El «Homenaje a Ortega» de Manuel Sacristán explicado por Víctor Méndez Baiges

Salvador López Arnal

«Ahora bien, el interés por la Lógica en tanto que ciencia y en tanto que camino profesional, aunque lo desarrollase a su manera concienzuda, de ninguna forma le aconsejó apuntarse a la especie de desesperación de la Filosofía en la que veía caer a tantos contemporáneos. Nunca se permitió olvidar la obligación en la que la Filosofía está de enseñar fines, ni el hecho de que no es esto algo que pueda hacer la Lógica, un instrumento para el análisis que asegura el rigor pero que no dice nada directamente del mundo real ni del hombre. La revolución operada en su seno en las últimas décadas, que apenas había tocado a las secciones españolas, le parecía una hazaña intelectual merecedora del mayor respeto, pero, de la misma manera que no pensó en marcharse de España ni de la Universidad, tampoco pensó nunca en hacerlo de la Filosofía en nombre de la Lógica, la “ciencia” o el “neopositivismo”».
Víctor Méndez Baiges (2021)

El profesor Víctor Méndez Baiges (Filosofía del Derecho, UB) ha publicado recientemente en Tecnos La tradición de la intradición. Historias de la filosofía española entre 1843 y 1973. Para filósofos, para historiadores, para personas interesadas en general. Un libro imprescindible que da gusto leer.

Tras un prefacio, ¡que no hay que saltarse!, una ilustración de la metafilosofía del autor: la letra de una canción mexicana, “Malagueña salerosa”, y unos versos de Petrarca. Son estos:

Pobre y desnuda vas, Filosofía,
dice la muchedumbre aplicada a la vil ganancia.
Puesto que pocos compañeros tendrás por tu otro camino,
tanto más de te pido, espíritu gentil,
que no abandones tu magnánima empresa[1].

Es justo aproximarse poco a poco a esta historia de las historias de la filosofía española. Cuento esta vez, no será la última, cómo VMB explica (páginas 297-299) el «Homenaje a Ortega» que Manuel Sacristán escribió como editorial de Laye en el número especial[2] –el 23, el penúltimo que se publicó– que la revista barcelonesa dedicó al autor de Misión de la Universidad[3].

«Ortega era mayor. Sus obras añejas. Su casa olía a viejo… La polémica en torno a él olía a viejo mucho más aún», señala VMB. «Dificultaba la tarea de enfrentarse a su obra como a la de un clásico, estimulando todo tipo de confusiones». La discusión que generó la inclusión de un texto suyo en el número de homenaje que Laye le dedicó en 1953 «es bien significativa de esto».

La historia fue así, apunta VMB, tomando pie probablemente en otro ensayo imprescindible: En menos de libertad de Esteban Pinilla de las Heras[4]. Gabriel Ferrater, uno de los redactores de Laye, escribió una reseña de La condición obrera de Simone Weil, trajo un día a la redacción de la publicación un libro de lecturas escolares de 1928 que incluía un texto muy breve de Ortega dirigido a los niños españoles: «Nuestra raza». En él, comenta VMB, se explicaba que lo más importante para el futuro era «distinguir el valer verdadero y el falso», y que, a fin de conseguir esto, era preciso que no aceptasen pasivamente la opinión común, la que sostenía aquella gente «que no sabe nunca por qué dice lo que dice, no prueba sus opiniones, juzga por pasión, no por razón». El texto de Ortega finaliza invitando a los niños a pensar por sí mismos, aconsejándoles que «en toda lucha de ideas o de sentimientos, cuando veáis que de una parte combaten muchos y de otra pocos, sospechad que la razón está en estos últimos. Noblemente, prestad vuestro auxilio a los que son menos contra los que son más».

Algo de lo más inocente, señala VMB, de lo más elemental, no muy lejano de lo que dice Sócrates en el Critón[5]. En absoluto un mal consejo, añade.

Cuando ya estaba compuesto el número de la revista, irrumpieron las dudas entre los redactores: ¿había sido buena idea la inclusión del texto de Ortega?, ¿no quedaba muy franquista el uso del término “raza”? Por otro lado, prosigue VMB, «ciertas alusiones a los políticos que no valían aunque pareciese que valían podían ser tomadas como antiparlamentarias». No solo eso: «la defensa de la minoría contra la mayoría sonaba además a cosa elitista y antidemocrática, a consignas de Falange o, peor, del Opus Dei».

Los redactores llegaron finalmente a la conclusión de que el texto carecía de mordiente revolucionaria, que significaba un retroceso respecto a actitudes que la revista ya había asumido. En consecuencia, y puesto que ya no era posible eliminarlo del número, apunta VMB, decidieron suplementarlo con otro de Ortega que sacaron de «Vieja y nueva política» que «hablaba contra la restauración. Seguro que iba a fastidiar aquel tonto de Calvo Serer»[6].

Para VMB es difícil establecer de qué se estaba hablando cuando se hablaba de Ortega en aquel tiempo. Por eso, prosigue, tiene tanto mérito otro de los textos que apareció en el número homenaje de Laye. «Se trata del titulado “Homenaje a Ortega”, que lo abría, cuyo autor era otro redactor, Manuel Sacristán, quien había estudiado Filosofía en Barcelona y que ese año se licenció con premio extraordinario»[7]. VMB lo explica así:

«Ninguno de los muchos escritos producidos con motivo de la jubilación de autor de La rebelión de las masas condensa en un espacio tan breve una apreciación más cumplida. A su autor, a pesar de que su edad[8] le ha impedido conocer a otro Ortega que no sea el declinante, muestra saber perfectamente no solo quién es este y lo que ha hecho por el país, sino en qué consiste la tradición que ha continuado. Así, y teniendo en mente la sentencia de Heráclito[9] que afirma que el que sabe muchas cosas no por eso tiene entendimiento, comienza su escrito recordando que “una tradición venerable distingue entre el sabio y el que conoce muchas cosas”. Puesto que el primero “añade al conocimiento de las cosas un saber de sí mismo y de los demás hombres y de lo que interesa al hombre”, su misión no se limita a la de comunicar sus conocimientos: “el sabio, si cumple con su obligación señala fines”. “Dos modos hay que señalarlos”, prosigue el texto: o bien meramente indicándolos, “poniéndolos fuera de la vida del hombre”, o bien “preocupándose, más que por su consecución, porque los hombres se les propongan”. Cuando alguien hace esto último, “lo que enseña es a ser hombre”, “a bien protagonizar el drama que es la vida, a vertebrar el cuerpo que es la sociedad, a construir el organismo que es nuestro mundo, a vitalizar todo lo que es vida común”. Tal cosa es lo que nos “ha enseñado Ortega”, cuya obra, insiste el autor, “además de enseñar cosas, enseña a vivir, a todo lo que el vivir conlleva, convivir –ahí están sus escritos políticos–, hablar –él ha recreado la lengua castellana–, amar –en Alemania los estudios Über die Liebe son regalo de Primavera”. Por eso se permite concluir afirmando que Ortega “ha cumplido respecto a los españoles una función tan decisiva como la que cumplió Sócrates respecto a los griegos”[10], lo cual “justifica largamente el homenaje que hoy le rinde Laye”».

Para VMB resulta «simplemente asombroso» que alguien pudiera alejarse tanto de lo que estaba pasando para atrapar la figura de Ortega de «manera tan sencilla y tan intemporal, así como que, en esta operación, se mostrase tan consciente de la tradición que, en aquellos momentos, naufragaba. Pues, en 1953, decir Ortega era para unos una forma de decir “heterodoxia”, “acatolicidad”, incluso “quítate tú que me pongo yo”. Para otros, era una forma de decir “pluralismo”, “comprensión”, o “no me da la gana de quitarme”. Pero para muy pocos, prácticamente ni para el mismo Ortega, era ya decir “Filosofía”. Palabras tan sentidas como las de este homenaje desentonaban tan profundamente con las circunstancias que difícilmente podían ser tomadas en serio ni tan siquiera por el resto[11] de los colaboradores de la revista de la que aparecieron».

Páginas más adelante (p. 392), VMB traza otro apunte de interés.

Hablando de otro texto del traductor de El Capital de 1953,«Nota acerca de la constitución de una nueva filosofía»[12], señala que Sacristán «seguía insistiendo en el estado lamentable de la materia para detenerse a señalar al culpable: la dictadura eclesiástica que ha impuesto una visión de la “filosofía como higiene” y una “teoría de la legaña filosófica” cuyos únicos propósitos son los de mantener la razón a salvo de disgustos y al cuerpo social bien alejado de la disolución de sus católicos fundamentos.»

Puesto que, prosigue VMB, en ningún momento Sacristán ocultó la posición desde la que hablaba («no tiene empacho en oponer a la filosofía legañosa una reivindicación de aquel “culto periodista”, aquel “elegante articulista”, respecto del cual tantos se extrañan porque “algunos, contra toda evidencia y buena fe llamen filósofos”), no puede haber duda de “ante que hombre nos hallamos. El homenaje que escribió para Laye con ocasión de la jubilación de Ortega no puede ser más expresivo acerca de la tradición a la que había decidido permanecer fiel.»

Es una tradición, señala VMB, que nunca ha renunciado a la vertiente mundana, «que Sacristán continúa gustoso en las páginas de Laye, en donde, al lado de asuntos más sesudos, trata de los estrenos teatrales (él mimos ha escrito una obra de teatro[13] y guiones de cine[14]) y otros eventos de la vida social, siempre con un dominio de la ironía y una alegría que, acaso fruto de la condición más cosmopolita de la ciudad, contrasta con los plomizo de los textos de sus contemporáneos madrileños». Nunca agarrotados, nunca trágicos[15], añade VMB, «los trabajos que publica de ninguna manera han de ser vistos como fruto de la indecisión acerca del camino a tomar». Son hijos legítimos, concluye, de una concepción de la filosofía que «asume su misión de educadora y no teme correr el riesgo de la dispersión».

Tres años después del «Homenaje a Ortega», tras finalizar sus estudios de posgrado en el Instituto de Lógica y Fundamentos de la Ciencia de la Universidad de Münster, Sacristán pasó a formar parte activa de la lucha antifranquista en las filas, muy poco pobladas en aquel entonces, del PCE-PSUC. No abundan las aproximaciones a esa toma de posición poliética como la que nos brinda el profesor Méndez Baiges en la página 405 de su deslumbrante ensayo:

«No había otro remedio que crear una Institución libre de Enseñanza “a nuestra medida”[16]. Lo primero para lograrlo era tomarse muy en serio la condición de militante comunista. Imbuido de ella, Sacristán quiso demostrarse a sí mismo, nada más llegar a Barcelona [1956], para qué había vuelto a la ciudad. Miguel Núñez, un obrero veterano de la Guerra, del maquis y de la cárcel que hacía trabajo clandestino para el partido [PCE-PSUC] y que fue el contacto que le dieron en París, ha contado[17] su sorpresa cuando conoció a aquel hombre con tanto entusiasmo que había leído todos los libros, y cómo el resultó más sorprendente aún el hecho de que ya hubiera repartido él sólo por los barrios de Barcelona los ejemplares del Mundo Obrero [18] que le había entregado en París. Efectivo, pero muy imprudente.»

Miguel Núñez sugirió en otro momento que acaso fuera la antigua militancia de Sacristán en el Frente de Juventudes de la Falange lo que podía explicar tal imprudencia. Ahora bien, se pregunta VMB, ¿por qué no relacionarla con sus muchas lecturas? Sigue así:

«No fue el adolescente de correajes el que se hizo comunista. Fue el joven filósofo el que hizo tal cosa. ¿Y por qué pensar que el arrojo ha de derivar siempre del cartón piedra de la propaganda y no de la meditada reflexión? La razón no aconseja siempre la prudencia. Que se lo digan a Giordano Bruno[19]. Muchos filósofos han conocido las cárceles en lucha contra la tiranía. La razón tiene a veces que echarse al monte. ¿Quién ha dicho que lo suyo haya de ser el silencio, o la cobardía?»

Ni el silencio ni la cobardía acompañaron la arriesgada y perseguida trayectoria militante, dentro y fuera de la Universidad[20], del estudioso de la obra de Antonio Gramsci.

Notas

[1] En «Sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores», escrito en el verano de 1967, señalaba Sacristán: «El filosofar tiene que ir pobre y desnudo, sin apoyarse en secciones que expidan títulos burocráticamente útiles, sin encarnarse en asignaturas de aprobado necesario para abrir bufete, y sin desplazarse siquiera, más modestamente, como lección 1ª, en programas de materias positivas. Lo único que puede hacerse imperativamente en favor de la calidad filosófica de la enseñanza superior es suprimir obstáculos». (M. Sacristán, Papeles de filosofía, Barcelona: Icaria, 1984, pp. 376-377).
[2] Se publicó sin firma. En ese mismo número (23, abril-junio de 1953), publicó Sacristán: «Verdad: desvelación y ley». Ahora en Ibidem, pp. 15-55.
[3] Con ese texto orteguiano dialogaba críticamente Sacristán en «La Universidad y la división del trabajo». Intervenciones políticas, Barcelona: Icaria, 1985, pp. 98-152. Véase también: Francisco Fernández Buey, «Sobre la Universidad, desde Ortega y Sacristán» (1988). Sobre Manuel Sacristán, Vilassar de Dalt: El Viejo Topo, 2015, pp. 71-96.
[4] Véase Esteban Pinilla de las Heras, En menos de libertad. Dimensiones políticas del grupo Laye en Barcelona y en España, Barcelona: Antrophos, 1989. El ensayo contiene varios textos del joven Sacristán no incluidos en los volúmenes de “Panfletos y materiales”, comentados algunos de ellos por el profesor Méndez Baiges.
[5] El primer diálogo de Platón que tuve la fortuna de leer (y comentar). Un buen consejo, no olvidado, de mi profesor de filosofía de PREU, Basilio Losada. Sacristán tradujo tres años después El Banquete platónico. La presentación que escribió no fue incluida en los volúmenes de “Panfletos y materiales”.
[6] Posteriormente, muchos años después, en 1974, uno de los protagonistas de la Junta Democrática.
[7] Al igual que VMB, Sacristán se licenció en Derecho y Filosofía, y se doctoró en Filosofía en 1959 con una tesis sobre Las ideas gnoseológicas de Heidegger.
8) Sacristán nació el 5 de septiembre 1925 en Madrid (tenía 27 años cuando escribió el editorial) y falleció en Barcelona el 27 de agosto de 1985, a punto de cumplir 60 años.
9) Entre la documentación de Sacristán depositada en la Biblioteca de la Facultad de Economía y Empresa de la UB, pueden verse traducciones comentadas suyas de numerosos fragmentos del filósofo griego. Sus artículos publicados en Laye, en la sección «Entre sol y sol», llevaban como lema un fragmento de Heráclito: «Hasta en el sueño son los hombres obreros de lo que ocurre en el mundo.»
10) Acaso no sea aventurado afirmar que una función similar desempeñó Sacristán para un sector de la sociedad española años después.
11) Probablemente haya que restar algún nombre de ese resto al que alude VMB, Por ejemplo, el de Juan Carlos García Borrón.
12) «Nota acerca de la constitución de una nueva filosofía» se publicó en el número 22 de Laye, 1953. Puede verse ahora en M. Sacristán, Papeles de filosofía, ob. cit., pp. 7-12.
13) «El pasillo», una obra en una solo acto de inspiración brechtiana. Se publicó inicialmente en Revista española. No se incluyó en Lecturas, el cuatro volumen de sus Panfletos y materiales. Fue reeditada por mientras tanto, 63. Nunca se ha representando. Véase S. López Arnal, «Manuel Sacristán, un lógico marxista apasionado por el teatro». ADE Teatro. Revista de la Asociación de directores de escena de España, julio-septiembre de 2014, nº 151, pp. 176-178.
14) Algunos de estos guiones fueron escritos al alimón con Josep M. Castellet. Nunca se han publicado. El joven Sacristán dirigió un mediometraje que no se ha podido localizar hasta el momento.
15) Una parte de los trabajos publicados en Laye pueden recogidos en los volúmenes II, III y IV de Panfletos y materiales.
16) La idea fue comentada y compartida con su amigo de juventud Juan-Carlos García Borrón.
17) Véase: Una conversación con Miguel Núñez sobre Manuel Sacristán. «Con maleta de doble fondo». https://rebelion.org/con-maleta-de-doble-fondo/
18) Mundo Obrero era el periódico, el órgano de expresión, entonces clandestino, del PCE.
19) Véase M. Sacristán, «Un problema para tesina de filosofía» (1967). Papeles de filosofía, ob. cit., pp. 351-355, inicialmente publicada en una revista de estudiantes de Filosofía.
20) Sacristán fue expulsado de la Facultad de Económicas de la UB, vía no renovación de su contrato laboral, en 1965, durante el rectorado de Francisco García-Valdecasas Santamaría y con intervención directa de la Brigada Político-Social barcelonesa.

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