La inseguiridad por ley

Marco Revelli

(Il Manifesto)

La noticia, de confirmarse, es de esas que hacen enrojecer de vergüenza. Después de haber atacado el derecho de huelga y mellado el instrumento contractual en materia de trabajo (es decir, derechos fundamentales e instrumentos colectivos) , el gobierno se estaría preparando para emprender la misma  acción restauradora  en el terreno mismo de la protección de ese bien esencial que es la vida –la seguridad, la salud, la integridad física- de los trabajadores. Las anticipaciones  filtradas respecto al proyecto de “reescritura” del Texto único en materia de seguridad y salud en el trabajo, a debatir en el próximo consejo de ministros son muy inquietantes. Demediadas las sanciones pecuniarias en lo que hace a los empresarios culpables de graves incumplimientos de la normativa de seguridad (reducidas desde los originarios 5 – 15. 000 euros a 2500/ 6.500). Abolido el arresto obligatorio también en los casos más flagrantes y cuando se trata de empresas de alto riesgo industrial, y su posible sustitución por una multa. Eliminada toda referencia a la “reiteración”. Disminuido el control público sobre el cumplimiento de la normativa que pasa a depender de ”entes bilaterales” (órganos acordados entre las partes sociales, asesores de los trabajadores, la universidad…)

Hay que desear de todo corazón, que las anticipaciones sean desmentidas por los hechos (el ministerio repite reiteradamente que “no es un texto definitivo”). Porque si, por el contrario, se confirmasen, se trataría de un hecho gravísimo. De un vuelco radical de aquella “filosofía” en material de protección de la vida y de la integridad física de los trabajadores, que parecían haberse abierto paso, a trancas y barrancas, tras el horror de la Thyssen Krupp, y las estremecedoras cifras sobre la mortandad cotidiana en las fábricas y en los tajos de obra. Se  confirmaría una vez más  la idea, desgraciadamente en consonancia con estos tiempos, de que, con el empeoramiento cotidiano de la crisis económica, la vida de los hombres en el trabajo, su cuerpo, su salud, pueden ser sacrificadas , al igual que ante la inminencia de un naufragio se arroja al mar todo el lastre. Y que el tan cacareado asunto de la “seguridad” , se detiene ante el umbral de la fábrica y de los tajos. Sirve para preservar al “ciudadano”  -sobre todo, en contraposición con el “extranjero” – pero no al “trabajador” para quien entra en vigor el estatuto de apátrida, desde el momento en que ha perdido capacidad de representación y poder contractual

Una vez más, como en los dramáticos años Treinta, Italia parece tentada a seguir  la perversa senda que sedujo entonces a la peor parte de Europa: la que eligió la opresión de los de “abajo” , la liquidación de las organizaciones autónomas del movimiento obrero, las peores formas de corporativismo y la liquidación de los derechos políticos y sociales, en tanto que la América de Roosevelt descubría, por el contrario, el papel positivo  que desempeñaba el conflicto social y la libre dinámica salarial. Lo hace (amenaza hacerlo) en medio de un silencio preocupante, tanto por parte de la política como de la información. Sólo la CGIL, pagando un duro precio, parece haber comprendido el alcance de la jugada, y haber advertido la gravedad del enfrentamiento. No la dejemos sola

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