Un punto de encuentro para las alternativas sociales

“Deconstruint el 23-F”, un documental polític de Xavier Juncosa

Salvador López Arnal

“Deconstruint el 23-F”, un documental polític de Xavier Juncosa.

Salvador López Arnal

Barcelona, 21 de mayo de 2009.

     Hace un par de semanas el amigo Marc Casanovas me pidió que trazara un breve panorama de la situación, del marco político que rodeó al 23-F de 1981, una descripción de coyuntura creo que fueron sus palabras exactas, como presentación del documental que hoy tendremos ocasión de ver.

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La lucha por la República. Algunos aspectos de la actualidad y sus antecedentes

Manuel Blanco Chivite

La lucha por la República. Algunos aspectos de la actualidad y sus antecedentes

Manuel Blanco Chivite

Si durante el franquismo, incluidas sus últimas etapas, todos los anti-franquistas, pese a los contactos de algunos con Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII, se declaraban republicanos y en lucha por la república, algunos contactos de tanteo, que constituyeron una premonición de lo que pasaría tras la muerte de Franco, daban ya que pensar. Todos republicanos, sí, pero? Sectores más o menos despegados de la dictadura sirvieron de puente. Areilza, Ruiz Jiménez, la familia Garrigues (representantes de los intereses de los Rockefeller en España), algún sector eclesiástico y hasta Fraga Iribarne? de una u otra forma establecieron contactos, directos o indirectos, ya sea con el PCE o con unos u otros sectores socialistas, cuando no con ambos. Se especuló con la opción del citado Juan, padre del ya príncipe y heredero oficial de Franco, Juan Carlos de Borbón. Pero las presuntas garantías democráticas del padre las cumpliría pronto el hijo que contaba, además, con la aceptación del conjunto franquista (aparte pequeñas tensiones más debidas al factor humano que a intereses de clase diferenciados). La derecha siempre fue monárquica, pero la izquierda de la transición fue la base principal de la monarquía juancarlista Y así llegamos, tras la muerte del tirano, a la llamada Transición: todos quieren cambiar y todos tienen prisa por cambiar; sobre todo, curiosamente, aquellos que desean que todo siga igual. Ganar la guerra era la clave para ganar la transición. Los ganadores del 39 seguían, lógicamente, teniendo firmemente la sartén por el mango, pero no cabía duda de que tenían problemas de todo tipo y todos graves (económicos., institucionales, de aceptación internacional), lo que les imbuía muchas, muchas prisas por resolverlos o, al menos, reencauzarlos en y a través de instituciones más o menos democráticas. No se podía, como se llegó con el PSOE de González, reestructurar todo el tejido industrial español con sus consecuencias de tres millones de parados en condiciones de dictadura; no se podía regalar billones de pesetas a la banca para su modernización, en condiciones de dictadura; no se podía pedir congelación salarial y aumentos acelerados de productividad (Pactos de la Moncloa) en condiciones de dictadura; ni tampoco desestructurar el mercado laboral facilitando los despidos en masa y un largo etcétera, todo lo cual exigía dar algo a cambio: las libertades de reunión, asociación y organización, por lo menos, y, en principio, en determinados partidos de confianza (PSOE y PCE). Además, la derecha franquista no podría nunca llevar a cabo esas tareas así como el encuadramiento de España en la OTAN sin que peligrase la estabilidad general del sistema, hostigado por las organizaciones revolucionarias a la izquierda del PCE nacidas en los años sesenta, por no hablar de las nuevas generaciones de independentistas vascos, catalanes o gallegos que venían pugnando, en algunos casos con un apoyo popular masivo. La gestión de los problemas citados y de las labores del gobierno en general, lo sabía muy bien la oligarquía financiera española y el resto de poderes reales (militar y eclesiástico), debía compartirse, debía de abrirse a los nuevos colaboracionistas, a los nuevos monárquicos; aun más, la gestión de los temas más delicados debía dejarse en manos de un PSOE crecido ya y convertido en el eje político fundamental sobre el que pivotaría la monarquía. Sin el PCE, en primera instancia, para contener y encauzar la calle en los primeros momentos de entusiasmo popular, y sin PSOE jamás se habría restaurado la monarquía en España. Una dulce monarquía, sobre todo para el PSOE, a cuya sombra se han enriquecido y han pasado al club de los vencedores las diferentes cúpulas socialistas. No es afirmación gratuita la que muchos elementos de la derecha repiten en sus encuentros privados: ?La monarquía en España se mantiene porque lo quiere la izquierda?. Una afirmación obvia, desde luego, pero que he tenido el gusto de oír, siempre en privado, en boca de significativas figuras de la derecha más acendrada. La clave de la transición o transformación del franquismo, una transformación que ya había sido preparada por el propio Franco, tenía nombre: la monarquía juancarlista. La monarquía recuperada por Franco fue el modelo de Estado indiscutible e indiscutido que se impuso y se aceptó por el PCE, por el PSOE y por la mayoría de los nacionalismos democrático-burgueses periféricos (PNV, CiU, etc) Hubo contactos, y muchos, para negociar y delimitar qué y cómo habría de ser la monarquía y sus reglas. Así se aclaró qué cambiar exactamente para poder mantener intactos los mismos poderes reales y, al mismo tiempo, ampliar la base social de la dictadura y ampliar sus posibilidades de gestión, mediante la incorporación a la misma de los partidos de la oposición que aceptaban ya la salida monárquica. Se trataba de abrir las puertas del club de los poderosos a los nuevos gestores. No hay maniobra fiable por arriba sin apoyo social por abajo. Ese apoyo social por abajo lo conformaron las nuevas clases medias profesionales urbanas, nacidas al calor del desarrollismo franquista de los años sesenta, con el apoyo de la también nueva aristocracia obrera, es decir lo que llegó a ser y continua siendo la clientela política electoral básica del PSOE y que en parte, bajo el franquismo, militó en el PCE y en otros partidos situados a su izquierda. Tal fue el eje sobre el que pivotó socialmente toda la transición La oferta para que el anti-franquismo aceptara la transformación de dictadura a monarquía fue clara y atractiva: enriquecimiento y poder de gestión; es decir, poder de gestión para enriquecerse; y, subsiguientemente, entrada en el club de los poderosos, de los vencedores, y formar, amalgamados en los pasillos y bar del Congreso, la misma clase política dedicada al saqueo del dinero público, el deporte favorito de todos los clanes franquistas. Una oferta a la que no se podían negar ni se negaron; al fin y al cabo, uno esta en la política por amor al poder y al dinerito, el resto es propaganda electoral. La transición fue el momento más débil de la Monarquía y fue el momento que más apoyos consiguió de la izquierda colaboracionista (PSOE – PCE), en función de un sentido nacional ? nacionalista de la situación. Algo así había ocurrido tras la II Guerra Mundial en países como Francia e Italia: las izquierdas (partidos comunistas en especial) optaron por la salida de unidad nacional, capitaneada por De Gaulle en Francia o por la Democracia Cristiana de De Gaspari en Italia, frente a cualquier salida progresista o revolucionaria. Ya entrados en el siglo XXI, con la corona consolidada, el republicanismo repunta, con algún problema de hostigamiento policial y judicial no demasiado significativo, como una opción más de la mano, entre otras, de alguna de las siglas que la apoyaron en sus momentos más difíciles. ¿Retornarán tales siglas a apoyar a la Monarquía, en otros eventuales momentos difíciles? ¿Se busca, quizás, una república capitaneada, como la monarquía en la transición, por los mismos poderes reales? Ahí está la experiencia histórica, que cada cual se responda. Pero es el caso que existe un republicanismo posibilista y en ciernes en el seno del actual régimen, que se plantea la eventualidad de una república producto de un pacto parecido e igual de ?sensato? que el que dio origen al acuerdo constitucional de 1978, sobre la base de la aceptación de la monarquía heredada de Franco. En tal sentido, pudimos leer el pasado 6 de diciembre de 2008, en el diario monárquico EL PAÍS que: ?La voluntad de establecer una sociedad democrática avanzada, que declara el preámbulo de la Constitución, aconseja caminar en una dirección republicana. Pero esa empresa requeriría unas fuerzas políticas tan maduras y cuerdas como las que pilotaron la tarea constituyente?? República: ¿qué sentido y que contenidos? Lo que nos hace plantearnos que las fuerzas políticas que ?pilotaron? aquélla nave son las mismas que hoy pilotan el estado monárquico y no parecen muy inclinadas a una ?democracia avanzada?. Por cierto, ¿qué es exactamente eso de una ?democracia avanzada? y en qué sentido es incompatible con la actual monarquía? No vendría mal aclararlo, pues creemos que en tal aclaración está la avellana de una alternativa republicana. Todos estos elementos existen hoy y están actuando. Si, por ejemplo, el PSOE hizo posible la entrada de lleno de España en la OTAN; ese mismo PSOE, base fundamental de la monarquía, pudiera ser la clave, llegado el caso, de una república al gusto de los poderes reales en España y fuera de España. En 1983, siendo jefe de gobierno, F. González declaró al periodista inglés Robert Graham que el PSOE no era republicano, sino ?accidentalista?? ?en cuanto al modelo de Jefatura del Estado?. Es decir, que para él la república no era sino un mero accidente que sólo tiene que ver con la titularidad en la Jefatura del Estado. Nada más allá, nada diferente en cuanto a todo lo demás. Extremo a meditar, pues si la república no va a significar otra cosa que el cambio en la ?titularidad de la Jefatura del Estado? no puede decirse que sea capaz de despertar demasiados entusiasmos. Plantear así las cosas era muy propio de González, accidentalista monárquico hasta los tuétanos y muy en su papel de minusvalorar hasta extremos meramente de etiqueta la cuestión republicana. Por otro lado, sin embargo y por ejemplo, la crisis económica podría facilitar el avance de un republicanismo democráticamente avanzado pero, desde luego, no lo está haciendo; al menos, no de manera mínimamente apreciable. Se ha perdido el sentido de que las crisis son una oportunidad para cambiar y no un momento de ?unión nacional? para salir de ella a costa de los de siempre, que es, justamente, lo que está ocurriendo. Quizás, en este sentido, no vendría mal reflexionar sobre qué práctica política y qué objetivos políticos se propondría una tercera república. Me preguntaba un amigo, a modo de broma, pero no tan broma, si una república mantendría los parquímetros, por que caso de hacerlo a él le daría igual. También me preguntaba sobre las relaciones Iglesia Católica ? Estado español; ¿seguirán los privilegios de una confesión históricamente nefasta?: privilegios en la educación, privilegios económicos, privilegios políticos,? ¿Seguirá la carcundia católica dominando las calles cuando le pete, despreciando las normas democráticas de convivencia y convirtiendo en problemas políticos lo que no ha de salir del ámbito de las conciencias? Una carcundia, por cierto, supersticiosa y medievalista que está presente con fuerza en dirigentes del PSOE como ese tal Bono, pintoresca supervivencia filo-clerical donde las haya. No es un problema fácil que pueda resolverse con una línea o una palabra (laicidad) escrita en un programa supuestamente progresista. Hay católicos, y muchos, en España, con los que no es difícil dialogar en el terreno social y hasta político, pero también hay católicos ramplones, de escapulario y misa, de supersticiones muy arraigadas y hasta no pocos jóvenes fanatizados, que constituyen un problema social y humano a desentrañar con paciencia y resolver sin traumas. Un problema que la misma esencia monárquica y constitucional (constitución confesional) no hace sino añadir dificultades para su resolución democrática. Una república no es una cuestión de mera imagen, de quitar una familia de parásitos y poco o nada más. Se trata, y tenemos tiempo, de debatir sobre contenidos. Contenidos que tienen que ver con lo que entendemos o no entendemos por democracia, con lo que entendemos o no entendemos sobre control político permanente de los electores sobre los elegidos, de acabar con el aforamiento de los diputados y senadores (un privilegio que echa por tierra la igualdad ante la ley de todo los ciudadanos); de lo que entendemos o no entendemos por reformas democráticas en la estructura económica del país y en su sector financiero, y un largo y espinoso etcétera que supera y plantea en términos diferentes los discursitos que se recitan de carrerilla sobre lo ?sostenible?, lo ?ecológico?, la ?igualdad de derechos? y otros recitados obligatorios en el profesionalismo político institucional que, a base de tanto repetirlos como enunciado, todo el mundo cree saber de qué se trata, pero que quedan en una nebulosa y, en la mayoría de los casos, en pura patraña electoralista por parte de todos, a la espera de otros cuatro años para elegir a los mismos o a otros que hacen esencialmente lo mismo y que olvida plantear seriamente el cómo, cuándo y de qué manera, lo que exigiría la previa de establecer las bases de una democracia de otro tipo, no perfecta, pues nada hay perfecto, pero sí más avanzada en cuanto a unas leyes y procedimientos específicos de control ciudadano que sean ejecutivos y no meramente líricos. Una democracia que, para serlo, se cuestione el poder real de unos pocos y la necesidad de aumentar el poder real de la mayoría. Una república que plantee dar pasos hacia un sistema de menos política electoralista y menos estado burocrático a cambio de más sociedad, más intervención social y más control social. La pensadora francesa Simona Weil dijo en 1943 que no le importaba demasiado cómo se elegían a los autodenominados representantes del pueblo, pero que sí le interesaba y mucho cómo se les controlaba. En esto, el aforamiento, por ejemplo, es un factor determinante de impunidad y corporativismo político inadmisible en una democracia medianamente seria. Por poner un ejemplo, vamos, de algo que ningún diputado (por la cuenta que le trae) ha planteado y que un republicano debería plantearse. O por no hablar del sistema electoral o de la revocabilidad permanente de un elegido por sus electores o de que se considere fraude electoral, con su correspondiente inclusión en el código civil o, eventualmente, en el penal, el incumplimiento del programa electoral? ¿Y de la autodeterminación de los pueblos que así lo deseen? ¿O queremos que la república meta los tanques en Euskadi? De hecho, algunos republicanos así lo desean aunque no lo digan en público y podría citar hasta nombres y apellidos. En fin, como se ve, si queremos una república que no sea una nueva transición, correspondiente a los eventuales nuevos tiempos que puedan venir, al servicio y conveniencia de los mismos que, aun cediendo en algunos aspectos, mantuvieron lo esencial de su poder e intereses intactos tras la muerte de su jefe el general Franco, creo que se debería pensar en todo eso y, desde luego, en muchas otras cosas. Al menos a mi, no me vale con que una familia de listillos parásitos pase a ganarse la vida trabajando como casi todo el mundo o al exilio dorado. No es suficiente para dar cuerpo a una república del futuro y con futuro para el pueblo.

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Entrevista con Robert M. Fishman sobre movimientos sociales

Salvador López Arnal

Entrevista con Robert M. Fishman sobre movimientos sociales:

“La relevancia de los movimientos se basa en su capacidad de mover a las personas que no obedecen una disciplina de partido, que no tienen mucho poder y que muchas veces no tienen una organización férrea o previsible detrás de lo que hacen.”

Salvador López Arnal

El Viejo Topo,  diciembre de 2008.

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La democracia como movimiento*

Joaquín Miras Albarrán

(*) Ponencia presentada en las jornadas sobre Democracia organizada por espaimarx en mayo de 2008.

 

Amigos: Joan ha expuesto el título del tema sobre el que quiero hacer hoy algún comentario: La democracia como movimiento. Pero antes, conviene que nos detengamos un poco en el significado y en la historia de la palabra democracia. La palabra democracia, como la palabra república, la palabra ciudadanía, la palabra asamblea, la palabra soberanía, que nos podemos encontrar en nuestras lenguas con algún matiz secundario distinto, quizá, entre ellas, y que proceden de las lenguas y la cultura greco latina, todas estas palabras, como digo, pertenecen a un depósito, a un saber. Ciudadanía, soberanía, dictadura, proletariado, patricios y plebeyos constituyen una constelación de palabras que se interrelacionan, que se dan sentido las unas a las otras y pertenecen a un depósito cultural de saber político que en estos momentos estamos denominando, creo que correctamente, como republicanismo. Es una buena palabra también republicanismo, que hemos fraguado en los últimos 20 o 25 años para referirnos a este depósito.

 

¿Qué es este republicanismo, qué es este depósito? Como previa, para darle un valor a la palabra democracia, hay que situar que este depósito que llamamos republicanismo es una tradición praxeológica, por usar una palabra técnica; una tradición praxeológica de pensamiento político. ¿Porqué tradición praxeológica? Estas palabras, no han sido inventadas por sabios científicos. Así como, por ejemplo, que la hipotenusa es la raíz cuadrada de la suma de los catetos al cuadrado fue inventado por alguien, estas palabras no tienen inventor, no tienen teórico científico que las construyera, que las elaborara. Tradición praxeológica quiere decir que proceden como saber reflexionado de luchas sociales tremendas, colectivas, sociales, que se dieron en la historia, que han sido mantenidas en uso a través de las generaciones, y han cambiado incluso de sentido y se han enriquecido, como consecuencia y resultado de tremendas luchas sociales colectivas que han ido produciéndose tras la aparición de esa tradición de pensamiento, a lo largo de la historia. Esto es lo que quiere decir que son una tradición praxelógica. En todo caso estas palabras son el producto de un saber segundo, el resultado de la reflexión de individuos que se pusieron a pensar sobre lo que había pasado, sobre la experiencia de lucha, -y las experiencias de lucha han de ser colectivas, sociales-, e intentaron mediante esta reflexión sobre su acción, recoger su experiencia de vida en palabras, en expresiones.

 

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Germán Rodríguez, Rodolfo Martín Villa, Sogecable y fiestas de cumpleaños

Salvador López Arnal

Germán Rodríguez, Rodolfo Martín Villa, Sogecable y fiestas de cumpleaños.

Salvador López Arnal

A Germán Rodríguez, in memoriam

Lo recordaba ayer Javier Ortiz –Público, 7 de julio de 2008- y, en otras ocasiones, oportunamente (J. L. Borges, “La memoria no acuña su moneda”), otros colaboradores de rebelión han hablado de ello: el joven Germán Rodríguez caía asesinado el 8 de julio de 1978 en la plaza de toros de Pamplona. Hace de ello 30 años.

Al finalizar la tradicional corrida sanferminera, tras haberse desplegado una pancarta en los tendidos de la plaza, amparándose en esa excusa (“politizan la fiesta”, dijeron), una compañía de policías “antidisturbios” (id est, una compañía de la policía fascista) entró en el ruedo pamplonés. A sangre y fuego, cargando contra los ciudadanos que se disponían a salir del tendido, disparando a discreción y arrollando a cualquiera que se les pusiese por delante.

Cuentan las crónicas fiables, que los asistentes se refugiaron de nuevo en las gradas y desde allí se defendieron como pudieron lanzando botellas y almohadillas hasta que las “Fuerzas de Seguridad del Estado” tuvieron que retirarse. Para entonces, Germán Rodríguez yacía con un balazo en la cabeza. Era militante de la LKI, la Liga Comunista Revolucionaria, un grupo de la izquierda comunista de orientación trotskista cuyos postulados defienden ahora admirablemente compañeros vinculados a Espacio Alternativo y a la Fundación Andreu Nin.

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Imágenes fascistas en el Congreso de Diputados

Salvador López Arnal

     A la manera del Tractatus, que era la forma en la que Manuel Sacristán solía escribir el esquema de sus conferencias, clases y seminarios.

     1. IU, ERC y BNG son las únicas fuerzas políticas que hasta el momento han reprobado la actitud de la tercera autoridad del Estado el pasado 14 de junio. A ellas se ha sumado un diputado -sólo uno, acaso no haya más, no lo sé- de Izquierda Socialista. Tomen nota si les parece oportuno.

     2. Rosa Díez, de UpyD, ha salido en defensa de la tercera autoridad. El argumento esgrimido es el siguiente: “La ley no puede someterse a las emociones”. Cópienlo y sitúenlo, si no les importa, en un archivo donde no pueda habitar el olvido.

     2.1. Les recuerdo algunos de los intelectuales que apoyaron su candidatura: Mario Vargas Llosa, Fernando Savater, Antonio Muñoz Molina, Álvaro Pombo. Matizo por si fuera necesario: no digo que hayan apoyado estas declaraciones, digo que apoyaron la fuerza política que preside la autora de estas curiosas declaraciones en las últimas elecciones legislativas.

     3. El Congreso de Diputados aprobó en la pasada legislatura un ley de la memoria histórica que pretendía situar el franquismo donde debía ser situado hacía tiempo: en el poblado libro universal de la infamia (¿O acaso no se pretendía eso?).

     3.1. Sin entrar en valoraciones de la ley, la actividad parlamentaria del IU-ICV, y sus asesores (Carlos Jiménez Villarejo entre otros) fue esencial para que la ley presentase una cara más amable que en sus versiones originales. ¿Se imaginan, recuerdan ustedes esas primeras versiones que probablemente tuvieron a antiguos miembros de IU –renovadores, muy renovadores- como redactores?

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Els costos democràtics de la Monarquía

Vicenç Navarro

Els costos democràtics de la Monarquia

Vicenç Navarro. Catedràtic de Ciències Polítiques de la Universitat Pompeu Fabra

Una actitud generalitzada en els establishments polítics i mediàtics de Catalunya i d’Espanya és que el sistema monàrquic en el nostre país està funcionant molt bé, aportant estabilitat política i social. Segons aquesta versió convencional reproduïda en la major part dels mitjans d’informació i persuasió del país, el Monarca és una mera figura simbòlica mancada de poders i homologable a qualsevol altra Monarca d’Europa. Aquesta imatge de la Monarquia és, a més d’errònia, perjudicial per a la cultura democràtica de Catalunya i Espanya. És, a més, fàcilment demostrable que no correspon a la realitat. Quants Reis europeus intervenen a les conferències internacionals? Hem vist recentment la poca educació democràtica mostrada pel rei en una d’aquestes conferències (Santiago de Xile), quan en to altiu i arrogant, típic de la dreta espanyola, va exigir a un altre cap d’Estat que callés (fet que, com era previsible, va mobilitzar els mitjans d’informació i persuasió del país per a aplaudir tal grolleria, presentant-lo com a part de l’enaltiment nacional). Però els costos de tal promoció de la Monarquia per a la cultura democràtica del país han estat molt grans. S’ha promocionat el rei com el qui va portar la democràcia a Espanya, la qual cosa, a més de ser fals (falsedat que és fàcilment demostrable) oculta les causes reals de la fi de la dictadura i de l’establiment de la democràcia, que varen ser les mobilitzacions socials liderades pel moviment obrer. El 1976, any decisiu en la Transició, hi va haver 1.438 dies de vaga per cada mil treballadors (la mitjana de la Comunitat Europea va ser de 390 dies), i en el sector industrial tal xifra va arribar als 2.085 dies (quan el promig de la CEE era de 595), situació d’agitació obrera que es va repetir al 1977. El Rei, a través del seu primer govern, va intentar reprimir aquestes protestes, perquè estava temorós que –tal com va indicar el seu propi Ministeri de Governació– trontollés el seu mandat. I varen ser aquelles mobilitzacions les que varen forçar que les primeres propostes fetes pel seu govern (que intentaven establir un sistema molt poc democràtic) hagués d’obrir-se i acceptar un sistema democràtic, encara que va poder imposar un ordre constitucional, que a més de no acceptar la plurinacionalitat de l’Estat Espanyol, reproduís el domini i privilegis d’institucions tals com l’Exèrcit, l’església, la judicatura, el món empresarial i banquer, les Reals Acadèmies, i moltes altres institucions que constitueixen els pilars de les dretes tant espanyoles com catalanes. Aquestes forces són responsables del gran retard social de Catalunya i d’Espanya (que tenen la despesa pública per habitant més baixa de la Unió Europea dels 15) i de la democràcia tant incomplerta que tenim (on les veus crítiques al cap d’Estat i al sistema que sosté són molt poques, moltes menys, per cert, que les veus crítiques al cap d’Estat de Veneçuela en el seu país, al qual el rei va criticar intentant donar-li lliçons de comportament democràtic).

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