Un punto de encuentro para las alternativas sociales

¿Se puede ser marxista hoy?

Adolfo Sánchez Vázquez

¿Tiene sentido en el alba del siglo XXI pensar y actuar remitiéndose a un pensamiento que surgió en la     sociedad capitalista de mediados del siglo XIX? ***************************************** Discurso de Investidura pronunciado por el filósofo y escritor mexicano Adolfo Sánchez Vásquez, al recibir el Doctorado Honoris Causa en la Universidad de La Habana, el pasado 16 de septiembre de 2004 Distinguidos miembros del Consejo Universitario de la Universidad de La Habana. Doctor Juan Vela Valdés, rector de esta universidad, Profesores y estudiantes, Compañeros y amigos: La decisión del Consejo Universitario de la Universidad de La Habana de otorgarme el grado de doctor honoris causa, me ha conmovido tan profundamente que la expresión de mi agradecimiento resultaría pobre e insuficiente. Pero no puedo dejar de decir que tan alta y honrosa distinción la aprecio, sobe todo, por provenir de una institución universitaria que, junto a sus elevadas contribuciones académicas, tanto ha dado al realce y a la realización de los valores que más podemos estimar: la verdad, la justicia, la dignidad humana, así como la soberanía nacional, la solidaridad, la convivencia pacífica y el respeto mutuo entre los pueblos. Pero a este agradecimiento institucional, quisiera agregar el personal por la fraternal, lúcida y bella laudatio de quien -Roberto Fernández Retamar- me siento, desde hace ya casi 40 años, no sólo compañero de ideas y esperanzas y admirado lector de su admirable obra poética, sino también persistente seguidor de su conducta intelectual y política al frente de una institución tan consecuente con la digna e inquebrantable política antimperialista de la Revolución Cubana como La Casa de las Américas, a la que tanto debemos los intelectuales de este continente y del Caribe por su defensa ejemplar y constante enriquecimiento de la cultura latinoamericana. La Habana (Cuba) – 21 de septiembre de 2004 I  A continuación voy a dedicar mi discurso de investidura a la obra que tan generosamente se reconoce con el grado de doctor honoris causa. Y, por supuesto, no para juzgarla, pues yo sería el menos indicado para ello, sino para reivindicar el eje filosófico, político y moral en torno al cual ha girado toda ella: o sea, el marxismo. Pero no sólo el marxismo como conjunto de ideas, sino como parte de la vida misma, o más exactamente: de ideas y valores que han alentado la lucha de millones de hombres que han sacrificado en ella su tranquilidad y, en muchos casos, su libertad e incluso la vida. Ahora bien, ¿por qué volver, en estos momentos, sobre este eje, fuente o manantial teórico y vital? Porque hoy, más que en otros tiempos, se pone en cuestión la vinculación entre sus ideas y la realidad, entre su pensamiento y la acción. Cierto es que el marxismo siempre ha sido no sólo cuestionado, sino negado por quienes, dados su interés de clase o su privilegiada posición social, no pueden soportar una teoría crítica y una práctica encaminadas a transformar radicalmente el sistema económico-social en el que ejercen su dominio y sus privilegios. Pero no es éste el cuestionamiento que ahora tenemos en la mira, sino el que cala en individuos o grupos sociales, ciertamente perplejos o desorientados, aunque no están vinculados necesariamente con ese interés de clase o privilegiada posición social. Esta perplejidad y desorientación, que se intensifica y amplía bajo el martilleo ideológico de los medios masivos de comunicación, sobre todo desde el hundimiento del llamado ‘socialismo real’, constituye el caldo de cultivo del cuestionamiento del marxismo, que puede condensarse en esta lacónica pregunta: ¿se puede ser marxista hoy? O con otras palabras: ¿tiene sentido en el alba del siglo XXI pensar y actuar remiti éndose a un pensamiento que surgió en la sociedad capitalista de mediados del siglo XIX? Ahora bien, para responder a esta pregunta habría que tener una idea, por mínima que sea, de lo que entendemos por marxismo, dada la pluralidad de sus interpretaciones. Pues bien, teniendo esto presente, y sin pretender extender certificados de ‘pureza’, se puede entender por él -con base en el propio Marx- un proyecto de transformación del mundo realmente existente, a partir de su crítica y de su interpretación o conocimiento. O sea: una teoría y una práctica en su unidad indisoluble. Por tanto, el cuestionamiento que se hace del marxismo y se cifra en la pregunta de si se puede ser marxista hoy, afecta tanto a su teoría como a su práctica, pero -como trataremos de ver- más a ésta que a aquélla. II En cuanto teoría de vocación científica, el marxismo pone al descubierto la estructura del capitalismo, así como las posibilidades de su transformación inscritas en ella, y, como tal, tiene que asumir el reto de toda teoría que aspire a la verdad: el de poner a prueba sus tesis fundamentales contrastándolas con la realidad y con la práctica. De este reto el marxismo tiene que salir manteniendo las tesis que resisten esa prueba, revisando las que han de ajustarse al movimiento de lo real o bien abandonando aquellas que han sido invalidadas por la realidad. Pues bien, veamos, aunque sea muy sucintamente, la situación de algunas de sus tesis básicas con respecto a esa triple exigencia. Por lo que toca a las primeras, encontramos tesis que no sólo se mantienen, sino que hoy son más sólidas que nunca, ya que la realidad no ha hecho más que acentuar, ahondar o extender lo que en ellas se ponía al descubierto. Tales son, para dar sólo unos cuantos ejemplos, las relativas a la naturaleza explotadora, depredadora, del capitalismo; a los conceptos de clase, división social clasista y lucha de clases; a la expansión creciente e ilimitada del capital que, en nuestros días, prueba fehacientemente la globalización del capital financiero; al carácter de clase del Estado; a la mercantilización avasallante de toda forma de producción material y espiritual; a la enajenación que alcanza hoy a todas las formas de relación humana: en la producción, en el consumo, en los medios masivos de comunicación, etcétera, etcétera. En cuanto a las tesis o concepciones que habría que revisar para ajustarlas al movimiento de lo real, está la relativa a las contradicciones de clase que, sin dejar de ser fundamentales, tienen que conjugarse con otras importantes contradicciones en la sociedad actual: nacionales, étnicas, religiosas, ambientales, de género, etcétera. Y por lo que toca a la concepción de la historia hay que superar el dualismo que se da en los textos de Marx, entre una interpretación determinista e incluso teleológica, de raíz hegeliana, y la concepción abierta según la cual ‘la historia la hacen los hombres en condiciones determinadas’. Y que, por tanto, depende de ellos, de su conciencia, organización y acción, que la historia conduzca al socialismo o a una nueva barbarie. Y están también las tesis, que han de ser puestas al día acerca de las funciones del Estado, así como las del acceso al poder, cuestiones sobre las cuales ya Gramsci proporcionó importantes indicaciones. Finalmente entre las tesis o concepciones de Marx y del marxismo clásico que hay que abandonar, al ser desmentidas por el movimiento de la realidad, está la relativa al sujeto de la historia. Hoy no puede sostenerse que la clase obrera sea el sujeto central y exclusivo de la historia, cuando la realidad muestra y exige un sujeto plural, cuya composición no puede ser inalterable o establecerse a priori. Tampoco cabe sostener la tesis clásica de la positividad del desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas, ya que este desarrollo minaría la base natural de la existencia humana. Lo que vuelve, a su vez, utópica la justicia distributiva, propuesta por Marx en la fase superior de la sociedad comunista con su principio de distribución de los bienes conforme a las necesidades de cada individuo, ya que ese principio de justicia presupone una producción ilimitada de bienes, ‘a manos llenas’. En suma, el marxismo como teoría sigue en pie, pero a condición de que, de acuerdo con el movimiento de lo real, mantenga sus tesis básicas -aunque no todas-, revise o ajuste otras y abandone aquéllas que tienen que dejar paso a otras nuevas para no quedar a la zaga de la realidad. O sea, en la marcha para la necesaria transformación del mundo existente, hay que partir de Marx para desarrollar y enriquecer su teoría, aunque en el camino haya que dejar, a veces, al propio Marx. III Ahora bien, reafirmada esta salud teórica del marxismo, hay que subrayar que éste no es sólo, ni ante todo una teoría, sino fundamental y prioritariamente, una práctica, pues recordemos, una vez más, que ‘de lo que se trata es de transformar el mundo’ (Tesis XI sobre Feuerbach de Marx). Pues bien, si de eso se trata, es ahí, en su práctica, donde la cuestión de si tiene sentido ser marxista hoy, ha de plantearse en toda su profundidad. Pues bien, considerando el papel que el marxismo ha desempeñado históricamente, desde sus orígenes, al elevar la conciencia de los trabajadores de la necesidad y posibilidad de su emancipación, y al inspirar con ello tanto sus acciones reivindicativas como revolucionarias, no podría negarse fundamentalmente su influencia y significado histórico-universal. Ciertamente, puede afirmarse sin exagerar, que ningún pensamiento filosófico, político o social ha influido, a lo largo de la historia de la humanidad, tanto como el marxismo en la conciencia y conducta de los hombres y de los pueblos. Para encontrar algo semejante habría que buscarlo fuera de ese pensamiento, no en el campo de la razón, sino en el de la fe, propio de las religiones como budismo, cristianismo o islamismo, que ofrecen una salvación ilusoria de los sufrimientos terrenales en un mundo supraterreno. Para el marxismo, la liberación social, humana, hay que buscarla aquí y desde ahora con la razón y la práctica que han de conducir a ella. Aunque sólo fuera por esto, y el ‘esto’ tiene aquí una enorme dimensión, el marxismo puede afrontar venturosamente su cuestionamiento en el plano de práctica encaminada a mejorar las condiciones de existencia de los trabajadores, así como en las luchas contra los regímenes autoritarios o nazifascistas o por la destrucción del poder económico y político burgués. Los múltiples testimonios que, con este motivo, podrían aportarse favorecen esta apreciación positiva de su papel histórico-práctico, sin que éste signifique, en modo alguno, ignorar sus debilidades, sombras o desvíos en este terreno, ni tampoco las aportaciones de otras corrientes políticas o sociales: demócratas radicales, socialistas de izquierda, diferentes movimientos sociales, o de liberación nacional, anarquistas, teología de la liberación, etcétera. IV La cuestión se plantea, sobre todo, con respecto a la práctica que, en nombre del marxismo, se ejerció después de haberse abolido las relaciones capitalistas de producción y el poder burgués, para construir una alternativa al capitalismo: el socialismo. Ciertamente, nos referimos a la experiencia histórica, que se inaugura con la Revolución Rusa de 1917, que desembocó en la construcción de la sociedad que posteriormente se llamó el ‘socialismo real’. Un ‘socialismo’ que se veía a sí mismo, en la ex Unión Soviética, como la base, ya construida, del comunismo diseñado por Marx en su Crítica del programa de Gotha. Sin entrar ahora en las causas que determinaron el fracaso histórico de un proyecto originario de emancipación, al pretender realizarse, puede afirmarse:  Primero, que, no obstante los logros económicos, sociales y culturales alcanzados, condujo a un régimen económico, social y político atípico -ni capitalista ni socialista-, que representó una nueva forma de dominio y explotación.  Segundo: que ese ‘socialismo’ significó, no obstante, un dique a la expansión mundial del capitalismo, aunque es evidente también que con su derrumbe la bipolaridad en la hegemonía mundial dejó paso a la unipolaridad del capitalismo más depredador, concentrada en el imperio de Estados Unidos. Y tercero: que la opción por, y las esperanzas, en la alternativa social del socialismo quedaron sumamente reducidas o cegadas, así como las del marxismo que la inspiró y fundamentó. A ello contribuyó decisivamente la identificación falsa e interesada del ‘socialismo real’ con todo socialismo posible y la del marxismo con la ideología soviética que lo justificó. V Puesto que no es tan fácil negar el carácter liberador, emancipatorio, del pensamiento de Marx y del marxismo clásico, los ideólogos más reaccionarios, pero también más perspicaces del capitalismo, tratan de sostener la imposibilidad de la realización del socialismo. Y para ello recurren a diversas concepciones idealistas del hombre, la historia y la sociedad. Unas veces apelan a una supuesta naturaleza humana inmutable -egoísta, competitiva-, propia en verdad del homo economicus capitalista, incompatible con la fraternidad, solidaridad y cooperación indispensable en una sociedad socialista. Otras veces se valen de la concepción teleológica de la historia que decreta -muy hegelianamente- la inviabilidad del socialismo al llegar aquélla a su fin con el triunfo del capitalismo liberal, o más exactamente neoliberal. También se recurre a la idea fatalista de que todo proyecto emancipatorio, al realizarse se degrada o desnaturaliza inevitablemente. Y, por último, se echa mano del ‘pensamiento débil’ o posmoderno para el cual la falta de fundamento o razón de lo existente invalida toda causa o proyecto humano de emancipación. Como es fácil advertir, en todos estos casos se persigue o alimenta el mismo fin: confundir las conciencias, desmovilizarlas y cerrar así el paso a la organización y la acción necesarias para construir una alternativa social al capitalismo y, por tanto, a todo pensamiento que -como el marxista- contribuya a ella. VI Ahora bien, aun reconociendo la falsedad de los supuestos ideológicos en que se apoyan estos intentos descalificadores, así como los intereses de clase que los promueven, es innegable que, a raíz del hundimiento del ‘socialismo real’, se da un descrédito de la idea de socialismo y un declive de la recepción y adhesión al marxismo. Y ello cuando la alternativa al capitalismo, en su fase globalizadora, se ha vuelto más imperiosa no sólo porque sus males estructurales se han agravado, sino también porque al poner el desarrollo científico y tecnológico bajo el signo del lucro y la ganancia, amenaza a la humanidad con sumirla en la nueva barbarie de un holocausto nuclear, de un cataclismo geológico o de la supeditación de los logros genéticos al mercado. De tal manera que, en nuestros días, el agresivo capitalismo globalizador hegemonizado por Estados Unidos, al avasallar, con sus guerras preventivas, la soberanía y la independencia de los pueblos, al hacer añicos la legalidad internacional, al volver las conquistas de la ciencia y la técnica contra el hombre y al globalizar los sufrimientos, humillaciones y la enajenación de los seres humanos, atenta no sólo contra las clases más explotadas y oprimidas y contra los más amplios sectores sociales, sino también contra la humanidad misma, lo que explica el signo anticapitalista de las recientes movilizaciones contra la guerra y de los crecientes movimientos sociales altermundistas en los que participan los más diversos actores sociales. La emancipación social y humana que el marxismo se ha propuesto siempre pasa hoy necesariamente por la construcción del dique que detenga esta agresiva y antihumana política imperial estadunidense. Pues bien, en la construcción de ese dique al imperialismo que tantos sufrimientos ha infligido al pueblo cubano, está hoy sin desmayo, como siempre, y fiel a sus orígenes martianos, la Revolución Cubana. VII Llegamos al final de nuestro discurso con el que pretendíamos responder a la cuestión de si se puede ser marxista hoy. Y nuestra firme respuesta al concluir, es ésta: puesto que una alternativa social al capitalismo -como el socialismo- es ahora más necesaria y deseable que nunca, también lo es, por consiguiente, el marxismo que contribuye -teórica y prácticamente- a su realización. Lo cual quiere decir, a su vez, que ser marxista hoy significa no sólo poner en juego la inteligencia para fundamentar la necesidad y posibilidad de esa alternativa, sino también tensar la voluntad para responder al imperativo político-moral de contribuir a realizarla. Por último, reitero mi más profundo agradecimiento a la Universidad de La Habana, porque con la alta distinción que me otorga, me da un vigoroso impulso para continuar, en su tramo final, la obra que ha tenido y tiene como eje teórico y vital al marxismo. * Adolfo Sánchez Vásquez Sánchez Vásquez -nacido en Algeciras, Cádiz, y exiliado en México desde los 14 años y recibido en la UNAM de Doctor en Filosofía- ha escrito numerosas obras sobre ética, estética y marxismo, entre ellas: ‘Ciencia y Revolución, el marxismo de Althusser’ (1978), ‘Ensayos marxistas sobre historia y política'(1985), ‘Filosofía y circunstancias’ (1997) y otros ensayos que han contribuido a la formación de investigadores latinoamericanos y al modo de aplicar el materialismo histórico a nuestra específica realidad, por aquello que expuse en una ponencia en un Seminario de la UNAM en 1985: ‘¿América Latina desde Marx o Marx desde América Latina’?. El Sistema Nacional de Investigadores de México reconoció la labor de Sánchez Vásquez nombrándolo Dr. Emérito.

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Repertir Lenin

Slavoj Zizek

La primera reacción pública ante la idea de reactualizar a Lenin es, claro, un ataque de risa sarcástica: Marx vale, hoy en día incluso en Wall Street hay gente que le adora –Marx el poeta de las mercancías, Marx el que proporcionó perfectas descripciones de la dinámica capitalista, Marx el que retrató la alienación y reificación de nuestras vidas cotidianas–, pero Lenin, no, ¡no puedes ir en serio! ¿No representa Lenin precisamente el FRACASO a la hora de poner en práctica el Marxismo, la gran catástrofe que dejó huella en la política mundial de todo el siglo XX, el experimento de Socialismo Real que culminó en una dictadura económicamente ineficaz? De modo que, de haber algún consenso en (lo que queda de) la izquierda radical de hoy en día, éste estriba en la idea de que, para resucitar el proyecto político radical, habría que dejar atrás el legado leninista: la inquebrantable atención a la lucha de clases, el partido como forma privilegiada de organización, la toma revolucionaria y violenta del poder, la consiguiente «dictadura del proletariado»… ¿no constituyen todos estos «conceptos-zombi» que hay que abandonar si la izquierda quiere tener alguna oportunidad bajo las condiciones del capitalismo tardío «posindustrial»?

El problema con este argumento aparentemente convincente es que suscribe con demasiada facilidad la imagen heredada de un Lenin, sabio dirigente revolucionario, que, después de formular las coordenadas básicas de su pensamiento y práctica en el ¿Qué hacer?, se limitó a aplicarlas consiguiente e implacablemente. ¿Y si hubiera otra historia que contar sobre Lenin? Es cierto que la izquierda de hoy en día está atravesando una experiencia devastadora del fin de toda una época de movimiento progresista, una experiencia que la obliga a reinventar las coordenadas básicas de su proyecto –sin embargo, una experiencia exactamente homóloga fue la que dio origen al leninismo. Recuerden la conmoción de Lenin cuando, en otoño de 1914, todos los partidos socialdemócratas europeos (con la honorable excepción de los bolcheviques rusos y de los socialdemócratas serbios) adoptaron la «línea patriótica» –Lenin llegó a pensar que el número de Vorwaerts, el diario de la socialdemocracia alemana, que informaba de cómo los socialdemócratas habían votado en el Reichstag a favor de los créditos militares era una falsificación de la policía secreta rusa destinada a engañar a los obreros rusos. En aquella época del conflicto militar que dividió en dos el continente europeo, ¡qué difícil era rechazar la idea de que había que tomar partido en este conflicto y luchar contra el «fervor patriótico» en el propio país! ¡Cuántas grandes cabezas (incluida la de Freud) sucumbieron a la tentación nacionalista, aunque sólo fuera por un par de semanas!

Esta conmoción de 1914 fue –por expresarlo en palabras de Alain Badiou– un desastre, una catástrofe en la que desapareció un mundo entero: no sólo la idílica fe burguesa en el progreso, sino TAMBIÉN el movimiento socialista que la acompañaba. El propio Lenin (el Lenin de ¿Qué hacer?) perdió el suelo bajo los pies –no hay, en su reacción desesperada, ninguna satisfacción, ningún «¡os lo dije!». ESTE momento de Verzweiflung [desesperación], ESTA catástrofe abrió el escenario para el acontecimiento leninista, para romper el historicismo evolutivo de la Segunda Internacional –y sólo Lenin estuvo a la altura de esta apertura, sólo él articuló la Verdad de la catástrofe. En este momento de desesperación nació el Lenin que, dando un rodeo por la atenta lectura de la Lógica de Hegel, fue capaz de identificar la oportunidad única de revolución. Resulta crucial hacer hincapié en esta relevancia de la «alta teoría» para la lucha política más concreta hoy, cuando hasta a un intelectual tan comprometido como Noam Chomsky le gusta recalcar la poca importancia que tiene el conocimiento teórico para la lucha política progresista: ¿de qué sirve estudiar grandes textos filosóficos y socioteóricos para la lucha de hoy en día contra el modelo neoliberal de globalización? ¿No estamos tratando o bien hechos evidentes (que no hay más que hacer públicos, algo que Chomsky está haciendo en sus numerosos textos políticos) o bien de una complejidad tan incomprensible que no podemos entender nada? Contra esta tentación antiteórica, no basta con llamar la atención sobre la gran cantidad de presupuestos teóricos existentes acerca de la libertad, el poder y la sociedad, que abundan también en los textos políticos de Chomsky; cabe sostener que es más importante ver cómo, hoy en día, quizá por primera vez en la historia de la humanidad, nuestra experiencia cotidiana (de la biogenética, la ecología, el ciberespacio y la realidad virtual) nos obliga a TODOS a enfrentarnos a los temas filosóficos esenciales sobre la naturaleza de la libertad y la identidad humana, etc. Volviendo a Lenin, su El Estado y la revolución es el correlato estricto de esta experiencia devastadora de 1914 –la absoluta implicación subjetiva de Lenin en ella queda clara desde su célebre carta a Kamanev de Julio de 1917:

«Entre nous [entre nosotros]: si me matan, te pido que publiques mi cuaderno “El marxismo y el Estado” (que abandoné en Estocolmo). Está forrado con una cubierta azul. Se trata de una recopilación de todas las citas de Marx y Engels, así como de Kautsky contra Pannekoek. Hay una serie de observaciones y notas, formulaciones. Creo que con una semana de trabajo se podría publicar. Lo considero imp. porque no sólo Plejanov, sino también Kautsky lo entendieron mal. Condición: todo esto es entre nous» [1] .

La implicación existencial es aquí extrema, y el núcleo de la «utopía» leninista surge a partir de las cenizas de la catástrofe de 1914, en su ajuste de cuentas con la ortodoxia de la Segunda Internacional: el imperativo radical de aplastar el Estado burgués, lo cual significa el Estado COMO TAL, e inventar una nueva forma social común sin ejército, policía o burocracia permanentes, en la que todos pudieran participar en la administración de las cuestiones sociales. Esto no era para Lenin un proyecto teórico para un futuro remoto –en octubre de 1917, Lenin proclamó que «ahora mismo podemos poner en marcha un aparato estatal constituido por diez, si no veinte, millones de personas» [2] . Este impulso del momento es la verdadera utopía. Con lo que habría que quedarse es con la LOCURA (en sentido Kierkegaardiano estricto) de esta utopía leninista –y el estalinismo representa, si acaso, un retorno del «sentido común» realista. Es imposible sobrestimar el potencial explosivo de El Estado y la revolución –en este libro, «se prescinde abruptamente del vocabulario y de la gramática de la tradición occidental de la política» [3] . Lo que vino a continuación puede llamarse, apropiándonos del título del texto de Althusser sobre Maquiavelo, la solitude de Lenine [la soledad de Lenin]: un periodo en el que éste se encontró básicamente solo, luchando contra la corriente en su propio partido. Cuando, en sus «Tesis de abril» de 1917, Lenin identificaba el Augenblick, la oportunidad única para una revolución, sus propuestas se toparon primero con el estupor o el desdén de la gran mayoría de compañeros de partido. Dentro del partido bolchevique, ningún dirigente destacado respaldaba su llamamiento a la revolución y Pravda tomó la extraordinaria medida de disociar al partido, y al consejo de redacción en su totalidad, de las «Tesis de abril» de Lenin –lejos de ser un oportunista que halagaba y explotaba los ánimos imperantes entre el pueblo, las visiones de Lenin eran sumamente idiosincráticas. Bogdanov caracterizó las «Tesis de abril» como «el delirio de un loco» [4] y la propia Nadezhda Krupskaya concluyó que «temo que parezca como si Lenin se hubiera vuelto loco» [5] .

En febrero de 1917, Lenin era un emigrante político semi-anónimo, desamparado en Zurich, sin ningún contacto fiable con Rusia, que se enteraba la mayoría de las veces de los acontecimientos a través de la prensa suiza; en octubre, dirigió la primera revolución socialista exitosa –así que ¿qué sucedió entre medias? En febrero, Lenin percibió de manera inmediata la oportunidad revolucionaria, resultado de circunstancias contingentes únicas –si no se aprovechaba el momento, la oportunidad de revolución se habría perdido, quizá por décadas. En su testaruda insistencia en que había que arriesgarse y pasar a la siguiente fase, es decir, REPETIR la revolución, Lenin estaba solo, ridiculizado por la mayoría de los miembros del Comité Central de su propio partido: no obstante, por más indispensable que fuera la intervención personal de Lenin, no se debería modificar la historia de la Revolución de octubre para convertirla en la del genio solitario enfrentado a las masas desorientadas que paulatinamente va imponiendo su visión. Lenin tuvo éxito porque su llamamiento, soslayando a la nomenklatura de partido, encontró eco en lo que uno se siente tentado a llamar micropolítica revolucionaria: la increíble explosión de democracia de base, de comités locales que empezaban a aparecer inesperadamente por todas las grandes ciudades de Rusia y que, al mismo tiempo que ignoraban la autoridad del gobierno «legítimo», tomaban las cosas en sus manos. Ésta es la historia no contada de la Revolución de octubre, el reverso del mito del grupo minúsculo de revolucionarios entregados e implacables que llevaron a cabo un golpe de Estado.

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Cuatro economías

Mauricio Iraheta

La globocolonización provoca tan enorme desigualdad socioeconómica entre la población mundial, que los datos son escandalosos: cuatro norteamericanos -Bill Gates, Paul Allen, Warren Buffet y Larry Ellisson- poseen juntos una fortuna superior a la del PIB de 42 naciones con 600 millones de habitantes. En el Real Madrid, equipo de fútbol de España, tres jugadores -un brasileño, un inglés y un francés- reciben, juntos, salarios anuales de 42 millones de dólares, equivalente al presupuesto anual de la capital de El Salvador, con cerca de 1.8 millones de habitantes.

No es verdad que todos nacemos iguales, como dice la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Somos desiguales antes incluso del parto. La gestación de una mujer pobre no se puede comparar con la de una rica. Basta comparar el peso de sus bebes y sus defensas orgánicas.

Desde el punto de vista del comportamiento, podemos hablar hoy de cuatro economías: de la necesidad, de la suficiencia, de lo superfluidad y de la opulencia.

Dos terceras partes de la población mundial -4 mil millones de personas- viven inmersas en la economía de la necesidad, pues ni siquiera disponen de alimentación en cantidad y calidad suficiente. En 1960 había en el mundo 1 rico por cada 30 pobres; hoy la proporción es de 1 a 80. Millones de personas sobreviven en función de sus necesidades básicas inmediatas: acceso a lo mínimo de alimentos, de agua, de salud, de vivienda. Tienen suerte cuando encuentran empleo y educación. Es un pueblo condenado al éxodo, a la diáspora, emigrando de una región a otra, llevando consigo todas sus pertenencias. De entre ellos mueren cada día por hambre 24 mil vidas, entre las cuales millares de niños.

La economía de la suficiencia habrá de predominar cuando se hayan reducido las desigualdades y la humanidad conquiste, como anunció el profeta Isaías hace 2,800 años, “la paz como fruto de la justicia” (32,17). Esa economía asegura a cada ciudadano los derechos básicos: alimentación, salud y educación; vivienda, trabajo y transporte; cultura, información y diversión. Es la economía que predomina en los monasterios y conventos, donde nadie es condenado a pasar necesidad y nadie tampoco posee cosas superfluas. Todos los bienes, excepto los de uso personal son socializados -lo que es de uno es de todos-, conforme a lo que dice la Biblia respecto de los primeros cristianos: “Nadie consideraba exclusivamente suyo lo que poseía, sino que todo entre ellos era común (…) Entre ellos nadie pasaba necesidad” (Hechos de los Apóstoles 4,32-34). La economía de suficiencia debería de servir de parámetro y norma para el desarrollo sustentable de las naciones.

La economía de la superfluidad es orquestada por el poderoso engranaje publicitario y favorecida por el acelerado avance tecnológico, que vuelve el producto de hoy obsoleto y descartable mañana. Cuando la tecnología no es capaz de dar un paso adelante en lo que ya está inventado -como se ve en los ejemplos del paraguas o del sacacorchos- recurre a las variantes de “diseño”, de modo que pueda conquistar al consumidor por el aspecto, ya que el mecanismo en sí es invariable. Eso sucede especialmente con el consumo de vehículos de paseo, cuya estética atrae más a los compradores que la potencia del motor, la economía de combustible, la estabilidad y otros aspectos, a los cuales la mayoría ni les presta atención.

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O novo eixo da luta de classes

Slavoj Zizek

SITUAÇÃO DOS FAVELADOS NO TERCEIRO MUNDO CORRESPONDE EM BOA PARTE À DEFINIÇÃO DO SUJEITO REVOLUCIONÁRIO ANTEVISTA POR KARL MARX O destino de um velho revolucionário comunista esloveno pode ser exposto como metáfora perfeita das voltas e reviravoltas descritas pelo stalinismo. Em 1943, quando a Itália capitulou, ele comandou uma rebelião de prisioneiros iugoslavos em um campo de concentração em Rab, uma ilha do mar Adriático: sob sua liderança, 200 prisioneiros semimortos de fome desarmaram 2.200 soldados italianos, sem nenhuma ajuda externa. Após a guerra ele foi preso e encarcerado numa "goli otok" ("ilha nua") da região -um conhecido campo de concentração comunista. Em 1953, ainda nesse campo, ele foi mobilizado, com outros detentos, para erguer um monumento para comemorar o décimo aniversário da rebelião de 1943 em Rab. Ou seja, enquanto era prisioneiro dos comunistas, foi obrigado a erguer um monumento a ele próprio, à rebelião liderada por ele… Se a injustiça (é mais adequado falar dela que da justiça) poética significou alguma coisa, foi o seguinte: não teria o destino desse revolucionário sido aquele da população inteira sob a ditadura stalinista, dos milhões de pessoas que, primeiro, promovem a derrubada histórica do "ancien régime", na revolução, e, depois, escravizados pelas novas regras, são obrigados a erguer monumentos em homenagem a seu próprio passado revolucionário? Acho que [o historiador britânico] Timothy Garton Ash teria apreciado esse acidente tragicômico -ele se aproxima do espírito de ironia eticamente engajada que permeia os melhores momentos de sua obra. Embora Ash seja, formalmente, meu adversário político, sempre o considerei digno de ser lido, sempre o apreciei por sua abundância de observações precisas e como fonte confiável de informações sobre as vicissitudes da desintegração do comunismo no Leste Europeu. Em "The Free World – America, Europe and the Surprising Future of the West" [O Mundo Livre – América, Europa e o Surpreendente Futuro do Ocidente, Allen Lane, 256 págs., 17,99 libras], seu novo livro, Ash aplicou a mesma abordagem lúcida e amargamente espirituosa ao quebra-cabeças das tensões recentes entre os países-chave da Europa Ocidental, por um lado, e os EUA, do outro. Suas observações sobre as relações entre Reino Unido, França e Alemanha em vários momentos recordam a ironia gentil do romance de costumes, conferindo um novo significado ao tema antigo da chamada "trindade européia". Em uma cena famosa de "O Fantasma da Liberdade", de Buñuel, as relações entre o comer e o defecar são invertidas: as pessoas ficam sentadas sobre privadas em volta da mesa, conversando agradavelmente e, quando sentem vontade de comer, perguntam discretamente à criada "onde é aquele lugar, sabe?" e saem para um pequeno cômodo nos fundos da casa, sem se deixarem notar. Então, como complemento a Lévi-Strauss, nos sentimos tentados a sugerir que as fezes também podem funcionar como "matière à penser" [matéria a pensar]: afinal, os três tipos básicos de privada não formam uma espécie de correlação/contraponto ao triângulo culinário levi-straussiano?

Chafurdando em ideologia

Numa privada alemã tradicional, o buraco no qual as fezes desaparecem depois de darmos a descarga fica à frente, de modo que primeiro o cocô fica exposto à nossa frente, para cheirarmos e inspecionarmos para verificar possíveis sinais de doença. Na privada francesa típica, pelo contrário, o buraco fica atrás, ou seja, a idéia é que o cocô desapareça o quanto antes. E a privada americana (anglo-saxã), finalmente, apresenta uma espécie de síntese, uma mediação entre esses dois pólos opostos -a bacia da privada fica cheia de água, de modo que as fezes flutuam sobre ela, visíveis, mas não para serem inspecionadas. Não surpreende que, na famosa discussão sobre diferentes tipos de privadas européias presente no começo de seu livro semi-esquecido, "Medo de Voar", Erica Jong afirme, em tom zombeteiro, que "as privadas alemãs são realmente a chave dos horrores do Terceiro Reich. Pessoas capazes de construir privadas como essas são capazes de qualquer coisa". Fica claro que nenhuma dessas versões pode ser explicada em termos puramente utilitários: é claramente discernível uma certa percepção ideológica sobre como o sujeito deve relacionar-se com o excremento desagradável que sai de dentro de seu corpo. Hegel foi um dos primeiros a interpretar a tríade geográfica da Alemanha/França/Inglaterra como expressão de três atitudes existenciais distintas: a profundidade e meticulosidade reflexiva alemã, a pressa revolucionária francesa, o pragmatismo utilitário moderado inglês. Em termos de postura política, essa tríade pode ser lida como conservadorismo alemão, radicalismo revolucionário francês e liberalismo moderado inglês e, em termos do predomínio de uma das esferas da vida social, é a metafísica e poesia alemãs contra a política francesa e a economia inglesa. A referência a privadas permite não só discernir a mesma tríade em ação no campo mais íntimo da realização da função excrementícia mas também visualizar o mecanismo subjacente dessa tríade nas três atitudes diferentes em relação ao excesso excrementício: fascínio contemplativo ambíguo, a tentativa apressada de livrar-se do excesso desagradável o mais rapidamente possível e a abordagem pragmática de tratar o excesso como objeto comum ao qual deve ser dado um fim de maneira apropriada. Assim, é fácil para um acadêmico em uma mesa-redonda afirmar que vivemos num universo pós-ideológico -assim que ele vai ao banheiro após a discussão acalorada, volta a ver-se chafurdando em ideologia. Neste momento não devemos ter medo de formular a pergunta ingênua: por que não os EUA como polícia global?

As observações de Ash parecem indicar como, hoje, essa trindade está passando por um deslocamento estranho de termos com relação a suas posições: os franceses parecem estar preocupados com a cultura (como salvar seu legado cultural da vulgar americanização global), os ingleses estão concentrados em dilemas políticos (devem ou não ingressar na Europa politicamente unificada etc.) e os alemães -os alemães andam preocupados com a triste inércia de sua economia. Até aqui, tudo bem, então. Entretanto, quando, na segunda metade do livro, Ash passa a fazer um diagnóstico geral das ameaças à liberdade após o fim da Guerra Fria, o tom geral se torna dogmático e simplista, e as soluções propostas soam impossivelmente ingênuas e declaratórias. É verdade que, aqui ou ali, lemos insights e declarações surpreendentes, em se tratando de um autor da posição política de Ash (como, por exemplo, o ataque inequívoco às práticas comerciais injustas dos países desenvolvidos, que estão impelindo os países pobres à ruína). Apesar disso, fica claro que falta a suas propostas positivas uma fundamentação sólida numa análise detalhada da situação mundial. Para começar, ele identifica quatro "novos Exércitos Vermelhos" (sic!), as forças do mal (ou os processos históricos) que representam (ou vão representar) uma ameaça à democracia e à liberdade nas próximas décadas: a situação no Oriente Médio (o conflito israelo-palestino sem solução e a ascensão do fundamentalismo islâmico), a situação no Extremo Oriente (em que a China vai se transformar, no que diz respeito à democracia?), a disparidade entre o Norte rico e o Sul pobre e o impasse ecológico global. Já aqui não podemos deixar de notar como os quatro pontos de preocupação são enumerados com simplicidade: Ash simplesmente faz uma lista de quatro áreas que causam preocupação. Conseqüentemente, as soluções que ele propõe se lêem mais como uma lista de desejos (os países desenvolvidos devem respeitar as regras da concorrência de mercado que querem impor aos países subdesenvolvidos; eles devem fazer mais um esforço concentrado e sério para evitar possíveis catástrofes ecológicas; a crise do Oriente Médio só pode ser resolvida por meio do esforço conjunto dos jogadores-chave, nos EUA e na Europa…) do que como um plano de ação baseado numa análise séria da constelação global.

Anticlímax

Assim, a conclusão do livro forma um anticlímax e não satisfaz as expectativas do projeto declaradas no subtítulo do livro, ou seja, mostrar como o mundo pós-Guerra Fria, apesar de gerar problemas novos e próprios, também abre uma oportunidade única de fazer frente a esses problemas. A percepção que eu tenho das causas dessa deficiência é totalmente "superada", tingida de marxismo: para mim, está claro que os quatro pontos problemáticos citados por Ash têm suas raízes na dinâmica geral do capitalismo de hoje. Essa ligação fica auto-evidente no caso dos problemas ecológicos e da disparidade econômica entre o Norte e o Sul. A ascensão do fundamentalismo islâmico não é condicionada pela recusa da civilização muçulmana em integrar a dinâmica social do capitalismo? A dinâmica econômica estranha da China não tem suas raízes no fato de ela ser um Estado comunista que aderiu plenamente à economia capitalista? Assim, a questão deveria ser formulada em um nível mais generalizado: em que pé estamos com relação ao capitalismo global? Esses pontos problemáticos são sintomas de uma falha estrutural inscrita no próprio cerne da máquina capitalista ou são meros acidentes que poderiam ser mantidos sob controle, quando não resolvidos? Isso não significa que devamos pura e simplesmente rejeitar o diagnóstico e as propostas de Ash por meio de uma réplica marxista impolida, dizendo que "ele não leva em conta a totalidade dialética da situação". Existem pontos nos quais o sofrimento humano, em sua singularidade, alcança um nível no qual a referência fácil a uma totalidade maior vira cinismo. Dentro desse espírito, o único argumento válido a favor da Guerra do Iraque foi evocado repetidas vezes por Christopher Hitchens: não devemos nos esquecer de que a maioria dos iraquianos é, concretamente, vítima de Saddam e ficaria realmente feliz e aliviada em ver-se livre dele. Saddam foi uma catástrofe tão grande para seu país que uma ocupação americana, fosse qual fosse a forma que assumisse, poderia parecer à população iraquiana uma perspectiva muito mais animadora, no que dizia respeito à sua sobrevivência diária e seus níveis de medo. Não estamos falando aqui em "levar a democracia ocidental ao Iraque", mas apenas em nos livrar do pesadelo chamado Saddam. Para essa maioria da população, a cautela expressa por liberais ocidentais só pode se configurar como uma hipocrisia profunda -será que esses liberais realmente se preocupam com o sentimento da população do Iraque? Podemos apresentar aqui um argumento ainda mais geral: o que dizer dos esquerdistas ocidentais pró-Fidel Castro, que desprezam aqueles que os próprios cubanos designam como "gusanos" (vermes), ou seja, os cubanos que deixaram o país? Entretanto, mesmo com toda a simpatia do mundo pela Revolução Cubana, que direito tem um típico esquerdista ocidental de classe média de desprezar um cubano que decidiu deixar Cuba não por desencanto político, mas também em razão da pobreza (tão grande que envolve a fome concreta)? Nesse mesmo veio, eu mesmo me recordo -no início dos anos 1990- de dezenas de esquerdistas ocidentais que, orgulhosamente, me atiraram na cara o fato de que, para eles, a Iugoslávia ainda existia e me criticaram por ter traído a oportunidade única de manter a Iugoslávia -acusação à qual eu sempre respondia que ainda não estava disposto a viver minha vida de maneira a não desiludir esquerdistas ocidentais. Existem poucas coisas mais dignas de desprezo, poucas atitudes mais "ideológicas" (se esse termo possui algum significado hoje, deve ser aplicado aqui), do que um catedrático esquerdista ocidental desprezando com arrogância (ou, ainda pior, "compreendendo" de maneira paternalista) um europeu oriental de um país comunista que anseia pela democracia liberal ocidental e por alguns bens de consumo.

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La velocidad del sueño (I): Botas

Subcomandante Marcos

No corre la madrugada en las montañas del sureste mexicano. Como si no tuviera prisa, se regodea en todos y cada uno de los rincones, como amante paciente y dedicada. La niebla le va de la mano, con su largo vestido de nube, y consigue asfixiar la luz más empecinada, le tiende cerco, la rodea de su nívea pared, la encierra en un aro difuso. Desde la mitad del cielo, la luna se bate en retirada. Una voluta de humo se confunde con la neblina, despacio, con la misma lentitud con la que la nube arropa, bajo el amplio vuelo de su nagua, las champas dispersas. Todos duermen. Todos menos la sombra. Todos sueñan. Sobre todo la sombra. Apenas extiende la mano y atrapa una pregunta.

¿Cuál es la velocidad del sueño?

No lo sé. Tal vez es… Pero no, no lo sé…

En realidad, acá, lo que se sabe, se sabe en colectivo,

Sabemos, por ejemplo, que estamos en guerra. Y no me refiero sólo a la guerra propiamente zapatista, que no acaba de satisfacer las ansias de sangre de algunos medios de comunicación y de algunos intelectuales ‘de izquierda’, tan afectos como son, los unos a las cantidades de muertos, heridos y desaparecidos, los otros a traducir muertes en errores ‘por no hacer lo que yo les decía’.

No sólo, también hablo de ésta a la que nosotros llamamos ‘IV Guerra Mundial’, que se libra por el neoliberalismo y contra la humanidad. La que transcurre en todos los frentes y en todas partes, incluyendo las montañas del Sureste Mexicano. Lo mismo en Palestina que en Irak, en Chechenia o en los Balcanes, en Sudán o en Afganistán, con ejércitos más o menos regulares. La que, de la mano de éstas, el fündamentalismo de uno y otro bando lleva a todos los rincones del planeta. La que, asumiendo formas no militares, cobra víctimas en América Latina, en la Europa Social, en Asia, en África, en Oceanía, en el Lejano Oriente, con bombas financieras que hacen volar en pedazos Estados Nacionales enteros y organismos internacionales.

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La velocidad del sueño (II): Zapatos, tenis, chanclas, huaraches, zapatillas

Subcomandante Marcos

Septiembre es el noveno mes el año, y arriba la luna trae una panza como si tal. Y hasta se ruboriza un poco cuando se deja caer sobre occidente. La lluvia y las nubes como que se asomaron, pero les dio pereza y se quedaron atrás de la montaña, ésa que se levanta al oriente. Abajo, en la grabadorita, Tania Libertad canta ésa que dice ‘no lo van a impedir (…}, a pesar del otoño creceremos’. Confundida en las sombras, la sombra escribe una carta. Después del ‘Ejército Zapatista etcétera’ y de la fecha, Septiembre del 2004, ya se lee…

A: Píerluigi Sullo.

Dirección del semanario Carta.

Italia, Continente Europeo, Planeta Tierra.

Pedro Luis, hermano:

Recibe un abrazo desde las montañas del Sureste Mexicano. Supongo que te extrañará el ‘Pedro Luis’, pero es que se me ha contagiado el ‘modo’ de los compás de ‘zapatizar’ los nombres, asi que pongo ‘Pedro Luis’ por ‘Pierluigi’.

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La velocidad del sueño (III): Pies desnudos

Subcomandante Marcos

El club de las caricias mutuas.

¿Cuál es la velocidad del sueño?

No lo sé.

‘No lo sé’, esas tres palabras deberían estar más presentes en el repertorio de todos, tan obligados como a veces nos sentimos a opinar acerca de todo, y a suplantar opiniones por dogmas y recetas (‘verdades’, dicen).

En el ‘Club de las Caricias Mutuas’, es decir, en la selecta intelectualidad que, en y desde los medios masivos de comunicación de derecha (y algunos ‘de izquierda’), se mantiene ajena (‘objetiva’, dicen) a la realidad, hace tiempo que la crítica y el debate fueron suplantados por el escándalo mediático, por ‘neutralidades’ (que, al fin de la edición, son más fündamentalistas que Bush-Bin Laden), y por profecías que no importan si no se argumentan ni se cumplen (‘después de iodo, ¿a quién le importa la realidad? ‘).

Cortesanos versátiles en la periferia del Poder, esos intelectuales hablan de todo, son expertos en todo. En su filosofía instantánea y soluble (‘salimos al aire- entrego mi colaboración en unos minutos, mi buen, no hay tiempo de pensar en lo que se va a decír- escribír’), estos neo filósofos de la postmodernidad, siguiendo las modas que se renuevan cada tanto, imitan las poses y el método de los ‘grandes’ pensadores, es decir, abstraen y generalizan. O sea que suponen y crean un molde, y luego lo aplican. ¿Las sobras?, al basurero (o sea fuera de la programación o del índice del artículo).

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Good Morning Lenin!

Alemania 2004

Alemania, centro dominante de la Unión Europea, atraviesa crecientes dificultades económicas y políticas, la euforia de comienzos de los años 90 quedó atrás. La “unificación alemana“  presentada como la expresión de la victoria definitiva de la economía de mercado, y el  fracaso final del comunismo, se ha convertido en una acumulación de desilusiones, especialmente en el Este, la ex República Democrática Alemana, donde la desocupación se acerca al 20 % de la población económicamente activa, el doble que en el Oeste. Y donde el viejo bipartidismo, alternancia entre socialdemócratas y demócratas cristianos (con complementos verdes y liberales) se deteriora rápidamente.

Las últimas elecciones  regionales en Brandeburgo y Sajonia, estados federales del Este expresaron no solo dicha degradación sino además el avance espectacular de los neocomunistas  (el Partido del Socialismo Democrático) que quedaron como la segunda fuerza en ambos casos (con 28 % y 23 % de los votos respectivamente). La prensa occidental por lo general ocultó el hecho poniendo el énfasis en el avance de la extrema derecha (9% de los votos en Sajonia y 6% en Brandeburgo).

La caída de los dos grandes partidos tradicionales ya fue visible en las elecciones para el parlamento europeo a mediados de este año cuando el oficialismo, la socialdemocracia, obtuvo apenas el 21 % de los votos a nivel nacional, pero como la asistencia electoral fue muy baja (43 %) de hecho logró solo el 9 % del total del electorado. Los demócratas cristianos también retrocedieron, perdieron 1, 7 millones de votos con relación a la última elección europea.

 

Todo empezó en Madeburgo

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Discurso «populista» y defensa de privilegios. Los estadounidenses que votan a George W. Bush

Thomas Frank

LE MONDE diplomatique | 21 febrero 2004

Los estadounidenses conocerán en las próximas semanas el nombre del adversario demócrata que se enfrentará a George W. Bush. La aversión que suscita el presidente de Estados Unidos en su país y en el extranjero hace olvidar que conserva, a pesar de ello, numerosos partidarios que saben sacar el máximo de réditos electorales del papel que despreciativamente se les atribuye de portavoces de una América profunda. Ni intelectual ni europea pero segura de su superioridad y de sus valores.

Cuando los candidatos demó­cratas a la elección presiden­cial de noviembre de 2004 se enfrentaban en el Estado de Iowa. una publicidad televisiva atacaba al favo­rito en las encuestas, Howard Dean. Lo presentaba como el preferido de la "élite cultural", dado a "subir los im­puestos y a aumentar el poder del Estado, al café a la italiana, a comer sushis, a los autos Volvo, a leer el New York Times, al body piercing y a Hollywood; un monstruo de feria del ala izquierda", que no sabe tratar con el pueblo llano del Medio Oeste.

La publicidad es auspiciada por el Club para el Crecimiento, una organi­zación con sede en Washington, cuya finalidad es reunir a los ricos que ve­neran el mundo de los negocios con los políticos que comparten la misma inclinación y que están en condiciones de transformarla en leyes contantes y sonantes. Los miembros del Club son economistas neoliberales, celebrida­des millonadas, y grandes pensadores de la difunta Nueva Economía que consagraron toda una década a presen­tar la desregulación y la reducción de impuestos como si se tratara del se­gundo advenimiento de Cristo. En otras palabras, quienes creyeron ver a Jesús en la siempre ascendente cotiza­ción del Nasdaq, los economistas que vivieron de insistir públicamente en que la privatización y las desregula­ciones eran el mandato de la historia. ahora difunden anuncios televisivos que denuncian a la "élite".

En esa paradoja reside el misterio estadounidense de 2004. Gracias al desplazamiento a la derecha de los úl­timos treinta años, la concentración de riqueza en Estados Unidos es la más grande registrada desde la década de 1920, mientras que los trabajadores ven reducidos sus derechos laborales y las empresas se han convertido en el elemento más poderoso del mundo. Y esa corriente conservadora -que si­gue fortaleciéndose- se vende como una guerra contra las "élites", la rebe­lión virtuosa del hombre común con­tra una detestable clase dirigente.

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Contra el Fatalismo Económico

Pierre Bourdieu

Texto del discurso pronunciado por Pierre Bourdieu el 22 de noviembre de 1997, en el acto de recepción del Premio Ernst Bloch, concedido por el Instituto Ernst Bloch, en la ciudad alemana de Ludwigshafen. Mis más cálidos agradecimientos para la ciudad de Ludwigshafen, su alcalde el Señor Wolfgang Schulte y al Instituto Ernst Bloch, por el honor que se me ha concedido y asocia mi nombre con el de uno de los filósofos a quien más admiro. Mis agradecimientos también para el señor Ulrich Beck por el generoso discurso que acaba de pronunciar. Me hace pensar en que en el futuro próximo podremos asistir al nacimiento de la utopía de un colectivo intelectual europeo, cosa que he apoyado durante mucho tiempo. Mi única crítica a esta eulogia es su excesiva generosidad, especialmente por la forma en que atribuyó a mi persona una cantidad de propiedades y cualidades que sólo son producto de condiciones sociales. No puedo dejar de pensar, cuando se me honra de semejante manera y se me eleva al nivel de gran defensor de la idea utópica -en estos días tan desacreditada, desechada y ridiculizada, en nombre del realismo económico-, que estoy siendo autorizado o más precisamente urgido a intentar definir cual tiene que ser y debe ser el papel del intelectual, en relación a la utopía en general y la utopía europea en particular. Revolución conservadora Debemos reconocer que estamos actualmente en un período de restauración neoconservadora. Pero esta revolución conservadora asume una forma sin precedentes: no hay, como en tiempos anteriores, ningún intento de invocar un pasado idealizado mediante la exaltación de la tierra, la sangre, y los temas de las antiguas mitologías rurales. Es un nuevo tipo de revolución conservadora que, para justificar su restauración reclama una relación con el progreso, la razón y la ciencia -la economía, en verdad-, y a partir de esto intenta relegar el pensamiento y la acción progresiva a un estatus arcaico. Se erige como patrón de normas para todas las prácticas, y por tanto como norma ideal, el orden del mundo económico librado a su propia lógica: la ley del mercado, la ley del más fuerte. Ratifica y jerarquiza la norma de los llamados mercados financieros, el retorno a un tipo de capitalismo radical que no responde a ninguna ley más que a la máxima ganancia; un capitalismo sin tapujos, desenfrenado, que ha sido llevado hasta el límite de su eficiencia económica por medio de las formas modernas de conducción Management y las técnicas manipuladoras como la investigación de mercado y las propagandas de venta y comercialización. El aspecto engañoso de esta revolución conservadora es que, atrapada por todos los signos de la modernidad, aparentemente no conserva nada de la oscura pastoral de la Selva Negra, tan amada por los revolucionarios de los años 30. Después de todo, viene de Chicago ¿no es así? Galileo dijo que el mundo natural está escrito en lenguaje matemático. Actualmente, tratan de inventar que el mundo social está escrito en lenguaje económico. Mediante el arma de las matemáticas -y también del poder de los medios- el neoliberalismo se ha transformado en la forma suprema de contraataque conservador, apareciendo durante los últimos treinta años bajo la denominación de "el fin de la ideología" o, mas recientemente, "el fin de la historia". Fatalismo economicista Lo que se nos presenta como un horizonte imposible de superar por el pensamiento -el fin de las utopías criticas- no es nada más que un fatalismo economicista, que puede criticarse en los términos empleados por Ernst Bloch en El espíritu de la utopía (1) dirigiéndose al economicismo y fatalismo que pueden encontrarse en el marxismo. La fechitización de las fuerzas productivas y el fatalismo resultante, se encuentra hoy paradójicamente en los profetas del neoliberalismo y en los sacerdotes del Deutschmark y la estabilidad monetaria. El neoliberalismo es una poderosa teoría económica cuya estricta fuerza simbólica, combinada con el efecto de la teoría, redobla la fuerza de las realidades económicas que supuestamente expresa. Sostiene la filosofía espontanea de los administradores de las grandes multinacionales y de los agentes de la gran finanza, en especial los agentes de Fondos de pensión. Seguida en todo el mundo por políticos nacionales e internacionales, funcionarios oficiales y especialmente por el mundillo de los periodistas tradicionales -todos mas o menos igualmente ignorantes de la teología matemática subyacente- se esta transformando en una creencia universal, en un nuevo evangelio ecuménico. Este evangelio, o más bien la vulgarización gradual que se ha hecho a nombre del liberalismo en todos los lugares, está confeccionada con una colección de palabras mal definidas -"globalización", "flexibilidad", "desrregulación" y otras- que, a través de sus connotaciones liberales e incluso libertarias pueden ayudar a dar la apariencia de un mensaje de libertad y liberación a una ideología que se piensa a si misma como opuesta a toda ideología. De hecho, esta filosofía tiene y reconoce como su único objetivo la permanente creación de riqueza y, más secretamente, su concentración en manos de una minoría privilegiada, y por lo tanto conduce un combate por cualquier medio, incluso la destrucción del medio ambiente y el sacrificio humano, contra cualquier obstáculo a la maximización de las ganancias. Seguidores del laisser-faire, como Thatcher, Reagan y sus sucesores ponen cuidado en la práctica no del laisser-faire sino, al contrario, en dar mano libre a la lógica de los mercados financieros para llevar adelante una guerra total contra los sindicatos, contra las adquisiciones sociales de los últimos siglos, en una palabra, contra todas las formas de civilización asociadas con el estado social. Juzgar por los resultados La política neoliberal puede ser ahora juzgada por sus resultados, que son claros para todos, a pesar de los esfuerzos para probar por medio de trucos estadísticos y trampas groseras que Estados Unidos y Gran Bretaña han alcanzado el pleno empleo. Hay desempleo masivo. Los trabajos que hay son precarios, la permanente inseguridad resultante afecta una creciente proporción de la población, aun en las clases medias. Hay una profunda desmoralización ligada al colapso de la solidaridad elemental, especialmente en la familia y todas las consecuencias de este estado de anomia: delincuencia juvenil, crimen, drogas, alcoholismo, la reaparición en Francia y en otros lugares de movimientos políticos de corte fascista. Y hay una destrucción gradual de las adquisiciones sociales y cualquier defensa de estas es denunciada como conservadurismo pasado de moda. A esto podemos sumar ahora la destrucción de las bases económicas y sociales de las más notables conquistas culturales de la humanidad. La autonomía de la cual gozaban los universos de la producción cultural en relación al mercado, que había crecido continuamente por medio de las luchas de los escritores, artistas y científicos, está cada vez más amenazada. La dominación del "comercio" y de "lo comercial" sobre la literatura aumenta día a día, especialmente por medio de la concentración de la industria de publicidad que está cada vez más sujeta a las restricciones de la ganancia inmediata. Acerca del cine, podemos preguntarnos qué quedará del cine artístico experimental europeo en diez años, a no ser que se haga todo lo posible para proporcionar a los productores de vanguardia los medios de producción y más importante aún, de distribución. Todo esto, sin mencionar los servicios sociales, condenados o a las órdenes directamente interesadas de las burocracias estatales o empresariales o a ser estrangulados económicamente. Se me preguntará ¿cual fue el papel de los intelectuales en todo esto ? No intentaré hacer un listado -sería muy largo y muy cruel- de todas las formas omisión o, peor aun, de colaboración. No necesito mencionar los argumentos de los así llamados filósofos modernistas y posmodernistas que, no satisfechos con enterrarse a sí mismos en juegos escolásticos, se reducen a la defensa verbal de la razón y el diálogo racional, o peor aun, sugieren una versión supuestamente posmoderna pero realmente radical-chic de la ideología del fin de las ideologías, con toda su condena de las grandes narrativas y una denuncia nihilista de la ciencia. Utopismo razonado ¿Cómo podremos evitar desmoralizarnos en este entorno más o menos desalentador? ¿Cómo devolveremos la vida y la fortaleza social al "utopismo razonado" del que habla Ernst Bloch refiriéndose a Francis Bacon? (2). Para empezar ¿cómo debemos entender el significado de esta frase? Otorgándole un riguroso significado a la oposición descrita por Marx entre "sociologismo" (la pura y simple sumisión a las leyes sociales) y "utopismo" ( el desafío audaz de estas leyes), Ernst Bloch describe al "utópico razonable" como quien actúa en virtud de "el pleno conocimiento conciente del curso objetivo", la posibilidad objetiva y real de su "época"; a quien, en otras palabras, "anticipa psicológicamente una posible realidad". El utopismo racional se define como opuesto tanto al "pensamiento ilusorio que siempre ha traído descrédito a la utopía" como a "las trivialidades filisteas preocupadas esencialmente por los hechos". Se opone al "derrotismo ultimatista" -la herejía de un automatismo objetivista, según el que las contradicciones objetivas del mundo serían suficientes en sí mismas para revolucionar el mundo en el cual se dan- y, al mismo tiempo, al "activismo por sí mismo" , puro voluntarismo basado en un exceso de optimismo.(3) Así que contra este "fatalismo de banquero" que pretende hacernos creer que el mundo no puede ser diferente a lo que es -en otras palabras, totalmente sometido a los intereses y deseos de ellos-, los intelectuales y todos aquellos preocupados por el bienestar de la humanidad tendrán que restablecer un pensamiento utópico con respaldo científico, tanto en sus metas, que deben ser compatibles con las tendencias objetivas, como en sus medios, que también deben ser científicamente examinados. Necesitan trabajar colectivamente en estudios que puedan impulsar proyectos y acciones adecuados a los procesos objetivos que se intenta transformar. El utopismo razonado, como lo he definido, es indiscutiblemente lo más ausente en la Europa actual. La forma de resistir a esta Europa -la que el pensamiento de los banqueros intenta hacernos aceptar a toda costa- no es el rechazo a Europa en sí misma desde una posición nacionalista, como lo hacen algunos, sino levantar un rechazo progresivo a la Europa neoliberal definida por bancos y banqueros. Sirve a sus intereses suponer que cualquier rechazo a la Europa que quieren equivale a un rechazo a cualquier Europa. Pero rechazando a una Europa definida y dominada por los bancos, rechazamos el pensamiento de los banqueros y el proceso que -bajo la cobertura neoliberal- termina haciendo del dinero la medida de todas las cosas, incluido el valor de los hombres y mujeres en el mercado laboral y así en todos los terrenos, en todas las dimensiones de la existencia; un proceso que al establecer la ganancia como criterio único para evaluar la educación, la cultura, el arte, la literatura, nos condena a una prosaica civilización desabrida de "fast food", novelas de aeropuertos y guisos televisivos. Resistencia europea La resistencia a la Europa de los banqueros y la previsible restauración conservadora, sólo puede ser europea. Y solamente puede ser europea en el sentido de liberarse de intereses, presunciones, prejuicios y hábitos de pensamiento que son nacionales y aun vagamente nacionalistas, siendo realmente una acción de todos los europeos, en otras palabras, una combinación concertada de intelectuales de todos los países europeos, sindicatos de todos los países europeos, de las más diversas asociaciones de todos los países europeos. Es por esto que la tarea más urgente del momento no es elaborar programas europeos comunes, sino la creación de instituciones -parlamentos, federaciones internacionales, asociaciones europeas de esto y aquello: camioneros, editores, maestros y demás, pero también defensores de árboles, peces, hongos, aire puro, niños y todo lo demás- en el seno de los cuales pueden ser discutidos y elaborados determinados programas europeos. La gente podrá decir que todo esto ya existe, pero yo estoy plenamente seguro de lo contrario, no es preciso más que mirar la actual situación de la federación europea de sindicatos; la única corporación internacional europea que se está construyendo y que posee cierto nivel de efectividad es la de los tecnócratas, contra la cual no tengo nada que decir, en verdad sería el primero en defenderla contra las dudas generalmente estúpidas, nacionalistas o -peor aún- populistas que se ciernen sobre ella. Finalmente, para no dar una respuesta general y abstracta a la pregunta por la cual comencé -sobre el papel de los intelectuales en la construcción de la utopía europea- quisiera decir que contribución espero hacer personalmente a esta inmensa y urgente tarea. Convencido como estoy de que los mayores vacíos de la construcción europea pueden ubicarse en cuatro áreas principales -el estado social y sus funciones; la unificación de los sindicatos; la armonía y modernización de el sistema educativo; y la articulación entre la política económica y la política social- estoy trabajando actualmente, en colaboración con investigadores de diversos países europeos, sobre la concepción y construcción de las estructuras organizativas esenciales para llevar a cabo la investigación comparativa y complementaria necesaria para aportar al utopismo en estas cuestiones su carácter razonado, especialmente, por ejemplo, esclareciendo los obstáculos sociales hacia una europeización real de instituciones tales como estado, sistema educativo y sindicatos. Un proyecto especialmente querido por mí, se refiere a la articulación entre la política económica y lo que llamamos política social, más precisamente, los efectos sociales y los costos de la política económica. Incluye el intento de encontrar las causas primarias de las diversas formas de la miseria social que aflige a hombres y mujeres de las sociedades europeas, lo que casi siempre nos remite a decisiones económicas. Es una oportunidad para que el sociólogo, a quien corrientemente no se consulta excepto para remendar la vajilla que rompen los economistas, aproveche para recordarnos que la sociología puede y debe jugar un papel inicial en las decisiones políticas que son dejadas cada vez más en manos de los economistas o dictadas de acuerdo a consideraciones económicas muy limitadas. A través de una descripción detallada del sufrimiento causado por las políticas neoliberales -en el mismo sentido que en La Misere du monde (4)- y por medio de sistemáticas referencias cruzadas entre, por un lado, los índices económicos concernientes a la política social de las empresas (ajustes, métodos administrativos, salarios y demás) y, por otro lado, los índices de tipo más evidentemente social (accidentes industriales, enfermedades ocupacionales, alcoholismo, utilización de drogas, suicidio, delincuencia, crimen, violaciones, y demás). Me gustaría plantear la pregunta acerca de los costos sociales de la violencia económica y por lo tanto intentar diseñar las bases para una economía del bienestar que tenga en cuenta todas las cosas que, la gente que dirige la economía y los economistas, excluyen de los cálculos más o menos imaginarios en cuyo nombre pretenden gobernarnos. Por lo tanto, para concluir, sólo quiero formular la pregunta que debe estar en el centro de cualquier utopía razonada concerniente a Europa: cómo creamos una Europa realmente europea, una que esté libre de toda dependencia de cualquiera de los imperialismos -comenzando por el imperialismo que afecta la producción y la distribución cultural en particular, vía las restricciones comerciales. Liberada también de todos los residuos nacionales y nacionalistas que aun impiden que Europa acumule, aumente y distribuya todo lo que es más universal en la tradición de todas naciones que la componen. Para terminar con un lugar totalmente concreto del "utopismo" razonado, permítaseme sugerir que esta cuestión, para mí crucial, sea incluida en el programa del Centro Ernst Bloch y el de la organización internacional de "utópicos reflexivos" que en él podría constituirse. * Publicado en New Left Review Nº 227, enero-febrero 1998, Londres. * Traducido del inglés por Clara Inés Restrepo. * Pierre Bourdieu es uno de los principales sociólogos y antropólogos contemporáneos, autor entre otros muchos de libros como El oficio del sociólogo (en colaboración con J.C Chamboredon y J:C Passeron), La distinción, El sentido práctico, La reproducción. Elementos para una teoría de la enseñanza, etc. Director de la revista Actes de la recherche en Sciences Sociales y de numerosos trabajos colectivos de investigación, como el publicado bajo el título La misère du monde, así como de incisivas denuncias contra las manipulaciones mediáticas, se destaca también por su militante solidaridad con las luchas de los trabajadores y, más recientemente, ante la guerra en los Balcanes, por una clara postura de condena tanto a la agresión de la NATO como la "limpieza étnica" lanzada contra los kosovares por el régimen de Milosevic. ____________________________________________________ José Eugenio Guimarães

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