Presentación del libro La fuerza y el consenso : ensayo sobre Gramsci como historiador de Giaime Pala

José Luis Martín Ramos

Acto organizado por la librería Documenta, la editorial Comares y la Associació d’Estudis Gramscians de Catalunya, y celebrado en dicha librería el 23 de noviembre de 2021. Con intervenciones de José Luis Martín Ramos (catedrático emérito de Historia Contemporánea de la UAB), Andreu Mayayo (catedrático de Historia Contemporánea de la UB), y el autor del libro, Giaime Pala.

Hace algunos años un amigo, conocido por muchos de vosotros, Ferran Gallego me dijo, más o menos: en el mundo de los historiadores hay entomólogos, que son científicos, y coleccionistas de mariposas, que no lo son y se limitan a clavar alfileres en un hecho u otro, en un texto u otro, para confeccionar lo que no es más que una manta de retales. Giaime es de los primeros, es un investigador serio, un historiador comprometido con el mundo del que hace su historia; este libro que presentamos es una aportación mayúscula a la aproximación científica de Gramsci, al mayor conocimiento de un clásico del pensamiento y de la praxis revolucionaria, centrada en la que es su principal aportación escrita, los Cuadernos de Cárcel. En un momento del texto Giaime nos recuerda una sentencia de Sacristán: hay quien está de moda y quien es un clásico y Gramsci es un clásico. Es cierto, aunque también lo es que Gramsci es un clásico que esta de moda y eso, lamentablemente, se traduce demasiadas veces en una canonización, particularmente de retales de sus Cuadernos que se descontextualizan del conjunto, del objetivo de Gramsci al escribirlos y de la propia trayectoria de Gramsci. Tampoco ha sido eso lo que ha hecho Giaime, no ha seguido ningún hilo de los de moda; todo lo contrario, ha rescatado la integridad de su pensamiento interpretándolo a partir de la historia de Italia cuyo estudio e interpretación son el punto de partida y el horizonte de la reflexión del clásico.

Los Cuadernos son una aportación ineludible de la cultura universal y de la cultura de la izquierda; aunque no es su única aportación y de Gramsci se puede decir lo mismo que él dijo de Lenin: al haber hecho progresar la doctrina política ha hecho progresar también la filosofía. Gramsci lo hizo progresar con acción y pensamiento vinculado, con actividad práxica y no solo con sus escritos finales, que son una destilación particular, y fundamental, de esa actividad práxica. Eso es algo que no siempre se percibe y que una determinadas aproximaciones a su figura, exclusivamente politológica o directamente revisionista, han oscurecido, en perjuicio del progreso de la filosofía en general y de la filosofía de la praxis en particular. La aproximación, inédita en España, a Gramsci en su faceta de historiador, tiene la gran virtud de situar al Gramsci de los Cuadernos en su integralidad histórica, en su continuidad ideológica y volitiva revolucionaria. El Gramsci historiador no es ni mucho menor un Gramsci menor, sino clave. De la misma manera que lo es Marx, del que nos recuerda Giaime que sus trabajos de historia, aparentemente menores, son fundamentales para la comprensión de su pensamiento y sus preocupaciones; a lo que se podría añadir la premisa mayor, Marx concibe y explica el capitalismo no como un sistema abstracto, natural, sino como hecho histórico y rastrea su formación en el tiempo entre los siglos XIV y XVII, en un capítulo XXIV que es historia pura.

Hay que leer el libro de Giaime para darse cuenta cabal de su importancia; destacar uno u otro pasaje, resumirlo es algo que ha de hacer cada lector por su cuenta. En esta presentación y, al hilo de mi lectura, os voy a proponer algunas consideraciones concretas.

Recepción de Gramsci (mis recuerdos)

La primera recepción pública de Gramsci fueron las traducciones de Solé Tura de algunos volúmenes monográficos de la primera edición de los textos de los Cuadernos promovida por Togliatti (sin Togliatti más que probablemente nunca hubieran existido los Cuadernos) entre 1966 y 1968. No obstante, Gramsci ya era conocido entre cuadros del PSUC, quizás muy vagamente desde finales de los cincuenta, y sin ninguna duda en la primera mitad de los sesenta. El desván de la tienda de Gras, en la calle Parlamento de Barcelona, ofrecía los títulos de las monografías de Gramsci editadas en castellano en traducción de Aricó, y publicados por Lautaro, desde 1955, entre una abundante muestra de literatura marxista… y no menos abundante de literatura erótica y la revista francesa Lui. Al desván acudí de la mano de Emili Gasch y Francesc Artal y todavía conservo el ejemplar de Literatura y vida nacional, publicado en 1961, que compré durante el curso de la Capuchinada. Francesc Vallverdú, pieza básica de Nous Horitzons, publicó en Serra d’Or, en julio de 1965, unas notas sobre «cultura popular» en las que citaba a Gramsci. En el numero de NH del tercer trimestre de 1967, se publicó un dossier sobre Gramsci con artículos de Sacristán, Vallverdú, Ernest Lluch, José Maria Castellet, Alexandre Cirici-Pellicer, Joaquim Molas, con escaso valor alguno de ellos (Fuster pretendió que Gramsci solo se le conoció en Cataluña a partir de la traducción catalana de Solé Tura; y Lluch despreció al comunista italiano, que es obvio que no había leído, sosteniendo que su obra solo contemplaba temas económicos). Fontana, que formaba parte del dossier, quedó descolgado de esa edición y tuvo que esperar al número del Cuarto Trimestre, por razones que desconozco; por otra parte como correspondía al carácter público que se quiso dar al dossier, de presentación de Gramsci a la sociedad catalana, ese artículo fue el único que Fontana publicó en la revista del PSUC con su nombre y no con el seudónimo que utilizaba. Giaime ha explicado la historia de esas publicaciones en su libro Cultura clandestina y el artículo de Fontana en el que hoy nos presenta; las anécdotas del desván de Gras son mi propio testimonio. Fue una recepción minoritaria, incluidas las publicaciones de Solé Tura.

Mi segundo recuerdo es que la recepción de Gramsci se potenció de manera exponencial con la Antología de Sacristán, a comienzos de los setenta; acompañando el acceso a las publicaciones marxistas italianas de todo, tipo –incluidas las obras de Gramsci publicadas por Einaudi– puestas a la venta en la Librería Letteradura de los hermanos Ancochea, en el Paseo de Gracia. Ninguna de esas presentaciones de Gramsci hicieron hincapié, apenas si mencionaron, la dimensión de Gramsci como historiador. Hasta que llegó…Giaime [Fidel]

Gramsci comunista

La Antología de Sacristán, tuvo un acierto mayúsculo, incluyendo entre sus primeros textos el artículo «La Revolución contra el Capital» de noviembre de 1917, al que hay que leer acompañado del articulo posterior «Nuestro Marx» de mayo de 1918, incluido también en la Antología. Ambos, y en particular el primero, fueron el inicio de la larga y nunca rota –en mi opinión– relación intelectual y política con Lenin y con el movimiento comunista. Gramsci percibió y compartió plenamente el giro político que Lenin dio al marxismo de su época. Los dos lucharon siempre contra todas las inercias economicistas que se mantuvieron en el bolchevismo y en la Internacional Comunista, que tuvieron como exponente más importante a Bujarin –sobrevalorado en su condición de teórico– y Varga y contaminaron de nuevo la política comunista tras la muerte de Lenin; y no solo a la corriente mayoritaria del movimiento comunista, también a su disidente principal Trotsky, cuyo libro de divulgación de Marx publicado por la editorial argentina Losada no tiene nada que envidiar del catecismo de Bujarin.

Contra algunas afirmaciones, mi opinión es que el Gramsci de los Cuadernos de Cárcel no lleva a cabo una ruptura ni con Lenin ni con el comunismo. Tampoco son los escritos de un derrotado, es decir que se sienta derrotado, sino de alguien que ha perdido una guerra pero porque quiere proseguir la lucha se emplea a fondo para examinar las causas de la derrota y sentar bases más sólida para futuras batallas. Son por ello una continuidad; una continuidad positiva, fructífera, por cuanto efectivamente las bases que establece suponen un salto de calidad en la filosofía de la praxis y en la propuesta política revolucionaria.

No solo hay continuidad esencial, hay también manifestaciones explícitas de continuidad e incluso reconocimiento. En más de una ocasión Gramsci repite su reconocimiento de la aportación fundamental de Lenin: cuando elabora su concepto de hegemonía; luego, como Lenin hizo con Marx, da su propio salto. Hay una clara continuidad en la reflexión que Lenin ya hace en 1919 y sobre la que insiste en 1921-1922, sobre los diferentes ritmos revolucionarios según los diversos grados de desarrollo del capitalismo y de construcción del estado, que se complementa en la distinción entre occidente y oriente, y los conceptos de guerra de posiciones y guerra de maniobras. Cuando reconoce el progreso que Lenin ha procurado a la filosofía; hay un pasaje en el que Gramsci afirma que el Lenin filósofo no está en absoluto en el olvidable opúsculo Materialismo y Empiriocriticismo, sino en su doctrina y su acción política; en el núcleo del giro político de Lenin, de su heterodoxia contra El Capital de la socialdemocracia organizada en partidos, un giro que es el fundamento de la reformulación de la metáfora arquitectónica de las estructuras superpuestas y la formulación del concepto de bloque histórico.

Un lenguaje propio

Con lo que rompe Gramsci es con el diamat, con la conversión de la teoría en catequesis y de la política en propaganda catequística (puede haber otra propaganda, que es buena y necesaria). Y, desde luego, la continuidad de Gramsci no es ni mímesis, ni «aportación», sino desarrollo, progreso en la doctrina política. Y es tan potente ese progreso, realizado con su propia experiencia, pensado con su propia cabeza, no a través de la cabeza y la experiencia de otro, que elabora su propio lenguaje. Giaime insiste en algo en lo que no puedo estar más de acuerdo: ese lenguaje particular de los Cuadernos no es un camuflaje, es expresión de su innovación teórica. Y generalmente resulta una expresión acertada, aunque reconozco que hay un sintagma que no me acaba de convencer, el de la «revolución pasiva»no por su concepto que me parece luminoso, sino en función de las virtudes intuitivas que creo que lenguaje político ha de incluir para hacerse discurso de masas. Entiéndase no discrepo del concepto, de la interpretación que supone y que Giaime hace meridiana en su explicación de como se gestó; solo manifiesto que no me acaba de convencer, porque no deja de tener una carga de oxímoron o de reduccionismo del término revolución. Manías de uno. ¿podría encontrarse algún término que incluya la ruptura contrarrevolucionaria, que no es, además, meramente «gatopardismo»?, porque además el contenido de la revolución es también histórico y la revolución en los tiempos de Mazzini y Cavour no tenía el mismo contenido que en los de Mussolini.

Y el lenguaje propio de Giaime

El relato histórico que hace Giaime que contextualiza su exposición del Gramsci historiador, es extraordinario: sintético y claro, expositivo e intuitivo. Giame no es un lector/expositor pasivo de Gramsci. Pone al servicio de su exposición sus propios conocimientos y también interpretaciones. Con Giaime podemos comprobar que la historia general de Rissorgimento, como se produjo y la consideró Gramsci, es una historia que trasciende las fronteras italianas y que proporciona unas cuantas lecciones de presente. La que subraya ante la cuestión del Estatuto Albertino el predominio de la política sobre el derecho y no al revés; la diferencia entre las constituciones jurídicas y las constituciones reales, y como estas enmiendan la plana a las primeras. No es solo un caso italiano, la constitución real, nunca codificada, de Inglaterra-Gran Betaña es un ejemplo indiscutible; también lo es la «Constitución Grévy» francesa que impuso la práctica parlamentarista acordada en la batalla política contra Mac Mahon sobre el presidencialismo semimonárquico de la Tercera República francesa y abrió el camino de su democratización dejando atrás los fundamentos autoritarios y criminales de Thiers. Por cierto, una de las muestras del activismo de Giaime en la síntesis histórica que hace del Rissorgimento y de las primeras décadas del Reino de Italia es la comparación con esa Tercera República que hizo de Francia un estado fuerte por la introducción de todos los ciudadanos en la política nacional (quedaron fuera las ciudadanas).

Una consideración para acabar

La cuestión del fascismo. La Internacional Comunista se vio sorprendida por el fascismo y le costó entenderlo; pero no porque no se iniciaran esfuerzos para ello. Prueba es el debate truncado del Tercer Pleno de la IC, de junio de 1923. Las certezas de Zinoviev, de su consideración simplona y despreciativa del fascismo, y las dudas de Zetkin y Radek y sobre todo de Tasca, uno de los delegados italianos. Zetkin sostuvo que había que conocer mejor su naturaleza, no podía equipararse fascismo con cualquier forma de dictadura, como la de Horthy en Hungría (bofetada de hecho a Zinoviev que en ese pleno había identificado el golpe autoritario de junio de 1923 en Bulgaria como fascismo. Radek, en un texto extraordinario, defendió el acercamiento a todas las clases populares, también la pequeña burguesía, atraída por el nazismo, sobre la base de la defensa de la nación contra la agresión exterior (la invasión franco-belga del Rhur), reconociendo implícitamente que el nacionalsocialismo, el mundo folkish, no eran simplemente agentes de la burguesía y en particular de la gran burguesía, que contemporizaba con esa invasión. Tasca afirmó que el fascismo no era simplemente terrorismo; que la lucha contra el fascismo sería larga porque, a pesar de su fracaso ideológico, estaba lejos de su fracaso político y militar; antes que el propio Gramsci anunció que se estaba al principio de un largo período de lucha.

El debate del Pleno se cierra en falso. En el verano de 1923 el CEIC se embarca en la aventura del octubre alemán; en una temeraria propuesta insurreccional, que rebaja toda la experiencia acumulada por Lenin sobre la relación entre el momento político y el momento militar. El fracaso es mayúsculo, el levantamiento popular no llega a producirse, a pesar de descoordinados conatos insurreccionales comunistas. El episodio entrará de lleno en la pugna política en el seno del Partido Comunista Ruso (bolchevique), no para analizarlo críticamente, sino para instrumentalizarlo como arma arrojadiza contra los rivales. Ese método perverso de debate se extiende a todos los aspectos de la política comunista y desde luego al iniciado en el Pleno de 1923 sobre el fascismo. A partir de 1924 el fascismo no será un objeto de estudio en el seno del CEIC, sino un motivo de agitación… contra los considerados responsables del fracaso del octubre alemán: los socialdemócratas, de izquierda sobre todo, y los comunistas que quieren mantenerse en la línea empezada por Lenin en 1921-1922, y que Trotsky incluido ha abandonado en el otoño de 1923 (hasta Stalin fue más prudente). Servirá, sobre todo, para etiquetar a la socialdemocracia: primero esta es considerada como ala izquierda de la burguesía, para pasar a ser calificada como el fascismo verdaderamente amenazante. Ese momento del movimiento comunista hace una pésima aportación a la cultura de la izquierda: el fascismo deja de ser un sujeto político y se convierte en un improperio. Algo que se mantendrá dentro de la IC hasta que el ascenso del fascismo en Europa a partir de 1933 obligue a tomarlo de nuevo en serio por sí mismo, a considerar su naturaleza y a darle una respuesta política general, y no solo de mala propaganda.

Gramsci está presente en el Pleno de junio de 1923, pero no interviene asumiendo que su presencia es en condición de miembro del Comité Ejecutivo de la IC y que la posición de éste la expresa Zinoviev. No interviene, pero debió tomar nota de ese debate y de los matices que apuntaban Clara Zetkin, Radek y su compañero de dirección en el PC Italiano Angelo Tasca. Como debió tomarla de todos los debates de la dirección del PC Ruso y de la IC en sus tiempos de estancia en Moscú, que transcurren entre el tramo final de la presencia política de Lenin –al que consigue conocer de manera personal– y el inicial de la gran crisis interna manifestada en el enfrentamiento entre Trotsky y bloque de dirección constituido por Stalin, Bujarin, Zinoviev y Kamenev. Pienso que esa estancia en Moscú, en ese momento de fractura e inflexión del movimiento comunista, fue fundamental en la evolución del pensamiento de Gramsci y que sería más que deseable un mejor conocimiento de sus intervenciones políticas en el aparato de la IC; que la inaccesibilidad a los fondos de Moscú, mantenida para la documentación profunda, hace hoy por hoy imposible.

Sea como fuere, los comunistas italianos, ante el cambio de orientación del movimiento comunista van emprendiendo su propio camino, presionados por el combate contra el fascismo ya erigido en dictadura. En esa singularidad Togliatti y Gramsci llegarán a la conclusión de que la duración del fascismo será larga y que la salida al fascismo no será el socialismo sino una etapa de transición, caracterizada por la unión de obreros, campesinos, sectores medios (en particular profesionales y empleados; pequeña burguesía proletarizada) en un proyecto común de revolución popular. En ello están cuando Gramsci es detenido y maximaliza sus posibilidades dirigentes en la cárcel desarrollando su propio cuerpo de pensamiento; y en él su caracterización del fascismo como segunda revolución pasiva y su línea de referencia política cimentada en la experiencia histórica: contra el consenso liberal, excluyente de las clases subalternas, contra el consenso fascista, que las incluye en su política de masas pero las subordina al industrialismo y el latifundismo, un consenso democrático que les da todo el protagonismo como clases dominantes, las pone en la condición de imponer su hegemonía. Es en el transcurso de su inmersión en la historia para comprender el presente y proponer la respuesta revolucionaria que Gramsci dará el salto doctrinal; apuntando finalmente a los parámetros en los que habrá de moverse la guerra de posición, a los indicativos básicos de una nueva política que no hay porque entender en términos adanísticos, que no creo que así los entendiera él y que, en cualquier caso no puede avanzar más en su concreción al faltarle –por fuerza ajena a su voluntad– el momento de su desarrollo práctico.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.