Y vivieron felices y descontentos

Slavoj Zizek

¿Cuándo se puede decir que un pueblo es feliz? En un país como la Checoslovaquia de fines de los años setenta hasta los años ochenta, la gente era efectivamente feliz de alguna manera. Primero, sus necesidades materiales eran satisfechas fundamentalmente: no totalmente satisfechas, porque, en sí mismo, el exceso de consumo puede generar infelicidad. Es buena cosa sufrir de tanto en tanto la falta de algunos bienes en el mercado ( nada de café por un par de días, después nada de carne de buey, más tarde nada de televisores). Estos breves periodos de carencia de bienes funcionaban como excepciones para recordar a los individuos que debían estar contentos de la general disponibilidad de bienes: si una cosa es disponible en todo momento, se toma esta disponibilidad como un hecho natural y ya no se aprecia la propia fortuna. Así, la vida procedía de forma regular y previsible, sin grandes esfuerzos o grandes shocks: uno se podía retirar en su propia concha privada. Segundo aspecto extremadamente importante: estaba Otro ( el Partido) a quien darle la culpa de todo lo que iba mal, así no hacía falta sentirse responsable. Si faltaban mercancías temporalmente, incluso si el mal tiempo producía daños, era culpa de “ellos”. Tercer aspecto pero no menos importante, existía Otro lugar ( el Occidente consumista) sobre el cual se podía soñar y quizás incluso de podía visitar. Este lugar estaba a la distancia justa, no muy lejano y tampoco demasiado cerca.

Este fino equilibrio fue alterado.¿ Que lo alteró? Precisamente, el deseo. El deseo fue la fuerza que obligó a los individuos a voltear la página, acabando dentro de un sistema en el cual la gran mayoría de las personas es claramente menos feliz. Por tanto la felicidad no pertenece al orden de la verdad, si no al orden de la opinión: en cuanto tal es confusa, indeterminada, inconsistente.

Acordaos de la respuesta proverbial dada por un inmigrado alemán a los Estados Unidos, el cual a la pregunta “¿es usted feliz?”, respondió: si, si, soy feliz, aber glücklich bin ich nicht…”. Estamos frente a una categoría pagana: para los paganos el objetivo de la vida está en vivir una vida feliz ( la idea de vivir “ felices y contentos para siempre” es ya una versión cristianizada del paganismo), mientras experiencia religiosa y actividad política son consideradas como formas superiores de felicidad ( véase Aristóteles). No debemos maravillarnos que recientemente el Dalai Lama experimente un éxito tan grande predicando en todo el mundo el evangelio de la felicidad, ni debemos maravillarnos que encuentre respuestas mayoritariamente positivas en los Estados Unidos, último imperio de la (búsqueda de la) felicidad.

Esto de cualquier manera, no significa que el cristianismo no implique su propia versión de la felicidad. Es mérito de Gilbert Keith Chesterton haber mostrado con claridad hace un siglo, la naturaleza propiamente perversa del modo en que el cristianismo se coloca con relación al paganismo. Chesterton ha trastornado la (in)comprensión convencional según la cual la actitud pagana antigua consistiría en una gloriosa aceptación de la vida, frente a la cual el cristianismo impondría un sombrío orden de culpa y de renuncia. Por el contrario es la posición pagana la que es profundamente melancólica. Incluso si predica una vida dedicada al placer, lo hace en términos de un “ gozadla mientras dura, por que , al final, siempre se encuentra la muerte y la decadencia”. El mensaje del cristianismo, por el contrario, es de alegría infinita bajo la engañosa superficie de culpa y de renuncia: “el perímetro externo del cristianismo está rígidamente vigilado por abnegaciones éticas y curas de profesión. Pero una vez sobrepasada esta inhumana vigilancia, se encontrará la antigua vida humana danzando como una muchachita y beber vino como un hombre, porque el cristianismo no es más que un marco para la libertad pagana”.

¿ No es El señor de los anillos posiblemente la prueba definitiva de esta paradoja? Solo un cristiano devoto habría podido imaginar un tal magnífico universo pagano, confirmando así que el paganismo es el último sueño cristiano. Por este motivo lo críticos cristianos preocupados de que libros y películas como El señor de los anillos o a la serie Harry Potter, a causa de su mensaje mágico y pagano, pongan en crisis el cristianismo, no perciben la perversa conclusión que es inevitable: ¿ queréis gozar del sueño pagano de una vida dedicada al placer sin pagar el precio de tristeza melancólica? ¡ Escoged el cristianismo!

Se pueden discernir las huellas de esta paradoja hasta en la conocida figura católica del Padre (de la Hermana) presentado como un auténtico portador de sabiduría sexual. Recordamos aquella que puede ser considerada la más potente escena de Sonrisas y lágrimas: después de dejar a la familia Trapp y de retornar al monasterio porque es incapaz de gestionar la atracción sexual que experimenta en relación con el barón von Trapp, Maria continúa sin encontrar la paz, porque aún desea al barón. En una escena memorable la madre Superiora la convoca y la aconseja de volver con los von Trapp para tratar de resolver su propia relación con el barón. Comunica su mensaje en una extrañísima canción que tiene por título Escala todas las montañas, cuyo sorprendente estribillo es “ ¡ Hazlo! ¡Asume el riesgo y has todo lo que tu corazón quiere! ¡No permitas que mezquinas consideraciones te sean un obstáculo!”

El poder misterioso de la escena está en su inesperada exhibición del espectáculo del deseo, que convierte la escena en literalmente embarazosa: incluso la persona de la que esperaríamos una prédica de abstinencia y de renuncia se rebela sostenedora de la fidelidad a los propios deseos. Significativamente, cuando Sonrisas y lágrimas fue proyectado en la (aún socialista) Yugoslavia de fines de los setenta, esta escena – los tres minutos de esta canción- fueron la única parte de la película que fue censurada, cortada. El anónimo censor socialista demostró su aguda conciencia del poder realmente peligroso de la ideología católica: lejos de ser la religión del sacrifico, de la renuncia a los placeres terrenos ( en contraste con la afirmación pagana de la vida dedicada a las pasiones), el cristinaismo ofrece una insidiosa estratagema para abandonarse a los deseos propios sin tener de pagar el precio, es decir para gozar de la vida sin temer la decadencia o el dolor debilitante que nos espera al final de los días.

Si prosiguiéramos hasta el final en esta dirección, sería finalmente posible sostener que en esto consiste la función última del sacrifico de Cristo: ¡ podéis abandonaros a vuestros deseos y gozarlos porque los he tomado a mi cargo! Hay por tanto un elemento de verdad en el chiste sobre la plegaria ideal que una joven muchacha cristiana debería dirigir a la Virgen María: ¡ Tú que has concebido sin pecado, concédeme pecar sin tener de concebir!” En el perverso funcionamiento del cristianismo la religión debe ser eficazmente evocada como protección que nos consienta gozar impunemente de la vida.

(*) Texto leído por Salvoj Zizek en la Piaza Grande de Modena (Italia), en el marco del Festival de la Filosofia. Traducido de Il manifesto (18 de setembre) por Joan Tafalla. Un libro de artículos muy interesante del mismo autor: “¿ Quién dijo totalitarismo? Cinco intervenciones sobre el ( mal) uso de una noción”. Ed. Pre-textos Valencia, 2002

©EspaiMarx 2003

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *