey en la república independiente de tu casa”, como indica el anuncio reciente de una cadena de tiendas de muebles.

Inquilinos de viviendas sociales, inmigrantes sin papeles, parados condenados a precariedad perpetua, miembros de pandillas juveniles, alcohólicos y drogodependientes, mendigos y vagabundos diversos, habitantes de barriadas deprimidas o deprimibles constituyen la nueva “clase marginada” o “subclase” (underclass).

Los vertederos sociales, las ciudades y barriadas miseria, se pueblan de desterrados del mercado, en conflicto permanente entre ellos. Los habitantes del populoso y, hasta hace poco, combativo barrio de obreros industriales marcan con el estigma de “quinqui” al nuevo barrio de realojados que se construyó en sus cercanías. Éste, a su vez, establece las distancias con los vecinos de su barriada de origen, señalados por el hierro candente de una miseria aun más oprobiosa.

El poder amalgama “la humanidad excedente” y le otorga una nueva utilidad, la de azuzar el miedo de las clases medias, nutrir sus “pánicos morales”, identificar los enemigos internos, confesos o potenciales, del Mercado.“Donde antes se leía privación hay que poner ahora depravación”.

Una guerra social, sorda y sostenida, se libra ya en nuestros días en el interior de los países ricos. Pero quienes mandan y sus siervos no pueden reconocer, por definición, aquella evidencia que señalara Fourier: “en la civilización, la pobreza brota de la misma abundancia”. El conflicto social, de esa forma, se neurotiza, se convierte en trama psicológica o individual.

O en su lugar reaparece un relato naturalista de las confrontaciones sociales que rescata los recursos argumentales de la picaresca y el determinismo. Son las gentes de mal vivir, los rufianes, “los vagos y maleantes”, la mala hierba, la canalla.

Los administradores del poder experimentan cada día nuevas aplicaciones del siempre eficaz amasijo del palo y la zanahoria. Brigadas de policía y batallones del trabajo social garantizan la reproducción del orden; coerción y persuasión muestran sus complementarias funciones. Los pobres pero honrados son separados de los irrecuperables, y todos ellos son llamados a colaborar en su propia criminalización y estigmatización selectiva.

En los institutos se instalan los porteros automáticos y los guardas de seguridad; la policía antidisturbios se encarga de los periódicos desahucios de viviendas sociales; las gentes de bien piden la implicación del ejército en el control de las pateras y cayucos de inmigrantes. Pero la ciudad carcelaria también rezuma ideales. Todas las “fuerzas vivas” del sistema recitan a coro: integración social, interculturalidad, solidaridad, “doce meses, doce causas”…

EL HUMUS DE LA RENTA BÁSICA

Ladrones profesionales y palanganeros de ocasión braman contra la “piratería discográfica”. Los primeros se divierten en la Bolsa practicando, con los préstamos hipotecarios y los despidos laborales, rentables juegos como el de “comprar el territorio por hectáreas y venderlo por metros” o ese otro, también fascinante, de las absorciones y fusiones. Mientras tanto una variedad de raterillos mediáticos como Ramoncín, el antiguo rey del pollo frito, se dedican a la siempre necesaria limpieza de las alcantarillas atascadas del Mercado.

“Las empresas trasnacionales y las instituciones de los países ricos patentan todo lo que pueden, del genoma humano a las plantas subtropicales, perpetrando un verdadero atraco a mano armada sobre el bien común de la humanidad”14. Al capital, más parasitario que nunca, le urge imprimir su sello de propiedad sobre el patrimonio colectivo, ya sea científico, económico o cultural. Se aferra a conceptos como el de propiedad intelectual, exaltando la noción de autor, para tapar las vergüenzas de su expolio, la privatización de la revolución tecnológica, la usurpación de la riqueza creada por la comunidad.

“La vida del capital global depende cada vez menos del trabajo específico y, cada vez más, del trabajo genérico acumulado, que opera un pequeño fideicomiso de las mentes que habitan en los palacios virtuales de las redes globales”15. Manuel Castells, alma analítica pero temerosa del Dios dinero, llama “pequeño fideicomiso de las mentes” a lo que no es sino una sistemática expropiación de la creatividad social.

Toda aquella lírica sobre la sociedad del conocimiento, el nuevo paradigma de la tecnología de la información y las infinitas posibilidades de la red de redes se rinde ante el principio, prosaico pero sagrado, de la propiedad privada. “La red tiene dueño, la red es mía” dice burlón, tras la máscara de la virtualidad, el tangibilísimo capital.

Junto a las nuevas leyes de la propiedad que aseguran “la apropiación de la cooperación que excede de la empresa (derecho de autor, derechos reservados, patentes sobre lo viviente…)”16 se produce una, mayor aún, autonomización y mistificación del capital financiero. La acumulación capitalista se funda así tanto en la explotación de la vida en su conjunto, no sólo del trabajo, como en la “hechicería” de los mercados financieros.

Las relaciones de dominación entre personas quedan ocultas tras la densa nebulosa de las relaciones entre acciones y cotizaciones bursátiles, la intrincada malla de la Economía, solo accesible para los versados en esa nueva teología.

Los códigos de barras, la tarjeta de crédito, el contador de visitas de la página web van emitiendo señales para la planificación de públicos y campañas, traduciendo al lenguaje mercantil, “justo a tiempo”, las inclinaciones y deseos del pueblo consumidor. Insaciable, el capital ocupa nuestra vida.

Son estos tres argumentos que venimos desarrollando el fundamento sustancial, “el humus” de la propuesta de renta básica: régimen precario, proliferación de la pobreza y exigencia de reparto de la riqueza creada socialmente.

La primera motivación de la renta básica de los iguales que propone José Iglesias la encontramos en su utilidad para enfrentarse a la persistencia de la coacción salarial, a la omnipresencia de la precariedad. La propuesta se inscribe en una tradición emancipatoria comunista y libertaria, habitualmente desconocida o escamoteada, de la que puede ser representativa este texto de Carlos Marx: “La clase obrera, en vez del lema conservador de “un salario justo por una jornada de trabajo justa”, deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria:“¡Abolición del sistema del trabajo asalariado!”17.

La segunda razón que abona la conveniencia de la renta básica la encontramos en la expansión de la pobreza y en la manipulación de la marginación social que se realiza desde el poder. La renta básica puede ser un instrumento para combatir la “intemperie” que sufren millones de personas y al mismo tiempo para hacer frente a las operaciones, que están en marcha, de nuevo fascismo.

Y el tercer pilar sobre el que se sostiene es la reivindicación de un elemental acto de justicia: el reparto de una riqueza que es producida, a través de las distintas formas de cooperación social, por toda la comunidad y no por la minoría que se encarga de usurparla.

José Iglesias que, junto a todas las personas de Baladre, viene desarrollando una incansable y lúcida lucha promoviendo la renta básica, da en su último libro un nuevo paso desde la justificación económica de esta propuesta a su fundamentación utópica. La renta básica no es la nueva Jerusalén de la socialdemocracia ni una nueva versión del “modelo europeo del estado del bienestar”. La renta básica no debe convertirse en una simple nostalgia keynesiana, propia del reformismo político, y mucho menos aún en un nuevo dispositivo de control y contención social, en una nueva variante del clientelismo de pobres. Se trata de un instrumento de lucha con voluntad y perspectiva alternativas al capitalismo, se trata de una herramienta que ayude a deshacernos del productivismo y del consumismo.

Pero “los duros procesos del alumbramiento aparecen en el concepto y en la praxis”18. No nacerá la renta básica de su incuestionable lógica liberadora e igualitaria, ni lo hará tampoco por ser capaz de demostrar minuciosamente su viabilidad presupuestaria o de financiación. La comadrona de esta utopía concreta no habita fundamentalmente en las cátedras universitarias sino, sobre todo, en el dolor de los suburbios y en la incertidumbre de los precarios.

UTOPÍA, ENTRE LA RABIA Y LA ESPERANZA

¿ A quién debo ser yo leal? ¿Al patrón que me paga o al sueño que me espera?”
Paulo Freire

Ellos decretaron para siempre el Orden Inmutable. Pero la utopía mínima, humilde, terca se agita en los barrios de Paris, salta de noche las vallas en Melilla, resiste al invasor en las calles de Bagdad.

Ellos declararon eterno el individualismo posesivo, la incesante rotación de las mercancías, la democracia-mercado. Pero muchos tanteamos a oscuras otro “topos”, resistiendo en lo real y explorando lo posible.

Ellos llamaron a la libertad, posibilidad de compra, y democracia a elegir entre los distintos capataces del cortijo. Pero otros removemos la gaveta de las posibilidades, buscando sobria y metódicamente lo nuevo.

Ellos bautizaron como progreso el sonido de las sirenas de fábrica, las veteranas ventanillas del sí señor, los humos de la refinería. Pero cada vez más gentes señalan el engaño, aguzando la conciencia anticipatoria.

Ellos deshonraron la palabra utopía, le echaron los perros de la prudencia y del “sentido común”. Pero miles rescatamos en secreto las iluminaciones, las semillas utópicas pisoteadas por el “realismo” y la politiquería.

Ellos se sirvieron, para desterrar la esperanza, de algunos de los nuestros, enfermos de cargos, de podercito, de miedo a ser precarios. Pero los nuestros “cabalgan a lomos de mula vieja”, abriendo la promesa de otro mundo.

Ellos organizaron la industria de la compasión, reciclando la caridad y practicando “la bondad sin consecuencias”. Pero los pobres se rebelan, sacudiéndose la lástima oprobiosa de los culpables.

Ellos llamaron locos a los justos y encarcelaron las verdades prematuras. Pero nosotros conspiramos por su regreso, labrando las utopías en el torno de las luchas.

Ellos, el poder y la costumbre de la infamia. Nosotros, la utopía y el deseo irreductible de “envenenar el corazón de la bestia”19.

La utopía retorna.

“Y “nunca” se convertirá en “hoy mismo””20.

Referencias bibliográficas:

  1. Ramón Fernández Durán: “El tsunami urbanizador”
  2. Manifiesto futurista de Marinetti.
  3. Lewis Mumford en “La utopía, la ciudad y la máquina”
  4. León Felipe: Contadme un sueño.
  5. Mike Davis: A escobazo limpio.
  6. Ernst Bloch: El principio esperanza.
  7. Mario Tronti: La política en el crepúsculo.
  8. Francisco Fernández Buey: Ni tribunos.
  9. Diccionario etimológico de Joan Corominas.
  10. L@|s parad@s felices. Editorial Virus.
  11. Paul Lafargue: El derecho a la pereza.
  12. Mike Davis: Control urbano, la ecología del miedo. Y entrevista en Sin Permiso: “La ciudad imperial y la ciudad miserable”.
  13. Citado por Zigmunt Bauman: Trabajo, consumismo y nuevos pobres.
  14. Philipe Queau: ¿A quién pertenecen los conocimientos?. Citado por Daniel Villar Onrubia: Comerciar con ideas.
  15. Manuel Castells: La era de la información.
  16. Antonella Corsani y Mauricio Lazzarato: “La renta garantizada como proceso constituyente”
  17. Carlos Marx en “Salario, precio y ganancia”.
  18. Ernst Bloch, obra citada.
  19. José Iglesias: La renta básica de los iguales. Editorial Virus.
  20. Bertold Brecht: final de La madre.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.