Un punto de encuentro para las alternativas sociales

La reproducción ampliada del poder mafioso. La segunda etapa del gobierno de Kirchner.

Jorge Beinstein

Gradualmente el gobierno argentino se va desprendiendo de la máscara progresista y comienza a mostrar su verdadero rostro mafioso. Una sucesión de acontecimientos aparentemente sin vinculación entre si señalan el despegue de la nueva etapa oficial. Las denuncias póstumas del ex ministro de interior Gustavo Beliz daban pistas muy claras sobre los vínculos entre el Poder Ejecutivo y funcionarios de la SIDE (Secretaría de Informaciones del Estado) cuya trama se remonta a la última dictadura militar. Luego se precipitaron hechos como la acusación de Arslanián (ministro de seguridad de la Provincia de Buenos Aires) acerca del apoyo presidencial al brote neofascista encabezado por el empresario Blumberg o la impunidad judicial establecida en el caso AMIA (difícil de ser concretada sin algún tipo de guiño desde el poder). Y luego una seguidilla represiva sincronizada con una abrumadora campaña mediática digitada desde la Casa Rosada. Esto forma parte de una realidad más amplia que incluye el fracaso de la operación transversal que pretendía dotar a Kirchner de un movimiento político propio, y su consecuencia lógica: la recomposición de la alianza con las camarillas políticas tradicionales. Pero principalmente el fin de la endeble recuperación de la economía atravesada por la lógica depredadora del sistema que exige nuevas transferencias de ingresos hacia arriba lo que requiere en primer lugar la eliminación de las protestas sociales y su radicalización política. La descalificación mediática de los piqueteros y la movilización fascista de las clases altas son dos componentes imprescindibles de la estrategia represiva en curso. Es un momento decisivo para el gobierno que deberá enfrentar a una oposición de izquierda cuya onda ascendente puede ser muy grande a mediano plazo si la situamos en un contexto socioeconómico marcado por la extensión de la miseria. La profundización de este modelo de ajuste perpetuo obliga al régimen a arrojar lastre progresista, el preservativo rosado ya cumplió su cometido principal, fue muy útil para el restablecimiento de la gobernabilidad, ha llegado la hora de arrojarlo al basurero (el presidente preferiría hacerlo en cómodas cuotas). En síntesis; Kirchner con un juego propio cada vez más restringido debe cogobernar con camarillas políticas repudiadas por el grueso de la población. Y articuladas con tramas mafiosas que se extienden al conjunto del sistema bajo el monitoreo del FMI. La nueva Argentina Este cambio de imagen de la era k no es más que un instante en la larga marcha de la decadencia nacional, de la que emergen mutaciones, algunas de difícil visualización, que van conformando una nueva realidad social imponiendo su presencia más allá de la dinámica confusa de los interminables embrollos en la superficie del tembladeral. Un observador perspicaz hubiera percibido a comienzos de la década de 1940 que en nuestro país se estaban produciendo transformaciones destinadas a repercutir tarde o temprano en el escenario político. Un abanico de grupos sociales nuevos asociados a la industrialización irrumpían desbordando a la vieja sociedad oligárquica: obreros y burgueses industriales, capas medias urbanas ascendentes, se superponían, desplazaban o se combinaban con un conjunto no menos complejo proveniente del anterior ascenso económico de signo agroexportador. Se trataba de un proceso de integración al capitalismo local en crecimiento. Ahora nos encontramos ante un fenómeno de signo opuesto iniciado hace cerca de medio siglo con la Revolución Libertadora (1955), acelerado desde 1976 y dando un salto decisivo en el colapso de 2001. Lo ocurrido aquí en los años 40 empalmó con (terminó formando parte de) un gigantesco movimiento de regeneración y expansión de la economía mundial que se prolongó durante varias décadas. Uno de cuyos rasgos distintivos fue el liderazgo estatal, tanto en Occidente que devino keynesiano como en la mayor parte de la periferia; desde el estatismo nacionalista burgués de Perón o Nasser hasta el socialismo de estado de la URSS, Europa del Este o China. El mundo actual es otro, luego de casi treinta años de ascenso del parasitismo financiero y desaceleración productiva global, con numerosos estados periféricos colapsados, la desaparición de la Unión Soviética, la exclusión creciente de poblaciones en las áreas subdesarrolladas. Atravesado por el fracaso ideológico del neoliberalismo y la irrupción de formas embrionarias de re-autonomización periférica. Mientras nuestra (lumpen) burguesía local sobrevive como mafia, es posible detectar algunos fenómenos que pueden ayudarnos a construir un cuadro de situación medianamente racional del país, entre ellos me parece importante señalar cinco: Primero: agonía del peronismo Convertido en el principal sostén político del sistema, completamente vaciado de su vieja mística, reducido a su raíz burguesa en el peor sentido del término. Refugio de camarillas cada vez más alejadas del pueblo. Diciembre de 2001 las incluyó en el lapidario que-se-vayan-todos, Kirchner intentó torpemente superar el problema fabricando desde arriba una suerte de renovación transversal (más allá del Partido Justicialista que lo engendró) con náufragos de la segunda línea del sistema político. Fracasó porque los desechos humanos reclutados, sin base social significativa y aplicando la estrategia del FMI, se limitaron a entonar melodías setentistas y reproducir las prácticas mafiosas de sus viejos jefes. Que concluida la modesta aventura del presidente volvieron al estrado; Duhalde dando su visto bueno a la represión antipiquetera y Alfonsín, como de costumbre, denunciando un futuro golpe de estado de derecha contra un gobierno también de derecha. Los politicólogos suelen llamar a esto crisis de representatividad , pero es mucho más que eso, se trata de la desintegración de la política burguesa en un proceso de largo plazo, con idas y venidas, renovaciones frustradas, grandes vacíos duraderos (fenómeno institucional profundo vinculado a la declinación del estado). Segundo: ilegitimidad del poder Que incluye al fenómeno anterior extendiéndose al conjunto del régimen (jueces, policías, medios de comunicación, grandes empresarios…); el sistema de poder es visto por los de abajo como un conjunto de bandas de ladrones. Se trata de la agudización de lo ocurrido luego de 1955 cuando fue impuesto un esquema político restringido (proscripción del peronismo), que generó formas extra institucionales de oposición popular (entre ellas la lucha armada contra dictaduras militares y gobiernos civiles de escasa representatividad). La brecha fue aparentemente cerrada en 1983, pero la democracia elitista que se instauró formó parte del proceso de concentración de ingresos, degradación del estado y del tejido productivo, desnacionalización económica y desintegración social. Lo que desató a comienzos de la década actual el repudio masivo de los mecanismos institucionales en su forma colonial concreta, degradada. La breve era progre del gobierno de K no consiguió mejorar la situación, por el contrario su fracaso y sinceramiento mafioso profundiza la ilegitimidad del Poder, su separación respecto del grueso de la población, al mismo tiempo que relegitima las más diversas formas de oposición, en especial las que se colocan fuera del sistema. Tercero: debilidad cultural de las clases altas Luego del fin del triunfalismo neoliberal (privatista, individualista, pronorteamericano), la elitización social no encuentra un discurso ideológico que la justifique. El neoliberalismo de los años 90 prometía prosperidad para todos aunque con sacrificios iniciales ineludibles (Menem: ‘estamos mal pero vamos bien’), el sistema actual donde se acelera la desigualdad y la miseria de millones de personas carece de ilusiones. Solo le queda el exabrupto neofascista, el manotazo defensivo de los privilegios fundado en la cultura del apartheid. Los medios de comunicación pueden producir golpes de efecto eficaces, pero al poco tiempo pierden influencia bajo el peso de la realidad. El caso Blumberg es ilustrativo, la campaña mediática exigiendo mano dura contra el delito amalgamándolo con la delincuencia social y desde allí con la rebeldía de los pobres, terminó por chocar contra hechos evidentes como la asociación entre crimen organizado y mafia policial-judicial o la trama delictiva de políticos y empresarios exitosos. Además las clases altas movilizadas (incluido Blumberg) no pueden evitar sus exaltaciones reaccionarias ahuyentando a numerosos seguidores, finalmente la cruzada apareció como le que realmente era: un ensayo de consenso social para el disciplinamiento represivo de los de abajo. La instauración de una cultura de apartheid, de segregación policial-judicial de los excluidos, que eventualmente podría reemplazar al neoliberalismo como discurso legitimador del sistema, enfrenta problemas de difícil solución. El principal de ellos es la crisis desarticuladora de la vieja integración social cuya dinámica no se ha detenido empujando a crecientes sectores medios y bajos hacia la oposición al régimen. Otro escollo no menos importante es la podredumbre del Estado a la que es necesario agregar el caos gansteril de las élites económicas. Distinta ha sido la situación en Europa occidental luego de la crisis de los años 1970 donde un amplio espectro de clases privilegiadas relativamente estables constituyeron la base del neofascismo de apartheid contra trabajadores provenientes de la periferia y otros grupos reprimidos. Cuarto: presencia de la izquierda Aparece desafiante, por primera vez luego de un largo ostracismo, con cada vez más extendida inserción en los sectores sumergidos (hasta hace poco coto cerrado del peronismo) y también creciendo en ciertos segmentos las capas medias empobrecidas. La irrupción piquetera ha sido hasta ahora su expresión más destacada ganando la calle y en el centro de los conflictos sociales, relegando a las burocracias sindicales. En un primer momento el fenómeno fue subestimado, sobre todo por la dirigencia peronista que había congelado la vieja imagen de la izquierda marginal implantada en la pequeña burguesía. Pero también fue mal interpretado por el progresismo que compartía los prejuicios peronistas a los que agregaba teorizaciones perversas acerca de la inevitable fascistización del conjunto de las clases medias arruinadas y otras predicciones derrotistas por el estilo. Para sorpresa del establishment la izquierda protagoniza el descontento popular pasando a constituir un auténtico hecho maldito: no se institucionaliza como lo desearían los manipuladores del sistema, volcando toda su energía en una interminable carrera desde el llano hasta su banalización burguesa. Carece de capacidad para institucionalizarse porque emerge como un movimiento de rechazo al capitalismo subdesarrollado, realmente existente, y no como la pretensión históricamente imposible de integración al mismo. Es inepta para competir en el terreno de la politiquería del régimen pero (recientemente) demostró su habilidad para echar raíces entre los de abajo a través de una multiplicación incesante de organizaciones, tendencias y facciones de todo tamaño y de muy variadas orientaciones teóricas. Es su forma específica, plural, de crecer y consolidarse. Detrás de esa apariencia caótica se van gestando de manera irregular embriones de articulación estratégica. Los políticos tradicionales deberían recordar la definición de Hipólito Irigoyen:’todo taller de forja se parece a un mundo que se derrumba’. Quinto: extrema fragilidad económica Componente esencial del sistema, superendeudado, dependiente de superávits comerciales inciertos basados en el aplastamiento de las importaciones (es decir del mercado interno) y de la obtención de grandes superávits fiscales gracias a fuertes presiones tributarias directas o indirectas contra las clases medias y bajas, devaluaciones, y sobre todo salarios superbajos y masas crecientes de excluidos. Con un contexto regional turbulento y formando parte de un imperio acosado por sus fracasos militares y económicos. Con ese horizonte a la vista no es posible estabilizar el esquema de superexplotación impuesto desde 2002, los pagos de deuda externa y los superbeneficios de las empresas privatizadas, los bancos y los grandes exportadores reducen a cero la perspectiva de un crecimiento durable y por consiguiente de bloqueo o reversión de la desintegración social. Ello torna ilusorios los proyectos de gobernabilidad en el largo plazo incluidos los de carácter elitista-autoritario porque todos ellos carecen entre otras cosas de una retaguardia económica mínimamente estable, lo que anticipa la reproducción al infinito de peleas salvajes por el reparto del botín al interior de las clases dominantes y el rebrote inevitable de rebeldías en las masas sumergidas. La historia continúa En última instancia el futuro de la decadencia (es decir de la continuidad del régimen) depende del desarrollo del antisistema, de la izquierda pensada como desarrollo insurgente, como catalizador de una posible avalancha de los pobres. Esa eventualidad le quita el sueño al poder, que oscila entre la disuasión más o menos legal (judicialización y aislamiento mediático de las organizaciones populares) y la represión salvaje. Sabiendo que la ruptura cultural de diciembre de 2001 esta viva, se reproduce (misteriosamente) y aguarda una nueva oportunidad para expresarse. Esto lleva a la reflexión sobre los caminos de la revolución necesaria, de la liquidación de un régimen que no admite reformas, cuyo nivel de podredumbre hace descartar cualquier ilusión de cambio desde el interior de la institucionalidad colonial. Por ahora el gobierno se dedica a hacer buena letra represiva y a garantizar la rapiña, aunque tratando de reducir al máximo el costo político de sus decisiones. Kirchner sabe (o debería saber) que su margen de maniobra se va agotando, si no endurece su política tal como lo exigen el FMI, los grandes grupos económicos, la derecha caníbal; será descartado por la mafia que lo engendró, aunque si lo hace desatará la bronca del pueblo, lo que a su vez lo convertirá en un objeto inservible en el juego de las clases dominantes que no dudará ni un instante en arrojarlo a las fieras (su amigo Alfonsin le puede contar experiencias muy esclarecedoras). Un verdadero círculo vicioso.

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La escuela nacional Florestan Fernandes

Queridos amigos y amigas del MST:

Querríamos socializar con vosotros una nueva conquista de la solidaridad entre los brasileños y los pueblos del mundo: la inauguración de la Escuela Nacional Florestan Fernandes, el día 23 de enero de 2005. Construida en Guararema (a 60km de São Paulo) por 1.115 trabajadores rurales Sin Tierra, la Escuela es el fruto valioso de nuestra lucha. Fueron cuatro años y medio de trabajo de voluntarios de asentamientos y acampamentos de todo Brasil. Una obra realizada por muchas manos con callos de usar el azada.

Después de largos años de discusiones colectivas en las diversas instancias del MST, la Escuela surge con el propósito de hacer pensar, planear, organizar y desarrollar la formación política, técnica e ideológica de los militantes y dirigentes del Movimiento. Por nacer con el objetivo de capacitar a jóvenes, mujeres y hombres del medio rural para la producción, comercio y gestión de los acampamentos y asentamientos, la ENFF tendrá una pedagogía y metodología adaptada a la realidad de los trabajadores del campo.

Sobre un terreno de 30 mil metros cuadrados, fueron construidas instalaciones de ladrillos de solo-cimento (lit., suelo-cemento) fabricados en la propia escuela. Esta técnica es agro-ecológica, evita la necesidad de revocar las fachadas, contribuye a disminuir la cantidad de hierro, acero y cemento en la obra y es más resistente y fácil de asentar. En total se dispone de tres aulas que juntas pueden llegar a albergar hasta a 200 personas, un auditorio y dos anfiteatros. Los recursos para la construcción de la escuela fueron recaudados mediante la venta del libro "Tierra", con textos de José Saramago, canciones de Chico Buarque y fotos de Sebastião Salgado, contribuciones de organizaciones no gubernamentales (ONGs) europeas y donaciones de amigos y amigas brasileños e internacionales.

Al maestro con cariño

El homenaje al maestro y sociólogo Florestan Fernandes es el resultado de la admiración y reconocimiento del MST por su trayectoria de vida incansable y coherente con la lucha de los trabajadores y trabajadoras. Crítico severo del capitalismo, Florestan Fernández defendió la libertad, la democracia y una sociedad más justa y fraterna. Diez años después de su muerte, su legado y sus ideas orientan nuestras acciones.

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A crise do PT, a direita e a esquerda

Emir Sader

Data de fechamento do texto: 19 de julho de 2005.

“Não se pode separar mecanicamente as questões políticas das questões de organização”.

Lênin

“O peixe apodrece pela cabeça”.

Mao Tsé-tung

A crise do PT pode aparecer como uma crise dos métodos de ação do partido. A crise parece ter sido exportada para o Congresso e o partido, buscando apurar que parlamentares estariam envolvidos na compra de votos e de que forma membros do partido teriam operado para fazer isso, assim como para financiar atividades partidárias com recursos paralelos. O PT teria construído uma enorme máquina partidária – que estenderia seus braços e pernas na direção dos governos e dos parlamentos –, “confundindo partido com Estado”, como afirmou na sua capa uma renomada revista “bushista” brasileira.

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Dictadura militar en Argentina (1976-1983): naturaleza y antecedentes del Estado genocida

Alejandro Andreassi Cieri

El propósito de los golpistas de 1976 era fundar una nueva legalidad, una nueva escala de valores y de normas sociales que redujera el exterminio del disidente político a la categoría de procedimiento político rutinario, como método fundamental de ejercicio del poder en un nuevo orden que sustituyera la discusión y la crítica abierta de lo político y lo social por la obediencia ciega, en una nueva pirámide de rígidas jerarquías coronadas por una elite integrada pro los comandantes golpistas y sus socios civiles. La muerte del opositor se transformaba en un objetivo y un horizonte político definido consciente por los jefes militares, ya que eran el fundamento constitutivo de la sociedad en la que se había suprimido el disenso. Basta para ello como prueba las palabras de Videla justificando el secuestro y desaparición, la muerte clandestina de disidentes, para evitar el impacto emocional en la opinión pública de fusilamiento a la luz del día y masivos. Que la muerte era el objetivo, eso no se discutía. Según éste nadie en la cúpula o los escalones subalternos de la dictadura dudaba sobre la decisión de asesinar. La discusión giraba sólo sobre si las ejecuciones de disidentes debían ser públicas o secretas.[1]

La necesidad de buscar parámetros con que juzgar históricamente esta catástrofe nos obligan a mirar a los máximos exponentes de la barbarie en el siglo XX: los fascismos europeos de entreguerras y especialmente el fenómeno nazi. Existe un sobrecogedor paralelismo entre estos objetivos y características de la dictadura militar y los regímenes fascistas europeos, especialmente con la dictadura nazi, salvando las obvias distancias de contexto y período histórico (también llama la atención la extensión geográfica del terrorismo de estado en los años setenta en el sur de América Latina, similar a la proliferación de fascismos en la Europa de entreguerras), que es desde ya un calificativo de las cualidades letales del régimen inaugurado en Argentina con el golpe de estado de marzo de 1976. Tanto en el caso del fascismo alemán como de la dictadura militar argentina, regímenes análogos en muchos sentidos, pero especialmente por compartir el mismo objetivo de refundación e ingeniería social basada en la normalización del exterminio como mecanismo de mediación social y de regulación de las relaciones entre sociedad política –el estado- y sociedad civil; pueden rastrearse en su propia historia esos antecedentes que precipitaron a sus respectivos pueblos en un abismo de barbarie, y mediante el genocidio produjeron una fisura irreparable en el concepto del hombre y la humanidad.

Para asegurar sus objetivos ambos regímenes recurrieron a la deshumanización y bestialización sistemática de las víctimas, esencial para aislarlos del resto de la sociedad, e impedir no sólo la solidaridad de los que podrían ayudarlos a escapar de su suerte o a resistir, sino, lo que es más contundente y eficaz para lograr el exterminio, quitar a su eliminación el carácter de muerte, de tal  modo que el genocidio se transforma en un asesinato sin culpables, sin responsables, y tampoco sin víctimas, ya que estas deben morir por que los son, no por lo que han hecho y por eso no merecen seguir con vida, según lo decidido por los nazis y los militares argentinos. La cosificación de las víctimas permite la absolución de los verdugos (¿es acaso un criminal el carnicero que trocea una res en el matadero?), transformando al primero sólo en un problema logístico burocrático que exige solución, y al segundo en el ejecutor de la solución del problema.[2]

En el caso argentino también el exterminio de los opositores constituye una finalidad en sí misma, que mide y comprueba la eficacia del poder desplegado (“lucharemos no hasta la muerte sino hasta la victoria”, dijo el almirante Massera, o el célebre exabrupto del sanguinario general Ibérico Saint Jean[3]: “primero eliminaremos a los subversivos, luego a sus colaboradores, seguiremos con los simpatizantes y acabaremos con los indiferentes”). Y la deshumanización de las víctimas se hace, en lugar de utilizar referentes biológicos seudocientíficos (aunque también existieron manifestaciones  antisemitas en la represión desatada por la dictadura)[4], mediante la construcción de un no-hombre, no-ciudadano objeto de eliminación, que carece de existencia política aunque los motivos de su exterminio lo sean, pero igualmente eficaz para promover la indiferencia o la complicidad de gran parte de la población frente al genocidio: el “subversivo”. Para ellos el término designaba una esencia maligna, una amenaza procedente del ejercicio de la democracia, que también se transformaba en sospechosa para los inquisidores uniformados, porque esta, al permitir el intercambio de todo tipo de ideas favorecía su existencia. El subversivo estaba encarnado por todos aquellos que de algún modo se oponían o disentían con la jerarquía social fundacional de la república, o, lo que era aún más inadmisible, proponían alternativas opuestas a la república elitista y desigual. Según la dictadura se trata de individuos agrupados para destruir las esencias prepolíticas de la argentinidad, residentes en la comunidad nacional imaginaria preexistente a cualquier normativa constituyente y depositadas en los estamentos sociales tradicionales, la aristocracia de la tierra y las fuerzas armadas que conquistaron  y aseguraron las bases materiales y espirituales del orden social vigente y amenazado por la combinación de “democracia y subversión”.[5]

Si bien no hay nada equiparable en la dictadura militar argentina a las leyes de Nuremberg en la delimitación normativa de quienes deben ser expulsados de la comunidad nacional, esta ausencia  no anula la existencia de proyectos que tenían por objetivo la consumación de un genocidio, en este caso sobre un colectivo identificado por su posición política disidente. Si bien no hubo una delimitación escrita del grupo de ciudadanos a exterminar, si la hubo fáctica.  Es lo que ha quedado meridianamente establecido con una argumentación impecable, si faltaba una última consideración sobre estos crímenes, por la Audiencia Nacional, en su sesión en Madrid, en noviembre de 1998.[6]

Existe otra coincidencia entre la dictadura militar argentina y el régimen nazi. Es el carácter público de la degradación del disidente y su expulsión –mediante el secuestro- de la comunidad nacional, y el carácter secreto y clandestino de su exterminio: se produjo un Nacht und Nebel rioplatense similar al que practicó Alemania en su propio territorio y en los países aliados y ocupados por los ejércitos nazis. La desaparición tenía el propósito de ocultar a la opinión pública las formas en que se estaba produciendo la represión  para que la población no tuviera reparos en aprobar la represión de disidentes al deshumanizarlos, presentándolos como bestias sin alma dispuestas a la destrucción, anulando la existencia del crimen al ser practicado sobre un no-ser humano: de ahí el carácter demoníaco y bestial con que era reforzado cualquier mensaje desde el poder al hacer referencia a los disidentes como “subversivos” y a su conducta general como “la subversión”.[7] Al mismo tiempo el carácter ostensiblemente irregular de los procedimientos de secuestro, que se producían muchas veces en plena luz del día y en las calles más concurridas de las grandes ciudades, mediante coches sin matrícula y personal armado sin uniformes que les identificaran, tenían como objeto resaltar el carácter aparentemente incontrolado de la represión,   cualitativamente distinta a la que podría aplicarse de acuerdo a preceptos legales convencionales, y por lo tanto dirigidos a provocar un sentimiento permanente de inseguridad e indefensión en toda la población induciendo conductas sumisas al poder por ciudadanos que estarían dominados por la percepción de que cualquier desviación podrían lanzarlos más allá de la línea de sombra y expulsarlos a las tinieblas de un destino incierto, y que permanentemente actuarían movidos por el deseo de adivinar cuales conductas serían del agrado de las elites dominantes.[8] Porque las causas de la detención por las fuerzas represivas nunca eran anunciadas públicamente mediante un juicio o procedimientos normales de procesamiento. El poder disuasorio y atemorizador sobre la normalidad del método utilizado actuaba a modo de tribunal kafkiano sobre la base de la duda de las motivaciones de la dictadura para proceder de ese modo. También podría actuar como un mecanismo de sometimiento que consistiría en la regresión infantil de gran parte de la población preocupada en agradar al poder con conductas sumisas para no pisar esa peligrosa zona de sombra donde se perdían otros, al actuar de modo socialmente reprobado por la dictadura, convertida en un padre cruel e inescrutable, similar a los modelos de comportamiento que los nazis pretendían inducir en los prisioneros de los campos de concentración, según las conclusiones elaboradas por Bruno Bettelheim, sobre la base de sus experiencias como preso político en la Alemania nazi en los campos de Dachau y Buchenwald.[9] Otra similitud de este con aquel fascismo es la desnaturalización de los términos empleados, basada en el recurso al eufemismo para describir los procedimientos más atroces: así “chupar” significa secuestrar, “traslado” ejecución mediante los vuelos de la muerte o el tiro en la nuca, etc. La misma tergiversación de las palabras que practicaban los nazis: “solución final” exterminio de los judíos, “instalaciones especiales” las cámaras de gas en Auschwitz, “tratamiento especial” los asesinatos en masa practicados por los grupos SS en los territorios ocupados de la URSS. [10]

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Venezuela: La revolución de las necesidades radicales

Michael Lebowitz

Una revolución r= adical solo puede ser una revolución de las necesidades radicales…. Ser radical es tomar la cosa de raíz y para el hombre la ra&iacute= ;z es el hombre mismo.

Karl Marx[1]=

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TOC o "2-5" z 1. La astuc= ia de la historia: el cuento venezolano.. PAGEREF _Toc130298272 h 3 08D0C9EA79F9BACE118C8200AA004BA90B02000000080000000E0000005F005400= 6F0063003100330030003200390038003200370032000000

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Más allá del Presupuesto Participativo

Edmilson Brito Rodrígues, Jurandir Santos de Novaes, Raimundo Luiz Silva

Es necesario partir de la constatación de que estamos tratando de un gobierno municipal, en una ciudad periférica, parte de un país capitalista. Eso determina los límites de las conquistas materiales que el movimiento social es capaz de arrancar, puesto que sólo cambios estructurales profundos serán capaces de reverter el cuadro de desigualdades y de miseria social.

Al mismo tiempo en que afirmamos los límites, tenemos que trabajar partiendo de la base de que la ciudad no es apenas un reflejo de la sociedad. Ella produce riquezas, produce y reproduce relaciones económicas, políticas y culturales. Refleja la estructura social, pero, y al mismo tiempo, puede también impulsar dinámicas que acaben por definir esa estructura, o sea, además de heredar desigualdades de la estructura social, las profundiza.

Existe un combate entre dos proyectos de ciudad y de gobierno. De un lado, el de los que quieren mantener la sumisión de las ciudades a los dictámenes de la acumulación capitalista, cabiendo a los gobiernos la tarea de ofrecer infraestructura a los mercados (verdaderos dueños de la ciudad!), apartar la pobreza de las áreas nobles, y gestionar las secuelas sociales.

De otro lado, el de aquellos que gobiernan las ciudades buscando la construcción del poder popular a través de la afirmación de una concepción antagónica a la lógica capitalista. Eso se orienta en elementos estratégicos, tales como soberanía nacional (pues un gobierno de izquierda debe ser instrumento de la lucha anti-neoliberal), radicalización democrática (como necesidad y posibilidad de que el pueblo experimente la profundización de formas de control social del Estado).

Planificar es necesario

El primer mandato del gobierno popular en Belem, enriqueció mucho nuestro debate sobre participación popular, poniendo en práctica, de forma radicalizada, diversas experiencias, que pueden ser clasificadas en tres vertientes:

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Viaje al otro lado del espejo

Joan Tafalla

o

La solidaridad de los seres de corazón moreno

con los rostros pálidos [1]

0.- Noticias del otro lado del espejo.-

“Lo más curioso era que los árboles y las demás cosas que las rodeaban permanecían totalmente inamovibles: por más que corrieran no conseguían adelantar nada. “¿ No será que todo se mueve con nosotras?”, se preguntó intrigada la pobre Alicia. Y la reina pareció adivinar sus pensamientos, pues le gritó: ¡Más deprisa! ¡ Y no trates de hablar!.

Lewis Carroll, Al otro lado del espejo [2]

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