El cuarto cuartil. Carta abierta a la ANECA

Víctor Méndez Baiges

Señoras/es de la AGENCIA NACIONAL DE EVALUACIÓN DE LA CALIDAD Y ACREDITACIÓN (ANECA):

No es esta la primera vez que les escribo. Hace algunos años, puesto que entre los objetivos de su agencia se encuentra el de evaluar las actividades docentes, investigadoras y de gestión del profesorado, les envié una solicitud de acreditación al cuerpo de catedráticos de universidad.

Su contestación fue una propuesta de resolución desfavorable remitida a través de carta certificada por Zulima Fernández Rodríguez, en aquel entonces directora de la agencia. Dicha resolución había sido tomada por la «Comisión de acreditación de CU-ARTES Y HUMANIDADES», y se fundamentaba en unos motivos que se recogían en la misiva, la cual incluía dos «informes expertos» acerca de mis actividades como profesor y un «detalle» numérico de la evaluación emitido por la «Unidad de evaluación del profesorado».

Todavía recuerdo la decepción que experimenté al recibir aquella carta. Había algo en ella, además del resultado desfavorable, que me desagradó profundamente. Creo recordar que pensé en hacerles llegar un escrito con algo parecido a una protesta. Enseguida descarté la idea. Había solicitado una evaluación a una agencia oficial de acuerdo con un procedimiento, unos requisitos y unos criterios establecidos, y responder con algo parecido a un pataleo me pareció el colmo de la vulgaridad.

Todos los que nos dedicamos a evaluar conocemos lo patéticas que tienden a volverse ciertas reclamaciones. ¿Cómo es posible que mi nota sea negativa? ¿Por qué se ha considerado importante esto y no aquello? ¿No sería posible una evaluación más empática y cualitativa? ¿No hay nada que yo pueda hacer?

Aunque la observación anterior no quita que ciertas protestas estén justificadas, siempre me costó practicar dicho discurso en mi caso particular. Como estudiante, no asistí ni una vez a la ceremonia que se llama revisión de examen, y peché siempre con la nota que me pusieron. Como joven docente, no encontré nunca un profesor mayor y ya instalado que, después de una evaluación positiva de mis capacidades, impulsara mi carrera (lo que se llama un «patrón académico»). Ello me llevó a participar hasta en cinco ejercicios de oposición a profesor titular de Universidad, nunca ante lo que se conoce como un «tribunal favorable». Aunque recolecté allí no pocas propuestas desfavorables, ni me quejé nunca ni pensé nunca en abandonar la partida.

No es solo que yo sea hombre perseverante y, a la vez, ese tipo de persona que, si pide un café con leche y le traen un cortado, se lo toma sin rechistar. Es que, a cierta edad, uno ya sabe que nada más estúpido que la pretensión de que lo hace tenga un valor indiscutible. Nadie conoce mejor que uno mismo las deficiencias de sus trabajos, lo muy alejados que quedaron de las esperanzas depositadas en ellos. La primera frase publicada en un libro con mi nombre contiene una grave inexactitud, por no decir una falsedad, que me hiere cada vez que pienso en ello. Reaccionar con enfado y resentimiento ante las críticas, además de poco elegante, suele ser síntoma de no tener razón.

Consideraciones de este tipo fueron las que me hicieron descartar la idea de elevar cualquier tipo de queja ante su propuesta desfavorable. Lo que ocurre es que, en esta ocasión, la represión de la protesta se transformó en una inhibición total ante la mera idea de volver a ponerme en contacto con ustedes.

No acababa de comprender del todo esta actitud mía. Alguna vez incluso me puse a la labor de reanudar nuestra relación. Pero enseguida abandoné la idea. Ni siquiera pude volverles a enviar la solicitud de tramos (sexenios) de investigación que, hasta la fecha, había presentado periódicamente. Estaba decidido a no tener noticias de su parte. No era porque estuviese en desacuerdo con la evaluación desfavorable. Tampoco porque ignorase el hecho de que muchos de los que obtuvieron una parecida consiguieron transformarla, con el tiempo, en favorable. Mis «méritos» iban creciendo de forma natural y, por otro lado, los propios criterios de la ANECA estaban siendo continuamente revisados. Tal y como avisaba el documento de su agencia titulado «PRINCIPIOS Y ORIENTACIONES PARA LA APLICACIÓN DE LOS CRITERIOS DE EVALUACIÓN (en adelante POACE)», el cual había tenido que consultar para preparar mi solicitud: «el nuevo marco legal atribuye a ANECA establecer [sic] los mecanismos de análisis de la implementación del modelo adoptado y realizar los oportunos estudios que permitan el reajuste del modelo». Pero ni siquiera esta sincera y agramatical promesa de evolución me resolvía a cambiar de idea.

Mantener mi inhibición tenía algunos costes, pequeños, que estaba dispuesto a asumir. Podían ser considerados algo desincentivantes, por decirlo utilizando el lenguaje de POACE, pues suponían renunciar a ciertos incrementos de sueldo asociados a las evaluaciones positivas, o bien tener que impartir más horas de clases, por falta de lo que se llama un sexenio «vivo» de investigación (el relacionado con los últimos seis años). Si me hubiera concentrado en obtener la acreditación, a lo mejor mi universidad habría sacado a concurso una plaza que, quizás, habría decidido un tribunal, ¡por fin!, de lo más favorable hacia mí…

Pero ni por esas. Algo me impedía intercambiar correspondencia con ustedes. Comparado con la idea de hacerlo, apenas me pesaban nada aquellos inconvenientes. No es que discrepara de su propuesta, como ya he dicho. Podía perfectamente aceptar que se deducía de los criterios establecidos. Tampoco que sintiera que seguir las recomendaciones que me hacían en su carta implicara un trabajo excesivo. No tenía ningún reparo en admitir que, y con carácter general, el sistema de acreditaciones implantado por ustedes presenta ciertas ventajas frente al anterior sistema de selección del profesorado. Era otra cosa lo que sucedía. Algo parecido a que, a cambio de no tener noticias suyas, tenía la sensación de estar ganando muchas cosas. Integridad, decencia, libertad, honor, qué sé yo.

¿Por qué era esto así? Acabé de comprenderlo cuando caí en la verdadera naturaleza del escrito que me habían enviado. Vuelto a leer con detenimiento, me di cuenta de que, en realidad, mi solicitud de evaluación, más que a una propuesta desfavorable, a lo que había dado lugar era a una gran cantidad de orientaciones, recomendaciones, consejos, mandatos, órdenes, por su parte. Cosas que yo debía, imperativamente, hacer.

Es cierto que, cuando consulté el documento titulado POACE, sus referencias a la «excelencia», los «desafíos», la «innovación», el «liderazgo» y la «incentivación» habían debido hacerme intuir lo que se me venía encima. POACE ya me había hecho notar que «[c]on respecto al profesorado, la definición explícita y detallada de las exigencias de acreditación le debe permitir establecer su propia hoja de ruta que le conduzca al logro de los méritos necesarios para superarla [sic] y estar en condiciones de competir y satisfacer las exigencias específicas del acceso a una determinada plaza o puesto». Pero lo cierto es que su agencia no era en aquel tiempo la máquina tan poderosa que es ahora. La acreditación de funcionarios acababa de comenzar. La mayor parte de los requisitos y criterios eran lo suficientemente vagos como para no estar seguro del resultado de la evaluación. Y no se habían estandarizado las conductas y la obediencia a las órdenes tal como lo están en estos momentos.

Así que, acaso ingenuamente, lo que no esperaba de su carta es que toda ella, tanto el escrito de la comisión como los «informes expertos», rebosara literalmente de indicaciones acerca de lo que yo debía hacer. Que, directa e indirectamente, me ofreciera un completo programa de acción. Porque ustedes no se limitaban a valorar y a motivar la evaluación. A decirme «lo suyo no encaja por esto y por esto». Dando por supuesto que lo que yo deseaba era encajar, se complacían en explicarme, largo y tendido, la forma de hacerlo.

No niego el hecho de que de toda evaluación negativa parece deducirse, de forma casi natural, un programa de acción; que POACE ya había mencionado la idea de establecer una «hoja de ruta»; y que a lo mejor ustedes recomendaban tanto con la mejor voluntad. Lo que ocurre es que había en todo aquello algo excesivo. Se diría que la Agencia hubiera olvidado que quien presentó la solicitud tenía sus propias convicciones, sus propios proyectos, sus propias ideas acerca de por qué hace lo que hace y se dedica a ser profesor. Viendo su respuesta, parecía que yo les hubiera escrito porque no sabía qué hacer con mi vida. Que necesitaba que me dijeran qué pensar, qué estudiar, qué escribir, dónde estar y a dónde ir. Hasta en qué consistía la materia a la que me dedico. Pues para todo eso tenían ustedes «recomendaciones» que hacerme.

No estoy diciendo que en la carta dejaran de llevar a cabo su misión de evaluar. Lo hacían. «El solicitante presenta una amplia aportación científica a su especialidad. Sus 7 libros y 15 capítulos de libro destacan por sus indicios de calidad», decía, por ejemplo, uno de los «informes expertos». La comisión, por otro lado, tras tomar nota de las «publicaciones de libros», «el punto más fuerte de su currículum» según ella, descubría «carencias importantes». Una era que el solicitante «no ha publicado fuera de España». Otra, que sus artículos en publicaciones indexadas resultaban «de menor entidad» que las aparecidas en libros, y que «ninguna de las revistas en las que ha publicado puede considerarse de gran calidad». Les parecían además a ustedes algunos textos «cortos en extensión, de lo cual cabría deducir poca profundidad y exhaustividad en los análisis y resultados».

A consideraciones como estas añadían que mi presencia en congresos y seminarios «resulta, por el número de ponencias y de conferencias aceptable, si bien no se acredita ninguno desarrollado fuera de nuestras fronteras ni en idiomas extranjeros». Por otro lado, me hacían notar que el solicitante no «ha ocupado cargos unipersonales académicos» y, si ha tomado parte en un buen número de proyectos de investigación, «lo ha hecho siempre a título de colaborador y nunca como investigador principal». Tal y como me recordaban: «El documento POACE especifica claramente que para la acreditación al cuerpo de Catedráticos de Universidad se considera necesario que el solicitante haya tenido un papel de liderazgo en los trabajos realizados por varios autores, sustanciado en la dirección de proyectos de investigación».

Algunas de estas cosas eran ciertas y otras no. No era verdad que no hubiera publicado fuera de España. Uno de mis libros apareció en el Fondo de Cultura Económica, en México. Sí era cierto, por otro lado, que no había sido investigador principal en ningún proyecto de investigación. En cualquier caso, a lo que me parece importante que atiendan ustedes es al hecho de que su carta no solo caía en algún lapsus de lo más revelador (¡pobre México!), o bien llevaba a cabo deducciones harto discutibles, como la que pretende que «habría que destacar la escasa proyección de su obra investigadora, dada la ausencia de artículos en lenguas distintas de las nacionales», sino que se adentraba en asuntos de más calado. Lo hacía, por ejemplo, cuando acusaba a mi trabajo de adolecer de «una cierta dispersión temática» y de una falta «de estudios en aspectos tan esenciales de su especialidad, la Filosofía del Derecho, como la teoría de la norma, el ordenamiento jurídico, la interpretación del Derecho, los conceptos jurídicos fundamentales o las escuelas de pensamiento jurídico». Era una dispersión que conducía, según ustedes, a que «a veces el candidato trata temas de literatura, cultura general, política, etc., no relacionados con la Filosofía del Derecho».

Detengámonos, por favor, aquí. Se diría que una cosa es que se constaten hechos, otra distinta que, desde dicha constatación, se recomienden conductas, y otra, ya muy diferente, que eso acabe abriendo paso a un verdadero chorreo de prescripciones entre las cuales las hay que incurren en el abuso de autoridad y de confianza. Pues nada en el documento POACE, ni en ningún otro documento ni texto legal alguno, autoriza a su agencia a suponer que dispone de las competencias y del saber necesarios para delimitar el objeto de la disciplina de la que me ocupo: la filosofía. Yo soy licenciado en derecho y en filosofía, doctor en filosofía y profesor de filosofía del derecho. Esta condición mía me concedía la facultad de presentar mi acreditación ante la comisión de Ciencias Sociales y Jurídicas o bien ante la de Artes o Humanidades. Y fue ante esta última donde la presenté, para ser acreditado en la materia de filosofía. Ante esto, la pretensión por su parte de que mis publicaciones tuvieran que ser de filosofía del derecho, y de que tuvieran que consistir, además, en «estudios» sobre los «aspectos» «esenciales» de la «especialidad», los cuales se me detallaban, resultaba completamente inaceptable. Estúpida, absurda, infilósofica, desmesurada, inmoral, antiiusfilosófica además de antijurídica e ilegal.

Una barbaridad y a todas luces un abuso de poder. Traspasaba de tal manera los límites de aquello a lo que estaban autorizados que su presencia en la carta no pudo sino causarme la más profunda consternación.

Con ella rebasaban ustedes, de manera tiránica, toda medida. Porque si, hasta el momento, yo había optado, como luego he seguido haciendo, por escribir libros, lo hice por buenas razones y siguiendo una muy respetable tradición. Y si me esforcé por escribir correctamente en mi propia lengua, a fin de no darle la clase de maltrato que le inflige POACE, fue porque fui enseñado en que tal era mi obligación básica. A ustedes todo eso parecía darles igual. Por lo que se ve, y tendrían sus razones bibliométricas y de otra índole para pensarlo así, yo tenía que escribir «papers», ni muy largos ni muy cortos, a ser posible, en «revistas internacionales» y, si era en inglés, mejor. Y, desde la asunción de que tanto debía darme escribir así o asá, dirigirme a este público o a aquel otro, con esta o aquella extensión, se deslizaban ya, y traspasando con ello, repito, todo límite, a señalarme aquello acerca de lo que debían tratar mis escritos.

¿Se dan ustedes cuenta de lo que hacían? ¿Había de resultarme indiferente que los que calificaban de «temas de literatura, cultura general, política, etc., no relacionados con la Filosofía del Derecho» se presentaran ante mi como el corazón sangrante de la materia? ¿Debía dejar de ocuparme de ellos para pasar al «estudio» de aquellos «aspectos» que me señalaban? ¿Era seguir instrucciones como esas lo que me iba a permitir asumir el «liderazgo» y ponerme en disposición de «competir»?

Como pueden suponer, cuando les envié mi solicitud yo ya tenía mis propias convicciones acerca de cuáles son las exigencias ante las que nos pone la filosofía y también la filosofía del derecho; y la mera idea de abandonarlas para hacerme cargo de otras distintas, o de tener que discutir el asunto con ustedes, que ni siquiera parecen saber distinguir entre los aspectos y las partes de una disciplina, me resultaba de lo más extravagante. Algo decididamente inhibitorio. ¿Les había dado la impresión con mi solicitud de no saber qué eran la filosofía o la filosofía del derecho y de necesitar recomendaciones al respecto? ¿Había sido culpa mía el hacerles creer que precisaba de tamaña orientación? ¿O es que me había metido, sin darme cuenta, en una especie de antro?

Me resultó difícil no pensar que había sucedido esto último. Las consideraciones acerca de la filosofía del derecho que contiene su carta dejan realmente poco lugar para pensar otra cosa. Porque, a través de ellas, ustedes se permitían transmitirme algo así como el mensaje de que me tenían «calado»: Basta ya de hacerse el gracioso, el generalista, el amateur. Te crees que sabes mucho de literatura, política y cultura general, pero no eres más que un funcionario que quiere ascender y que no trata de los aspectos esenciales de la especialidad que le han encomendado las autoridades.

Hace algunos años, tales «aspectos» habrían sido, para el tipo de Fachidioten que habla de forma anónima en su carta, la obligación moral de obedecer al Derecho, o los caracteres generales del Derecho Natural. En el futuro, bien podrán ser la inclusividad del ordenamiento jurídico, la sostenibilidad de cualquier cosa o las exigencias de la cultura de la paz. En aquel momento, él cree que son los que cita. Pero eso da igual: Da igual, listillo, porque lo que importa es que tomes nota de que tales aspectos existen, y de que, sean los que sean, y cambien cuando tengan que cambiar, se te volverán a recordar a través de la serie de instrucciones que acaba de comenzar y a la cual se te está ordenando, en este mismo acto, obedecer.

Pues no. Non serviam. Ustedes, por supuesto, se ven a sí mismos dedicados a la sacrificada tarea de evaluar. Pero no pueden ignorar que recomiendan y recomiendan, y que construyen realidad. Animan a presentar unas solicitudes de evaluación que se ven obligadas a lidiar con documentos que, de verdad, sería menos humillante para todos si estuvieran algo mejor escritos. A continuación, responden con recomendaciones y recomendaciones, las cuales, si en algunos casos pueden entenderse, en otros se parecen mucho a una traición al país y en otros exceden ya de todo lo admisible.

El hecho de que haya surgido una pequeña industria de la labor de seguir sus instrucciones deja muy claro lo que ustedes hacen. Son empresas que aconsejan a sus clientes someter lo más pronto posible una trayectoria a evaluación, a fin de, acto seguido, pasar a cumplir rápidamente las exigencias presentadas, sean estas las que sean, para lo cual buscan revistas adecuadas, traducen (de forma anónima, eso sí) artículos al inglés, y hasta enseñan pequeños trucos como el de qué publicaciones puede ser más conveniente citar.

Puedo entender muchas de las razones por las que ustedes hacen lo que hacen, y reconozco el hecho de que, gracias a su labor, personas que no habrían llegado a sus puestos en el antiguo sistema han podido hacerlo con este. Pero me gustaría que ustedes también comprendieran por qué no pude yo atender a sus recomendaciones. No es ya que sea incapaz de acudir a una de aquellas empresas, mucho menos de autoconstituirme en una. Es que, a la hora de ponerme a escribir, me resulta imposible verme a mí mismo como un funcionario que quiere ascender en el escalafón o un emprendedor que persigue incentivos. Necesito verme, y no puede ser de otra forma, como alguien que sirve a una vocación. Y crean de verdad que, para hacer tal cosa, resulta obligado prescindir completamente del tipo de indicaciones acerca de lo que sean la filosofía y la filosofía del derecho, y de lo que deba publicarse bajo tales rótulos, que ustedes formulan. Ya puestos, también de las que versan acerca de dónde, en qué idioma, con qué extensión o bajo qué formato hacerlo.

Cuando, a la vista de su carta, comprendí que con mi solicitud había dado lugar a que pensaran ustedes de mí otra cosa, me vi obligado a cortar la relación. No ignoro que el destino que me corresponde por actuar así, si no es el de ser sospechoso de pereza, refractario a cualquier evaluación, resentido receptor de una propuesta desfavorable o nostálgico de los felices tiempos corruptos, sí que es, al menos, el de permanecer en el cuarto cuartil de la muestra. El que ocupan los que no se someten a evaluación o caen en el veinticinco por ciento más bajo de acuerdo con los criterios establecidos. Aun así, me pareció obvio cuál era mi deber.

Ante la idea de seguir sus indicaciones, encontré satisfactoria la alternativa de hacer de ese cuarto cuartil mi cuarto. El cuarto en el que estudio, escribo, amo. El cuarto en el que le pido a cada día que me despierte alegre y me traiga conocimiento y en el que intento, a continuación, servir lo mejor que pueda a la filosofía, a la Universidad, a mi país. Y créanme por favor, y no me consideren un maleducado por ello, si les aseguro que me ayuda bastante en esas tareas saber que no volveré a recibir una carta que se parezca en algo a la que una vez me enviaron ustedes.

Pensé que, después de casi una década sin comunicarnos, podría serles útil conocer los motivos de la falta de noticias por mi parte.

Por eso decidí escribirles.

Aprovecho la ocasión para saludarles.

Víctor Méndez Baiges

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