Crónica de una vida ejemplar y un asesinato de Estado

Salvador López Arnal

         Mario Amorós, Antonio Llidó, un sacerdote revolucionario.  Publicaciones de la Universidad de Valencia, Valencia 2007, 360 páginas. Presentación de Pepa Llidó, prólogo de Pedro Ruiz Torres.

Con esta nota del propio biografiado fechada en septiembre de 1974, se abre Antonio Llidó, un sacerdote revolucionario: “Siguen cayendo compañeros todos los días, pero hasta ahora yo me he podido librar. Ojalá la suerte me siga acompañando (es decir, ojalá siga observado estrictamente las normas de seguridad). No quiero ponerme dramático, pero alguna vez hay que decirlo. Si algo malo me ocurriera, quiero que tengan claro que mi compromiso con esto que hago ha sido libremente contraído, con la alegría de saber que esto es exactamente lo que me corresponde hacer en este momento. Despójenlo, en lo posible, de todo signo romántico o heroico”.

Intentémoslo. Despojemos esta aproximación al magnífico ensayo del joven historiador Mario Amorós –uno de los responsables de la sección “Chile” de www.rebelión.org-, resultado de su tesis doctoral presentada en noviembre de 2005 en la Universidad de Barcelona, de todo signo romántico o heroico, absolutamente comprensible por lo demás.

Antonio Llidó, un sacerdote revolucionario, la cuarta publicación de Amorós dedicada al estudio de la historia reciente de Chile, ofrece una visión novedosa acerca de un periodo histórico densamente estudiado. La mirada sobre aquella tragedia imborrable en la memoria de todo socialista que fue el 11 de septiembre de 1973 no se dirige al Palacio de La Moneda sino a la fábrica textil Rayón Said, en Quillota, donde aquel mismo día Llidó y sus compañeros de lucha se reunieron para estudiar la forma de oponer resistencia a los militares fascistas que cercaban la industria textil y el país. Es la historia desde abajo en la que se sitúa Amorós: “la historia desde abajo (…) no consiste sólo en desplazar la atención de las clases dirigentes a las populares, sino que la investigación de las relaciones y luchas de clases en amplios contextos históricos tiene presente que éstas son siempre políticas. Las clases populares han sido protagonistas dl devenir histórico y no meros espectadores y sus luchas han contribuido de manera notable a las experiencias de las generaciones posteriores” (pp. 27-28). Existe un fértil camino para investigar los años de la Unidad Popular, señala Amorós, a través de las fuentes orales, la historia local o la microhistoria, sólo explorado hasta el momento por autores como Franck Gaudichaud, Peter Winn o José del Pozo.

El libro se centra en la lucha de Antonio Llidó, un cura valenciano, un cristiano para el socialismo, que pagó con su propia vida su coherencia política. Una sucinta y sustantiva cronología de su vida puede verse en el apéndice I, páginas 329-332. En dos pueblos de la sierra de Alicante, Llidó realizó un trabajo pedagógico con la ayuda de jóvenes estudiantes de Valencia, algunos de ellos militantes del PCE. Obligado por el obispo de su diócesis a irse a El Ferrol, entonces del Caudillo, a cumplir el servicio militar, toma contacto con reclutas que eran estudiantes de la resistencia antifranquista. Después, cuando viaja en barco a Chile, ayuda a unos guerrilleros ecuatorianos que habían recibido entrenamiento en Cuba y que le cuentan los logros de la revolución. En sus primeros escritos en Chile, Llidó apunta que la solución para el país y para toda América Latina es una revolución que cambie las estructuras sociales de arriba abajo. Militante del Movimiento de Izquierda Revolucionario -el MIR fue un partido descalificado por terrorista, presentado como grupúsculo de jóvenes pequeño-burgueses, de revolucionaros demenciados, que influyeron fuertemente en una izquierda comunista europea no menos extraviada, y que boicotearon de forma irresponsable el proceso democrático chileno hacia el socialismo-, Llidó rechazó la posibilidad de salir de Chile y tras la derrota de la Unidad Popular permaneció luchando desde la clandestinidad contra la barbarie golpista, teledirigida por el Premio Nóbel Kissinger. La dictadura de Pinochet lo hizo “desaparecer” alrededor de 25 de octubre de 1974, después de haber estado más de tres semanas en manos de la DINA, la BPS chilena.

Si la resolución judicial británica de conceder la extradición de Pinochet a España hubiese sido cumplimentada finalmente, y cuyo incumplimiento debería llenar de oprobio a los gobiernos responsables, dos de ellos socialdemócratas si no ando errado, las pruebas sobre el caso del sacerdote revolucionario hubieran sido seguramente suficientes para que el tribunal condenara al dictador chileno por torturas y desaparición forzada. Sobre este tema y su desarrollo posterior vale la pena detenerse en el apéndice III, páginas 342-351, donde se reproduce el fallo judicial que desaforó a Pinochet por la desaparición de Llidó.

La historia ha sido escrita a partir de la correspondencia del sacerdote mirista, una copiosa documentación de unas 90 cartas, y de fotos y entrevistas, con sus compañeros de lucha. El libros entrelaza los testimonios de 49 amigos, compañeros de lucha y familia –su relación completa en “Testimonios”, páginas 353-354- con  documentos inéditos y las cartas en las que Llidó expuso su pensamiento político y compromiso social. En tercer lugar, señala Amorós, y éste le parece el aspecto más relevante, “su correspondencia refleja la experiencia de un humilde sacerdote en unos años cruciales de la historia Chile, nos permite conocer cómo “vivió” y “sintió” los hechos que marcaron en aquel período un sencillo militante del movimiento popular” (p. 30).

La investigación de Amorós es la primera historia local del MIR que se publica. El hito fundacional fue la toma de una fábrica en febrero de 1971. El comité local, de cuya dirección formaba parte Llidó, coordinaba el trabajo campesino, estudiantil, obrero y poblacional. En el estudio se analiza el trabajo político-militar que el MIR intentó desarrollar en la zona, la toma fallida de una industria conservera en 1973 y reconstruye con el máximo detalle la forma en que la izquierda quillotana vivió el 11 de septiembre. La tesis político-historiográfica de Amorós es nítida: el trabajo político de Antonio Llidó y sus compañeros impugna la leyenda, la oscura leyenda, del partido revolucionario chileno generada por parte de la historiografía y por la misma prensa pinochetista. Con sus aciertos y errores, el MIR no fue una fuente de locura, sino una organización que contribuyó, que intentó contribuir al triunfo de la revolución socialista chilena.

La historia de Llidó permite conocer también cómo se fue gestando en Chile el proceso de los cristinos de izquierda, cómo se formó Cristianos por el Socialismo. Con este grupo de sacerdotes, Llidó se reunió con Fidel Castro en noviembre del 71. Más tarde, a pesar de ser sancionado por el obispo de Valparaíso en abril de 1972, Llidó continuó ejerciendo como sacerdote en la Comunidad quillotana de “Cristianos por el Socialismo”. La dictadura pinochetista, como es sabido, asesinó a seis sacerdotes. Llidó fue el único desaparecido. Tres semanas después de su detención los obispos Fernando Ariztía, católico, y Helmut Frenz, luterano, se entrevistaron con Pinochet y le mostraron una fotografía de Llidó. Fue entonces cuando el dictador pronunció sus conocidas palabras: “Ése no es un cura, es un terrorista, un marxista, hay que torturarlo porque de otra manera no ‘cantan”.

Amorós da cuenta en las páginas 31-32 de las fuentes primarias con las que ha trabajado. Diversos archivos y entre la documentación revisada por él están las mil páginas del proceso judicial abierto en Chile por la desaparición de Llidó o el diario El Observador de Quillota, que en 1973 publicó numerosas “noticias” sobre el sacerdote valenciano, incluido el bando militar que a finales de septiembre exigía que se entregara a los golpistas.

Cuenta también en esas páginas un intento sin éxito. Los responsables de los archivos de la Conferencia Episcopal Española y del Arzobispado de Valencia rechazaron su petición de consultar la información que conservan sobre Llidó hasta que hayan transcurrido “cien” y “cincuenta años” de los hechos respectivamente. Amorós solicitó también una entrevista a Agustín García-Gasco, el arzobispo de Valencia, con carta fechada el 26 de julio de 2004, para averiguar si la institución católica había intentado ayudar a salvar la vida del cura de Xàbia. Hasta la fecha la única respuesta ha sido el silencio. A los 33 años de la desaparición de Llidó, señala Amorós, la jerarquía católica valenciana no ha tenido ni siquiera una palabra o un gesto de reconocimiento hacia una persona que previamente sirvió a su diócesis durante una década. El nacional-catolicismo-español se sigue vistiendo con esas prendas.

En las primeras horas de la tarde del 11 de septiembre de 1973, Llidó y Jorge Donoso se refugiaron en una casa del cerro Mayaca de Quillota y luego en casa de otra familia del sector. Allí conocieron los bandos militares del coronel Paredes, jefe de zona. Le prometían su repatriación si se entregaba. Llidó decidió no hacerlo. Logró llegar en octubre a Santiago, cobijándose en la casa de Jaime Valencia y Consuelo Campos. En marzo de 1974, la Comisión Política del MIR le sugirió la posibilidad de desarrollar tareas de solidaridad en Europa. Las rechazó, según testimonios, con los ojos aguados por las lágrimas. Pidió y exigió que nunca más le propusieran abandonar Chile. Meses después, rechazó la propuesta de unirse a un grupo de militantes, críticos con la línea política elaborada por la dirección nacional del MIR, que se refugiaron en la Nunciatura apostólica el 26 de julio de 1974.

Se sabe que su detención se produjo en el centro de Santiago de Chile la mañana de 1º de octubre de 1974, cuatro días antes de la caída en combate, del asesinato de Miguel Enríquez, el líder del MIR. De inmediato fue conducido a la casa de José Domingo Cañas y torturado con electricidad y saña por los esbirros de la DINA. El 11 de octubre fue conducido junto con otros prisioneros a Cuatro Álamos, de donde fue sacado con destino desconocido para ser asesinado alrededor del 25 de ese mismo mes.

“No me pidan nunca más que abandone Chile”, dijo Llidó a sus compañeros del MIR. No abandonó. Murió desaparecido. Recordemos las palabras de Pinochet: “No es un sacerdote, es un marxista”. Eso, precisamente eso fue Llidó: un sacerdote marxista, comunista, que aspiraba a que los pueblos avanzasen en el camino del socialismo. Cuando España digne en la forma que debe hacerlo a personas como él los tiempos, definitivamente, y esta vez sí, habrán cambiado. Mientras tanto, lean este deslumbrante relato de Mario Amorós (Luis Cernuda: “Gracias, compañero gracias”) y sientan como por sus venas corre la admiración más sincera y transita despabilada la rabia incontrolable. A un tiempo y sin contradicción.

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