La obra de Karl Marx y las ciencias sociales

Francisco Fernández Buey

El 25 de agosto de 2022 hizo diez años del fallecimiento de Francisco Fernández Buey. Se están organizando diversos actos de recuerdo y homenaje y, desde Espai Marx, cada semana a lo largo de 2022-2023 publicaremos como nuestra pequeña aportación un texto suyo para apoyar estos actos y dar a conocer su obra. La selección y edición de todos estos textos corre a cargo de Salvador López Arnal.

Publicado en El Norte de Castilla, abril 1983

 

1. Seguramente la más acertada caracterización de la obra de Marx en su conjunto es la que hiciera el filósofo italiano Antonio Labriola. Esta caracterización, recogida y ampliada luego por Antoni Gramsci y por Karl Korsch, viene a decir que el pensamiento de Marx compone e interrelaciona tres elementos.

En primer lugar, un filosofar voluntariamente asistemático, polémico, de raíz humanista y materialista, que en gran medida, significa una ruptura con los sistemas filosóficos ilustrados y románticos. Un filosofar, por tanto, que se quiere crítico. Pero crítico no solo de la especulación sin base empírica, sino también de las ideologías (Ideología es, en la acepción peyorativa de Marx, falsa consciencia).

En segundo lugar, un análisis económico, sociológico e histórico del modo de producir bajo el capitalismo así como de algunos rasgos sustanciales de las principales formas de vida que dominan en este sistema. Desde el punto de vista metodológico este análisis supone una concepción global de los conocimientos muy alejada de la tradicional separación de los conocimiento en compartimentos estancos. Por su sustancia, dicho análisis pone el acento en el concepto de trabajo, desvela el mecanismo de la explotación específica bajo el capitalismo y subraya el carácter alienador para el hombre del trabajo asalariado.

Finalmente, en tercer lugar, una teoría de la revolución cuyo objeto es estimar los factores objetivos y subjetivos que juegan a favor del paso desde la sociedad capitalista a una sociedad comunista. Esta teoría se orienta por una elección de valores entre los cuales los principales son: la emancipación del género humano, la igualdad social y el desarrollo omnilateral de las capacidades sentimentales y racionales del ser humano.

Estos tres elementos son en la obra de Karl Marx inseparables. Por encima de la consideración de que en unos u otros momentos de su vida primara más el filosofar, el análisis económico-sicológico-histórico o la dedicación a la actividad práctica revolucionaria, destaca el hecho de que los tres elementos mentados están presentes ya en los escritos del período de 1844-1848 y reaparecen –como es natural, desarrollados, modificados y en algún caso corregidos– en los últimos años de vida de Marx. No hay, por consiguiente, ninguna ruptura sustancial en su obra. Hay la maduración que es consecuencia habitual del estudio particularizado de fenómenos socioeconómicos nuevos, específicos, y de las experiencias políticas –muchas inesperadas– con que el hombre se encuentra.

La originalidad y el carácter autónomo del pensamiento marxiano, lo que le diferencia de análisis económicos o sociológicos, de filosofías y de teorizaciones políticas anteriores, es precisamente esta inclinación a la síntesis, esta inseparabilidad. A ella suele aludirse con la palabra «método». Método tiene en Marx un sentido bastante más general que el que se ha hecho habitual en la literatura metodológica y en la literatura científica de las últimas décadas de este siglo. Pero, en cualquier caso, su metódica o concepción general del método, lo que él llamaba «dialéctica crítica y revolucionaria», es, efectivamente, el factor que hace de argamasa entre filosofar, análisis científico propiamente dicho y teoría de la revolución.

2. El uso por Marx del término dialéctica ha dado lugar a muchos equívocos entre los marxismos surgidos a la muerte de aquel. Hay que decir, para no caer en tales equívocos, que la dialéctica de Marx no es una lógica contrapuesta a la lógica formal con leyes y principios también distintos y contrapuestos a los de la lógica formal; ni es una ciencia en sentido sustantivo y propio; ni es exposición reduplicativa de conocimientos adquiridos mediante las ciencias positivas; ni es explicación de realidades mediante la fórmula sacramental de tesis, antítesis y síntesis; ni es tampoco el método definitivamente hallado que pueda ser utilizado para desvelar todos los secretos de la realidad social y natural; ni es, finalmente, la consciencia que los científicos de la naturaleza y de la sociedad puedan tener del trabajo que realizan.

Algunos de esos equívocos tienen su origen en vulgarizaciones de la obra de Marx; otros se deben a imprecisiones o fórmulas ambiguas del propio Marx y también de Engels. Hay varias razones que explican lo que desde el punto de vista de la filosofía de la ciencia y de la metodología contemporánea son imprecisiones o ambigüedades de Marx en el uso de los términos método y dialéctica. Lo más substancial es que Marx adoptó el instrumental metodológico que en su época –esto es, en una época de surgimiento de las ciencias sociales parcialmente dominada por un positivismo chato– le parecía más adecuado, a saber el método hegeliano. Es una ingenuidad rasgarse las vestiduras cien años después por el hecho de que semejante opción metodológica de Marx le condujera en no pocos lugares a la utilización de metáforas que no son rigurosamente científicas. Nadie se alarma por el hecho de que Galileo Galilei, en otro momento clave de la historia de las ciencias, utilizara sugestiones literarias varias para convencer acerca de sus hipótesis a partidarios y adversarios. Se toma nota de ello, se subraya la complejidad del plano psicológico en los descubrimientos científicos y se sigue adelante.

Esto mismo es lo que hay que hacer al referirse a Marx. En los albores de las ciencias sociales, como en el momento del surgimiento de las ciencias de la naturaleza, el análisis propiamente dicho está entreverado de sugestivas metáforas. En este caso las metáforas las pone Hegel. Eso es todo. En vez de quedarse obsesivamente paralizados ante el tema de la relación Hegel-Marx (que tanta logomaquia ha producido ya) cabe la posibilidad, también en este caso, de seguir adelante. Hay dos formas de hacerlo. Una consiste en cortar por lo sano y contestar a la acusación de que se usan demasiadas metáforas con las palabras de Goethe: «si me quitáis las metáforas, ¿qué me queda?». Pero si uno piensa que entre análisis y poesía existe alguna diferencia y no se ha dejado convencer por el «todo vale» de algunos epistemólogos contemporáneos, queda otro camino, el que nos enseñó aquí, con su lectura de Marx, Manuel Sacristán en los años sesenta (Los jóvenes interesados por estas cosas tienen ahora la oportunidad de enterarse de esta otra forma de reflexionar sobre Marx y marxismo leyendo el primer volumen de los Panfletos y materiales de Sacristán en una reciente edición).

Esta forma de seguir adelante, reconociendo la herencia hegeliana en Marx pero sin obsesionarse por ella ni rasgarse las vestiduras, consiste en ver la dialéctica marxiana como una concepción del mundo, de la historia y de la producción material y simbólica de los hombres, que son quienes hacen la historia. El objeto de la dialéctica es, según esto, el propio de las concepciones del mundo, a saber; todos o totalidades, a las que Marx llama concretas para diferenciar su pensamiento del filosofar especulativo. La legitimidad de la dialéctica –escribía Sacristán hace veinte años– procede de la limitación del método que es propio de las ciencias positivas, las cuales no se ocupan de totalidades como son, por ejemplo, el conjunto de los individuos vivientes, las particulares formaciones históricas en su desarrollo, etc.

El primer rasgo de la dialéctica marxiana es, pues, ser pensamiento globalizador, totalizador. Si se quiere expresar esto con palabras que seguramente sonarán más próximas al lector de hoy podría decirse que la dialéctica marxiana recoge y expresa preocupaciones acerca de la comprensión de totalidades organizadas de muchas variables, preocupaciones que son propias del generalista, de la intención interdisciplinaria y del análisis sistémico.

Pero, además, esta dialéctica se considera con razón materialista, porque en su comprensión de los conflictos reales decide no acudir a instancias transcendentes. Se considera histórica porque capta las totalidades en su despliegue internamente conflictivo. Se considera crítica, porque no se limita a la comprensión y explicación de lo que hay socialmente sino que toma partido a favor de una de las clases sociales en conflicto, el proletariado industrial, cuyas necesidades e intereses se contraponen al modo de producir y de vivir dominante en el sistema capitalista. Por último, se considera revolucionaria en un doble sentido: en el sentido teórico, porque capta los puntos débiles del sistema económico y social que critica, postulando la transformación radical del mismo; y en el sentido práctico, porque pretende que la comprensión crítica del sistema capitalista arraigue en la mayoría de los explotados y oprimidos llenando de razón su indignación moral, elevando su consciencia y organizándolos.

No logro ver contradicción alguna de importancia –como ven ciertos comentaristas actuales de Marx– entre la afirmación marxiana según la cual existen conflictos reales, objetivos, internos al sistema que apuntan hacia su superación, y la necesidad de que el proletariado tome consciencia de su situación, se organice y luche en favor de una sociedad de iguales socialmente. Solo veo en la obra de Marx acentuación de una u otra cosa según los contextos tanto históricos (coyunturas económico-sociales y políticas en que Marx escribe) como temáticos (problemáticas más o menos generales que le interesan especialmente al hacer periodismo, análisis económico-social o discutir programas políticos). Asuntos distinto es reconocer que de una diferente acentuación, por lo general unilateral, de uno u otro plano han salido un marxismo catastrofista o economicista y un marxismo activista.

En cualquier caso, sí es cierto que el análisis social de Marx, su pensamiento dialéctico, no aspira a la neutralidad político-social. Al contrario, considera la supuesta neutralidad de las ciencias sociales una ideología, consciencia equivocada de los científicos de la sociedad sobre lo que en realidad hacen. En el inicio del trabajo de Marx como investigador de la sociedad capitalista hay una elección de valores. Y en la conclusión de tal análisis hay una reafirmación de los mismos valores morales. Por consiguiente, en líneas generales todo conocimiento científico, todo análisis económico-sociológico y toda estimación historiográfica tiene en Marx un sentido instrumental. Se hace en función del ideal emancipatorio, teniendo como horizonte la idea de que el proletariado industrial al emanciparse emancipa con él al resto de la humanidad.

3. El ideal de una sociedad de iguales en los planos social, económico y político es en la obra de Marx no solo lo primero temáticamente sino también lo primero cronológicamente. Dicho ideal no se deduce de postulados filosóficos ni de resultados científicos; aquellos y estos refuerzan en todo caso la racionalidad del ideal y su plausibilidad. De tal primacía y de la incorporación que hace en su obra de un uso muy alemán (sobre todo hegeliano) el término «ciencia» resulta que, en Marx, dialéctica, crítica de las ideologías y conocimiento científico propiamente dicho, adquirido mediante los procedimientos habituales de investigación a su alcance, se convierten en categorías que en última instancia cubren un mismo concepto, una misma concepción. Esta concepción es la del análisis de totalidades concretas al objeto de hacer la pasión de la humanidad sufriente pasión razonada, fundada en el conocimiento preciso y riguroso de la sociedad y de la naturaleza.

Así, pues, el pensamiento dialéctico de Marx es científico no en el sentido literal o en el sentido de la palabra «ciencia» que ha ido haciéndose «normal» durante el último siglo, sino en una acepción que podríamos llamar secundaria o traslaticia. Dicho con la precisión que puede caber aquí: el pensamiento dialéctico de Marx es «científico» en la medida en que para la comprensión de las totalidades concretas sociales y naturales se inspira en los resultados establecidos por las ciencias positivas (alguna de las cuales contribuye a fundar), no entra en contradicción con ellos ni aspira –como aspiraba la filosofía especulativa alemana anterior a Marx– a convertirse en ciencia superior, en superciencia. Es en este marco, nada cientificista, en el que hay que entender la pretensión consistente en hacer pasar el socialismo de la utopía a la ciencia.

No obstante ello, el carácter instrumental o funcional que todo conocimiento científico tiene en Marx no ha de malentenderse en el sentido de que este reduzca la investigación económica, sociológica o historiográfica a determinados intereses políticos. En este punto el propio Marx fue muy explícito. Escribió: «Llamo ‘canalla’ al hombre que intenta acomodar la ciencia a un punto de vista dependiente de un interés externo a la ciencia, ajeno a la ciencia, en vez de dedicarse a ella por sí misma, aunque sea errónea». Lo cual, en mi opinión, tiene que entenderse a la vez como una reafirmación de ese hecho que es la circulación de valores morales, la existencia de valoraciones en la producción científica, y como un rechazo de toda manipulación política de la ciencia.

Este tipo de aproximación a la realidad, señaladamente a la realidad social, que junta el filosofar con la crítica de las ideologías y con el análisis reductivo propio de las ciencias positivas; que, además, para la exposición de resultados de la propia investigación científica, elige un «método» o una forma que se acerca a la de las visiones artísticas, tenía por fuerza que chocar con muchas incomprensiones. Y no solo políticas. Incomprensiones también en el plano meramente metodológico. Así, en las épocas en que ha dominado el positivismo se ha visto en Marx un autor que vicia el análisis social con el recurso a la metafísica. Y en los momentos en que renace la visión romántica de la naturaleza y de la sociedad suele verse en Marx un autor demasiado cientificista, un autor que intentó elevar al rango de científicos saberes que, desde este otro punto de vista, solo podrán tener como método de acercamiento la comprensión simpatética.

Paradójicamente al mismo tiempo que crecía el nuevo tumulto sobre la «crisis del marxismo», cuando una vez más se convertía en moda tratar a Marx como a perro muerto, la metodología y la teoría de las ciencias contemporáneas empezaban a moverse en una dirección que tal vez acabe favoreciendo una valoración más positiva de lo que fue el pensamiento dialéctico de aquel. En efecto, son varios los indicios que suelen mencionarse en este sentido: la crisis del neopositivismo y el comienzo de la superación del excesivo miedo que durante mucho tiempo se ha tenido no solo a la metafísica sino también al filosofar (exceso al que se refirió Russell hace ya décadas); la estimación de totalidades concretas revalorizada por la teoría general de sistemas y por ciertas corrientes del análisis sistémico; la exigencia de un punto de vista generalizador y globalizador para abordar las «problemáticas mundiales» que tanto preocupan a los más; la tendencia a salvar la oposición entre las llamadas «dos culturas» y la reivindicación postpositivista de una nueva articulación entre las ciencias naturales y sociales, etc. Todo ello vuelve a poner de actualidad el pensamiento dialéctico con vocación científica, aunque no siempre se reconozca por ahora el peso de la obra de Marx como antecedente de esto. Otra cosa es saber, claro está, hasta qué punto esta orientación que se está desarrollando por efecto de la interrelación de tantas crisis como vivimos seguirá siendo, como quería Marx, crítica y revolucionaria.

4. Varias de las tesis particulares de Karl Marx han envejecido. Algunas de sus hipótesis no han sido confirmadas. Tampoco es cosa de enumerar aquí unas y otras porque en los últimos tiempos se ha insistido de forma suficiente sobre eso. Hay que decir, por si acaso, que envejecimiento y desconfirmación no es nada malo. Es, como se dice, ley de vida. Me permito, sin embargo, llamar la atención acerca de tres hechos que tal vez hagan reflexionar a quienes se toman demasiado en serio la «crisis del marxismo».

Primero: cada vez son más los científicos de la naturaleza que al profundizar acerca de las razones básicas de la incipiente crisis ecológica o, en otro plano, acerca de las medidas económicas, las orientaciones sociales y las necesidades que hay que primar para hacerla frente, acaban topándose con el Marx de La ideología alemana o con el Marx del Capital. Consúltese, por ejemplo, The poverty of power de Barry Commoner.

Segundo: cuando se analiza el fenómeno de la alienación en nuestro mundo contemporáneo movido en gran parte por la tecnociencia, la automatización y robotización, el sociólogo de hoy tiene que hacer crecido en un humus de mucho antimarxismo para –si se me permite decirlo así– no revisitar los lugares marxianos en que se reflexiona preocupadamente acerca de la pura ciencia que acaba dando en ignorancia o sobre «todos nuestros inventos y todo nuestro progreso que parecen desembocar en la dotación de las fuerzas materiales con vida espiritual y la conversión de la vida en estúpida fuerza material». Una prognosis que los niños de hoy conocen bien: ellos saben, en efecto, hasta qué punto en casi todo lo que la industria cinematográfica y la televisión les ofrece la espiritualidad y la sensibilidad se ha trasladado a los robots. ¿Tal vez porque la robótica tiene ya sus leyes mientras que la razón burguesa parece no lograr ir más allá del «todo vale»?

Tercero: cuando se observa la forma en que actualmente se oponen en nuestro mundo el utopismo tecnocrático enamorado de la civilización expansiva «por naturaleza», con sus ofertas para establecer colonias de terrícolas en el cosmos en los próximos tiempos, y el romanticismo añorante de viejas sociedades y naturalezas intactas, resulta igualmente difícil sustraerse al elogioso reconocimiento de quien anticipó eso: «Tan ridículo como ansiar nostálgicamente aquella plenitud originaria es creer que hay que quedarse en este total vaciamiento. La visión burguesa no ha ido nunca más allá de la oposición a aquella otra visión romántica, y por eso ésta la acompañará, justificado contrario, hasta que descanse en paz.»

No creo que ahora haya que presentar excusas por las citas y las visitas a los lugares del clásico. Al menos en un país como este que tiene paralizada (¿abandonada?) la única edición de las Obras de Marx y de Engels que se emprendió con rigor mientras se sigue escribiendo y hablando sobre Marx unas veces de oídas y otras de leídas apresuradas de manuales al uso.

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