Capitalismo y crisis ecológica: una cuestión civilizatoria

Albert Recio Andreu

I

En los últimos tiempos proliferan las voces que afirman que la crisis ecológica está directamente asociada al capitalismo. La afirmación, tomada literalmente, supone que la principal vía para atajar el colapso ambiental es algún tipo de revolución anticapitalista. Este posicionamiento no me desagrada, pues toda mi vida me he dedicado a impugnar el capitalismo y a pensar que hay que trabajar en pro de otro modelo social. Pero quedarse en esta afirmación me suena insuficiente y no me ofrece pistas de cuáles son las cosas que tenemos que cambiar. Como eslogan y llamada de atención puede ser útil. Pero sólo como invitación de entrada a un debate más profundo, que nos permita entender dónde están los verdaderos problemas y dónde hay que centrar los esfuerzos para hacerles frente. Es obvio que existe una relación directa entre el modelo económico imperante y el desastre ambiental, pero creo que limitarse a ello nos lleva a ignorar que la cuestión ambiental afectará a cualquier modelo socio-productivo que haga del crecimiento económico, entendido cómo aumento sostenido de los niveles de producción y consumo, su objetivo básico. Y, hasta el momento, las sociedades que se han postulado como alternativas al capitalismo han tenido el crecimiento económico como un objetivo igualmente fundamental. Ello me conduce a sugerir que el capitalismo es la versión más cruda de un modelo civilizatorio más general que ha situado a la humanidad al borde de un desastre colosal.

Por esto me parece necesario que analicemos un poco más a qué nos referimos cuando relacionamos crisis ecológica y capitalismo y cuáles son los aspectos cruciales en los que nos jugamos el futuro.

II

Mi hipótesis de trabajo es que la historia de las sociedades capitalistas está marcada por la combinación de tres procesos diferentes, aunque entrelazados, a veces enfrentados entre sí y a veces cómplices. Estos tres procesos son las propias instituciones y dinámicas de la economía capitalista, el desarrollo científico y tecnológico y las demandas democrático-igualitarias. Sin duda la primera, el capitalismo, es el elemento dominante, pero ni actúa en el vacío ni podemos dejar de analizar las dinámicas de los otros dos elementos.

La relación entre capitalismo y depredación ambiental es obvia. El capitalismo es un modelo productivo fundamentado en la búsqueda del lucro individual como centro de organización de la producción. La empresa capitalista, que es la unidad básica de organización productiva, se concentra en la obtención de beneficios privados y en su crecimiento. La importancia del crecimiento es tanto un elemento positivo, el crecimiento es la medida del éxito, como defensivo: las empresas que no crecen corren el riesgo de ser eliminadas del mercado. El descubrimiento de las economías de escala y de alcance, así como la importancia de los costes fijos constituyen otros elementos adicionales que propician la búsqueda de crecimiento: una empresa con un tamaño suficiente puede abaratar sus costes medios de producción. Un equipo o una estructura con elevados costes fijos solo es sostenible financieramente si los ingresos son elevados. El poder de negociación de la empresa también depende de su tamaño. La vida real del capitalismo no es la de la competencia perfecta de los libros de texto, sino la del oligopolio y el monopolio o, cuando menos, la de la búsqueda de nichos de mercado que permitan a la empresa sobrevivir en un entorno hostil.

Esta pulsión por el crecimiento está, además, reforzada por otra característica de la empresa capitalista: su especialización en una línea de actividad. No sólo porque sus activos físicos están especializados, sino también porque los aprendizajes de tecnologías y mercados son asimismo específicos. Esto provoca que las empresas visualicen su reproducción como un proceso de crecimiento de su línea de producción. Es cierto que las empresas adoptan políticas de innovación y desarrollan políticas de diversificación de mercados (a menudo mediante compra de otras empresas), pero en general su espacio de especialización es relativamente limitado excepto para los grandes conglomerados con estructuras organizativas inmensas. A menudo, cuando un cambio técnico o de otro tipo hace obsoleta una línea de actividad, las empresas de este sector corren el peligro de desaparecer (como realmente ocurre). Es más o menos el proceso de destrucción creativa que explicó Schumpeter. Pero como esta es una experiencia traumática, si las empresas tienen suficientes recursos trataran de invertir una parte de los mismos en políticas protectoras de su entorno: desde los inmensos gastos en marketing hasta las actividades de lobby para conseguir regulaciones favorables a sus intereses. También para esto el crecimiento es importante puesto que con mayores recursos más posibilidades hay de financiar acciones defensivas.

Hay una segunda cuestión que explica la difícil relación del capitalismo con la ecología. Como han puesto de manifiesto diversos autores, la empresa capitalista (y buena parte del pensamiento económico) se desentiende de los procesos que aseguran la continuidad de su propia actividad. El medio natural y la fuerza de trabajo son consideradas condicionantes cuya existencia se da por descontado. Como las existencias de un supermercado, que los consumidores esperan encontrar repletas sin preocuparse del proceso que permite llenarlas. La ignorancia de los procesos naturales y sociales que constituyen las precondiciones del proceso productivo no sólo lleva a desentenderse de los procesos que los hacen posibles, sino que también favorece que se ignoren muchos de los impactos que sobre los mismos tiene la propia actividad productiva. El mundo del capitalismo «normal» es el que transcribe Engels en su obra sobre la clase obrera británica. Es el mundo de las externalidades negativas y los costes sociales. Este «olvido» conduce a una sobreexplotación de los recursos, a ignorar la complejidad de los ciclos naturales, al reforzamiento de estructuras patriarcales, al racismo y la xenofobia como medios para obtener trabajo barato. La historia del colonialismo y la acumulación primitiva indica que esta es una característica fundacional de las sociedades capitalistas. La historia posterior muestra que no es sólo un «accidente» de paso, sino que constituye un elemento estructural de su funcionamiento. El hecho de que las economías capitalistas sean asimismo economías donde la deuda y el sistema financiero juegan una parte esencial en su funcionamiento refuerza estas tendencias porque somete la explotación de recursos naturales a la lógica del interés compuesto, a la búsqueda de rentabilidades a corto plazo que chocan con muchos de los ritmos de reproducción de especies naturales.

Es cierto que en doscientos años de historia del capitalismo los efectos negativos de estas dinámicas se han hecho tan evidentes, que han forzado a una intervención pública reparadora, compensatoria o limitadora de la libertad capitalista. Muchas de estas políticas, en todos los planos, han tratado de encauzar el funcionamiento del sistema en límites controlables o simplemente evitar que las pulsiones rentabilistas generaran tantos problemas que el sistema fuera ingobernable. Pero como todas estas intervenciones coartan las posibilidades de negocio privado, han tenido siempre que enfrentarse a fuertes resistencias de los diferentes poderes económicos, han dependido de procesos políticos favorables y han tendido a una cierta inestabilidad. La historia de los derechos sociales, de las normas laborales, de las políticas antimonopolio, de las regulaciones del sistema financiero, de las políticas ambientales etc. están llenas de estos vaivenes y de la dificultad de implementar políticas que reduzcan desigualdades e impacto ambiental y que garanticen un suelo básico igualitario y bienestar universal.

Todo esto es de sobras conocido. Hay cientos de páginas escritas de pensamiento crítico que explican al detalle la dinámica del capitalismo y que permiten sustentar la afirmación con la que he iniciado este comentario. En esto no tengo discrepancias. Simplemente creo que olvidan el papel de otros procesos que confluyen en la construcción de nuestro modelo civilizatorio y sobre los que creo que vale la pena reflexionar.

III

La historia de la ciencia corre paralela a la del capitalismo pero no puede confundirse con él. El desarrollo científico inicial es muy anterior al de las sociedades capitalistas. Y el despegue de la ciencia moderna se produjo de forma independiente del despegue empresarial, sobre todo en un combate abierto contra el poder religioso que constituía un componente básico del núcleo central del viejo orden feudal. En la primera revolución industrial el papel de la ciencia fue más bien modesto, muchos de los grandes inventos fueron obra de ingenieros y trabajadores manuales que continuaron un largo proceso de experimentación e innovaciones.

Es cierto que con el afianzamiento del capitalismo, la importancia que toma la innovación tecnológica y la toma de conciencia del potencial que podía traer el conocimiento científico, se empezó a financiar la investigación científica. Incluso se vistió de ciencia la ideología económica dominante. Y desde entonces ha habido una cierta simbiosis entre desarrollo científico y capitalismo. Pero es una relación en la que el desarrollo científico mantiene un cierto nivel de autonomía. Una autonomía sustentada tanto en las propias reglas de la metodología científica, en una deontología profesional y en un modelo organizativo basado en instituciones no capitalistas, como en el hecho de que, al menos la investigación básica, tiene financiación pública. Se trata sin duda de una autonomía limitada, precaria, siempre amenazada. Desde fuera, por los sobornos y las presiones de Gobiernos y grandes empresas, y también desde dentro por “colegios” internos que a menudo generan sesgos y censuras. Y por esto en la producción científica surgen tanto resultados muy críticos con el orden establecido –como el que ha propiciado el panel internacional sobre el cambio climático, o la que está generando el análisis de las desigualdades– como propuestas que refuerzan las lógicas del capitalismo, tanto en las ciencias sociales como en gran parte de la tecnología.

Hay, por tanto, en el campo científico tanto un potencial de crítica y transformación como uno de persistencia de las peores dinámicas del capitalismo. El elemento más peligroso se encuentra en el propio éxito espectacular de los avances en el conocimiento y su traducción en un convencimiento social, común en mucha parte de los mismos científicos y tecnólogos, de que la ciencia y la tecnología pueden resolver todos los problemas que se planteen a la humanidad y garantizar un futuro incesante de prosperidad material.

En cierta medida podríamos visualizar la evolución de la especie humana como una «plaga»: una especie que crece en volumen desproporcionadamente (de hecho no sólo ella, ya que hace crecer a todas las especies que considera básicas para su supervivencia) depredando todos los recursos que le garantizan este crecimiento. Lo que diferencia a la especie humana de otro tipo de plagas es que el crecimiento de estas últimas finaliza cuando ya no tienen recursos que consumir. La especie humana, en cambio, hasta ahora, ha sido capaz de sortear este problema mediante el cambio tecnológico que le ha permitido acceder a nuevos recursos y continuar el crecimiento (el cambio tecnológico ha funcionado como una especie de mutación exógena). La historia de la energía lo indica: cuando los bosques británicos (que proveían a la vez de energía y materiales) se estaban agotando, se empezó a utilizar el carbón, gracias a desarrollos técnicos que permitían su extracción. Esta historia de éxito no necesariamente va a continuar en un planeta con unos límites físicos dados, pero constituye sin duda un elemento cultural que sustenta la ideología del crecimiento sostenido.

Que el devenir de la ciencia ayude a construir racionalidad o, por el contrario, contribuya a reforzar el optimismo tecnológico que conduce al colapso no está decidido. Pero sugiero que la única vía para evitar que la ciencia no contribuya a reforzar las tendencias suicidas de la civilización actual pasa precisamente por defender su autonomía, por propiciar el debate racional, por fomentar un conocimiento científico interdisciplinar que ayude generar salidas y situar la gravedad de los problemas en su propia dimensión.

IV

La historia de las sociedades capitalistas reales no puede entenderse si en ellas no se incluyen los movimientos sociales alternativos. Desde sus orígenes el capitalismo ha tenido que convivir con movimientos contestatarios de las clases dominadas y con un ideal democrático que contrasta con el autoritarismo implícito en la empresa capitalista y en el poder del dinero sobre la sociedad. La sucesión de luchas ha sido constante, y en todas ellas ha existido un aliento de demanda igualitaria importante tanto en términos de derechos políticos como de condiciones materiales. El movimiento obrero ha jugado sin duda un papel central en esta historia, pero ha estado acompañado por otros movimientos, empezando por la lucha antiesclavista de la fase inicial hasta los movimientos feministas y ecologistas actuales. Todos ellos tienen un nexo común de demandas igualitarias de alcance diverso. La configuración de las sociedades desarrolladas actuales no puede entenderse si no se sitúa, también, el papel de estos movimientos, de sus éxitos y fracasos (que explican, en parte, la diversidad de modelos de capitalismo y la introducción de regulaciones que limitan los derechos del capital), de sus limitaciones y sus tendencias.

Pero estas demandas igualitarias no se construyen en abstracto, en el vacío, sino que su elaboración está condicionada por el contexto en el que nacen y, en cierta medida se adaptan a lo que el propio sistema ofrece. En primer lugar, una gran parte de estas demandas se ha construido bajo un fondo cultural en el que la idea de progreso, asociada al cambio tecnológico, está subyacente. La igualdad se concibe como capacidad de participación en un modelo de abundancia material propiciada por la innovación constante. Una demanda que está claramente presente en los modelos que trataron de superar el capitalismo como expresa la frase lapidaria de Lenin de que el socialismo consiste en «soviets y electricidad». Parte del éxito del capitalismo en su edad dorada y del consumismo se basan precisamente en que prometen a todo el mundo el acceso universal a los bienes de lujo (los cruceros constituyen un buen ejemplo de este pseudo lujo a bajo precio, lo que constituye su principal atractivo). Y, en cierta medida, esta diseminación del lujo hacia abajo coadyuva a amplificar la crisis ecológica y a reforzar la demanda de crecimiento a toda costa. En segundo lugar, y esto añade otro elemento de complicación, las demandas igualitarias sólo han encontrado una forma de expresión a escala del estado nacional. Esto, sin duda, ha contribuido a limitar el reconocimiento de los límites al tender a desplazar muchos de los costes ecológicos y sociales a terceros países y a percibir el desarrollo más como una cuestión de competencia o posicionamiento nacional que de cooperación mundial. Y, en tercer lugar, el propio desarrollo de las sociedades capitalistas ha generado una estructura social jerarquizada y segmentada en la que en determinados períodos ha sido posible una cierta movilidad social. Esto ha hecho creíble la idea de la igualdad de oportunidades y ha obstaculizado percibir sus limitaciones.

Estas demandas igualitarias tienen su punto débil en el hecho de no ser capaces de reconocer sus límites reales ni las condiciones medioambientales ni la jerárquica estructura social que requieren. Una sociedad igualitaria solo puede ser efectiva si basa su modo de vida en lo que podemos llamar «bienes comunistas» (aquellos de los que es posible disponer de forma sostenible para toda la población) y reconocer que hay otros bienes de los que no es posible garantizar una provisión universal y elaborar formas justas de racionamiento o acceso a los mismos. O dicho de otra forma, diferenciar entre necesidades básicas que pueden garantizarse, de lujos y caprichos a los que sólo se podrá acceder de forma restringida, y males sociales que deben evitarse. Esto vale también para el debate sobre la movilidad social donde el modelo organizativo que adopte cada sociedad restringe o amplía las posibilidades de la gente. Si el modelo es muy jerárquico es imposible garantizar un marco social igualitario y la igualdad de oportunidades se convierte en un trampantojo.

V

Uniendo los tres puntos anteriores considero que a la crisis ecológica hemos llegado claramente por la dinámica expansiva y depredadora de la economía capitalista, pero que la misma ha resultado en parte reforzada por el optimismo tecnológico emanado de la comunidad científica y por las demandas de los movimientos igualitarios formuladas en el contexto mental del progreso tecnológico y lo que podríamos llamar «el lujo democrático» alimentado por la publicidad. Esto sirve para entender la densidad de las fuerzas que impiden un giro radical en el modelo. No es sólo el puñado de grandes capitalistas cuyos intereses y privilegios están seriamente afectados si se adoptan políticas ecológicas duras. Es que ello choca también con una inmensa masa social cuya vida cotidiana quedaría alterada drásticamente.

Las políticas de limitación del uso del vehículo privado con objeto de reducir la contaminación o ampliar el espacio para la vida social son un buen ejemplo de esta complejidad. Siempre que se plantean encuentran frente a sí una brutal resistencia de lo que podríamos llamar «el partido del coche», una coalición socialmente transversal de personas que consideran intocable su derecho a circular y aparcar en la calle. Hay un componente cultural fuerte en esta respuesta. Pero a menudo también existe una cuestión real derivada del propio despliegue espacial (vivienda, centros de trabajo, de estudio, comercio, ocio) que ha propiciado la difusión del automóvil: las limitaciones a su uso complican la vida cotidiana de mucha gente. Además, las propuestas actuales de regulación, como el establecimiento de zonas de bajas emisiones, la introducción de peajes urbanos y el coche eléctrico apuntan a un reforzamiento de desigualdades que atenta directamente al ideario social del «lujo igualitario». Y avisa de que hay más posibilidades de que la crisis ecológica acabe evolucionando hacía nuevas formas de sociedades desiguales que a una nueva sociedad más racional e igualitaria. De hecho esto ya es lo que existe si se amplía el foco de visión desde el espacio nacional al conjunto de la humanidad. El lujo y el bienestar de unos coexiste con una enorme miseria en muchos países. Y las barreras de contención están creciendo.

La cuestión solo puede abordarse atendiendo a la complejidad de procesos que nos han conducido hasta aquí y que siguen operativos. Las denuncias pueden servir para generar sensibilidades, pero difícilmente para hacer frente a una crisis civilizatoria. Hacerle frente exige una enorme tarea que se puede realizar desde espacios diversos: trabajo científico, producción cultural, movimientos sociales, trabajo comunitario, acción política. Creo que también como economistas críticos hay un espacio de trabajo necesario que apunta a las tres cuestiones planteadas: el del análisis de las formas de interacción y organización económica que pueden favorecer un cambio, el del trabajo en la comunidad científica en aras a mejorar su interdisciplinaridad y su comprensión global de los procesos y el de generar reflexión que ayude a la construcción de un nuevo igualitarismo más comprensivo. Más allá de los eslóganes, lo que debemos aportar son buenas propuestas de cambio, algo que requiere un profundo y honesto trabajo de elaboración colectiva.

Fuente: Revista de Economía Crítica, nº32, segundo semestre 2021.

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