En el centenario de Benito Pérez Galdós

Max Aub

En 2020 se celebra el centenario de la muerte del novelista Benito Pérez Galdós (1843-1920). Queremos unirnos a los homenajes en esta efeméride mediante la publicación de una selección de textos sobre el escritor español. Empezamos con este fragmento de Max Aub del capítulo “La generación del 68” en el libro Discurso de la novela española contemporánea (1945).

Benito Pérez Galdós
El novelista recibe del público la primera materia y se la devuelve artísticamente trasformada, aseguró Galdós, en su discurso de ingreso en la Academia. Menéndez y Pelayo adujo en su respuesta:

«El público colabora en la obra del orador, colabora en la obra del dramaturgo; colabora también, aunque de una manera menos pública y ostensible, en la obra del novelista. Y esta colaboración, cuando es buscada y aceptada de buena fe y la sencillez de espíritu que suele acompañar al genio, le engrandece, añadiendo a su fuerza individual la fuerza colectiva. Los más grandes novelistas, los más grandes dramaturgos,
han sido siempre los más populares; así, entre nosotros, Cervantes y Lope. El pueblo español no sólo dió a Lope la materia épica para crear el drama histórico; no sólo le dió el espectáculo de su vida actual para crear la comedia de costumbres, sino que le emancipó de las trabas de escuela, le infundió la conciencia de su genio, le obligó a encerrar los llamados preceptos con cien llaves, lo ungió vate nacional, casi a pesar suyo, y se glorificó a sí mismo en su apoteosis, proclamándole soberano poeta de los cielos y de la tierra.

Cervantes, que pertenece quizá a otra categoría superior de ingenios (si es que puede imaginarse otra más alta), no deja de ser profundamente nacional, puesto que España está íntegra en sus libros, cuya interpretación y comentarios, rectamente hechos, pudieran equivaler a una filosofía de nuestra historia y a una psicología de nuestro carácter en lo que tiene de más ideal y en lo que tiene de más positivo; pero es al mismo tiempo, elevándonos ya sobre esta consideración histórica y relativa, ingenio universal, ciudadano del mundo; y lo es por su intuición serena, profunda y total de la realidad; por su optimismo generoso, que todo lo redime, purifica y ennoblece.»

Cita tan extensa viene como anillo al dedo al encuadrar a Galdós, porque tomó el espectáculo del pueblo -como Lope y se lo devolvió rehecho con «su intuición serena, profunda y total de la realidad», como Cervantes. Y si tales ingenios pudieron con ventaja a sus contemporáneos, al igual Benito Pérez Galdós se hombrea con los mayores de su siglo, Balzac o Tolstoi, pongamos por mejor ejemplo. Desde Lope ningún escritor fué tan popular, ninguno tan universal desde Cervantes.

Los caracteres de sus personajes son tan vivos y de bulto como le puedan ser los de la “Comedia Humana” y la construcción, la arquitectura de sus obras tan perfecta como la de los “Hermanos Karamazow”, digamos por modelo de excelencia. Sin echar en olvido, por costumbre hogaña, el número de páginas que dió al mundo; que «fecundidad es signo de fuerza creadora, y sólo por la fuerza se triunfa en literatura como en todas partes», como dijo el siempre bien citado don Marcelino.

Dióse en época posterior, singularizada por su falta de novelistas, en denigrar el estilo de Galdós.[1] La prosa de don Benito no es brillante, ni afiligranada; los poemas en prosa eran, todavía para bien, un género aparte. Su estilo pierde la rigidez académica, el rebuscamiento arcaizante para lograr el castizo contraste diario del pueblo. «Bajó la voz a los oídos del vulgo», como diría Solís. Un estilo vulgar, si aceptamos el que fuera una manera de escribir al alcance de los más. El estilo sobrio, claro y neto de todos los grandes novelistas que fueron v. gr. Balzac, Dickens, Tolstoi. Un estilo objetivo. Un estilo burgués, tal como históricamente le correspondía, a menos de traicionar su pueblo y su tiempo. Un estilo liberal. Un estilo directo, preciso, arrastrado por los sucesos que, cuando auna el temblor del propio sentimiento a lo que describe, da en aciertos prodigiosos. Una manera de dibujar y pintar tan varia y viva que cuando rompen a hablar sus miles de personajes -tan numerosos o más que los de la “Comedia Humana”- nunca se confunden y cada cual se presenta en los dinteles del recuerdo con su indumentaria propia y sus pensamientos correspondientes. Por gran inventor o imaginero que hubiese sido no hubiera logrado tal cúmulo de seres vivos e inmortales sin un instrumento que le sirviese cual horma de su zapatos: «Una forma premiosa y vulgar de habla.» Vulgar ya hemos visto antes que a mucha honra, premiosa…, generalmente el vulgo no suele serlo, sabio Valbuena, sino espontáneo y suelto, tal como es el estilo de Benito Pérez Galdós.

Veamos, para ejemplo, como dos míseras hablan de dos mendigos -ciegos ambos-. Dice Andara del Bálsamo de Nazarín:

«-Pues uno que fué sacristán, y estudió para cura, y sabe todo el canticio del coro y el responso inclusive. Después se quedó ciego, y se puso a cantar por las calles con una guitarra, y de una canción muy chusca que acababa siempre con el estribillo de el bálsamo del amor, le vino y se le quedó para siempre el nombre de Bálsamo.

Y Benina, la de Misericordia, del judío Almudena:

«-Eres el hombre más apañado que hay en el mundo. Nohe visto otro como tú. Ciego y pobre, te arreglas tú mismo tu ropita; enhebras una aguja con la lengua más pronto que yo con mis dedos; cosas a la perfección; eres tu sastre, tu zapatero, tu lavandera … Y después de pedir en la parroquia por la mañana, y por las tardes en la calle, te sobra tiempo para ir un ratito al café … Eres de lo que no hay, y si en el mundo hubiera justicia y las cosas estuvieran dispuestas con razón, debieran darte un premio.»

En tan corto espacio y escogidos semejantes entre tantísimos dispares, no sólo quedan disímiles los retratados sino las que hablan.

¿O cabe descripción más precisa y rápida que ésta de don Juan Amarillo, en Gloria?

«Pasaba el tal Amarillo de los sesenta años, y era hombre despacioso, metódico hasta lo sumo, muy casero, gran rezador de rosarios, blando en su conversación, atravesado en su mirar, de cabeza generalmente inclinada hacia un lado como breva madura, nariz de pico, cabeza calva, ojos negros sombreados de pestañas ásperas, barba fuerte, pero afeitada, y todo el rostro amarillentísimo y reluciente como pergamino. Su ocupación era prestar con usura.»

¿Cabe mayor perfección? Descúbranse los pasmados ante las imágenes que se dicen modernas frente a esa “breva madura”. Poesía no hay más que una, y sus formas incontables.

Y para acabar con eso de su estilo:

«Galdós -dice “Clarín”- no se exalta cuando llega a los rasgos sublimes, a las escenas fuertes; sigue escribiendo como si tal cosa, y aun se nota más este contraste en sus novelas autobiográficas como en Lo Prohibido sucede.

Y o no sé si habrá sido más tierno poeta alguno, que lo es Galdós, sin aparato lírico, cuando Camila, algún tiempo después de la muerte de su hijo, cuando ya parece olvidarse de él y entregada a la alegría natural de su temperamento, de pronto interrumpe sus carcajadas o sus quehaceres para suspirar con estrépito: “¡Ay mi nene!”

Sí, sí: así duelen los grandes dolores, aun después de pasar ese tiempo que llaman bálsamo; duelen como espinas que han ido ahondando en la carne, y que cualquier movimiento brusco clava más y más con punzadas que arrancan llanto. . . Pero Galdós no hace comentarios: dice eso, y sigue y … qui potest capere, capiat

 

Galdós llegó a la Corte hacia el año 63, o el 64, a estudiar Derecho; mas puestos los ojos en el teatro y el asiento en el café. Sublévanse los sargentos de San Gil. El joven escribe dramas y ronda escenarios. Ve pasar los condenados hacia el patíbulo.

«Respirando la densa atmósfera revolucionaria de aquellos tiempos …» Con sus comedias a cuestas el año 67, Galdós hace un viaje a París y descubre a Balzac. A la vuelta de un segundo viaje da, en Barcelona, con la revolución. Su familia le hace emprender viaje rumbo a las Canarias, pero más pueden los deseos de volver a la corte, y el joven desembarca en Alicante. Asiste en la Puerta del Sol a las sucesivas entradas triunfales de Serrano y de Prim. Todos los pechos están hinchados de entusiasmo. “¡Viva España con honra!”, y el himno de Riego por doquier. Galdós quema sus dramas y escribe La
Fontana de Oro. 1870. Primera muestra palpable del cuarteamiento de Francia y de la unidad alemana. En 1873, proclamada la República, publícanse los primeros “Episodios Nacionales”. La coincidencia no es fortuita. El entusiasmo político, el hondo movimiento social tenía forzosamente que influir en la inspiración del escritor. La realidad nacional le empujó a emprender la prodigiosa tarea que los años mas calmos de la Restauración le permitieron llevar a cabo.

El realismo de Galdós -el realismo español- es distinto del naturalismo francés. («El naturalismo español -dirá años después Emilia Pardo-Bazán- o verismo, o realismo … se diferencia tanto del naturalismo francés como éste del ruso».) Sin embargo franceses, rusos o ingleses dieron con un campo nuevo que describir: la fealdad, la pobreza; y no se quedaron cortos en el empeño. Para los españoles el caso era distinto: Velázquez pintó monstruos, Valdés Leal, podre; los autores de novelas picarescas, entroncados en la maravilla de La Celestina, fueron maestros en el género. Y mientras los extranjeros se dejaban llevar por el pesimismo que en ellos fatalmente había de engendrar tanta miseria, pústulas, roñas y mugres; los avezados españoles haciendo quizá de tripas corazón y no como los demás del corazón una tripa más, sacaban optimismo del más lúbugre cuadro, de la peor pocilga. Es posible que la todavía fuerte estructura católica contribuyera a ello; a pesar del anticlericalismo, que en muy poco le atañe. La heterodoxia de tantos españoles ilustres (heteredoxo es Galdós, heterodoxo fué Unamuno) los preservaba del pesimismo, ateo o no, entonces en boga. Ahí radica la esencial diferencia del realismo del liberal Galdós del reaccionario Balzac o del socializante Zolá.

En cuanto a la forma, don Benito se atiene al decir de Lope:

Por Dios, que os he de hablar como amor manda
con libertad y natural impulso.

Este optimismo español es muy visible en el realismo galdosiano. Ninguno de sus personajes “malos” deja de tener alguna posibilidad de redimirse frente al tribunal eterno y son muchos los perversos arrepentidos al declinar de su vida; personajes por otra parte muy del gusto de nuestro novelista, en quien la lectura de una vida de San Francisco de Borja hizo una gran impresión en su juventud. Parecen únicamente llamados a condenarse los puritanos intransigentes y fanáticos, hecho perfectamente justificable por las ideas progresistas de Galdós.

La obra enorme del novelista se divide en dos partes: los “Episodios Nacionales” y las “Novelas Contemporáneas”, ambas se completan para dar un panorama exaustivo del siglo XIX
español. Perdiérase todo el material histórico de esos años, salvándose la obra de Galdós, no importaría. Está ahí completa, viva, real, la vida de la nación durante los cien años que abarcó la garra del autor. Existen, para siempre, sus centenares y centenares de personajes históricos e imaginados, tan ciertos los unos como los otros. Porque el genio de Galdós no se limita a sus protagonistas, sino que alcanza a dar bulto a sus pericos de los palotes. ¿Quién borra de su memoria a “Marianela”, a “Doña Perfecta” a “Gloria” a “Fortunata” a “La de San Quintín”, a “Gabriel Araceli” o “Salvador Monsalud”?, a cien más entre sus héroes? ¿Quién olvida al “Caballuco”, a don Juan de Lantigua, a la “Papitos”, a doña Lupe, “la de los pavos”; a los Miquis, entre los miles que creó para rodear a sus personajes principales?

Sólo los más grandes en el mundo, y sobran dedos para contarlos, consiguieron otro tanto. Y aun más: le dejaría en la gloria novelera de nuestro tiempo mano a mano con Tolstoi, porque, además de dar vida a seres para siempre presentes, supieron sacar a luz el genio de su patria a través de sus luchas, glorias y desgracias.

La técnica galdosiana es casi siempre dramática y, a veces, melodramática. Se ciñe a los dos modos tradicionales: o presenta todas las premisas del problema y los resuelve al correr de la fábula (Misericordia, Doña Perfecta, La Familia de León Roch, etc.), o busca y prepara la sorpresa (en muchos de los “Episodios”, Gloria, etc.).

De cualquiera de las dos maneras sabe mantener con suma habilidad el interés despierto. El lector no presupone jamás sus desenlaces. Esto lo lleva, a veces, a forzar los términos de lo verosímil (v.gr., en La Familia de León Roch), más en tan prodigiosa selva no es sino leve achaque infrecuente.

En un prólogo a una reedición de Misericordia, uno de sus libros mejores, explica don Benito su método de trabajo:

«En Misericordia me propuse descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal y merecedora de corrección. Para esto hube de emplear largos meses en observaciones y estudios directos del natural, visitando las guaridas de gente mísera o maleante que se alberga en los populosos barrios del Sur de Madrid. Acompañado de policía escudriñó las casas de dormir en las calles de Mediodía Grande y Bastero, y para penetrar en las repugnantes viviendas donde celebran sus ritos nauseabundos los más repugnantes satélites de Baco y Venus, tuve que disfrazarme de médico de la Higiene Municipal. No me bastaba ésto para observar los espectáculos más tristes de la degeneración humana, y solicitando la amistad de algunos administradores de las casas que aquí llamamos de corredor, donde hacinados viven las familias del proletariado ínfimo, pude ver de cerca la pobreza honrada y los más desolados episodios del dolor de la abnegación en las capitales populosas. Años antes de este estudio había yo visitado en Londres los barrios de Whitechapel, Minoríes, y otros del remoto Este, próximos al Támesis. Entre aquella miseria y la del bajo Madrid, no sé cual me parece peor. La de aquí es indudablemente más alegre por el espléndido sol que la ilumina.»

Esta última observación es importante y puede explicar algunas de las diferencias entre los grandes novelistas ingleses de finales de siglo y Galdós. Este prosigue:

«Las Cambroneras, la Estación de las Pulgas, la Puente segoviana, la opuesta orilla del Manzanares hasta la casa llamada de Goya, donde el famoso pintor tuvo su taller, completaron mi estudio del bajo Madrid, inmenso filón de elementos pintorescos y de riqueza de lenguaje … Diferentes figuras vinieron a este tomo de las anteriores, El amigo Manso, Miau, los Torquemada, etc., y del mismo modo del contingente de Misericordia pasaron otras a los tomos que escribí después: es el sistema que he seguido siempre de formar un mundo complejo, heterogéneo y variadísimo, para dar idea de la muchedumbre social en un período determinado de la Historia.»

La lección de Galdós tuvo una prodigiosa repercusión en las letras españolas: creó la novela española moderna, arrastró hacia esa forma otros ingenios que no habían pasado de la crónica, la crítica o el cuento costumbrista; su ejemplo forzó a escojer el camino de la novela a otros jóvenes escritores. Ahora bien, Galdós fué el único capaz de reflejar la realidad española en su integridad geográfica. Los “Episodios Nacionales” suceden en diversísimas regiones y barajan sin preferencias Gerona, Zaragoza, Cádiz, Bilbao … Las “Novelas Contemporáneas” tienen a Madrid como escenario principal, tal como era lógico tras dos siglos de centralización borbónica.

Galdós ha hecho más por el conocimiento de España por los españoles -por el pueblo español- que todos los historiadores juntos. Revertió en sus lectores -fieles y numerosos- cuanto sacó de ellos y de su pasado. Lo mismo hizo Cervantes, al igual que Lope. Cervantes, sabiéndolo o no -¡qué importa!- caló más hondo en una ocasión inmortal que la casualidad histórica española, visibles las dos vertientes de su hegemonía mundial, le deparó. Pero ambos novelistas plantaron en los límites de la lengua los mojones de la imaginación española.

[1] Dice el enciclopedista Val buena: «uno de los autores más pobres de expresión externa». Y añade para rematar: «Su carácter, su gesto eran también pobres, como su estilo.» Y el necio Hurtado, el que asó la manteca: «Es frío y no tiene llama lírica.» Los hay que sólo ven por fuera, de noche y sin candil.

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