Olvidaos de liberar Ucrania: primero tenemos que liberar nuestras mentes

Jonathan Cook

Porque en Occidente somos la tribu más fuerte del planeta, también somos la más engañada, la más propagandizada y la más peligrosa

Nada debería calificarme mejor para escribir sobre los asuntos mundiales del momento –y la intromisión occidental en Ucrania– que el hecho de haber seguido estrechamente los giros de la política israelí durante dos décadas.

Dentro de un momento nos ocuparemos del panorama más amplio. Pero antes de eso, consideremos los acontecimientos en Israel, ya que su «histórico» gobierno de un año de duración –que incluía por primera vez un partido que representaba a una parte de la minoría de ciudadanos palestinos de Israel– se tambalea al borde del colapso.

La crisis llegó, como todo el mundo sabía que llegaría tarde o temprano, porque el parlamento israelí tenía que votar un asunto importante relacionado con la ocupación: renovar una ley temporal que durante décadas ha extendido regularmente el sistema legal de Israel fuera de su territorio, aplicándolo a los colonos judíos que viven en tierras palestinas robadas en Cisjordania.

Esa ley se encuentra en el corazón de un sistema político israelí que los principales grupos de derechos humanos del mundo, tanto en Israel como en el extranjero, admiten ahora, con retraso, que siempre ha constituido un apartheid. La ley garantiza que los colonos judíos que viven en Cisjordania, violando el derecho internacional, reciban derechos diferentes y muy superiores a los de los palestinos que son gobernados por las autoridades militares de ocupación de Israel.

La ley consagra el principio de la desigualdad al estilo Jim Crow, creando dos sistemas jurídicos diferentes en Cisjordania: uno para los colonos judíos y otro para los palestinos. Pero hace más. Esos derechos superiores, y su aplicación por parte del ejército israelí, han permitido durante décadas a los colonos judíos asaltar las comunidades rurales palestinas con absoluta impunidad y robar sus tierras, hasta el punto de que los palestinos están ahora confinados en pequeñas y asfixiadas parcelas de su propia tierra.

En el derecho internacional, ese proceso se denomina «traslado forzoso», o lo que nosotros consideraríamos una limpieza étnica. Es una de las principales razones por las que los asentamientos son un crimen de guerra –un hecho que la Corte Penal Internacional de La Haya le está resultando muy difícil ignorar–. Los principales políticos y generales de Israel serían juzgados por crímenes de guerra si viviéramos en un mundo justo y cuerdo.

¿Qué ocurrió cuando esta ley llegó al parlamento para que se votara su renovación? El gobierno «histórico», supuestamente una coalición arco iris de partidos judíos de izquierdas y de derechas a la que se unió un partido palestino religiosamente conservador, se dividió en líneas étnicas totalmente predecibles.

Los miembros del partido palestino votaron en contra de la ley o se ausentaron de la votación. Todos los partidos judíos del gobierno votaron a favor. La ley fracasó –y el gobierno tiene ahora problemas– porque el partido derechista Likud del ex primer ministro Benjamin Netanyahu se unió a los partidos palestinos para votar en contra de la ley, con la esperanza de hacer caer al gobierno, aunque sus legisladores están completamente comprometidos con el sistema de apartheid que defiende.

El mantenimiento del apartheid

Lo más significativo de la votación es que ha revelado algo mucho más feo sobre el tribalismo judío de Israel de lo que la mayoría de los occidentales les gustaría reconocer. Demuestra que todos los partidos judíos de Israel –incluso los «buenos» que se denominan de izquierda o liberales– son en esencia racistas.

La mayoría de los occidentales entienden que el sionismo se divide en dos grandes campos: la derecha, incluida la extrema derecha, y el campo liberal-izquierda.

En la actualidad, este llamado campo de la izquierda liberal es minúsculo y está representado por el Partido Laborista israelí y por el Meretz. El Partido Laborista de Israel se considera tan respetable que el líder laborista británico, Sir Keir Starmer, celebró públicamente el reciente restablecimiento de sus vínculos después de que el partido israelí cortara las conexiones durante el mandato del predecesor de Starmer, Jeremy Corbyn.

Pero fíjate en esto. Los partidos Laborista y Meretz no sólo llevan un año en un gobierno dirigido por Naftali Bennett, cuyo partido representa a los asentamientos ilegales, sino que acaban de votar a favor de la misma ley de apartheid que garantiza a los colonos derechos superiores a los palestinos, incluido el derecho a limpiar étnicamente a los palestinos de su tierra.

En el caso del Partido Laborista israelí, esto no es nada sorprendente. Los laboristas fundaron los primeros asentamientos y, aparte de un breve período a finales de la década de 1990 en el que hablaron de boquilla de un proceso de paz, siempre apoyaron a ultranza el sistema de apartheid que permitió la expansión de los asentamientos. Nada de eso preocupó al Partido Laborista de Gran Bretaña, aparte de cuando estaba dirigido por Corbyn, un antirracista genuinamente comprometido.

Pero, a diferencia de los laboristas, Meretz es un partido abiertamente contrario a la ocupación. Esa fue la razón por la que se fundó a principios de la década de 1990. La oposición a la ocupación y a los asentamientos está supuestamente integrada en su ADN. Entonces, ¿cómo es que votó a favor de la misma ley de apartheid que sustenta los asentamientos?

Hipocresía absoluta

Los ingenuos, o los malintencionados, dirán que Meretz no tenía elección porque la alternativa era que el gobierno de Bennett perdiera la votación –lo que de hecho ocurrió de todos modos– y reviviera las posibilidades de que Netanyahu volviera al poder. Se supone que Meretz tenía las manos atadas.

Este argumento –de la necesidad pragmática– es el que escuchamos a menudo cuando grupos que profesan creer en una cosa actúan de manera que dañan la misma cosa que dicen apreciar.

Pero el comentarista israelí Gideon Levy hace una observación muy reveladora que se puede aplicar mucho más allá de este caso concreto de Israel.

Señala que Meretz nunca habría votado a favor de la ley de apartheid –cualquiera que fueran las consecuencias– si la cuestión hubiera sido transgredir los derechos de la comunidad LGBTQ de Israel en lugar de transgredir los derechos de los palestinos. Meretz, cuyo líder es gay, tiene los derechos de la comunidad LGBTQ a la cabeza de su agenda.

Levy escribe: «¿Dos sistemas de justicia en el mismo territorio, uno para heterosexuales y otro para homosexuales? ¿Existe alguna circunstancia en la que esto pueda ocurrir? ¿Una sola constelación política que pudiera llevarlo a cabo?»

Lo mismo podría decirse de los laboristas, incluso si creemos, como parece hacer Starmer, que es un partido de izquierdas. Su líder, Merav Michaeli, es una ardiente feminista.

¿Los laboristas, escribe Levy, «levantarían alguna vez su mano por unas leyes de apartheid contra las mujeres [israelíes] en Cisjordania? ¿Dos sistemas legales separados, uno para hombres y otro para mujeres? Jamás. Absolutamente no».

El punto de Levy es que incluso para la llamada izquierda sionista, los palestinos son inherentemente inferiores por el hecho de ser palestinos. La comunidad gay palestina y las mujeres palestinas se ven tan afectadas por la ley de apartheid de Israel que favorece a los colonos judíos como los hombres palestinos. Así que al votar a favor, Meretz y los laboristas demostraron que no les importan los derechos de las mujeres palestinas ni de los miembros de la comunidad LGBTQ palestina. Su apoyo a las mujeres y a la comunidad gay depende de la etnia de quienes pertenecen a estos grupos.

No hace falta subrayar lo cerca que está esa distinción por motivos raciales de las opiniones defendidas por los partidarios tradicionales de Jim Crow en Estados Unidos o los partidarios del apartheid en Sudáfrica.

Entonces, ¿qué hace que los legisladores de Meretz y del Partido Laborista sean capaces no sólo de una hipocresía absoluta sino de un racismo tan flagrante? La respuesta es el sionismo.

El sionismo es una forma de tribalismo ideológico que da prioridad al privilegio judío en los ámbitos jurídico, militar y político. Por muy de izquierdas que te consideres, si te adhieres al sionismo consideras que tu tribalismo étnico es primordial, y sólo por eso eres racista.

Puede que no seas consciente de tu racismo, puede que no quieras ser racista, pero por definición lo eres. En última instancia, a la hora de la verdad, cuando percibas que tu propio tribalismo judío está amenazado por otro tribalismo, volverás sobre tus pasos. Tu racismo saldrá a la luz, con la misma seguridad que el de Meretz.

Solidaridad engañosa

Pero, por supuesto, no hay nada excepcional en la mayoría de los judíos israelíes o de los partidarios sionistas de Israel en el extranjero, sean judíos o no. El tribalismo es endémico en la forma en que la mayoría de nosotros ve el mundo, y aflora rápidamente cuando percibimos que nuestra tribu está en peligro.

La mayoría de nosotros puede convertirse rápidamente en un tribalista extremo. Cuando el tribalismo se refiere a asuntos más triviales, como el apoyo a un equipo deportivo, se manifiesta sobre todo en formas menos peligrosas, como el comportamiento grosero o agresivo. Pero si está relacionado con un grupo étnico o nacional, fomenta una serie de comportamientos más peligrosos: patrioterismo, racismo, discriminación, segregación y belicismo.

Por muy sensible que sea Meretz a sus propias identidades tribales, ya sea la judía o la solidaridad con la comunidad LGBTQ, su sensibilidad a las preocupaciones tribales de los demás puede disolverse rápidamente cuando esa otra identidad se presenta como amenazante. Por eso Meretz, al dar prioridad a su identidad judía, no tiene ninguna solidaridad significativa con los palestinos o incluso con la comunidad LGBTQ palestina.

Por su parte, la oposición de Meretz a la ocupación y a los asentamientos a menudo parece más arraigada en el sentimiento de que son malos para Israel y sus relaciones con Occidente que en que son un crimen contra los palestinos.

Esta incoherencia significa que podemos ser fácilmente engañados sobre quiénes son nuestros verdaderos aliados. El hecho de que compartamos un compromiso con una cosa, como el fin de la ocupación, no significa necesariamente que lo hagamos por las mismas razones, o que demos la misma importancia a nuestro compromiso.

Es fácil, por ejemplo, que los activistas de la solidaridad palestina menos experimentados asuman, cuando escuchan a los políticos de Meretz, que el partido ayudará a promover la causa palestina. Pero no entender las prioridades tribales de Meretz es una receta para la decepción constante –y el activismo inútil en nombre de los palestinos–.

El proceso de «paz» de Oslo siguió siendo creíble en Occidente durante tanto tiempo sólo porque los occidentales no entendieron cómo encajaba con las prioridades tribales de los israelíes. La mayoría estaba dispuesta a apoyar la paz en abstracto siempre que no supusiera ninguna pérdida práctica de sus privilegios tribales.

Yitzhak Rabin, el socio israelí de Occidente en el proceso de Oslo, demostró lo que suponía ese tribalismo tras la matanza perpretada por un colono, Baruch Goldstein, en 1994, que mató e hirió a más de 100 palestinos en un lugar de culto de la ciudad palestina de Hebrón.

En lugar de utilizar la matanza como justificación para poner en práctica su compromiso de eliminar las pequeñas colonias de colonos extremistas de Hebrón, Rabin puso a los palestinos de Hebrón bajo toque de queda durante muchos meses. Esas restricciones nunca se han levantado del todo para muchos de los palestinos de Hebrón y han permitido a los colonos judíos seguir ampliando sus colonias desde entonces.

Jerarquía de tribalismos

Hay otro punto que es necesario subrayar, y que el caso de Israel-Palestina ilustra bien. No todos los tribalismos son iguales, ni igualmente peligrosos. Los palestinos también son muy capaces de ser tribales. No hay más que ver las posturas jactanciosas de algunos líderes de Hamás, por ejemplo.

Pero sean cuales sean los delirios de los sionistas, el tribalismo palestino es claramente mucho menos peligroso para Israel que el tribalismo judío para los palestinos.

Israel, el Estado que representa a los tribalistas judíos, cuenta con el apoyo de todos los gobiernos occidentales y de los principales medios de comunicación, así como de la mayoría de los gobiernos árabes, y como mínimo con la complicidad de las instituciones mundiales. Israel cuenta con un ejército, una marina y una fuerza aérea que pueden contar con el armamento más moderno y potente, a su vez fuertemente subvencionado por EE.UU. Israel también goza de un estatus comercial especial con Occidente, que ha convertido su economía en una de las más fuertes del planeta.

La idea de que los judíos israelíes tienen más razones para temer a los palestinos (o en un delirio aún mayor, al mundo árabe) que los palestinos para temer a Israel es fácilmente refutable. Basta con considerar cuántos judíos israelíes desearían intercambiar lugares con un palestino, ya sea en Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este o de la minoría que vive dentro de Israel.

La lección es que existe una jerarquía de tribalismos, y que un tribalismo es más peligroso si goza de más poder. Los tribalismos con poder tienen la capacidad de causar un daño mucho mayor que los tribalismos sin poder. No todos los tribalismos son igual de destructivos.

Pero hay un punto más importante. Un tribalismo empoderado provoca, acentúa y profundiza necesariamente un tribalismo desempoderado. Los sionistas suelen afirmar que los palestinos son un pueblo inventado o imaginario porque no se identificaron como palestinos hasta después de la creación del Estado de Israel. La ex primera ministra israelí Golda Meir sugirió famosamente que los palestinos eran un pueblo inventado.

Esto era, por supuesto, una tontería intencionada. Pero tiene un núcleo de verdad que lo hace parecer plausible. La identidad palestina se clarificó e intensificó como resultado de la amenaza que suponían los inmigrantes judíos que llegaban de Europa y reclamaban la patria palestina como propia.

Como dice el refrán, uno no siempre aprecia plenamente lo que tiene hasta que se enfrenta a perderlo. Los palestinos tuvieron que afinar su identidad nacional, y sus ambiciones nacionales, ante la amenaza de que otro reclamara lo que siempre habían supuesto que les pertenecía.

Valores superiores

Entonces, ¿cómo nos ayuda todo esto a entender nuestro propio tribalismo en Occidente?

No en vano, sea cual sea la ansiedad que se fomenta en Occidente por la supuesta amenaza que suponen Rusia y China, la realidad es que el tribalismo de Occidente –a veces denominado «civilización occidental», o «el orden basado en normas», o «el mundo democrático», o, aún más ridículo, «la comunidad internacional»– es, con mucho, el más poderoso de todos los tribalismos del planeta. Y también el más peligroso.

El poder tribal de Israel, por ejemplo, se deriva casi exclusivamente del poder tribal de Occidente. Es un complemento, una extensión, del poder tribal occidental.

Pero tenemos que ser un poco más específicos en nuestro pensamiento. Usted y yo nos adherimos al tribalismo occidental -de forma consciente o no, según nos consideremos de derechas o de izquierdas del espectro político- porque se ha cultivado en nosotros durante toda la vida a través de los padres, las escuelas y los medios de comunicación corporativos.

Creemos que lo mejor es Occidente. Ninguno de nosotros querría ser ruso o chino, como tampoco los judíos israelíes elegirían ser palestinos. Implícitamente entendemos que tenemos privilegios sobre otras tribus. Y como somos una tribu, asumimos que esos privilegios están justificados de alguna manera. O bien se derivan de nuestra propia superioridad intrínseca (una opinión que suele asociarse a la extrema derecha) o de una cultura o unas tradiciones superiores (una opinión que suele abarcar a la derecha moderada, a los liberales y a partes de la izquierda).

De nuevo, esto recuerda a los puntos de vista sionistas. Los judíos israelíes de la derecha tienden a creer que tienen cualidades intrínsecamente superiores a los palestinos y a los árabes, que son vistos como primitivos, atrasados o bárbaros-terroristas. Superponiéndose a estos supuestos, los judíos religiosos-sionistas tienden a imaginar que son superiores porque tienen al único Dios verdadero de su lado.

Por el contrario, la mayoría de los judíos seculares de la izquierda, como los liberales de Meretz, creen que su superioridad deriva de alguna vaga concepción de la «cultura» o civilización occidental que ha fomentado en ellos una mayor capacidad de mostrar tolerancia y compasión, y de actuar racionalmente, que la mayoría de los palestinos.

A Meretz le gustaría extender esa cultura a los palestinos para ayudarles a beneficiarse de las mismas influencias civilizadoras. Pero hasta que eso ocurra, ellos, al igual que la derecha sionista, ven a los palestinos principalmente como una amenaza.

Visto en términos simples, Meretz cree que no puede empoderar fácilmente a la comunidad LGBTQ palestina, por mucho que les gustara, sin empoderar también a Hamás. Y no desean hacerlo porque un Hamás empoderado, temen, no sólo amenazaría a la comunidad LGBTQ palestina sino también a la israelí.

Así que la liberación de los palestinos de décadas de ocupación militar y limpieza étnica israelí tendrá que esperar a un momento más oportuno, por mucho tiempo que pase y por muchos palestinos que deban sufrir mientras tanto.

Nuevos Hitleres

Los paralelismos con nuestra propia visión del mundo occidental no deberían ser difíciles de percibir.

Comprendemos que nuestro tribalismo, la prioridad que damos a nuestros propios privilegios en Occidente, conlleva el sufrimiento de los demás. Pero, o bien asumimos que somos más merecedores que otras tribus, o bien asumimos que los demás –para llegar a ser merecedores– deben primero llegar a nuestro nivel mediante la educación y otras influencias civilizadoras. Mientras tanto, tendrán que sufrir.

Cuando leemos en los libros de historia sobre la visión del mundo de la «carga del hombre blanco», comprendemos –con el beneficio de la distancia de aquellos tiempos– lo feo que fue el colonialismo occidental. Cuando se sugiere que todavía podemos albergar este tipo de tribalismo, nos irritamos o, más probablemente, nos indignamos. «¿Racista yo? Ridículo».

Más aún, nuestra ceguera ante nuestro propio tribalismo occidental superempoderado nos hace olvidar también el efecto que nuestro tribalismo tiene sobre los tribalismos menos empoderados. Nos imaginamos bajo la constante amenaza de cualquier otro grupo tribal que afirme su propio tribalismo frente a nuestro tribalismo más empoderado.

Algunas de esas amenazas pueden ser más ideológicas y amorfas, sobre todo en los últimos años: como el supuesto «choque de civilizaciones» contra el extremismo islamista de Al Qaeda y el Estado Islámico.

Pero nuestros enemigos preferidos tienen un rostro, y con demasiada facilidad pueden ser presentados como un improbable sustituto de nuestro modelo del hombre del saco: Adolf Hitler.

Esos nuevos Hitlers aparecen uno tras otro, como en un juego de golpear al topo que nunca podemos ganar definitivamente.

Saddam Hussein de Irak –supuestamente listo para disparar las armas de destrucción masiva que en realidad no tenía en nuestra dirección en menos de 45 minutos–.

Los locos ayatolás de Irán y sus políticos-marionetas – buscando construir una bomba nuclear para destruir nuestro puesto de avanzada de Israel antes de, presumiblemente, dirigir sus ojivas hacia Europa y Estados Unidos–.

Y luego está el monstruo más grande y más malo de todos: Vladimir Putin. El cerebro del mal que amenaza nuestra forma de vida, nuestros valores o la civilización con sus juegos mentales, la desinformación y el control de las redes sociales a través de un ejército de bots.

Amenazas existenciales

Como estamos tan ciegos ante nuestro propio tribalismo como Meretz lo está ante su racismo hacia los palestinos, no podemos entender por qué los demás podrían temernos más de lo que nosotros les tememos a ellos. Nuestra civilización «superior» ha cultivado en nosotros un solipsismo, un narcisismo, que se niega a reconocer nuestra amenazante presencia en el mundo.

Los rusos nunca podrían responder a una amenaza –real o imaginaria− que pudiéramos plantear ampliando nuestra presencia militar hasta las fronteras de Rusia.

Los rusos nunca podrían ver nuestra alianza militar de la OTAN como principalmente agresiva en lugar de defensiva, como afirmamos, aunque en algún lugar de un pequeño y oscuro recoveco mental donde se empujan las cosas que nos incomodan sabemos que los ejércitos occidentales han lanzado una serie de guerras directas de agresión contra países como Irak y Afganistán, y a través de terceros en Siria, Yemen, Irán y Venezuela.

Los rusos nunca podrían temer de verdad a los grupos neonazis de Ucrania –grupos que hasta hace poco preocupaban a los medios de comunicación occidentales por su creciente poder–, ni siquiera después de que esos neonazis se integraran en el ejército ucraniano y dirigieran lo que equivale a una guerra civil contra las comunidades étnicas rusas del este del país.

En nuestra opinión, cuando Putin habló de la necesidad de desnazificar Ucrania, no estaba amplificando los justificados temores de los rusos al nazismo a sus puertas, dada su historia, o la amenaza que esos grupos suponen realmente para las comunidades étnicas rusas cercanas. No, simplemente estaba demostrando que él y la probable mayoría de los rusos que piensan como él están locos.

Más que eso, su hipérbole nos dio permiso para sacar a la luz nuestro suministro encubierto de armas a estos grupos neonazis. Ahora abrazamos a estos neonazis, al igual que al resto de Ucrania, y les enviamos armamento avanzado: miles de millones de dólares en armamento avanzado.

Y mientras lo hacemos, reprendemos con arrogancia a Putin por ser un loco y por su desinformación. Es un demente o un mentiroso por considerarnos una amenaza existencial para Rusia, mientras que nosotros estamos totalmente justificados por considerarlo una amenaza existencial para la civilización occidental.

Y así seguimos alimentando al demonio quimérico que tememos. Y por mucho que nuestros miedos se descubran como auto-racionalización, nunca aprendemos.

Saddam Hussein representaba una amenaza existencial anterior. Sus inexistentes armas de destrucción masiva iban a ser colocadas en sus inexistentes misiles de largo alcance para destruirnos. Así que teníamos todo el derecho a destruir primero a Irak, de forma preventiva. Pero cuando esas ADM resultaron no existir, ¿de quién fue la culpa? No de nosotros, por supuesto. Fue de Saddam Hussein. Él no nos dijo que no tenía armas de destrucción masiva. ¿Cómo podíamos saberlo? Desde nuestro punto de vista, Irak acabó siendo destruido porque Saddam era un hombre fuerte que se creyó su propia propaganda, un árabe primitivo elevado por su propio pedestal.

Si nos detuviéramos un momento y nos mantuviéramos al margen de nuestro propio tribalismo, podríamos darnos cuenta de lo peligrosamente narcisistas, de lo locos que parecemos. Saddam Hussein no nos dijo que no tenía armas de destrucción masiva, que las había destruido en secreto muchos años antes, porque nos temía a nosotros y a nuestro incontrolable afán de dominar el mundo. Temía que, si sabíamos que carecía de esas armas, tendríamos más incentivos para atacarle a él y a Irak, directamente o a través de terceros. Fuimos nosotros quienes le atrapamos en su propia mentira.

Y luego está Irán. Nuestra interminable furia con los locos ayatolás –nuestras sanciones económicas, nuestras ejecuciones y las de Israel de los científicos iraníes, nuestra constante cháchara sobre una invasión– tienen como objetivo impedir que Teherán llegue a adquirir un arma nuclear que pueda igualar por fin el terreno de juego de Oriente Medio con Israel, a quien ayudamos a desarrollar un gran arsenal nuclear hace décadas.

Hay que detener a Irán para que no pueda destruir a Israel y luego a nosotros. Nuestro temor a la amenaza nuclear iraní es esencial. Debemos atacar, directamente o a través de terceros, a sus aliados en Líbano, Yemen, Siria y Gaza. Toda nuestra política en Oriente Medio debe girar en torno al esfuerzo por impedir que Irán consiga la bomba.

En nuestra locura, no podemos imaginar los temores de los iraníes, su sensación realista de que representamos una amenaza mucho más grave para ellos de lo que ellos podrían representar para nosotros. Dadas las circunstancias, para los iraníes, un arma nuclear podría parecer seguramente una póliza de seguro muy sabia –una disuasión– contra nuestra ilimitada arrogancia.

Círculo vicioso

Porque somos la tribu más fuerte del planeta, también somos la más engañada, la más propagandizada, así como la más peligrosa. Creamos la realidad a la que creemos oponernos. Engendramos los demonios que tememos. Obligamos a nuestros rivales a desempeñar el papel de hombre del saco que nos hace sentir bien con nosotros mismos.

En Israel, Meretz imagina que se opone a la ocupación. Y, sin embargo, sigue conspirando en acciones –supuestamente para ayudar a la seguridad de Israel, como la ley de apartheid– que justificadamente hacen que los palestinos teman por su existencia y crean que no tienen aliados judíos en Israel. Acorralados, los palestinos se resisten, ya sea de forma organizada, como durante los levantamientos de la Intifada, o a través de ineficaces ataques de «lobos solitarios».

Pero el tribalismo sionista de Meretz –por muy liberales, humanos y solidarios que sean– significa que sólo pueden percibir sus propias ansiedades existenciales; no pueden verse a sí mismos como una amenaza para los demás ni comprender los temores que ellos y otros sionistas provocan en los palestinos. Así que los palestinos deben ser desechados como maníacos religiosos, o primitivos, o bárbaros-terroristas.

Este tipo de tribalismo produce un círculo vicioso, tanto para nosotros como para Israel. Nuestros comportamientos basados en la suposición de superioridad –nuestra codicia y agresividad– significan que inevitablemente profundizamos los tribalismos de los demás y provocamos su resistencia. Lo que a su vez racionaliza nuestra suposición de que debemos actuar de forma aún más tribal, más codiciosa y más agresiva.

Animadores de la guerra

Cada uno de nosotros tiene más de una identidad tribal, por supuesto. No sólo somos británicos, franceses, estadounidenses o brasileños. Somos negros, asiáticos, hispanos, blancos. Somos heterosexuales, homosexuales, trans o algo más complejo. Somos conservadores, liberales, de izquierdas. Podemos apoyar a un equipo, o tener una fe.

Estas identidades tribales pueden entrar en conflicto e interactuar de forma compleja. Como muestra Meretz, una identidad puede pasar a primer plano y retroceder a un segundo plano, según las circunstancias y la percepción de la amenaza.

Pero quizás lo más importante de todo es que algunos tribalismos pueden ser aprovechados y manipulados por otras identidades tribales más estrechas y disimuladas. Recuerda que no todos los tribalismos son iguales.

Las élites occidentales –nuestros políticos, líderes empresariales, multimillonarios– tienen su propio y estrecho tribalismo. Dan prioridad a su propia tribu y a sus intereses: ganar dinero y conservar el poder en la escena mundial. Pero teniendo en cuenta lo fea, egoísta y destructiva que resultaría esta tribu si se presentara ante nosotros persiguiendo desnudamente el poder en su propio beneficio, promueve sus intereses tribales en nombre de la tribu más amplia y de sus valores «culturales».

Esta tribu de élite libra sus interminables guerras por el control de los recursos, oprime a los demás, impone la austeridad, destroza el planeta, todo ello en nombre de la civilización occidental.

Cuando animamos las guerras de Occidente; cuando concedemos a regañadientes que hay que aplastar a otras sociedades; cuando aceptamos que la pobreza y los bancos de alimentos son un subproducto desafortunado de las supuestas realidades económicas, al igual que la intoxicación del planeta, conspiramos para promover no nuestros propios intereses tribales, sino los de otros.

Cuando enviamos decenas de miles de millones de dólares en armas a Ucrania, imaginamos que estamos siendo desinteresados, ayudando a los que tienen problemas, deteniendo a un loco malvado, defendiendo el derecho internacional, escuchando a los ucranianos. Pero nuestra comprensión de por qué los acontecimientos se desarrollan como lo hacen en Ucrania, más que cómo se desarrollan, nos ha sido impuesta, al igual que a los ucranianos y rusos de a pie.

Creemos que podemos terminar la guerra con más músculo. Suponemos que podemos aterrorizar a Rusia para que se retire. O, lo que es aún más peligroso, fantaseamos con que podemos derrotar a una Rusia con armas nucleares y destituir a su «loco» presidente. No podemos imaginar que sólo estamos alimentando los mismos temores que llevaron a Rusia a invadir Ucrania en primer lugar, los mismos temores que llevaron a un hombre fuerte como Putin al poder y lo mantienen allí. Empeoramos la situación al suponer que la mejoramos.

Entonces, ¿por qué lo hacemos?

Porque nuestros pensamientos no son propios. Bailamos al son de una melodía compuesta por otros cuyos motivos e intereses apenas comprendemos.

Una guerra interminable no redunda en nuestros intereses, ni en los de los ucranianos o los rusos. Pero bien podría ser que sólo sea en interés de las élites occidentales que necesitan «debilitar al enemigo» para expandir su dominio; que necesitan pretextos para acaparar nuestro dinero para guerras que sólo les benefician a ellos; que necesitan crear enemigos para apuntalar el tribalismo de los públicos occidentales para que no empecemos a ver las cosas desde el punto de vista de los demás o a preguntarnos si nuestro propio tribalismo sirve realmente a nuestros intereses o a los de una élite.

La verdad es que estamos siendo constantemente manipulados, engañados y propagandizados para promover «valores» que no son inherentes a nuestra cultura «superior», sino que son fabricados para nosotros por el brazo de relaciones públicas de las élites, los medios de comunicación corporativos. Nos convierten en cómplices voluntarios de un comportamiento que nos perjudica a nosotros, a los demás y al planeta.

En Ucrania, nuestra propia compasión para ayudar se está convirtiendo en un arma que matará a los ucranianos y destruirá sus comunidades, al igual que el liberalismo bondadoso de Meretz ha pasado décadas racionalizando la opresión de los palestinos en nombre de ponerle fin.

No podemos liberar a Ucrania ni a Rusia. Pero lo que podemos hacer puede resultar, a largo plazo, mucho más importante: Podemos empezar por liberar nuestras mentes.

 

Fuente: Blog del autor (https://www.jonathan-cook.net/blog/2022-06-11/ukraine-liberate-minds/)

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