Anibal Quijano: una vida tras una discutible categoría (II)

Jorge Lora Cam

EL CAPITALISMO COLONIAL Y EL COLONIALISMO INTERNO.

Quijano recupera el interés por participar en la propia realidad histórica desde el pensamiento, pero no se trata en absoluto de acumular datos, de fórmulas hechas a medida por Wallerstein[1] que parece ignorar la dialéctica de los procesos históricos, de lo particular y lo general y el papel del progreso en dichos procesos. Privilegia el papel del mercado sobre la esfera de la producción. Es obvio que Quijano discrepaba con el pensamiento circulacionista de Wallerstein pues para él primero, la explotación capitalista en la esfera de la producción constituye el núcleo que caracteriza al sistema capitalista actual, que no hay un capitalismo bueno, sino países imperialistas que extraen riquezas a partir de la transferencia de las riquezas producidas por los trabajadores hacia los dueños del capital financiero por distintos medios, en gran parte, sin pasar por la esfera productiva: especulación, paraísos fiscales, deuda externa e intereses usurarios, financiarización de la economía y apropiación de los ahorros de las clases modestas, inflación, etc. Mientras Wallerstein ignora en sus análisis las contradicciones fundamentales del sistema capitalista, la lucha de clases, el antimperialismo y la necesaria autodeterminación, Quijano incluía en la crítica al eurocentrismo la crítica al imperialismo. Sin embargo hay que aclarar que a finales de los noventa esos aspectos reaparecen en la obra de Wallerstein, en el texto publicado por la editora siglo XXI, “Dinámica de la crisis global” que es un debate con André Gunder Frank, Samir Amin, G. Arrighi.

El capitalismo se impuso plenamente hace dos siglos y medio; el sistema mundial de Wallerstein-Quijano no tiene cinco siglos. El colonialismo sí y quizás por mayor tiempo, digamos que se instaura plenamente en ese periodo, para quedarse, pero venia de mucho tiempo atrás. Esta es una de las más grandes incongruencias de nuestro autor. Wallerstein ha apuntado que, desde su origen (siglo XVI), el sistema-mundo produjo desigualdades estructurales entre regiones comerciales, puesto que los recursos extraídos de América permitieron su despliegue y el establecimiento de relaciones desiguales entre áreas centrales y zonas periféricas. En este sentido, América Latina se constituyó como la primera periferia de Europa. Sin embargo, debemos tener presente que la centralidad de Europa en el sistema-mundo no se concretizará hasta el siglo XIX, con las clasificaciones raciales y otras prácticas sociales de dominación, control, explotación y exterminio étnico-sociales. La colonialidad del poder, como patrón de dominación-explotación, se configuró sobre una organización colonial del trabajo.

Existe pues una tensión de Quijano tanto con Braudel, como con Wallerstein, que no lograron entender en qué consiste el capitalismo ni la teoría de la plusvalía de Marx. Una formación histórica cuya existencia real, insistimos, no tiene más de 250 años de vida como modo de producción hegemónico en Occidente, y que en todos esos años no convirtió a las ex colonias en países capitalistas consolidados ni plenos, salvo excepciones. Los Estados postindependencia en América Latina, no son productos de un modo de producción capitalista hegemónico, sino que se instauran paulatinamente desde afuera profundizando el despojo previo y el extractivismo, promoviendo la llegada de capitales de los países industrialmente avanzados -para que los gestores criollos puedan vivir de ellos y de la administración corrupta de las funciones de ese Estado. Será recién en los últimos treinta y cinco años cuando el neoliberalismo abra las puertas de todos los países a la inversión extranjera, y se consolide en medio de conflictos en todos los territorios estatales el capitalismo colonial o neocolonial. Aníbal Quijano, al participar de estas operaciones lógicas, descuida el análisis de los sujetos, de los modos de producir, del Estado e incluso del desenvolvimiento de las particularidades de la diversidad de culturas.

Un problema que observamos a lo largo de su discurso es la ontología del poder y su historicidad. Desde sus orígenes, la relación de dominación durante la conquista y colonización, según indica Rafael Bautista, trasciende la idea de raza y más bien opera mediante el “vaciamiento sistemático de la humanidad de las víctimas”, y explica que:

Se trata de un despojo total, del vaciamiento absoluto de la humanidad y la vida de las víctimas. El propio mundo de la víctima y hasta sus dioses son objeto de aquel vaciamiento; la situación colonial empieza a adquirir forma definitiva: si el mismo sentido de humanidad que se posee es vaciado, entonces no hay modo de recomposición, lo único viable y posible se deduce de lo que es el dominador, de modo que el dominado para ser algo, debe negar lo suyo de sí y aspirar a ser lo que no es[2].

La conquista genocida y la historia colonial etnocida destruyeron sin tregua, por siglos, a los pueblos originarios como humanidad. Al inicio, se instaura e impone un poder colonizador sobre los restos de pueblos aterrorizados que, como señala Bautista, solo se irán recuperando, sobreviviendo y negando su ser. El comportamiento imperial colonial no aparece con la conquista; más bien hay que rastrearlo desde antes, y siempre implica violencia religiosa, como el colonialismo de la Edad Media con las cruzadas de los siglos XI al XIV (en particular, las que ocurrieron en Tierra Santa, que cultivaron el gusto por las grandes empresas en nombre de un ideal:la recuperación territorial de espacios sagrados, de otros que no compartían la misma creencia religiosa). La religión deshumanizante y patriarcal significó negación, ocultar lo que quedaba de la enorme cultura previa de otras civilizaciones, adoptar ideas de los colonizadores, asumir progresivamente devociones religiosas, lengua, comportamientos y hasta reproducir el racismo, el mercantilismo, etc. En suma, formas culturales hibridas coloniales.

Las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islamismo) estuvieron en la matriz de la conquista patriarcal de la Madre Tierra, llegando a su punto más alto con la destrucción etnocida y colonizadora de Abya Yala:[3] la naturaleza solo era una fuente de recursos. Es por esto que el Dios patriarcal y antropocéntrico, traído con los conquistadores, verá a su entorno sin alma, como no- humanos, seres salvajes a quienes se les deberá catequizar y dominar. La naturaleza, y las “bestias” como parte de ella, serán víctimas de la violencia destructora. Con el paso de los siglos, aquella concepción naturalista del mundo de carácter occidental se impondrá a nivel global desde las relaciones de poder, por intermedio de la secularización de Dios, y a través de la ciencia moderna de corte racionalista-empirista, la cual será el mejor instrumento para imponer la idea de una supuesta civilización universal: una civilización de muerte que ha buscado erradicar otros mundos de vida, ya sea por las guerras o simplemente la negación de estos.

De ahí que procesos eurocéntricos, antropocéntricos y patriarcales, como son el Renacimiento, la Ilustración y la Revolución Industrial, caminaron de la mano con católicos y protestantes en un correlato lineal de la historia, emparejando la modernidad con el escatológico tiempo y espacio religioso, donde la Pachamama, la madre tierra, no fue sino un ser que debía ser conquistado y controlado. El filósofo inglés Francis Bacon, padre del empirismo, dejará explícita esta mirada moderna al demandar que: “la ciencia tortura a la Naturaleza, como lo hacía el Santo Oficio de la Inquisición con sus reos, para conseguir develar el último de sus secretos[4]”.

Así que la construcción del poder colonizador empezará por la imposición violenta, buscará la legitimidad de la relación mando-obediencia, que los indígenas asuman el monoteísmo y descubran nuevas formas comunales de sobrevivencia periférica despojados de su propiedad, alrededor de minas y haciendas. Se construyeron nuevas instituciones y leyes coloniales, burocracia, ejército e iglesias, para que el Estado sea un instrumento de enriquecimiento, una forma parasitaria de vida de los colonizadores y de explotación en la que sobreviven los colonizados. Con el extractivismo, los impuestos y la deuda pública, aparece la corrupción como parte de esa práctica.

Desaparecida gran parte de sus culturas, perdidos muchos de sus saberes, quebradas sus epistemologías y sometidos los pueblos y sus autoridades, ya tenemos las bases del nuevo ethos[5] colonial. Con el imperialismo británico, el apetito de nuevas conquistas creció hasta desencadenar guerras. Fue una nueva forma de colonialismo, mediado por los criollos, mucho más agresivo, para controlar territorios y la sustracción de los recursos naturales so pretexto de “civilizar” pueblos considerados “bárbaros” o “salvajes”, como en África, o culturas “decadentes” como en Asia.

Pablo González Casanova, al igual que Rodolfo Stavenhagen, siguiendo a Lenin, analizó hace medio siglo los fenómenos que configuran el nuevo colonialismo, y recurrió al concepto de “colonialismo interno” que curiosamente ni es mencionado por Aníbal Quijano. Don Pablo enumera elementos, que irá redefiniendo más adelante (disculpándonos por lo extenso de la cita):

l. La colonia adquiere las características de una economía complementaria de la metrópoli, se integra a la economía de la metrópoli. La explotación de los recursos naturales de la colonia se realiza en función de la demanda de la metrópoli, buscando integrarlos a la economía del imperio. Esto genera un desarrollo distorsionado de los sectores y regiones, en función de los intereses de la metrópoli, desarrollo que se refleja en las vías de comunicación, en el nacimiento y crecimiento de las ciudades. Da lugar a un desarrollo desigual, no integrado, de la región. En realidad, fomenta más que un proceso de desarrollo un proceso de crecimiento, en el sentido que da Perroux a estos términos. La falta de integración económica en el interior de la colonia, la falta de comunicaciones entre las distintas zonas de la colonia y entre colonias vecinas corresponde a una falta de integración cultural.

2. La colonia adquiere sucedáneamente otras características de dependencia que facilitan el trato colonial. En el comercio exterior no sólo depende de un solo mercado –el metropolitano– que opera como consumidor final o como intermediario, sino de un sector predominante –el minero o el agrícola– y de un producto predominante, el oro o la plata, el algodón, el azúcar, el estaño, el cobre. Surge así en la colonia una situación de debilidad que proviene de la dependencia de un solo mercado, de un sector predominante o único, o de un producto único o predominante. Todo ello aumenta el poder de la metrópoli y sus posibilidades de negociar en términos de desigualdad con la colonia, impidiendo la competencia de otros imperios, e impidiendo que la colonia compita con la metrópoli. La capacidad de negociación de la colonia es nula o mínima. El monopolio se establece en los distintos tipos de colonias y de sistemas coloniales –aunque en algunas predomine el monopolio fiscal, en otras el monopolio para la explotación de los recursos naturales, en otras el monopolio del comercio exterior.

3. La colonia es igualmente usada como monopolio para la explotación de un trabajo barato. Las concesiones de tierras, aguas, minas, los permisos de inversión para el establecimiento de empresas sólo se permiten a los habitantes de la metrópoli, a los descendientes de ellos o a algunos nativos cuya alianza eventualmente se busca.

4. Los niveles de vida de las colonias son inferiores al nivel de vida de la metrópoli. Los trabajadores –esclavos, siervos, peones, obreros– reciben el mínimo necesario para la subsistencia y a menudo están por debajo de él.

5. Los sistemas represivos predominan en la solución de los conflictos de clases; son mucho más violentos y perdurables que en las metrópolis.

6. Todo el sistema tiende a aumentar –como observa Myrdal– la desigualdad internacional, las desigualdades económicas, políticas y culturales entre la metrópoli y la colonia y también la desigualdad interna, entre los metropolitanos y los indígenas: desigualdades raciales, de castas, de fueros, religiosas, rurales y urbanas, de clases. Esta desigualdad universal tiene particular importancia para la comprensión de la sociedad colonial, y está estrechamente vinculada a la dinámica de las sociedades duales o plurales, en que la cultura dominante –colonialista–oprime y discrimina a la colonizada[6].

Cuarenta años después, actualiza este concepto visto en su movimiento histórico,

La lucha por la autonomía de los pueblos, de las nacionalidades o las etnias no sólo unió a las víctimas del colonialismo interno, internacional y transnacional sino que se topó con los intereses de una misma clase dominante, depredadora y explotadora, que opera con sus complejos y articulaciones empresariales, militares, paramilitares y de civiles éstos organizados como sus clientelas y allegados en un paternalismo actualizado y un populismo focalizado[7].

Me pregunto ¿por qué este importante concepto, “colonialismo interno”, que puede coincidir con otros como neocolonialismo y recolonización, y que además es integrador para una totalidad del poder y confrontación, es dejado de lado por Quijano? Algunos aspectos de esa relación, también son postergados por López y Rivas? ¿Será por el usual egocentrismo de los intelectuales y su impulso por lograr descubrimientos que sean trascendentes? Con el colonialismo interno no cambia la subjetividad colonial y se construyen seres cosificados, saberes y haceres dominantes, en común coloniales, que abarca a la totalidad de la comunidad, agrupaciones y personas, una cultura colonial compartida -y creada por la misma comunidad- que es puesta en obra por todos y cada uno de los individuos de la comunidad. Ese saber hacer incluye el saber hacer de la vida cotidiana, y el saber hacer laboral, técnico, entre otros: en general, toda actividad. Mientras que la administración burocrática y militar garantizaban la dominación y explotación, la religión —mediante la iglesia católica—organizaba el vivir, sobre la idea de un ser superior que imponía un modo de vivir. La religión reglaba la vida cotidiana, desde la cultura material de vida, hasta las relaciones sexuales y afectivas, y también la cultura y el sentido de la vida. Un ethos que hegemoniza y “religa”, pero que también provoca y llega a incluir rechazo y resistencias. Es la denominación para el saber práctico que ponemos constantemente en obra, sin el cual no puede existir ni actividad humana, ni sociedad en consecuencia. Es un saber hacer que generamos o creamos en comunidad y dentro del cual vivimos, porque a su vez nos genera: un saber hacer que nos “religa[8]”.

 

[1] Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial, 3 vols., Madrid, Siglo XXI, 2016.

[2] Bautista, R. (2014). Reflexiones des-coloniales. La Paz: Rincón Ediciones.

[3] Abya Yala es el nombre con el que el pueblo Kuna de Panamá nombró al continente que ahora llaman América y significa tierra en plena madurez, o tierra floreciente. Simboliza la unidad de los pueblos originarios de América. Este territorio, no era para ellos un mundo nuevo y menos objeto de descubrimiento.

[4] Andrés Kogan y el Día Mundial de la Tierra: “En los últimos siglos se ha intentado hacer creer que estamos por encima de ella”. https://www.eldesconcierto.cl/2020/04/22/andres-kogan-y-el-dia-mundial-de-la-tierra-en-los-ultimos-siglos-se- ha-intentado-hacer-creer-que-estamos-por-encima-de-ella/

[5] Ethos es una noción referida al orden social, y que presupone que una sociedad es no otra cosa que una comunidad de personas, que es a lo que se denomina polis -res publica, o “Estado”, si se quiere actualizar la idea-, la cual existe como consecuencia de un hacer integrado o hacer en común. Ese hacer en común, que abarca a la totalidad del hacer de comunidad y personas, se produce porque existe un saber hacer compartido -y creado por la misma comunidad- que es puesto en obra por todos y cada uno de los individuos de la comunidad. Ese saber hacer incluye el saber hacer de la vida cotidiana, y el saber hacer laboral, el técnico, toda la actividad siempre práctica; no se pilota un avión pensando en las leyes científicas de la física, ni se opera un tumor pensando en las alteraciones del ADN, sino en las habilidades prácticas inmediatas que uno conoce -no se amamanta a un hijo pensando en su cerebración.

[6] Pablo González Casanova, El colonialismo interno, http://biblioteca.clacso.edu.ar/gsdl/collect/

clacso/index/assoc/D8782.dir/colonia.pdf

[7] Pablo González Casanova (octubre 2003) Universidad Nacional Autónoma de México Instituto de Investigaciones

Sociales, Colonialismo interno (una redefinición):http://conceptos.sociales.unam.mx/conceptos_final/412trabajo.pdf

[8] https://rebelion.org/ethos-es-la-denominacion-para-el-saber-practico-que-ponemos-constantemente-en-obra-no-puede- existir-ni-actividad-humana-ni-sociedad-sin-el/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *