Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Diálogo si, expulsiones no

Doris Ensinger

El artículo “Aulas secuestradas”, del compañero Culla, publicado en El País el 12 de diciembre, me induce a las siguientes consideraciones:

No puedo evitar recordar los años sesenta y el movimiento estudiantil que entonces sacudió las universidades alemanas, europeas, de todo el mundo, y también las sociedades. Unas autoridades autoritarias, las políticas y académicas, se negaron “sistemáticamente” a discutir sobre “el sistema”, sobre las estructuras universitarias, formas y contenidos académicos, la validez de exámenes… Y entonces, una “pequeña minoría radical” tomó la iniciativa y con sus reivindicaciones consiguió que cada vez más estudiantes tomaran consciencia de la situación y apoyaran el movimiento con sus exigencias de una reforma más que necesaria del sistema universitario y político-social. Además, el movimiento estudiantil este tomó mayor envergadura como consecuencia de las intervenciones policiales cada vez más violentas que culminaron con la muerte del estudiante Benno Ohnesorg, el 2 de junio de 1967, en Berlín-occidental a manos de los disparos de un policía. En aquel entonces, los políticos, la gente de la calle, los medios decían lo mismo que se puede escuchar y leer hoy: que los estudiantes (titulados entonces ‘monos de melena larga’) estudien y que no se paseen por las calles y que no despilfarren el dinero del contribuyente. Las autoridades creían tener la razón y “no cedieron ante las coacciones y las piedras”.  ¿Cómo terminó todo esto? Al final, el gobierno de Willy Brandt, a partir de 1970, asumió todas y cada una de las reivindicaciones del movimiento estudiantil. Además, asumió sus propios errores, tanto policiales como judiciales, decretando la amnistía de todos los estudiantes condenados por daños, desorden público, resistencia contra la autoridad etc.

Las discusiones sobre “Bolonia” se tendrían que haber iniciado hace años, no en el momento de la implantación de la reforma, y por cierto impulsadas por los propios rectores, decanos y profesores y no esperando las movilizaciones de los estudiantes. Se tendrían que haber analizado con calma todos los cambios que implica este Espacio Europeo de Educación Superior (EEES). Así se hubiera podido analizar y discutir sosegadamente sobre las consecuencias de esta reforma: que no sólo ofrece la homologación de títulos (ya se verá si es tan automática) y la movilidad (ya se verá quien la podrá costear), sino que lleva consigo la conversión del actual sistema universitario en un sistema escolar, en una “fábrica de pensamiento” dominado por el mercado y la economía, vaciada por completo de todo lo que hasta ahora significaba una universidad, puesto que el pensamiento libre, crítico y analítico, la investigación en búsqueda de la verdad científica ya no cabrán en un espacio dominado por el máximo rendimiento (económico) y la competencia y una “hiperburocratización” (control absoluto de todo y todos, evaluación continua con el efecto psicológico para muchos estudiantes de miedo continuo).

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Proceso electoral del 23-N fue transparente

Modaira Rubio

“La derecha europea ya no puede decir que hay dictadura en Venezuela”

“El PSUV debe enfrentarse a la lucha de clases en su interior”

“El Estado debe controlar la inversión productiva con interés social”

El economista italiano, Luciano Vasapollo, profesor de la Università degli Studi di Roma La Sapienza, estuvo en nuestro país como observador internacional en el proceso del 23-N. Tribuna Popular y Debate Abierto conversaron en exclusiva con él sobre los resultados electorales y la coyuntura actual del proceso revolucionario venezolano.

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Bolivia: Una guerra que había comenzado hace mucho tiempo

Ramiro Lizondo Díaz

ALAI AMLATINA

Para quien se interese en la historia, podrá darse cuenta que la de Bolivia, es la de las masacres indígenas, campesinas y obreras desde la colonia hasta hoy. La República se sostuvo sobre la explotación de la fuerza de trabajo indígena y la base de recursos naturales, hasta hoy. El expolio y explotación consolidó una estructura social e institucional vinculada a la producción y exportación de materias primas, consolidando en el largo plazo, una condición de dependencia que lo convirtió en uno de los países más pobres del hemisferio occidental.

Con una organización social extremadamente estratificada y un horizonte estatal frágil el transcurrir de su historia estuvo marcado por la exclusión y masacre. Los pueblos originarios nunca dejaron de manifestar sus anhelos de libertad, como lo prueban las innumerables sublevaciones, tanto las que culminaron con el gran alzamiento de 1780, como también las que se realizaron contra las haciendas, durante la República. Algunas de estas sublevaciones indígenas y campesinas tuvieron una magnitud enorme no sólo por el esfuerzo de la movilización y la tragedia que representó la masacre sino por la memoria y la herencia emancipatoria transmitida de generación en generación. Las de 1874 y 1899, tanto en las tierras altas como en las tierras bajas del país, ya en el siglo XX no dejarían de ser movilizaciones que terminarían en nuevas masacres como la rebelión de Jesús de Machaca en 1921 o la de Chayanta en 1928.

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Argentina: Endeudamiento hasta el infinito

José Castillo

 (LA ARENA)

La Presidenta anunció que pagará toda la deuda pendiente con el Club de París. Lo hará de contado y apelando a las reservas de libre disponibilidad del Banco Central. Se trata de una medida similar a la que implementó Néstor Kirchner para cancelar la deuda con el FMI.

Este pago de contado que se realiza en el mismo momento en que se sostiene, desde distintas instancias del gobierno, que no hay dinero para dar respuesta a reclamos de docentes, estatales y profesionales de la salud que en muchos lugares del país reclaman por sus haberes.

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¿A quién pretende engañar el Sunday Times de Londres?

Gilad Atzmon

¿A quién pretende engañar el Sunday Times de Londres?

Gilad Atzmon. Palestine Think Tank

Traducido para Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala por Manuel Talens

En 2003 escribí lo siguiente: “Si de verdad nos preocupa la paz del mundo debemos alcanzar un equilibrio de poder y, para ello, los pueblos oprimidos han de tener acceso al armamento más avanzado… El equilibrio de poder es la única vía para la paz.”

Hoy, cuando Israel y los grupos de presión que lo apoyan están haciendo todo lo posible por arrastrarnos a una tercera guerra mundial, creo necesario repetirlo. La única manera de librar al Oriente Próximo y al mundo entero de otro ciclo sangriento es dejar que los iraníes obtengan su juguete nuclear. Pero la cosa va incluso más lejos, pues la única manera de salvar al Estado judío de su feroz exhibición de omnipotencia beligerante es permitir que Irán entre lo más pronto posible en el club nuclear. Lo único que puede enfriar el genocida entusiasmo sionista es un abrumador poder de disuasión iraní.

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Palabras, hechos, acciones.

Dicen los que saben que para los filósofos presocráticos, más en general, para la cultura griega anterior a Platón y Aristóteles, no era concebible la teoría alejada de la práctica. El saber no era una simple mercancía intercambiable basada en la contemplación no contaminada por la acción. Para los primeros griegos “theorien” era un modo elevado, acaso el más enérgico, de la actividad humana.

Definitivamente no vivimos en época clásica. Veamos algunos ejemplos.

I.

Hechos: hemos tenido conocimiento esta semana de la muerte de 28 personas que han intentado llegar en embarcaciones a las costas españolas. En el último desastre conocido, han fallecido 6 adultos, que fueron arrojados al mar, y nueve niños de edades comprendidas entre 1 y 4 años. La embarcación, con 48 miembros a bordo, había partido hacía una semana de Marruecos rumbo a las costas andaluzas. La tragedia se suma a la muerte de 14 personas frente a la costa de Motril el pasado lunes.

Se han contabilizado, según la federación de asociaciones de SOS racismo, más de 4.000 muertos y desaparecidos entre 1998 y 2007. De las personas que se aventuran, el mar se traga un tercio, de cada tres personas que lo intentan, una perece en el intento.

Las mujeres suelen salir peor paradas. Los organizadores las ofrecen como mercancía sexual a los funcionarios que controlan las fronteras. Es una de la causas de muchos embarazos, no la ilusión de que sus hijos nazcan en España.

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Nuestra región es el reino de las paradojas

Eduardo Galeano

Eduardo Galeano acaba de ser nombrado primer Ciudadano Ilustre del Mercosur. Al recibir la distinción, pronunció este discurso:

Brasil, pongamos por caso: paradójicamente, el Aleijadinho, el hombre más feo del Brasil, creó las más altas hermosuras del arte de la época colonial; paradójicamente, Garrincha, arruinado desde la infancia por la miseria y la poliomelitis, nacido para la desdicha, fue el jugador que más alegría ofreció en toda la historia del fútbol y, paradójicamente, ya ha cumplido cien años de edad Oscar Niemeyer, que es el más nuevo de los arquitectos y el más joven de los brasileños.

O pongamos por caso, Bolivia: en 1978, cinco mujeres voltearon una dictadura militar. Paradójicamente, toda Bolivia se burló de ellas cuando iniciaron su huelga de hambre. Paradójicamente, toda Bolivia terminó ayunando con ellas, hasta que la dictadura cayó.

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Homenaje a Manuel Marulanda

James Petras

Rebelión

Traducido para Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala por Manuel Talens. Dibujo de José Mercader.

Pedro Antonio Marín Marín, más conocido como Manuel Marulanda Vélez y "Tirofijo", era el líder máximo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Fue, sin duda alguna, el campesino revolucionario más grande de la historia del continente americano. Durante sesenta años organizó movimientos campesinos y comunidades rurales y, cuando todas las vías democráticas legales se le cerraron de forma brutal, creó el ejército guerrillero más poderoso de América Latina y las milicias clandestinas que lo sustentaban. En su época de mayor apogeo, entre 1999 y 2005, las FARC contaban con casi 20.000 combatientes, varios cientos de miles de campesinos activistas y cientos de unidades de milicias comunales y urbanas. Incluso hoy, a pesar del desplazamiento forzoso de tres millones de campesinos como resultado de las políticas de tierra quemada y las masacres del gobierno, las FARC tienen entre 10.000 y 15.000 guerrilleros en sus numerosos frentes distribuidos por todo el país.

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La incógnita de Bolivia

Jesús Sánchez Rodríguez

La actual coyuntura política en Bolivia invita nuevamente a la reflexión en torno a la novedosa estrategia de la izquierda inaugurada con la revolución bolivariana en Venezuela. Novedosa en cuanto un proceso que expresa voluntad de cambios profundos en las esferas social, política y económica, e incluso llega a definir su objetivo a veces como el socialismo del siglo XXI, puede proseguir su andadura, a pesar de graves agresiones que han llegado hasta  el golpe de Estado fracasado en Venezuela. En la memoria está fresco el caso de la experiencia chilena que, con una estrategia similar, fue derrotada sangrientamente, pero que fue una precursora clara de la actual estrategia implementada de manera avanzada en Venezuela y Bolivia.

Por su parte, las fuerzas defensoras del status quo, tanto en estos dos casos como en Chile, ponen en acción estrategias que tienden a bloquear y acabar con el proceso revolucionario. Evidentemente, buscan el punto más débil del proceso, o el punto donde dichas fuerzas tienen más capacidad de acción. En Chile fue a través de la huelga de los gremios y la obstrucción legislativa como se busco degradar la situación económica y bloquear los proyectos gubernamentales, especialmente el del Área de Propiedad Social. En Venezuela el objetivo se centró en la empresa PDVSA. Ambos casos conocieron el fracaso de esas estrategias para acabar con los respectivos gobiernos de Allende y Chávez. Sin embargo el arma definitiva utilizada por la contrarrevolución para acabar con ambas experiencias, el expediente del golpe militar, fracaso en Venezuela, pero tuvo éxito en Chile, eso sí, tras varios ensayos previos fracasados como el asesinato del comandante en jefe del ejército René Schneider días antes de la investidura de Allende, y el tancazo de junio de 1973. En Bolivia las fuerzas opositoras al gobierno de Evo utilizan como punto de apoyo de la palanca con que derribarle un proceso secesionista de las regiones más ricas del país, pero, afortunadamente, no ha tenido lugar una asonada militar.

Es importante recordar en estos momentos una disertación del vicepresidente boliviano Álvaro García Linera del 17 de diciembre de 2007[1] en la que califica como crisis del Estado neoliberal el proceso abierto en Bolivia en 2000-2001, esta crisis continua desemboca en una segunda etapa, calificada de “empate catastrófico”, que necesariamente  debe llevar a un desempate entre las fuerzas en liza, momento histórico que denomina como “punto de bifurcación” en el que, o triunfa la contrarrevolución, o se consolida el nuevo Estado. El vicepresidente señala, en esos momentos, que el punto de bifurcación en Bolivia es cuestión de muy poco tiempo, y recuerda dos de esos momentos en la historia de Bolivia, el primero con una insurrección armada y el segundo con una exhibición y medición de fuerzas. Su apuesta y deseo es que este tercer “punto de bifurcación” inminente tome la forma de “resolución democrática”, es decir, mediante tres referéndums.

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Burgués sí, pero, ¿reformista?

Atilio A. Boron

En el marco del desafío planteado por el lockout de los empresarios agrícolas se planteó el debate sobre los alcances políticos de la medida. En estas páginas, el sociólogo Eduardo Grüner argumentó que estaba en juego la legitimidad del Estado       para intervenir en la economía y alertaba sobre los peligros ‘si la derecha gana’. El politólogo Atilio Boron se suma a la polémica cuestionando el ‘reformismo’ del actual gobierno.

Eduardo Grüner publicó un interesante y sugestivo artículo con el título ‘¿Qué clase(s) de lucha es la lucha del ‘campo’?’ (Página/12, 16 abril 2008) con el cual tengo algunos acuerdos pero también bastantes discrepancias. Quisiera tratar sólo una de éstas: su definición, a mi modo de ver muy generosa, del kirchnerismo como un gobierno ‘reformista-burgués’. Sin embargo, esta caracterización provocó pocos días después la crítica de José Pablo Feinmann quien dijo que sería infantil esperar que el gobierno de Cristina fuera ‘revolucionario socialista’. Y agregó, ‘hoy, un gobierno reformista burgués es mucho más de lo que la Sociedad Rural, todo el establishment y los Estados Unidos están dispuestos a aceptar en América latina. Al reformismo burgués le dicen populismo y, para ellos, es la peste’. Es cierto que el reformismo burgués sigue siendo tan inaceptable hoy como en 1954, cuando el ensayo tímidamente reformista burgués de Jacobo Arbenz en Guatemala fue ahogado en un baño de sangre, y el Che conoció muy bien esa historia como para sacar las adecuadas lecciones del caso. Pero, ¿sobre qué base califican tanto Grüner como Feinmann al gobierno de los Kirchner como ‘reformista’? ¿Cuáles fueron las reformas que impulsaron y ejecutaron? Por supuesto, no es este el lugar para realizar un balance de lo actuado en el período abierto con la asunción de Néstor Kirchner el 25 de mayo del 2003. Digamos, eso sí, que el mayor acierto del período fue la política de derechos humanos, más allá de algunas inconsistencias (entre otras cosas, expresadas en la total incapacidad para proteger testigos como Julio Jorge López, desaparecido como en los tiempos de la dictadura) y que el otro logro de la gestión, menos importante que el anterior, se produjo en el campo de la política exterior, acompañando –no obstante sin mayor protagonismo– el embate de Chávez en contra del ALCA. No obstante, mismo en este terreno el panorama no dejó de tener llamativos contrastes porque simultáneamente Kirchner rechazaba reiteradas invitaciones para visitar Cuba, se mantenía al margen de la Cumbre de los No Alineados realizada en La Habana y viajaba a Nueva York, en 2006, para participar en la Asamblea General de la ONU rematando su viaje con una insólita visita a la Bolsa de Valores de Nueva York y declaraciones, a cuál más desafortunada, sobre el futuro capitalista de la Argentina. Para colmo, el año pasado cedió ante la presión de Washington e impulsó la aprobación, con fulminante rapidez, de una absurda legislación ‘antiterrorista’ que en manos de cualquier otro gobierno puede ofrecer el marco legal necesario para la completa criminalización de la protesta social y la disidencia política. Esos son los dos puntos fuertes del kirchnerismo, ayer y hoy. Admitido. Pero, ¿dónde están las reformas que excitan la generosidad de Grüner y la réplica de Feinmann? No las veo. Para los incrédulos los invito a comparar la gestión del kirchnerismo ya no con el reformismo socialdemócrata escandinavo sino con las del primer peronismo, el del período 1946-1950. En aquellos años se fortaleció al movimiento obrero, se aprobó una vasta legislación laboral sin parangón en la periferia capitalista (vacaciones pagas, aguinaldo, jubilaciones, estabilidad laboral, indemnizaciones por despidos, tribunales de trabajo, accidentes laborales, obras sociales, etcétera), se creó el IAPI, el Banco de Crédito Industrial, la flota mercante del Estado, Aerolíneas Argentinas, y se nacionalizaron el Banco Central, los depósitos bancarios, los ferrocarriles, los teléfonos, la electricidad y el gas. Durante su exposición en la Cámara de Diputados, en 1946, Perón pronunció, a propósito de la nacionalización del Banco Central, unas palabras que es oportuno recordar en los tiempos que corren en donde el pensamiento único no cesa de alabar las virtudes de la supuesta independencia de los bancos centrales. ‘¿Qué era el Banco Central? –se preguntaba Perón–. Un organismo al servicio absoluto de los intereses de la banca particular e internacional. Por eso, su nacionalización ha sido, sin lugar a dudas, la medida financiera más trascendental de estos últimos cincuenta años.’ Aparte de eso, el Estado pasó a ocupar un lugar decisivo en la promoción de la industrialización y sus obras públicas –caminos, diques, escuelas, hospitales– cubrieron prácticamente toda la geografía nacional. Además se sancionó una nueva Constitución, en 1949, en la cual se establecía una serie de derechos sociales a tono con las conquistas que en ese terreno se estaban produciendo en el capitalismo europeo.     Un Estado inexistente ¿Y ahora? El Banco Central está en manos de un Chicago boy y la obra pública paralizada. El Estado, destruido por el menemismo, sigue postrado: no puede apagar un incendio de pastizales en una llanura porque carece sea del dinero, o de la idoneidad, para adquirir un avión hidrante canadiense que cuesta menos de veinte millones de dólares y que hubiera acabado con el fuego en un santiamén; no puede abastecer de monedas a la población; no puede regular ni supervisar el funcionamiento de las empresas privatizadas, y entonces los usuarios del ferrocarril periódicamente incendian estaciones y formaciones para hacer oír su protesta; no puede cobrarle impuestos a Aeropuertos 2000 y entonces se asocia en calidad de ‘socio bobo’ y minoritario a la empresa en lugar de exigir el pago de lo adeudado; no puede garantizar que los caminos y rutas privatizadas estén en correcto estado de mantenimiento mientras decenas de viajeros mueren a diario en horribles (y evitables) accidentes; asiste de brazos cruzados a la desintegración de la red ferroviaria nacional y como única política propone un ‘tren bala’; no exige a las aerolíneas privatizadas que cumplan un diagrama de vuelos que sirva para integrar las principales ciudades del país, que los fines de semana se quedan aisladas; se muestra indiferente ante el saqueo de los recursos naturales, desde el petróleo y el gas hasta los minerales, y ante el gravísimo deterioro del medio ambiente causado por las explotaciones mineras; prosigue sumido en un estupor catatónico ante el calamitoso derrumbe de la educación y la salud públicas, sin que se le ocurra poner un centavo para remediar la situación, al paso que se ufana de los 50.000 millones de dólares atesorados –al igual que Harpagón, el protagonista de El avaro de Molière– mientras el pueblo pasa hambre, no puede educarse ni cuidar de su salud. Pese a disponer de una mayoría absoluta en ambas Cámaras del Congreso –que vota a libro cerrado cualquier proyecto que ordene la Casa Rosada–, Kirchner no envió una sola propuesta para reformar la estructura tributaria escandalosamente regresiva de la Argentina o para establecer una legislación que posibilitase un combate efectivo contra el desempleo, la exclusión social y la pobreza. Tampoco iniciativa alguna para recuperar el patrimonio nacional rematado durante el menemismo. Un gobierno que, por otra parte, a más de cinco años de inaugurado todavía no definió una política de distribución de ingresos, consolidación del mercado interno y desarrollo nacional. Es cierto que se disminuyó la proporción de pobres e indigentes, pero ésta aún se encuentra por muy encima de los valores existentes al inicio de la actual fase democrática de la Argentina, hace un cuarto de siglo. Con un agravante: que este gobierno dispuso de una coyuntura económica excepcional, como ningún otro en nuestra historia, lo que torna aún más imperdonable que una parte al menos de esa riqueza no hubiera llegado a satisfacer las demandas populares. Y pese a sus estentóreas denuncias en contra de la dictadura, dos piezas maestras de ese régimen: la Ley de Entidades Financieras y la Ley de Radiodifusión continúan en vigencia hasta el día de hoy. La renta financiera sigue estando libre de impuestos así como las ganancias resultantes de la venta de sociedades anónimas. Y el Gobierno sigue sin otorgarle el reconocimiento oficial a la CTA y convalidando, de ese modo, el control político de los sectores populares en manos de una burocracia cuyo desprestigio es absoluto. Esto explica, en gran medida, la indiferencia popular ante la ofensiva del mal llamado ‘campo’: el pueblo no salió a la calle a defender su gobierno porque no lo siente suyo. Y tiene razón. Sería bueno que el Gobierno dedicara algún tiempo a reflexionar sobre la génesis de esta alarmante pasividad popular. La anterior es una lista incompleta y parcial, pero suficiente para demostrar que bajo ningún criterio mínimamente riguroso estamos en presencia de un gobierno reformista. Es un gobierno ‘democrático burgués’ (con todas las salvedades que suscita esta engañosa expresión), pero donde el componente ‘burgués’ gravita mucho más que el ‘democrático’ y en donde el reformismo sólo existe en el discurso, no en los hechos. Es asombroso escuchar, como ha ocurrido reiteradamente en los últimos años, las invocaciones de los distintos ocupantes de la Casa Rosada exhortando a los argentinos a redistribuir el ingreso y a repartir de modo más equitativo la riqueza. En fechas recientes la Presidenta volvió a insistir sobre el tema, a propósito del paro agrario. Pero, si no lo hace el Gobierno, ¿quién lo puede hacer? ¿Qué esperan? Si por mí fuera emitiría un decreto de necesidad y urgencia desde mi cátedra de Teoría Política y Social de la UBA instituyendo una radical reforma del régimen impositivo y utilizaría ese dinero para mejorar los ingresos de todos quienes estén por debajo o un poco por encima de la línea de pobreza, pero, ¿quién me haría caso?, ¿qué juez atendería la demanda de los eventuales beneficiarios?, ¿cómo podría obligar a los contribuyentes más ricos y a las grandes empresas a pagar el nuevo impuesto? El Gobierno debería abstenerse de formular ese tipo de estériles exhortaciones.     El posibilismo es inaceptable Creo que lo anterior demuestra con claridad que no hay ‘reformismo burgués’. ¡Ojalá lo hubiera! No porque el reformismo satisfaga mis esperanzas sino porque al menos nos posibilitaría avanzar unos pocos pasos en la construcción de una verdadera alternativa, es decir, una salida post capitalista a esta crisis sin fin en que se debate la Argentina, sea en el estancamiento tanto como en la prosperidad económica (que llega a unos pocos). Por eso es que disiento de lo que plantea Grüner cuando dice que ‘si alguien nos chicanea con que terminamos optando por el ‘mal menor’ no quedará más remedio que recontrachicanearlo exigiéndole que nos muestre dónde queda, aquí y ahora, el ‘bien’ o su posible realización inmediata.’ ¿Dónde queda el ‘bien’? Eso lo sabe Grüner tanto como yo: el ‘bien’ es el socialismo. Pero mientras maduran las complejas condiciones para su construcción es posible la realización inmediata de algún ‘bien’, de algunas reformas que pongan fin a la escandalosa situación en que nos hallamos. ¿O me va a decir que hará falta una revolución socialista para aproximar la estructura tributaria de la Argentina a la que tienen países como Grecia y Portugal en la Unión Europea, para no hablar de la que existe en Escandinavia? ¿Será preciso asaltar el Palacio de Invierno para que las retenciones al agro –totalmente justificadas en la medida en que se discrimine entre los distintos estratos del patronato agrario– se coparticipen con las provincias y sean asignadas exclusivamente a combatir la pobreza y a reconstruir la infraestructura física del país y no al pago de la deuda? ¿Tendremos que subirnos a la Sierra Maestra para que el Estado regule cuidadosamente el desempeño de las privatizadas y avance en un programa de ‘desprivatización’ para aquellas que se compruebe que han estafado al fisco y a los usuarios? ¿Habrá que esperar el cañonazo del Aurora para derogar la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz? En suma: no es un tema de chicanas o recontrachicanas, sino de exigirle al Gobierno que haga lo que debe hacer. Que tenga la osadía de ser un poquito reformista. Y si no hace lo que hay que hacer es porque no quiere, no porque no puede. Y si no quiere no veo la razón para que tengamos que apoyarlo en contra de un fantasmagórico ‘mal mayor’, espectro invariablemente agitado por quienes quieren que nada cambie en este país y que termina en el posibilismo y la resignación. Como creo que estas dos actitudes son inadmisibles, ética y políticamente, es que me opongo a entrar en el repetido juego de ‘nosotros’ o el ‘mal mayor’, que desde hace décadas viene empujando a la Argentina hacia el abismo y hacia nuestra degradación como sociedad. Tiene razón Grüner cuando dice que ‘no estamos ante una batalla entre dos modelos de país; el modelo del Gobierno no es sustancialmente distinto al de la Sociedad Rural’. Corrijo: es un solo modelo, pero no es el de la Sociedad Rural, pobrecita, sino el de los grandes ausentes de este debate y que los compañeros del Mocase oportunamente trajeron al primer plano en su nota del viernes 25 en Página/12: es el modelo del gran capital transnacional, cuyas naves insignia en materia agraria son Monsanto, Dupont, Syngenta, Bayer, Nidera, Cargill, Bunge, Dreyfus, Dow y Basf. Y si este modelo prosperó fue porque desde Menem hasta nuestros días –aclaro, dada la susceptibilidad ambiente, que me parece un disparate decir como lo hace cierta izquierda trasnochada, que este gobierno es igual al de Menem– no hubo un solo gobierno, tampoco el de los Kirchner, que intentara cambiar el modelo agrario-exportador y poner fin a la sumisión de nuestro país a las transnacionales. Todos facilitaron cada vez más las cosas para que la Argentina se convierta en una especie de emirato sojero, y si hoy el Gobierno se queja de la rapacidad ‘del campo’ sería bueno que se interrogue por qué no hizo nada para impedir que lleguemos a esta situación. Por lo tanto, lo de ‘reformista’ es una concesión gratuita a un gobierno que, por lo menos hasta ahora, no ha hecho ningún esfuerzo serio para hacerse acreedor de ese calificativo. © 2000-2008 www.pagina12.com.ar <http://www.pagina12.com.ar>  |  República Argentina  |  Todos los Derechos Reservados

 

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