Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Trotsky no existe. Por un marxismo creativo

Manuel M. Navarrete

Manuel M. Navarrete

Introducción

Si en este planeta existen recursos para todos pero muchos mueren de hambre, y eso es consecuencia directa del capitalismo, y sólo podemos destruir el capitalismo organizándonos, entonces se hace imprescindible pasar revista al panorama de la izquierda organizada, es decir, de la única oposición existente al capitalismo y el hambre. Pasando revista, lo primero que nos llamará la atención será la infinita división y subdivisión de estas fuerzas, en ciertas ocasiones motivada por bases programáticas (por ejemplo, la división que existe entre Izquierda Unida y la izquierda extraparlamentaria), pero en otras debida a prejuicios mutuos o, peor si cabe, a distintas lecturas de hechos históricos del pasado (como en el caso de dicha izquierda extraparlamentaria, que se encuentra fraccionada hasta la impotencia política).

¿Recuerdan aquella escena de La vida de Brian? Brian le pregunta a unos hombres si son del Frente Judaico Popular y estos le contestan: “¡Vete a la mierda! ¿Frente Judaico Popular? Somos del Frente Popular de Judea (http://www.youtube.com/watch?v=hMvcjzEKTMw). Pues así se siente uno muchas veces, como en una película de los Monty Python, como si estuviéramos insensibilizados contra el hecho de que no se nos puede tomar en serio; y todo por confundir, como decía Galeano hace unos días, unidad con unanimidad, política con religión, divergencia con herejía.

Es curioso rastrear el origen del enfrentamiento que, en el seno del islam, se desarrolla entre sunnitas y chiitas. Resulta que Mahoma no dejó un sucesor oficial, así que, a su muerte, sus seguidores Alí y Muawiya se enfrentaron entre ellos, siendo derrotado el primero. Más de mil años después, sus partidarios continúan divididos, y a partir de una simple pelea sucesoria han inventado imbricadas teorías por las que enfrentarse. Algo parecido sucede hoy día con el enfrentamiento que, en el seno del marxismo-leninismo, separa a trotskistas y estalinistas. Resulta que los comunistas nos encontramos insensatamente divididos por el enfrentamiento (en muchos sentidos personal) que tuvieron dos hombres hace 80 años, en una mera pelea sucesoria a la muerte de Lenin.

Por supuesto, si el propósito de este trabajo fuera otro, debería ahondar en el estudio de los condicionantes históricos que rellenan de contenido una pelea sucesoria, como codificación histórica de los conflictos sociales. Sin embargo, sería una simplificación ingenua del marxismo decir que Alí y Muawiya se enfrentaron para defender sus respectivos ideales. ¿Es que para el marxismo no existe la ambición personal entre las motivaciones de los personajes históricos? ¿Es idealismo aludir a un enfrentamiento personal? Puestos a hacer metáforas forzadas al estilo del marxismo dogmático y vulgar, ¿por qué no ver en el supuesto enfrentamiento político una superestructura, cuya base fuera una lucha por el poder tras la muerte de Lenin? Podemos analizar, por ejemplo, qué factores materiales han motivado que en unos países el trotskismo haya tenido arraigo a posteriori y en otros no (o incluso analizar factores como la psicología de masas, la necesidad de una figura “diferente” a lo que realmente se alcanzó en la URSS y la insatisfacción consecuente). Pero eso sigue sin explicar lo acontecido en el Partido Bolchevique durante los años 20 del siglo XX.

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Las fiestas y el consumismo

Pier Paolo Pasolini

Las fiestas y el consumismo

Pier Paolo Pasolini.

Hace ya tres años que hago lo posible por no estar en Italia durante las Navidades. Lo hago adrede, con saña, desesperado ante la idea de no conseguirlo; aceptando incluso una sobrecarga de trabajo, aceptando la renuncia de cualquier modalidad de vacación, de interrupción, de descanso.

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Dialéctica de acción y palabra en una ciudadana saharaui

Salvador López Arnal

Dialéctica de acción y palabra en una ciudadana saharaui

 

Salvador López Arnal

 

No es momento en mi opinión de analizar detalladamente el comportamiento del gobierno español ni sus medias verdades, ni tampoco denunciar una vez más la abyecta política del gobierno de Marruecos respecto al pueblo saharaui, ni es momento de reflexionar sobre el papel imperial de Francia y Estados Unidos en la vuelta de Aminatou Haidar a su país, un país del que nunca debió ser expulsada (ni encarcelada ni torturada).

No, no es momento de reflexión y de distanciamiento analítico, sino de agradecimiento y de alegría. Agradecimiento por un comportamiento, por una actitud, por un vivir de pie y en rebeldía, que no puede ni será olvidado nunca; alegría porque una vez más resistir, luchar, combatir por causas y finalidades justas no es sino una forma de amar. “Amar es combatir” escribía el Octavio Paz republicano.

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Izquierda herida

Juan Carlos Monedero

Juan Carlos Monedero

Desde que se empezó a hablar de derecha e izquierda en la Revolución Francesa, la derecha está conservando y la izquierda se está refundando. Conservadores y reaccionarios miran al pasado. Progresistas y revolucionarios, al futuro. Margaret Thatcher golpeó esa idea cuando reprochó a los dinosaurios del PCUS querer mantener la Unión Soviética. Anthony Giddens habló al oído de la socialdemocracia, susurrándole la conveniencia de aceptar, junto al liberalismo político, el liberalismo económico. Se hicieron socialistas a fuer de liberales. En EEUU no hay pobres, sino loosers (perdedores). Aquí vamos en camino. Lo que el mercado no te dé, San Pedro te lo bendiga.

La izquierda está herida. De éxito –construir una sociedad real o potencial de clases medias–, de fracaso –no lograr esa sociedad en donde “la libertad de cada cual sea la condición de la libertad de todos”– y de indolencia –haber abandonado la lucha por la hegemonía–. Con el siglo, fue dando vueltas y vueltas a la estaca, acortando en cada giro la cuerda. Cuando se aproxima a tareas de gobierno no hace nada radicalmente diferente de lo que impulsan las fuerzas del gran centro. En tiempos de crisis, lejos de dar una respuesta a por qué en mitad de la barbarie no surge un cambio radical, se limita a adjetivar al sistema como “salvaje”, ofreciéndose como el domador firme de los desmanes de la fiera. Cuando habla de modelos, insiste en algunos claramente insuficientes. No hay ideas. Difícil despertar así a los dormidos.

En las postrimerías del franquismo, Fraga ganó una espectacular batalla después de vivo: “España –dijo, y todos asintieron– es diferente”. Muerto el caudillo, la ciencia económica se lanzó a demostrar que el atraso de España en realidad no era tal, y los sociólogos se empeñaron en certificar la normalidad hispánica. La izquierda olvidó su propia experiencia y se resignó a importar ese patrón europeo. Aún sigue haciéndolo, y por eso sigue rehén de la última moda ideológica.

En Europa, al igual que en España, las democracias liberales implosionaron en los años treinta, dejando paso a regímenes fascistas. La respuesta fue el antifascismo, responsable de la derrota de las potencias del eje (y en España, de los tres años que lució el cartel de “no pasarán” en la Plaza Mayor de Madrid). Comenzó entonces una pugna entre el liberalismo que pretendía sin más regresar al pasado, y las fuerzas antifascistas, que incorporaban una superación de la democracia liberal.

Triunfó el pasado, aunque tuvo que negociar con esa izquierda las bases constitucionales e, incluso, su participación en diferentes niveles de gobierno. La construcción europea, hasta el Tratado de Maastricht de 1992, estuvo marcada por esa impronta social.

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Un puente entre fiestas turbulentas

Salvador López Arnal

Un puente entre fiestas turbulentas

 

Salvador López Arnal

 

Celebramos el próximo 6 de diciembre el día de la Constitución. Ese mismo día de 1978 la ciudadanía española aprobó en referéndum el texto constitucional elaborado por un Congreso que no había sido elegido con carácter constituyente. El articulado reflejaba, como no podía ser de otro modo, las presiones del momento y, sobre todo, la fuerte tutela del espadón, sin olvidar el carácter sagrado e intocable de una institución no democrática como la Monarquía borbónica impuesta por el dictador golpista y sus Cortes serviles. Huellas de todo ello están muy presentes en el producto resultante. Algunos ejemplos: se consagra constitucionalmente la economía de mercado, el ejército es garante de la unidad de España, el rey Borbón está nietzschenamente situado más allá del bien y del mal y el mecanismo constitucional que permite su propia modificación está precisamente diseñado para impedirlo, a no ser que los grandes poderes estimen adecuado cambiar tal o cual artículo sin taquígrafos y con nocturnidad

Todo ello era sabido en aquellos años de la transacción política. No sólo es que la extrema izquierda y grupos ciudadanos críticos postularan la abstención, sino que el mismo PCE-PSUC argumentó su voto favorable señalando que ese era el único camino pragmáticamente transitable dada la correlación de fuerzas existentes, pero que vendrían tiempos mejores y, sin duda alguna, algunos temas debían ser alterados de arriba a abajo y de derecha a izquierda.

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Del liderazgo y otros tópicos

Josep Ramoneda

“¿Se pueden olvidar las lecciones de la historia que nos muestran que, muy a menudo, los líderes carismáticos destruyen las organizaciones que los han producido y conocen un fin trágico?”, Michela Marzano se formula esta pregunta en su libro Extension du domaine de la manipulation. En las escuelas de negocios la doctrina del liderazgo es un lugar común. La clave del éxito, dicen, está en el hombre que tiene una visión y es capaz de realizar una misión. La cultura que operó como caldo de cultivo de la crisis estuvo impregnada del discurso del liderazgo, que cubrió de oro a los altos ejecutivos que convencían a sus accionistas de que eran portadores de un destino de posibilidades ilimitadas. Entre estos líderes a los que ni auditores ni reguladores osaban llevar la contraria hay nombres como Jeff Skill, que se cargó la todopoderosa Enron, y el seductor Madoff. Y no voy a hacer la lista de los líderes del sector inmobiliario español que eran invitados como ejemplo de emprendedores imbatibles en las mejores tribunas, hace tan sólo un par de años, y que hoy viven en pleno naufragio. Parafraseando a Marx, a veces parece que “la bruja ya no es capaz de controlar los poderes demoniacos que ha convocado con sus hechizos”. Poco importa. El tópico del liderazgo se sigue repitiendo en escuelas y reuniones selectas, aunque cierta sensación de vacío invade paulatinamente el concepto. ¿Qué significa esta regresión al poder carismático? Max Weber situaba esta forma de autoridad basada en la magia del hombre providencial como propia de sociedades de bajo nivel técnico y educativo, de escaso desarrollo social. Pero en las sociedades avanzadas del siglo XXI, en que el nivel medio de formación de los ciudadanos ha alcanzado cotas desconocidas, ¿debemos seguir soportando el imperio del visionario y del seductor por encima de la autoridad de los argumentos y de las razones? ¿O más bien deben ser los proyectos compartidos, fruto de las aportaciones de muchos actores, los que deben marcar los caminos que seguir?

Dicen que las crisis, si se saben aprovechar, son oportunidades para el cambio. Tengo mis dudas, porque la ansiedad y el miedo son tendencialmente conservadores. Y porque, de momento, los tópicos de la cultura de la crisis siguen intactos, confirmando la sospecha de que ante la impotencia de la política, no habrá cambios sustanciales en las hegemonías sociales cuando la crisis amaine. Pero sigamos con el ejemplo del liderazgo. Tengo la impresión de que forma parte natural de una cultura de la dominación que tiene como categoría ideología central la competitividad. Es un ejemplo del valor del eufemismo, capaz de hacer pasar las piedras por panes. No nos engañamos, no hay que ser marxista para entender que competitividad significa optimización de la explotación. La clase obrera ya no es lo que era, distribuida entre la industria y los servicios, fraccionada en múltiples grupos de intereses y amenazada por ejércitos de reserva globales, ha perdido buena parte de su peso intimidatorio y de su capacidad política. Lo cual permite decir las cosas con guante de seda. Pero no por ello dejan de ser lo que son. El discurso de la competitividad se sitúa en un marco cultural meritocrático, que apela permanentemente a la recuperación del gusto por el trabajo bien hecho, por la disciplina y por el respeto jerárquico. Y que ofrece como señuelo a la ciudadanía una quimera: que cualquiera puede triunfar. Pero el trabajo bien hecho requiere una autonomía, una capacidad de pensar y decidir por parte del que lo hace que es difícilmente compatible con la cultura de sumisión incondicional al líder visionario. Las enormes potencialidades de las nuevas tecnologías pueden utilizarse en dos direcciones opuestas: para optimizar el trabajo bien hecho y compartido o para aumentar los mecanismos de control bajo la apariencia de una ampliación de los espacios de autonomía del trabajador. Y es en nombre de la competitividad que se pide todo tipo de desregulación para que el trabajador sepa lo cerca que está la calle si decae en su ánimo.

La competitividad es obviamente la categoría que corresponde a una ideología centrada en el crecimiento, en que el principio es que la economía crezca ilimitadamente sin preguntarse ni para qué ni con qué objetivos. Naturalmente, al ciudadano no se le exige solamente ser competitivo, sino también alentar el crecimiento como consumidor. Y se le riñe cuando, en tiempos de crisis, se resiste a gastar.

Liderazgo, competitividad, desregulación, consumo, campean acríticamente en medio de la crisis, como si la modernidad hubiera perdido el más consustancial de sus valores: la capacidad de someterlo todo al cedazo de la crítica. Con la izquierda sumida en el silencio -como en Francia o en Italia- o convertida en propagandista del consumismo y la baja de impuestos -como en España- estas categorías seguirán como realidades ideológicas incontestables, decorando el escenario del día siguiente. ¿Dónde está el sujeto político del cambio? Algún gobernante ha hablado de moralizar el capitalismo: pura contradicción en los términos. Es la máxima expresión de la claudicación de la política. Porque si en estos momentos la política se echa más de menos que nunca no es para que nos distraiga con ocurrencias como ésta. Es para responder a los que nos han conducido a esta crisis con un mensaje tan simple como claro: no todo es posible.

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La apisonadora monárquica

Salvador López Arnal

La apisonadora monárquica

 

Salvador López Arnal

 

En los ya lejanos tiempos de la transición-transacción, el PSOE jugó en varios teatros. Uno de ellos, muy olvidado sin duda en su trayectoria, fue el de hacerse pasar por partido republicano. Algunos de sus representantes (Gregorio Peces Barba, Alfonso Guerra, si no he acuñado mal esta moneda secundaria) aparentaron defender la causa republicana en la Comisión constitucional e incluso llegaron a abstenerse en alguna votación parlamentaria en la que se tramitaba el artículo referente a la forma de Estado.

Actuaron bien, tenían tablas. Durante algunos años, la opinión pública, una parte de ella cuanto menos, identificó la defensa del republicanismo y la tradición republicana española con el partido de Pablo Iglesias, con los cien años de honradez, con el rejuvenecido partido de González-Guerra, mientras que el PCE aparecía ante la ciudadanía, por supuesto realismo político, como el partido defensor de la “Monarquía democrática”.

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El conflicto de clases mundial

Vicenç Navarro

Vicenç Navarro

Uno de los argumentos más utilizados en círculos progresistas para explicar la pobreza en el mundo ha sido el que presenta la pobreza de los países mal llamados pobres como resultado de la explotación que sufren por parte de los países ricos. Las poblaciones de los primeros están siendo explotadas por las poblaciones de los segundos. En tal argumento, se considera que el mayor conflicto en el mundo es el existente hoy entre los países del Norte (ricos) y los del Sur (pobres).

Tal postura olvida, sin embargo, que tanto en los países del Norte como en los del Sur hay clases sociales que tienen intereses distintos e incluso contrapuestos. Ignorar esta realidad conduce a una interpretación errónea de la situación en el mundo. Por ejemplo, el golpe militar del general Pinochet en Chile se interpretó, en amplios sectores de la comunidad progresista internacional, como la imposición de una dictadura militar a Chile por parte de EEUU con el fin de evitar la existencia de un Gobierno de izquierdas (que incluía al Partido Comunista) que podía caer en la órbita de la Unión Soviética, adversaria de EEUU.

El problema con esta explicación es que no se corresponde con lo que en realidad ocurrió en aquel país. Yo estaba en Chile durante aquella época. Tuve el enorme privilegio de asesorar al Gobierno de la Unidad Popular, presidido por Salvador Allende, y pude ver de primera mano lo que estaba pasando en aquel país. Los que realizaron y apoyaron el golpe militar fueron, todos ellos, chilenos. La burguesía chilena, la banca chilena, los terratenientes chilenos, la patronal chilena, la Iglesia chilena, los colegios profesionales chilenos y el Ejército chileno, todos ellos componentes de la clase dominante chilena. Se opusieron al Gobierno de Allende porque sus reformas estaban afectando a sus intereses y privilegios.

Por otra parte, quien apoyó el golpe militar no fue Estados Unidos. Muchos pensadores progresistas olvidan con excesiva frecuencia que EEUU no es un país de 302 millones de “imperialistas”. Conozco bien EEUU (donde he vivido más de 40 años) y hay que ser conscientes de que en aquel país hay clases sociales que están en conflicto. Hay una lucha de clases (además de razas) de enorme intensidad y crueldad (la esperanza de vida de un trabajador no cualificado es menor que la de una persona de la clase media alta en Bangladesh, uno de los países más pobres del mundo). No fue EEUU, sino el Gobierno de Richard Nixon, quien apoyó activamente el golpe militar, en un momento, por cierto, en el que el presidente Nixon no podía visitar barrios obreros por su enorme impopularidad (acababa de enviar el Ejército a Appalachia, la cuenca minera de EEUU, paralizada por una huelga que había afectado la distribución de la energía en todo el este del país).

Tiene que entenderse, pues, que una cosa es el Gobierno de un país, y otra cosa es la población que vive en él. No puede asumirse automáticamente que el Gobierno representa los intereses o los deseos de la mayoría de la población. En EEUU, el 68% de la población no cree, por ejemplo, que el Congreso de EEUU o el Gobierno federal de EEUU represente sus intereses. Cree que representa los intereses del mundo empresarial –llamado Corporate Class (CBS, 05-06-08)–.

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Los principios de la política. A propósito del caso Bartomeu Muñoz (y sus prolongaciones afines)

Salvador López Arnal

Los principios de la política.

A propósito del caso Bartomeu Muñoz (y sus prolongaciones afines)

 

Salvador López Arnal

 

No es descabellado pensar, en primera y revisable instancia, que a la mayoría de los jóvenes de las clases dirigentes catalanas interesados en asuntos públicos y, especialmente, en los privados, el caso Millet apenas les ha alterado en lo más mínimo su cosmovisión político-cívica: “toma el dinero y corre raudo y ligero” sigue siendo la consigna más extendida. Eso sí, como el gato Félix, hay que hacer reír, hay que hacer llorar, pero no hay que dejar pistas y, sobre todo, hay que procurar ser tan o más espabilado que el más listillo de la clase, de su clase. El caso Bartomeu Muñoz, del que apenas conocemos hasta el momento en que escribo algunos vértices de su poligonal y largo desarrollo, confirmará, sin apenas atisbo para alguna sombra de incertidumbre, la visión del mundo de muchos jóvenes trabajadores de la ciudad colomense y, en general, del extrarradio barcelonés: los políticos, todos ellos, sin excepción, son unos corruptos (“chorizos” o “sinvergüenzas” son los términos que usan) y están, todo ellos, para forrarse, “para llevarse la pasta” acostumbran a decir. Eso sí, siguen razonando, o bien uno se aleja de ese mundo político-empresarial y le da las espaldas para siempre, o, puestos, es mejor correr el riesgo que te cojan, si te cogen, que no es siempre, con las manos en la pasta y pases, si es el caso, cinco o seis años en el trullo, con patrimonio sabiamente acumulado y resguardado, para disfrutar largamente tras la salida, que trabajar 30 o más años con salarios ridículos, con contratos precarios -o fijos, casi tanto da-, con la amenaza permanente del despido, con estrés y amenazas nunca interrumpidos, con trato vejatorio y autoritario, en esas instituciones nazi-carcelarias que solemos llamar fábricas, empresas, tajos, hoteles, oficinas o naves.

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