Max Aub: un primer paseo

Pep Traverso

“Reina por todos lados una originalidad basada en el olvido”

Me gusta los sábados por la mañana bajar andando hasta el centro de la ciudad, hasta una plaza conocida como La plaça dels patins. Hay una pista de patinaje, un pequeño parque para que jueguen los niños, bancos para los mayores, algunos árboles y un par de ficus enormes, de raíces a flor de tierra. Paro siempre en el mismo bar, un bar de los que a mi me gustan, sin falsas pretensiones, de parroquia fiel y tortilla de patata en su justo punto.

Aquel sábado hacía calor y me detuve a reponerme delante del escaparate de una papelería, nada, cosas de viejo, me gusta mirar las plumas y los cuadernos, fue al girarme para reemprender el camino cuando me topé con una joven pareja, ella llevaba entre los brazos La calle de Valverde y no pude reprimir la exclamación: ¡¡¡Max Aub!!! Intenté decirles algo sobre el genial valenciano de adopción, mi italiano es de lo peor, pero quise explicarles que habían comprado un muy buen y difícil libro que valía la pena leer. Hablamos de Italia y me despedí deseándoles buena suerte en el negocio que acababan de abrir.

La calle… es un retrato exuberante de la sociedad española de la segunda mitad de los años veinte, a cuestas con la dictadura de Primo y dibujándose ya en el horizonte la segunda República. Se publicó en México el año 61 y no es un libro fácil por diversas razones; por su lenguaje, Aub eleva a lengua literaria el habla del Madrid de la época, obliga así al lector a caminar con pies de plomo, a estar atento a juegos de palabras y de significados si no quiere perder el sendero. También lo es por las referencias históricas y por esa combinación culta y espléndida de personajes reales e imaginarios -marca de la casa- que atenta directamente a la memoria y a la paciencia del lector: Periodistas, escritores, anarquistas, porteros de fincas de gente rica, tertulianos, conspiradores contra el régimen, habitantes de las “casa de huéspedes”, pero también Julián Besteiro, Negrín, Ortega, don Ramón del Valle Inclán, el mismo Max Aub y en la última página del libro, preludio de lo que acabará pasando o no, el general Queipo de Llano. Discusiones interminables sobre lo que éramos, lo que nos diferenciaba, lo que no tenía solución.

Pero la novela es también puerta de entrada al Laberinto Mágico, en palabras de M. Tuñón de Lara, La Calle… está escrita “para que se pudieran entender Los Campos. Así, el día de mañana, un posible lector de Campos de Sangre no creerá haber caído en un planeta inexplicable.” El Laberinto Mágico es un extraordinaria aportación a las literaturas sobre la Guerra Civil, sin duda una de las mejores. Una serie de seis libros que ordenados por su contenido histórico son: Campo Cerrado, Campo Abierto, Campo de Sangre, Campo del Moro, Campo de los Almendros y Campo Francés. Todo un universo literario, hoy medio olvidado, sobre la guerra y la derrota. Alrededor de esos seis planetas centrales giran satélites no menores como la novela Las buenas intenciones y cuentos como Historias de la mala muerte o La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco. Teniendo la importancia que tiene El Laberinto en la historia de la literatura española del siglo XX, es sólo una parte pequeña de su obra que abarca registros tan diversos como el teatro, seguramente su gran pasión, la poesía, el ensayo, el cuento o el cine. Aub colaboró en el rodaje de Sierra de Teruel, la adaptación cinematográfica de la novela de André Malraux, L’Espoir.

Max Aub Mohrenwitz había nacido en París el año 1903, la familia, de ascendencia alemana, marchó primero a Francia para acabar instalándose en València donde Max cursó sus estudios (afirmaba extrañamente que una persona es y se siente del lugar donde hace el bachillerato). Pronto hizo del castellano su lengua literaria y pronto aparecerían las primeras piezas de teatro. Durante la Guerra Civil fue secretario del Consejo Nacional de Teatro y en París desarrolló una importante actividad diplomática, como comisario adjunto del Pabellón de la República en la exposición de 1937, fue él quien pagó a Picasso por el Guernica en nombre del gobierno republicano y si no voy equivocado, el recibo se puede ver en un famoso museo de Madrid junto al cuadro.

En enero del 39 como miles de republicanos españoles fue al exilio francés, allí vivió hasta que fue detenido y trasladado a diversos campos de concentración (Roland Garros/Vernet), más tarde al terrible campo de Djelfa en Argelia de donde conseguiría escapar y embarcarse rumbo a México donde vivió, escribió y finalmente murió el año 1972.

El año 1969 obtendrá de la dictadura un visado de un par de meses para visitar la patria. El motivo, recopilar material para un libro sobre su amigo Luís Buñuel. El choque con la nueva realidad española será terrible y se plasmará en La Gallina Ciega, un abundante diario donde se narran encuentros con amigos a los que volvía a ver después de más de treinta años, encuentros con la familia y con los paisajes de sus novelas y de su juventud ahora profundamente alterados o bien ya desaparecidos. Amargo y esperado reencuentro con una realidad social donde se impone el turismo de masas y el olvido: «España se metió en un túnel hace treinta años y salió a otro paisaje. Desconocida, se desconoce.»

Tiene La Gallina… un tono agrio y mucho resentimiento en sus páginas, una dureza, quizás excesiva, en los juicios sobre una sociedad aplastada por la dictadura y que se dirige a toda máquina hacia el consumo de masas, hacia el desarrollo económico capitalista. Aquí conviven el lúcido análisis, la lúcida visión con el profundo resentimiento por el silencio al que su obra ha sido sometida.

Contiene, pero, páginas magníficas, así, paseando solitario, de madrugada, dialogando consigo mismo, el autor reconoce:

«¿Qué me sorprendía? Me sorprendía no sorprenderme, que todo fuese -ay- tal como me lo había figurado […] ¿A que vienes? No lo sabía. Me apoyé en un árbol y, en el amanecer ya vivo sentí que lloraba. Lloraba calmo, por mí y por España. Por España tan inconsecuente, olvidadiza, inconsciente, lejana de cualquier rebeldía, perjura. […] ¿Sobre qué lloras? ¿Sobre los mineros de Asturias? ¿Sobre los obreros de Sabadell o de los alrededores de Madrid? ¿Sobre los campesinos andaluces? No me hagas reír. Lloras sobre sobre ti mismo. Sobre tu propio entierro, sobre la ignorancia en que están todos de tu obra mostrenca, que no tiene casa ni hogar ni señor ni amo conocido, ignorante y torpe…Conozco algo de mis clásicos -poco- y de mis diccionarios. Alza la mano. Vete.» (La Gallina, 186-187)

El escritor A. Muñoz Molina leía el 16 de Junio de 1996 su discurso de bienvenida a la Real Academia Española con el título de Destierro y destiempo de Max Aub. Lo hizo elevando en público la queja por el olvido del genial escritor: «Los seis volúmenes de El Laberinto Mágico, que vergonzosamente suelen ignorarse cuando se escribe la historia de la literatura española de postguerra». También analizando el sentido de su obra:

«Al mezclar siempre, sistemáticamente, historia y ficción, personajes inventados con personajes reales, Max Aub nos permite percibir lo histórico en los términos de una experiencia personal, y nos enseña que la historia, que sólo sucedió de una manera ya cerrada, pudo suceder de otro modo, contuvo posibilidades luego abolidas, hechos que estuvieron a punto de ocurrir, que pudieron o debieron haber sido reales.

Porque el mañana nunca está escrito, los personajes de las novelas de Max Aub tienen esa presencia trémula de incertidumbre y verdad. Y porque tampoco estaban escritas las derrotas terribles de la vida civil española, quien ha sabido disentir del futuro también puede negarse a aceptar que las peores posibilidades de las cosas hubieran tenido obligatoriamente que cumplirse.»

Le respondió Francisco Ayala. Una curiosidad al respecto: Max Aub había escrito muchos años antes un discurso imaginario de ingreso a una Academia de la Lengua también imaginaria porque la guerra no había tenido lugar; ese parlamento fue editado con todo lujo de detalles, escudo republicano incluido, sentados en los sillones, para recibir al nuevo académico, se encontraban Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Carles Riba, Xabier Zubiri, Bergamín, Delibes… El teatro español sacado a la luz de las tinieblas de nuestro tiempo se podía haber leído un 12 de diciembre de 1956. Dicen que la fidelidad editorial confundió a algún que otro erudito, no lo sé, pero se puede leer en el extra de junio de 1972 de la revista Triunfo dedicado a la cultura española del siglo XX.

El tiempo se agota, el paseo toca a su fin. En el mes de julio de 1936 Max Aub escribía el que tenía que haber sido uno de sus grandes libros, Yo Vivo, un texto de un intenso lirismo, una especie de metafísica sensual y de proximidad. El golpe de estado lo impidió, pero aún podemos leer en ese proyecto de libro interrumpido, páginas como ésta:

«El mundo es como es, de todos los colores. Toco el mundo, el mundo existe. La mano izquierda contra el suelo. El cielo es azul. La espuma es blanca. Las hojas del almendro son verdes y sus flores blancas. Las rosas son rosas, blancas, amarillentas, salmonadas o granates. La arena, de lejos, es ambarina; de cerca, de mil colores. La noche es negra. El agua dulce es buena de beber. Las ortigas pinchan. Es más agradable bajar que subir una cuesta. El café es mejor caliente. El melocotón es la fruta más sabrosa, el brillante la piedra más dura. El sol calienta. Esto es el mundo, solo esto. Ahora. Eres feliz porque esto es el mundo, solo esto, y Matilde. Y tú sabes que el sol calienta, que el cielo y el mar son azules; cuáles son los colores de las rosas, y sus nombres. Los nombres que tú les pones a todas las cosas. El mundo es tuyo, tuyo y de todos. El mundo es la medida del hombre. El mundo mide un metro sesenta, y tiene la talla cuarenta y cuatro, la talla de Matilde…» (Yo vivo, 63)

Años más tarde, en 1951, desde México, Max Aub se refería así a ese proyecto frustado:

«Esto escribía, a trozos, cuando la guerra nos envolvió. Al releer, hoy, estos cachos de prosa del que creí que sería mi gran libro, veo que quedará trunco para siempre. Me duele no poder acabarlo; hubiese querido describir otros placeres del hombre sin pararme en barras de callar algunos que cuentan y no se cuentan.

Lo dejo como estaba en julio de 1936. Corrijo, suprimo, añado lo indispensable para darle cierta unidad. Lo miro con cariño porque es el libro que pudo ser y no es. El mundo me ha preñado de otras cosas. Tal vez es lástima, posiblemente no. Y me lo dedico a mí mismo, in memoriam.» (Yo vivo, 76)

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