Entrevista a Adrián Almazán sobre Técnica y tecnología. Cómo conversar con un tecnolófilo (y III)

Salvador López Arnal

«Hemos deificado a la ciencia porque hemos creído en la promesa de su arcadia industrial.»

Adrián Almazán se licenció en Física en la Universidad Autónoma de Madrid, alternando su formación científica con la militancia en diferentes colectivos libertarios, espacios donde adquirió una formación poliética colectiva y autónoma y se encontró por primera vez con la crítica al progreso y la tecnología. A partir de 2014 se embarcó en la formación académica en Filosofía de la mano de Jorge Riechmann, maestro y amigo suyo. Alcanzó en 2018 el grado de doctor en Filosofía con una tesis doctoral titulada Técnica y autonomía: una reflexión filosófica sobre la no neutralidad de la técnica desde la obra de Corneliuus Castoriadis. Este período coincidió con su participación en el colectivo editorial de Ediciones el Salmón, grupo responsable de la edición de la revista Cul de Sac.

Milita actualmente en Ekologistak Martxan y fue profesor de Filosofía en la Universidad de Deusto (Bilbao) durante el curso 2020/2021, de la que fue expulsado por su militancia ecologista (Vídeo de su intervención en una comisión del Parlamento Vasco)

Adrián Almazán ha participado en varios libros colectivos, como Ecosocialismo descalzo, y ha publicado numerosos artículos sobre la relación entre tecnología y política. Escribe regularmente en Contexto y Acción, eldiario.es y 15/15/15.

Nos habíamos quedado en este punto. Sostienes que con un pulso claramente imperialista, la ciencia occidental (muy practicada también en Oriente) ha pretendido ser la única manera legítima de mirar y comprender el mundo, caracterizando al resto de saberes como aproximaciones míticas y bárbaras, y de manera implícita, añades, las ha condenado a un epistemicidio. ¿Quiénes son los responsables de un desastre de esas características? ¿Los científicos? ¿La ciencia en sí?

De nuevo, como en otras preguntas que me planteabas, hablamos de procesos muy complejos en los que no es sencillo designar un solo culpable. Del epistemicidio, que muchas veces ha venido de la mano de genocidios y ecocidios, el responsable es el capitalismo industrial y sus estructuras. Entre ellas se encuentra el estado, pero también la tecnociencia organizada. Ha sido esta la que ha garantizado la existencia de medios cada vez más perfeccionados para fines igual de defectuosos y bárbaros, como decía Thoreau. Y los científicos han participado en este proceso de manera plenamente consciente. En su pretensión de hacer progresar la historia, acabar con la miseria o simplemente enriquecerse y ganar un status mejor, han sido responsables de un siglo XX que se salda con un nivel de destrucción sin precedentes. Creo que, fundamentalmente, el suyo ha sido un pecado de hybris, de desmesura. La arrogancia de quien, pretendiendo entenderlo todo y, por tanto, poder controlarlo todo, no se ha dado cuenta de que no controla casi nada y de que por cada problema que soluciona genera tres o cuatro nuevos, normalmente más graves.

¿Todo conocimiento tendría entonces el mismo valor epistémico? ¿La ciencia no es el mejor conocimiento que está nuestro alcance?

Pero la cuestión es, ¿en relación a qué medimos la bondad o la calidad de la ciencia? Conocer, sí, ¿pero qué y para qué? La ciencia occidental, hoy convertida casi en ciencia a secas, ha demostrado ser la mejor en términos de capacidad de conocer para controlar y modificar. También la mejor en el aumento constante de nuestra potencia en la satisfacción de algunos de nuestros objetivos. Ahora bien, ¿nos enseña la ciencia a cómo vivir y morir en Gaia? ¿Es acaso la ciencia el mejor conocimiento para construir subsistencia en un territorio y mantenerla en el tiempo? ¿Supera la ciencia a la poesía a la hora de construir una relación de contemplación con el mundo? Lo dudo mucho. Son tantos los riesgos asociados a esa capacidad de control y modificación ampliada que nos ha garantizado la tecnociencia que es prioritario señalarlos. De igual modo es crucial desmontar lo que el grupo Oblomoff[1] denominaba el mito de la ciencia pura. La tecnociencia desde como poco el siglo XX es inseparable del capitalismo, del estado y de sus objetivos.

De modo que la pregunta no creo que debiera ser si la ciencia es el mejor conocimiento disponible si no, ¿es el modo de mirar la realidad y el entramado institucional y económico de la tecnociencia contemporánea compatible con una sociedad libre, justa e igualitaria, en el norte y en sur? Creo que la respuesta es que no.

Aparte de filósofo, tú eres físico también. Casi a bocajarro: ¿estás sugiriendo que si no queremos hundirnos deberíamos renunciar a la ciencia y a las tecnologías?

Por desgracia, como decía Manuel Sacristán, lo que se inventado no puede desinventarse. Siendo así, como poco los actuales expertos tienen un papel que jugar en las transformaciones que necesitaríamos: colaborar en el desensamblaje de todas aquellas tecnologías que democráticamente consideremos indeseables, por ejemplo la energía nuclear. Dicho lo cual, la investigación científica o la invención de nuevas técnicas, siempre y cuando se dieran de forma desacoplada del resto de entramado de poder y respondieran genuinamente a un deseo de conocimiento, no creo que debieran desaparecer. Simplemente deberían subordinarse a las necesidades y decisiones democráticas de la sociedad, no imponerles una agenda. Además creo que podrían y deberían convivir en pie de igualdad con muchas otras formas de expresar la curiosidad y el deseo de conocimiento del mundo como son por ejemplo, la música, la poesía, la contemplación, la escritura, etc. En resumen, necesitamos mucha menos innovación y mucha más conservación. Nuestros problemas son fundamentalmente políticos, sociales y económicos, no técnicos, como nos recuerda Antonio Turiel[2]. Necesitamos recordar y cuidar mucho más que crear e inventar.

¿A qué llamas religión industrial? ¿Por qué religión?

Religión industrial es un término que he tomado prestado a Pierre Musso[3]. Con él hago referencia al proceso por el cuál el mundo quedó progresivamente más reducido al marco en el que le encerraba el trabajo y el deseo de producción. Un marco que se impuso porque vino acompañado de una promesa que entroncaba de lleno con la historia religiosa: la salvación a través de la abundancia. El programa de Bacon primero, y después de todos los defensores del progreso y la industrialización, ha sido a grandes rasgos el mismo. Debemos conocer la naturaleza para arrancarle sus secretos. Extraer de sus entrañas los bienes que nos permitan, a través de la tecnología, construir vidas mejores. Esas vidas serán mejores porque serán más cómodas, estarán llenas de riquezas y liberadas del trabajo, que vendrá a ser sustituido por nuestro ingenio encarnado en la tecnociencia y su poder para industrializar el mundo. Esos son los dogmas de la religión industrial y siguen hoy tan vivos como siempre, por mucho que ahora carguen con la mala conciencia de saberse causantes de la enorme destrucción planetaria a la que asistimos.

La tecnociencia, señalas críticamente, se ha convertido en la solución virtual a todo problema, en la respuesta definitiva. ¿Quiénes alientan esa ideología que hace de la tecnología un eco de la omnisciencia y omnipotencia divinas? ¿Con qué finalidades?

Ese estado de ánimo, que en el libro denomino tecno-optimismo o mesianismo tecnológico, es el corolario de la religión industrial de la que hablábamos. En nuestras sociedades ha calado la tranquilizadora idea de que nunca vamos a tener que preocuparnos realmente de ningún problema de calado, ya que la tecnociencia tiene el potencial de dar con la respuesta a cualquier desafío. Hemos deificado a la ciencia porque hemos creído en la promesa de su arcadia industrial. Y ahora, cuando el hecho del colapso ecosocial en ciernes desmiente ese futuro radiante, nos agarramos al clavo ardiente de la solución tecnológica. Por desgracia, en este punto el interés de políticos e industriales confluye con el del grueso de la población. Los primeros no quieren que los segundos se alarmen y, sobre todo, tienen interés en mantener en buena forma las dinámicas de acumulación y su posición de poder. Los segundos, en su mayoría, prefieren cerrar los ojos y escuchar los tranquilizadores cantos de sirena de los primeros. Es ese estado de ánimo sonámbulo, como dice Langdon Winner, el que nos está llevando de cabeza hacia el abismo.

Afirmas que necesitamos trabajar para volver a poblar nuestro mundo de técnicas de cuyo uso el ser humano sea el centro y cuyos conjuntos técnicos se empequeñezcan y sustenten únicamente en metabolismos locales y no fósiles. Hablas de echar la vista atrás y hacer inventario del acerco técnico que construyeron durante siglos las sociedades campesinas y los pueblos originarios. Sostienes que necesitamos una revolución anticapitalista y anti-industrial que de marche atrás a la Gran Expropiación. ¿Es posible? ¿No es un programa muy alejado de las creencias y posiciones políticas de las grandes mayorías? ¿Estamos a tiempo?

En rigor, no es imposible. Si nos libramos de nuestros prejuicios eurocéntricos veremos que, por ejemplo, la agricultura tradicional da de comer a más de la mitad del mundo. Para una gran parte de la población mundial un proyecto de decrecimiento supondría una mejora rotunda de su calidad de vida. El desafío a que este programa se enfrenta es sobre todo el de poner en cuestión y destruir los privilegios de la minoría más rica. Esa que se ha acostumbrado a que la normalidad sea expoliar la energía, los materiales, los territorios los cuerpos, los tiempos, y la capacidad de cuidado del resto del planeta. Tras dos siglos de industrialización, y parafraseando a Jacques Ellul, la industria se ha convertido en hueso y carne de las sociedades enriquecidas y de las élites de las empobrecidas. Pensar en una vida más allá de ella se parecería a arrancarse la propia piel. O para quien el consumo era todavía un sueño, a renunciar a una aspiración. No obstante, es algo así lo que necesitamos si queremos evitar lo que, dentro de lo peor, es evitable. Sin frugalidad, sin democracia, sin soberanía energética, alimentaria y técnica… Sin todo ello los escenarios por venir son siniestros. De ahí la importancia de erosionar todos esos marcos míticos que nos impiden, por puro prejuicio, entender que debemos dirigir nuestra mirada hacia esas técnicas sencillas. Mientras pensemos que la sociedad industrial es el destino radiante de un progreso incuestionable, y que no hay vuelta atrás de él, estaremos atados de pies y manos para hacer lo que necesitamos hacer.

Dedicas el libro a Aurélien Berlan y a Jorge Riechamnn, autor del prólogo. Esta segunda dedicatoria la acompañas de estas palabras: «De parte de uno aún perdido entre la nieve, aunque ahora un poco menos gracias a ti». ¿Qué significa para ti la obra y el magisterio de este gran profesor, traductor, poeta y activista?

Creo que no hay nadie más a quien pueda considerar como a él maestro y a la vez amigo. Aunque nunca planeara que algo así sucediera, estos años de trabajo compartidos han sido para mí un parteaguas vital. De él he aprendido mucha sabiduría ecosocial, pero sobre todo he aprendido a vivir. Le debo grandes lecciones de humildad, de constancia y de sinceridad. Me arriesgo a decir que no sería la persona que soy si nuestros caminos no se hubieran cruzado. Por ello, y por su infinita generosidad y paciencia, le estoy agradecido. Lo único que puedo desear es seguir caminando cerca suyo hasta el final.

Gracias, muchas gracias. No se me ocurre mejor formar de finalizar esta conversación. Yo también considero a Jorge un gran maestro y un gran amigo.

[1] Grupo Oblomoff. 2014. Un futuro sin porvenir: por qué no hay que salvar la investigación científica. Traducido por Javier Rodríguez Hidalgo. Alicante: Ediciones El Salmón.
[2] Turiel, Antonio. 2020. Petrocalipsis: crisis energética global y cómo (no) la vamos a solucionar. Madrid: Alfabeto.
[3] Musso, Pierre. 2017. La religion industrielle: monastère, manufacture, usine: une généalogie de l’entreprise. Poids et mesures du monde. Paris: Fayard.

Imagen de portada: Ariatan (publicada en 15/15\15)

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