Alto a la OTAN. El proyecto imperialista neoliberal de la hegemonía de Estados Unidos

Samir Amin

I. Condenar las intervenciones de la OTAN

La intervención de la OTAN, en cualquier lugar, sean cuales sean las circunstancias y las razones invocadas, es y será siempre inaceptable.

La OTAN fue creada en 1949 para asegurar –según decían- la defensa de Europa occidental contra una eventual agresión de la Unión Soviética. Que esta amenaza fuera real o no (y yo digo que esta amenaza no existía, que la URSS no imaginó jamás avanzar más allá de las fronteras del Tratado de Yalta), y, en consecuencia, que la existencia de la OTAN haya sido una exigencia incontrovertible o sólo el pretexto mediante el cual EEUU ha establecido su hegemonía política sobre el conjunto del mundo capitalista, complementando la supremacía económica de la que se benefició desde el final de la II Guerra Mundial (y yo afirmo que la tutela de Europa era el único objetivo verdadero de la OTAN), constituyen cuestiones históricas que no examinaré aquí, aunque no sea más que porque habiendo desaparecido de escena la URSS, la amenaza que hubiera podido representar ya no existe.

Si he condenado categóricamente toda posible intervención de la OTAN, es precisamente para distinguirla del derecho de los europeos a asegurar su propia defensa. Este derecho, en el estado actual de desarrollo de la civilización humana, es imprescriptible. Los Estados europeos individual y colectivamente, a través de la Unión Europea tienen, al igual que otras naciones del planeta, el derecho de constituir fuerzas armadas capaces de resistir a cualquier agresor o de disuadirle. E incluso si en el estado actual de las cosas nadie amenaza a Europa, este derecho a la defensa continuará siendo incuestionable.

Pero la OTAN no es el instrumento adecuado para responder correctamente a la cuestión planteada, puesto que la OTAN no es una alianza entre iguales; sitúa necesariamente a los aliados europeos en posiciones subalternas, obligados a alinearse en función de objetivos de Estados Unidos. De Gaulle fue el único político europeo importante posterior a la guerra que comprendió el vicio estructural que caracteriza a esta organización.

La historia del último decenio, de la Guerra del Golfo a la de Kosovo, demuestra que la OTAN interviene e intervendrá, exclusivamente para servir a los intereses de EEUU y para nada más. La OTAN sólo intervendrá si EEUU así lo decide, y no lo hará si éste no quiere. La guerra de Kosovo ha proporcionado imágenes fulgurantes por su brutalidad. Ciertamente EEUU  ha intervenido aquí, dando luz verde a la OTAN a petición expresa de los Estados  europeos. Circunstancia agravante, puesto que implica la responsabilidad absoluta de estos últimos (y sobre todo de sus gobiernos socialistas) en esta agresión, ya que está fuera de toda duda que Yugoslavia no amenazaba con atacar a Europa.

La sucesión de los acontecimientos, una vez tomada la decisión de intervenir, ilustra la asimetría EEUU/ Europa en la gestión de la OTAN. Así hemos visto en las pantallas de televisión a Clinton declarando con calculada arrogancia: “Yo he decidido esto o esto otro”, sin mencionar nunca autoridad alguna que no fuera la de su país. Y hemos visto a los jefes de Estado y de gobiernos europeos repetir al día siguiente las mismas declaraciones, aderezadas con miserables contorsiones para hacer creer que esas decisiones habían sido tomadas colectivamente, cosa que, evidentemente, no era verdad. Hasta el punto en que parecían  “Presidentes de  Repúblicas Bananeras”, como han observado numerosos amigos latinoamericanos habituados a este tipo de vulgares demostraciones de servidores de Washington. Si yo he afirmado que Clinton ha cooperado gustoso en este asunto es porque el objetivo de dar luz verde a la intervención de la OTAN era, por encima de todo, romper toda veleidad de independencia de los Estados europeos y demostrar que la Unión Europea no existía. Lo ha logrado.

Pero, se me responderá inmediatamente: esta intervención tenía una causa noble porque era el único medio de salvar a los albaneses de Kosovo de las atrocidades a las que el régimen de Belgrado les sometía. Hay aquí un problema real que es el de la articulación del principio de soberanía de las naciones, por una parte, y  de los principios relativos al respeto de los derechos de los seres humanos y de los pueblos, por otra parte. Pero eligiendo conceder prioridad absoluta a los segundos, violando brutalmente la soberanía de las naciones, los europeos han puesto el dedo en un engranaje fatal que destruye a largo plazo las posibilidades de progreso de la democracia y del respeto de los pueblos.

Porque el principio de respeto a la soberanía de las naciones continúa siendo la piedra angular del derecho internacional. Y si la Carta de las Naciones Unidas decidió proclamarla, fue precisamente porque este principio había sido negado por las potencias fascistas. En su incisivo discurso pronunciado en 1935 ante la Sociedad de Naciones, el emperador Hailé Selassié explicó claramente que la violación de este principio –cobardemente aceptada por las democracias de la época-  hacía estallar los pilares de esta organización. Que hoy este principio fundamental sea nuevamente violado con tanta brutalidad por las mismas democracias, no constituye una circunstancia atenuante, sino por el contrario, agravante. De paso ha anunciado ya el final poco glorioso de unas Naciones Unidas que han sido tratada como una instancia que registra decisiones tomadas en otra parte, y llevadas a cabo por otros.

La adopción solemne del principio de soberanía nacional en 1945 se acompañaba, lógicamente, de la prohibición de recurrir a la guerra. Los Estados están autorizados a defenderse –contra el que viola su soberanía mediante la agresión- pero son condenados por anticipado si son ellos los agresores. El recurso de Yugoslavia al Tribunal de La Haya es, desde este punto de vista, irreprochable; y si este Tribunal hubiera tenido el menor sentido del mismo Derecho que está encargado de hacer respetar, no hubiera podido hacer otra cosa que condenar a la OTAN, y pedir reparación. Cosa que es seguro que no hará, demostrando que no hay Derecho Internacional desde que Washington así lo ha decidido.

Sin duda la Carta de las Naciones Unidas había dado una interpretación absoluta al principio de soberanía. Y el hecho de que hoy la opinión democrática no acepte ya que este principio autorice a loas gobiernos a hacer cualquier cosa con los seres humanos colocados bajo su jurisdicción, constituye un progreso real de la conciencia universal. ¿Cómo conciliar entonces estos dos principios que pueden entrar en conflicto? De ninguna manera suprimiendo uno de los dos, bien sea la soberanía de los Estados,  o los derechos humanos.

La vía elegida por Estados Unidos, y detrás de él por sus aliados europeos subalternizados, no solamente no es evidentemente la buena, sino que oculta los verdaderos objetivos de la operación, que no tienen nada que ver con los Derechos Humanos, a pesar del bombardeo mediático que pretende hacerlo creer.

Si el objetivo real de esta operación fuera imponer el respeto a los derechos de los albaneses de Kosovo, se habría elegido otro método de intervención política, léase militar. Voluntarios europeos hubieran acudido a luchar sobre el terreno contra los criminales a sueldo de las autoridades de Belgrado, tal y como algunos han propuesto pero no han tenido nunca el valor de hacer. El método elegido ha sido el decidido por Washington, es decir el bombardeo terrorista de todo un país. Y si se ha elegido este método es porque Washington deseaba, a través de su puesta en escena, aterrorizar al mundo entero y hacer comprender a todas las naciones que  Estados Unidos posee los medios necesarios para borrar su existencia del mapa. Los europeos, alineándose tras esta opción criminal, han demostrado que la OTAN no es otra cosa que el instrumento de la política de Washington.

Que el objetivo no era el aducido para justificarla, está más que demostrado por el principio “dos pesos, dos medidas”, cuyos deslumbrantes ejemplos dan testimonio del cinismo de Estados Unidos y detrás de él de sus aliados subalternos. Porque cuando se invocan grandes principios, se exige al menos un mínimo de coherencia en el discurso que se sostiene al respecto, y en las acciones que se emprenden en su nombre. Y no es el caso.

Por esta razón veo en la guerra de Kosovo una dimensión política peligrosa, preñada de amenazas para la democracia y los derechos de los pueblos. No es mi intención ocultar las importantes responsabilidades de las clases dirigentes locales que han optado todas por el chovinismo étnico como instrumento para reconstruir en beneficio propio una legitimidad sustitutoria de la del desaparecido titismo, fundamentado en el progreso social y en la igualdad de las naciones. La limpieza étnica ha sido pues practicada por todas las clases dirigentes, tanto en Croacia (mediante la expulsión de los serbios que eran mayoría en la Krajina), como en Bosnia (por cada uno de los tres componentes de este Estado absurdo, pues si la coexistencia fuera posible en esta “pequeña Yugoslavia”, ¿por qué no lo sería en la grande?), y en Serbia (Kosovo). Pero debemos constatar que Europa ha arrojado leña al fuego con el reconocimiento casi inmediato de la independencia proclamada unilateralmente por Croacia y Eslovenia, sin que fuera impuesta la menor condición de respeto a los derechos de las minorías creadas por el estallido de Yugoslavia. Esta opción no podía tener otro efecto que envalentonar a los regímenes criminales correspondientes. Todo esto fue dicho en su momento, pero los grandes medios de comunicación silenciaron estos análisis críticos. Por otra parte estos medios han practicado sistemáticamente el principio de “dos pesos, dos medidas”, utilizando sus mecanismos para denunciar aquí la masacre y silenciarla en otra parte. Unos y otros, es decir los dirigentes de Belgrado y los gobiernos europeos (como el de  Estados Unidos), han fabricado conjuntamente las condiciones del drama de Kosovo. Han construido las condiciones para que el pueblo de esta provincia no tuviera más opción que elegir entre dos alternativas igualmente trágicas e inaceptables: someterse a las condiciones de Belgrado o situarse como protectorado controlado por Estados Unidos. No dudaré en afirmar que los responsables políticos de la OTAN  no pueden haber sido tan idiotas como para no haberlo visto. Por lo tanto, lo han querido.

Más allá de la ex-Yugoslavia, los ejemplos de adecuación en el tratamiento de las situaciones a los intereses superiores de Washington son tanto o más flagrantes.

Hay pueblos que tienen derechos que es preciso defender manu militari –los albaneses de Kosovo y mañana, quizás, los tibetanos- y muchos otros que no los tienen, como los palestinos, los kurdos de Turquía-, porque reconocer sus derechos entorpecería la geoestrategia de Estados Unidos. Si se ha abandonado a los kurdos a las atrocidades del ejército turco, es simplemente porque a Estados Unidos  le es útil la amistad de Ankara para apoyar sus intereses en Transcaucasia y en Asia Central. Esta deducción no es producto de mi imaginación. Robert E. Hunter, representante de EEUU ante la OTAN hasta 1998, y posteriormente consejero de la Rand Corporation, cuyas estrechas relaciones con el establishment estadounidense son bien conocidas, escribe el 21 de abril en el Washington Post: “ [Kosovo] constituye la puerta de entrada a regiones de interés primordial para los occidentales –el conflicto árabe-israelí, Iraq e Irán, Afganistán, el Caspio y Transcaucasia. La estabilidad de Europa del Sur es esencial para la protección de los intereses occidentales y la reducción de los peligros que vienen de más al Este”. Hunter no inventa nada. Sabe de lo que habla, del acceso al petróleo de Asia Central y al recorrido de los oleoductos que permiten controlar su exportación. Así, frente a estos intereses prioritarios ¿qué pueden valer las vidas de decenas de miles de kurdos?. Se puede pues dejar en manos de sus asesinos al jefe de la rebelión, calificándole previamente de terrorista, claro está. ¿Podríamos imaginar que se dejara a los dirigentes albaneses en manos de Milosevic, pidiéndole sólo hacer justicia correctamente? La misma preocupación petrolera explica que los talibanes de Afganistán se beneficien del apoyo de Washington, vía Riad [Arabia Saudí]. ¿Quién mejor que ellos podrían garantizar la seguridad de un oleoducto que transporta el petróleo de Turkmenistán hasta el mar de Omán? Todo ello mientras, dicho sea de paso, la mayor parte de las organizaciones feministas americanas, de las que se dice que jamás transigen cuando los derechos de las mujeres son pisoteados, callan.

Si el gobierno de Belgrado ha cometido, sin duda alguna, atrocidades en Kosovo, el de Kigali –con el apoyo explícito de algunos países europeos- ha perpetrado un  verdadero genocidio. Louise Arbour, responsable del Tribunal Penal Internacional, cuya independencia ha sido cantada profusamente por los medios de comunicación, persigue con encarnizamiento bien conocido a los criminales serbios. Sin siquiera mantener la discreción debida en materia de justicia, aunque sólo sea por guardar las formas, el secretario de la OTAN no ha cesado de felicitar a esta señora sin esperar siquiera el resultado de sus investigaciones. Mientras tanto, se amontonan olvidadas pilas enteras de dossieres que establecen con precisión los crímenes de cada uno de los responsables del genocidio de Ruanda. Yo he escuchado miles de veces a jueces africanos ahogarse de indignación, constatando que esos dossieres son deliberadamente ignorados por el Tribunal de la señora Arbour. Sin duda, la inculpación de alguno de estos presuntos asesinos que se pasean por las capitales europeas, podría molestar a algunos diplomáticos y militares que la dama de hierro de La Haya sitúa por encima de toda sospecha, de forma que cualquier acusación que pudiese hacerles sombra, es evidentemente absurda.

En su artículo del Washington Post Hunter ha precisado algunos objetivos “al Este de los Balcanes”. Tratándose de la paz en Oriente Medio, un lector ingenuo podría concluir que, dado que los americanos no transigen jamás con sus principios, el Pentágono se prepara para bombardear Israel y obligarle a aceptar el regreso de los tres millones de palestinos expulsados de su país por una política llevada a cabo sistemáticamente desde hace cincuenta años, que continúa hasta hoy, y que difícilmente puede admitir otro calificativo que el de “depuración étnica”. Pero un analista deformado por una paranoia antiamericana puede creer que se trata, por el contrario, de terminar con los últimos núcleos de resistencia a la expansión sionista.  Se bombardeará pues Siria –a quien no será difícil denunciar como “no democrática”- y a Hezbollah en el sur de Líbano, una organización terrorista islamista, evidentemente. De hecho es lo que ha comenzado el 26 de junio de 1999, sin que hayan pasado siquiera dos meses de que yo lo anunciara en mi comentario acerca de la doctrina Clinton, publicado el al-Ahram Weekly del 5 de mayo. Madeleine Albright sabía lo que hacía a finales de abril de 1999, imponiendo “la paz en Oriente Medio”, concebida a su manera, claro está, como objetivo de las nuevas misiones de la OTAN. Y silencio por parte de Europa, que ponía cara de creer que el siniestro [anterior primer Ministro israelí] Netanyahu era el único responsable de esta iniciativa.

En general, la democracia es objeto de un tratamiento cínico, adaptado a las circunstancias. Ni los americanos, ni los europeos, transigen con la causa de la democracia, nos dicen. Esta es sin duda la razón por la que han sostenido al ilustre Mobutu hasta el final. Pero el errar es humano, y el tiro ha sido corregido, sospechando en seguida que Kabila no era necesariamente un demócrata convencido. Esa es sin duda la razón por la que los occidentales combaten a lo que queda del MPLA, que proviene del socialismo totalitario, y prefieren a Savimbi.  Sin embargo el pueblo angoleño, en elecciones no cuestionadas prefirió “a los ladrones del MPLA, a los asesinos de Savimbi”. Este juicio popular, muy realista, no ha tenido la suerte de complacer a las potencias occidentales, quienes continúan, sin duda alguna, prefiriendo a los asesinos. Se podrían multiplicar los ejemplos hasta el infinito.

La verdad es que la OTAN –ya que esta organización se ha convertido en la conciencia de la humanidad- no ha sido siempre muy practicante en lo que concierne al respeto a los principios de la democracia. La participación en ella del Portugal de Salazar no le ha planteado nunca grandes problemas de conciencia; no más que la de Turquía o la de la Grecia de los Coroneles.

El resultado de toda esta hipocresía y de todas estas mentiras es visible: el discurso concerniente a la democracia, a los derechos de los pueblos, etc., no goza de la menor credibilidad en Asia y en África desde que se sabe que proviene de Occidente. Desgraciadamente los demócratas europeos no quieren verlo. Nadie –y no exagero utilizando este término- en Asia y en África, concede a los discursos de los poderes y de los medios de comunicación occidentales sobre estos temas otro sentido que el de maniobras engañosas destinadas a ocultar objetivos imperialistas evidentes. Y si algunos diplomáticos taimados y las ONG, cuya supervivencia depende del sostén financiero de los occidentales, rehúsan proclamarlo, esto no cambia sustancialmente la realidad de las cosas. Es posible que una comunidad concreta haya sido colocada en una situación tal que la intervención occidental –independientemente de los motivos que esta invoque- sea percibida como la única tabla de salvación. Pero aún en ese caso, sólo se trata de grupos restringidos, instrumentalizados –aunque sea a pesar de ellos o sin que ellos sean conscientes- por los poderes dominantes del sistema mundial.

No son éstos resultados de los que haya que alegrarse, pues constituyen un serio obstáculo para el desarrollo de un frente internacional de lucha por la democracia. No obstante los pueblos de Asia y África aspiran, no sólo a un mayor bienestar material, sino a la democratización de sus sociedades, aunque sea de forma diversa. La hipocresía y la mentira de los países de la OTAN constituyen los aliados más eficaces de los enemigos de la causa del progreso y la democracia. El hecho de que la gran mayoría de las izquierdas europeas se hayan alineado detrás de Washington, de su estrategia intervencionista y de los instrumentos de terror que utiliza, constituye hoy un obstáculo suplementario para toda causa universalista. Hoy, Blair y Schröeder aparecen, no solamente como los enterradores más peligrosos de las tradiciones que han honrado a la izquierda europea, sino como serviles agentes de ejecución del proyecto americano antieuropeo. Su asociación con Clinton en un discurso llamado de Tercera Vía no debe llevar a forjar ilusión alguna.

Si los motivos invocados por los hegemónicos americanos y sus aliados europeos no tiene nada que ver con los objetivos reales de sus intervenciones, ¿cuales son entonces estos objetivos?

II. El proyecto imperialista neoliberal de la hegemonía de Estados Unidos y el hundimiento del proyecto europeo

Las clases dirigentes de los países de la Tríada (Estados Unidos y Canadá, Unión Europea, Japón) que constituyen los centros desarrollados del capitalismo mundial, y el conjunto de fuerzas políticas que les representan, desde la derecha clásica  a la izquierda mayoritaria (socialista) han diseñado y desarrollan desde hace 20 años una doctrina llamada neoliberal, fundada sobre el principio de la garantía de máxima libertad para los mercados llamados desregulados, tanto en el plano nacional como en el sistema mundial. El proyecto concede prioridad a las estrategias de expansión desplegadas por las fuerzas dominantes del capital -las transnacionales- y se dedica a someter a esta exigencia prioritaria al conjunto de políticas llevadas a cabo en todos los aspectos de la vida social, incluidos, claro está, aquellos que atañen al orden internacional y a la geoestrategia.

El desarrollo de la posguerra (1945-1975) se fundamentó en la complementariedad de los tres grandes proyectos sociales de la época, a saber:

(I) en Occidente el proyecto de estado del bienestar de la socialdemocracia nacional, que asentaba su acción sobre la eficacia de sistemas productivos nacionales interdependientes;

(II) el proyecto que yo he titulado Proyecto de Bandoung de la construcción nacional burguesa de la periferia del sistema (la ideología del desarrollo);

(III) y, finalmente, el proyecto soviético de un “capitalismo sin capitalistas”, con relativa autonomía en relación con el sistema mundial dominante. La doble derrota del fascismo y del viejo colonialismo había creado en efecto una coyuntura que permitía a las clases populares y a los pueblos víctimas de la expansión capitalista imponer formas de regulación a la acumulación de capital -a los cuales el capital mismo fue obligado a atenerse- que han sido la base de esta fase de desarrollo.

La crisis que se produjo a continuación (a partir de 1968-1975) es la de la erosión primero y del hundimiento después, de los sistemas sobre los cuales reposaba el escenario anterior. El período, que no está cerrado, no es pues el de la puesta en escena de un nuevo orden mundial, como se complacen diciendo demasiado a menudo, sino el de un caos que está lejos de estar sobrepasado. Las políticas puestas en práctica en estas condiciones no responden a una estrategia positiva de expansión del capital, sino que tratan solamente de gestionar la crisis. No lo lograrán, porque el proyecto espontáneo producido por la dominación inmediata del capital, en ausencia de los límites que pudieran imponerle las fuerzas  sociales, mediante reacciones coherentes y eficaces, no es más que una utopía: la de la gestión del mundo por lo que se llama el mercado; es decir los intereses inmediatos, a corto plazo, de las fuerzas dominantes del capital.

La historia moderna se ha desarrollado de forma que a las fases de reproducción sobre la base de sistemas de acumulación estables, suceden momentos de caos. En las primeras de estas fases, como lo fue del impulso de la posguerra, el desarrollo de los acontecimientos da la impresión de una cierta monotonía, porque las relaciones sociales que constituyen su arquitectura están estabilizadas. Estas relaciones son pues reproducidas por el funcionamiento de dinámicas en el sistema. En estas fases se dibujan claramente los sujetos históricos activos, definidos y precisos (las clases sociales activas, los Estados, los partidos políticos y las organizaciones sociales dominantes) cuyas prácticas parecen sólidas y cuyas reacciones son previsibles casi en cada circunstancia; al igual que las ideologías que les mueven, se benefician de una legitimidad que parece incontestable. En estos momentos, aún si las coyunturas pueden cambiar, las estructuras permanecen estables. La previsión es entonces posible, e incluso fácil. El peligro aparece cuando se prolongan demasiado estas previsiones, como si las estructuras en cuestión fueran eternas, como si marcaran “el fin de la Historia”. Al análisis de las contradicciones que minan estas estructuras, se le sustituye ahora por lo que los postmodernos han definido justamente como “grandes narraciones”, que proponen una visión lineal de un movimiento impulsado por la “fuerza de las cosas”, “las leyes de la Historia”. Los sujetos de esta historia desaparecen para dejar el lugar a las lógicas estructurales, llamadas objetivas.

Pero las contradicciones en cuestión, hacen su trabajo de zapa y un día u otro estas estructuras, llamadas estables, se hunden. La historia entra entonces en una fase que posiblemente se calificará más tarde como de transición, pero la fase en cuestión es vivida como una transición hacia lo desconocido. Se trata de una fase en el curso de la cual cristalizan lentamente nuevos sujetos históricos, que inauguran a tientas nuevas prácticas y construyen legitimaciones mediante nuevos discursos ideológicos a menudo confusos en un principio. Solamente cuando estos procesos de cambio cualitativos hayan madurado suficientemente aparecerán las nuevas relaciones sociales definitorias de los sistemas post-transición. Yo he empleado hace tiempo el término de caos para describir estas situaciones[1], a pesar de que he creído útil no reducir la naturaleza de este tipo de caos específico de la vida social a las teorías matemáticas de la no linealidad y del caos, válidas sin duda en otros terrenos (la meteorología, evidentemente) pero cuyas características es peligroso extrapolar a la vida social, porque aquí la intervención de los sujetos de la historia es decisiva. No hay historia sin sujeto, he dicho yo, y la historia no es el producto de fuerzas metahistóricas anteriores a ella misma.

La crisis se expresa por el hecho de que los beneficios extraídos de la explotación capitalista no encuentran salidas suficientes en inversiones rentables susceptibles de desarrollar las capacidades de producción. La gestión de la crisis consiste entonces en encontrar “otras salidas” a este excedente de capitales flotantes con el objeto de evitar su desvalorización masiva y brutal. La solución de la crisis requeriría por el contrario la modificación de las reglas sociales que rigen el reparto de beneficios, el consumo, las decisiones de inversión, es decir otro proyecto social coherente, distinto del fundado sobre la exclusiva Ley de Rentabilidad.

La gestión económica de la crisis se dirige sistemáticamente a desregular, debilitar las rigideces sindicales, desmantelarlas si es posible, liberalizar los precios y los salarios, reducir el gasto público (sobre todo las subvenciones y los servicios sociales), privatizar, liberalizar las relaciones con el exterior, etc. Desregular es, por otra parte, un término equívoco. No existen mercados desregulados, excepto en la economía imaginaria de los economistas puros. Todos los mercados están regulados y funcionan con esta condición. De lo que se trata es saber cómo y por quién están regulados. Detrás de la expresión de desregulación se oculta una realidad inconfesable: la regulación unilateral de los mercados por el capital dominante. No obstante, el hecho de que la liberalización en cuestión encorsete a la economía en una espiral involutiva de estancamiento y se manifieste como ingobernable a escala mundial -multiplicando conflictos que no puede controlar- es ocultado mediante la repetición mágica  de la idea de que el liberalismo está preparándose para un desarrollo futuro calificado como sano.

La mundialización capitalista exige que la gestión de la crisis se efectúe a este mismo nivel. Esta gestión debe hacer frente al gigantesco excedente de capitales flotantes que genera la sumisión de toda la maquinaria económica al exclusivo criterio del beneficio. La liberalización de las transferencias internacionales de capitales, la adopción de tipos de cambio flotantes, los elevados tipos de interés, el déficit de la balanza exterior americana, la deuda externa del tercer mundo, las privatizaciones… constituyen en su conjunto una política perfectamente racional que ofrece a estos capitales flotantes la salida de una huida hacia adelante en la inversión financiera especulativa, alejando o por lo menos retrasando el mayor peligro, el de una desvalorización masiva del excedente de capital. Nos podemos hacer una idea de las enormes dimensiones de este excedente, recordando dos cifras: la del comercio mundial, que es del orden de los tres billones de dólares al año y la de los movimientos internacionales de los capitales flotantes, que se sitúa en torno a los 80 a 100 billones de dólares, es decir 30 veces mayor.

Esta fase, considerada en su conjunto, es la de la hegemonía de  Estados Unidos, que se fortalece más que nunca, a pesar de que  en cierta forma, esté en crisis. Decir esto, supone un concepto de hegemonía que es a la vez multidimensional, relativo y está permanentemente amenazado. Multidimensional en el sentido de que no es solamente económica (productividad más elevada en los sectores claves de la producción, iniciativa en los descubrimientos tecnológicos, peso decisivo en los intercambios comerciales mundiales, control de la divisa clave del sistema…, etc.), sino tanto política e ideológica (entiéndase, cultural), como militar. Relativa, porque la economía capitalista mundial no es un imperio planetario gobernado por un centro único. El centro hegemónico debe contraer necesariamente compromisos con los otros, aunque se sitúen en la posición de dominados y mucho más si se resisten a asumir este papel. Desde este punto de vista, la hegemonía está siempre amenazada por la evolución de la correlación de fuerzas entre los componentes del sistema mundial.

Si contemplamos la dimensión económica en el sentido estricto, medida de forma aproximada por el PIB per cápita y las tendencias estructurales de la balanza comercial, concluiremos que la hegemonía americana, aplastante en 1945, se hunde en los años 60 y 70 ante el brillante impulso europeo y japonés. Los europeos no dejan de recordarlo en términos bien conocidos: la Unión Europea constituye la primera fuerza económica y comercial a escala mundial, etc…, afirmación que resulta un poco apresurada, pues si bien hay un mercado único europeo, representado por una moneda única, una única economía europea no existe, o al menos, no todavía. No hay un “sistema productivo europeo”, como existe el sistema productivo de Estados Unidos. Las economías instaladas en Europa por  las burguesías históricas de los Estados correspondientes y la construcción en este marco de sistemas productivos nacionales autocentrados (incluso si al mismo tiempo éstos son abiertos e incluso agresivamente abiertos) han permanecido básicamente como tales. No hay transnacionales europeas, sino exclusivamente transnacionales británicas, alemanas, francesas, etc. Las únicas excepciones han sido el resultado de cooperaciones interestatales en el sector público, de las cuales Airbus es el prototipo (y esta observación es importante porque recuerda el papel decisivo de la acción del sector público en la eventual transformación de las estructuras). No hay interpenetración de capitales nacionales, o más exactamente, esta interpretación no es más densa en las relaciones intraeuropeas que las que cada una de las naciones europeas mantiene con Estados Unidos y Japón. De esta manera si los sistemas productivos europeos están erosionados, debilitados, por la llamada “interdependencia mundializada”, hasta el punto de que las políticas nacionales pierden una buena parte de su eficacia, es precisamente en beneficio de la mundialización y de las fuerzas que la dominan y no precisamente en el de una “integración europea”, todavía casi inexistente.

Si tomamos en consideración otros aspectos de la vida económica como la innovación tecnológica o el lugar ocupado por la moneda nacional en el sistema monetario internacional, la asimetría entre Estados Unidos y la Unión Europea es más acusada. Se pueden discutir aspectos concernientes a la innovación tecnológica, aunque la superioridad militar de Estados Unidos continúa siendo el vehículo principal de una ventaja norteamericana difícilmente cuestionable. Por otra parte, la investigación militar produce efectos civiles decisivos (véase Internet, por ejemplo). En cuanto a las ventajas que representa para Estados Unidos el uso del dólar como instrumento de regulación internacional dominante (lo que les permite sostener un déficit permanente de su balanza exterior atenuando de la misma forma las consecuencias de una pérdida de competitividad ante los mercados mundiales) no parecen amenazadas por el euro. Mi opinión es que, en tanto no haya una economía europea integrada, la adopción del euro como moneda común continuará siendo frágil y tendrá dificultades para suplantar al dólar a escala mundial.

Si bien la gestión de la crisis ha sido catastrófica para las clases trabajadoras y los pueblos de la periferia, no ha sido así para todos. Esta gestión ha sido muy fructífera para el capital dominante. La desigualdad en el reparto social de los beneficios, cuya aceleración ha sido enorme en casi todo el mundo, si bien ha creado mucha pobreza, precariedad y marginación para unos, ha fabricado también muchos nuevos millonarios, quienes sin ningún pudor se jactan de “vivir la mundialización feliz”.

Se nos había presentado durante años la vuelta a un “capitalismo puro y duro” como elemento constituyente del “fin de la Historia”. Pero he aquí que la gestión de este sistema, golpeado por una crisis permanente, en el marco de la mundialización neoliberal que se pretendía “sin alternativa”, ha entrado en la fase de su hundimiento.

Las crisis de los países del Sudeste Asiático y de Corea era previsible y había sido prevista por analistas críticos de estos países. En un primer momento, a partir de los años 80 estos países, y también China, supieron obtener beneficio de la crisis incrementando su inserción en la mundialización de los intercambios (por su “ventaja relativa” de mano de obra barata), llamando a las inversiones extranjeras, pero manteniéndose apartados de la mundialización financiera e inscribiendo sus proyectos de desarrollo en una estrategia regida a escala nacional (en lo que se refiere a China y a Corea, no a los países del Sudeste Asiático). A partir de los años 90, Corea y el Sudeste Asiático se abrieron progresivamente la mundialización financiera, mientras que China e India iniciaban una evolución en este sentido. Atraídos por las elevadas tasas de crecimiento de la región, los excedentes de capitales extranjeros flotantes afluyeron hacia la zona produciendo, no tanto una aceleración del crecimiento, sino una inflación de valores mobiliarios y de inversiones inmobiliarias. Tal y como se había previsto, la burbuja financiera explotó pocos años más tarde. Las reacciones políticas que se perfilan frente a esta gran crisis son en más de un aspecto nuevas, diferentes de las que se produjeron ante las crisis de México, por ejemplo. Estados Unidos, y en su estela Japón, trata de sacar beneficios de la crisis coreana, desmantelando su sistema productivo (con el falaz pretexto de que está controlado por los monopolios) y subordinándole a las estrategias de los oligopolios  americanos y japoneses. Los poderes de la región intentan resistir cuestionando su inserción en la mundialización financiera (restablecimiento del control de los cambios en Malasia), o  -en lo que concierne a China  y a India- eliminando de su agenda su participación en ella. Es este hundimiento del sector financiero de la mundialización el que ha obligado al G7 a abordar una nueva estrategia, abriendo una crisis del pensamiento liberal.

La crisis rusa de agosto de 1998 no es el producto de un contagio de la del Sudeste Asiático, como se dice a menudo. Era igualmente previsible -y fue prevista- porque es el producto de políticas puestas en práctica desde 1990. Estas políticas han ofrecido al capital dominante a escala global, directamente y a través de su alianza con los intermediarios comerciales y financieros rusos, la ocasión de desarrollar una estrategia de pillaje de las industrias del país, mediante la transferencia masiva de la plusvalía generada por estas a los intermediarios y al capital extranjero. La destrucción de sectores enteros de capacidades productivas del país -y la perspectiva de ser reducidos al  status de exportador de productos petrolíferos y mineros- obedece igualmente a objetivos geoestratégicos. Más allá del descalabro social que provoca, esto prepara un caldo de cultivo favorable para un desmantelamiento político del país, a continuación del de la ex-URSS. Pues para Estados Unidos, tanto Rusia, como India y China son países demasiado grandes -sólo Estados Unidos está autorizado a ser un gran país-, una amenaza, aunque sea hipotética, a su hegemonía. La marcha de este sistema hacia la crisis se aceleró cuando, a partir de los años 1994-1996, Rusia entró en la mundialización financiera. Pero es interesante señalar aquí que la reacción política a esta crisis conllevará quizás un cambio en la estrategia de la transición al capitalismo  y el restablecimiento de un mínimo de control nacional sobre éste.

Las crisis políticas en Oriente Medio, en la ex-Yugoslavia, en África Central…, demuestran igualmente que la gestión política de la mundialización, asociada a la  hegemonía de  Estados Unidos, se enfrenta a dificultades crecientes. En Oriente Medio, el proyecto americano-israelí de creación de una zona económica y financieramente integrado bajo el control  de Washington  y Tel Aviv está paralizado, a pesar del apoyo incondicional que los regímenes autocráticos y los protectorados norteamericanos del Golfo, bajo la ocupación militar de Estados Unidos, le garantizan. Ante este fracaso, Washington ha optado por un apoyo decidido al proyecto expansionista de Israel, aunque sea violando abiertamente los Acuerdos de Oslo. Tanto en la ex-Yugoslavia como en África Central, el caos creado por las opciones neoliberales, que fortalecen incesantemente los secesionismos étnicos, no encontrará ninguna solución -ni siquiera militar- en el marco del sistema neoliberal global.

Es precisamente desde este punto de vista desde el que es preciso analizar el plan cortafuegos iniciado por el G7. He aquí que de un día para otro, el G7 cambia de lenguaje. El término de regulación, hasta ahora prohibido, vuelve a encontrar un lugar  en las resoluciones de esta instancia. Ahora es preciso, dicen,  “regular los flujos financieros internacionales”. El economista jefe del Banco Mundial, Stiglitz , propone abrir un debate con el fin de definir un nuevo “consenso post-Washington” . El especulador George Soros ha publicado una obra con un título elocuente: La crisis del capitalismo mundial. El integrismo de los mercados, que supone todo un alegato para “salvar al capitalismo del neoliberalismo”. Pero no nos dejemos engañar: se trata de una estrategia que persigue los mismos objetivos, es decir, abrir el capital a la ofensiva de Estados Unidos y el hundimiento del proyecto europeo.

Se puede encontrar en el Magazine del New York Times del 28 de marzo de 1999, un instructivo artículo relativo a la estrategia política de Estados Unidos. Su contenido se sintetiza en una elocuente imagen que ocupa toda una página de la revista: un gran guante de boxeo con los colores americanos, acompañado del texto siguiente que cito literalmente: “Lo que el mundo necesita: la mundialización sólo funcionará si Estados Unidos actúa con la fuerza todopoderosa (almighty: calificativo que habitualmente se reserva a Dios-) que le confiere su calidad de superpotencia”. Y la razón por la cuál los puñetazos anunciados serán necesarios se explicita en los siguientes términos: “la mano invisible del mercado, jamás funcionará sin el puño invisible. Mac Donald no prosperará sin la Mac Donnell Douglas, que ha construido el F15. El puño invisible que garantiza un mundo seguro para la tecnología de Silicon Valley se llama ejército, aviación, marina y Cuerpo de Marines de Estados Unidos”. El autor no es un cómico provocador, sino Thomas Friedman, consejero de Madeleine Albright.

Nuestro discurso se sitúa muy lejos de los mensajes adormecedores sobre el mercado autoregulado garante de la paz que nos ofrecen los economistas de moda. En la cita se puede apreciar que los beneficios de Mac Donald se sitúan como indicador de progreso de la civilización occidental. Más importante es darse cuenta de que la clase dirigente americana sabe que la economía es política y que son las correlaciones de fuerzas- las militares incluidas- las que dirigen y controlan los mercados. No habrá “mercado mundial” sin imperio militar americano, dicen ellos. Este artículo no es sino uno más entre miles semejantes. Si esta sinceridad brutal es posible allá, es porque los medios de comunicación están lo suficientemente controlados como para que los objetivos estratégicos del poder no puedan ser jamás objeto de debate; por el contrario, el campo de expresión se muestra libre, hasta lo burlesco, en lo que se refiere a los individuos, y con  ellos  a los conflictos en el seno de la clase dominante, que aparecen absolutamente incomprensibles en estas condiciones. No existe allí fuerza política capaz de desasosegar una opinión pública manipulada sin dificultad.

Más curioso es el silencio de los poderes europeos, y de algunos otros que parecen no leer la prensa del otro lado del Atlántico -no me puedo creer que ignoren sus objetivos- e impiden a sus adversarios políticos evocar siquiera la existencia misma de una estrategia global de Washington, acusándoles simplemente de alimentar una visión conspiratoria de la historia e incluso de comportarse como iluminados viendo en todas partes dibujarse la sombra del “Gran Satán”.

Sin embargo la estrategia en cuestión es nítida. Estados Unidos está menos convencido de lo que lo están en apariencia sus aliados europeos de las virtudes de la competencia y de sus mecanismos, los cuales -por otra parte- violan impunemente cada vez que sus intereses están en juego. Washington sabe que sin su hegemonía militar, Estados Unidos no puede imponer al mundo la financiación de su deuda externa, condición indispensable para mantener artificialmente su posición económica.

El instrumento privilegiado de esta hegemonía es pues militar, como lo dicen y lo repiten hasta la saciedad las más altas autoridades de Estados Unidos. Esta hegemonía, que garantiza a su vez la de la Tríada sobre el sistema mundial, exige que sus aliados acepten navegar en la estela americana, tal y como reconocen Gran Bretaña, Alemania y Japón sin ningún tipo de prejuicio, ni siquiera cultural. Pero súbitamente los discursos que los políticos europeos utilizan para ilustrar a sus auditorios acerca de la potencia económica de Europa han perdido toda su credibilidad. Situándose exclusivamente sobre el terreno de las disputas mercantiles, sin proyecto propio, Europa está derrotada de antemano. Lo saben bien en Washington.

El instrumento principal al servicio de la estrategia elegida por Washington es la OTAN, hecho que explica su supervivencia tras el hundimiento del adversario contra el cuál la organización fue creada. La OTAN habla hoy en nombre de “la comunidad internacional”, mientras manifiesta su desprecio hacia el principio democrático que gobierna esta comunidad a través de Naciones Unidas. En los debates americanos relativos a la estrategia global en cuestión, raramente se trata de los derechos del hombre o de la democracia. Estos solamente se invocan cuando es útil para su puesta en práctica. De ahí el pasmoso cinismo y el uso sistemático de la regla “dos pesos, dos medidas”.

El objetivo declarado de esta estrategia es no tolerar la existencia de ninguna potencia capaz de resistirse a las ingerencias de Washington y para lograrlo se trata, tanto de desmantelar todos los países que estiman “demasiado grandes”, como de crear el máximo de Estados peones, plataformas dóciles para el establecimiento de bases americanas que aseguren su protección. Un único Estado tiene derecho a ser grande,  Estados Unidos, tal y como han afirmado sus dos últimos presidentes.

El método utilizado no se reduce solamente al control mediático y a la manipulación informativa. Se trata de situar a los pueblos frente a alternativas, todas ellas inaceptables: aceptar la opresión, desaparecer, o aceptar el protectorado de EEUU. Para esto hay que levantar un muro de silencio sobre las políticas que han conducido al drama. El ejemplo de Kosovo es, en este sentido, deslumbrante. Envalentonados por su éxito en la Guerra del Golfo, Estados Unidos se ha implicado ahora en los asuntos europeos, instrumentalizando las crisis yugoslavas y persiguiendo diferentes objetivos entre los cuales la sumisión de la Unión Europea no es el menor.

Esta intervención sistemática de Estados Unidos reposa sobre tres principios:

1. La sustitución brutal de Naciones Unidas por la OTAN cono instrumento de gestión del orden internacional.

2. La alineación de Europa con los objetivos estratégicos de Washington.

3. La utilización de métodos militares para reforzar la hegemonía americana: bombardeos sin riesgo y utilización supletoria de tropas europeas en una eventual intervención sobre el terreno.

Las consecuencias de estas opciones son catastróficas desde todos los puntos de vista. Han vaciado de toda credibilidad  los discursos  sobre la democracia y los derechos de los pueblos. Revelan el objetivo estratégico real, más allá de Serbia, Rusia y China, tal y como los estrategas americanos escriben abiertamente. De la misma forma la OTAN se manifiesta abiertamente como instrumento del expansionismo americano y no de la defensa europea, constriñendo a la Unión Europea a un alineamiento aún más severo que el impuesto en el pasado bajo el pretexto de la Guerra Fría.

La única opción que habría tenido sentido para Europa, habría sido inscribir su construcción en la perspectiva de un mundo multipolar. El margen de autonomía que definía esta opción habría permitido la creación de un proyecto legitimado socialmente, en la mejor tradición humanista europea. Esta opción hubiera implicado, evidentemente, reconocer a Rusia, a China y a cada uno de los grandes regímenes del mundo el mismo margen de autonomía. Requería pasar definitivamente la página de la OTAN, en beneficio de la concepción de una fuerza de defensa europea, integrada de forma gradual al ritmo de los progresos de la propia construcción política europea. De la misma manera supondría el establecimiento de formas de regulación adecuadas, tanto a escala europea, cono a nivel del sistema mundial sustituyendo a las formas dominantes de Breton Woods, la OMC y el AMI.

Optando por una mundialización liberal, Europa ha renunciado de hecho a utilizar su potencial de competitividad económica y se ha situado en la órbita de las ambiciones de Washington.

Que los Estados europeos hayan elegido esta vía, pone de manifiesto la fragilidad del proyecto europeo mismo, e incluso que este proyecto no supone más que una prioridad subalterna en la escala de las visiones políticas dominantes. De hecho la opción fundamental de Gran Bretaña desde 1945 es consolarse de la pérdida de su papel imperial, reviviéndole mediante procuración a través de Estados Unidos. El de Alemania, habiendo renunciado a su loco sueño nazi de conquista del mundo, consiste en limitar sus ambiciones a escala de sus medios reconstituyendo su zona de influencia tradicional en dirección a la Europa del Este y del Sudeste, en la estela de la estrategia de hegemonía mundial de Washington. Por razones un poco análogas Japón -frente a China e incluso a Corea- inscribe igualmente sus ambiciones de expansión estrictamente regionales en esta misma perspectiva americana global.

¿Puede el proyecto europeo ser salvado de la debacle? Estando las cosas como están, el único camino para remontar esta pendiente que conduce a convertir en insignificante el proyecto europeo, requeriría que las fuerzas políticas implicadas en él -en Francia, en Alemania, en Italia- lo reconduzcan en función de lo inmediatamente posible. Es decir, volver a un concepto más modesto de una “Europa de las Naciones” a la espera de la maduración progresiva de una cooperación que vaya profundizándose gradualmente. Esto implicaría a su vez un acercamiento amistoso -y no agresivo- a Rusia, a China y al Tercer Mundo y, en este marco, a una revitalización de las funciones de Naciones Unidas. Una vez más es preciso constatar que esta no es la opción hecha por los gobiernos europeos, incluidos los mayoritariamente socialistas. La prioridad concedida a la gestión ultraconservadora de una moneda común ilusoria, el apoyo a un liberalismo mundializado y a la estrategia de la hegemonía americana, se sitúa contra el proyecto de un mundo multipolar y conduce a las peores catástrofes, tanto para Europa, como para el resto del mundo.

Alinearse con esta estrategia de Estados Unidos y de sus aliados subalternos de la OTAN tienen consecuencias dramáticas. Naciones Unidas está ya en fase de sufrir la misma suerte que la Sociedad de Naciones. A pesar de que, evidentemente (y afortunadamente), la sociedad americana no es la de la Alemania nazi, para los dirigentes de Washington -como, por otra parte, sucede con los de Berlín- la fuerza se ha erigido en principio supremo, en menosprecio de un Derecho Internacional al cual el discurso dominante ha sustituido por un curioso “deber de injerencia” que recuerda la “misión civilizadora” del imperialismo del siglo XIX.

La lucha por la democracia continuará siendo perfectamente ineficaz si se acompaña de la sumisión a la hegemonía americana. El combate por la democracia y contra la hegemonía de Washington es indisociable.

III. El imperialismo, estado permanente del capitalismo

1. La situación  tras el hundimiento de los proyectos sociales de la posguerra

Durante mucho tiempo -desde la revolución industrial de principios del siglo XIX hasta 1930 (para la Unión Soviética) y hasta 1950 (en lo que concierne al Tercer Mundo)- el contraste centros/periferia del sistema mundial moderno era prácticamente sinónimo de la oposición entre países industrializados y no industrializados. Las revueltas de las periferias -adoptando la forma de revoluciones socialistas (Rusia, China) o de liberación nacional- han puesto en cuestión esta antigua forma de la polarización comprometiendo a sus sociedades en procesos de modernización e industrialización. Gradualmente, el eje alrededor del cual se organiza el sistema capitalista mundial, el que definirá las formas futuras de la polarización, se ha constituido alrededor de lo que yo llamo los cinco nuevos monopolios de los cuales se benefician los países de la Tríada dominante, y que son:

1.Los monopolios en el ámbito de la tecnología; monopolios que exigen gastos gigantescos, a los que sólo el Estado -el grande y rico Estado- puede hacer frente.

2.Los monopolios que operan en el terreno del control de los flujos financieros de envergadura mundial. La liberalización de la implantación de las instituciones financieras mayores, que actúan sobre el mercado financiero mundial, ha dado a estos monopolios una eficacia sin precedentes; y el capital financiero constituye el segmento más mundializado del capital. El modelo capitalista angloamericano pone el acento sobre este monopolio, al que intenta dotar de una legitimidad particular.

3.Los monopolios que actúan sobre el acceso a los recursos naturales del planeta.

4.Los monopolios que operan en los campos de las telecomunicaciones y de los medios de comunicación, quienes no solamente uniformizan por la base la cultura mundial que ellos vehiculan, sino que abren nuevos caminos a la manipulación política.

5.Finalmente, los monopolios que actúan en la esfera de las armas de destrucción masiva. Limitado por la bipolaridad de la posguerra, este monopolio es de nuevo el arma absoluta cuyo uso exclusivo, como en 1945, se reserva la diplomacia norteamericana. Si la proliferación comporta peligros de rearme, a falta de un control mundial democrático y de desarme verdaderamente global, no hay ningún otro medio para combatir este inaceptable monopolio.

Tomados en conjunto, estos cinco monopolios definen el marco en el cual la ley del valor mundializada se expresa. Lejos de ser la expresión de una racionalidad económica pura, que se pudiera separar de su marco social y político, la ley del valor es la expresión condensada del conjunto de estos factores. Ellos anulan el esfuerzo de  industrialización de las periferias, devalúan el trabajo productivo realizado en estas condiciones, en tanto que sobrevaloran el pretendido valor añadido vinculado a las actividades para las que operan los nuevos monopolios en beneficio de los centros. Producen pues una nueva jerarquía en el reparto de los beneficios  a escala mundial, más desigual  que nunca, subalternizan las industrias de las periferias y las reducen al estatuto de actividades precarizadas. La polarización encuentra aquí su nuevo fundamento encargado de dirigir sus formas de desarrollo futuro.

Durante el Periodo de Bandoung (1955-1975) los Estados del Tercer Mundo habían puesto en marcha políticas de desarrollo de vocación autocentrada con el objetivo de reducir la polarización mundial. Esto requería la existencia al mismo tiempo de sistemas de regulación nacional y de negociación permanente, incluida la colectiva (Norte-Sur), de sistemas de regulaciones internacionales (el papel de la CNUCED importante en este marco, etc.…). Se pretendía igualmente reducir las “reservas de trabajo de débil productividad” sustituyéndolas por actividades modernas de más alta productividad (aunque fueran “no competitivas” en los mercados mundiales abiertos). El resultado del éxito desigual, y no del fracaso como se complacen en decir, de estas políticas ha sido dar lugar a un tercer mundo contemporáneo muy diferenciado.

Más allá de la Tríada central el mundo contemporáneo se compone de tres estratos de periferias:

– Primer estrato: países ex-socialistas, China, Corea, Taiwan, India, Brasil,  México…, los cuales han logrado construir sistemas productivos nacionales y por lo tanto potencialmente, cuando no realmente, competitivos.

– Segundo estrato: países que han entrado en la industrialización pero que no han llegado a construir sistemas productivos nacionales como, los países árabes, África del Sur, Irán, Turquía, países de América Latina. Pueden contar con instalaciones industriales competitivas –sobre todo por su mano de obra barata–, pero no con sistemas competitivos.

– Tercer estrato: países que no han entrado en la revolución industrial (en líneas generales los ACP). Estos países no son competitivos más que en campos determinados en función de ventajas naturales: minas, petróleo, productos agrícolas tropicales.

En todos los países de los dos primeros estratos, las reservas pasivas no han sido absorbidas y varían desde el 40% (Rusia) al 80% (India, China). En África esta proporción se acerca o supera el 90%.

La diferencia que separa las periferias activas de aquellas que están marginalizadas, no es solamente  la competitividad de sus producciones industriales, es también un criterio político. Los poderes políticos en las periferias activas y tras ellos la sociedad en su conjunto, sin que esto excluya contradicciones sociales internas, tienen un proyecto y una estrategia para llevarlo a cabo. Esto es evidente en el caso de China, Corea y en menor grado en el de algunos países de América Latina. Estos proyectos nacionales se confrontan con los del imperialismo dominante a escala mundial y el resultado de esta confrontación modelará el mundo del futuro. Por el contrario, las periferias marginalizadas no tienen ni proyecto -aún cuando una retórica como la de Islam político lo pretenda- ni estrategia propia. Son los círculos imperialistas los que “piensan por ellos” y tienen en exclusiva la iniciativa sobre los proyectos que conciernen a estas regiones (como la asociación CEE-ACP, el proyecto de Oriente Medio de Estados Unidos y de Israel, los vagos proyectos mediterráneos de Europa), a los cuales no se opone de hecho ningún proyecto originario local. Estos países son pues sujetos pasivos de la mundialización. La diferencia creciente entre estos grupos de países ha hecho estallar el concepto de Tercer Mundo y ha terminado con las estrategias de frente común de la era de Bandoung.

En este estado de cosas incluso allá donde los progresos de la industrialización han sido más notables, las periferias han permanecido siendo gigantescos depósitos de reservas, entendiendo por esto que proporciones variables –pero siempre muy importantes -de su fuerza de trabajo están empleadas, cuando lo están, en actividades de baja productividad. La razón es que las políticas de modernización – es decir, las tentativas de desarrollo- exigen opciones tecnológicas modernas para ser eficaces, es decir competitivas, las cuales son extremadamente costosas desde el punto de vista de utilización de recursos escasos (capitales y mano de obra cualificada). Esta distorsión sistemática se agrava más aún si se tiene en cuenta que la modernización en cuestión surge de una desigualdad creciente en el reparto de los beneficios.

En estas condiciones el contraste entre los centros y las periferias es violento. En los primeros esta reserva pasiva, que existe, es minoritaria (variable en función de coyunturas, pero sin duda casi siempre inferior al 20%); en los segundos, ésta es siempre mayoritaria. Las únicas excepciones son aquí Corea y Taiwan quienes, por razones diversas, sin olvidar el factor geoestratégico que les ha sido favorable (era preciso ayudarles a hacer frente al peligro de la contaminación del comunismo chino), se han beneficiado de un crecimiento sin comparación en otros lugares.

2. Escenarios futuros de acuerdo con la lógica inherente al sistema

Yo no creo que pueda deducirse de la observación y del análisis -por muy serios que estos sean- de lo que hay de nuevo en el sistema de la economía mundializada contemporánea, un escenario de futuro que tenga una probabilidad de producirse lo suficientemente grande, como para aparecer como casi cierto. Decir esto no supone, evidentemente, ignorar la importancia de “los hechos nuevos”.

1. La revolución tecnológica contemporánea, y la informatización en primer lugar, ejerce una acción poderosa imponiendo la reestructuración de los sistemas productivos, sobre todo facilitando la dispersión geográfica de sectores dirigidos a distancia. En este sentido, las formas de trabajo están en proceso de ser profundamente transformadas. Los modelos de trabajo en cadena (taylorismo) son sustituidos por formas nuevas que afectan profundamente a la  estructura de las clases sociales y su percepción de los problemas y los desafíos a los cuales los trabajadores hacen frente. Volvemos a encontrar aquí igualmente los problemas de la segmentación de los mercados de trabajo. Se trata de un cambio que repercutirá a largo plazo.

2. La empresa gigante no es una cosa nueva en la historia del capitalismo. Las grandes firmas transnacionales son en un primer momento firmas nacionales, sobretodo por la propiedad de su capital, cuya actividad desborda las fronteras del país de origen. Necesitan siempre para desplegarse del apoyo activo y positivo de su Estado. Sin embargo su desarrollo las convierte en lo suficientemente poderosas como para desarrollar su propia estrategia de expansión, al margen -y a veces en contra- de la lógica de las políticas de Estado. Tratan pues de subordinar éstas a sus propias estrategias. El discurso neoliberal anti-Estado enmascara este objetivo para legitimar la lógica exclusiva de la defensa de los intereses particulares que representan estas firmas. La libertad reivindicada no es la de todos, es la libertad de las empresas de hacer prevalecer sus intereses en detrimento de los otros. En este sentido el discurso neoliberal es perfectamente ideológico y engañoso. El estatuto de la relación capital oligopolístico privado/Estado, es ambigua y nada dice que esta situación -que tiene actualmente el viento en popa- y en la cual el Estado aparece totalmente sometido a los intereses privados, sea definitiva y no se module de manera diferente.

3. El predominio del capital financiero es, por el contrario, un fenómeno puramente coyuntural. Es el producto de la crisis.

4. En la crisis general que se mantiene desde hace tres decenios, un nuevo corte Este-Oeste parece dibujarse. La crisis golpea con fuerza el conjunto del continente americano, el norte y el sur, el oeste de Europa, África y Oriente Medio, el este de Europa y los países de la ex-URSS. Sus síntomas son: crecimiento débil (nulo o negativo para muchos países del Este y para las zonas marginalizadas del Tercer Mundo), debilidad de las inversiones en actividades productivas, crecimiento del paro y del empleo precario, incremento de las formas informales de actividad, etc…, todo ello acompañado por el agravamiento de la desigualdad en el reparto.

Por el contrario, los países del este de Asia (China y Corea), del Sudeste Asiático y la India han dado la impresión durante mucho tiempo de situarse fuera de las regiones golpeadas por la crisis de larga duración de la que hablamos. Las tasas de inversión en la expansión de los sistemas productivos, las de crecimiento, se han mantenido a lo largo de estos últimos decenios (India) o incluso han aumentado sensiblemente (China, Corea, Sudeste Asiático). Este crecimiento acelerado se ha acompañado generalmente de un menor agravamiento de la desigualdad que en otras partes, aunque esta afirmación deba ser matizada. Japón mismo se ha beneficiado del ambiente general característico de este nuevo Este, antes de entrar él mismo, más tardíamente, en una crisis que, en este caso, parece realmente profunda. La crisis financiera que golpea Corea y el Sur de Asia, iniciada en 1997 y que amenaza a su vez a China, ¿marcará el final de esta “excepción asiática” y del corte Este-Oeste que expresaba? El “milagro asiático” hizo correr ríos de tinta. Asia, o Asia -Pacífico, como centro del porvenir en construcción, fascinación en Europa y América del Norte ante la posibilidad de su dominación sobre el Planeta, China superpotencia del futuro…¡Qué no se ha escrito sobre estos temas!

La polarización no se define de una vez por todas de manera inmutable. Lo que ciertamente hay que situar en el pasado es la forma en la que se expresó durante un siglo y medio, en el contraste países industrializados/no industrializados;  forma que fue precisamente puesta en cuestión por el movimiento de la liberación nacional de las periferias, imponiendo al centro ajustes en función de las transformaciones comportadas por la industrialización, aunque fuera desigual, de las periferias. ¿Se puede, a partir de esta constatación, concluir que el Sudeste Asiático está en el camino de alcanzar a los centros de la Tríada? No se trata de eso. La tesis que mantengo aquí conduce a una conclusión muy diferente a través del control de los cinco monopolios por parte de la Tríada: la ley del valor mundializada produce una nueva forma de polarización, subordinando la industria de las periferias dinámicas. Si China decide integrarse más en la división internacional del trabajo, no escapará a esta perspectiva.

Los escenarios del futuro dependerán mucho de las relaciones entre las tendencias objetivas de fondo por una parte, y por otra  las respuestas que los pueblos y las fuerzas sociales que los componen dan a los desafíos que las primeras representan. Hay pues un elemento de subjetividad, de intuición, insoslayable. Felizmente, por otra parte, porque esto significa que el porvenir no está programado con anterioridad y que el imaginario colectivo, empleando la expresión fuerte de Castoriadis, tiene su espacio en la historia real.

La previsión es aún más difícil en un periodo como el nuestro en el que todos los mecanismos ideológicos y políticos que dirigían los comportamientos de unos y otros, han abandonado la escena. La estructura de la vida política se ha transformado sustancialmente al  pasar la página del periodo posterior a la segunda guerra mundial. La vida y las luchas políticas se inscribían tradicionalmente en el  marco de Estados políticos, cuya legitimidad no estaba cuestionada; la de un gobierno podía estarlo, pero no la del Estado. Detrás y dentro del Estado, los partidos políticos, los sindicatos, algunas grandes instituciones -como la de la patronal-, el mundo calificado por los medios de comunicación como “clase política”, constituían el esqueleto principal del sistema en el que se expresaban los movimientos políticos, las luchas sociales, las corrientes ideológicas. Hoy se constata que en casi todo el mundo, el conjunto de estas instituciones ha perdido en diverso grado, una buena parte, sino toda, su legitimidad. Los pueblos ya no creen. En su lugar movimientos de naturaleza diversa han aparecido en escena alrededor de reivindicaciones de los Verdes, de las mujeres, en favor de la democracia, de la justicia social, afirmando identidades comunitarias (étnicas o religiosas). La inestabilidad extrema caracteriza pues esta nueva vida política. La articulación de estas reivindicaciones y movimientos, tanto con la crítica radical de la sociedad (es decir, del capitalismo realmente existente), como con la de la gestión neoliberal mundializada, merece ser discutida específicamente. Algunos de estos movimientos se sitúan -o pueden hacerlo- en el rechazo consciente del proyecto social de los poderes dominantes y otros, por el contrario, no se interesan en ello y no lo combaten. Los poderes dominantes saben hacer esta distinción, y la hacen. La manipulación y el apoyo abierto u oculto a los unos, y el combate decidido a los otros, son la regla de esta nueva vida política caótica y agitada.

En los países de la periferia, el sistema neoliberal excluye cualquier avance serio de la democracia. Este tema se utiliza de manera cínica para eliminar un adversario -socialista o populista-, mientras que jamás se invoca contra un aliado o un agente. “Dos pesos, dos medidas”, esta es la regla que domina. A veces, sin embargo, la violencia de la crisis es tal, que impone una apariencia de democracia -lo que yo he llamado ”pequeña democracia de baja intensidad”-, pluripartidismo de pacotilla, como instrumento de gestión provisional. La era de las dictaduras y de los regímenes autoritarios -militares, teocráticos o cualquier otros- no se ha cerrado, ni mucho menos.

En los países capitalistas desarrollados, tanto el conflicto entre las aspiraciones de las mayorías populares y los resultados producidos por las políticas que se llevan a cabo, como la impotencia de los Estados frente a las fuerzas que se imponen a través de la mundialización  (una impotencia aceptada e incluso querida por las clases que dominan el Estado) y la manipulación mediática, de una indudable eficacia, han producido una verdadera crisis de la idea y la práctica democráticas.

De manera general pues, el capitalismo contemporáneo realmente existente funciona en un régimen de “democracia de baja intensidad”. La ideología postmoderna intenta legitimar este estado de cosas, denigrando los grandes combates que inciden en las opciones fundamentales, para sustituirlas por el elogio de la gestión de la cotidianidad más pedestre. Se habla sin embargo de alternancias -cambiar de personas para hacer las mismas cosas- y no  de alternativas -hacer otra cosa-, convertidas, según se pretende, en imposibles, por razones que trascienden la opinión social.

Este sistema de gestión no puede prescindir de gendarmes capaces de intervenir a escala mundial. Todas las fuerzas dominantes aceptan aquí que Estados Unidos cumpla esa función. No hay conflicto entre la mundialización, tal y como se propone por las fuerzas dominantes del capital, y la hegemonía americana. Ni Japón, ni la Unión Europea, ni los países que la constituyen, tienen realmente la pretensión de reducir este poder, incluso si en algunos países europeos, algunas veces, “se desearía que las cosas fueran de otra manera”. El discurso anti-Estado, afecta a todos los Estados, salvo a  Estados Unidos en sus funciones políticas y militares hegemónicas.

Hay una estrategia política global de la gestión mundial. El objetivo de esta estrategia persigue la máxima fragmentación de las potenciales fuerzas anti-sistema mediante el apoyo al estallido de las formas estables de organización de la sociedad. ¡Tantas Eslovenias, Chechenias, Kosovos y Kuwaits como sea posible! La utilización de las reivindicaciones identitarias, léase su manipulación, es aquí bienvenida. La cuestión de la identidad comunitaria (étnica, religiosa o cualquier otra), es de hecho una de las cuestiones centrales de nuestra época.

El principio democrático de base, que supone el respeto real de la diversidad -nacional, étnica, religiosa, cultural, ideológica- no debería sufrir extorsiones. La diversidad no puede ser gestionada de otra manera que por la práctica sincera de la democracia. Sin ello, se convierte fatalmente en un instrumento que el adversario puede utilizar para sus propios fines. Desde este punto de vista, las izquierdas históricas han fracasado con frecuencia; pero no siempre, ni tanto, como hoy se dice. Un ejemplo entre otros: la Yugoslavia titista fue casi un modelo de coexistencia de nacionalidades en pie de igualdad real, no así Rumania. En el Tercer Mundo de Bandoung, los movimientos de liberación nacional consiguieron con frecuencia unir frente al enemigo imperialista, etnias y comunidades religiosas diversas. Las clases dirigentes en los estados africanos de la primera generación fueron a menudo realmente transétnicos. Pero pocos han sido los poderes que han sabido administrar democráticamente esa diversidad, y mantener estas conquistas, cuando las había. Su débil propensión a la democracia ha producido aquí resultados tan deplorables, como en la gestión de otros problemas de sus sociedades. Cuando llegó la crisis, las clases dirigentes, impotentes para hacerle frente, han jugado con frecuencia un papel decisivo en el recurso a repliegues comunitarios utilizados como mecanismos para prolongar su control de masas. Sin embargo, incluso en numerosas democracias burguesas auténticas, la diversidad comunitaria está lejos de haber sido administrada siempre correctamente. Irlanda del Norte es el ejemplo más llamativo.

El éxito del culturalismo, se corresponde con las insuficiencias de la gestión democrática de la diversidad. Entiendo por culturalismo la afirmación de que las diferencias en cuestión son primordiales, deben ser prioritarias -en relación con las diferencias de clase, por ejemplo- e incluso, a veces, son tenidas por transhistóricas, es decir, fundamentadas sobre invariantes históricos; este es el caso frecuente de los culturalismos religiosos, que se deslizan sin dificultad hacia el oscurantismo y el fanatismo.

Para ver claro en la jungla de las reivindicaciones identitarias yo propondría un criterio que me parece esencial. Son progresistas las reivindicaciones que se articulan sobre  el combate contra la explotación social y por una mayor democracia desplegada en todas sus dimensiones. Por el contrario, todas las reivindicaciones que se presentan “sin programa social” (porque se califique de ¡poco importante!), “no hostiles a la mundialización” (¡porque tampoco esto tendría importancia!), y sobre todo que se autoproclamen extrañas al concepto de democracia (acusado de ser occidental) son francamente reaccionarias y sirven perfectamente a los objetivos del capital dominante. Éste, que lo sabe, apoya sus reivindicaciones, incluso cuando los medios de comunicación aprovechan sus contenidos bárbaros para denunciar a los pueblos que son sus víctimas. Utiliza, léase manipula, estos movimientos.

Por todas estas razones el porvenir dependerá en gran medida de las respuestas a los desafíos que se dibujarán en las diferentes regiones del mundo. Dos de entre ellas me parecen más decisivas desde este punto de vista: Europa (incluida Rusia) y China.

En lo que se refiere a Europa, se constatará que hasta hoy los intereses que son aquí dominantes, los de sus grandes empresas, inscriben sus estrategias, al igual que las de Estados Unidos y Japón, en el marco de la mundialización desbocada. De hecho  no son agentes activos capaces de poner en cuestión la hegemonía americana a escala mundial, ni de desarrollar otra visión de las relaciones Norte-Sur. Igualmente desde este punto de vista, las nuevas relaciones Oeste-Este en Europa se inscriben espontáneamente en una perspectiva de latinoamericación del Este, no de su integración en pie de igualdad. ¿Las izquierdas europeas serán capaces de definir en conjunto otra estrategia, a la altura de las exigencias de un pacto social progresista paneuropeo? Las opciones liberales y los procesos de latinoamericación de Europa del Este, acentúan el desequilibrio en el interior de la Unión en favor de Alemania. “La Europa alemana” ¿será aceptable a la larga para Gran Bretaña, Francia, Rusia? Mientras tanto, el desarrollo de este proyecto perpetúa la hegemonía americana global, porque Alemania, como Japón, juegan aquí la carta de potencias alineadas con  Estados Unidos en cuestiones de alcance mundial. Pero, por razones relacionadas quizás con la historia y lo que ésta ha legado a Europa de tradiciones humanistas y socialistas, no excluyo que termine por imponerse otro proyecto europeo, el de una Europa social.

Por su lado la evolución de China pesará mucho en la balanza mundial, por el hecho mismo del peso de este país-continente. Me propongo explicitar las condiciones externas e internas, que gobiernan diferentes escenarios -todos igualmente posibles-, clasificándoles de la siguiente manera:

1.Escenario del estallido del país -que es el objetivo de la estrategia de Estados Unidos y de Japón-, de la marginalización del Norte y el Oeste chino y de la integración del sudeste en la constelación de un Sudeste Asiático industrializado, pero dominado por Japón y Estados Unidos.

2.Escenario de la continuación del proyecto nacional chino, fundamentado sobre el éxito de los “tres positivos”: redistribución social de la riqueza suficiente para mantener la solidaridad en la nación, redistribución regional que refuerce la interdependencia de los mercados regionales internos de China y mantenimiento del control de las relaciones con el exterior sometidas a las lógicas del proyecto nacional.

3.Degradación de este último escenario bajo el efecto de lo que yo he calificado “cuarto y gran negativo”, a saber, el intento de continuar el proyecto nacional sin salir del marco del sistema de poder en vigor (el Partido-Estado, llamado leninista). Esta degradación podrá conducir, ya sea al estallido del país (primer escenario), o a la cristalización de una forma más franca de capitalismo nacional, probablemente poco democrático.

4.Evolución hacia la izquierda del proyecto en curso y refuerzo de los poderes de las fuerzas sociales populares, haciendo avanzar el país en la larga transición al socialismo.

En este marco general podría imaginarse sin dificultad una nueva etapa de expansión capitalista, fundamentada sobre el crecimiento acelerado de las periferias activas (China, Sudeste Asiático, India, América Latina), retomando el crecimiento, tanto en la Europa del Este y en la ex-URSS, como en la Unión Europea, mientras que el mundo marginalizado africano e islámico sería abandonado a sus convulsiones. La intensificación de los intercambios entre las diferentes regiones dinámicas del mundo, sostendría el proyecto. Sin embargo, en mi opinión, cuanto más se avance en esta dirección, más se intensificarán los intercambios entre las regiones  en cuestión, y mayor amplitud alcanzaría la nueva polarización establecida sobre los cinco monopolios de la Tríada. En esta perspectiva, la separación entre los niveles de desarrollo de las regiones no se iría atenuando; por el contrario la distancia entre los centros y la nueva periferia se ampliaría.

Inmanuel Wallerstein imagina que, en el caos sostenido en el que el mundo se ha instalado, la contradicción principal opondrá a los dos centros en competición violenta: Estados Unidos, que habría perdido ya la posición hegemónica que mantuvo desde 1945 a 1990 -a pesar del espacio de autonomía relativa tolerada de la Unión Soviética-,  y Europa. En este marco Estados Unidos y Japón consolidarán su alianza estratégica, Japón no tiene otra opción posible, arrastrando tras ellos a las semiperiferias de Asia (China en particular) y América Latina, mientras que Europa integrará en su área de dominación a la nueva semiperiferia rusa.

Es un escenario que me parece poco probable, en primer lugar porque supone que Europa existe en cuanto fuerza política unificada, lo que no es el caso, en  cuanto al futuro previsible, al menos. Por el momento Europa está perfectamente alineada con la estrategia americana en todas sus dimensiones. Incluso desde el punto de vista de África -durante mucho tiempo “terreno vedado” de las antiguas potencias coloniales- la Unión Europea se ha alineado con las posiciones de Washington, dictadas a través del Banco Mundial. En este sentido, lo más probable me parece la supervivencia de una hegemonía americana -a pesar de sus debilidades- capitaneando la voluntad de dominación colectiva de la Tríada sobre el resto del mundo. La segunda razón por la cuál me parece difícil que este escenario pueda realizarse, es que implica que China consienta en situarse en el surco del bloque Estados Unidos-Japón. Esto me parece muy dudoso; y mi hipótesis sería que China intentaría más bien caminar sola explotando el conflicto Estados Unidos -Europa, si éste se agudizara. Sucedería lo mismo en el caso de India o de Rusia, si ésta consigue superar su crisis.

Sin duda la solidaridad de la Tríada no excluye la intensificación de los conflictos mercantiles entre sus componentes, que se han convertido en cotidianos (asunto Airbus, el plátano, la carne con hormonas, etc…) y en los cuales la arrogancia de las autoridades de Washington continuará irritando a europeos y japoneses. Estas contradicciones me parecen sin embargo secundarias con relación a las otras, llamadas a amplificarse, las cuales opondrán a las nuevas periferias –sobre todo las del primer nivel, China, India, quizás mañana Rusia-, con la Tríada cuya cohesión es mantenida por el alineamiento con Washington.

Sin duda, igualmente, la potencia hegemónica americana tiene sus límites. A pesar de sus medios militares supersofisticados esta potencia está fuertemente lastrada por la propia opinión pública americana, quién no acepta la guerra más que “sin riesgo” -lo que exige que existan otros contingentes que acepten los riesgos normales de cualquier intervención y que sean facilitados por los aliados subalternos. Se plantea ahora el problema de la financiación de este tipo de guerra. Y si en el caso de la Guerra del Golfo la cuestión no se suscitó porque los Estados petroleros de la región no tenían poder para rechazar la financiación de estas operaciones -incluyendo el mantenimiento de las fuerzas americanas sobre su territorio para protegerles-, quizás no sea lo mismo cuando la factura se pase a Europa, como tras la Guerra de Kosovo, ni tampoco en intervenciones futuras del mismo estilo. Ésta es la razón por la cual se puede decir en cierta manera que la hegemonía americana está ya en crisis. Se expresa a menudo la idea que esta hegemonía militar no es perdurable porque cuesta demasiado cara y que la propia sociedad americana no está dispuesta a asumir los costes. Yo planteo reservas formales ante estas tesis, por al menos dos razones. La primera es que una reducción seria de los gastos militares americanos hundiría al país en una crisis tan terrible al menos como la de los años 30. Con Sweezy y Magdoff yo soy de los que analizan el capitalismo como una forma social que engendra de manera sostenida una tendencia a la superproducción, siendo la crisis su estado normal, mientras que la prosperidad es la excepción, que como tal debe ser explicada con razones específicas.

En este análisis ponemos de relieve que Estados Unidos solamente salió de la crisis de los años 30 mediante su rearme, durante y después de la segunda guerra mundial. Hoy su economía es monstruosamente deforme: casi un tercio de la actividad económica depende directa e indirectamente del complejo militar, una proporción que sólo la URSS había alcanzado en la época de Brezhnev. La segunda es que la hegemonía paga, precisamente por los privilegios que asegura el dólar como moneda mundial. Que Washington aceptara una reducción de su papel sobre la escena mundial, léase compartir responsabilidades con Europa y Japón -el famoso sharing en su lenguaje diplomático-, comportaría una reforma del sistema monetario internacional, la pérdida del privilegio del dólar y, por tanto, se lastraría el flujo de capitales que opera en su favor.

Todos los escenarios aventurados aquí -con o sin hegemonía americana marcada- son negativos en todas sus dimensiones para lo que es el Tercer Mundo. Implican claramente una fuerte presión económica y financiera, la extracción de una plusvalía creciente, incluso en los países más empobrecidos. El discurso de la caridad (la ayuda humanitaria, la pretendida lucha contra la pobreza, etc…) que sustituye al del desarrollo, es un testimonio elocuente. Desde luego el Banco Mundial y las ONG que navegan en su órbita son ya instrumentos de esta estrategia. En el plano internacional las estrategias implicadas en todas sus modalidades sustituyen a la Tríada en la familia de las naciones que constituyen el planeta: la OTAN -ni siquiera la OCDE y mucho menos la Unión Europea-, al Consejo de Seguridad y a la Asamblea General de la ONU, el Banco Mundial al PNUD y a las instituciones especializadas de Naciones Unidas sometidas. Naciones Unidas corre el riesgo de seguir el camino de la Sociedad de Naciones, y ya es tratada como tal por el G7.

3. ¿Hacia una tercera ola de devastación imperialista?

El imperialismo no es una fase, ni siquiera la suprema, del capitalismo. Es, desde sus orígenes, inherente a su expansión. La conquista imperialista del planeta por los europeos y sus hijos norteamericanos se ha desplegado en dos tiempos y se perfila, quizás, un tercero.

El primer momento de este despliegue devastador del imperialismo se organiza alrededor de la conquista de las Américas, en el marco del sistema mercantilista de la Europa atlántica de la época. Se saldó con la destrucción de las civilizaciones indias y su hispanización-cristianización o simplemente con el genocidio perfecto, sobre el cual se construyó Estados Unidos. El racismo fundamental de los colonos anglosajones explica que este modelo haya sido reproducido en otros lugares, en Australia, en Tasmania -el genocidio más perfecto de la historia-, en Nueva Zelanda. Pues si los católicos españoles actuaban en nombre de la religión que era preciso imponer a los pueblos conquistados, los angloprotestantes extraían de su lectura de la Biblia el derecho de exterminar a los infieles. La infame esclavitud de los negros -convertida en necesaria por el exterminio de los indios o por su resistencia-, tomó alegremente el relevo para revalorizar las partes útiles del continente. Nadie duda hoy de las motivaciones reales de todos estos horrores, ni ignora su estrecha relación con la expansión del capital mercantil. Esto no nos debe hacer olvidar que los europeos de la época aceptaron los discursos ideológicos que las legitimaron y que las denuncias -como las de Las Casas, por ejemplo- no encontraron mucho eco en aquella época.

Las devastaciones de este primer capítulo de la expansión capitalista mundial han engendrado -con retraso- las fuerzas de liberación que han puesto en cuestión las lógicas que las dirigían. La primera revolución del continente tuvo lugar a fines del siglo XVIII, la de los esclavos de Santo Domingo (hoy Haití), seguida más de un siglo después por la revolución mexicana de los años 1910, y cincuenta años después por la de Cuba. Y si yo no señalo aquí, ni la famosa Revolución americana, ni las de las colonias españolas que la siguieron inmediatamente, es porque no se trataba en estos casos más que de una transferencia del poder de decisión de las metrópolis a los colonos para hacer lo mismo, continuar el mismo proyecto -con mayor brutalidad aún- sin tener que compartir los beneficios con las Madres Patria originarias.

El segundo momento de la devastación imperialista se construyó sobre la base de la revolución industrial y se manifestó por la sumisión colonial de Asia y de África. “Abrir los mercados” -como el del consumo de opio impuesto a los Chinos por los puritanos de Inglaterra-, apropiarse de los recursos naturales del globo, constituyeron las motivaciones reales, como todo el mundo sabe hoy. Pero una vez más hay que recordar que la opinión pública europea no vio estas realidades y aceptó -incluido el movimiento obrero de la segunda internacional- el nuevo discurso legitimador del capital. Se trataba esta vez de la famosa “misión civilizadora”. Las voces lúcidas que se escucharon en la época fueron más bien las de los burgueses cínicos, como la de Cecil Rhodes, preconizando la conquista colonial para evitar la revolución social en Inglaterra. Una vez más las de los contestatarios -de la Comuna de París a los bolcheviques- no tuvieron mucho eco. Esta segunda fase de la devastación imperialista está en el origen del mayor problema al que la humanidad haya tenido nunca que enfrentarse: la polarización gigantesca que ha hecho pasar las relaciones de desigualdad entre los pueblos de uno a dos como máximo hacia 1800,  a uno a 60 hoy; los centros que se benefician del sistema no agrupan más que al 20% de la humanidad. Las realizaciones prodigiosas de la civilización capitalista han sido simultáneamente el motivo de las más violentas confrontaciones entre las potencias imperialistas que jamás se hayan conocido. La agresión imperialista ha producido de nuevo las fuerzas que han combatido el proyecto: las revoluciones socialistas de Rusia, de China, es decir, siempre -y no por casualidad- situadas en las periferias, víctimas de la expansión imperialista y polarizadora del capitalismo realmente existente, y las revoluciones de liberación nacional.  Su victoria ha impuesto medio siglo de repliegue -el periodo posterior a la segunda guerra mundial- que ha podido alimentar la ilusión de que al fin el capitalismo -constreñido a ajustarse- lograba civilizarse.

Nosotros estamos hoy confrontados al comienzo del despliegue de la tercera ola de la devastación del mundo por la expansión imperialista, envalentonada por el hundimiento del sistema soviético y de los regímenes del nacionalismo populista del tercer mundo. Los objetivos del capital dominante son siempre los mismos -el control de la expansión de los mercados, el pillaje de los recursos naturales del planeta, la sobreexplotación de las reservas de mano de obra de la periferia-, aunque operen en condiciones nuevas y, en algunos aspectos, muy diferentes de las que caracterizaron la fase precedente del capitalismo. El discurso ideológico destinado a someter las opiniones de los pueblos de la Tríada central ha sido renovado y se funda ahora sobre un “deber de intervención” que legitimaría la defensa de la democracia, de los derechos de los pueblos, lo humanitario. Pero si la instrumentalización cínica de este discurso parece evidente a los asiáticos y a los africanos, en la medida en que los ejemplos de “dos pesos, dos medidas” son flagrantes, la opinión occidental lo acepta y lo sostiene con tanto entusiasmo como lo hacía con los discursos de las fases anteriores del imperialismo.

Por otra parte Estados Unidos despliega, desde esta perspectiva, una estrategia sistemática encaminada a asegurar su hegemonía absoluta, alineando tras ellos al conjunto de sus aliados de la Tríada, mediante el fortalecimiento de su potencia militar. La guerra de Kosovo ha jugado, desde este punto de vista, bazas decisivas, como atestigua la capitulación integral de los estados europeos alineados con las políticas americanas relativas al Nuevo Concepto Estratégico adoptado por la OTAN después de la victoria en Yugoslavia, los días 23 al 25 de abril de 1999. En este Nuevo Concepto, calificado más brutalmente como Doctrina Clinton, las misiones de la OTAN se extienden prácticamente a toda Asia y África (Estados Unidos se reserva para sí el derecho de intervención en América tras la Doctrina Monroe), estableciendo así que la OTAN no es ya una alianza defensiva, sino un instrumento ofensivo de  Estados Unidos. Simultáneamente estas misiones se describen en términos vagos a la espera de que se definan las nuevas amenazas (la criminalidad internacional, el terrorismo, el armamento peligroso de países fuera de la OTAN, etc…), lo que debe evidentemente permitir justificar, más o menos, cualquier agresión útil para  Estados Unidos. Por otra parte, Clinton no se ha privado de hablar de este respecto de Estados crápulas que sería preciso golpear preventivamente, sin precisar además que es lo que él entiende por la crapulería en cuestión. La OTAN  se ha liberado de la obligación de no obrar más que bajo mandato de Naciones Unidas,  que es tratada con un desprecio legal semejante a aquel con el que las potencias fascistas trataron a la Sociedad de Naciones (la analogía de los términos utilizados es llamativa).

El increíble alineamiento con el proyecto de las oposiciones políticas europeas (la de  Estados Unidos es lo suficientemente ingenua para no plantear ningún problema), y en particular la de las izquierdas mayoritarias, constituye una catástrofe cuyas consecuencias no podrán ser más que trágicas. El bombardeo de los medios de comunicación -focalizado sobre las regiones de intervención decididas por Washington- explica sin duda, en parte, este alineamiento. Pero, más allá de eso, los occidentales están persuadidos de que, dado que Estados Unidos y los países de la Unión Europea son democráticos, sus gobiernos son incapaces de “querer el mal”, reservado a los dictadores sanguinarios de Oriente. Esta convicción les ciega hasta el punto de hacerles olvidar el peso decisivo del capital dominante. Así, una vez más, las opiniones en los países imperialistas se dotan a sí mismos de buena conciencia.

¿Cómo los pueblos amenazados por esta tercera ola de expansión imperialista reaccionarán? Es aún demasiado temprano para decirlo. Pero es seguro que reaccionarán.

4. La respuesta necesaria: combatir por un mundo multipolar y democrático.

La estrategia desplegada por la Tríada bajo la dirección de  Estados Unidos se encamina al objetivo de la construcción de un mundo unipolar organizado sobre la base de dos principios complementarios: la dictadura unilateral del capital dominante de las transnacionales y el despliegue de un imperio militar estadounidense al cual todas las naciones estarían obligadas a someterse. Ningún otro proyecto es tolerable desde esta perspectiva, ni siquiera el proyecto europeo de los aliados subalternos de la OTAN y mucho menos un proyecto  pretendidamente autónomo en un grado cualquiera, como el de China, que debe ser destruido, mediante la violencia si es necesario.

A esta visión de un mundo unipolar, es preciso oponer la de una mundialización multipolar como la única estrategia que permite un desarrollo social aceptable para las diferentes regiones del mundo, y por lo mismo, la democratización de las sociedades y la reducción de las causas de conflicto. La estrategia hegemónica de  Estados Unidos y de sus aliados de la OTAN es hoy el principal adversario del progreso social, de la democracia y de la paz.

El argumento propuesto para hacer aceptar el proyecto de mundo unipolar en la órbita de  Estados Unidos es muy simple. No habría otra alternativa: el mundo, convertido -dicen- en una aldea, necesita un gobierno mundial y sólo Estados Unidos, apoyado por sus aliados de la OTAN, puede constituir esta autoridad necesaria -y democrática por encima del mercado-; el fracaso de Naciones Unidas queda a la vez constatado por el bloqueo  de los eventuales vetos de China, el enemigo principal -y quizás incluso de Rusia-, y por las reticencias de las naciones del Tercer Mundo en la Asamblea General. Los medios de comunicación machacan las opiniones con estos argumentos. Todas las fuerzas políticas occidentales, incluidas desgraciadamente las izquierdas mayoritarias, los suscriben sin dudar.

Los americanos han desarrollado una visión estructurada del conjunto del proyecto, calificado de “gobierno global”. El gobierno en cuestión se ha construido sobre dos pilares. En el plano económico se trata simplemente de transferir todo el poder aparente de decisión a las instituciones de Bretton Woods (FMI y Banco Mundial), a la OMC y al AMI. Y digo bien poder aparente, porque las instituciones de Bretton Woods han sido construidas de tal manera que se asegura su control a Estados Unidos.. La Organización Mundial del Comercio y el Acuerdo Multilateral de Inversiones son instituciones que están directamente bajo la bota de las transnacionales. Por supuesto, las agencias especializadas de Naciones Unidas -la CNUCED, la FAO, la ONUDI, el PNUD, etc…- están, en este proyecto, marginadas o sometidas. El proyecto elimina, pues, de entrada el único verdadero y necesario interrogante: ¿cómo regular democráticamente los mercados, tanto a escala nacional, como regional y mundial? El segundo pilar de este gobierno se basa en sustituir formalmente por la OTAN -en realidad por Estados Unidos, a los cuales se asocian obligatoriamente los otros países de la OTAN, a cualquier otra forma de expresión política y militar de la “comunidad internacional”. Esto no es ni la Asamblea General de Naciones Unidas ni su Consejo de Seguridad, ni incluso la OCDE (el club de los ricos) y mucho menos la Unión Europea (que los americanos saben que no existe); todos ellos deben ponen en práctica -digase lo que se diga- las exigencias políticas y militares de este gobierno unilateral del capital dominante. ¡Se les sustituye por la OTAN! Debo decir que escuchar al Secretario General de esta organización militar, hablar en nombre de la “comunidad internacional” es juzgado como obsceno –justamente- en toda Asia y África. Las izquierdas mayoritarias europeas, por el contrario, lo aceptan y abrevan en los discursos insípidos sobre la democracia y los derechos de los pueblos que acompañan a todas las iniciativas agresivas de Washington. La hoja de parra les basta.

Este proyecto liberal-militar imperialista es una utopía reaccionaria que es objeto ya del rechazo de los pueblos. La historia ha entrado así en una fase de escalada de las luchas políticas y sociales y también de los conflictos.

Nada bueno ni sólido podrá ser realizado en la larga marcha hacia un mundo multipolar sin democratización. Entiendo por esto, no solamente la adopción de reglas formales de gestión  de la vida política mediante los instrumentos de un estado de derecho, respetuoso del pluripartidismo, sino también y sobre todo, de la construcción de relaciones democráticas en todos los ámbitos de la vida social (igualdad entre los sexos, respeto de los derechos de los pueblos, etc…). Por lo mismo, si la democracia no va acompañada de políticas sociales eficaces que aseguren la inserción de todos en la vida económica, una igualdad real y creciente en el acceso a los medios materiales que la modernidad permite, la democracia será vulnerable, desvalorizada; temor que he expresado anteriormente calificando las formas preconizadas en la práctica liberal de “democracia de baja intensidad”. Por su parte, sólo la democratización en el sentido en que la he definido puede permitir vislumbrar una reducción de los conflictos y empezar a poner en práctica sistemas  de seguridad garantizadores de la paz.

El mundo contemporáneo no ha aprendido este camino, a pesar del discurso relativo a la democracia y del machaque mediático que lo extiende a todo el mundo. Por el contrario la nueva fase se caracteriza ya, por la escalada de las luchas que incorporan a las clases populares víctimas del sistema. Campesinos sin tierra de Brasil, asalariados y parados solidarios en algunos países europeos, sindicatos que agrupan a la gran mayoría de los trabajadores (como en Corea o en África del Sur), jóvenes y estudiantes (como en Indonesia), la lista de las luchas se alarga cada día. El desarrollo de estas luchas sociales es seguro. Se caracterizan ciertamente por un gran pluralismo, que es una característica positiva, en mi opinión, de nuestra época. En el origen de este pluralismo es preciso reconocer sin duda, la acumulación de resultados obtenidos por eso que se ha dado en llamar “nuevos movimientos sociales”. Los desafíos a los cuales este desarrollo se enfrenta son de naturaleza diversa, y claro está, depende de los lugares y los tiempos.

Pero la crisis exacerba también las contradicciones en el seno de los bloques de las clases dominantes, en Rusia, en Corea, en el Sudeste Asiático, mañana en América Latina, en África y en el mundo árabe, en India. Podría tener incluso repercusiones en Europa y hacer volar en pedazos la unanimidad derecha-izquierda que caracteriza actualmente la vida política de las sociedades de este continente. De manera general las clases dominantes intentan evitar que los pueblos intervengan en los debates, ya sea manipulando las opiniones (salvaguardando así las apariencias de democracia), ya sea utilizando estrictamente el recurso a la violencia.

Estos conflictos están llamados a tomar dimensiones internacionales cada vez más acusadas, a enfrentar Estados y grupos de Estados, los unos a los otros. Se ve ya perfilarse el conflicto entre Estados Unidos, Japón y su fiel aliado australiano por una parte, y China y los otros países asiáticos, por otra. No es difícil imaginar el reverdecimiento de un conflicto entre Estados Unidos y Rusia, si ésta consigue salir de la involución en la que Boris Yeltsin la ha metido. Y si la izquierda europea llegara a liberarse de su sumisión al doble diktat del capital y de Washington, podría suceder que la nueva estrategia europea se articulara sobre la de Rusia, China, India y del Tercer Mundo en general, en la perspectiva de la construcción multipolar.

La cuestión central es pues saber cómo se articularán los conflictos y las luchas sociales (distinguiendo cuidadosamente unos de otras, como yo hago aquí). ¿Quién las protagonizará?, ¿las luchas sociales estarán subordinadas, enmarcadas en los conflictos y por lo tanto controladas por los poderes dominantes, es decir, instrumentalizadas en su beneficio?, o por el contrario ¿las luchas sociales conquistarán su autonomía, constriñendo a los poderes a ajustarse a sus exigencias?.

Lo que yo propondría en este sentido, procede de esta lógica de la “utopía creadora”. Ni el programa liberal, ni las lógicas de su proyecto neofascista, permiten salir del círculo infernal del caos. La historia no está regida por el despliegue infalible de “las leyes de la economía pura”, como imaginan ciertos economistas académicos. Es el producto de las reacciones sociales a las tendencias que estas leyes expresan, quienes definen a su vez las relaciones sociales en el marco en el cual estas leyes operan. Las fuerzas antisistema -si llamamos así a este rechazo organizado, coherente  y eficaz, a la sumisión unilateral y total a las exigencias de estas pretendidas leyes (la ley del beneficio, característica del capitalismo como sistema)- conforman la verdadera historia, tanto como la lógica pura de la acumulación capitalista. Son ellas las que rigen las posibilidades y las formas de la expansión, que se despliegan así en ese marco, en el que ellas imponen la organización.

El proyecto de una respuesta humanista al desafío de la mundialización inaugurada por la expansión capitalista, no es utópico. Es, por el contrario, el único proyecto realista posible, en el sentido de que es el comienzo de una evolución que al desarrollarse debería atraer rápidamente a poderosas fuerzas sociales en todas las regiones del mundo, capaz de imponer la lógica. Si hay una utopía, en el sentido banal y negativo del término, es precisamente la del proyecto de gestionar el sistema sobre la base exclusiva de su regulación por el mercado mundial. Pues si la coherencia nacional retrocede, no lo hace para ceder el paso a una coherencia mundial inexistente.

Un mundo multipolar es antes que nada un mundo regionalizado. La interdependencia negociada y organizada de tal manera que permita a los pueblos y a las clases dominadas, mejorar las condiciones de su participación en la producción y su acceso a mejores condiciones de vida, constituye el marco de esta construcción de un mundo policéntrico. Ella requiere ciertamente que la lucha sobrepase el marco de los Estado-Nación, sobre todo en el caso de aquellos de tamaño modesto o mediano, en beneficio de organizaciones regionales a la vez económicas y políticas, que permitan negociaciones colectivas entre estas regiones. Los desafíos a los cuales se enfrentan estas regiones y países son demasiado diferentes para que sea posible diseñar para todos las mismas fórmulas.

La Unión Europea podría incorporarse a este camino, aunque haya  empezado mal, desarrollando una concepción puramente economicista de su proyecto (un mercado integrado sin más), y se encuentre frente a la dificultad mayor que es la de dotarse de un proyecto político común. O bien, mientras la dimensión social del proyecto continúe siendo -como lo es ahora- un cascarón vacío, el mercado único engendrará conflictos sociales, y a partir de ahora nacionales, irresolubles. Esta es la razón por la que yo he dicho que Europa será de izquierda, o no será.

¿Podrá Europa del Este integrarse en este sistema europeo? Quizás, pero a condición de que en sus relaciones internas los europeos del oeste no vean en los del este sus latinoamericanos. El desarrollo desigual de las Europas, para ser superado, exigiría una suborganización propia de la Europa del Este, articulada en instituciones paneuropeas, pero tolerando reglas del juego diferentes para cada mitad del continente. Una larga transición es necesaria antes de entrar en  la fase ulterior de la integración paneuropea económica y política. Rusia y los estados de la ex-URSS están en una situación parecida, incluso si por su tamaño Rusia continua siendo potencialmente una gran potencia. La construcción de una cooperación-integración de los países de la ex-URSS es una etapa necesaria, si se quiere alejar el peligro explosivo de una intensificación de su desarrollo desigual.

Los problemas de las regiones del Tercer Mundo son diferentes en la medida en que su subdesarrollo es más marcado. En este sentido:

1. Estos países y regiones están menos profundamente integrados en el sistema productivo mundializado en construcción. A parte de Corea y Taiwan que son quizás las únicas excepciones (Hong Kong está integrado en China), en todos los demás países semi-industrializados del Tercer Mundo, solamente segmentos limitados del sistema productivo están integrados en la nueva economía mundializada.

2. Simultáneamente están menos integrados entre ellos, e incluso prácticamente nada, sobre todo en lo que se refiere a los países del Cuarto Mundo.

3. Tienen un desarrollo desigual; el periodo de postguerra ha acusado esta desigualdad que separa al grupo de los países semi-industrializados de los del cuarto mundo. Y por todas estas razones son atraídos por asociaciones regionales Norte-Sur que operan en detrimento de su autonomía colectiva.

A partir de aquí se podrían retomar las grandes cuestiones relativas al orden mundial para proponer los ejes y los objetivos de las grandes negociaciones susceptibles de organizar una interdependencia controlada, al servicio de los pueblos, acerca de, al menos, las grandes cuestiones siguientes:

1.La renegociación de las “partes del mercado” y de las reglas de acceso a éstas. Este proyecto cuestiona, desde luego, las reglas de la OMC quien, detrás de un discurso sobre la “concurrencia leal”, se dedica exclusivamente a defender los privilegios de los oligopolios activos a escala mundial.

2.La renegociación de los sistemas de mercados de capitales, en la perspectiva de poner fin a la dominación de las operaciones de especulación financiera y  orientar las inversiones hacia las actividades productivas en el Norte y en el Sur. Esta proyecto cuestiona la existencia del Banco Mundial.

3.La renegociación de los sistemas monetarios en la perspectiva de la puesta en práctica de acuerdos y de sistemas regionales que aseguren una estabilidad relativa de los cambios, complementados por la organización de su interdependencia. Este proyecto cuestiona el FMI, el patrón dólar y el principio de los cambios libres y fluctuantes.

4.Acometer la construcción de  un sistema fiscal de alcance mundial, por ejemplo mediante la tasación de las rentas asociadas a la explotación de los recursos naturales y su distribución a escala mundial, según criterios adecuados y para usos afectos.

5.La desmilitarización del Planeta, comenzando por la reducción de las armas de destrucción masiva más potentes.

6.La democratización de Naciones Unidas.

Yo insistiría aquí sobre los dos últimos puntos. Pues el discurso dominante, repetido por los medios de comunicación, acerca de los peligros que conllevaría la proliferación de armas nucleares y otras, ha perdido base desde que la potencia militar americana ha optado por el bombardeo terrorista y que se sabe que no dudaría en hacer uso del arma nuclear si lo juzga necesario. Ante esta amenaza mayor, los otros países del mundo, Rusia, China, India y otros, no pueden reaccionar más que optando por construir fuerzas militares capaces de disuadir la agresión imperialista, haciéndola costosa. Este es el precio de la paz.

Naciones Unidas debe ser el lugar de elaboración del Derecho Internacional. No hay otras instancias que puedan ser respetables. Que haya que emprender reformas de la organización, que se reflexione en torno a las vías y a los medios -incluida la innovación institucional- que permitan a las fuerzas sociales reales estar representadas al lado de los gobiernos (que al menos les representan, aunque sea de forma imperfecta), que se asuma el objetivo de integrar en un conjunto coherente las reglas del Derecho Internacional (el respeto a la soberanía), las que conciernen a los derechos de los individuos y de los pueblos y las que atañen a los derechos económicos y sociales, olvidados en el discurso liberal, los cuales implican necesariamente la regulación de los mercados; he aquí con qué construir una agenda repleta de preguntas a las cuales yo no me atrevería a dar aquí repuestas, que serían desgraciadamente demasiado breves. Se trata de un proceso largo, sin duda alguna. Pero no hay atajos: la historia de la humanidad no ha terminado, continuará desarrollándose al ritmo de sus posibilidades.

(Este texto fué presentado su autor como contribución a la Conferencia Internacional “El recurso a las sanciones económicas y la guerra en el ‘Nuevo Orden Mundial’. El Intervensionismo contra el Derecho Internacional: de Iraq a Yugoslavia”, organizada por la Campaña Estatal por el Levantamiento de las Sanciones a Iraq en Madrid los días 20 y 21 de noviembre de 1999.  Traducido del original francés por Ángeles Maestro).

[1] En su libro L’Empire du Chaos, Editorial L’Harmattan, Paris, 1991.

©EspaiMarx 2002

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