La izquierda se divide ante las rebeliones árabes

Jesús Sánchez Rodríguez

Cuando Fukuyama escribió sobre el fin de la historia no tenía ni la menor idea de que la historia se iba a acelerar. Problemas de académicos que escriben lo que el stablishment quiere escuchar. Diez minutos de fama para él, un gran argumento que manosear para los mass media defensores del capitalismo, durante algún tiempo. Pero no nos engañemos, ocurre lo mismo en la izquierda, aunque no alcance el mismo impacto propagandístico, también aquí hay quienes buscan ser admirados por sus tópicos manoseados entre lo que he denominado en un artículo anterior la izquierda alucinada.

Con independencia de los deslumbrones de un lado y otro, los gobiernos occidentales buscan análisis serios que les orienten de verdad en un mundo que se hace crecientemente caótico debido a la declinación de la potencia dominante, después del hundimiento del socialismo real.

El problema es que a pesar de sus enormes recursos no disponen de esos análisis, y como prueba la crisis económica cuya fase aguda estalló con el hundimiento de Lheman Brothers, y ahora la revolución en el mundo árabe. En ambos casos no tenían ni la menor idea de lo que iba a suceder. Pero la izquierda tampoco, porque sigue en gran parte prisionera de esquemas interpretativos obsoletos. El marxismo parece haberse petrificado en gran medida.

El imperialismo de EEUU, aún en fase de declinación, continúa siendo el gran garante del orden mundial a favor del libre mercado y bajo la cobertura ideológica de la defensa de la democracia. Sigue siendo la potencia hegemónica sin un claro rival en el futuro. Para ello dispone de su poder militar, de las alianzas militares y políticas, de su influencia en organizaciones internacionales y de una poderosa red de medios de comunicación. Pero no es un poder discrecional, no nos engañemos. Hay un atisbo de legalidad internacional que debe respetar para evitar crearse más enemigos de los necesarios, generar tensiones con los aliados y crear más caos internacional. Eso no quiere decir que dicha legalidad sea justa, como tampoco lo tiene porque ser la que existe en el interior de un Estado, pero existe.

Así que cuando estalló en enero la actual revolución árabe, los gobiernos occidentales primero titubearon, Túnez podría ser un fogonazo efímero sin más consecuencias y no era cuestión de perder un aliado. Pura geoestrategia de poder. Aún no era momento de discursos democráticos. La izquierda empezó a apoyar la rebelión porque las masas alzadas contra un dictador es una causa que no admite dudas, otra cosa será si puede apoyar un determinado rumbo final de esa rebelión, por ejemplo el régimen teocrático iraní surgido de su revolución.

La rebelión se extendió a Egipto, cuando ya los gobiernos occidentales apoyaban las demandas democráticas en Túnez. Su objetivo era evitar los desbordamientos de esas rebeliones fuera de unas demandas razonables a sus intereses. Si finalmente resultaban unos regímenes amigos con mayor legitimidad por basarse en procedimientos democráticos homologados, y, por tanto, con mayor estabilidad, el resultado sería perfecto. Aunque los riesgos eran más que evidentes: industrializar esos países y generar empleo para la amplia población de desempleados no era una tarea de poco tiempo; crear unas instituciones y cultura democrática tampoco era nada fácil; mantener una política exterior, como en Egipto, favorable a Israel podía volverse realmente difícil. Por tanto, si las expectativas se frustraban y todo quedaba finalmente en un cambio cosmético, no era fácil de prever dónde podía desembocar la frustración.

El panorama anterior a las actuales rebeliones era más tranquilizador para los gobiernos occidentales. Gobiernos dictatoriales, con una cínica simulación democrática para hacer más presentable el apoyo occidental, que controlaban una masa de descontentos; que mantenían bajo control a los fundamentalistas islámicos; garantizaban la seguridad en el suministro de productos energéticos; contribuían a mantener la hegemonía de Israel en la región; e incluso, en el norte de África, regulaban la presión migratoria hacia Europa.

La creciente inestabilidad en el mundo islámico, por ejemplo Pakistán, la capacidad de resistencia a las agresiones, por ejemplo Irak y Afganistán, u otras expresiones de descontento en momentos y países distintos del mundo árabe, evidenciaban tensiones contenidas que podrían explotar. Sin embargo el cálculo de la potencia imperial era que siempre que no concurriesen demasiados problemas en el mismo tiempo podrían ser manejados. Pero la administración Bush incurrió en el grave error de acumular problemas a un nivel que empezaban a ser inmanejables. Al enquistado problema palestino-israelí, añadieron el de Afganistán e Irak donde nunca pensaron que se empantanarían.

Ahora se encuentran frente a una convulsión de imprevisibles consecuencias, cuyos efectos pueden acumularse a los problemas citados anteriormente y a la crisis económica en curso, dando lugar a una situación claramente inmanejable y aun futuro abierto a múltiples escenarios.

La izquierda, por su parte, seguía apoyando las rebeliones de Túnez y Egipto. Pero si no había influencias socialistas en ellas, debía ser consciente que el mejor resultado sería unas sociedades más liberales, donde un entorno de mayores libertades y derechos beneficiase a su población y fuese un terreno mejor para una posible futura lucha socialista.

Libia ha representado un salto cualitativo en estas rebeliones porque la actitud de Gadafi ha llevado a una guerra civil. Mubarak o Gadafi, por ejemplo, eran similares para el imperialismo, dos dictadores de diferente origen o discurso que servían a sus planes. El primero más manejable, el segundo más difícil de predecir. Pero ambos dos dictadores. Para las masas árabes también eran dos dictadores como otros muchos, al igual que Ben Ali en Túnez, que debían ser depuestos por rebeliones para alcanzar sus anhelos de libertad y bienestar (poco más se puede decir de los deseos que han movido a gran parte de esas masas actualmente). Pero los lideres más representativos de la izquierda latinoamericana si hacían matices y, justamente, señalaban como amigo suyo al que iba a intentar yugular con una sangrienta represión del pueblo las revoluciones en marcha, Gadafi.

La marcha triunfante de las revoluciones en Túnez y Egipto habían suscitado el efecto imitación en otras partes del mundo árabe: Yemen, Bahréin, Libia, Irak, Irán, etc. Las masas oprimidas en esos países veían que era fácil alcanzar al menos el primer objetivo de las revoluciones, deshacerse del dictador de turno y a un precio en represión no muy elevado. Pero la reacción de Gadafi introduce una variable difícil de predecir. Su disposición a no ceder a las demandas de las masas, aun al precio de una guerra civil, puede que sirva como un revulsivo mayor que impulse a las masas de esos países que han comenzado a movilizarse, o puede que congele las movilizaciones en marcha ante la visión de una de sus consecuencias posibles, el desencadenamiento de una feroz represión o una guerra civil.

Así pues, los países occidentales, encabezados por EEUU, realizan movimientos en medio de un conjunto de incertidumbres sobre las consecuencias de sus decisiones. Su punto de partida es el fuerte descredito norteamericano en el mundo árabe, alimentado por su política en Palestina, Irak o Afganistán, pero también con la baza de las prácticamente inexistentes hasta ahora expresiones de actos antinorteamericanos en las actuales rebeliones. Un paso en falso puede llevar a los gobiernos occidentales, y especialmente a EEUU a reavivar el sentimiento antinorteamericano. Esta es la primera razón de su cautela. Presionaron para la salida de Ben Ali y Mubarak, condenaron a Gadafi y se alinearon con la oposición libia, sin mostrar una intervención descarada. Ésta es la razón de la contención de dichos sentimientos.

Pero el problema se ha agudizado cuando Gadafi pasó a la contraofensiva y amenaza, con su potencia militar, con destrozar a las fuerzas opositoras. Una intervención militar puede reavivar los sentimientos antinorteamericanos, o puede llevar a una situación como la de Somalia o Afganistán. Una actividad pasiva, más allá de las amenazas de juzgar a Gadafi o congelarle cuentas, dejando que éste masacre a la oposición y desencadene una sangrienta represión puede minar su autoridad de guardián del orden internacional y puede también llevar a aumentar su desprestigio. Y en los dos escenarios, su fracaso puede ser un importante oportunidad para las fuerzas islamistas, que ahora muestran un perfil bajo en espera de su oportunidad.

Y por supuesto, cualquier resultado tendrá un impacto importante en el resto de las rebeliones en ciernes. El inicio esperanzador de que unas fuertes movilizaciones de masas removiesen las situaciones petrificadas por decenios a un precio en vidas humanas bajo se ha venido abajo con la guerra civil libia.

Una parte de la izquierda sigue anclada en una posición irreal, su única obsesión es si intervendrá o no la OTAN, no el desenlace de esas revoluciones. Convencida de que su capacidad de influencia es éstas es insignificante, se dedica a mantener sus tópicos alejados de la realidad. Casi desea más que teme esa intervención de la OTAN para cargarse de razón. Así, el problema para esta parte de la izquierda se simplificaría. El pérfido imperialismo es el que manipula una salida en Túnez y Egipto a favor de sus intereses evitando un desborde de las revoluciones en curso, y el que interviene militarmente en Libia. Y en ese caso, incluso Gadafi podría ser acogido en algunos de los países gobernados por la izquierda que le han mostrado su apoyo. Porque entonces, Gadafi sería presentado como una víctima del imperialismo.

Afortunadamente existe otra izquierda menos dogmática que viendo la situación en Libia con todas sus contradicciones parte de principios más honestos. Defiende sin ninguna duda al pueblo insurrecto, define como dictador a Gadafi y le sitúa dentro del campo imperialista y desea que sea derrotado por la rebelión en marcha, no por ninguna intervención militar exterior. Pero tiene que plantearse más profundamente las contradicciones de la situación. Gadafi dispone de recursos militares, económicos y organizativos muy superiores a los insurrectos. Y la ayuda a estos con solo palabras de aliento les va a llevar casi con seguridad a la derrota.

Los gobiernos occidentales sopesan que es lo más adecuado para sus intereses, no engañan a nadie, la suerte de los insurrectos en Libia, Túnez, Egipto u otro lugar les tiene sin cuidado. A la izquierda alucinada solo la interesa que no intervenga la OTAN, si además vence la insurrección, mejor, y si no también habrá sido culpa del imperialismo. Pero la izquierda consecuente debe plantearse seriamente las contradicciones de la situación y saber posicionarse, sabiendo que si no está en sus manos ayudar a las rebeliones en curso al menos no debe caer en la postura cínica de negar cualquier tipo de ayuda real a éstas en nombre del sacrosanto principio antiimperialista.

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