Abonando y apoyando la senda de la abyección

Salvador López Arnal

Este gobierno, o uno de los que recorren o han recorrido la misma línea política de claudicación acelerada, el mismo que no levantó ni siquiera un dedo para denunciar la política represiva de la Monarquía marroquí contra las justas y, en su día, reconocidas reivindicaciones saharauis, justificando incluso atropellos, heridos y muertos; el mismo gobierno que mantuvo una posición medida y estudiada tras el golpe de Honduras y el montaje electoral posterior; el gobierno que ha tardado todo lo que ha podido y bastante más en decir algo justo y razonable tras las revueltas populares de Túnez y Egipto después de agitar, como tantos otros, explícita o implícitamente, el fantasma del “islamismo terrorista”; el mismo gobierno que ha permanecido mudo tras las represiones y muertes de Bahreim; el gobierno que se ha estado paseando recientemente por medio de la segunda autoridad del Estado por las monarquías petroleras del Próximo Oriente buscando inversiones para la privatización de las cajas de ahorro; el mismo gobierno que se ha supeditado, una y mil veces, a los dictados del estado racista de Israel; ese mismo gobierno apoya y promueve ahora la intervención militar de la OTAN, un gobierno heredero de aquel otro que hablaba de “OTAN, de entrada no”, y de que España si entraba en la alianza otánica lo haría con ciertas condiciones y que de ningún modo iba a apoyar ninguna aventura imperial, ese gobierno, decía, no sólo apoya sino que promueve, con carácter inminente, la intervención otánica en Libia, ya diseñada en despachos y cuarteles, con fines humanitarios. ¡Como el cemento armado y el amianto cancerígeno!

Para cubrir su rostro con falsos ropajes, la ministra de Defensa-Guerra, la ministra delfín del, digamos, presidente Zapatero, señaló el pasado jueves en el Parlamento que la “operación” de la Alianza debería contar con el visto bueno del Consejo de “Seguridad” la ONU [1]. Los aliados, según parece, mantendrán una reunión la próxima semana. Punto básico de la orden del día: Libia. Ya no hay duda: los buques de guerra, los portaviones atómicos, están en estado de máxima alerta. Falta decidir el nombre de la “operación”. “Tempestades de acero” es candidata a la nominación.

Ni que decir tiene que la intervención otánica contaría con el apoyo del PP -Gustavo de Arístegui: “Por supuesto”- y el muy probable acuerdo de CiU y PNV. Gaspar Llamazares ha puesto un grado de cordura en este barrizal, en este plural coro de hipocresía y abyección: la voluntad expresada por el gobierno el pasado jueves, ha señalado el diputado de IU, es una locura casi mayor que el régimen de Gadafi. El “casi” es innecesario.

A la intervención la llaman ahora –la palabra “humanitaria” está algo desgastada- “imposición de la paz”. ¿De qué paz hablan? La paz de las petroleras. La ministra de la Guerra de gran proyección política ha comentado que no tiene constancia de que el diseño militar de USA para la intervención en Libia haya puesto en alerta las bases de uso conjunto de Rota y Morón. Entiéndalo al revés, así lo comprenderemos mejor. ¿Bases de uso conjunto? ¿Un gobierno que no tiene constancia de lo que ocurre en bases militares situadas en su propio territorio? Hasta aquí llega la alargada sombra de nuestro servilismo geopolítico.

Recordemos aquel sentido ruego ciudadano: ¡No nos falles!, gritaron miles y miles de jóvenes de izquierda tras el horror que para ellos, y para toda persona de bien, significó la intervención española en la ocupación y destrucción de Iraq. José Luis Rodríguez Zapatero sonreía: “No os fallaré”, dijo. Palabras y compromisos arrojados, una vez más, al cubo inconmensurable de una infamia insoportable que exige ya la movilización urgente de todos y todas.

Notas:

[1] Iñigo Aduriz, “España promueve una intervención de la OTAN en Libia”. Público, 4 de marzo de 2011, p. 9.

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