Las raíces históricas de la tragedia afgana (I)

José Luis Martín Ramos

La tragedia de Afganistán, de los pueblos que habitan en Afganistán, no se remonta al 2001, cuando Estados Unidos inició su intervención abierta, sino en los años ochenta, cuando se inició su intervención encubierta, para poner fin a un proyecto de reforma social, iniciado a comienzos de los setenta y gestionado desde 1978 por los comunistas afganos. Se inició entonces un ciclo de violencia, en el que la confrontación interna quedó determinado por los factores internacionales; ciclo de violencia casi ininterrumpida a lo largo de cuarenta años y sobre que el que no hay una seguridad de que haya finalizado tras la última victoria de los talibanes1.

1. Historia previa de un estado tapón

Lo que llamamos Afganistán fue, como estado, el resultado de la confrontación del imperialismo británico y el zarista. Afganistán significa tierra de los «criadores de caballos» y era –hasta que dio nombre a un estado– sinónimo de pastún, la etnia mayoritaria desde el noroeste del actual Pakistán hasta Persia. Mayoritaria, pero no única; en ese territorio vivían también diversas etnias: las principales, los tayikos en el nordeste, los hazara en la franja central y los turcomanos y uzbecos en el norte. Todavía hoy los pastunes son mayoritarios, constituyen el 40% de la población del estado, seguidos de los tayikos, el 30%, los hazara, el 15%, los turcomanos y uzbecos, el 10% conjuntamente, los aymaq, el 2%, y toda una serie de etnias todavía más pequeñas que suman el 3% restante, los nuristaní, baluchis, pamiri, kirguises e incluso árabes. De etnia mayoritaria la pastún pasó a dominante cuando un jeque pastún de la tribu de los durrani, Dost Mohammad Khan, instalado en Kabul en 1826, proclamó en 1838 el Emirato de Afganistán2. La organización tribal de los pastunes favoreció su dominio político sobre el resto, sobre los tayikos, no organizado en clanes tribales por lo que sus referencias de identidad se situaban en el ámbito local sin articular redes de apoyo étnico a lo largo del territorio; los tayikos aceptaron el dominio político pastún y dado que –como los pastunes– adoptaron el dari –dialecto del persa–, sacaron beneficio personal de ello integrándose en el aparato del estado afgano desde finales del XIX. Por otra parte, el hecho de que los hazara fueran chiitas en un espacio abrumadoramente sunita los convirtió en presa común de pastunes, tayikos, uzbecos y turcomanos; otro tanto les ocurrió a los pamiri, ismailitas, que resistieron mejor en sus refugio de la alta montaña. El otro factor que hizo de los pastunes los fundadores, y principales beneficiarios, de la constitución del estado afgano fue su peculiar relación con el imperialismo británico.

En 1839 el ejército de la Compañía británica de las Indias Orientales invadió el emirato y tomó Kabul, Gazni y Kandahar. Tres años más tarde la rebelión de los pastunes les obligó a retirarse, consolidando así –indirectamente– al Emirato; aunque éste se apoderó de Kandahar en 1855 y fijó su frontera sur, apenas podía considerarse nada más que un proto-estado regional sobre el que pesaba permanentemente la presencia británica en la India. La guerra anglo-persa de 1856-18573 significó a su término un nuevo paso adelante de esa presencia. Con todo el cinismo del mundo el Imperio Británico se comprometió en el tratado de paz correspondiente a «abstenerse de toda injerencia en los asuntos internos de Afganistán»; para añadir párrafos más adelante su «compromiso» de «influir en los estados de Afganistán para prevenir toda causa de ofensa por parte de ellos»4. En otras palabras, de rebote del conflicto anglo-persa el gobierno británico estableció, unilateralmente, su protectorado de hecho sobre el territorio afgano; y lo hizo efectivo permitiendo que Dost Mohammad Khan conquistara definitivamente Herat en 1863, fijando la frontera del Emirato por el Oeste.

Esa situación no experimentó cambios durante veinte años, hasta que se inició la competición entre el Imperio Zarista y el Británico por el control del sur de Asia Central. Se adelantó el Zarista con su avance en el Turquestán, marcado por la conquista de Samarcanda en 1868 y el sometimiento del Emirato de Bujara en 1873, que fue incorporado desde entonces al Imperio del Zar en condición de protectorado. El Amur Daria quedó por el momento como frontera meridional de ese imperio; más allá de la cual se extendían, hasta las faldas de la vertiente norte del macizo del Hindú Kush, pueblos turcomanos y uzbekos que se interponían entre rusos, persas y pastunes del Emirato de Afganistán. El gobierno británico reaccionó al avance zarista formalizando a su vez, ahora de manera explícita, la condición de protectorado del Emirato afgano; impuso en 1879 al nuevo emir, Abderraman Khan, el leonino tratado de Gandamark: los británicos se adjudicaron el control del paso del Khyber, y se atribuyeron las relaciones exteriores del Emirato; a cambio de todo ello, se comprometieron a financiar al Emirato con una subvención anual, para que pudiera llevar a cabo lo que pasó a ser interés conjunto del proto-estado de los durrani y del gobierno imperial de la India: el control del territorio al oeste del Khyber, hasta Persia y el Imperio Ruso, para mayor poder de los primeros y tranquilidad del segundo. La configuración territorial definitiva de lo que se constituyó finalmente como estado tapón entre los dos imperialismos competidores, se completó después de que el ruso avanzó pasando el Amur Darya y ocupó el Turkmenistán entre 1881 y 1884, cuando conquistó la ciudad de Merv. Ese movimiento hacia el Noroeste de Afganistán alertó a los británicos, recordándoles que la línea Merv-Herat-Kandahar había sido una ruta natural de penetración hacia la India. Finalmente el incipiente conflicto ruso-británico se conjuró mediante el acuerdo de 1887 entre el gobierno de Londres y el de Moscú sobre la frontera norte de Afganistán, que fijó la línea actual; acuerdo automáticamente impuesto al Emirato en virtud del tratado de Gandamark. La configuración definitiva de las fronteras afganas se completó con la imposición unilateral británica de la «línea Durand» que marcó la frontera occidental de la India, partiendo arbitrariamente los territorios de los baluches y los pastunes. El emir de Afganistán, dependiente económicamente de los británicos, aceptó una imposición que habría de gravitar de manera importante en el futuro de Afganistán. El estado tapón dejó como núcleo fundamental a los pastunes y encerró dentro de él a toda una suerte de pueblos diversos, separados de sus hermanos del Norte y del Este.

Con el apoyo y la subvención británica Abderramán Khan se dedicó a dominar el territorio encuadrado en aquellas fronteras impuestas. Entre 1887 sometió una rebelión de las tribus pastunes ghilzai, quejosas de los privilegios obtenidos por su tribu rival en el Emirato; una vez derrotados, dispersó gran parte de los ghilzais por el centro y el Norte, lo que vino a extender el dominio pastún sobre otras etnias. En 1891-93 sometió a sangre y fuego a los hazara, a los que dispersó y redujo a condición de semiesclavitud. Después del establecimiento de la Línea Durand, ocupó en 1895-1896 el Kafiristán; habitado por los nuristaníes, con una religión de origen védico5, a los que obligó a islamizarse. Sin embargo, no desarrolló el aparato de estado; ninguna red de administración y tampoco de financiación moderna; se limitó a armar el ejército con el que sometió el territorio. La red que estableció era simplemente de relaciones de poder; bajo la amenaza, o la acción, de la fuerza sometió a los khanes regionales, sin sustituirlos de manera que mantuvieron su poder en el plano estrictamente local mientras acataban la autoridad central del emir. Por otra parte, subordinó a los cuadros e instituciones islámicas al poder político a cambio de la identificación del proto-estado con el islam y la defensa del absoluto predominio del islam sunita en la sociedad. La subordinación incluyó en este caso la expropiación de bienes del clero6 a cambio de un sistema de subvención perpetua; y la islamización se amplió con la extensión del derecho islámico, aplicado por los cadíes, por encima de cualquier norma consuetudinaria.

Las dos líneas institucionales del islam afgano eran por un lado el disperso, no jerarquizado, mundo de los ulemas, los líderes religiosos de las mezquitas, que se reunían en el Consejo de ulemas, y los cadíes, y por otro las jerarquizadas cofradías sufíes. El corpus religioso básico era un sunismo hibridado en el mundo pastún con el «pashtunvali», un código de conducta que establecía la obligación de la solidaridad entre pastunes7, la defensa de la tierra de los pastunes tanto en sentido general como particular (un pastún siempre defenderá la tierra de otro pastún), la lealtad a la tribu y sus miembros, la venganza de sangre y el sometimiento de la mujer al hombre, instituido como su protector; y también con costumbres ancestrales compartidas por todas las etnias como la veneración de los santos y las reliquias o supuestos lugares santos. La condición abrumadoramente campesina de la población, en condiciones de poblamiento disperso y mayoritariamente autosubsistente, potenció las interpretaciones más tradicionales del islam; esta característica se acentuó desde finales del siglo XIX al difundirse por Afganistán las doctrinas rigoristas –de un islam a la defensiva ante otras religiones y ante la cultura occidental– de la madrasa india de Deoband; unas doctrinas emparentadas con el wahabismo, que fue tejiendo un hilo verde entre el islam afgano, el indo-musulmán y el saudí, que trascendencia particular en los acontecimientos a partir de los años setenta del siglo XX. Ese mundo de los ulemas y cadíes mantenía –hasta los tiempos de los talibanes– buena relación con el de las cofradías sufíes, lideradas por un pir, cuya autoridad procedía de la condición de hombre sabio y santo; al ser heredable la calidad de pir se constituyeron dinastías de liderazgo, cuya influencia iban más allá de la estricta cofradía. En el Afganistán del siglo XX las cofradías más importantes fueron: la Naqshbandiya, cuya dinastía pir era la de los Mujaddidi con una posición de influencia relevante en el distrito del bazar de Kabul; y la Quadiriya, de instalación reciente en el país –en 1905– dirigida por los Galiani, emparentados por matrimonio con la familia real afgana, por lo que desempeñaron una función particular de legitimación y defensa de la dinastía reinante, coronando públicamente a sus miembros a partir de 1926.

Asentado sobre esa mínima estructura de poder Abderraman Khan descuidó el desarrollo económico, prefiriendo mantener el predominio de la agricultura de subsistencia o de mercado a corta distancia, que era lo que más favorecía sus relaciones de equilibrio con el sistema tribal. Prohibió la inversión extranjera, mantuvo la precaria red de comunicaciones, de pistas de montaña y caminos de valles, y limitó el establecimiento de una industria moderna a la producción de armamentos para su ejército, para la que importó el hierro de la india en vez de explotar los yacimientos existentes en el país.

2. Reformismo y construcción del estado

El emir Ammanullah Khan, que sucedió en febrero de 1919 a su padre Hallibullah, asesinado por un agente británico, protagonizó el primer intento de construir un estado plenamente soberano y postular una nacionalidad afgana inclusiva, en términos étnicos y de género. Su ascenso al poder se produjo en medio del conflicto triangular entre el recién constituido estado soviético, el levantamiento de Kemal Ataturk y Gran Bretaña. Hallibullah había favorecido el nacimiento de un pequeño movimiento de «Jóvenes Afganos» –emparentado con los «Jóvenes Turcos» –promovido por Mohammed Tarzi, figura clave del reformismo modernista en Afganistán en las tres primeras décadas del siglo XX; la influencia de Tarzi se acrecentó cuando Ammanullah se casó con su hija, Soraya, en 19138. Al parecer Hallibullah estaba apoyando a Ataturk en 1918 cuando cayó víctima de un agente que tenía el encargo de asesinar a Atartuk y al no poder conseguirlo se cobró una pieza colateral. Sea como fuere, tras acceder al emirato Ammanullah nombró a Mohammed Tarzi Ministro de Relaciones Exteriores, y denunció el tratado impuesto de 1879; el primer estado que reconoció dicha denuncia y estableció relaciones diplomáticas con Afganistán fue el soviético, en marzo, que mantuvo desde entonces una posición de entendimiento y apoyo a Ammanullah9 . Poco después Ammanullah declaró la guerra a Gran Bretaña atravesando en mayo de 1919 el paso del Khyber en dirección a Peshawar, violando también la Línea Durand que dividía territorialmente a los pastunes. La breve guerra finalizó en armisticio en agosto; los afganos tuvieron que retirarse y reconocer una vez más la Línea Durand, pero en contrapartida recuperaron el pleno control de las Relaciones Exteriores, renunciando a la subvención anual británica. Como la segunda guerra afgano-británica, esta tercera supuso una derrota militar clara para los afganos, pero a diferencia de aquella tuvo como consecuencia un trascendental avance político.

La consecución de la plena soberanía y el fin de la subvención británica llevó a Ammanullah a emprender la construcción institucional, financiera y de aparato adminsitrativo del estado, de acuerdo con un proyecto liberal y nacional. En el ámbito institucional impulsó en 1923 la primera constitución del país, que establecía el reconocimiento genérico de la igualdad civil y la instauración de una asamblea legislativa electa; abolió la esclavitud hazara. En el fiscal puso en marcha un sistema de recaudación de los impuestos a cargo de funcionarios públicos, eliminó el pago en especie e incrementó la hasta entonces muy débil tributación sobre la tierra, el agua de riego y el ganado. También suspendió la subvención estatal a los ulemas. En el económico liberalizó el mercado de tierras y unificó el muy disperso y no regulado sistema monetario creando el afgani, en 1925. En el social impulsó una campaña contra la poligamia, prohibiéndola de manera expresa a los funcionarios públicos; contra el uso del burka en Kabul; contra la tradición de los matrimonios forzados de menores; también creó las primeras escuelas para niñas, en Kabul. Se enfrentó al poder tribal, anulando los estipendios a los ulemas y el privilegio de la designación de los reclutas por parte de los jeques tribales, al sustituir tal sistema por el de una leva general, con exenciones, gestionada desde el estado.

Ammanullah no pudo consolidar su proyecto, a causa de la oposición amalgamada de jeques y líderes religiosos. Una primera rebelión tribal liderada por un mullah en el sudeste, la «rebelión de Kost», entre 1924 y 1925 dejó temporalmente en suspenso la aplicación de las reformas. Tras sofocarla enfatizó su objetivo sustituyendo en 1926 la denominación islámica de Emirato por la de Reino. Poco después buscó el reforzamiento de su posición con un viaje por Europa, entre noviembre de 1927 y junio de 1928, que finalizó en la URSS; resultó exitoso en el ámbito diplomático, pero ineficaz por sí mismo para hacer frente a la oposición interna a las reformas. El nudo de su problema estaba en el interior donde solo contaba con un apoyo reducido en Kabul y parte del aparato del estado; entre una elite profesional y funcionaria, no siempre leal y muchas veces corrupta aprovechando la escasa capacidad del Rey y su gobierno para controlar la adecuada ejecución de las medidas impulsadas10. Ante esa reducida base del proyecto reformador, la oposición le impidió llevar adelante la aplicación real de la constitución de 1923 y bloqueó las reformas económicas, cuando se opuso con argumentos religiosos a la constitución de un banco nacional11, manteniendo el poder del bazar de Kabul y Kandahar en la circulación monetaria. En la oposición convergían diversas líneas: el rechazo a los cambios en las estructuras de poder político y económico y a la aplicación al mundo campesino tradicional de los principios del liberalismo económico; la defensa de las tradiciones culturales y sociales, pilares del equilibrio comunitario, y de las jerarquías aceptadas en el mundo tribal; la condena del reformismo islámico y la adhesión a la vindicación de la práctica ancestral del islam. Exponente de esa convergencia fue el comportamiento de Fazl Muhammad Mujaddidi, pir de la Naqshbandiya que había coronado como rey a Amanullah, en 1926 y rompió con él encabezando la fronda de los líderes islámicos desatada durante su viaje al extranjero12. También lo fue la coincidencia entre el rechazo de los jeques a la pérdida de su prerrogativa en la recluta militar y la desazón entre el campesinado por el nuevo sistema de levas.

Al regreso del extranjero Ammanullah intensificó su política reformista13. Su aparente éxito diplomático le había fortalecido psicológicamente; sin embargo, pronto manifestó que aquel era muy insuficiente para hacer frente a lo que se le vino encima. Sobre el escenario de la fronda islamista en Kabul, se produjo una nueva rebelión tribal en noviembre de 1928 en Jalalabad; esta vez la rebelión puso inmediatamente en jaque a Ammanullah, dejando en evidencia su falta de apoyos, y sobre todo no haber previsto reforzar estos con los instrumentos del estado que estaba construyendo: el ejército. Entre sus reformas fiscales iniciales había incluido un recorte del presupuesto militar que dejó al ejército, en precario, sin el desarrollo de la estructura de cuadros profesionales que el modelo de levas requería. En la práctica, para hacer frente a esas nuevas sublevaciones tribales dependió de nuevo de la colaboración militar de los jeques, que resultó insegura y desleal. El levantamiento pasó a ser dirigido por un tayiko, Hallibullah Kalakani14, quien al frente de dos mil hombres mal armados atacaron Kabul el 14 de diciembre. Como en otros momentos de la historia afgana el episodio habría sido probablemente un hecho menor, de nuevo sofocado, de no haber intervenido en él dos factores: la disidencia interna en la capital, entre el poder civil y la elite islámica, y la intervención exterior. Mientras Ammanullah no consiguió comprometer a la población de Kabul en una defensa contra Kalakani, éste se vio reforzado por la afluencia de nuevas tribus rebeldes a la lucha para derrocar a Ammanullah. Lo único con lo que pudo contar para su defensa era su guardia personal y los hazara y ante la suma de hostilidad e indiferencia en Kabul, Ammanullah abdicó el 14 de enero en su hermano Inayatullah Khan y se exilió a la India. Su gesto, empero, no sirvió para activar la defensa de Kabul que cayó en manos de Kalakani el 17 de enero de 1929.

Kalakani se proclamó nuevo Emir, reprimió a sangre y fuego a la población hazara y derogó todas las reformas sociales e institucionales; restableció la única vigencia de la ley islámica, la sharía y sus jueces, y cerró las escuelas públicas. No obstante, no fue capaz de controlar la situación; su condición de tayiko no le permitió consolidar su autoridad ante los pastunes, en tanto que el ciclo de rebeliones y enfrentamientos tribales prosiguió y se extendió por todo el país, sin un liderazgo unificador. En esa situación el factor decisivo fue la intervención exterior, un punto débil de Kalakani que solo pudo contar con la ayuda de los basmachis turcomanos sublevados contra el estado soviético. A finales de marzo Ammanullah regresó a Afganistán, al frente de un contingente armado, contando con el apoyo de la URSS; un destacamento del Ejército Rojo entró en el Norte de Afganistán el 15 de abril, y con la contribución de un contingente de hazaras llegó a tomar la ciudad de Mazar-i-Sharif. El gobierno soviético no solo apoyó a un aliado que había pedido su concurso, sino que actuó también para hacer frente a los basmachis refugiados en Afganistán; dada su alianza con los basmachi, la consolidación de Kalakani suponía un peligro cierto para la URSS en su territorio turcomano. No obstante, Ammanullah, que no pudo conseguir ni siquiera la tolerancia británica a su operación de recuperación del poder, no pudo mantener en el sur su situación y el 23 de mayo volvió a abandonar Afganistán para iniciar un exilio definitivo en Europa; cinco días más tarde el destacamento del Ejército Rojo regresó a la URSS.

A Ammanullah no lo derrotó Kalakani, sino la actuación del virreinato británico de la India. Éste, aunque se declaró neutral ante la guerra civil afgana, tras haber coqueteado con Kalakani en los inicios de su revuelta15, en la primavera de 1929 dificultó lo que pudo el regreso del rey a Afganistán para apoyar a Nadir Khan, cabeza de una rama diferente de la dinastía durrani, Ministro de la Guerra de Ammanullah que rompió con éste en 1928 por discrepancia con su política reformista. Con ese apoyo Nadir Khan armó un ejército entre las tribus pastunes al Este de la Línea Durand y pactó con Fazl Omar Mujaddidi que puso a la Naqshbandiya al servicio del objetivo de Nadir Khan. A comienzos de marzo entró con sus tropas em Afganistán y tras la retirada de Ammanullah quedó como único contendiente de Kalakani, derrotado finalmente el 13 de octubre de 1929 en Kabul, y ejecutado semanas más tarde.

3. La primera contrarreforma

Nadir Khan se negó a entregar el poder a Ammanullah, como éste le requirió, y se proclamó a sí mismo rey, Nadir Sha, con el pleno apoyo de los jeques pastunes y los líderes religiosos en la Loya Jirga de 1930. Fazl Omar que había coronado a Ammanullah lo hizo ahora con Nadir Sha y pasó a ocupar el Ministerio de Justicia en su gobierno. Nadir Sha derogó la constitución de 1923 y todas las reformas impulsadas desde 1919, incluyendo las fiscales y militares; sellando la alianza entre el poder del estado y los poderes tribales y religiosos. Sólo recuperó el proyecto de modernización económica capitalista, aceptado por las cofradías y el Consejo de los ulemas siempre que se mantuviera en sus límites sin afectar a las reglas sociales dominantes. Resuelta la oposición con la que había topado Ammanullah, en su intento de completar la unificación monetaria con la instauración de un sistema financiero capitalista asimismo centralizado, Nadir Sha otorgó en 1932 a Abdul Majid Zabuli, hijo de un aduanero convertido en empresario comercial, la autorización para constituir el primer banco afgano, encargado de la emisión y regulación monetaria; al mismo tiempo le concedió el monopolio de la importación de petróleo, automóviles y azúcar y de exportación de algodón, lana y piel de karakul16. Fue la última decisión importante que tomó Nadir muerto en noviembre de 1933, víctima de un partidario de Amanullah.

El reinado de su sucesor Zair Sha, fue el más largo en el tiempo del estado afgano y el último; se prolongó hasta su derrocamiento en 1973 y la instauración de la República. En todo ese tiempo mantuvo el pacto con los poderes tradicionales y la reducción de la modernización al ámbito de una parte de la economía, con breves intervalos de apertura política liberal, que nunca se consolidaban. Prosiguió el desarrollo capitalista por arriba, orientado hacia el sector exterior, así como al limitado mercado urbano que acompañó el crecimiento del sector exterior; incluso en algún momento, viniendo de tan abajo, pareció que el capitalismo afgano despegaba. Sea como fuere su vuelo siempre fue gallináceo, sin alimentadores internos que le dieran fuerza. Se mantuvo lastrado por el arcaísmo derivado de aquel pacto y por la supervivencia de formas económicas tradicionales, que se enquistaron sacando beneficio del capitalismo de exportación. La inamovilidad de las estructuras sociales campesinas negó cualquier proceso de reforma agraria indispensable para el desarrollo del mercado interno. Tampoco ningún grupo con capacidad de inversión se planteó ese desarrollo.

El sistema financiero bancario iniciado por Zabuli, se completó en 1938 con la fundación del Banco de Afganistán como banco central, que absorbió las concesiones de Zabuli. No obstante nunca pudo desplazar a la red financiera tradicional del bazar de Kabul y Kandahar, donde se asentaban los históricos comerciantes de moneda -hasta cuarenta en la capital y quince en la ciudad del sur- que hasta entonces habían constituido el capital comercial y también los suministradores de moneda al rey cuando éste lo necesitaba, en particular de divisas internacionales. Tras la fundación del banco de Zabuli se prohibieron en 1935 las transacciones de moneda de libre mercado en los bazares y Zabuli abrió sucursales en Kabul y Kandahar para asumir esas transacciones en monopolio. No se salió con la suya. Los comerciantes de moneda del bazar nunca lo aceptaron y tuvieron suficiente fuerza para resistirse al fin de su negocio. No es ocioso aquí recordar que Fazl Muhammad Mujaddidi, tenía una posición dominante en el bazar de Kabul, hasta el punto de ser conocido como el «señor del Bazar». Zabuli no tuvo más remedio que ceder y en 1938 cambió de política abriendo sus propias oficinas de moneda en los bazares de Kabul y Kandahar. El sistema mixto prevaleció, a pesar de nuevos intentos de cerrar el negocio monetario del bazar, mediante la reactivación de la normativa de sometimiento del cambio de divisas al Banco de Afganistán, en 1947 y 1951. Las normas gubernamentales siguieron sin cumplirse y cuando se intentó obligar a ello, interrumpiendo por la fuerza la acción de los cambistas de los bazares, la moneda afgana se depreció, el comercio exterior descendió y amenazó con repercutir también en un descenso de los ingresos del estado, muy dependiente de las tasas aduaneras. A finales de los setenta los impuestos directos solo producían el 15,2% del ingreso total –de ellos el de la propiedad rural continuaba siendo solo una cuarta parte– los indirectos el 46 % y las aduanas en torno al 30%. El hecho era que el capital comercial del bazar era la fuente principal de la financiación del contrabando –que se calculaba en 1972 que suponía un 40% del total del comercio exterior afgano– y el estado no tenía fuerza suficiente, ni coercitiva ni social, para impedir ese contrabando. Un contrabando que incluía el del opio, aunque éste constituía todavía un comercio menor controlado en su mayor parte por la familia real.

Afganistán se acomodó finalmente a la dualidad; y los bazares de Kabul se convirtieron, con la afluencia de capitales exteriores al país fruto de la inversión y el préstamo, en centros financieros internacionales en contacto con los mercados monetarios de India, Pakistán, Irán y también de Beirut, Zurich, Londres y Nueva York. Buena parte del capital del país, el capital comercial de los bazares –también el de los nómadas ricos que practicaban el préstamo y el contrabando– quedó permanentemente encerrado en su condición de capital mercantil, tan productivo en su ámbito que nunca se planteó actuar fuera de él invirtiendo en industria. La limitación de la modernización de la economía fue una limitación de la modernización capitalista. Sólo un sistema fiscal directo importante, indisoluble de la reforma del campo, hubiera permitido al estado ganarle la batalla al capital comercial del bazar al liberarlo de la hipoteca aduanera. La dualidad del sistema financiero configuró un bloque social de intereses comunes entre el capital comercial, interesado en que se mantuviera esa hipoteca, y el poder tribal, contrario de manera irreductible a la imposición sobre la propiedad de la tierra y el ganado. Bien pudiera ser que figuras como los Mujaddidi, con su red de discípulos que cubrían y viajaban por el territorio hicieran de puentes entre ambos mundos, el mercantil y el tribal. El crecimiento del comercio exterior, legal e ilegal, no solo fue la principal salida del precario capitalismo afgano, que no podía contar con un mercado interior dominado por la economía de subsistencia y los intercambios comarcales, sino una necesidad absoluta para la supervivencia del régimen monárquico.

3.1. El campo

La población se dobló entre 1914 y 1978, pasando de unos 6 a 15 millones, en ambos casos estimados aunque con una mayor precisión en el último17. Un aumento cuantitativo que no estuvo acompañado en términos de calidad. El legado de Zahir Sha fue una sociedad profundamente desigual, con una economía desequilibrada y un sinfín de obstáculos sociales, políticos y culturales a los impulsos de cambio en favor de la igualdad y el equilibrio. Afganistán continuó siendo un país abrumadoramente agrario, más del 85% de su población era rural, encerrado en sus múltiples realidades locales y con comunicaciones precarias, de caminos y sendas hasta la segunda mitad del siglo XX. La mayor parte vivía en economías de autoconsumo, de precaria subsistencia. En el segmento de economía de mercado predominaba la producción para la exportación, la legal y la de contrabando; lo que daba lugar a aparentes paradojas, como la del destino al mercado interno de solo el 20% del trigo cosechado y la recurrente importación de trigo para satisfacer las necesidades de la población urbana cuando la cosecha descendía18. Afganistán es un territorio dominado por el macizo montañoso del Hindú Kush surcado por estrechos valles fluviales. Solo el 12% de la superficie afgana era cultivable y de ella, al iniciarse la década del setenta solo se cultivaba la mitad y no toda ella todos los años, como consecuencia de los problemas de riego o de las derivaciones de los sistemas de tenencia y explotación de la tierra solo un total del 40% de la que era objeto de cultivo se cultivaba cada año.

La estructura social del campo era compleja y con una importante diversidad regional. Tomada en su conjunto una primera división se establecía entre población sedentaria y población nómada. Esta última constituía el 11,5% del total de la agraria; aunque una parte de ella era nómada a tiempo parcial. Las dos actividades características del nómada eran el pastoreo y el contrabando y su ubicación fundamental se situaba en los territorios pastunes del sur y del este. La población sedentaria se desparramaba en un par de decenas de millares de aldeas, dispersas, frecuentemente aisladas por la orografía montañosa o la precariedad de las comunicaciones; entre ellas, actuando más como mercados locales periódicos que como centros urbanos propiamente dichos, algo menos de tres centenares de «ciudades» que no eran más que pueblos grandes19. Las aldeas eran agrupaciones de familias, de una misma tribu; habitualmente la aldea la integraban entre 40 y 80 familias –en el sentido amplio– aunque había también algunas de escasamente 10 y Male incluye en la categoría otras mayores, con 500 familias. La vida de la aldea giraba en torno a una figura de poder: el jefe de la familia era el anciano de mayor edad y, por analogía, el jefe de la aldea, el malik (pequeño jefe), también denominado arbab en el Este de Afganistán y beg o mir en el Norte20, era el cabeza de la familia más importante de la aldea; en la medida en que habitualmente la razón de importancia era la riqueza, la propiedad de la que se disponía, la familia más importante se perpetuaba en los tiempos y la condición de malik venía a ser de hecho, por costumbre, hereditaria. Esa autoridad no tenía en principio limitación, excepto en los pastunes entre los que el malik era elegido por la asamblea local de jefes de familia, la loya jirga. Su continuidad dependía de la elección de sus paisanos, pero esa horizontalidad quedaba más que matizada por el hecho de que la elección recaía en el propietario mayor, aunque también podía hacerlo en el guerrero más valiente, el hombre más sabio, el más piadoso, o quien reuniera la mayor parte de esas cualidades; la lógica social imponía que frecuentemente, si no habitualmente, esas cualidades eran acumuladas por el propietario mayor. Al lado del malik, la otra figura de autoridad era el mullah; ambas figuras constituían la cúspide del poder en la aldea, en cooperación habitual, tanto más cuanto que el mullah dependía del estipendio del malik. El jefe de la tribu era el Khan, término que significa jefe y que se utilizó como nominativo para toda una serie figuras21.

La propiedad de la tierra era la base del poder. Una propiedad que podía ser privada o conjunta de una aldea. La propiedad privada era predominante entre los tayikos y el Nuristán (el antiguo Kafiristán), así como en el Sur en las provincias de, Kandahar, Hellmand y Nimroz. La mitad de la tierra cultivada en propiedad privada tiene pequeñas dimensiones, entre 2 y 20 hectáreas, y es la que detentan la gran mayoría de los campesinos propietarios; un 5% de propietarios posee el 45% de la tierra cultivable, y en 1968 se estimaba que había 30 propietarios de más de 200 hectáreas. Habitualmente el gran propietario era el malik, con lo que la desigualdad social se entrelazaba con la jerarquía de poder clánico. La propiedad colectiva predominaba tanto en el norte, entre turcomanos y uzbecos, como en el oeste, en las de Ghur y Herat, y el este entre los pastunes. Era colectiva, pero no se explotaba colectivamente sino que se distribuía anualmente para su explotación entre las familias de la aldea; en principio esa asignación había de corresponder a la loya jirga, no obstante se venía produciendo una apropiación de hecho de las tierras o los rebaños tribales por parte del jeque, que convertía de hecho a sus paisanos en sus arrendatarios y pastores.

En ambos sistemas el campesino se diferenciaba por el grado de posesión de sus insumos; solo los grandes propietarios poseían tierra, semilla y equipo (ganado, tractores) y ellos eran, a través de la estructura de poder tribal los que controlaban el suministro de agua en la agricultura de regadío. La mayor parte de los campesinos apenas poseían la tierra –si no eran arrendatarios– y tenían que comprar sus semillas y el uso del equipo lo que había generado una estructura de endeudamiento crónico de una parte de la población; la falta de estadísticas generales impide cuantificar con precisión ese hecho, aunque estudios parciales indican que en los años sesenta se producían niveles de endeudamiento del 25% y hasta de cerca del 90%22. El campesino no tenía acceso de hecho al limitado, y centralizado en Kabul, sistema bancario por lo que tenía que acudir como prestamista a sus paisanos ricos de la aldea o a los comerciantes, fueran los de las ciudades vecinas o los nómadas; a pesar de todas las prescripciones islámicas, el hecho era que el tipo de interés era muy elevado (entre el 21 y el 50% si era monetario y entre el 10 y el 30% en los casos estudiados). El peculiar sistema afgano de préstamo del gerow, agravaba las cosas: el prestatario hipotecaba tierras de su propiedad, sobre las que el prestamista mantenía un derecho de usufructo hasta que se pagaba la tierra; ese sistema reducía las fuentes de ingreso del campesino que tomaba el préstamo y, obviamente, si no lo pagaba perdía sus tierras. Obviamente el préstamo se convirtió en la principal fuente de enriquecimiento y de acumulación de tierras –por compra o por expropiación por impago– en el mundo campesino afgano.

El riesgo de endeudamiento estaba en función directa de la variabilidad de las cosechas. En el pasado reciente de Afganistán se produjo un grave ciclo de sequías en 1969-1970 y 1971-72 (algunos embalses quedaron al 1% de su capacidad), con una grave caída de la producción de trigo, sobre todo en las áreas cerealeras del Sur y el Este, y un alza de los precios que llegaron a triplicarse. El descenso del producto básico de alimentación y su encarecimiento produjo malestar en las ciudades, que tuvieron que ver con la cadena de acontecimientos políticos que se sucedieron a partir de 1973 (se verá más adelantes); en el campo produjo caída de ingresos y caída de disponibilidad alimentaria y todo ello repercutió en un creciente sacrificio de ganado ya fuera para alimentación humana o por imposibilitad de sostener la alimentación del animal. La repetición de la sequía tras un intervalo de recuperación desembocó en una hambruna que alcanzó su apogeo en abril de 1972 y afectó a la quinta parte de la población, con decenas de miles de muertos y no menos de medio millón afectada de hambre severa. El gobierno afgano reclamó ayuda internacional, la importación con apoyo de la FAO de 500.000 toneladas de trigo, de las que solo llegaron 300.000; eso pudo aliviar la situación en las ciudades, pero no en el mundo campesino, cuya distribución fue dificultosa por la precaria situación de la red de carreteras, la falta de transporte y la corrupción enquistada en el aparato de estado. No solo murieron millares de personas y la monarquía afgana se tambaleó hasta caer, la estructura social del campo quedó afectada de manera importantes. El descenso drástico de los ingresos produjo un motivo adicional al endeudamiento. Muchos campesinos que no lo estaban entraron en su viciosa rueda y muchos de los que estaban en ella no pudieron seguir pagando el préstamo por falta de ingresos y perdieron su propiedad, pasando a ser arrendatarios de sus prestamistas, en el mejor de los casos, o simplemente jornaleros.

La proletarización afectó de manera particular a una parte de la población nómada, cuyo contingente no estuvo nunca establecido, variando entre una cifra en torno al millón y un máximo de dos millones y medio No era una población homogénea y estaba constituida por tres grupos: los nómadas propiamente dichos, que vivían en campamentos itinerantes, presentes en el Sur; los seminómadas que practicaban una transhumancia del karakul entre el Norte y la frontera con el Paquistán y los nómadas locales, en realidad pastores de una población sedentaria que pertenecía a la tribu de la aldea de referencia23. El primer grupo no tenía rebaños, se dedicaba al comercio y al contrabando; algunos de ellos , la minoría, se habían enriquecidos por el tráfico ilegal y el transporte de mercancías a lomos ya no de camellos sino de camiones y también el préstamo. El segundo grupo, fue el más afectado por el ciclo de sequía y hambruna y es el que más sufrió el proceso de proletarización al poder sus rebaños de karakul. Ese proceso de proletarización, el de los nómadas y el de los sedentarios, ya había adquirido una dinámica creciente con el desarrollo de la mecanización de la agricultura, impulsado desde mediados de los sesenta desde el gobierno con la venta de tractores (antes la compra directa, por iniciativa privada, de tractores había limitado su parque a 400 en todo Afganistán); por cierto que esa venta pretendía ser destinada a la formación de cooperativas de servicios en las aldeas, pero en la práctica paró a manos privadas, formándose empresas de oferta de tractores por parte de los comerciantes o campesinos ricos que los compraron. La mecanización, que requería mano de obra abundante en tiempos cortos y la proletarización por deudas o pérdidas de recursos propios se aliaron en los años setenta. La vida campesina, la de casi toda la población afgana distaba de ser idílica o armónica, como pretendía algunas miradas culturales occidentales, teñidas de antropologismo contemplativo y afectadas del síndrome del buen salvaje. Era una vida cargada de tensiones sociales, de mecanismos de explotación y represión cuya explosión evitaba la simbiosis de cultura tribal e institucione religiosas.

3.2. La ciudad

El reducido mundo urbano lo constituían una veintena de poblaciones entre las que destacaban Kandahar en el Sur, Herat en el Noroeste, Mazar-i Sharif, Kunduz y Pul-i Khumri en el Norte, y Jalalabad y Kabul en el Este, configurando un anillo alrededor del macizo del Hindu Kush. A comienzos de la década de los setenta sobresalía Kabul, con cerca de 450.000 habitantes: del resto de las citadas solo Kandahar superaba, por poco, los 100.000, Herat se aproximaba a ellos, Mazar-i Sharif y Kunduz rondaban los 50.000 y Pul-i Khumri los 20.000. Estas seis ciudades y su entrono eran las únicas que alojaban a la reducida industria del país. Con una enorme desigualdad entre ellas: el 70% del empleo industrial se encontraba en Kabul y el 22% en Kunduz; el resto se repartía el 8%, con Herat y Jalalabad a la cola sumando ambas solo el 1% del empleo industrial. Kabul concentraba a finales de los setenta no solo la escasa industria, también el principal recuro energético: el 53 % de los 764 millones de Kw producidos en Afganistán; a ninguna aldea había llegado la electricidad.

Hasta los años treinta la minúscula industria afgana había sido promovida por el Emirato para suministrar armas y equipo a su pequeño ejército. La constitución del banco de Zabuli inició una primera etapa, limitada, de industria civil, a través de sociedades anónimas financiadas por el banco y protegidas por la monarquía, en manos de una reducida elite de propietarios, buena parte de ello vinculados a la casa real. No hubo margen para que surgiera ninguna burguesía nacional; Sher Khan, el jeque de la tribu pastún de los Nasher, fundador de la empresa más importante la Spinzar Company de Kunduz a comienzos de los treinta, y el propio Zabuli, eran sus figuras principales. Se trató inicialmente de una industria de procesamiento de productos agrícola (algodón, piel de oveja karakul24, frutas) con destino fundamentalmente a la exportación; luego, desde finales de los cuarenta se añadió la fabricación de cemento, y otros productos para la construcción, que alimentó el crecimiento de la edificación urbana. Daud durante su etapa de gobierno monárquico primero, entre 1953 y 1963, y republicano después, en 1973-1978, quiso avanzar en la modernización económica, sobre la base del crecimiento de las infraestructuras y de la base industrial; apoyado en una importante inversión de capital extranjero impulsó la construcción de carreteras para unir a las ciudades con Kabul en su disposición de anillo, la producción eléctrica y la creación de nuevas empresas industriales por cuenta del estado. A pesar de cubrir su acción bajo la elaboración de planes quinquenales de crecimiento los resultados principales se produjeron en el ámbito de las comunicaciones y fueron escasos en la industria; en esta se mantuvo su liviana estructura productiva: en los setenta el sector textil (sobre todo de desmotadoras de algodón) ocupaban al 39% de la fuerza de trabajo industrial, la minería –incluida las canteras para el cemento– el 11%, el resto. pero sobre todo, no se modificó el modelo económico de priorización del mercado exterior, y aunque la anunciara en su época republicana no impulsó ninguna reforma agraria, ni que fuese para acompañar la modernización pretendida.

Al acabar la década de los sesenta la administración afgana registraba 231.000 trabajadores industriales y artesanos, de los que solo unos 40.000, como máximo, se contabilizaban como obreros fabriles; dos tercios de esa fuerza de trabajo fabril estaba en 14 fábricas que empleaban a quinientos trabajadores o más. Todos los trabajos de construcción y explotación minera sumaban unos 83.000, muy dispersos sobre el territorio a excepción de los ocupados en la edificación en las ciudades. La posibilidad de que los obreros de fábrica, trabajadores de la construcción y mineros asumieran una identificación de clase nacional estaba bloqueada por la prevalencia de las identidades étnicas; por poner un ejemplo, la mayoría de los obreros de Kabul eran hazaras y no se sentían miembros de la misma comunidad que los trabajadores de Kunduz y Pul-i Khumri, multiétnicas con mayorías pastunes y turcomanas. Ciertamente, y a pesar de que la sindicación de los trabajadores estaba prohibida, entre 1968 y 1969 hubo un pequeño ciclo de huelgas en Kabul y su distrito, Kunduz y Pul-i Khumri, con apoyo de los estudiantes de izquierda; en la última de ella también hubo apoyo de campesinos. No obstante, no hay información sobre continuidad del movimiento, que parece haber tenido sobre todo un sentido de reivindicaciones económicas, no políticas.

La identidad de clase era más que precaria. La identidad nacional solo se desarrollaba entre parte de las emergentes clases intermedias que poblaban las ciudades, en particular entre el funcionariado, que sumaba 60.000 individuos, los enseñantes de todos los niveles, 15.000, los profesionales liberales y los militares de carrera; aunque las diferencias étnicas e incluso tribales también interferían en ese desarrollo y, sobre todo, esa identidad nacional era considerada por la mayoría de los pastunes de dichos sectores como equivalente a su propia etnia, reduciendo el nacionalismo afgano a nacionalismo pastún.

3.3. El estado

Sin grupos sociales con fuerza suficiente para impulsar dinámicas de cambio, el Estado era el único que podía considerarlas. Pero los detentadores del poder, el rey y sus cortesanos de Kabul, eran absolutamente reacios a la repetición de experimentos que pudieran ponerlos en peligro, como había ocurrido a Ammanullah, y reducían el Estado a la mínima expresión de primacía sobre los jeques tribales y el clero musulmán, de defensa del orden interno mediante el ejército y de la indispensable práctica de las relaciones exteriores a la sombra de sus tres grandes vecinos. El sistema institucional establecido por la nueva constitución de 1931 daba todo el poder ejecutivo y el control del legislativo al rey. Por lo que se refiere al ejecutivo el rey Zahir Sha, distraído en sus aficiones privadas, lo delegó por completo en sus primeros ministros, siempre miembros de su familia hasta 1963. El legislativo, aunque residía en un parlamento con dos cámaras, era una ficción habida cuenta de que por un lado la única electa era la de los diputados, votados por aclamación en reuniones públicas controladas por los funcionarios gubernamentales o los líderes locales, y por otro el rey tenía un último poder de veto sobre las leyes que se aprobasen. El judicial quedaba compartido entre su aparato civil y el aparato judicial islámico que era el que predominaba. Hasta la segunda mitad del siglo XX no hubo partidos reales, aunque pudiera haber grupos partidarios en torno a los primeros ministros o los aspirantes a serlo.

Esa cúpula se asentaba en una asimismo precaria administración civil. Desde 1930 hasta 1964 el territorio estaba dividido en 9 wilayat (provincia), cuatro ellos “mayores» y cinco «menores», a cuyo frente se encontraba un wali (gobernador), nombrado por el gobierno real; su aparato de gestión era mínimo y no tenía ramificaciones administrativas en su territorio. La constitución de 1964 estableció un sistema más completo: Como resultado de la constitución de 1964, Afganistán se dividió en 26 wilayat, que se clasifican en tres grados según su importancia; Kabul, Ghazni, Gardez, Jalalabad, Mazar-i Sharif, Herat y Kandahar constituyen el primer nivel. A su frente, el wali era responsable ante el Ministerio del Interior en Kabul. Además, cada wilayat tiene representantes de varios departamentos ministeriales vinculados directamente a Kabul. A su vez el wilayat se subdividía en distritos y éstos en subdistritos, cuyos jefes eran funcionarios, el woleswali y el alaqadar, respectivamente, y residían en la ciudad más importante de su demarcación. Estos últimos eran quienes tenían el contacto más directo con los jefes de los pueblos y aldeas, los malik. Ese cuerpo administrativo, muy centralizado, era visto por la población campesina como gente extraña, que no pertenecía a su comunidad –y muchas veces ni siquiera a su etnia–, de la que desconfiaba de manera absoluta y al que identificaba como recaudador de impuestos y reclutador del ejército.

La mayor complejidad de la estructura administrativa –que se produjo también en el ámbito de los ministerios– supuso un incremento de la plantilla de empleados públicos, que llegaba ya a los 100.000 en 1978; pero no un crecimiento paralelo del presupuesto público, por las razones ya expuestas. En el ámbito de la administración territorial la corrupción siguió siendo el complemento habitual del magro salario público. La pobre condición económica de su aparato tenía su reflejo en la venalidad y la corrupción generalizada en todo los ámbitos y niveles de la administración pública; los cargos superiores eran comprados y el que accedía a ellos se resarcía luego obteniendo de su poder conseguido todos los beneficios económicos posibles, desde la percepción fraudulenta de comisiones hasta la extorsión; los funcionarios del nivel inferior practicaban su propia corruptela. Tal administración corrupta, por otra parte, no dejaba de ser motivo de desprecio de la población campesina, desde el nómada más miserable hasta el jeque propietario de tierras, pasando por los ulemas; abría un muro de desconfianza entre la población campesina y el estado, de recelo ante la ciudad que por su parte recelaba a su vez del tradicionalismo campesino.

No obstante, a despecho de la complicidad del Estado con el poder tribal y de la corrupción, y acaso como reacción moral ante todo ello, surgió en el seno del aparato de estado, entre algunos tipos del funcionariado como los maestros, los empleados en la sanidad pública, lo profesionales liberales integrados en el servicio público en los ministerios o en la administración territorial, entre los militares profesionales, un sentimiento de la necesidad de un cambio radical que convergía con la emergencia en las crecientes clases medias urbanas de una identidad nacional afgana. De esas bases sociales surgieron los proyectos de reforma que consiguieron controlar el poder del estado en la década del setenta; pero finalmente no consiguieron vencer a la reacción, esperable y esperada, espoleada esta última por el decisivo apoyo exterior que obtuvo.

4. Entre la modernización autoritaria y el reformismo democrático

4.1. La generación del despertar democrático

Después de quince años de anemia política los cambios empezaron a producirse, muy parcial y lentamente, al acabar la Segunda Guerra Mundial. La guerra produjo algunas turbulencias en Kabul, como consecuencia de las presiones tanto de Alemania como del Reino Unido y la URSS para que Afganistán abandonara la posición de neutralidad que adoptó desde el primer momento ante el conflicto. La influencia alemana en Afganistán había crecido notablemente en los años treinta, con el apoyo de Zabuli; la empresa Siemens se estableció en el país, y se encargó a oficiales alemanes tareas de modernización del ejército y de reorganización de la policía. En 1937, tras asistir al congreso del Partido Nacional-Socialista en Nuremberg, Zabuli firmó con la empresa Todt en nombre del gobierno afgano un acuerdo económico en los ámbitos de la construcción y el transporte terrestre; aquel mismo año la relación afgano-germana se reforzo con el establecimiento de una línea regular de Lufthansa Kabul-Berlin. Cuando estalló la guerra mundial el gobierno alemán presionó para atraer a Afganistán al bando del Eje, contando con el apoyo de Zabuli y también de algunos elementos relevantes de la Corte, entre ellos el joven primo del Rey Muhammad Daud Khan, jefe desde 1939 del Cuerpo de Ejército del Centro, el contingente militar más importante. La presión se acentuó para que el gobierno de Kabul apoyara el gobierno antibritánico de Iraq instaurado en abril de 1941; a lo que Gran Bretaña y la URSS contratacaron exigiendo la ruptura explicita de Afganistán con el Eje y la expulsión de los alemanes que residían en el país. Finalmente, el gobierno afgano rechazó ambas presiones y mantuvo el estatuto de neutralidad, aunque redujo la presencia alemana. Zabuli, perdedor político en el envite, marchó de Afganistán para instalarse en Suiza, donde permaneció hasta que, acabada la guerra en Europa, regresó a Kabul en junio de 1945. Esos episodios dejaron un saldo de confrontaciones entre la elite gobernante. A ellos se añadió a partir de 1944 –y hasta 1947– un nuevo ciclo de rebeliones tribales en el Este (por parte de las tribus pastunes Safi, Zadran y Mangal) en respuesta al restablecimiento del sistema de levas universales no gestionadas por los jeques, instaurado por Amanullah y derogado por Nadir Khan; parte del nuevo conflicto tribal se producía en una zona cercana a la Línea Durand, que estaba adquiriendo una relevancia particular ante la previsión de independencia de la colonia británica de la India. En 1944 el gobierno afgano comunicó formalmente al Raj Indio su interés por los pastunes que vivían bajo su dominio, al Este de dicha línea en la denominada Provincia de la Frontera del Noroeste –con capital en Peshawar– instituida por los británicos en 1901. La respuesta británica fue destemplada pero no concluyente, apoyándose en el hecho considerar la Línea Durand como una frontera internacional vino a decir que los afganos no habían de ocuparse de esa cuestión. Entre las fricciones interiores y las nuevas amenazas tribales el Reino estaba saliendo de la etapa de la guerra más débil de lo que había entrado; algo completamente inoportuno ante la reconsideración de su frontera oriental. Ante la acumulación de problemas la Corte decidió cambiar en mayo de 1946 la jefatura del gobierno, ejercida autoritariamente por Muhammad Hashim Khan desde 1929, en favor del hermano de éste Sha Mahmud Khan; el objetivo era revitalizar la política afgana mediante una limitada reforma del régimen, etiquetada como «liberal», que ampliara su base de apoyo social y político y mejorara la imagen internacional del Reino –deteriorada ante los vencedores de la guerra mundial por las relaciones con Alemania– ante la evidencia de la confrontación que habría de surgir sobre la cuestión territorial pastún.

El cambio de gobierno y el contexto al que respondió impulsó un movimiento que enlazaba con el reformismo de Ammanullah, insistiendo de manera particular en el cambio social y cultural y que fue punto de partida del nuevo escenario político partidario que se configuró en los años sesenta. Entre 1947 un grupo de intelectuales y algún hombre de negocios, con epicentro en Kandahar, publicó un libro-encuesta bajo el título de Juventud Despierta!; y lo hizo circular como base de discusión para la constitución de un movimiento político que reivindicaba una monarquía constitucional, la modernización económica –léase industrialización– y social del país sobre la base de la educación pública y el rechazo de la superstición y las «malas costumbres sociales» –lo que apuntaba contra la hegemonía del islamismo conservador y la supervivencia de las relaciones sociales tribales– y la lucha contra la corrupción. El movimiento reunía a antiguos colaboradores de Amanullah, como el historiador y escritor Ghulam Muhammad Ghobar; jóvenes treinteañeros como Fayz Muhammad Angar, comerciante, Abdul Rauf Benawa, escritor y diplomático, Gul Pacha Ulfat, jurista islámico y periodista, Muhammad Siddi Farhang, alto empleado de la banca de Zabuli, o Nur Muhammad Taraki, también antiguo empleado de Zabuli y entonces funcionario del Ministerio de Información y Prensa que iniciaba su etapa como escritor e incipiente activista político; así como miembros de la generación intermedia como el médico Abdul Rahim Mahmudi, el jurista islámico y periodistas Gul Pacha Ulfat o el escritor y director entonces de la Academia del Pastún, Siddiqullah Rishtin. En sus inicios contó además con el apoyo externo de Zabuli, que le proporcionó fondos, y Mohammed Daud, ministro de Defensa en 1946 que había tenido que dimitir en 1947 por diferencias con Mahmud Khan; en 1949, coincidiendo con el retorno de Daud al gobierno, ahora como Ministro del Interior, fundó junto con Zabuli su propia formación política, el Club Nacional, que no pasó de ser un grupo de cabildeos de corte. Daud se estaba convirtiendo en la oposición dentro de la Corte a Mahmud Khan y dejó de interesarle un movimiento que políticamente estaba orientándose hacia una ruptura democrática, aunque fuera en el marco de la monarquía.

Juventud Despierta se constituyó como asociación cultural con ese nombre, en un congreso en Kabul en mayo de 1948, y llegó a tener 825 miembros, con presencia sobre todo en las provincias de Kandahar (300), Jalalabad (150) Kabul (130), Mazar-e Sharif (105) Kunduz (80) y Puli Khumri. A partir de marzo de 1950 dispuso un periódico portavoz oficioso, Angar (Opinión) publicado y dirigido por Faiz Muhammad Angar, que se movió dentro de las coordenadas de la postulación de una monarquía constitucional democrática, con elecciones libres, designación del gobierno según la mayoría parlamentaria, y pleno control del ejecutivo por parte del parlamento. En ese marco general se añadieron matices diferenciales: Taraki acentuó la perspectiva social concretando que las principales demandas de la oposición eran pan, trabajo e igualdad de oportunidades; Mahmmudi, que también hizo alguna referencia social, a la lucha contra la pobreza y el fin del trabajo forzado, subrayó que para que se constituyera un gobierno democrático era preciso la constitución de partidos democráticos nacionales; Benawa, por su parte, representó la sensibilidad más estrictamente liberal del colectivo y subrayó que la esperanza del pueblo era Zahir Sha, como rey democrático, servidor y líder de la nación.

El movimiento empezó a tomar importancia beneficiado por la decisión de Mahmud Khan de permitir que en las elecciones de 1948 a la Wolesi Jirgah (Cámara Baja) accedieran al escaño una treintena larga de defensores del reformismo político y social –entre ellos Ghobar y Mahmmudi– que se agruparon en un colectivo informal inspirado en la política del Frente Nacional Iraní constituido en 1949 por Mohammad Mosaddeq. La cámara sumaba 120 diputados por lo que nunca tuvieron la mayoría; pero fueron suficientes para convertirla en una caja de resonancia de las denuncias de la corrupción y las exigencias de un control parlamentario del gobierno, al que nunca accedieron ni Mahmud Khan ni Zahir Sha, desmintiendo las esperanzas excesivas que Benawa había expresado en las páginas de Argan. El clima de debate público incrementó la movilización democrática, particularmente en la Universidad de Kabul, en la que en abril de 1950 se fundó un Sindicato de Estudiantes de orientación democrática; paralelamente Juventud Despierta elevó el diapasón denunciando las limitaciones de la apertura liberal del gobierno y atacando el inmovilismo islamista a través de la figura de los Mujadiddi, en un libro que se vio obligado a circular en secreto.

En contrapartida, el movimiento reformador empezó a dividirse. Ghobar y Mahmmudi abandonaron Juventud Despierta para seguir caminos significativamente diferentes entre ellos, expresados en los periódicos que cada uno fundó al amparo de la ley de prensa promulgada en enero de 1951, única conquista legislativa efectiva de la oposición parlamentaria. El de Ghobar, Watan (Patria), fue el portavoz de un nacionalismo liberal afgano que se desmarcaba de la exclusiva identidad pastún de la nación y proclamaba la igualdad entre confesiones religiosas –refiriéndose a sunismo y chiismo– y etnias. Su modelo económico era la defensa de la mediana y pequeña empresa, la reducción del poder de los monopolios, lo que debió desagradar a Zabuli; también un moderado programa de reforma agraria, expuesto en las páginas de Watan por Muhammad Siddiq Farhang, teniente de alcalde de Kabul desde 1949, en el que se proponía la reducción del tamaño de la propiedad agraria, la instauración de un banco agrícola y el fomento del cooperativismo agrario, así como la lucha contra el préstamo en usura de hecho. Por su parte Nida-ye Khalq (Voz del Pueblo), de Mahmudi, constituyó el primer órgano de prensa de la izquierda en la historia afgana. Bajo la divisa de democracia y justicia social postuló el «gobierno del pueblo y para el pueblo». Mahmudi era el autor de la mayoría de los artículos en los que defendió la nacionalización de los tres principales sectores exportadores, el azúcar, el de la piel de karakul (astracán) y el del petróleo, la lucha contra los monopolios y contra la concentración de la propiedad agraria. En el verano de 1951 Mahmudi y su grupo de seguidores, un par de centenares apenas, constituyeron un pequeño partido al que denominaron también Khalq, sin cobertura legal habida cuenta de la inexistencia de legislación al respecto; no llegó a consolidarse por la represión impulsada por el gobierno en la primavera de 1952. Tanto Argan, como Watan y Nida-ye Khalq, distribuyeron sus ejemplares, cuya tirada rondaba el millar y medio, exclusivamente en el ámbito urbano y particularmente en Kabul; el mundo rural, universalmente analfabeto25, permaneció al margen de ese primer ciclo de propaganda política democrática.

Ese proceso de apertura política limitada y movilización democrática, se desarrolló en medio del encrespamiento de la cuestión pastún ante la inminente independencia del subcontinente indio en forma de partición en dos estados, Paquistán y la Unión India. En la Provincia de la Frontera del Noroeste el movimiento anticolonialista y de reforma social de los Camisas Rojas, liderado por Bacha Khan (Abdul Gaffar Khan), y la insurrección liderada por el Faquir de Ipi en Waziristán acordaron en junio de 1947 reclamar al gobierno británico que sus territorios tuvieran la opción de constituirse como estado independiente del Pashtunistán; lo que contó con el apoyo del gobierno de Kabul con la esperanza de que con el tiempo ese estado se uniera a Afganistán. De acuerdo con la Liga Awami, el partido de los musulmanes de la India, el gobierno británico se negó a considerar la opción y convocó un referéndum en la Provincia de la Frontera del Noroeste en el siguiente mes de julio, con solo dos opciones: unirse al Paquistán o a la Unión India. Los defensores del Pushtunistán llamaron a boicotear el referéndum y aunque consiguieron un claro apoyo en Peshawar y Madrán, donde solo votó el 41,5 % del censo, la participación fue del 51% y el apoyo a la integración a Paquistán del 99%; esa solución se consolidó, y Bacha Khan pasó a reclamar su organización dentro del nuevo estado como territorio autónomo. El resultado fue una derrota política para el gobierno afgano, que hasta febrero de 1948 no reconoció de manera efectiva al nuevo estado mediante el intercambio de embajadores; a pesar de esa mínima medida diplomática, la tensión se mantendría entre ambos estados, cronificando el debate sobre la Línea Durand y produciendo episodios recurrentes de confrontación. La cuestión de los pastunes del Paquistán y del Pashtunistán no solo condicionó la política exterior afgana, también afectó a la interior, si bien de manera contradictoria. Reforzó en Afganistán el nacionalismo pastún incrementando los recelos del resto de etnias; la necesidad gubernamental de galvanizar en torno a su posición a la población afgana favoreció que tomara la decisión de la apertura política. La tensión exterior se recrudeció cuando aviones de la fuerza aérea paquistaní, que venían sobrevolando la frontera común, bombardearon el 12 de junio de 1949 una aldea afgana, Moghulgai, supuestamente por error. El gobierno afgano convocó de inmediato una Loya Jirgah, incluyendo en ella a los miembros de la Wolesi Jirgah, que el 26 de junio declaró el rechazo a la Línea Durand y a todos los pactos y tratados que la hubiesen incluido. De las declaraciones se pasó a las acciones. En 1950 y 1951 grupos armados cruzaron la frontera desde Afganistán para plantar banderas del Pashtunistán en territorio paquistaní; como represalia el gobierno de Karachi, que había estado entorpeciendo el tránsito de mercancías con destino a Afganistán, oficializó el bloqueo reteniendo por tres meses el transporte de gasolina, obligando al de Kabul a racionarla. Y llevando al gobierno afgano a una trascendente determinación: ante el desprecio estadounidense a todos los reclamos de ayuda hechos por Afganistán y la evidencia de que la opción de Truman era el apoyo a Paquistán, Mahmud Khan, que hasta entonces había estado esperando el apoyo norteamericano, reorientó su política exterior buscando encontrar en la URSS lo que Gran Bretaña primero y EEUU después le habían negado. En julio de 1950 Afganistán y la URSS firmaron un acuerdo de intercambio comercial por cuatro años, reforzado con el establecimiento en 1952 de una oficina comercial soviética en Kabul, a lo que hasta aquel momento el gobierno afgano se había resistido siempre desde los años de Amanullah; con la oficina llegó también el primer contingente, de momento reducido, de técnicos soviéticos de cooperación en actividades económicas. El acuerdo con Moscú hizo obsoleto el boicot paquistaní sobre el tránsito de gasolina, en Afganistán, se acabó el racionamiento y las mercancías soviéticas empezaron a desplazar a las indias y a las de países occidentales.

Superada la crisis fronteriza de 1949-1951, el gobierno de Mahmud Khan volvió el foco de su atención hacia Kabul, donde a la agitación democrática de los estudiantes y del movimiento Juventud Despierta se había sumado la reacción del sector islamista conservador, que no toleraba la crítica que aquellos hacían a las costumbres tradicionales sobre la mujer, la interpretación rigorista del islam y las formas de las relaciones sociales agrarias. En la primavera de 1951 una discusión sobre el sentido que tenía construir en Kandahar un santuario para albergar una reliquia supuesta del cabello Mahoma, discutido en la prensa democrática que reclamaba invertir su coste en construcción de escuelas, condujo a una oleada de manifestaciones antagónicas. Los islamistas exigieron que se clausuraran los medios democráticos. Ante la próxima celebración de elecciones a la Wolesi Jirgah, en 1952, el primer ministro afgano decidió cerrar el experimento «liberal»: en septiembre prohibió el recién creado Sindicato de Estudiantes y encarceló a los dirigentes que pudo capturar; poco después prohibió Watan y Nida-ye Khalq y Ghobar y Mahmudi, entre una veintena larga de personalidades reformistas, fueron asimismo encarcelados poco antes de las elecciones y condenados a penas de prisión, que llegaban en el caso de Mahmudi a los nueve años. Juventud Despierta no superó el empujón represivo y se disolvió. Su experiencia no fue en vano. Constituyó un momento fundacional de la política afgana de la segunda mitad del siglo XX, tanto en la formación de líderes como en la formulación de programas. Los enfrentamientos de comienzos de los cincuenta dibujaron los protagonistas principales de los siguientes cuatro decenios: las tres variantes del nacionalismo afgano, la liberal y la autoritaria y el nacionalismo democrático revolucionario, y el islamismo antirreformista.

4.2. Daud, el Bismarck frustrado

El paso atrás de Mahmud Khan fue para él un tropezón definitivo. Daud, su oponente interno en la Corte, encabezó una fronda interna de la familia real contra el primado de los tíos del Rey y fue nombrado nuevo primer ministro en septiembre de 1953. Su objetivo fue gestionar la propuesta modernizadora, centrada en el fortalecimiento del estado, disociándola de toda connotación democrática o simplemente participativa; lo que dio al gobierno de Daud una imagen autocrática. Prescindió del parlamento y cuando necesitó de alguna manifestación pública de consenso –que lo fue siempre para cuestiones de política exterior– recurrió a la convocatoria de la Loya Jirgah, cuya asistencias controló desde el poder. Para empezar, mantuvo en prisión a las víctimas de la represión de 1952, dejando claro que el portazo que entonces se había dado a la apertura política de la monarquía se iba a mantener. Sólo abrió la mano de manera limitada en 1956, para celebrar el pacto con la URSS, con un perdón parcial que no benefició a todos; Mahmudi siguió en prisión, en precarias condiciones de salud, y no fue puesto en libertad hasta 1962, cuando se cumplió su condena de nueve años, para morir meses después como consecuencia de la tuberculosis contraída en la cárcel. La vía del cambio político, apenas insinuada por las elecciones de 1948, quedó bloqueada durante diez años. En el ámbito económico su programa fue reforzar la conexión de los centros de producción y los centros urbanos con el mercado internacional; el sector exterior de la economía siguió siendo el prioritario, por lo que mantuvo el desinterés por cualquier reforma estructural, ni social ni económica, en beneficio del mercado interno y las condiciones materiales de la inmensa mayoría de la población. Cuando tuvo que abandonar el gobierno, diez años más tarde, Afganistán seguía siendo un país agrario, dominado por las economías de autosubsistencia. El mayor avance social de su gestión fue el levantamiento de la obligatoriedad del velo de las mujeres, en 1959; aunque en realidad fue una acción que se limitó a Kabul y a la elite y los estratos superiores de las clases medias y solo avanzó lentamente en las décadas siguientes, siempre en el ámbito urbano. Tampoco resolvió la autofinanciación del estado; a la dependencia de los impuestos indirectos y aduaneros añadió la del préstamo exterior.

La clave de su gestión fue el recurso al préstamo y la inversión extranjera; que desde finales de la segunda guerra mundial el gobierno de Mahmud Khan había intentado obtener sobre todo por parte norteamericana y del Import-Export Bank, con muy migrados resultados. Los únicos recursos estadounidenses de alguna importancia de la época fueron los que se invirtieron en el plan de construcción de 2 presas y un sistema de irrigación, iniciado en 1949 y organizado a partir del 1952 en la agencia de la Autoridad del Valle de Hellmand y de Arghandab; denominación que resaltaba aquella participación evocando la Autoridad del Valle del Tennessee establecida por Roosevelt en 1933. Daud abandonó las frustradas esperanzas de Mahmud Khan de conseguir una mayor atención por parte de los Estados Unidos y en enero de 1954 firmó con la URSS un préstamo para la construcción de dos grandes silos de trigo, así como fábricas de pan, en Kabul y Pul-i Khumri. Quizás habría sido un hecho menor a inscribir en el contexto del plan afgano-soviético de intercambio comercial de 1950, que finalizaba aquel año, pero el anuncio del gobierno paquistaní, en noviembre de 1954, de que se iba a reorganizar territorialmente el estado en dos grandes provincias, Paquistán Occidental y Paquistán Oriental (Bengala), generó un nuevo momento de tensión sobre la cuestión pastún. Esa reorganización significaba la desaparición de la Provincia de la Frontera del Noroeste y su disolución administrativa en una gran unidad, un paso más en la integración de los pastunes del Paquistán en el nuevo estado. El gobierno afgano protestó por la decisión e intentó torpedearla promoviendo el 30 de marzo de 1955 manifestaciones que asaltaron las representaciones diplomáticas pakistanís en Kabul, Kandahar y Jalalabad y una Loya Jirgah apoyó la exigencia de Daud de un plebiscito en los territorios pastunes de Paquistán; a lo que el gobierno de Karachi respondió cerrando de nuevo la frontera durante cinco meses. Afganistán, que no se había querido sumar al pacto de Bagdad de febrero de 195526 de constitución de la CENTO no obtuvo ningún apoyo ni de EEUU ni del Reino Unido, comprometidos internacionalmente con Paquistán que formaba parte de la CENTO y la SEATO. Daud no tuvo otra alternativa que equilibrar su posición debilitada mediante el recurso a la URSS. En agosto de 1955 se firmó un nuevo protocolo de intercambio comercial afgano-soviético y meses después, en noviembre, Bulganin, presidente del gobierno soviético, manifestó públicamente que la URSS apoyaba la demanda afgana de un referéndum imparcial en los territorios pastunes del Paquistán. En diciembre Bulganin y Kruschev hicieron escala en Kabul, en su regreso al viaje que habían realizada a la Unión India, y acabaron de sellar el salto en las relaciones económicas entre ambos países, que se concretaron en el préstamo soviético de mil millones de dólares, reembolsable en treinta años y a un interés de solo el 2%, firmado el 28 de enero de 1956, poniendo en marcha de manera inmediata diversos proyectos de construcción de infraestructuras fundamentales; entre ellas, las centrales hidroeléctricas de Pul-i Khurmi y de Nahglu ( a 40 Km de Kabul), el aeropuerto de Bagram, la mejora del de Kabul, o la carretera de Sher Khan Bandar, en la frontera con el Tayikistán a Kabul, que incluía el paso de Salang a través de las estribaciones del Hindu Kush.

En agosto de 1956 la cooperación se adentró en un nuevo terreno con la compra afgana de equipo militar a la URSS y a otros países del Pacto de Varsovia (tanques, aviones de caza y bombarderos, helicópteros, armas ligeras), acompañada con el envío a las academias militares soviéticas de oficiales afganos para complementar sus estudios. Entiéndase bien, al gobierno de Kabul no le quedó otra salida después de los desplantes norteamericanos, pero de cualquier manera la nueva relación económica con la URSS, incluso la cooperación militar en el ámbito de la formación, no alteró la política de neutralidad de Afganistán; en nombre de ella – y ante la falta de garantías de apoyo pedidas por Kabul a Washington- no se había integrado en la CENTO y sí lo en el movimiento de países no alineados, en cuya conferencia promotora de 1955 en Bandung participó. Es más, nunca se cerró por su parte ninguna puerta occidental, cuya ayuda siguió solicitando para enfatizar su posición. Algo que, por otra parte, fue siempre bien visto por el gobierno soviético que consideraba que la neutralidad afgana era la opción mejor para no dar pie a ningún conflicto directo con el bloque liderado por los Estados Unidos en su compleja frontera sur.

El acuerdo afgano-soviético de 1956 se tradujo en un impulso general de la inversión y el préstamo extranjero y una competición pacífica de las potencias para satisfacer los deseos del gobierno afgano. Desde luego antes de esa fecha ya había presencia económica y cultural occidental: la británica, aunque en retroceso, y se mantenía, también la alemana iniciada de manera sustantiva en los años veinte; británicos, franceses y alemanes tenían sus escuelas de nivel secundario en Kabul, para atender a las necesidades de la elite; los estadounidenses participaban en el plan de irrigación de los valles del Hellmand y Arghandab; los propios soviéticos no habían dejado de invertir de manera intermitente aunque moderada desde el tratado afgano-soviético de 1926. Pero fue a partir de entonces cuando, a demanda del gobierno de Daud, se multiplicó la aportación de capitales a la economía y al estado afgano. En 1967 la deuda afgana a la URSS sumaba 789 millones de dólares; la contraída a los EEUU, 91 millones; la deuda exterior total era de 1.101 millón. Las inversiones entre 1962 y 1967 fueron 352 millones de dólares, soviéticas en un 65%, estadounidenses en el 23% y alemanas (República Federal) en el 9%. El papel predominante de la URSS aparecía también en el comercio exterior, sumando el tercio de todos los intercambios; a renglón seguido aparecían, por este orden, EEUU, Paquistán la República Federal Alemana y Japón. Todo ese flujo externo de capitales fue dedicado, de acuerdo con los intereses afganos, a la construcción de infraestructuras, el desarrollo del aparato del estado, la ampliación del sistema educativo, y al ejército. Los soviéticos impulsaron las carreteras del norte y nordeste, conectando Kabul con la frontera soviética con la inauguración del túnel de Salang en 1964, así como con Herat con Kandahar; de Herat, a su vez, partieron las dos carreteras que llegaban a la frontera con Irán y la frontera soviética del Turkmenistán. Los norteamericanos construyeron la carretera del Sur, de Kabul a Kandahar y de allí a la frontera paquistaní, para enlazar con la ruta que desemboca en el puerto de Karachi, y de Kabul a Jalalabad y el paso del Khyber. Afganistán pasó a tener una red de transporte en anillo que unió las principales ciudades y regiones y lo conectó a los sistemas de transporte de sus vecinos; la comunicación exterior se reforzó con la construcción del aeropuerto de Kabul por los soviéticos, y el de Kandahar, por los estadounidenses.

Paralelamente a esa construcción de una red nacional de comunicaciones modernas –que incluía también la expansión del teléfono y el telégrafo– se impulsó el sistema educativo con un doble objetivo de nacionalización en torno al pastún y de formación de los cuadros y élites que el creciente aparato de estado necesitaba. Hasta 1904 todo el proceso educativo había estado en manos de las enseñanzas de las mezquitas, el nivel primario, y de las madrasas, el secundario; aquel año se dio el primer paso para la instauración de un sistema educativo secular, a cargo del estado, con la fundación en Kabul de una primera escuela secundaria para los hijos de los notables, la Habibia, acompañada a partir del año siguiente por el Colegio Militar. Entre 1914 y 1915 se inició la constitución de una red de educación pública desde el nivel primario, limitada inicialmente a Kabul y a la población masculina; buena parte de los graduados en las escuelas públicas primarias pasarían a incorporarse a los niveles inferiores del aparato del estado; quienes prosiguieran su estudios lo harían en la Habibia High School, con el inglés como lengua vehicular, o el Colegio Militar destinados a ocupar los niveles superiores, en el ámbito civil o el militar. Hubo que aguardar más de quince años para que se pudieran realizar estudios superiores en el país, y los muy pocos que lo hicieron antes de ello fue a costa propia en las universidades europeas. Amanullah extendió el sistema educativo del estado a las principales ciudades y abrió las primeras escuelas para niñas en Kabul. La fundación de centros de secundaria bajo patrocinio y profesorado extranjeros –la escuela francesa, Istiqlal, y la alemana, Najat– y una segundo centro en inglés, la Ghazi High School, completaron esa primera red básica. Ésta, empero, experimentó un freno en su crecimiento general y un retroceso en el particular por lo que se refería a las escuelas para niñas, cerradas tras la caída de Amanullah hasta finales de la década del treinta; solo la creación de los primeros centros de rango universitario, el de Medicina en 1932, el de Derecho y Ciencias Políticas en 1938 y el de Ciencias Naturales en 1941 destacó en la política educativa de aquel decenio. Por lo demás, el grueso de la educación primaria y secundaria siguió en manos de las instituciones tradicionales islámicas. En 1948 la ONU contabilizó que en todo el sistema público había solo algo más de 2.700 enseñantes y 98.600 alumnos.

El gobierno de Daud, reforzó el sistema educativo con la construcción de nuevas escuelas y centros de secundaria y la fundación de nuevas facultades (Económicas, Empresariales, Educación, Ingenieros, Farmacia). La ubicación de los estudios universitarios en un campus unificado, en 1964, y la fundación por un lado del Instituto Politécnico, promovido y a cargo de profesorado soviético, y por otro de la Facultad de Teología, vinculada a la Universidad islámica de Al-Azhar en Egipto, culminaron la segunda etapa de construcción de la educación pública en Afganistán. En 1970 se contaban ya tres mil escuelas de primaria y secundaria por todo el país, 580.000 estudiantes, de ellos 5.700 en la Universidad de Kabul. La enseñanza pública dejó de ser el privilegio de los hijos de los notables y de las élites superiores de la media docena de ciudades que podían considerarse plenamente como tales, para ofrecerse de una manera más amplia a los hijos de los funcionarios y de los profesionales liberales cuyo número crecía con el aparato del estado y también a los hijos de los jeques y a los estudiantes avanzados del sistema islámico de enseñanza. La progresión cuantitativa se mantuvo en la década de los setenta, hasta alcanzar a su término el millón de alumnos, de ellos 136.000 de estudios secundarios y 23.000 universitarios.

La buena estrella de Daud se apagó a partir de 1961 por una nueva interferencia de la cuestión pastún con Paquistán. El origen fue una desafortunada iniciativa del gobierno afgano que, equivocado por informes de sus servicios de inteligencia sobre agitaciones tribales locales al otro lado de la Linea Durand, envió grupos armados disfrazados de fuerzas irregulares tribales al distrito fronterizo, paquistaní, y pastún, de Bajaur en septiembre de 1960, mayo de 1961 y en el otoño de este último año. Se desencadenó a partir de entonces una guerra de propaganda entre ambos gobiernos y el 7 de septiembre de 1961 el afgano decidió que esta ocasión era él el que cerraba la frontera con Paquistán. Visto en perspectiva toda la acción de Daud fue un disparate, difícil de explicar cómo no fuera en términos de una maniobra para catalizar el apoyo interno. Éste se debilitó en 1959, primero con sus enfrentamientos con los islamistas con motivo de la cuestión del velo de las mujeres y acto seguido con los jeques y los ulemas de la provincia de Kandahar, en su intento de hacer efectivo el cobro del impuesto sobre la propiedad territorial. En diciembre de 1959 el rechazo al impuesto desembocó en una revuelta en la capital sureña, que Daud sofocó enviando al ejército, evitando que se extendiera aunque al fin y a la postre no consiguió imponer el pago efectivo del tributo. Desde luego el motivo de la iniciativa de Daud no estaba fuera de Afganistán. Desde que el movimiento de los «camisas rojas» había aceptado el referéndum de 1948 y se había reorientado hacia la autonomía, la rebelión del Faquir de Ipi en Waziristán había sido derrotada en 1954 y que el pastún Ayub Khan asumió el poder en 1958, los pastunes orientales se habían ido integrando en el estado paquistaní, con una presencia creciente en su aparato civil y militar. La propuesta de un Pashtunistán independiente, y aún menos integrado en Afganistán, no era compartida ya en Paquistán más que por una minoría residual; y en Afganistán suscitaba la reacción contraria de las etnias no pastunes, que veían en ella solo un instrumento del nacionalismo pastún y un riesgo de mayor discriminación.

Sea como fuere resultó un boomerang para Daud. Inicialmente su decisión de cerrar la frontera pareció en efecto dar resultado cuando el gobierno soviético se comprometió a poner en práctica un puente aéreo, con trece aviones diarios desde octubre, complementado con el que puso en marcha la compañía aérea afgana, Ariana, participada al 49% por la Pan American, con la India. Las exportaciones de frutas y frutos secos quedaron aseguradas. A pesar de todo, el cierre de fronteras ralentizó el desarrollo de las obras de infraestructura no participadas por los soviéticos, sobre todo las norteamericanas, inmovilizando en las aduanas paquistanís las mercancías a ellas destinadas. La prolongación del cierre acabó generando también problemas financieros a la exportación de frutas a la URSS, sostenida por un sistema de créditos cuyo pago de la deuda empezó a amenazar con ser superior a los rendimientos de la cosecha en 1963; y desencadenando un aumento de precios en las ciudades, especialmente en las ciudades (según Luis Dupré de hasta el cien por ciento). El descontento creció en Kabul, en los medios del bazar, y se sumó a la acumulación de resentimientos generados por el autoritarismo de Daud que no tenía más instrumento político para hacerles frente que el apoyo del rey. Lo acabó perdiendo.

El 9 de marzo de 1963 Zahir Sha destituyó a Daud y lo sustituyó por Muhammad Yusuf; un tecnócrata liberal, ministro del gobierno de Daud desde 1953, que no pertenecía a la familia real y tampoco tenía ningún perfil político sobresaliente, al que se le encomendó reabrir la frontera y recuperar el hilo del limitado parlamentarismo de 1947. En su presentación pública radiada Yusuf alabó la figura de Daud y presentó un programa económico continuista. Por supuesto eso no era lo que esperaban los que habían sido represaliados o marginados por Daud, sino un giro político general sobre el que Yusuf –o Zahir Sha– no estuvo particularmente diligente. El 28 de marzo se anunció la creación de un Comité de siete miembros que elaboraría el proyecto de una nueva constitución, todos ellos altos funcionarios e incluso algún ministro –el de Justicia–, entre los que el menos vinculado políticamente a la administración anterior era Mohammed Siddiq Farhang. A pesar de que entre ellos no podía haber discrepancias ideológicas de fondo, la comisión tardó prácticamente un año en presentar su proyecto al Rey, en febrero de 1964. Después de que éste lo sometiera al cedazo de una Comisión Consultiva, que incluía miembros de la familia real, Zahir Sha convocó una Loya Jirgah constitucional que aprobó la nueva constitución el 20 de septiembre y el Rey le dio validez definitiva con su firma el 1 de octubre. No significó en absoluto ninguna reforma democrática del reino. Mantenía un parlamentarismo imperfecto por la ausencia de responsabilidad del gobierno ante la Wolesi Jirgah, que podía ser disuelta en cualquier momento por el rey, quien era el que con plena libertad nombraba al primer ministro; por cierto, una cláusula, que parecía pensada contra Daud, prohibía que en lo sucesivo se nombrara como jefe del gobierno a ningún miembro de la casa real. Las leyes aprobadas en la Asamblea habían de ser ratificadas por el Rey para su entrada en vigor; de manera particular, la negativa de Zahir Sha a aprobar ninguna Ley de partidos dejó coja la consolidación de un sistema representativo. Matizaciones limitadas sobre la libertad de culto quedaban condicionadas a la consideración de que el «Islam es la religión sagrada de Afganistán», y la afirmación de la teórica independencia del poder judicial no significó su reforma real, manteniéndose la justicia en manos en gran medida de jueces religiosos, mal formados jurídicamente y que en el mejor de los casos procedían de la Facultad de Teología y no de la Ciencias Políticas y Derecho. Ni la constitución, ni la gestión de ningún gobierno planteó reforma alguna de la función pública, dejando la administración del estado en manos del pacto entre el gobierno y los jeques locales, del nepotismo y de la práctica habitual de la corrupción.

En esas circunstancias todo lo que podía esperar el movimiento democrático, que se reactivaba desde el frenazo impuesto por la represión en 1952, era que el proceso electoral y una nueva Wolesi Jirgah reabrieran el debate público e intensificaran la demanda social de cambio, tan escasamente producido al cabo del período constituyente. La parsimonia del gobierno de Yusuf, y detrás de él del Rey, condujo a un nuevo intervalo de casi un año hasta que entre el 12 y el 14 de septiembre de 1965 se celebraran por fin las elecciones a la cámara baja, con una participación en el mejor de los casos del 15% en todo el país que tuvo su mayor cota en Kabul con el 37% (estimaciones de Dupré). Como ocurrió en 1948, el voto urbano permitió la elección de una minoría entre liberal y democrática que tuvo su expresión más radical en el nuevo Partido Democrático Popular de Afganistán. El largo periodo políticamente provisional entre el anuncio de la reforma constitucional en marzo de 1963 y la celebración de las elecciones legislativas en septiembre de 1965 alentó un reagrupamiento político en el transcurso del cual se configuró la izquierda revolucionaria afgana.

Notas

1 El presente texto es un ensayo de síntesis de la historia afgana contemporánea hasta la caída de la República Democrática de Afganistán. Al final del texto incluye un apéndice sobre la bibliografía utilizada, comentada en función de su valor general y de su uso particular en este ensayo. Las citas a pie de página serán habitualmente pequeñas ampliaciones del contenido o de aclaración de lo escrito.

2 Los pastunes se dividían en cuatro confederaciones tribales: la Sarbani, la Bettani –las que tenían mayor presencia en Afganistán– la Karlani y la Ghargashti. La tribu de los durrani pertenecía a la confederación Sarbani y fue apoyada por ella en su ascenso político; su rival era la tribu ghilzay, de la confederación Bettani, y habían dominado el mundo pastún entre el el 1.000 y 1.777 cuando los durrani pasan a ocupar su posición, con la instauración de un khanato predominante en el territorio pastún, que de manera exagerada se denominó «imperio durrani».

3 Se desarrolló entre diciembre de 1856 y marzo de 1857, tras la ocupación de Herat por Persia en octubre de 1856. Herat había conocido constantes alternativas de dominio exterior e independencia; a comienzos del XVI los persas la incorporaron a su imperio, hasta que se independizó en 1716, para caer en 1747 bajo el poder de los durrani hasta 1793. De nuevo independiente a mediados del XIX pasó a ser objeto de conquista tanto por los persas como por el emirato afgano, que apoyó a los británicos en la guerra anglo-persa.

4 Analizado por Marx en su artículo «El tratado persa» New York Daily Tribune, 12-VII-1857. El término «estados de Afganistán» recogía el hecho de la independencia, entonces de Herat y otras regiones del Sur y del Norte del actual Estado. Marx en aquel artículo calificó a Afganistán como un «término puramente poético para designar a diversas tribus y estados». Recojo la cita de Constantino Bertolo (selección y prólogo) Karl Marx. Contra los nacionalismos. La Catarata, Madrid, 2017

5 El Kafiristán del cuento de Kipling, «El Rey del Kafiristán», en la versión cinematográfica de John Huston El hombre que pudo reinar; en el inicio del relato Dravot le dice a su compañero: en Kafiristán hay doce ídolos, yo seré el trece.

6 Los habices, las donaciones de bienes inmuebles a mezquitas, escuelas o madrasas.

7 También de hospitalidad a todo visitante en paz, fuera o no pastún o musulmán.

8 Ammanullah rompió con los hábitos matrimoniales de los emires y los notables musulmanes, disolvió el harén y no tuvo otra esposa que Soraya, hasta su muerte. La influencia de Soraya está acreditada en la inclusión de la mujer en el programa de Ammanullah, aunque también es cierto que el rechazo de la poligamia y de las manifestaciones públicas de subordinación de la mujer al hombre –el velo islámico– estaban presentes en el reformismo islámico de la generación de la Nahda, al que Ammanullah se adhirió en sus relaciones con Mohammed Tarzi.

9 En 1921 se firmó un tratado de reconocimiento mutuo de las fronteras establecidas en 1887. Las relaciones soviético-afganas se vieron interferidas por las insurrecciones Basmachis, del islamismo conservador en el sur turcomano del estado soviético. Los Basmachis utilizaron el territorio afgano como retaguardia de retirada y, en ocasiones, de contrataque en territorio soviético. Ammanullah fue presionado para tolerar a los Basmachis desde el mundo islamista afgano, pero finalmente selló su relación preferente con la URSS, con la que firmó un tratado de amistad y cooperación, en 1926, que incluyó la venta a Afganistán de aviones de guerra soviéticos, inicio de la Fuerza Aérea.

10 La debilidad financiera tras el fin de los subsidios y antes de que se pudiera consolidar un sistema fiscal adecuado, significó que el funcionariado recibiera salarios reducidos, que compensaba con un comportamiento corrupto, y que los cargos territoriales principales del aparato de estado se adjudicaran de hecho mediante un sistema venal, inducía al beneficiario a resarcirse mediante la corrupción en su gestión, generalizando a su vez la venta de las decisiones que había de tomar.

11 El argumento del rechazo a la usura y la identificación del interés bancario con la usura..

12 Ammanullah era consciente de la intromisión política de las cofradías sufíes, por lo que prohibió también a los funcionarios su pertenencia a ellas.

13 Es entonces cuando prohíbe la poligamia y la pertenencia a las cofradías sufíes a los funcionarios y cuando impulsa sus campañas por el fin de las tradiciones más ominosas para la mujer.

14 Desertor del ejército en 1925 tras participar en la derrota de la rebelión de Kost, había estado merodeando por las montaña, como una suerte de Pancho Villa afgano, hasta que se puso al frente de la rebelión tribal

15 Según informaciones que nunca pudieron ser confirmadas T. E. Lawrence llegó a estar en contacto con Kalakani.

16 Zabuli, propietario de una compañía familiar de export-import, con ramificaciones en Rusia y luego en la URSS desde los años de la NEP, así como en Bombay, se había establecido en Alemania en 1929, donde inició su carrera financiera; tras la llamada de Nadir Khan se convirtió en el factótum de la política gubernamental del Reino, haciéndose cargo del Ministerio de Economía entre 1936 y 1951 y también del de Comercio entre 1938 y 1939.

17 Nunca se hizo ningún censo de población, de manera que diversas fuentes dan estimaciones distintas para finales de los setenta (la de 1914, ante la imposibilidad de establecer ninguna otra, se acepta de manera general). Una encuenta asesorada por EEUU dio 12,5 millones; la de 15 millones la proporcionó el gobierno revolucionario afgano.

18 El nan tortilla de trigo constituía según Beverley la mitad de la dieta afgana

19 El dato del número de aldeas es de Beverley Male; Dupré dio el de 14.205 aldeas y 309 ciudades en 1963, aunque no hizo ninguna distinción entre las características y las funciones de estos últimos. Es obvio que Male incluyó algunas «ciudades» en la categoría de aldeas, la de varios millares de habitantes.

20 Para hacer más sencilla la lectura usaré para todos ellos el término malik.

21 Por ejemplo propietarios mayores de la tierra; Khan-i ulum, jefe de ulemas o jefe de justicia; podía utilizarse como genérico del jefe de aldea, pero la denominación propia, específica, de éste es la señalada. Acabó formando parte del apellido de las familias que en algún momento ostentaron tal condición. Utilizaré el término khan de manera restrictiva para señalar al jefe de tribu y en el texto actual lo traduciré por el más habitualmente usado en los escritos sobre el mundo musulmán de jeque, aunque éste sea de origen árabe.

22 Se trata de dos estudios de la FAO y el gobierno afgano, en la provincia de Baghlán –donde un buen número de los grandes propietarios eran basmachis huídos de la URSS– y en un área de producción vitivinícola del valle del Panshir, citados por Beverley Male.

23 Beverley Male se atiene a la cifra del millón de nómadas y da la siguiente distribución: 300.000 nómadas, 500.000 seminómadas y 200.000 nómadas locales.

24 Habitualmente denominada «astrakán».

25 El promedio de analfabetismo en 1961 era casi 97%; en la provincia de Kabul descendía al 94% por la presencia de la capital.

26 El pacto que se concretó en la CENTO, fue promovido por EEUU, que no obstante no lo firmó inicialmente, y suscrito por Irán, Irak, Turquía, Paquistán y el Reino Unido. Tenía un contenido explícitamente anticomunista, de bloqueo de la URSS en el Sur de Asia y enlace entre la OTAN y la SEATO acordada a su vez en Manila en septiembre de 1954. En 1959 EEUU se sumó al comité militar del pacto de Bagdad.

2 comentarios en «Las raíces históricas de la tragedia afgana (I)»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.