Todo en Vano, de Walter Kempowski : un comentario sin pretensiones

María Cruz Santos Santos

Todo en vano, es la última obra que publicó Walter Kempowski, autor alemán muerto en 2007. La mayoría de sus trabajos se sitúan en momentos críticos de la historia de Alemania, 1945, la derrota en la segunda Guerra Mundial o 1989, en los momentos anteriores o posteriores a la caída del muro. Quizás su obra más importante sea Swansong 1945 (Das Echolot) donde, bajo la forma de diario, relata los últimos 4 días del Reich en Berlín. Es un relato histórico que recoge diarios, cartas y memorias recopilados en 10 volúmenes a lo largo de años y escritos por los protagonistas y del que no hay traducción en español.

La acción de Todo en vano, transcurre en una pequeña ciudad ficticia localizada en Prusia Oriental, Mitkau, cercana al frente ruso. Pronto los rusos traspasarán la frontera alemana y refugiados de otros países que habían sido sometidos durante el avance alemán, ya han empezado a llegar, cada vez con más frecuencia. Las clases se han tenido que suspender para poder alojar a quienes llegan huyendo del avance de los rusos. Igualmente el monasterio cercano sirve de refugio a ancianos desplazados. Además han instalado un hospital por el que pasan personajes que nos hablan de una Alemania culta.

Sin embargo la población parece continuar su vida normal. Mitkau es un microcosmos a través del cual Kempowski nos explica la sociedad nazi de los tiempos de guerra. El mosaico que ofrece es más complejo y matizado del que de forma habitual hablamos. No es un escenario dramático de escenas dantescas. La segregación y la lucha de clases recorren el libro, segregación y lucha que solo aflora en momentos puntuales.

En la ciudad encontramos trabajadores extranjeros que, sorprendentemente, han acudido a Alemania de forma voluntaria, a veces forzados por la persecución y el ostracismo a que han sido sometidos en sus lugares de origen. No tienen la consideración de ciudadanos plenos. No tienen acceso a cualquier tipo de trabajo, solo empleos de menor cualificación y, siempre, sometidos al control, la desconfianza y la sospecha de los alemanes. Algunos viven en colonias, separados del resto de habitantes alemanes, dirigidas por un jefe nazi. Otros se emplean en el servicio doméstico. Todos son sospechosos porque no son alemanes y, más que nadie los polacos. («Nunca te fíes de un polaco»)

También tenemos a los prisioneros de guerra que trabajan para la comunidad. Igualmente aquí hay distinciones: no tienen la misma consideración los franceses que los rusos. Los prisioneros rusos son rápidamente pasados por las armas. Los desertores son ejecutados de la misma forma expeditiva. No se explica que eso pasa, se sabe, como sabes que si robas te detendrá la policía.

Hay otros prisioneros, ladrones, disidentes… Estos realizan las tareas más penosas en las condiciones más duras, sin ropa adecuada, peor alimentados. No hay judíos, esos… ya se sabe. No hay judíos en Mitkau, en ningún lugar.

Una de las virtudes del libro es sumergirnos en la poliédrica sociedad aria. En la lucha de clases soterrada, entre otras razones, por la represión que ejercía el partido, aunque no se la menciona. Los resentimientos, los desprecios, hay que buscarlos en incidentes nimios. El profesor, esa clase baja media, al que se tolera, se escucha a medias, pero al que de forma ostensible se le excluye en los momentos importantes.

El nazi advenedizo, oscuro, fracasado al que el partido le ha dado la oportunidad de mejorar económicamente y hasta le ha dado poder sobre los demás, un Eichman de provincias que acaricia el deseo de obtener el “von” delante del apellido. Alguien que todo el mundo esquiva y todo el mundo desprecia y, sin embargo, buen organizador.

En el vértice de la pirámide están los junkers. La nobleza prestigiada, envidiada y odiada a un tiempo y sobre la cual la guerra y la sociedad ejercerán su venganza aniquilándola. Una nobleza egoísta e insolidaria con un pueblo del que solo la separan la riqueza y los prejuicios arraigados por siglos de dominio señorial. Son seres que se aíslan encerrándose en su torre de marfil (la mansión, símbolo de su decadencia y destino, está a 4 Km. de la ciudad) y a quienes los acontecimientos arrollarán y destruirán. Por otro lado Kempowski nos ofrece, nuevamente, una imagen de los junkers alejada de la que se da habitualmente. Para el autor no son esos seres disgustados con la ascensión de Hitler, que no comparten ni su ideología, ni sus prejuicios. Los junkers, son presentados por el autor, distanciados y resignados a tratar con esos advenedizos groseros que son los nazis pero con los que comparten plenamente la idea de raza. Queda clara la identificación con la ideología del partido cuando se descubra que la mujer del noble, Katharina, ha escondido a un judío durante una noche. El horror del descubrimiento es compartido por familiares y amigos, por los refugiados, que al fin se han visto obligados a alojar, y hasta por los trabajadores extranjeros. Su preocupación, incluso la del miembro de la brigada criminal que la detiene, es si han existido relaciones, relaciones prohibidas entre razas. Al final es una preocupación moral («ti toqui?» – Amarcord). Una obsesión de siglos.

Conforme los rusos avanzan, el río de exiliados crece aunque aún se confía en la genialidad del Führer (No permitirá que los rusos ofendan el suelo alemán). Pero la alarma cunde. Hay miedo, miedo a ser los vencidos, miedo a la venganza. Saben, sin que se lo quieran confesar a sí mismos, que los alemanes fueron sádicos con los pueblos del Este, no solo con los judíos. Temen la justicia del ojo por ojo. Si bien no es solo eso. Es más. Es nuevamente el menosprecio por un pueblo al que consideran inferior, sin cultura. Los comparan con los franceses de donde viene el refinamiento y también la civilización, las ediciones de lujo. No han olvidado el paso de las tropas napoleónicas y aun así… De Rusia solo puede venir la barbarie. Y me parece importante porque es un miedo atávico, más allá de las diferencias políticas e ideológicas.

En las primeras etapas de la huida, el partido a través de las Juventudes, está muy presente. De hecho lo está a lo largo de todo el relato organizando el abastecimiento, limpiando de nieve las calles, acudiendo a donde se les necesita. La maquinaria organizativa que se aplica en los campos de concentración, también se usa aquí al servicio de los refugiados. Se ordenan los lugares donde dejar carros y carretillas. Hay espacios más o menos confortables donde dormir. Tienen preparados alimentos y platos de sopa. Entonces uno no puede por menos de recordar el comentario de las rusas que llegan por primera vez a las primeras casas alemanas, en los terrenos que acaban de conquistar: ¡cómo pueden perder la guerra! Tienen hasta café que nosotros hace años que no vemos. (La Guerra no tiene rostro de mujer. De Svetlana Aliexévic)

Otra vez la marcha hacia el oeste sirve para mostrar las diferencias sociales. Como los Globig, los junkers, son objeto de un respeto supersticioso unido de manera indisoluble a la envidia y el deseo de humillarlos. La, al principio ordenada marcha, se convierte en algo desordenado, donde afloran todos los sentimientos más mezquinos, los robos y los engaños. De toda la familia von Globig solo sobrevive el hijo Peter con su microscopio y su pistola de aire comprimido. Su madre, Katharina, que escondió al judío, desaparece en manos de la justicia, antes ha dejado en la casa un medallón que siempre llevaba al cuello y a menudo acariciaba. Peter lo coge y cuando lo abre, deseoso de saber a quien quería tanto su madre, descubre una foto de la propia Katharina. Toda una metáfora de la función de la nobleza y de sus prioridades en la sociedad: ellos eran su única preocupación y prioridad.

A mi entender, Kempowski habla de la desaparición de todo un mundo sobre el que se construyó el nazismo. Un mundo que compartía valores y prevenciones que el nazismo elevó a la enésima potencia y al que los grupos de nobles prusianos, ascetas, disciplinados que, se ha dicho, que no los aceptaba, que se unieron sin convicción y que tenían valores superiores, queda desmentido. No fue así en absoluto. En definitiva, lo que nos dice no niega cuanto ya sabemos de aquella sociedad, solo nos la pone bajo otra luz, la hace más compleja. El manto del nazismo ocultó las diferencias y las contradicciones de la sociedad alemana y dirigió la mirada solo hacia los no arios, a quienes convirtió en seres inferiores. Creo que a veces, nosotros también nos dejamos dirigir la mirada y perdemos la perspectiva de que las contradicciones sociales, de clase, estaban ahí y no desaparecieron bajo las consignas supremacistas. Nos habla también del sufrimiento que también tuvieron los alemanes al ser vencidos, como les suele ocurrir a todos los derrotados, como sufren cuantos viven una guerra. Un sufrimiento que con frecuencia obviamos en los libros de historia, que no los absuelve de sus crímenes. Kempowski tampoco lo hace, al contrario, lo que hace es señalar la profundidad y la extensión del mal.

7 julio 2021

 

 

 

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