Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Donde pueden leerse textos del autor relacionados con la Revolución de Octubre (una de sus revoluciones) y con su desarrollo histórico

Manuel Sacristán Luzón

Edición de Salvador López Arnal y José Sarrión

Estimados lectores, queridos amigos y amigas:

Seguimos con la serie de textos de Manuel Sacristán Luzón (1925-1985) que estamos publicando en Espai Marx todos los viernes a lo largo de 2025 –y primeras semanas de 2026–, el año del primer centenario de su nacimiento (también de los 40 años de su prematuro fallecimiento). En esta ocasión, materiales del autor sobre la revolución de Octubre y su desarrollo histórico.

Los escritos ya publicados, los futuros y las cuatro entradas de presentación pueden encontrarse pulsando la etiqueta «Centenario Sacristán» –https://espai-marx.net/?tag=centenario-sacristan– que se encuentra además debajo de cada título de nuestras entradas.

Publicaciones recientes

Nuestra Bandera, n.º 268, 3er trimestre de 2025. Especial Sacristán en el centenario de su nacimiento (Presentación en la fiesta del PCE: 27 de septiembre, 12:30, espacio Patricia Laita: Marga Sanz, José Sarrión, Eddy Sánchez, Montserrat Galcerán y Francisco Sierra).

Manuel Sacristán Luzón, Seis conferencias, Barcelona: El Viejo Topo, 2025 (reimpresión; prólogo de Francisco Fernández Buey; epílogo de Manolo Monereo).

Manuel Sacristán Luzón, Socialismo y filosofía, Madrid: Los libros de la Catarata, 2025 (edición de Gonzalo Gallardo Blanco).

Manuel Sacristán Luzón, M.A.R.X. (Máximas, aforismos, reflexiones, con algunas variables libres), Barcelona: El Viejo Topo, 2025 (prólogo de Jorge Riechmann; epílogo de Enric Tello; edición y presentación de SLA).

Manuel Sacristán, Filosofía y Metodología de las ciencias sociales III, Montesinos: Barcelona, 2025 (edición de José Sarrión y SLA).

Manuel Sacristán Luzón, Pacifismo ecologismo y política alternativa, Barcelona: El Viejo Topo, 2025. Edición de Juan-Ramón Capella.

Manuel Sacristán Luzón, La filosofía de la práctica I. Textos marxistas seleccionados (Irrecuperable, 2025). Edición y prólogo de Miguel Manzanera Salavert, epílogo de Francisco Fernández Buey).

Manuel Sacristán Luzón, La filosofía de la práctica II. Los documentos del partido (Irrecuperable, 2025). Edición, notas y prólogo de Miguel Manzanera Salavert.

Ariel Petruccelli: Ecomunismo. Defender la vida: destruir el sistema, Buenos Aires: Ediciones IPS, 2025 (por ahora no se distribuye en España). «…Recogeré unas cuantas botellas lanzadas al mar por dos de los pensadores más formidables que yo haya podido leer, y que significativamente se cuentan entre los menos frecuentados: Manuel Sacristán y Bernard Charbonneau.»

INDICE

1. Prólogo a El comunismo de Bujárin
2. Conmemoración de la Revolución de Octubre
3. Sobre el estalinismo
4. Observaciones de lectura sobre Boffa, Giuseppe e Gilles Martinet Dialogo sullo stalinismo.

1. Prólogo a El comunismo de Bujárin

No hay ninguna duda del interés de Sacristán por la revolución de octubre y su desarrollo histórico. Damos algunos ejemplos de ello, a los que deberían sumarse, entre otros escritos, sus dos textos, ya editados en la entrega dedicada al revolucionario ruso, sobre el filosofar y la filosofía de Lenin.

El primero de los escritos seleccionados: fechado en Barcelona, octubre de 1972, el siguiente texto es la presentación de su traducción de A. G. Löwy, El comunismo de Bujarin, Barcelona-Mexico, Ediciones Grijalbo, 1973. Fue el número 4 de la colección «Teoría y realidad» dirigida por su amigo y compañero Jacobo Muñoz (1942-2018).

Tras la inclusión de varios textos de L. Trotski en su «Colección 70» y antes de publicar, en otra nueva serie, los últimos escritos teóricos de J. V. Stalin (Sobre el marxismo en lingüística, junio/julio de 1950; Problemas económicos del socialismo en la URSS, septiembre de 1952), la editorial Grijalbo presenta ahora la única investigación moderna existente sobre el otro miembro del trío bolchevique que ante la opinión pública mundial y en la previsión de los militantes de la III Internacional recibiría directamente el legado de Lenin: Nikolái lvánovich Bujarin.

Bujarin, que en vida de Lenin fue varias veces descrito por éste como el bolchevique más popular y más querido, es, en cambio, desde su asesinato de estado en 1938, el más desconocido de los tres. Stalin dispuso durante décadas del aparato de propaganda del estado soviético; Trotski pudo constituir en el exilio su propio dispositivo de propaganda, antes de ser asesinado a su vez en 1940 por el mismo poder al que sucumbiera su contrincante Bujarin. Sólo éste se tomó a la letra los principios de conducta estatutarios en el Partido Comunista (bolchevique) de la URSS –o sea, no organizó un aparato fraccional propio–, y por eso mismo su memoria ha estado a punto de quedar reducida a triste receptáculo de la masa de insultos y calumnias más imponente que jamás haya soportado ningún político, salvo Trotski, desde Catilina. El principal valor del estudio de Löwy que hoy se presenta en lengua castellana es abrir camino al conocimiento de la vida y 1a obra de un personaje casi de palimpsesto (tantas veces se ha recubierto su nombre en los registros historiográficos, como se borraba la imagen de Trotski de las fotografías tomadas en Petrogrado en octubre-noviembre de 1917).

En la corriente historia del movimiento comunista Bujárin es prototípicamente el Malo, la Tiniebla maniquea de la tradición dominante en la III Internacional, el tabú respetado por todas las tendencias y todos los partidos grandes y pequeños, por todos los grupos y grupúsculos, por todas las microsectas. Las mayores debilidades del libro de Löwy se pueden disculpar por esa circunstancia: ha tenido que ser no un historiador marxista, sino un economista y sociólogo no académico, sin más que su afición casi autobiográfica al desarrollo del marxismo en la URSS, el que ha empezado a sacar a la luz el enterrado recuerdo del Tenebroso.

Disculpar, por otra parte, no puede ser admitir sin más, precisamente si se quiere contribuir .a la empresa de esclarecimiento inaugurada por Löwy. Su libro abunda relativamente en errores históricos de poca importancia, del tipo de considerar «discípulo de Gramsci» al principal contrincante político de éste, Angelo Tasca (p. 31), o «semianarquista» al dirigente del extremismo de izquierda de los años veinte Amadeo Bordiga (pp. 159, 189, 266), cuando Bordiga representó la punta más antiespontaneísta y más antianarquista que ha existido en la III Internacional. También hay errores más importantes en algunas estimaciones históricas de Löwy: el más craso es probablemente su intento de comprender la revolución cultural china según el modelo de las oleadas represivas a la rusa de los años 30 y 40 (con lo que el mismo Löwy se contradice, pues otras veces habla de la revolución cultural china como de la mayor novedad y heterodoxia «bujariniana» del comunismo mundial desde 1917. El lector hallará probablemente –como la ha hallado el traductor– ocasión de reflexión en ese autocontradecirse de Löwy).

Pero mucho más que los errores abundan en este libro inaugural sobre el «bujarinismo» –si es que ha existido una cosa así– las tesis audaces, muy discutibles, acaso parcialmente cerradas, pero de estudio estimulador y útil para la ruptura de prejuicios poco conscientes y de tabúes por completo implícitos que dominan la comprensión histórica de la III Internacional.

La más interesante y quizás la más fundada de esas tesis probablemente necesitadas de revisión histórica es la interpretación por Löwy de la actitud de Bujarin respecto de la NEP, respecto de la Nueva Política Económica con la que Lenin, por un acto de autoridad bastante personal, intentó en 1921 sacar al país del hambre mediante la restauración de un mercado capitalista parcial controlado por el estado soviético. Löwy interpreta la frase de Bujarin (en el discurso necrológico de éste sobre Lenin, 1924), según la cual a la muerte del maestro «la tarea básica está realizada en nuestro país [la URSS: todas las inserciones entre corchetes son del presentador, M.S.] en sus nueve décimas partes», en el sentido de que Bujárin pensara que el simple desarrollo de la NEP daría de sí relaciones de producción socialistas (supuesto el dominio soviético del estado). Escribe Löwy en su comentario: «Estaban ya realizadas nueve décimas partes de la tarea básica: ya era sólo cuestión de tiempo, de restablecer plenamente la economía, para que se tuviera realizada en la Unión Soviética la edificación del socialismo. El fundamento sólido estaba puesto: ese fundamento es la NEP, la colaboración de formas estatales, cooperativas y privadas. Con eso Bujarin se oponía a la mayoría de sus camaradas, que veían en la NEP una retirada impuesta por la desgraciada circunstancia de que no se había producido la revolución mundial» (p. 248; interpretación prácticamente idéntica en la p. 302).

Löwy plantea la cuestión con una sencillez que, por encima de su elementalidad acaso excesiva, tiene el doble mérito de ampliar la formulación de lo que se suele entender por «controversia sobre la industrialización» y de destacar uno de los aspectos esenciales del asunto, generalmente puesto en segundo término: «Las diferencias se centraban en torno a la cuestión: ¿era la NEP un “accidente de trabajo”, causado por el fallo de la revolución mundial, o bien ocurre que toda edificación socialista, incluso en un país industrial y en condiciones mucho más favorables, ha de proceder a través de un largo período de economía de mercado, un largo período de socialismo más capitalismo [la expresión en cursiva no es de Bujarin, sino de Lenin]? Del primer planteamiento se infería la siguiente conclusión: si la NEP no era más que retirada impuesta externamente, entonces un día habría que anularla retrospectivamente. En cambio –se infería del segundo–, si era el camino adecuado al socialismo, había que continuarla hasta que el objetivo histórico marxista, la sociedad sin clases, se desarrollara paulatinamente partiendo de esa forma mixta» (p. 178).

La interpretación de Löwy dice que «el principal descubrimiento de Bujarin –y el más discutido– se expresa en la expectativa de que el socialismo pleno se desarrolle a partir de la NEP, de sus propias leyes económicas» (p. 179). El autor documenta esa interpretación no sólo con frases sueltas de Bujarin en realidad ambiguas (por ejemplo: «Nuestro “capitalismo de estado” agonizará con toda paz»), sino también con desarrollos de su biografiado que resultan mucho más fundamentadores, porque parecen insertar la tendencia a ver la construcción del socialismo en continuidad con la NEP dentro de una concepción general de la preservación y el desarrollo del elemento socialista durante el período de transición. Así, por ejemplo, Löwy aduce textos de Bujarin en los que la destrucción sólo paulatina de la NEP se entiende como defensa imprescindible contra la burocratización de la vida soviética. Tal este párrafo de Bujarin de 1922, dado por el autor en la p. 182: «Si el proletariado se empeña en tomar en sus manos demasiadas cosas [o sea, si suprime de golpe los mecanismos mercantiles de distribución propios de la NEP], necesita un aparato administrativo gigantesco. El intento de sustituir a todos los pequeños productores por funcionarios estatales crea un aparato burocrático tan gigantesco que sus costes sociales son más graves que los provocados por la situación anárquica propia de los estamentos de pequeños productores. Toda la forma administrativa, todo el aparato económico del estado proletario se convertirán entonces en cadenas de las fuerzas productivas y obstaculizarán su desarrollo. Por eso es absolutamente necesario romper ese aparato burocrático. Otras fuerzas lo harán, si no lo hace el proletariado mismo.»

No hay duda de que Löwy está en lo cierto por lo que hace a la oposición de otros bolcheviques a Bujarin en cuanto a la interpretación del desarrollo económico del socialismo en la URSS: Preobrazhenski, el antiguo colaborador y luego principal ejemplo de camarada «adversario» (como él mismo se autodefine en La nueva economía) de Bujarin en el campo de la economía política, pensaba que el comunismo de guerra se habría podido convertir en una política económica no impuesta (como lo fue) coactivamente por las fuerzas armadas, sino aceptada voluntariamente por los trabajadores de la ciudad y el campo, si hubiera triunfado la revolución socialista, al menos, en los principales países industrializados de la Europa occidental. Y cuando ya el comunismo de guerra era sólo agua pasada, su discrepancia con Bujarin discurrió en lo esencial por el mismo camino. (La nueva economía de Preobrazhenski está editada en castellano: La Habana, 1968, y Barcelona Ariel, 1970; con un prólogo en cuyo final se alude a la

«ejecución» de Preobrazhenski en 1937. Si el prologuista de esa edición distingue –acaso porque tenga una comprensión tradicional del estado– entre ejecución y asesinato, entonces su modo de aludir al asesinato de Preobrazhenski y los demás «derechistas y trotskistas» condenados aquel año es un eufemismo recusable).

Pero, en cambio, es menos seguro que la interpretación de Bujarin por Löwy en este punto sea exacta. Pues en la pieza clave de la argumentación de Löwy –el discurso necrológico de Bujarin sobre Lenin en 1924– Bujarin había llamado «fundamento firme» del desarrollo socialista soviético no a la NEP, como entiende Löwy, sino al poder estatal y económico obrero. El texto dice, en efecto, así, tal como lo transcribe Löwy de la edición alemana que dio en 1924 mismo la editorial de la Comintern en Viena, Verlag für Literatur und Politik (Löwy, pp. 247/8): «hemos alcanzado ahora en nuestro país una situación de paz social en la cual no es la clase obrera, a diferencia de lo que suele ocurrir en esos períodos de paz social, la que se somete a la voluntad de la burguesía dominante, sino que todas las clases de la población, todos los grupos intermedios y todos los representantes de tendencias radicales aplican la voluntad de la clase obrera rusa, convertida en ley. Esto significa que hemos conseguido ya poner un fundamento firme, que hemos rebasado la época más difícil, que el maestro de la táctica revolucionaria, Vladimir Ilich [Lenin], ha dirigido la nave de nuestro estado por entre todos los peligrosos escollos y bancos de arena. Esto significa que la tarea básica está realizada en nuestro país en sus nueve décimas partes».

Ese texto clave hace evidente que el fundamento firme y las nueve décimas partes de la construcción del socialismo eran para Bujárin el poder estatal obrero: exactamente igual que para el Lenin aún inexperto de 1917/1919 –el que igualaba el comunismo con «soviets + electrificación»– y que para los socialdemócratas (los de verdad, no los que hoy se llaman así), los estalinistas y los trotskistas, en suma, para todas las tradiciones marxistas anteriores a la crisis de 1956-1968, con las únicas excepciones del mismo Karl Marx (de modo particularmente explícito en los Manuscritos de 1844 y en los Grundrisse, no en el vol. I del Capital) y del comunismo chino (éste en cuanto productor del principio de la revolución cultural en su versión más histórico-social, menos oportunista).

Así, pues, la más interesante tesis interpretativa de Löwy sobre el bujarinismo no se puede considerar inmune a toda duda. No por eso deja de ser sugestiva y fecunda para pensar.

***

Cosa parecida ocurre con otra serie de interpretaciones de Löwy que sitúan el pensamiento de Bujarin –y algunas veces su derrotada práctica– en el centro de problemas hoy [años setenta] en discusión. Entre ellas hay que recordar la interpretación de las palabras de Bujarin en 1928 sobre la función de la ciencia en la producción moderna –«Estamos atravesando una fase […] peculiar, en la cual la ciencia se enlaza de modo más íntimo que antes con la técnica […]» (Löwy, p. 405)– y la interpretación de ciertas consideraciones tácticas de Bujarin en 1922 cómo anticipación de desarrollos muy posteriores. Löwy cita, por ejemplo, la siguiente reflexión táctica de Bujarin: «Es teóricamente admisible que nosotros, la Rusia revolucionaria, entremos en alianza con un determinado estado burgués en guerra con otro determinado estado burgués». «Luego», dice Löwy, Bujarin «desarrollaba la fórmula del comportamiento comunista en una situación semejante: “Hacerse técnicamente con las armas y ocupar en el curso de la guerra misma las posiciones decisivas”. Esa fue exactamente» –comenta Löwy con audacia que en este caso llega tal vez a temeridad– «la fórmula aplicada por los comunistas en España primero (1936-1939) y luego en la revolución china y en la resistencia y la revolución yugoslavas» (p. 197).

Una de estas interpretaciones de Löwy tiene casi tanto interés como la relativa a la NEP: es su interpretación de las tesis de Bujarin sobre la revolución china. Hoy parece poco dudoso que la concepción de Trotski, substancialmente compartida por Stalin y estrictamente ejecutada bajo la dirección de Heinz Neumann (según propio reconocimiento de este otro asesinado de los años treinta) en los centros fabriles de la franja costera china, fue una de las causas de las sangrientas catástrofes del minoritario proletariado chino concentrado en Cantón y Shángai, así como la raíz última de la concepción política de uno de los principales dirigentes comunistas del proletariado chino de la costa, Liu Chao-chi, el cual, de haber triunfado, sí que habría podido cubrir China de retratos de Stalin, con mucha más razón que los maoístas. Todo eso da interés a la tesis de Löwy según la cual la concepción de Bujarin es el punto de arranque de la visión de la revolución china por Mao Tse-tung. La solidez de esta interpretación de Löwy es discutible, porque acumula argumentos de valor muy desigual. Unas veces aduce simples paralelismos de efecto poco más que sugestivo. Ejemplo: «Bujarin subraya [en 1927] que China está mucho más amenazada de restauración que Rusia: “Para China [texto de Bujarin en Problemas de la Revolución China] sería incluso imaginable una constelación en la cual la revolución burguesa se realizara hasta el final, existiera ya una dictadura revolucionaria radical de las capas bajas, la hegemonía se encontrara en manos del proletariado y, sin embargo, faltaran fuerzas para un desarrollo socialista independiente“». «Mao Tse-tung» –comenta Löwy– «recogió aquellas tesis e hizo probablemente de ellas el punto de apoyo de toda su conducta política: si no existen los presupuestos para el control económico mediante una economía planificada socialista, entonces el socialismo tiene que triunfar por otros medios, por medios extraeconómicos, por medios morales: “Aunque la burguesía ha sido derrocada, sigue intentando utilizar las viejas ideas, la vieja cultura, las viejas costumbres y los viejos usos de las clases explotadoras […] para volver al poder. El proletariado tiene que hacer exactamente lo contrario, tiene que […] aplicar nuevas ideas, una nueva cultura, nuevas costumbres y nuevos usos proletarios, para cambiar el rostro espiritual de toda la sociedad”; así decía el primer párrafo de la Resolución del CC del Partido Comunista de China sobre la gran revolución. cultural proletaria del 8 de agosto de 1966» (pp. 357/358).

Löwy insiste en ese mismo punto –esencialmente, en la tesis bujariniana de que la revolución, contra lo que afirman Trotski y Stalin, no puede ser fruto económico-político-militar de la fuerza de clase del proletariado industrial chino– a propósito de lo que el maoísmo ha llamado la «línea de masas». Así escribe el autor en la p. 359 de su libro: «Bujarin se equivocó respecto del Kuomintang [la organización interclasista de Sun Yat-sen de la que al final, tras la absorción del ala izquierda, se hizo dueño Chiang Kai-shek]. Éste no se convirtió nunca en una organización de masas democrática. Pero esta idea [de Bujarin] de una amplia organización democrática de masas que reuniera todas las capas pobres de la población aparece también en la concepción de Mao Tse-tung. La idea básica se encuentra reflejada en la resolución [citada] del comité central del partido comunista chino de agosto de 1966. El párrafo 9 de esa resolución describe los “comités de la revolución cultural” como “destacadas formas nuevas de organización con las que las masas se educan a sí mismas bajo la dirección del Partido Comunista”. Esos comités han de ser “organizaciones de masas permanentes” para “fábricas, minas, distritos urbanos y aldeas”. Han de ser elegidos por “un sistema de sufragio universal”, parecido “al de la Comuna de París […], por las masas revolucionarias”. La diferencia respecto al modelo bolchevique [ruso] salta a la vista inmediatamente: éstos no son consejos (soviets) en los cuales los obreros tengan prioridad respecto de los campesinos; los portadores del poder han de ser las masas revolucionarias, entre las cuales, como es sabido, los proletarios no son en China sino una minúscula minoría» (p. 359).

Si la interpretación por Löwy de las relaciones entre el pensamiento de Bujarin y la revolución china no tuviera más apoyo que paralelismos como los recordados por esos dos ejemplos, resultaría, como queda dicho, sólo sugestiva, incluso plausible, pero no muy convincente: si se trata sólo de poner de manifiesto la importancia del factor subjetivo o cultural, la importancia del principio de hegemonía en la guerra revolucionaria primero y en la revolución cultural después, el paralelismo se puede establecer perfectamente con el Lenin de 1922-1924 y aun más intensamente –pero ya en pleno absurdo histórico– con el principal clásico del factor hegemónico-cultural en la revolución socialista, Antonio Gramsci. Pero Löwy cuenta con una argumentación de más peso para afirmar su visión de la afinidad del bujarinismo con la revolución china: es la concepción bujariniana de la función revolucionaria del campesinado oriental, radicalización sistemática de temas de Lenin que ningún otro dirigente marxista –salvo, sin duda, Mao Tse-tung– ha compartido con Bujárin en lo que fue la III Internacional (ni en el rudimento que es la IV). En 1927, tras el aplastamiento de los obreros de Cantón, Changai y Nankin por Chiang Kai-schek, «Bujarin», escribe Löwy, «ve la única esperanza [de la revolución china] en el movimiento campesino: “Hoy día tiene una importancia enorme el trabajo en la provincia. Hay que animar a cualquier precio la retaguardia campesina del movimiento, pues en última instancia será la fuerza externa e interna de las masas campesinas la que decida el desenlace de la gran lucha”.» Tras dar esa cita de Bujarin de 1927, Löwy prepara el patético redondeo de su interpretación recordando un artículo aparecido el 12 de marzo de aquel mismo año en un órgano central del Partido Comunista de China: «El artículo no estaba firmado, y ofrecía una penetrante descripción de las ligas campesinas, compuestas por dos millones de hogares rurales, que habían barrido todas las resistencias en una provincia del centro de China: los campesinos habían paseado en irrisión a funcionarios [estatales] y terratenientes por las calles, tocados con caperuzas puntiagudas [como cuarenta años más tarde, durante la revolución cultural proletaria]. Habían asaltado los templos, habían quemado publicaciones pornográficas, habían instituido tribunales populares para juzgar a los funcionarios corrompidos y habían asaltado masivamente las casas de los funcionarios ricos y de los terratenientes. Las últimas palabras del artículo anónimo eran: “Dentro de muy poco tiempo se pondrán en pie cientos de millones de campesinos en todas las provincias del centro, el sur y el norte de China; serán tempestuosos como un huracán, y ninguna fuerza podrá detenerlos.” El artículo que tanta esperanza dio a Bujarin al confirmarle su concepción de la revolución agraria en China se debía a un miembro del comité central chino llamado Mao Tse-tung. Pero esa concepción de Bujarin chocó con la categórica condena no sólo de la oposición [trotskista], sino también de Stalin» (p. 361).

La misma célebre Resolución sobre algunos puntos de la historia de nuestro partido (redactada o inspirada por o bajo la dirección de Mao Tse-tung en 1945 y, en todo caso, incluida en sus Obras), robustece considerablemente la interpretación de Löwy: éste tiene fundamento cuando recuerda que en la Resolución de 1945 Mao Tse-tung elogia las conclusiones del VI Congreso del PC chino, orientado por Bujarin en 1928, y que, al mismo tiempo, tiene el valor de condenar en 1945 la línea de Stalin (aunque sin nombrar a éste), impuesta de nuevo en China tras la derrota de Bujarin en la URSS. Mao, en efecto, escribió o subscribió lo siguiente: «Pero en el período que cubre la segunda mitad del año 1929 y la primera mitad del año 1930, volvieron a desarrollarse […] actitudes políticas de desviación “izquierdista” […]. Las ideas del camarada Mao Tse-tung, que afirmaban la necesidad de dedicar durante mucho tiempo los esfuerzos principales a la creación de bases en la aldea, al cerco de la ciudad por la aldea […], fueron condenadas por esos izquierdistas, que se burlaron de ellas llamándolas […] “limitación y conservadurismo campesinos”; los desviacionistas de izquierda no se daban cuenta del carácter desigual del desarrollo de la revolución mundial [otra tesis bujariniana de origen leninista, rechazada por las líneas estalinista y trotskista de la época]. Bajo la consigna de “lucha contra los desviacionistas de derecha” [la consigna del grupo trotskista que, recogida por el aparato de Stalin tras la derrota de Trotski, culminó su eficacia en el asesinato de Bujarin], empezó […] una política de destrucción de los cuadros del partido […]» (Löwy, p. 365).

Las frases de Mao Tse-tung –sobre todo la de la «destrucción de los cuadros del partido»– son tales que se pueden aplicar sin ningún retoque a la URSS de 1936-1939. (Dicho sea de paso, esas inequívocas palabras de Mao Tse-tung confirman la conocida afirmación de Togliatti de 1956, cuando dijo que lo que había ocurrido en la URSS era una degeneración social, no una serie de estrambóticas violencias de un tirano enloquecido, pues él, Togliatti, había comprobado por propia experiencia la posibilidad de discutir objetiva y críticamente con Stalin cualquier cosa: no se conoce dato alguno indiciario de que Stalin haya intentado «vengarse» de la rotunda crítica de que le hace objeto Mao Tse-tung en esa Resolución histórica de 1945). La argumentación de Löwy, por último, se redondea con su descubrimiento, en un texto de Bujarin de 1928, de la afirmación de que el problema capital del futuro es la contradicción entre «la ciudad mundial» y la «aldea mundial» (Löwy, pp. 404/405).

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¿Hasta qué punto es convincente la reconstrucción del «bujarinismo» por A. G. Löwy? Es difícil contestar a esa pregunta. Más fácil resulta arriesgar alguna apreciación de su valor histórico-científico: este valor no puede ser metodológicamente muy alto, porque quedan muchas lagunas en el conocimiento del tema. Por ejemplo: ¿qué ha dicho y hecho Bujarin en los casi diez años que van desde su derrota definitiva hasta su asesinato? Aunque todas las interpretaciones de Löwy fueran acertadas –cosa que parece improbable–, esa pregunta bastaría para mostrar que se trataría de meros aciertos, de verdades por azar, no aseguradas metodológicamente.

La valía del libro de Löwy sobre Bujarin no se encuentra por ahí, en el terreno de la obtención de conocimiento histórico metodológicamente asegurado. Se encuentra más bien en el hecho de que abre camino a una investigación, por provisional que sea en sus resultados, y, sobre todo, en su posible efecto de revulsión de tópicos, tabúes y prejuicios sin suficiente juicio previo en el ánimo y el pensamiento socialistas. El propio autor percibe en una ocasión, con ingenuidad, esa eficacia de su investigación, y escribe: «Por paradójico que pueda parecer, no puede haber duda de que la dirección comunista china guiada por Mao Tse-tung, que en general se considera como extrema izquierda del comunismo mundial, ha sido profundamente formada e influida por Bujarin, del mismo modo que también se encuentra mucho pensamiento bujariniano en los comunistas europeos a menudo criticados por “derechistas”, “revisionistas” y “reformistas”, como Togliatti y Longo en Italia, Tito en Yugoslavia y Dubček y Sik en Checoslovaquia» (p. 365). En estos años de crisis civilizatoria y cultural del imperialismo, que mueve por todas partes a las oligarquías dominantes a resucitar o reinventar formas fascistas de poder, serán muchos los socialistas que, por prisa de eficacia o por salvar lo antes posible su alma, reaccionen a la ruptura de tabúes con la “viril” pobreza con que Lukács edificó a Löwy en 1965, declarándole que «en realidad Bujarin no tuvo nunca una línea propia en el terreno político-teórico: oscilaba sin freno entre la extrema izquierda y la extrema derecha […] Bujárin […] era el típico intelectual sin columna vertebral, arrastrado por las corrientes que pasan.» (p. 121).

El libro de Löwy puede, y éste es su valor principal, contribuir a que no todo el pensamiento socialista se enquiste en la teológica certeza de las «líneas» arquitecturadas en iglesias, sino que al menos parte de él –sabiendo perfectamente que el intelectual burgués llamado de izquierda pierde la columna vertebral cada vez que el movimiento obrero atraviesa una crisis, y que hasta se venga entonces de su enconado sentimiento de culpa magnificando teóricamente su interesada obediencia a las brisas (o modas) que él mismo sopla con narcisismo– no ignore, sin embargo, que hay que dejarse arrastrar por las corrientes históricas que desencadenan las masas. Lukács mismo habría reconocido esta utilidad del libro de Löwy, él que, cumplidos los 80 años, supo registrar finalmente la corriente que salió a la superficie entre 1966 y 1968.

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El traductor escribió también la solapa (en la que recoge materiales de su presentación) del libro de Löwy:

Tras la inclusión de varios textos de L. Trotski en su «Colección 70» y antes de publicar los últimos escritos teóricos de J. V. Stalin (Sobre el marxismo en lingüística y Problemas económicos del socialismo en la URSS), las Ediciones Grijalbo presentan ahora la única investigación moderna existente [1972] sobre el otro miembro del trío bolchevique que ante la opinión pública mundial y en la previsión de los militantes de la III Internacional recibiría directamente el legado de Lenin: Nikolai lvanóvich Bujarin.

Bujarin, que en vida de Lenin fue varias veces descrito por éste como el bolchevique más popular y más querido, es, en cambio, desde su asesinato de estado en 1938, el más desconocido de los tres. El presente libro de A.G. Löwy, al reunir información antes dispersa y, sobre todo, al añadirle la que el autor mismo ha obtenido en su valiosa búsqueda de testimonios supervivientes, aumenta de modo apreciable el conocimiento de la vida y la obra de Bujarin, personaje casi de palimpsesto, por la de veces que se ha recubierto su nombre en los resgistros historiográficos.

Pero este libro ilumina también el tema más conocido de la vida de Bujarin, su paso del izquierdismo que profesó inicialmente a la concepción de la construcción paulatina del socialismo. Löwy plantea la cuestión con una sencillez que tiene el doble mérito de ampliar la formulación de lo que se suele entender por «controversia sobre la industrialización» y de destacar uno de los aspectos esenciales del asunto: Las diferencias se centraban en torno a la cuestión: ¿era la NEP un ‘accidente de trabajo’ causado por el fallo de la revolución mundial, o bien ocurre que toda edificación socialista, incluso en su país industrial y en condiciones mucho más favorables, ha de proceder a través de un largo período de socialismo más capitalismo? Del primer planteamiento se infería la siguiente conclusión: si la NEP no era más que retirada impuesta enteramente, entonces un día habría que anularla retrospectivamente. En cambio –se infería del segundo–, si era el camino adecuado al socialismo, había que continuarla hasta que el objetivo histórico marxista, la sociedad sin clases, se desarrollara paulatinamente partiendo de esa forma mixta». La interpretación de Löwy dice que «el principal descubrimiento de Bujarin –y el más discutido– se expresa en la expectativa de que el socialismo pleno se desarrolla a partir de la NEP, de sus propias leyes económicas.»

Esa interpretación del bujarinismo no es, probablemente, susceptible de prueba definitiva, a causa de las lagunas del material pertinente, pero su interés es indudable.

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Cosa parecida ocurre con otra serie de interpretaciones de Löwy que sitúan el pensamiento de Bujarin en el centro del problema hoy en discusión. Entre ellas hay que citar la interpretación de las palabras de Bujarin de 1928 sobre la función de la ciencia en la producción moderna –«Estamos atravesando una fase peculiar, en la cual la ciencia se enlaza de modo más íntimo con las técnicas»– y la interpretación de ciertas consideraciones tácticas de Bujarin en 1922 como anticipación de desarrollos muy posteriores.

Por último, difícilmente habrá un estudioso de la historia del socialismo que pueda substraerse al absorbente interés de la discusión con la que Löwy argumenta su tesis de que la concepción bujarinista de la función revolucionaria del campesinado oriental es el punto de arranque de la visión de la revolución china por Mao Tse-tung.

«La valía del libro de Löwy sobre Bujarin», escribe el traductor de esta obra «se encuentra en el hecho de que abre camino a una investigación y, sobre todo, en su posible efecto de revulsión de tópicos, tabúes y prejuicios sin suficiente juicio previo en el ánimo y el pensamiento socialistas. El propio autor percibe en una ocasión, con ingenuidad, esa eficacia de su investigación, y escribe: «Por paradójico que pueda parecer, no puede haber duda de que la dirección comunista china guiada por Mao Tse-tung, que en general se considera como extrema izquierda del comunismo mundial, ha sido profundamente formada e influida por Bujarin, del mismo modo que también se encuentra mucho pensamiento bujariniano en los comunistas europeos a menudo criticados por “derechistas”, “revisionistas” y “reformistas”, como Togliatti y Longo en Italia, Tito en Yugoslavia y Dubcek y Sik en Checoslovaquia».»

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2. Conmemoración de la Revolución de Octubre

Guion con fichas incorporadas del seminario, de las tres conferencias (clandestinas) que Sacristán impartió en Barcelona durante los días 8, 12 y 15 de noviembre de 1974 con el título «Conmemoración de la revolución de octubre», dirigidas, probablemente, a militantes jóvenes del PSUC y a simpatizantes del Partido.

Las dos sesiones últimas fueron pensadas por el conferenciante como respuesta a las inquietudes manifestadas por los asistentes en el primer encuentro.

Nos ha llegado el esquema desarrollado. Puede consultarse en BFEEUB

Primera sesión.

0. El punto de vista no puede ser de historiador –que no soy– sino práctico, de reflexión hecha hoy para hoy.

1. Algunos datos sociológicos de Rusia 1890-1914.

2. Cronología e historia externa. Fichas 1 y 2:

Cronología e historia externa (I)

1891: muerte por atentado de Alejandro II. Subida de Alejandro III. El ministro Pobedonóstsev reprime, con éxito externo. Jornada de más de 12 horas. Los campesinos, «liberados» en 1861, en creciente endeudamiento.

1894: subida de Nicolás II al trono. No se cumplen las esperanzas liberales.

1897: El ministro Witte introduce el patrón oro y el capital extranjero acude más. Se acelera la industrialización. Witte promueve la destrucción del mir.

10.6.1903: ley sobre elección de delegados de fábrica (promoverá consejos). El primer soviet nació en el centro textil de Ivanovo Voznesensk a raíz del domingo sangriento de San Petersburgo, 22/1/1905.

19.8.1905: convocatoria de la I Duma.

19.12.1905: detención del soviet de San Petersburgo e insurrección de Moscú.

Era del pseudoconstitucionalismo:

Disolución de la I Duma.

II Duma: 3-6/1907. Disolución.

III Duma (1907-1912). («Duma de los señores o popes»).

IV Duma (1912-1917).

22/11/1906, antes de la II Duma: reforma de Stolypin: disolver el mir, llevar a los campesinos a la economía privada y, mediante una nueva clase de campesinos acomodados naturalmente aliados a los industriales, constitución de una burguesía robusta.

Cronología «externa» (II).

La «Revolución de febrero» abarca 8-15 de marzo de 1917.

Huelgas con consignas económicas desde el principio de la guerra.

Desde 1915, cada vez carácter más político. Asesinato de Rasputín: 29/12/1916.

8/3/1917: comienzo de la huelga de Petrogrado que lleva a la insurrección de la guarnición de la ciudad.

14/3/1917: formación del gobierno del príncipe L’vov, tras la negociación entre la delegación de la Duma (Rodsenko, Milynkov, Kerenski) y el CE de los soviets de Petrogrado.

15/3/1917: Abdicación de Nicolas II en favor de su hermano Miguel.

El gobierno provisional: 15/3-6/11/1917.

13/3 -20/6 1917: gobierno de la gran burguesía (L´vov).

17/4/1917: llegada de Lenin, Zinoviev, Kamenev, Radek, Lunacharski,… Trotski luego. PCR. Programa inmediato: paz, tierra, control obrero de la industria y todo el poder a los soviets.

1-15/7/1917: ofensiva de Brusilov que fracasa. La había aceptado el I Congreso Pan Ruso de los soviets: 285 SR, 248 mencheviques, 105 bolcheviques.

16-18/7/1917: intento bolchevique de insurrección sin acuerdo del CC. Huida de Lenin a Finlandia.

20/7/1917: Dimisión de L’vov.

21/7-6/11: gobierno Kerenski. Korniloviada. Reacción a ella. Ascenso bolchevique.

13/9/1917: Trotski presidente del Soviet de Petrogrado.

7/11 (25/10)/1917: Caída del gobierno provisional.

Der leninismus: 7/11/917- 21/I/1924.

7/11/9171 -17/3/1921: comunismo de guerra y guerra civil.

27/2 -17/3/1921:sublevación de Kronstadt. El mismo año de su aplastamiento, proclamación NEP.

16/4/1922. Rapallo.

21/1/1924: muerte de Lenin.

Der stalinismus.

1928: Primer plan quinquenal.

1933: Conclusión de la colectivización del campo. [Recoger más para texto].

3. Fijación de problemas para las dos sesiones siguientes.

3.1. Problemas sugeridos por los asistentes.

3.1.1. Por qué la revolución ocurrió en Rusia.

3.1.2. Hasta qué punto en la misma revolución de 1917 había ya gérmenes de degradación.

3.2. Temas más particulares o parciales que se convino en intentar comentar incidentalmente.

3.2.1. Relación Trotski-Bujarin-Lenin.

3.2.2. Relación URSS-China

3.2.3. Rosa Luxemburg.

3.2.4. IIª y IIIª Internacionales.

3.2.5. Los problemas de las revoluciones victoriosas con sus izquierdismos.

***

Segunda sesión

0. El examen de los “dos” temas muestra su inseparabilidad. No ya porque “todo está en todo” en sentido corriente, sino porque son el mismo. Con esta salvedad, repartiré acentos, más bien. Hacia el principio la formulación del por qué luego la mediación –que es lo más importante–, y hacia el final la respuesta a la segunda pregunta.

Por qué la revolución se produjo en Rusia.

1. Explicación inmediata poco discutida:

1.1. Posibilitación: La situación social y política de Rusia, estudiada en primera sesión: final de una era histórica y comienzo de otra. Dicho sea de paso: también en Inglaterra, Francia, etc., los primeros obreros revolucionarios fueron proletarios a medias, gente del campo en proletarización.

1.1.1. Tesis leniniana del eslabón más débil: esa debilidad lo es en un sistema mundial.

1.1.1.1. La posición de la sociedad rusa en él en 1914 saltaba a la vista por los capitales extranjeros.

1.2. Desencadenamiento: La guerra. Cómo describe Lenin una situación revolucionaria.

1.2.1. Apuntar ya el elemento subjetivo en esa descripción.

1.2.2. El leninismo: importancia del factor subjetivo.

1.2.2.3. «Si Lenin no hubiera llegado…» (Trotski)

1.2.2.4. El leninismo ha sido en octubre de 1917 una concepción que ha permitido lanzarse a una acción no prevista por las demás concepciones socialistas, ni por las marxistas.

1.2.2.5. Aquí hay implicado un gran problema (que es la mediación también hacia la segunda pregunta).

2. El problema implicado: naturaleza o contenido de la revolución de octubre

2.0. Doble planteamiento:

2.0.1. Entonces: escasez de clase obrera, capitalismo.

2.0.2. Luego: vicisitudes, estalinismo.

2.0.3. El leninismo tiene que ver con ambas cosas.

2.1. La tradición doctrinal marxista en 1917.

2.1.1. Dominante u oficial: la línea IIª Internacional.

2.1.1.1. Episodio: Marx y el mir.

2.1.1.2. Pero en todo caso «revolución contra El Capital» (Gramsci).

2.2. Desarrollos y aportaciones doctrinales de Lenin (continuidad y vacilaciones)

2.2.1. Novedad politicista de ¿Qué hacer? (1902).

Ficha 3: «La historia plantea ante nosotros una tarea inmediata que es la más revolucionaria de todas las tareas inmediatas del proletariado de cualquier otro país. La realización de esta tarea, la demolición del más poderoso baluarte no ya de la reacción europea sino también (podemos decirlo hoy) de la reacción asiática, convertiría al proletariado ruso en la vanguardia del proletariado revolucionario internacional» Lenin, ¿Qué hacer?, I, 140.

1. Presencia de la preocupación internacional desde el primer momento

2. El «eslabón más débil» era el «más poderoso baluarte»…

Ficha 4: «¡Hay qué soñar!» (¿Qué hacer? I 261).

Ficha 41: «La teoría leninista de la organización señala, la profundización del marxismo en aplicación a los problemas básicos de la sobrestructura social (estado, consciencia de clase, ideología, partido); junto con los trabajos de Rosa Luxemburg y de Trotski (y, en un sentido más estrecho, de Lukács y de Gramsci), esa teoría constituye el marxismo del factor subjetivo» (Mandel (1970), «Lenin und das Problem des proletarischen Klassenbewusstsein», in Lenin. Revolution und Politik, p. 154).

2.2.2.En la época de Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática (1905)

2.2.2.1. Está aún convencido de que la revolución pendiente en Rusia es burguesa, y lo dice.

2.2.2.1.1. Formulación general:

[Ficha 5] «Los neoiskrisistas interpretan de un modo radicalmente erróneo el sentido y la significación de la categoría ‘revolución burguesa’. En sus razonamientos se desliza constantemente la idea de que la revolución burguesa es una revolución que puede dar únicamente lo que beneficia a la burguesía. Y, sin embargo, no hay nada más erróneo que sea idea. La revolución burguesa es una revolución que no va más allá del marco del régimen económico-social burgués, esto es, capitalista […] Por cuanto la dominación de la burguesía sobre la clase obrera es inevitable bajo el capitalismo, se puede decir con pleno derecho que la revolución burguesa expresa los intereses no tanto del proletariado como de la burguesía. Pero es completamente absurda la idea de que la revolución burguesa no expresa en lo más mínimo los intereses del proletariado. Esta idea absurda se reduce bien a la ancestral teoría populista de que la revolución burguesa se halla en pugna con los intereses del proletariado, de que no tenemos necesidad, por ese motivo, de libertad política burguesa, o bien esta idea se reduce al anarquismo, el cual niega toda participación del proletariado en la política, burguesa, en la revolución burguesa, en el parlamentarismo burgués. Teóricamente, esta idea representa en sí un olvido de las tesis elementales del marxismo, relativas a la inevitabilidad del desarrollo del capitalismo sobre el terreno de la producción mercantil. El marxismo enseña que una sociedad fundada en la producción mercantil y que tiene establecido el cambio con las naciones capitalistas civilizadas, al llegar a un cierto grado de desarrollo, se coloca inevitablemente ella misma en la senda del capitalismo. El marxismo ha roto irremisiblemente con las elucubraciones de los populistas y anarquistas, según las cuales Rusia, por ejemplo, podría evitar el desarrollo capitalista, saltar del capitalismo o por encima de él por algún medio que no fuese el de la lucha de clases sobre el terreno y en los límites de ese mismo capitalismo [1]» (Dos tácticas de la SD en la RD, vol I, pp. 504-505.

(1) Y el marxismo ha roto, por lo tanto, con Marx, salvo por los cambios que hayan ocurrido en la aldea entre los años 880 y 1905.

Sigue convencido, por lo tanto, como dice explícitamente, del carácter burgués de la revolución inminente, y de que desarrollará el capitalismo.

[Ficha 6] «[…] al fijar como tarea del gobierno provisional revolucionario la aplicación del programa mínimo, la resolución elimina con ello las absurdas ideas semianárquicas sobre la realización inmediata del programa máximo, sobre la conquista del poder para llevar a cabo la revolución socialista. El grado de desarrollo económico de Rusia (condición objetiva) y el grado de consciencia y de organización de las grandes masas del proletariado (condición subjetiva, indisolublemente ligada a la objetiva) hacen imposible la absoluta liberación inmediata de la clase obrera. Sólo la gente más ignorante puede no tomar en consideración en carácter burgués de la resolución que se está desarrollando…» (Lenin, Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, I 487).

2.2.2.2. Pero, como es natural, conserva el elemento politicista, subjetivo, de antes:

2.2.2.2.1. Formulación cauta y sincera:

[Ficha 7] «Esta <la revolución> dará por vez primera el auténtico bautismo político a las distintas clases. Estas clases saldrán de la revolución con una fisionomía política definida, mostrándose tal como son no sólo en los programas y en las consignas tácticas de sus ideólogos, sino también en la acción política abierta de las masas.

Es indudable que la revolución nos aleccionará, que aleccionará a las masas populares. Ahora bien, para el partido político en lucha la cuestión consiste en ver si sabremos enseñar algo a la revolución [1], si sabremos aprovecharnos de lo justo de nuestra doctrina socialdemócrata, de nuestra ligazón con el proletariado, la única clase consecuentemente revolucionaria, para imprimir a la revolución un sello proletario, para llevar la revolución hasta la verdadera victoria, decisiva, efectiva, y no verbal, para paralizar la volubilidad, la ambigüedad y la traición de la burguesía democrática.» (Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática I, 477-478).

(1) Principio de subjetividad.

El contenido de clase de la revolución se resuelve en su curso y es fruto de la acción política. Fundamento: el principio general de que ha sonado ya la hora de la revolución socialista. «Madurez».

[Ficha 71]. Habla del «papel activo, dirigente y orientador que pueden y deben desempeñar en la historia los partidos que tengan consciencia de las condiciones materiales de la revolución y que se pongan al frente de las clases avanzadas» (Dos tácticas de la SD en la RD, I 500).

Principio de subjetividad, con el peligro clase = partido.

[Ficha 72] «El desenlace de la revolución depende del papel que desempeñe en ella la clase obrera: de que se limite a ser un auxiliar de la burguesía, aunque sea un auxiliar poderoso por la intensidad de su empuje contra la autocracia, pero políticamente impotente, o asuma el papel de dirigente de la revolución popular.» (Lenin, Dos tácticas... I 478-479) [cursiva MSL].

Se da por supuesto que hay base objetiva material.

Quizás. Pero lo decisivo en ese pensamiento es el plano político. Con el peligro –claro– de identificar el partido político con la clase. En suma, es también marxismo de la subjetividad.

2.2.2.3. Teoriza oscuramente, como si se tratara de un borrador no corregido o, el menos, precipitado:

2.2.2.3.1. Formulaciones teóricas genéricas y modestas:

[Ficha 8] «No podemos saltar del marco democrático-burgués de la revolución rusa, pero podemos ensanchar en proporciones colosales dicho marco, podemos y debemos, en los límites del mismo, luchar por los intereses del proletariado, por la satisfacción de sus necesidades inmediatas y por las condiciones de preparación de sus fuerzas para la victoria completa futura. Hay democracia burguesa y democracia burguesa (…) Bueno sería el marxista que en la época de la revolución democrática se dejara escapar esta diferencia entre los grados de democracia y entre el diferente carácter de tal o cual forma del mismo y se limitara a «discurrir con gran ingenio», a propósito de que, a pesar de todo, esto es una «revolución burguesa», fruto de una «revolución burguesa» (Dos tácticas de la SD en la RD, I 507).

La época está aquí determinada por la «revolución democrática», evidentemente para Rusia.

Esto es coincidir con los futuros Pannekoeks, pero cum grano salis. Y discrepar de la futura tesis «leninista-estalinista». Quizás la posición más acertada.

Transición al final.

[Ficha 81] «Nos proponemos dirigir (en caso de que la gran revolución rusa se desenvuelva con éxito) no sólo al proletariado, organizado por el partido socialdemócrata, sino también a esa pequeña burguesía capaz de ir a nuestro lado» (Lenin, Dos tácticas… I 502).

[Ficha 82] «Nuestra consigna reconoce incondicionalmente el carácter burgués de la revolución, que no es capaz de rebasar de un modo inmediato el marco de una revolución solamente democrática; al propio tiempo, nuestra consigna impulsa adelante esta revolución concreta, trata de darle las formas más convenientes para el proletariado, trata, por lo tanto, de aprovechar al máximo la revolución democrática para que la lucha que ha de seguir el proletariado por el socialismo tenga el mayor éxito» (Lenin, Dos tácticas… I 538).

Misma tesis en p. 534.

La tesis intermedia.

2.2.2.3.2. Conceptos consigna no muy simples:

[Ficha 9] «En esto consiste ahora (…) el fondo de la cuestión (…) en que nuestra revolución se vea coronada por una verdadera y grandiosa victoria o tan sólo por una transacción mezquina: en que llegue hasta la dictadura revolucionaria-democrática del proletariado y de los campesinos o que «pierda sus fuerzas» en una constitución liberal (…)» (Dos tácticas de la SD en la RD I 508). [cursiva MSL]

En el mismo contexto en que reafirma que se trata de la «época de la revolución democrática».

La noción de esa dictadura es muy complicada y oscura, puesto que su concepción sigue en el marco de la tesis de que la revolución prevista es burguesa. Entonces, esa sería la tesis Pannekoek.

Construcciones radicalmente nuevas respecto de Marx.

[Ficha 91]« ‘La victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo’ es la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos. Sólo puede ser una dictadura, porque la implantación de los cambios inmediata y absolutamente necesarios para el proletariado y los campesinos provocará una resistencia desesperada por parte de los terratenientes, de la gran burguesía y del zarismo…» (Lenin, Dos tácticas.. I 511)

Es la posición intermedia.

2.2.2.3.3. Hasta llegar a la teorización final de 1905:

2.2.2.3.3.1. Protagonismo proletario en la revolución democrática, relativa novedad respecto de Marx.

[Ficha 10] «El proletariado debe llevar a término la revolución democrática [1] atrayéndose a las masas campesinas, para aplastar por la fuerza la resistencia de la autocracia y paralizar la inestabilidad de la burguesía. El proletariado debe llevar a cabo la revolución socialista, atrayéndose a la masa de elementos semiproletarios de la población para romper por la fuerza la resistencia de la burguesía y paralizar la inestabilidad de los campesinos y de la pequeña burguesía. Tales son las tareas del proletariado que los partidarios de la nueva Iskra conciben de un modo tan estrecho en todos sus razonamientos y resoluciones sobre el alcance de la revolución» (Dos tácticas... I 549).

(1) Esta afirmación, completamente nueva respecto de Marx (que en varias épocas había refutado la colaboración del proletariado en la revolución, no su protagonismo de ella), junto con la que se refiere a la revolución socialista, hoy muy convincentes, chocaban en su caso con la escasa realidad de proletariado ruso.

En todo caso, es una de las versiones más articuladas de su primera posición y facilita el paso a la segunda.

2.2.2.3.3.2. Análisis subyacente:

[Ficha 11] «(…) todos nosotros contraponemos la revolución burguesa y la socialista, todos nosotros insistimos incondicionalmente en la necesidad de establecer una distinción rigurosa entre las mismas, pero ¿se puede negar acaso que se entrelacen en la historia elementos aislados, particulares de una y otra revolución? Acaso la época de las revoluciones democráticas en Europa no registra una serie de movimientos socialistas y de tentativas socialistas? ¿Y acaso la futura revolución socialista en Europa no tendrá todavía mucho que hacer para culminar lo que ha quedado sin terminar en el terreno de la democracia?» (Dos tácticas de la SD en la RD I 536).

Este principio de concreción (histórica) es también un fundamento del principio de subjetividad.

La página siguiente (537) dice:

«No existe la verdad abstracta. La verdad es siempre concreta».

La más rica intrincación del pensamiento político de Lenin. Dicho sea de paso: la presencia de versiones mucho menos complicadas en el mismo escrito hacen pensar que escribía el texto definitivo como borrador.

2.2.2.3.3.3. Concepción general concreta:

2.2.2.3.3.3.1. Utilidad de la democracia para el socialismo:

[Ficha 12] «La revolución democrática en Rusia es una revolución burguesa por su esencia social y económica. No basta con repetir sencillamente esta tesis marxista justa. Hay que saber comprenderla y saber aplicarla a las consignas políticas. Toda la libertad política en general, sobre la base de las relaciones de producción actuales, esto es, capitalistas, es una libertad burguesa. La reivindicación de libertad expresa ante todo los intereses de la burguesía. Sus representantes fueron los primeros en presentar esa reivindicación. Sus partidarios han aprovechado en todas partes como dueños y señores la libertad así obtenida, ajustándola al rasero de la moderación y la meticulosidad burguesas, combinándola con la representación del proletariado revolucionario, más refinada en tiempo de paz y ferozmente cruel durante las tormentas.

Pero solo los populistas rebeldes, los anarquistas y los ‘economistas’ podían deducir de esto la negación o el menoscabo de la lucha por la libertad. Se ha conseguido imponer al proletariado estas doctrinas intelectualistas únicamente de un modo temporal, a pesar de su resistencia. El proletariado se ha dado cuenta, por instinto, de que la libertad política le es necesaria, le es necesaria a él más que a nadie, a pesar de que ésta refuerce y organice directamente a la burguesía. El proletariado no espera su salvación de la renuncia a la lucha de clases, sino del desarrollo de ésta, del aumento de su amplitud, de su conciencia, de su organización y de su decisión.» (Lenin, Dos tácticas… I 557-558).

Formulación general del contenido de la revolución rusa y de la relación del proletariado con ella.

2.2.2.3.3.3.2. En una «revolución popular»:

[Ficha 13] «(…) el socialdemócrata, jefe de la revolución popular (…) Sí, de la revolución popular. La socialdemocracia ha luchado y lucha con pleno derecho contra el abuso democrático-burgués de la palabra ‘pueblo’. Exige que con esta palabra no se encubra la incomprensión de los antagonistas de clase en el seno del pueblo. Insiste incondicionalmente en la necesidad de una completa independencia de clase del Partido del proletariado. Pero divide al ‘pueblo’ en ‘clases’ no para que la clase de vanguardia se encierre en sí misma (…) sino para que (…) luche con tanta mayor energía, con tanto mayor entusiasmo por la causa de todo el pueblo, al frente de todo el pueblo» (Lenin, Dos tácticas… I, 558)

El engarce entre las dos revoluciones es la naturaleza de «vanguardia del pueblo» que tiene el proletariado. Misma idea en 566/577:

«Nuestra revolución es una revolución popular, dice la socialdemocracia al proletariado. Por eso, siendo la clase más avanzada y la única revolucionaria hasta el fin, debes aspirar no sólo a participar en la revolución de la manera más enérgica, sino a desempeñar un papel dirigente. Por eso, no debes encerrarte en el marco de la lucha de clase estrechamente concebido, sobre todo en el sentido del movimiento sindical, sino, por el contrario, tratar de ampliar el arco y el contenido de tu lucha de clase hasta abarcar en este marco no sólo todas las tareas de la actual revolución democrática popular rusa, sino también las tareas de la revolución socialista que le ha de seguir».

2.2.2.3.3.3.3. Que ha de desembocar en dictadura proletaria:

[Ficha 14] «Llegará un tiempo –cuando haya terminado la lucha contra la autocracia rusa, cuando haya pasado para Rusia la época de la revolución democrática– en la que será ridículo incluso hablar de la «unidad de la voluntad» del proletariado y de los campesinos, de la dictadura democrática, etc. Entonces pensaremos de un modo inmediato en la dictadura socialista del proletariado…» (Lenin, Dos tácticas…I 537).

Il s’engagea en voyant, en prévoyant beaucoup [El se comprometió viendo y previendo mucho].

En este momento –y página– había para él dos dictaduras proletarias: una democrática-revolucionaria, en unión con los campesinos; y otra socialista, sin campesinos (¿o/y sin campesinado?).

[Nota manuscrita al margen: «Situar mejor el tema de la alianza obrero-campesina»]

2.2.2.4. De todos modos, la tesis implícita más importante es, en mi opinión, la valoración del momento sobre la base objetiva:

[Ficha 15] «la época revolucionaria (…)» sin mas calificativo. «El momento revolucionario (…)» sin más calificativo.

Lenin, Dos tácticas de la SD en la RD I 554 560.

Estas serían las formulaciones más pobres. Pero también las más anarquistas y las más cargadas de subjetividad (que puede ser buena).

2.2.3. En el año 1917

2.2.3.1. Primera fase: habla más analíticamente, incluso, que en 1905, quizás aleccionado por la experiencia de entonces:

[Ficha 16] 1917, marzo «Nuestra revolución es burguesa» Lenin, «Cartas desde lejos», 1ª, II 31

2.2.3.1.1. Pero ya con la idea de aceleración

[Ficha 17] 1917, marzo: «La guerra imperialista debía –ello era objetivamente inevitable– acelerar extraordinariamente y recrudecer de manera inusitada la lucha de clases del proletariado contra la burguesía, debía transformarse en una guerra civil entre las clases enemigas» (Lenin, «Cartas desde lejos», 1ª, II 25).

La función de la guerra imperialista alterando el esquema de la lucha de clases.

La primera alteración de la concepción incluye curiosamente la idea de Gramsci: «aceleración».

En cambio, de todos modos, aún no dice o implica un cambio del contenido de la revolución.

2.2.3.1.1.1. La idea pervive mas tarde:

[Ficha 171] [1917, septiembre; escrito en abril) «(…) un nuevo período objetivamente necesario desde que estalló la primera guerra imperialista mundial, que abrió la era de la revolución social» (Lenin, «Las tareas del proletariado en nuestra revolución» II 62).

Esto es novedad importante, que anula, o engloba al menos, la cuestión de los goznes. La guerra imperialista no habría sido un gozne sólo, sino un cambio del medio, que pasa de una fase a otra. Gozne lo sigue siendo para países atrasados como Rusia.

Enlaza con la motivación internacionalista, o mundial.

2.2.3.1.1.2. Recordar a Gramsci

2.2.3.1.2. Y con una apelación a la concreción rusa, que sitúa el proletariado en cabeza, de acuerdo con sus concepciones ya de 1905:

[Ficha 18] [1917, marzo] «Estos aliados son dos: en primer lugar, la amplia masa de los semiproletarios y, en parte, de los pequeños campesinos de Rusia (…)

En segundo lugar, aliado del proletariado ruso es el proletariado de todos los países beligerantes y de todos los países en general» («Cartas desde lejos»; 1ª, II, p.32)

Es notable que la alianza había sido ya definida como antiburguesa, pero en marzo todavía habla de revolución burguesa únicamente.

Otra vez el punto de vista internacional.

[Ficha 181] [1917, marzo] «Con estos dos aliados el proletariado puede marchar y marchará, aprovechando las particularidades del actual momento de transición, primero a la conquista de la república democrática y de la victoria completa de los campesinos sobre los terratenientes (…) y después al socialismo, pues sólo éste dará la paz, el pan y la libertad a los pueblos extenuados por la guerra» (II, p.32).

Eso son ya las dos revoluciones en una. Reforzado por la alianza de que se trata (v. otra ficha). Sin la idea explícita de fases.

2.2.3.2. Fase de las tesis de abril.

2.2.3.2.1. Tesis socialista vaga

[Ficha 19] [1917, abril] «(…) sin derrocar el capital es imposible poner fin a la guerra con una paz verdaderamente democrática y no impuesta por la violencia» (Lenin, «Las tareas del proletariado en la presente revolución» (Tesis de abril), II 36).

Este hecho es enlace entre las dos fases de la revolución y tiene que ver con la doctrina del «eslabón más débil»: era el eslabón que más necesitaba la paz.

Tesis enormemente confusa o imprecisa: derrocar el capitalismo ¿sólo en Rusia? Si su gobierno hizo luego la paz ¿es que estaba ya derrocado el capital? No olvidar que el decir del político pueda ser muy precipitado. Si eso se ha dicho de Marx…

[Ficha 191] [1917, abril] «La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización 1a su segunda etapa, [cursiva MSL] que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado2» (Lenin, «Las tareas del proletariado…» (tesis de abril), II 36).

1) Las dos etapas, fases.

2) Extremo subjetivismo: supone que al proletariado no le falta cantidad.

[Ficha 192] [1917, septiembre, escrito en abril] «Es imposible salir de la guerra imperialista, es imposible conseguir una paz democrática, una paz no impuesta por la violencia, sin derribar al Poder del capital y sin que el poder del estado pase a manos de otra clase, del proletariado» (Lenin, «Las tareas del proletariado…» II 53-54).

p. 65 igual. La necesidad de paz, bisagra, gozne de las fases de la revolución.

[…] o [tesis] categórica.

[Ficha 193] [1917, abril] «(…) la marcha de los acontecimientos ha venido a confirmar, sin lugar a dudas, la previsión de los socialistas del mundo entero, quienes en el Manifiesto de Basilea de 1912 señalaron unánimemente la inevitabilidad de la revolución proletaria, en relación precisamente con al guerra imperialista que entonces se avecinaba y hoy hace estragos» (VIII Conferencia de toda Rusia, II 37).

Esto es la versión amplia de los goznes.

La fuerza y lo internacional (en día a día) fue lo decisivo.

2.2.3.2.2. Concepción de las etapas de la revolución rusa:

2.2.3.2.2.1. Aparición de la concepción:

[Ficha 20] [1917] «8. No ‘implantación’ del socialismo como nuestra tarea inmediata, sino pasar únicamente a la instauración inmediata del control de la producción social y de la distribución de os productos por los soviets de diputados obreros « (Lenin, «Las tareas del proletariado…» (tesis de abril), II 37).

El control resultará luego imposible y acarreará nacionalización.

2.2.3.2.2.2. Consciencia de la novedad del elemento «aceleración».

[Ficha 21] [1917] «9. Tareas del partido: a) celebración inmediata de un Congreso del Partido; b) modificación del programa del partido, principalmente: 1) Sobre el imperialismo y la guerra imperialista, 2) sobre la posición ante el Estado y nuestra reivindicación de un «Estado-Comuna» [1]. 3) reforma del programa mínimo, ya anticuado; c) cambio de denominación del partido» (Lenin, «La tareas del proletariado…» (tesis de abril), II 37).

(1) Idea confusa, pero realista, fruto de 1870.

2.2.3.3. Fase desde abril: paso a primer plano del problema del poder.

2.2.3.3.1. Formulación general:

[Ficha 22] [1917, abril] «El problema del poder del Estado es el fundamental en toda revolución» (Lenin, «La dualidad de poderes», II 40).

Aquí el marxismo de la subjetividad, político, toma consciencia política. Con esta comprobación –y su aplicación– empezó todo el problema, el triunfo y la tragedia.

2.2.3.3.2. Enorme exageración y teorización precipitada.

[Ficha 23] [1917, septiembre (escrito en abril)] «El poder del estado ha pasado en Rusia a manos de una nueva clase: la clase de la burguesía de los terratenientes aburguesados. En esa medida, la revolución democrático- burguesa en Rusia está terminada» (Lenin, «Las tareas del proletariado…» II 45).

«Esa medida» le importaba precisamente.

Fabuloso el completo desprecio de lo básico.

[Ficha 231] [1917, septiembre (escrito en abril)] «El origen y la significación de clase de esta dualidad de poderes residen en que la revolución rusa de marzo de 1917, además de barrer toda la monarquía zarista y entregar todo el poder a la burguesía, se acercó de lleno a la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos1» (Lenin, «Las tareas del proletariado en nuestra revolución», II 47/48).

(1) Él observa un hecho político y lo observa bien. Pero sobre la base de una creencia socialdemócrata ortodoxa, como era la suya acerca de la base, habría tenido que plantearse ya el dimanante problema, la contradicción entre la esfera política y psico-social, por un lado, y la económica por otro. Si no hubiese profesado aquella ortodoxia, habría podido buscar (?) en otra vía: más soviets y menos electricidad.

[Ficha 232] [1917, septiembre (escrito en abril)] «La dualidad de poderes no expresa más que un momento transitorio en el curso de la revolución, el momento en que ésta ha rebasado ya los cauces de la revolución democrático-burguesa corriente, pero no ha llegado todavía al tipo «puro» de dictadura del proletariado y de los campesinos» (Lenin, «Las tareas del proletariado…», II 48).

El léxico es curioso. El inventaba [1], sabía no estar repitiendo categorías.

(1) Y lo que se inventa es a veces falso o, si no, incoherente: el tipo corriente de revolución democrático-burguesa cuenta con capitalismo algo desarrollado.(Aunque ahora se me ocurre que acaso él pensara sólo en el cachito del Imperio que ya reunía esas condiciones)

2.2.3.4.1. Subyacente: gran optimismo:

[Ficha 24] [1917, septiembre (escrito en abril)] «La propuesta del estado-comuna y la nacionalización de las tierras prueban que ahora es muy optimista, desde abril (Lenin, «Las tareas del proletariado…», II 54-58).

Antes había despreciado la comuna.

2.2.3.4. Elementos teóricos ya desde abril:

2.2.3.4.1. «Fase de transición» (abril):

[Ficha 25] [1917, abril] Afirma contra Rykov la existencia de «fase de transición entre el capitalismo y el socialismo» (Discurso resumen ante VII Conferencia para toda Rusia II 100).

[Ficha 251] [1917, abril] «La nacionalización de la tierra, que es una medida Burguesa [1], significa liberar la lucha de clases y el disfrute de la tierra, en el mayor grado posible y concebible en la sociedad capitalista, de todos los aditamentos no burgueses. Además, la nacionalización de la tierra, como abolición de la propiedad privada sobre esta, representaría en la práctica un golpe tan demoledor a la propiedad privada sobre todos los medios de producción en general, que el Partido del proletariado debe prestar todo su concurso a esa transformación.» (VII Conferencia de toda Rusia, II 125).

(1) Esto es Marx literal.

Modelo de operación del proletariado en la transición.

2.2.3.4.2. Oscilaciones. Ejemplo:

[Ficha 26] [1917, julio] Que la primera fase de la revolución no ha sido realmente democrática («Las enseñanzas de la revolución», II 125).

Comprobaciones así chocarían con los esquemas optimistas acerca de la segunda fase. No ser esquemático yo al exponerlo.

2.2.3.4.3. «Capitalismo monopolista de Estado».

2.2.3.4.3.1. Formulación:

[Ficha 27] [1917, septiembre] «Los malhadados marxistas al servicio de la burguesía (…) no comprenden (…) lo que es el imperialismo, lo que son los monopolios capitalistas, lo que es el Estado, lo que es la democracia revolucionaria. Pues, si se comprende todo eso, no puede dejar de reconocerse que es imposible avanzar sin marchar hacia el socialismo.

Todo el mundo habla del imperialismo. Pero el imperialismo no es otra cosa que el capitalismo monopolista.

Que también en Rusia el capitalismo se ha trasformado en capitalismo monopolista (…) [1]

Pues bien, sustituid estado de junkers y capitalistas, ese estado de terratenientes y capitalistas, por un Estado democrático/revolucionario, es decir, por un Estado que destruya revolucionariamente todos los privilegios, que no tema implantar revolucionariamente la democracia más completa, y veréis que el capitalismo monopolista de Estado, en un estado verdaderamente democrático-revolucionario, representa inevitablemente, infaliblemente, un paso, paso hacia el socialismo.

(…) Pues el socialismo no es más que el paso siguiente después del monopolio capitalista de estado. O, dicho en otros términos, el socialismo no es más que el monopolio capitalista de Estado puesto al servicio de todo el pueblo y que, por ello, ha dejado de ser monopolio capitalista» («La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla» Il 277)

(1) Afirmación decisiva, que ya va para 6.5.

EI imperialismo, fundamento teórico del gozne. Relacionar con la misma función de la guerra imperialista. Diría que el imperialismo es la base estructural y la guerra es el hecho desencadenador del funcionamiento de esa estructura.

[Ficha 28] [1917, septiembre] «No cabe término medio. El curso objetivo del desarrollo es tal que no hay posibilidad de dar un paso de avance, partiendo de los monopolios (cuyo número, papel e importancia ha venido a decuplicar la guerra) sin caminar hacia el socialismo.

(…) Y en esto estriba la contradicción fundamental de nuestra revolución» («La catástrofe que nos amenaza y como combatirla» II 277).

La guerra repercute además sobre la estructura imperialista. La produce ulteriormente, no es sólo un hecho en ella. El imperialismo, fundamento teórico del cambio.

2.2.3.4.3.2. La tesis le dio la posibilidad de volver (o creer volver) a una fundamentación no política

[Ficha 29] [1917, septiembre] «La guerra, al acelerar extraordinariamente la transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado, pone de este modo a la humanidad extraordinariamente cerca del socialismo: tal es, precisamente, la dialéctica de la historia.

La guerra imperialista es la víspera de la revolución socialista. Ello no se debe sólo a que la guerra engendra, con sus horrores, la insurrección proletaria –pues no hay insurrección capaz de instaurar el socialismo si no han madurado las condiciones económicas para él [1]–, sino a que el capitalismo monopolista de estado es la preparación material más completa para el socialismo, su antesala [1], un peldaño de la escalera histórica entre el cual y el peldaño llamado socialismo no hay ningún peldaño intermedio» («La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla» II 278)

(1) Luego creyó ya en esa fecha que también en la base estaba rebasado el dominio burgués.

Es la exposición más completa de la dialéctica imperialismo –guerra imperialista– socialismo (ergo cambio de la concepción de la revolución rusa, o más bien, teorización del gozne de sus fases)

2.2.4. Hecha la revolución

2.2.4.1. Evitación desde primer momento de una versión socialista de lo ocurrido:

[Ficha 30] [1917, octubre] El gobierno se llama «obrero y campesino». «El movimiento obrero saldrá triunfante y abrirá el camino hacia la paz y el socialismo» (Segundo Congreso de los Soviets de toda Rusia II 499).

Curiosamente, ahora casi se diría que se refrena un poco.

2.2.4.2. Autocontradicciones muy explicables:

[Ficha 31] [1918, febrero] La expresión «Patria socialista» («¡La patria socialista está en peligro!» II 593).

La falsedad de la propaganda de Estado empieza a imponerse o manifestarse: die hist der Macht…

2.2.4.3. Actitud «realista» [ficha 32] que enlaza con el

[Ficha 32] [1918, Mayo] «Si dentro de unos seis meses se estableciera en nuestro país el capitalismo de Estado, eso sería un inmenso éxito y la más firme garantía de que, al cabo de un año, el socialismo se afianzaría definitivamente y se haría invencible» («El infantilismo «izquierdista» y el espíritu pequeño-burgués», II 735).

Había anticipado la concepción general, como es obvio, pero realismo: no cree que haya ni capitalismo de Estado.

Continúa:

«Me imagino la noble indignación con que rechazará estas palabras el ‘comunista de izquierda’ y la ‘crítica demoledora’ que desencadenará ante los obreros contra ‘la desviación bolchevique de derecha’.» (II 735)

«El capitalismo de estado es incomparablemente superior, desde el punto de vista económico, a nuestra economía actual [1]. Eso en primer lugar. Y en segundo lugar, no tiene nada de temible para el poder soviético, pues el estado soviético es un estado en el que está asegurado el poder de los obreros y de los campesinos pobres.» [2] (II 739).

(1) Ahora se da cuenta. ¡Y es el «comunismo de guerra»!.

(2) Pero entonces, el principio de subjetividad rellena el hueco.

La importancia del Poder es la clave de todo, de toda su actitud.

2.2.4.4. Reconocimiento de cierta futilidad de las teorizaciones hechas por él mismo:

[Ficha 34] [1919, 2-6 de marzo] «En nuestra revolución, nosotros no avanzamos por el camino de la teoría, sino por el camino de la práctica. Por ejemplo, la cuestión de la Asamblea Constituyente no la planteábamos antes teóricamente, y no decíamos que no reconocíamos la Asamblea Constituyente. Sólo más tarde, cuando las organizaciones soviéticas se extendieron por todo el país y conquistaron el poder político, nos resolvimos a disolver la Asamblea Constituyente» (Tesis e informe sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado, I Congreso de la C, 4 de marzo. III p. 160).

Yo creo que ésta es la actitud final, ya tras la borrachera y tras las resacas. O sea, ya inicialmente por encima de las dos fases –o varias fases– ideológicas anteriores: la determinista con sus matices y grados; la politicista con los suyos.

[Ficha 35] [1919, 4 de marzo] «A nosotros nos fue más fácil conseguir la victoria porque en octubre de 1917 marchábamos con el campesinado, con todo el campesinado. En este sentido, nuestra revolución era entonces burguesa (…) Y sólo más tarde, al cabo de seis meses, nos vimos obligados, en el marco de la organización del Estado, a comenzar en las aldeas la lucha de clases, a instituir en cada aldea comités de campesinos pobres, de semiproletarios, y a luchar sistemáticamente contra la burguesía rural» (Tesis e informe sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado», I Congreso de la IC, vol. III, p.161).

En suma, que sus teorizaciones no valían nada. Final resaca.

[Ficha 36] [1923, 17 de enero] «Recuerdo que Napoleón escribió. ‘On s’engage et puis… on voit’, lo cual, traducido literalmente, quiere decir. ‘Primero hay que entablar el combate serio y después ya veremos lo que pasa’. Pues, bien, nosotros, en octubre de 1917, entablamos primero el combate serio y después ya hemos visto los detalles del desarrollo (…)» («Nuestra revolución», Pravda 30-1923, III, 795).

Final de la resaca. Las teorizaciones eran filfa y la autoridad es…Napoleón. Aunque con el espíritu de Marx. Pero, repito, reconociendo el carácter «acientífico» de lo que él mismo teorizó entre 1917 y ahora.

También principio de subjetividad, si hay alguna superación de la ideología.

2.2.4.5. Probablemente la respuesta final de Lenin a la pregunta del capítulo 13 («Conclusión») de Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática («¿Tenemos derecho a vencer?» 1905) sería: «sí porque lo decisivo es el poder estatal.»

[Ficha 33] [1922, 12 de enero] Hay una «Diferencia esencial entre la lucha de clase del proletariado en un estado que reconoce la propiedad privada sobre la tierra, las fábricas, etc., y cuyo poder político se encuentra en manos de la clase capitalista, y la lucha económica del proletariado en un estado que no reconoce la propiedad privada sobre la tierra y sobre la mayoría de las grandes empresas, en un estado cuyo poder político se encuentra en manos del proletariado» («Acerca del papel y de las tareas de los sindicatos en las condiciones de la nueva política económica», Resolución del CC del PC (b) de Rusia del 12 de enero de 1922, III, 678).

Sigue pareciéndole decisivo el problema del poder y todavía no ve peligro en la identificación dialéctica partido-(Estado) clase.

2.2.5. Reflexión final sobre ese practicismo

2.2.5.1. Es verdad que tiene precedente en Marx.

[Ficha 37] [Marx, Las luchas de clases en Francia] «Una clase en la que cuando se levanta, se concentran los intereses revolucionarios de la sociedad, encuentra inmediatamente en su misma situación el contenido y el material de su actividad revolucionaria: derrotar enemigos, tomar medidas impuestas por las necesidades de la lucha; las consecuencias de su propia acción la empujan adelante. No emprende investigaciones teóricas acerca de su propia tarea « (Ausgwälhlte Schriften, vol. I, p. 135, Berlin 1964).

Relacionar con la cita de Napoleón por Lenin.

Pero la diferencia en es que Marx habla de clases y piensa en la «astucia de la razón».

2.2.5.1.1. Pero con la enorme diferencia de que Marx habría pensado que su obra y los procesos históricos que la posibilitaron salvarían a la revolución socialista de esa opacidad ideológica.

2.2.5.2. En todo caso, ese pragmatismo final (que no practicismo) tiene que ver con la cuestión del rebasamiento por la «izquierda».

2.2.5.3. Y también tiene que ver con el problema (el aspecto de problema) explicitado en la pregunta segunda.

2.2.5.4. Balance: el estudio del desarrollo del leninismo:

2.5.4.1. Nos ha completado (sobre le base de los datos materiales) la respuesta a la pregunta de por que la revolución ocurrió en Rusia: porque, además de los elementos básicos, hubo un agente con comprensión de que podía hacerse con el poder y decisión de proceder en consecuencia.

2.5.4.2. Nos ha suscitado la cuestión mediadora de la naturaleza, o el contenido, de la revolución rusa, y, con eso, nos ha introducido bastante profundamente en el aspecto del problema reflejado en la segunda pregunta: si en la misma revolución de 1917 había ya gérmenes de degradación.

*

Tercera sesión

1. La segunda pregunta implicada: si la naturaleza de la revolución no era clara, ¿qué podía pasar? Multitud de problemas (un solo país, etc.). Aquí tomamos un tronco.

2. El Lenin problemático, sin la teorización intermedia luego desconfesada por él.

2.1. Antes de la revolución: posibilidad de que sea un «aborto» (1905).

[Ficha 38] [1905] «(…) si estamos destinados a pasar efectivamente por una gran revolución, si esta vez la historia no permite un ‘aborto’ <cursiva MSL>, si nos hallamos con fuerzas para llevar la revolución hasta el fin, hasta la victoria decisiva (…), entonces eso será una revolución con el predominio de los elementos campesinos y proletarios.

Puede ser que algunos vean, en el hecho de admitir la idea de tal predominio, una renuncia a nuestra convicción del carácter burgués de la revolución próxima.

(…) Los marxistas están absolutamente convencidos del carácter burgués de la revolución rusa» (Lenin, Dos tácticas de la socialdemocracia… I 503).

Síntesis. Como el final de 2 T [Dos tácticas…]

2.2. Después seguida: la contradicción político-económica de la revolución rusa:

[Ficha 39] «(…) nosotros, el proletariado de Rusia, vamos adelante de cualquier Inglaterra y de cualquier Alemania por nuestro régimen político, en virtud del poder político de los obreros, y, al mismo tiempo, vamos detrás del estado más atrasado de Europa Occidental en lo que se refiere a la organización de un buen capitalismo de Estado, al nivel cultural y al grado de preparación de la producción material para «implantar» el socialismo» («El infantilismo ‘izquierdista’ y el espíritu pequeño-burgués» II 744).

Importantísimo: un principio de desarrollo desigual económico-político, que cabe dentro del esquema marxista general (dialéctica) y fundamenta definitivamente toda la cuestión del principio de subjetividad, al mismo tiempo que prevé los futuros problemas*.

Paradoja dialéctica del posterior retraso político (aunque sin volver atrás: retraso no respecto de los regímenes capitalistas, sino respecto de «sí mismos»).

(*) Sobre la base de inestabilidad del esquema dinámico europeo-occidental.

2.2.1. El riesgo consiguiente: soluciones conservadoras.

2.2.2. El presupuesto eurocéntrico de todo eso.

2.2.2.1. Limitación del alcance de esta crítica: situación internacional.

3. La crítica menchevique: Kautsky.

4. La crítica anarquista.

5. Kronstadt.

6. La crítica de la izquierda bolchevique.

6.1. En los primeros años

6.1.1. Rosa Luxemburg

6.1.1.1. Pese a anteriores desacuerdos con Lenin, línea bolchevique en la comprensión de la revolución de octubre.

[Ficha 401] [Rosa Luxemburg, La revolución rusa 1918] «Una dictadura militar con un régimen de terror contra el proletariado y, luego, la vuelta a la monarquía habrían sido la consecuencia inevitable [MSL: de la consolidación de la burguesía]. Con esa medida se puede medir lo que tiene de utópica y, en el fondo, de reaccionaria la táctica que han decidido seguir los socialistas rusos de tendencia Kautsky, los mencheviques. Empeñados en la ficción del carácter burgués de la revolución rusa (…) se han aferrado desesperadamente a la coalición con los burgueses liberales (…).

La tendencia bolchevique tiene el mérito de haber proclamado desde el primer momento en ese situación y seguido luego con una lógica de hierro la única táctica que podía salvar la democracia y promover la revolución. Todo el poder a manos de las masas obreras y campesinas, a manos de los soviets: ésa era la única salida de la dificultad en que se encontraba metida la revolución, el tajo que cortaba el nudo gordiano(..) »(Fröhlich 299)

Aceptación de la revolución de octubre con cierto abandono de esquemas tradicionales.

6.1.1.2. Con amplio desarrollo crítico (inédito en vida).

6.1.1.2.1. Primer motivo crítico: la política agraria.

[Ficha 402] Rosa Luxemburg, La revolución rusa [1918] «En primer lugar, la nacionalización de Ia gran propiedad, porque presenta el grado técnicamente más elevado de concentración de los medios de producción y de los métodos agrícolas (…) única garantía de organizar la producción agrícola según una gran perspectiva socialista.

En segundo lugar, una de las condiciones previas de esa transformación es que se prima la separación de agricultura e industria, rasgo característico de la sociedad burguesa, para dar lugar a una penetración y fusión recíproca, a una organización de una y otra según puntos de vista únicos»(Fröhlich, 301).

Primer punto crítico. (Esas son las necesidades).

6.1.1.2.2. Segundo motivo crítico: libertad.

[Ficha 403] [Rosa Luxemburg, La revolución rusa 1918] «Si el proletariado toma el poder, no podrá nunca renunciar a la transformación socialista, siguiendo el sabio consejo de Kautsky, con el pretexto de que ‘el país no está maduro’ (…) Tiene el deber y la obligación de ponerse a aplicar en seguida las medidas socialistas y del modo más enérgico, más inexorable, más brutal; y, por lo tanto, de ejercer la dictadura pero una dictadura de clase, no de un partido o de una camarilla, sino de clase, es decir, con la publicidad más amplia, con la participación más activa y sin trabas de las masas populares, en una democracia sin límites» (Frödhlich 305).

Segundo motivo crítico.

6.1.1.2.2.1. Aspecto a: democracia y socialismo.

[Ficha 404] [Rosa Luxemburg, La revolución rusa 1918] «Eso de que nunca hemos idolatrado la democracia formal [MSL: frase de Trotski] no quiere decir más que una cosa: que siempre hemos distinguido entre el fondo social y la forma política de la democracia burguesa, que siempre hemos mostrado el áspero núcleo de desigualdad y servidumbre sociales que se esconde bajo la suave cobertura de las formas de igualdad y de libertad, pero no para rechazar éstas, sino para incitar a la clase obrera a no contentarse con el recubrimiento, sino conquistar el poder político o para llenar aquél con un contenido social nuevo. La misión histórica del proletariado cuando llega al poder es crear en el lugar de la democracia burguesa una democracia socialista, y no el destruir toda democracia» (Fröhlich 306).

Segundo motivo crítico, aspecto a)

[Ficha 405] Rosa Luxemburg, La revolución rusa 1918] «La libertad reservada exclusivamente a los partidarios del gobierno, a los miembros del partido –por numerosos que sean– no es la libertad. La libertad es siempre libertad del que piensa de otro modo. Y eso no por fanatismo de la ‘justicia’, sino porque todo lo que la libertad política tiene de instructivo, saludable y purificador se debe a eso, y la ‘libertad’ pierde su eficacia cuando se convierte en un privilegio»(Fröhlich 307) .

Segundo motivo crítico, transición a-b.

6.1.1.2.2.2. Aspecto b: realidad social:

[Ficha 406] [Rosa Luxemburg, La revolución rusa 1918] «Lo negativo, la destrucción, se puede decretar: lo positivo, la construcción, no» (Fröhlich 307).

Segundo motivo crítico, aspecto b).

[Ficha 407] [Rosa Luxemburg, La revolución rusa 1918] «(…) al ahogar la vida política de todo el país, es irritable que la vida se paralice cada vez más en los soviets mismos. Sin elecciones generales, sin libertad completa de prensa y de reunión, sin lucha libre entre las opiniones, la vida muere en todas las instituciones públicas, se convierte en una vida aparente en la cual el único elemento que sigue activo es la burocracia. La vida pública se aletarga poco a poco: unas cuantas docenas de jefes del partido, hombres de energía inagotable e idealismo sin límites, dirigen y gobiernan; entre ellos mismos la dirección se encuentra realmente en manos de una docena de hombres de gran cabeza, y de vez en cuando se convoca a una élite de la clase obrera a reuniones para que aplauda los discursos de los jefes y vote por unanimidad las resoluciones que se le presenten; en el fondo, pues, es un gobierno de camarilla; es una dictadura, ciertamente, pero no la dictadura del proletariado, sino la dictadura de un manojo de políticos, o sea, una dictadura en sentido burgués, en el sentido de la revolución jacobina.

Todo régimen de excepción prolongado lleva inevitablemente a la arbitrariedad, y toda arbitrariedad ejerce en la sociedad una acción depravadora.» (Fröhlich 307/308)

Segundo motivo crítico, aspecto b).

6.1.1.3. Balance.

[Rosa Luxemburg, La revolución rusa, otoño 1918] «El ‘bolchevismo’ se ha convertido en símbolo del socialismo revolucionario práctico de todos los esfuerzos de la clase obrera por conquistar el poder. El mérito histórico del bolchevismo consiste en haber abierto violentamente el abismo social en el seno de la sociedad burguesa, en haber ahondado y agravado el conflicto internacional entre las clases; y todos los errores particulares del bolchevismo resultan sin realidad y se borran ante ese hazaña, como ocurre siempre en el contexto y a la escala de los grandes acontecimientos históricos.» (Fröhlich 310)

Balance.

6.1.2. Pannekoek

[Ficha 41] [Pannekoek 1938] «Pero en Rusia no había ninguna burguesía de mínima importancia y que pudiera emprender la lucha (contra la aristocracia y la religión)) como futura clase dominante. Esta tarea correspondió a la intelectualidad rusa, la cual sostuvo sola durante decenios una dura lucha por la ilustración del pueblo y contra el zarismo» (Lenin als Philosoph, 1969, p.109).

¿Por qué luchó tan tenazmente, si no había burguesía? ¿De dónde procedía ella? La verdad es que había burguesía, débil, y nada combativa, como en todas partes en el siglo XX, desde 1870. En eso se basaba la táctica de Lenin y su comprensión de la revolución.

[Ficha 42] [Pannekoek 1938] «En cuanto lucha contra el absolutismo, los grandes terratenientes y el clero, la lucha fue en Rusia paralela a la que tuvieron que librar la burguesía v la intelectualidad en la Europa central y occidental en el siglo XIX. Por eso aparecen en Lenin los mismos argumentos y las mismas concepciones básicas que en aquella época movieron en el Oeste los espíritus en la forma del materialismo burgués. Pero en Rusia era la clase obrera la que tenía que realizar esa lucha; por eso el órgano de esa lucha tuvo que ser un partido socialista que se proclamara marxista y tomara del marxismo lo necesario para una revolución rusa (…) Por eso Lenin llamó a su materialismo marxismo y creyó que su materialismo era marxismo» (Lenin als Philosoph 111).

6.2. Pasado el tiempo: ejemplo Paul Mattick (mejor que Trotski, el cual estuvo en ello más tiempo).

6.2.1. Naturaleza burguesa de la revolución rusa:

[Ficha 43] [Mattick 1970] «La edificación en una Rusia transitoriamente libre de intervenciones extranjeras, pero aislada, significaba, como es natural, que el partido tenía que asumir la función histórica de la burguesía, aunque sin las instituciones de la sociedad burguesa y con otra ideología» («Der Leninismus und die Arbeiterbewegung des Westens», in Lenin. Revolution und Politik, p.22).

Aquí es reducción de la clase a lo económico.

[Ficha 44] [Paul Mattick 1970] «La revolución rusa fue a la vez una revolución burguesa,proletaria y campesina, pero la que al principio decidió fue la última: ella aseguró el éxito de la revolución en su conjunto» (Ibidem, p.19).

6.2.2. Interesante visión de su posible función socialista

[Ficha 45] [Paul Mattick 1970] «El partido bolchevique no disimuló nunca que se sentía llamado a dirigir la revolución y dominar para impedir, en interés de la revolución mundial, el desarrollo, aparentemente inevitable, de Rusia hacia el capitalismo. Y lo ha conseguido, efectivamente, pero sin con ello hacer avanzar la revolución proletaria internacional» (Paul Mattick, Ibidem, p.32).

Es casi una falsificación de Lenin, pero tiene interés crítico.

Aunque poco después de 1919 Lenin dijo cosas así.

6.2.3. Explicación de lo que considera fracaso ruso por una vía análoga a la de Zajárov.

[Ficha 46] [Paul Mattick 1970] «Desde que el capitalismo de estado bolchevique no es más que una variedad del capitalismo, el antibolchevismo tiene corno presupuesto el anticapitalismo. Como es natural, en 1920 eso no estaba tan claro como hoy. Había que tener antes experiencia del bolchevismo ruso, para aprender cómo no se puede construir el socialismo. El paso del control de los medios de producción de los propietarios privados al estado y la dirección centralista y antagonista de la producción y la distribución dejaron intacta la relación entre capital y trabajo como relación entre explotadores y explotados, entre dominadores y dominados. Eso condujo simplemente a una forma más moderna de capitalismo, en la cual el capital representaba directamente la propiedad colectiva de una clase dominante que se impone políticamente. En ese mismo sentido se desarrollan también todos los sistemas capitalistas, razón por la cual el ‘antibolchevismo’ no es más que un medio puramente imperialista de la lucha entre las potencias mundiales» (Prólogo a Pannekoek, Lenin als Philosoph,1969, pág. 14).

Es notable que casi parafrasea a Zajarov.

Se anticipa mucho a Bettelheim (como el inglés de 1953, Cfr. Carr).

6.2.4. Interpretación última del leninismo como idealismo.

[Ficha 47] [Paul Mattick 1970] «(…) se puede decir con certeza que la teoría leninista de la edificación del socialismo por el estado se basa en la ilusión idealista de que basta con la mera voluntad revolucionaria de revolución y socialismo para eliminar del acontecer histórico todas las fuerzas que se oponen a esa voluntad» («Der Leninismus und die Arbeiterbewegung des Westens», in Lenin. Revolution und Politik, p. 44).

Lo fácilmente que la izquierda se hace economicista. Pero interesante. No hay que tener esa ilusión. Pero hay que hacer en sustancia lo mismo que si se [ilegible]. Tomando medidas de garantía.

Criticarlo con ojo en [ficha 48] porque ignora otras vías.

7. Comentario

7.1. En sustancia, todas las críticas tienen la misma raíz que la menchevique, salvo la de R[osa] L[uxemburg]. Discutir en base a ésta.

7.2. Programa revolucionario pero es determinismo.

7.3. Hay que recoger su razón crítica: «la venganza de Marx».

7.4. No hay que caer en ilusión idealista.

7.5. Sobre todo, no hay que construirla como ideología de estado que permita coerción

7.5.1. Que es el estalinismo: realización de los riesgos. ‘

7.6. Pero no hay que volver al determinismo, porque es falso, y más hoy.

7.6.1. Rabehl

[Bernd Rabehl 1970] En crítica a la crítica de Pannekoek y los de los consejos:

[Ficha 48] «En ambas sociedades <MSL: la rusa y la europea occidental> se niegan las diferencias y los parentescos de la política revolucionaria realista, se pasa por alto la función del imperialismo y del estado del capitalismo monopolista, y se llega a entregar las luchas revolucionarias a un proceso anónimo de crisis y rebeliones obreras» («Zur Methode der revolutionären Realpolitik des Leninismus», en Lenin. Revolution und Politik, p.61)

7.7. Revolución abierta con:

7.7.1. Rectificación del olvido de las consecuencias del poder (libertarismo).

7.7.2. Rectificación de la separación colectivo-individuo.

7.7.3. Rectificación de la prolongación de la civilización anterior.

7.7. No ideología de segundo grado.

*

En notas manuscritas anexas, pueden leerse las siguientes observaciones: de Sacristán:

A. Esquema.

– Como se plantea el problema.

. Entonces, la escasez de clase obrera.

. Luego, el desarrollo del sistema.

– La crítica izquierdista Mattick-Pannekoek.

– Lenin antes.

– Lukács, Gramsci: Lenin después.

– Economicismo en el izquierdismo.

– Marxismo de la subjetividad →

– Marxismo del siglo XX.

. Porque ya está todo maduro.

B. Cuestiones.

«Las cosas se pueden decir más cortas y más claras».

El problema de la revolución cultural y la político-económica. Comparar con R[evolución] francesa.

→ Recordar Lenin.

Sacar consecuencias por la burocracia.

¿Quién hace la revolución es cuestión abierta?

«Dudar de la honradez».

China: La bici y la tecnología. Stalin China. + Las fotos de Stalin.

Recoger la frase de Lenin. «El proletariado ha desaparecido» (1928). O.C. vol. 33, pág 51 (17/10/1921): Informe sobre la NEP ante el Congreso de los estudios de Educación Política.

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3. Sobre el estalinismo

El 23 de febrero de 1978 Sacristán participó junto con Manuel Vázquez Montalbán en una mesa redonda sobre el estalinismo. El encuentro se celebró en el salón de actos del convento de los padres Capuchinos de Sarrià (Barcelona), el mismo lugar en el que en marzo de 1966 se había constituido el Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB).

Presentamos aquí el guión que escribió para su intervención, que puede consultarse en BFEEUB, y la transcripción de su intervención inicial y de una buena parte coloquio posterior.

En una nota al pie de página, señala Sacristán sobre el estalinismo:

«En Lukács, como en cualquier comunista inteligente, crítica del stalinismo es autocrítica, porque no es sensato creerse insolidario de treinta años del propio pasado político, aunque uno tenga sólo veinte.»

Entrevistado sobre la obra de Sacristán, observaba el historiador José Luis Martín Ramos sobre esta conferencia:

«En torno a la fecha de su marcha del PSUC, Sacristán dio una conferencia sobre el eurocomunismo, en julio de 1977, en la Escola d’Estiu que cada verano organizaba la institución Rosa Sensat y participó en esa Mesa redonda sobre estalinismo, en febrero de 1978.

Me interesan particularmente porque en ambas está reflexionando sobre el movimiento comunista desde una posición crítica comunista que procuró ser honesta, no destruir sino construir, sin caer en ninguna indulgencia ni perdonar ningún reproche. Como siempre, Sacristán dirá cosas de interés, aunque para mí su intervención sobre el estalinismo quizás diga más sobre la manera de ser y pensar de Sacristán en ese momento que sobre el estalinismo, sobre el que en los casi cincuenta años que han pasado desde aquella mesa redonda hemos conocido mucho más e interpretado mejor, aunque continúa siendo un tema de debate abierto.

Por otra parte, en el momento en que se produce la Mesa redonda estaba muy sobre la mesa el debate sobre la relación entre «leninismo» y «estalinismo», dos términos que considerábamos en cierto sentido análogos, oscureciendo que se estaba comparando un sistema político y una concepción del movimiento comunista con la personalidad de Lenin, fundador indiscutible de ambas cosas, pero no exactamente de la conformación de ese sistema y ese movimiento que finalmente construyó Stalin.

En mi recuerdo está la publicación de un libro de Ignacio Sotelo, un sociólogo miembro entonces de la dirección del PSOE, en el que se sostenía –no era un argumento original de Sotelo, pero él no hizo popular en el socialismo español de entonces– que entre Stalin y Lenin había una línea de continuidad absoluta, que sin Lenin no se habría producido Stalín y que éste no había hecho sino desarrollar lo que había iniciado Lenin, el despotismo y el terror en nombre del socialismo.

Lo que sea más perdurable de la intervención de Sacristán puede ser que él no viera tanto una línea de continuidad como algún subsuelo común, el desafío de mantener un estado revolucionario aislado y amenazado de destrucción por las potencias capitalistas, al que Lenin y Stalin, empero, habían respondido de manera diferente. Una de las preocupaciones de Sacristán en la conferencia es subrayar las diferencias, y entre esas diferencias una que resulta fundamental, la autocrítica de Lenin que revisa constantemente las respuestas que se dan y busca las que puedan mantener el impulso revolucionario frente a la autocomplaciente de Stalin, el «cinismo ideológico» que Sacristán le atribuye, que justifica la subsistencia del estado a toda costa, como fin en sí mismo y no como instrumento históricamente superable.

Analizar la conferencia daría para todo un ensayo. Yo me quedaría con ese recuerdo sobre la actitud de Sacristán en una mesa redonda que en la parte del debate no estuvo a la altura de esa actitud. (Puede constatarse en la publicación de la conferencia en Seis conferencias. Sobre la tradición marxista y los nuevos problemas, de la que tú precisamente fuiste el editor).

En el detalle, hay cuestiones que me parece que Sacristán no domina todavía, como la cuestión de cuál era el calificativo que Lenin daba al estado revolucionario soviético, discrepante del de Pannekoek (una revolución burguesa) y también del de Stalin (comunismo en un solo país), que no pretendía sacarlo de la teoría sino de la realidad: un capitalismo de estado en un estado que no era capitalista, que quería representar los intereses de trabajadores y campesinos pobres, durante la transición hacia la reactivación de la revolución en Europa; o esa cifra sobre los muertos bajo el terror estalinista, la de los sesenta millones de muertos, que está muy por encima de la real, aunque como diría Sacristán lo que importa no fue la cantidad sino la naturaleza y el ejercicio despótico de ese terror.»

Esquema

1. Leninismo y estalinismo. A: rasgos comunes.

1.1. A menudo se oye hablar de estalinismo como de algo distinguible sin dificultad y situado en un tiempo bien delimitado.

1.2. Pero quienes se interesan por la cuestión saben que no es así.

1.2.1. Por ejemplo, el primer día de este ciclo alguien recordó hechos despóticos bajo Lenin: Majno, Kronstadt, X Congreso, todo en 1920, hasta la primavera de 1921.

1.2.2. Por lo demás, si se quiere buscar más lejos se encuentra la célebre frase de Engels y, sobre todo, los hechos históricos que ella recoge

1.2.2.1. Claro que se puede decir que Lenin no habría seguido así mucho tiempo.

1.3. Pero, de todos modos, todo eso debe impedir contentarse con el cuadro ingenuo de un leninismo bueno y un estalinismo malo.

2. Leninismo y estalinismo. B: diferencias muy visibles.

2.1. Por otro lado, no faltan diferencias muy visibles.

2.2. La cantidad de poder acumulada en el centro del sistema estalinista: economía estatalizada fundida con poder estatal centralizado y con poder de partido único.

2.2.1. Lenin no tuvo nunca tanto poder.

2.3. La orientación fundamental del terror contra la vieja guardia bolchevique y

2.4. El apoyo en el nacionalismo ruso. Todo relacionado con

2.5. El cinismo ideológico.

3. Leninismo y estalinismo. C. la diferencia principal.

3.1. Hay que decir que también esos rasgos nuevos del período de Stalin tienen raíces, y hasta precedentes, anteriores.

3.2. No sólo ruso-zaristas, «orientales» (Lenin).

3.3. Sino también aparecidos bajo Lenin, p. e.:

3.3.1. Concentración de poder por el militarismo subsiguiente a las guerras.

3.3.2. Incluso la tendencia a la deformación ideológica, porque aquello no era lo que entendían por socialismo ni revolución socialista.

3.3.2.1. Es verdad que en Marx había otra concepción posible, pero los leninistas lo ignoraban.

3.3.2.2. Lo dijeron muchos, y con tres tendencias: Kautsky, Gramsci, Pannekoek.

3.4. Pero éste es precisamente el punto de la diferencia

3.4.1. Lenin espera la revolución mundial, ve la novedad como desfase e incluso tal vez fracaso (después de error gordo). Al final:

3.4.1.1. Intenta una nueva concepción (Bujarin?)

3.4.1.2. Y se hunde en una enfermedad (muda)

3.4.2. Stalin canoniza el estado de necesidad forzándolo en las viejas palabras, que quedan violadas

3.4.2.1. «Comunismo en un solo país» (chiste Zinoviev); el socialfascismo; el pan no-mercancía; reducción de «socialismo».

3.4.2.2. En suma, pragmatismo, falsedad como teoría.

3.4.2.3. Falta de principios que explica también la diferencia de crueldad.

4. Sobre las raíces del estalinismo.

4.1. El viejo tema del atraso: verdad sustancial que se puede precisar.

4.2. La acumulación originaria «socialista» (Preobrazhenski) no es socialista en el sentido de Marx ni tradicional.

4.21. En esto llevaba razón la vieja izquierda de los veinte.

4.3. Sin embargo, la acumulación originaria no se producía bajo la vieja clase dominante, sino bajo un nuevo grupo dominante que se va constituyendo.

4.3.1. En esto se equivocaba la vieja izquierda de los veinte, y aciertan críticos contemporáneos: Bettelheim, Martinet.

5. Sobre actualidad del estalinismo.

5.1. El análisis de Martinet para países tercermundistas.

5.1.1. Somalia es un ejemplo estupendo.

5.1.2. Tiene algo débil: la estatalización.

5.2. En Occidente, sus restos son ideológicos, de dos tipos:

5.2.1. Alucinados

5.2.2. Pragmatistas. Pues el socialismo sin destrucción del poder del capital y del estado es tan ideológico como el comunismo en un solo país.

5.3. La esperanza es que la revisión crítica del estalinismo haya sido el punto de partida de una revisión crítica de toda la tradición obrera marxista, recordando el dicho de Marx y el último Lenin.

En el rato que dedicamos al tema cada uno de nosotros [Manuel Vázquez Montalbán y él mismo] es claro que es imposible intentar una caracterización muy completa de un hecho histórico tan complicado como ha sido el estalinismo porque, aunque a menudo se oye hablar de estalinismo como si fuera un hecho fácil de delimitar, fácil de definir, del que se pudieran dar con exactitud o con aproximación fechas, de todo modos a mí me parece que toda persona interesada de verdad en el tema sabe, a poco que se haya ocupado de él, que las cosas no son así, que ni es fácil una delimitación del concepto de qué fue o qué es el estalinismo ni tampoco es fácil dar fechas.

Esto ya salió a colación en el primer día del ciclo. Uno de los que estaban intervino para recordar, por ejemplo, hechos despóticos, hechos digamos «estalinistas», de los que se suelen calificar de estalinistas, bajo el gobierno directo de Lenin. Y se pueden recordar otros, incluso alguien de la mesa recordó algunos: los problemas con el movimiento de Majnó, si no me equivoco los recordó Solé Barberà, y personas que estaban abajo recordaron hechos como el de Kronstadt me parece, y también, en cierto sentido, el X Congreso del Partido Bolchevique, es decir, la prohibición de la organización de fracciones y tendencias.

Vale la pena decir que todo esto, los tres ejemplos que salieron el otro día y que yo repito ahora, ocurrieron en un lapso de meses bastante corto: todas esas cosas habían pasado a lo largo de 1920 hasta la primavera de 1921. Y, por lo demás, no es nada difícil buscar también más lejos. Cualquiera que quiera buscar incluso más lejos de estos primeros años de gobierno soviético, se puede encontrar, en la generación anterior de clásicos del marxismo, con la célebre frase de Engels según la cual no hay nada más autoritario que una revolución. Y lo que es más serio: uno encuentra los hechos que hay debajo de esta frase de Engels. No sólo es su frase sino que está bien documentada históricamente por todas las revoluciones que conocemos.

Es verdad que ante todo este complejo de hechos que caen bajo el gobierno directo de Lenin y del viejo equipo bolchevique, y que reproducen esa especie de síntesis histórica que puede ser la frase de Engels acerca de que toda revolución es un hecho sumamente autoritario, se puede argumentar: pero, de haber seguido Lenin y los viejos bolcheviques en el poder soviético, eso habrían sido sólo fenómenos de la época revolucionaria, no se habrían eternizado como se eternizaron hasta muy cerca de nuestros días bajo el gobierno de Stalin y de su equipo. Y eso es verdad. Pero, de todos modos, el recuerdo que ya se hizo ayer de todos estos hechos de tipo despótico, y hasta en algunos casos crueles, antes de lo que con cierto sentido común se puede llamar «estalinismo», debería por lo menos enseñarnos a no dibujar un cuadro ingenuo, contraponiendo por un lado una cosa perversa que sería el estalinismo, y, por otro, una muy pura e inocente que sería el leninismo histórico.

Dicho esto, de todas maneras hay que añadir en seguida que no faltan diferencias muy visibles entre el leninismo y el estalinismo históricos, entre el leninismo real, digamos, el que existió, y el estalinismo también real. Por limitarme también en este breve repaso a cosas que todos tenemos seguramente más o menos presentes, concentraría las diferencias más visibles en torno a éstas:

Por una parte, la cantidad de poder acumulado en el sistema estalinista. Cuando se puede considerar que el sistema estalinista está ya cuajado, es decir, al final de los años treinta, poco antes de que estalle la Segunda Guerra Mundial, el sistema estaliniano es, visto socialmente, una economía muy estatalizada, que al mismo tiempo está fundida indisolublemente con un aparato de Estado muy centralizado a su vez. Y para acabarlo de arreglar, además, ese aparato de Estado muy centralizado está prácticamente fundido con las instancias directoras del partido político único. La concentración de poder que sale de eso, cuando ya la economía está funcionando, es desde luego algo muy superior a lo que conoció Lenin en su vida. En la época leninista en sentido estricto, nunca se ha concentrado en manos del poder central una cantidad de fuerza semejante.

Ése sería el primer rasgo diferenciador de los muy visibles, de los que se aprecian ya a primera vista: la diferente concentración de poder. El segundo [rasgo] que me interesaría subrayar, sin perjuicio de que se podría hacer con otros (lo que hago es abreviar, de modo que pueda recoger el mayor número posible de detalles), diría, pues, que otro rasgo diferencial es que aunque sin duda la Cheka se haya fundado bajo Lenin, aunque sin duda haya habido ya bajo Lenin, en el leninismo clásico, fenómenos tan dolorosos como el de Kronstadt, por ejemplo, y muchos otros, sin embargo, el terror bajo la época de Stalin se diferencia en que tiene como principal orientación el ser un terror contra la vieja guardia bolchevique, contra el mismo partido. No quiero decir con eso que me vaya a olvidar de los millones de simples ciudadanos soviéticos que sufrieron ese terror y que han vivido y muerto en los campos de trabajo de la época estaliniana, pero lo que sí quiero subrayar es que lo radicalmente nuevo del período estaliniano es que se puede apreciar claramente que todo ese terror tiene como punta más definida la liquidación de la vieja guardia bolchevique.

Esto los hombres de la época lo vieron muy bien. La gente que se salía asustada de alguno de los partidos comunistas en la época ha dejado recuerdos e imágenes muy impresionantes acerca de los nuevos funcionarios, de una temible joven guardia «con correajes de cuero nuevo», según la frase de un célebre escritor de la época, cuya principal tarea en el seno del partido comunista ruso había sido el asesinato de los viejos bolcheviques, de los viejos bolcheviques o de la vieja dirección soviética, incluido Trotski, naturalmente, y muy destacadamente.

Este sería el segundo rasgo: la represión, hasta llegar al terror, se ha ejercido además contra el mismo partido y, señaladamente, contra el equipo de los viejos bolcheviques.

El tercer rasgo sería, en mi opinión, el apoyo del estalinismo en el nacionalismo ruso. Al mismo tiempo que, en medio de una campaña de desprestigio, mueren bajo el estalinismo los miembros de la vieja guardia bolchevique, al mismo tiempo, sin embargo, el régimen busca y obtiene un apoyo en un elemento hasta entonces inverosímil en un partido marxista; a saber: en el patriotismo, en el nacionalismo de las masas no comunistas.

Todo ello está relacionado con un último rasgo que yo daría, muy diferenciador de cualesquiera que hayan podido ser las durezas y violencias de la época del poder soviético en vida de Lenin. Este cuarto rasgo se desprende un poco de los anteriores: es el cinismo ideológico, la completa despreocupación del equipo director estaliniano respecto de las cosas que dice. Esto lo detallaré un poco más adelante. Para él, la ideología y la teoría es una pura cobertura de cada momento de las necesidades prácticas, con un desprecio por la teoría que el equipo leninista jamás había sentido. Más bien el equipo leninista, si en algo había pecado en eso, era de todo lo contrario, de una costumbre, muy de intelectuales por lo demás, de estarse siempre fijando en todos los detalles de la teoría.

Hay que decir, de todas maneras, que esos rasgos diferenciadores, esos rasgos nuevos, propiamente estalinianos, tal como los he resumido hace un momento –repito que sin creerme con esto haber hecho nada ni definitivo ni completo, sino algo que pueda caber en media hora–, esos rasgos, a pesar de que los considero nuevos, reconozco, y creo que hay que reconocer, que tienen raíces y precedentes en el período anterior. No sólo precedentes zaristas, no sólo precedentes orientales, como decía Lenin, el cual él mismo ha notado ya antes de morir, en su propio período de gobierno, hasta qué punto se parecían algunas conductas de los nuevos funcionarios a las conductas de los viejos funcionarios, de los funcionarios zaristas, hasta qué punto eran los mismos en gran parte, y hasta qué punto se les parecían los que no eran los mismos.

Pero no me refiero sólo a eso. Me refiero a precedentes de esos rasgos estalinistas que no vienen de la Rusia zarista sino que han nacido bajo el gobierno de Lenin. Por de pronto, aunque antes he dado como un rasgo diferencial del estalinismo la enorme concentración de poder por comparación a lo que ha ocurrido en la época de Lenin, sin embargo, no se puede olvidar que la gran concentración de poder venía ya un poco predeterminada por la guerra civil y por la intervención extranjera. Un régimen que nace a través de una guerra civil y de una intervención extranjera tiene inevitablemente un predominio del aspecto militar del gobierno. Y ese aspecto militar, por otra parte, siempre ha sido predominante en cualquier revolución. Entonces, todo eso ha hecho que ya desde el primer momento haya habido una concentración del poder casi desconocida hasta entonces por las sociedades del Imperio ruso. Pero incluso la tendencia a la deformación ideológica –esto último a lo que me he referido, el cinismo ideológico–, a deformar la teoría, esto ya tenía si no precedentes en Lenin –creo que precedentes no– sí raíces en la situación de Lenin. ¿Por qué? Porque lo que los bolcheviques rusos, y luego todos los comunistas en la III Internacional, han vivido como revolución socialista no era en absoluto lo que hasta poco antes habían imaginado y pensado como revolución socialista.

Es verdad que en Marx mismo había otra posibilidad de entender la revolución socialista, en algunos escritos de la última época de su vida*4, pero, curiosamente, estos escritos de la última época de su vida no se han conocido hasta ya entrados los años veinte. Quiero decir que los bolcheviques de la época de la revolución no han conocido estos escritos de Marx que contemplaban otra posibilidad de paso al socialismo. Ellos no los han conocido. Por lo tanto, ellos han vivido en la incomodidad de estar llamando revolución socialista a algo que en su formación intelectual y en su juego de conceptos no era una revolución socialista.

Esto lo han dicho muchos, y lo han dicho muchos ya en la época, y lo han notado no en una sola tendencia sino miembros de muchas tendencias imaginables. Está, por una parte, la tendencia socialdemócrata, Kautsky y los socialdemócratas alemanes, que al no ver que se den en Rusia las condiciones que ellos conocían del Marx clásico, del Marx de El Capital, consideran que esa revolución no se tenía que haber hecho. Esto por una parte. Luego están, en cambio, los comunistas más de izquierda –por ejemplo, y señaladamente, Gramsci– que piensan que, efectivamente, como él ha escrito en un artículo célebre, ésa es una revolución contra el Capital (éste es el título de un célebre artículo de Gramsci), pero piensan que eso no importa porque ellos tienen una formación mucho más idealista que la de Marx y que con un esfuerzo de voluntad y de cultura eso se puede arreglar. Y, por último, hay toda una tercera tendencia que también piensa que esa revolución es anómala, o que se entiende mal, que es la de la extrema izquierda de la Internacional Comunista, lo que se llamó la izquierda consejista. Pero no sólo la izquierda consejista: Pannekoek, Korsch, autores así, de extrema izquierda, a los que Lenin consideraba izquierdistas. Estos lo que piensan es que Lenin y los bolcheviques rusos han hecho una revolución burguesa y lo que tienen que hacer es reconocerla como tal, como revolución burguesa, y, por tanto, organizar el poder y todo desde ese punto de vista aunque con una posibilidad de cambio social pero muy a la larga, dimanante de la naturaleza revolucionaria del poder político y que seguramente acarreará problemas muy nuevos.

Esta diferencia entre la teoría previa y lo que ha ocurrido allí, lo que se creía que era una revolución socialista, lo que ha ocurrido en Rusia y la teorización de eso, luego dará, en el estalinismo, lo que he llamado «el cinismo ideológico», es decir, la falsificación abierta de la teoría y su utilización para justificar cualquier práctica, incluido –vamos a llamar a las cosas por su nombre tratándose del período estalinista– cualquier asesinato.

Pero, en este punto, aunque estuviera la raíz del vicio estaliniano, hay una diferencia importante con Lenin. Lenin sabe muy bien que la revolución que ha dirigido no cumple el esquema tradicional del marxismo de la Segunda Internacional, del marxismo procedente de una interpretación directa de El Capital. Y como la mayoría de los aquí presentes recuerdan muy bien, está esperando la intervención de un movimiento revolucionario mundial, o por lo menos europeo (al final, por lo menos centroeuropeo). Al no producirse la revolución en Occidente, hay un momento en el cual yo creo que hay que registrar en Lenin un tipo de ilusión que luego es característico del estalinismo: la ilusión que se puede cifrar en la célebre figura o frase retórica de que el comunismo serían los soviets más la electrificación. Pero esa ilusión no ha debido durar demasiado tiempo. Como es sabido, en los últimos tiempos de su vida, con muchas dificultades de salud, en esa curiosa enfermedad que los psicoanalistas de izquierda deberían analizar un poco: por qué tuvo entre sus consecuencias esa enfermedad final de Lenin la imposibilidad de comunicarse, por qué se hundió así en la enfermedad. No hago más que plantearlo, no puede uno atreverse en tan pocos minutos a decir nada sobre ello. Pero, aparte de eso, es conocido que ha intentado un replanteamiento en los últimos tiempos de su vida. Hay especialistas –yo no soy un historiador y no puedo atreverme a tener opinión al respecto, sólo lo digo como información– que piensan que, efectivamente, Bujarin tenía muchos elementos del desarrollo que Lenin podía pensar ajustar.

En cualquier caso, lo que no hay, en la fase final de Lenin, es la glorificación del estado de cosas como si eso fuera lo que se había deseado y lo que se había buscado. Más bien hay una larga situación de crisis, por insuficiente que sea. No vamos a entrar en detallar si la autocrítica final de Lenin es suficiente o no lo es. En cualquier caso, la gran diferencia, desde mi punto de vista, es que en vez de tener esa consciencia final problemática, autocrítica de Lenin, el estalinismo consiste en canonizar como teoría justa lo que no es más que el estado de necesidad, el estado de necesidad del hambre, de la escasez, de la necesidad de represión, etc.

Así, en el intento de presentar la dramática situación del antiguo Imperio ruso como si fuera la realización del socialismo, y luego incluso, como veremos, del comunismo, el aparato de propaganda estalinista va forzando los viejos conceptos, las viejas ideas, hasta extremos a veces grotescos. Otras veces no, otras veces son hipótesis más o menos discutibles, seguramente con un elemento de realidad. Por ejemplo, la célebre y central tesis estaliniana –yo nunca he creído que fuera del todo falsa– según la cual a medida que avanza la construcción del socialismo se agudiza la lucha de clases. Tampoco es que la crea a pie juntillas, pero por lo menos, por lo que hace a la lucha de clases a escala mundial, me parece que tiene cierta justificación. Pero otras veces la construcción de teoría para justificar la práctica -en este caso era claro que justificaba la práctica represiva interior- llega a ser casi de chiste, y si no hace el chiste se lo hacen sus colegas más directos. Por ejemplo, la idea del socialismo en un solo país, completamente ajena a la tradición marxista, luego llega a ser sustituida incluso por la frase increíble de comunismo en un solo país, la cual ya no se entiende lo que quiere decir. Es absolutamente incomprensible y parece mentira que haya aguantado durante años en la propaganda estaliniana. Zinoviev, que no sabía todavía lo que podía costar una cosa así, le hacía el chiste a Stalin de hablarle del comunismo en una sola calle, en una época en la que todavía no se sabía que esas cosas bajo Stalin se pagaban con la vida. Como lo pagó Zinoviev, desde luego.

No menos increíble era, por ejemplo, la idea del socialfascismo. Me he traído copiada la afirmación central de Stalin sobre el socialfascismo –esto es, la hipótesis de que los partidos socialdemócratas son partidos fascistas, son fascismo– porque leída hoy parece increíble, pero eso ha sido doctrina oficial. El trozo central, escrito por Stalin en la época del VI Congreso de la Internacional, dice así:«No es verdad que el fascismo sea la organización militante de la burguesía sola. Es la organización militante de la burguesía basada en el apoyo activo de la socialdemocracia. El fascismo es la estructura política común a esos dos organismos fundamentales: la socialdemocracia y la burguesía. No son opuestos, sino gemelos»

Si se tiene presente que los muertos por el nazismo de la socialdemocracia, sin llegar probablemente a los 350.000 muertos comunistas de Alemania bajo el nazismo, deben rozar, según los cálculos más verosímiles, los 250.000, esto verdaderamente pone los pelos de punta. Aparte de que también pone los pelos de punta que entre marxistas se haya podido tolerar que el nombre de un partido –«socialdemocracia»– y el nombre de una clase social –«burguesía»– aparezcan en el mismo plano de análisis como organismos fundamentales ambos. Verdaderamente era un insulto para el cerebro de los marxistas de la época, pero es evidente que encajaron el insulto.

Incluso la noción de socialismo ha quedado falseada desde entonces. En la tradición socialista se llamaba socialismo a una determinada forma de vida. A partir del estalinismo, y durante muchos años, muchos –yo también, recuerdo cuando lo hacía– hemos usado «socialismo» para significar sólo la obtención de algunos instrumentos de lo que creíamos que era el socialismo; por ejemplo, estatalización económica, etc. La misma palabra «socialismo» ha quedado prácticamente afectada en este período.

En sustancia, la gran diferencia, diría yo, entre todas las durezas que ha podido tener el período de Lenin y lo que es el sistema estaliniano es este pragmatismo, esta completa violación de las ideas, de los conceptos, usados para justificar cualquier práctica, incluso la más macabra. Ese pragmatismo ideológico explica también, en mi opinión, la diferencia de crueldad, la diferencia que hay entre la dureza política de Lenin y el asesinato de toda la vieja guardia bolchevique.

No querría terminar sin tocar un par de puntos más, aunque sea muy brevemente. Después de hacer dicho que lo que me parece esencial es ese pragmatismo, como esencia diferenciadora respecto del leninismo, querría gastar cinco minutos sobre las raíces del estalinismo y otros cinco o menos sobre posible actualidad del estalinismo

[…] al equipo estaliniano yo creo que está cargado de verdad, yo creo que es substancialmente verdadero, y desde luego en Inglaterra no habría sido posible el estalinismo.

Esto se puede detallar un poco más. He cogido el ejemplo de Inglaterra con intención. Como seguramente la mayoría de los aquí presentes recuerda, el intento más serio de entender lo que estaba pasando en el antiguo Imperio ruso por parte de un viejo dirigente bolchevique es la tesis de Preobrazhenski de la acumulación originaria socialista, que la primera tarea de aquel poder era obtener una acumulación de medios de producción como la que la burguesía había conseguido en la Inglaterra de los siglos XVII, XVIII y XIX. Esta acumulación originaria en Inglaterra, como es muy sabido, había acarreado a la población –principalmente, como es natural, a las poblaciones de las clases trabajadoras– una suma de dolores y de sufrimientos que, si se pudieran sumar los sufrimientos, seguramente no sería inferior, quizá todo lo contrario, a la suma de sufrimientos ocurrida en la Unión Soviética durante esa acumulación originaria socialista.

Lo que pasa es que esa acumulación originaria socialista, que decía Preobrashenski, muy probablemente no hay que verla como socialista. ¿Por qué socialista? Lo que ha conseguido es en gran parte lo mismo que consiguió la acumulación originaria burguesa, a saber, una civilización industrial. En esto –lo digo porque me parece bueno arriesgar la propia opinión– creo que llevaba razón la extrema izquierda de los años veinte, éstos a los que Lenin criticaba por izquierdistas. Yo creo que cuando Pannekoek dice que lo que se estaba haciendo allí era lo mismo que en la revolución burguesa inglesa llevaba razón, una acumulación originaria de capital. Sin embargo, esa acumulación originaria se ha producido en la Unión Soviética no bajo el dominio de la vieja clase dominante sino bajo el dominio de una nueva clase, de un nuevo grupo –como se la quiera llamar–, de una nueva agrupación de personas, los funcionarios del partido y del Estado, cosa en la cual no llevaban razón, creo yo, los izquierdistas de los años veinte. Es decir, esta nueva acumulación no produce exactamente una acumulación burguesa de capital al modo clásico estudiado por Marx. Es un nuevo grupo social, el de la dirección del Estado y del partido, el que domina esa acumulación, el que la dirige, como han puesto de manifiesto varios sociólogos contemporáneos. Este es un tema que, como seguramente es conocido por todos, está siendo objeto de mucho estudio actualmente (Precisamente por falta de tiempo no me dedico a recordar los precedentes de este análisis en el que ahora están empeñados sociólogos contemporáneos y cuyo primer origen está en la extrema izquierda de los años veinte y cuyo segundo eslabón teórico importantísimo es, como es sabido, Trotski).

Por último –no pierdo tiempo sobre esto, no vale la pena, si no rebasaríamos con mucho el tiempo previsto sobre el par de minutos que quería reservar a la actualidad del estalinismo–, se suele decir también, igual que se suele creer que el estalinismo es un fenómeno muy delimitado en el tiempo, que eso es cosa del pasado y que hoy no hay estalinismo. Yo no creo lo mismo y querría sugerir un par de líneas de análisis simplemente, sin profundizar en ellas, acerca del estalinismo contemporáneo. Una se debe a un político, sociólogo y politicólogo francés muy capaz, Martinet, que había sido miembro de la III Internacional, y de los pocos que vieron muy pronto que aquellas historias de los años treinta tenían que ser mentira. Martinet ha hecho un análisis sociológico de mucho interés: el estalinismo, el estalinismo de Stalin quiere decir, el que existió en la Unión Soviética, se parece mucho a estos regímenes que se están produciendo hoy día en el Tercer Mundo: una cierta industrialización, una cierta acumulación de capital, no dominada por la vieja clase dominante, que era una clase colonial, que era un imperio (por ejemplo, Argelia; por ejemplo, Somalia estos días), sino dominada por una nueva elite, una nueva vanguardia, un nuevo equipo de técnicos y políticos que sin toda la ortodoxia estaliniana están recogiendo algunos elementos de esa tradición estaliniana: industrializar sobre la base de un régimen muy autoritario, apelando a lo que llaman, muy ideológicamente, «el socialismo científico». El socialismo científico del señor Barre, o de Nasser, cuando vivía Nasser, o de los argelinos, es tan pretenciosamente ideológico como lo fue el de Stalin y se parece bastante socialmente. El punto quizá algo débil de este análisis de Martinet para considerar todo esto estalinismo contemporáneo es tal vez que la estatalización no suele ser en estos Estados tan intensa como en el caso del estado soviético, pero desde luego sí que es tan intensa como en algunas democracias populares, al menos en sus fases iniciales.

En Occidente, en los mismos países de metrópoli, yo creo que también se puede hablar de persistencia del estalinismo. Lo está por una parte en el dogmatismo alucinado de algunas personas, alucinado y poco capaz de comprender la realidad, pero lo está también en el otro lado, lo está también en mi opinión en el pragmatismo de muchos partidos obreros, porque, por decirlo brevemente y ahorrando tiempo, a mí me resulta tan pseudoteoría pragmática para falsificar una práctica del día eso de que se puede hacer el comunismo en un solo país o de que el pan va a dejar de ser mercancía como llevaban los soldados soviéticos muertos en el bolsillo (una octavilla que decía eso durante la guerra mundial fue capturada por los alemanes y exhibida por todo el mundo), me parece tan pragmatismo pseudoteórico decir que es posible establecer el comunismo en un solo país como decir que es posible el comunismo o el socialismo sin choque revolucionario violento con la clase dominante actual. Tan ideológico me parece una cosa como la otra, tan pragmatista y, en cierto sentido, tan estalinista, en el sentido, esto es, de la pseudoteoría para justificar la práctica. En un caso puede ser una práctica muy violenta, en otro caso puede ser una práctica parlamentaria. En los dos casos es una práctica muy poco revolucionaria, dicho sea de paso. Stalin siempre tuvo mucho cuidado de presentarse como el centro, nunca quiso jugar a izquierda.

Pero no querría terminar tampoco con una nota de poco optimismo, porque lo que resulta esperanzador, en mi opinión, es el que muchos, después de toda la larga experiencia –sin haber olvidado lo que ha sido de realidad de consciencia de clase el estalinismo, consciencia de clase ideológica, sin duda, sin duda falsa consciencia, sin duda autoengaño involuntario, pero tremenda consciencia de clase–, después de haber pasado por ello podamos decir estas cosas hoy tal vez signifique que la crisis en serio del estalinismo, la crisis un poco definitiva, puede ser el comienzo de una recuperación del pensamiento revolucionario no ideológico, no autoengañado ni por ilusiones pseudorrevolucionarias, alucinadas, como he dicho antes, ni por ilusiones de tipo parlamentarista, reformista, que son en Occidente, en este momento, las dominantes.

Ese pasado de consciencia de clase que estaba presente en la clase obrera estalinista –esto los que no han sido estalinistas ni han estado en partidos estalinistas tendrán que creerlo bajo palabra, pero los que sí han estado saben que es verdad– se traducía en reacciones seguramente muy primarias y, como he reconocido y subrayado, reacciones ideológicamente falsas, de falsa consciencia, pero muy auténticas. Por ejemplo, son historia las alusiones, las exclamaciones, el folklore obrero por el cual ante una injusticia, en algún país mediterráneo, en el sur de Italia concretamente, el hombre oprimido reaccionaba con la frase: «¡Ya vendrá el bigotudo!», como expresión de su furia, su odio, su reacción de clase ante la injusticia sufrida. Hasta qué punto el estalinismo fue portador, con falsa consciencia, de la consciencia de clase lo sabemos todos los que hemos tenido que explicar a militantes comunistas que era verdad, que finalmente resultaba verdad lo que los burgueses habían dicho durante mucho tiempo, a saber, que el gobierno estalinista había asesinado a la vieja guardia bolchevique. Los que hemos tenido que encajar eso y contarlo, y hemos visto a los militantes llorar al oírlo, cuando no tenían más remedio que creérselo porque les dábamos los datos y les decíamos «esto viene de aquí, esto pasó así y esto otro pasó así», sabemos muy bien que bajo aquella falsa consciencia hubo auténtica consciencia de clase, lucha de clase. Lo que hay que precaverse es que el resto ideológico, parlamentarista reformista, de pragmatismo, de estalinismo de extrema derecha, por así decirlo, bajo el que ahora vive una gran parte del movimiento obrero, no pierda, además de la consciencia real, como perdió el viejo estalinismo, incluso la ilusoria, pero al menos existente, consciencia de clase.

Coloquio

No se recogió la primera pregunta en su totalidad, no se entiende bien en algunos momentos. Por la respuesta de Sacristán, intervino en primer lugar Wilebaldo Solano (1916-2010), dirigente del POUM. Pronunció un prolongado parlamento sobre la negatividad del estalinismo y sobre sus raíces sociales.

Yo no creo que haya nada que contestar porque, si se prescinde de pequeños detalles de forma, pues claro, no veo que haya ningún problema en eso. Intentando decirlo de otro manera, lo que él ha dicho es: que no está de acuerdo con Stalin, yo tampoco; que –no sé si voy a reproducir el mismo orden– hay causas materiales del estalinismo, he intentado analizarlas; que está mal criticar a Stalin para ponerse a buenas con la burguesía, sí, me parece que está muy mal (me parece, de todas maneras, que ya no van por ahí los tiros; ahora para congraciarse con la burguesía, hay que enfadarse con mucha más gente, no sólo con Stalin), y que los votos no aumentan la inteligencia de los dirigentes: yo ni soy dirigente ni tengo votos, por un lado, él que es dirigente, aunque no tenga votos, lo sabrá mejor.

Dirigiéndose al «compañero Sacristán», Solano, después de dar detalles autobiográficos, señala un error en su intervención que le parece fundamental: el estalinismo no es Stalin, el estalinismo no sólo se ha producido en la URSS y no sólo en países poco desarrollados económicamente. Pensemos, por ejemplo, en Checoslovaquia. La hipótesis que formula Solano es que no es posible hacer un análisis del fenómeno sin hacer también «un análisis del estalinismo en España, con todas sus trágicas consecuencias».

No he mencionado eso como no he mencionado muchas otras cosas.

Aparte del gran interés que tiene para la historia de España lo que este compañero acaba de decir, hay, además, una cosa de bastante interés teórico en todo esto. En la difusión del estalinismo, sobre todo a Checoslovaquia (que además es donde los ejemplos resultan mejor historiables y de más ilustración con el proceso de Slánsky, Klementi, por ejemplo; no son cosas que ignore: no las he dicho pero no porque me parezcan sin importancia, tienen incluso, creo yo, importancia teórica), en la difusión del estalinismo, decía, el factor político ha sido infinitamente superior. A partir seguramente del VI Congreso de la Internacional, ha tenido una importancia superior a lo que podían permitir los datos de tipo básico, de tipo económico-social.

Estoy de acuerdo, sí. No lo he mencionado simplemente porque, aun con lo mucho que me he dejado en el tintero, he rebasado algo el tiempo de que disponía. Y el caso español es muy destacado desde ese punto de vista.

Se pide a la mesa su opinión sobre los cambios de política cultural –la persona que interviene cree que son notables– entre las épocas de Lenin y Stalin, mucho más represiva en caso de este último en su opinión.

No sé si Lenin llegó a tener una política cultural trabajada. No estoy nada seguro. Que él, al final de su vida, tenía una preocupación de no haberla tenido suficientemente eso está claro porque ha dejado dichoque no había habido un intento de revolución cultural serio, coherente. Lo que sí ha habido ha sido bastante posibilidad de iniciativas. Dicho sea de paso, si yo no he tratado el tema, y supongo que Manolo Vázquez igual, es precisamente porque los temas del oficio son los que uno no quiere tratar cuando está fuera de la mesa de trabajo.

En cambio, en el caso de Stalin, sí que me parece comprensible la política cultural tan restrictiva. Fue una política cultural, por un lado, restrictiva, es decir, muy coactiva, con mucha censura, pero también vale la pena ver los contenidos. Los contenidos eran además muy tradicionales. Por ejemplo, en los planes de estudio, no sólo se produce una gran rigidez del estudio de acuerdo con el esquema tradicional alemán de enseñanza media y enseñanza superior, candidaturas, etc., todas las cosas de la vieja Universidad alemana, aunque con la gran novedad del elemento politécnico, del elemento ingenieril introducido en todas partes (pero en sustancia el esquema es ese esquema muy conservador) sino que los contenidos mismos de la enseñanza incluso dan marcha atrás. Hay campos en los cuales se cambian hasta los programas para enseñar la misma disciplina en términos mucho más tradicionales, en términos que en un país de Occidente europeo como es éste llamaríamos bastante de la última escolástica. Por ejemplo, en materias humanísticas y filosóficas se enseña con criterios sorbidos de la tradición aristotélica.

¿Por qué esa enseñanza conservadora de contenidos y muy rígida en las formas? Me parece que es bastante coherente con la percepción por el equipo de gobierno estaliniano de que lo que ellos tienen que hacer es una acumulación de capital, que tienen que hacer algo que está muy atrasado, que ya está pasado. Para lo que ellos tienen que hacer, dar pie a una producción de acero, de cemento, de carbón, es muy coherente una cultura burguesa del siglo XIX, que es la que ellos han puesto en los sistemas de enseñanza, en todos los años veinte, treinta y hasta la II Guerra Mundial.

Esto no quiere decir que no hubiera excepciones que estaban camufladas con una característica mala fe, con esa característica falsedad ideológica del período estaliniano. Había disciplinas modernas que se condenaban en la cultura pública como ciencia burguesa degenerada, pero que se practicaban bajo otro nombre y bajo el amparo de institutos de otra especialidad. Por ejemplo, la lógica simbólica moderna no existía y era condenada como un vicio burgués, pero en cuanto murió Stalin resultó que había un verdadero ramillete de grandes lógicos que hacían lógica simbólica en la Unión Soviética; entre ellos, uno de los principales de la segunda mitad del siglo, con toda una nueva teoría. Estaban camuflados en departamentos de física, de química. Pero eran excepciones y además era el secreto, digamos.

La cultura oficial era una cultura atrasada como atrasada era la tarea económica-cultural que estaba realizando el país. Lo que no quita que fuera grandiosa. Coger a los kirguises y pasarlos de la prehistoria a la vacuna contra la difteria es un paso verdaderamente grandioso. Sólo que para dar ese paso no hay por qué tener una cultura del siglo XX: basta con cultura de finales del XIX. Y esto caracteriza mucho la cultura superior soviética de la época.

Me parece que, además, esto interesa relativamente. Lo podíamos dejar así. Ha sido una política cultural restrictiva y sobre la base de contenidos anticuados.

Se le pregunta a Sacristán por el interés de las críticas «reaccionarias» a la tradición marxista provenientes de los entonces llamados «nuevos filósofos» franceses.

Te pediría el retoque de la pregunta porque yo no tengo nada claro que porque un movimiento o una crítica sea reaccionaria no nos pueda ser útil. Ahí están Balzac y Marx.

Es en ese sentido en el que hace la pregunta.

Que sea reaccionaria es una cosa, que sea intelectualmente inútil es otra. Que sea dañina socialmente es una tercera cosa que también creo.

Pero a pesar de que en hipótesis es descaradamente reaccionaria, a pesar de eso, ¿hay en esas críticas elementos aprovechables con los cuales volver a empezar una investigación?

Yo diría que, para la gente con una militancia en el movimiento obrero, en general, sí; para el conjunto de la sociedad el episodio me parece más bien desgraciado, creo, hasta ahora, porque no tiene tampoco gran calidad. Tampoco en esto he hecho una lectura a fondo, en serio, pero lo que he visto hasta ahora, tampoco es que tenga gran calidad crítica. No creo haber aprendido nada de lo poco que he visto hasta ahora, salvo muestras de caradura tan sensacionales como la declaración de Lévy [Bernard Henry] que él no había leído El Capital, que eso sí que es gordo.

¿Cree entonces que no aportan elementos nuevos?

Me parece que no, salvo en páginas que yo no haya leído todavía.

La persona que ahora interviene habla del dogma de «la revolución de la mayoría» y sobre la lucha por las libertades y el parlamentarismo. Aun teniendo en cuenta lo que tiene de reacción, de contestación al estalinismo, esta lucha por la ampliación de las libertades parece aceptar el «marco político capitalista». ¿No hay en ello un peligro de asimilación del movimiento obrero? ¿Es realmente esa vía un sendero de transformación socialista?

A mí me parece que la pregunta llevaba dos cuestiones dentro: la del aprovechamiento de legalidad y lucha por ampliación de libertades, que es una cosa, y eso no es nada nuevo, eso es tradicional, primero, del movimiento obrero y, más en general, de cualquier clase dominada que intenta ampliar, como es natural, las libertades de que pueda disfrutar, y la segunda cuestión es hasta qué punto por este camino se consigue una revolución. Desde mi punto de vista, hasta ningún punto. No se consigue, sencillamente. Una revolución es el acto más autoritario que existe, según la frase de Engels que repito ahora.

De todos modos, al margen de eso, aunque no estuviera explícita una tercera cuestión me parece que queda coleando: el desprecio a las libertades formales. Creer que esto es una cosa de izquierda y revolucionaria es una de tantas deformaciones ideológicas estalinianas, viene del período de Stalin. En el período de Stalin se han recortado las libertades individuales de los ciudadanos soviéticos, no por izquierdismo sino por derechismo abierto. La primera limitación, limitación todavía visible en vida de Lenin, en el X Congreso, en marzo de 1921, es una limitación de libertades que sirve para tapar el aplastamiento de la insurrección de Kronstadt y para la introducción de la NEP, es decir, sin juzgar ahora que fueran buenas o malas medidas –a lo mejor eran óptimas, yo no soy ningún economista competente, a lo mejor eran necesidades indiscutibles–, pero dejando aparte su valor técnico, desde el punto de vista político, eran un enorme bandazo a la derecha. Para dar un enorme bandazo a la derecha es para lo que ha recortado el poder soviético las libertades, entendámonos, porque cuando un poder es él de izquierda no va a recortar libertades de sus propios ciudadanos para seguir su camino, el camino previsto por su propia izquierda. Las recorta para irse a la derecha.

La identificación del recorte de libertades con la izquierda es una falsedad histórica en el movimiento comunista. Esto para empezar. Y la verdad, hasta dónde tiene que haber calado el poso de ideología estaliniana para que sea posible hablar de la palabra «libertad» despectivamente. Eso es monstruoso, eso es más o menos, supongo que si yo fuera teólogo (aunque me divierta estar con teólogos no lo soy), pues diría que eso es uno de esos pecados contra el Espíritu Santo, porque eso, tratar despectivamente la libertad, es llamar mal al bien. La libertad, primero, ni es de derechas ni se puede despreciar.

Se les pregunta por las condiciones que pueden posibilitar un cambio revolucionario real y por las formas de ejercicio del poder socialista. La respuesta de Sacristán:

A mí me produce cierto malestar este tipo de pregunta que tiene dos defectos graves que el querido L.E. me va a permitir que critique severamente.

Primero, es un tipo de pregunta hipócrita porque es evidente que L. sabe lo que yo pienso sobre el asunto, no está haciendo una pregunta auténtica, está haciendo política en el mal sentido de la palabra, es decir, me está instrumentalizando. Esto es una critica que tengo que decir de salida. La digo porque claro, al mismo tiempo, como estoy en esta mesa, tengo que pagar la servidumbre de contestar, como es obvio. La cuestión de palabras es lo de menos pero tú sabes muy bien que yo pienso que no es posible un cambio de clase dominante sin ejercicio de coerción sobre la antigua clase dominante. Eso es evidente. Si le quieres llamar de otro modo, eso es lo que siempre hemos llamado «dictadura del proletariado».

¿Cuáles eran las otras preguntas? ¿Si el estalinismo ha sido una forma de dictadura del proletariado? Aquí discrepo de ti a pesar de que has hecho el sutil inciso salvador, para que yo pudiera agarrarme, de que ha habido muchas formas de dictadura burguesa y así yo podía decir que también ésta había sido una forma de dictadura del proletariado. Digo que no: el estalinismo ha sido una tiranía sobre la población soviética, una tiranía asesina sobre el proletariado soviético y conservar la nostalgia de eso es estúpido y criminal.

Interrupción de LE que no está bien recogida. Rechaza y critica severamente estas últimas palabras de Sacristán.

Acepto sinceramente la crítica, de verdad, porque aunque mi intención no era llamar ni estúpido ni criminal a L., eso desde luego, aunque mi intención no era ni mucho menos esa, comprendo que el camarada se haya podido enfadar. Lleva toda la razón en la crítica y se la agradezco.

Lo que yo sí consideraría poco inteligente, y también criminal, sería intentar alimentar una nostalgia estaliniana que no fuera la nostalgia por los combatientes del estalinismo. Cuando antes he hecho la alusión a los militantes a los que yo he visto llorar, está claro que no estaba riéndome de ellos. Sé la cantidad de autenticidad de lucha comunista que hay debajo del estalinismo. Debajo de aquella época, pero debajo. Los que estaban debajo no sólo merecen todos los respetos sino admiración y a muchos los quiero profundamente. Pero a los que estaban debajo. Es decir, el sistema mismo no puede ser objeto de nostalgia. De ninguna de las maneras, ni puedo admitir que eso fuera dictadura del proletariado. En absoluto. Eso fue un sistema de acumulación de capital, con crueldades incluso innecesarias. Pero en ningún caso una acumulación de capital para empezar una industrialización es dictadura del proletariado. Si eso hay que llamarlo «dictadura del proletariado», la revisión del marxismo que hay que hacer entonces es muchísimo más enérgica, incluso ya prescindiendo de los rasgos tiránicos, limitándome sólo a los contenidos sociales de aquello. Una acumulación de capital no se ha llamado nunca dictadura del proletariado en nuestra tradición, en nuestro vocabulario.

Y en cuanto a que los dirigentes comunistas que prescinden de la expresión o del concepto de dictadura del proletariado lo hagan por motivos innobles, eso sería verdaderamente perpetuar el estalinismo que ellos mismos perpetúan en otro sentido, dicho sea sin ningún juicio moral, sin ningún juicio de valor. Lo que tiene de estalinista su conducta es, en mi opinión, lo que tiene de pragmática, lo que tiene de utilización de los conceptos teóricos para justificar, superficialmente, práctica [política]. Pero, en cambio, nosotros, los que no creemos eso, cometeríamos estalinismo en otro sentido todavía peor, en el sentido terrible por el cual Bujarin era un traidor, Zinoviev un terrorista, Trotski un traidor, continuaríamos en ese sentido el estalinismo si pensáramos que los dirigentes eurocomunistas dicen lo que dicen no porque lo piensen sino porque quieren vender esto o vender lo otro. No, a eso tampoco me puedo apuntar, francamente. Eso no es tener una visión de las cosas como la que estamos acostumbrados, una visión materialista.

Con esto no quiero despreciar la influencia innegable de ideología burguesa. Esto es evidente. Pero no es fácil tampoco sustraerse a ella. ¿Durante cuánto tiempo tú o yo hemos creído, por ejemplo, que el crecimiento incesante de fuerzas productivas tal como ocurre en el capitalismo es inocente y hasta un factor de socialismo? Yo lo he creído hasta hace pocos años. Ya no lo creo y comprendo que eso era pensamiento bastante burgués. Tampoco es tan fácil no pensar como los burgueses. Ellos son los que tienen el poder y las ideas dominantes.

Vuelvo a reconocer autocríticamente esto y siento que con esa intemperancia por mi parte pueda haber estropeado algo el clima de la reunión. Lo siento.

Sobre la herencia del estalinismo, sobre su continuación años después y en aquellos momentos en la Unión Soviética. El interlocutor finaliza su intervención preguntando: «¿aquellos alumnos son hoy otros asesinos?».

De la Unión Soviética sé lo que cualquiera de los aquí presentes que tenga fuentes de información no internas. Yo no he estado nunca en la Unión Soviética ni leo ruso. Conozco más o menos, por tanto, lo mismo que cualquiera.

Entonces, ¿qué diría? Lo que se ve por la información que aquí hemos podido estudiar sugiere un momento muy breve, 1956 y 1957, todo lo más, de cierto atrevimiento en el intento de terminar con los aspectos más crueles, más duros, del sistema de gobierno actualmente existente en la Unión Soviética. Se aprecian bastantes cosas pero también, creo yo, que se nota muy pronto el cambio. Creo que el cambio, es decir, la marcha atrás en aquel atrevimiento, que en aquella época nos dio la impresión que no se produjo antes del XXII Congreso, hoy creo que se había producido ya antes. Me parece que la presencia combinada de la crisis de Hungría y de la crisis del Canal de Suez, que tal vez recuerden los aquí presentes, fue una ocasión combinada que dio mucho poder en el gobierno soviético, me parece a mí, esto es ya interpretación, a los partidarios de bloquear el cambio porque les permitió contraponer a su intervención en Hungría lo que estaban haciendo las potencias burguesas en Suez. En aquel momento me parece que se produjo, en la correlación de fuerzas internacional, una especie de pacto, que tenía por objeto Hungría y Suez, y luego, en la situación interior de la Unión Soviética, un refuerzo innegable de los duros, por así decirlo, de los estalinistas de corte más ortodoxo. O un debilitamiento de los otros, como se quiera decir.

A partir de ese momento, a mí me parece que durante bastante tiempo lo que se llamó «la desestalinización» va perdiendo impulso en dos sentidos. Por un lado, en el sentido de que pierde velocidad. Las rehabilitaciones son cada vez menos, hay una resistencia a ultranza, por ejemplo, a rehabilitar los nombres de Bujarin y Trotski, cuando parecía que estaba en buen camino incluso la rehabilitación, y luego en el sentido de que se intenta compensar la falta de libertad con técnicas que manifiestamente el gobierno soviético reproduce de los países burgueses; es decir, las técnicas a las que el camarada se refería del tabaco, la pornografía no se puede decir, pero cosas parecidas: el tabaco, los bienes de consumo no absolutamente necesarios. Tal vez recuerden los aquí presentes, al menos los que tengan mi edad, lo deslumbrado que quedó Jrushchov al ver la publicidad luminosa en colores en los Estados Unidos. En este doble sentido, creo yo, que se debilitó el impulso desestalinizador. Luego, además, los intentos de base, de búsqueda de un cambio de base productiva que permitiera también cambios políticos luego, fueron o muy débiles teóricamente o no se llevaron bien a cabo. Un economista sabría opinar mejor que yo sobre eso, sobre aquellos escritos de Liberman y todo aquel grupo de economistas.

Y así yo veo que eso se ha estancado. Siento que va a ser la segunda vez que diga cosas francamente pesimistas. Si uno coge el Samizdat hoy día, es decir, la colección de escritos de disidentes, con un par de excepciones –Medvedev, [?], algunos otros– uno queda bastante asustado porque si eso es la aspiración de libertad en la Unión Soviética, hay que decir que es una extraña aspiración a la libertad indudablemente protagonizada por reaccionarios. Son muy escasos los textos comunistas en el Samizdat. Se reducen a un poco de resto trotskista, muy poco, mucho más en Polonia que en la Unión Soviética misma, y a unos conatos de tendencias que proceden del estalinismo pero que están superándose. Este es el caso de Medvedev claramente. Y eso se ahoga en un mar de reacción emparentado en algunos puntos, por lo menos en el irracionalismo, con los nuevos filósofos franceses y con algunas otras muestras de irracionalismo contemporáneo.

Entonces, la verdad, yo no veo que la evolución sea muy buena. La represión se sigue ejerciendo más selectivamente. Parece claro que ya no hay campos de la dimensión de los campos de los años cincuenta, o cuarenta, o treinta por lo demás, y en cambio hay estas nuevas formas de represión que conocemos que son la mejor ejemplificación de algunas tesis de Foucault y de filósofos de países capitalistas, respecto de tratamiento, de represión indirecta del disidente, generalmente orientado hacia los intelectuales, es decir, hacia puntas de vanguardia de la sociedad.

Pero a pesar del pesimismo de fondo que me sugiere el hecho de que no vea corrientes renovadoras sino reacciones, muy naturales, muy sanas, pero reacciones, yo diría de todos modos que incluso en los países más cultos que la misma Unión Soviética en la totalidad de su territorio –por ejemplo, en Checoslovaquia o en Alemania del Este–, la impresión algo deprimente que da la situación respecto a la resistencia a eso, la resistencia a la superación, puede también ser fruto de nuestra pésima información. Y en todo esto, en último término, somos muy juguetes de falsificaciones y deformaciones. Recientemente aquí se ha recibido un texto de Alemania Oriental que parecía un texto de disidentes comunistas y parece ya claro que se trata de una falsificación.

En definitiva, sin poderlo demostrar mucho, mi juicio por el momento no es nada optimista. No voy a negar que ya los obreros no tienen que ir con la libreta del trabajo con la que tenían que ir en los años treinta y cuarenta, ni están sometidos a aquellas prohibiciones de empleo si no tenían certificado de que habían sido autorizados a dejar el empleo anterior.

[Breve interrupción] de todas aquellas tiranías contra la clase obrera que hace completamente imposible llamar a aquello dictadura del proletariado. Eso, según toda evidencia, [según] toda la información disponible, no existe hoy ya en la Unión Soviética. Pero existe ese otro tipo de represión selectiva por un lado y, por otro lado, esa falta, por lo menos, ese carácter minoritario de la resistencia o de la disidencia de izquierda. El conjunto, por tanto, no es muy halagador en mi opinión.

Se pide su opinión sobre la primavera praguense. Se señala el peligro que representaba de reinstauración del capitalismo, de histórica vuelta atrás.

La cuestión no es ésa. La cuestión es: claro que yo pienso que el experimento de Dubček, cualquiera que hubiera sido su resultado, era lo que había que apoyar y modestísimamente lo apoyé. De las pocas cosas agradables de esos dramas es que papeles míos sobre Dubček han circulado por Checoslovaquia entonces. Cualquiera que fuera el resultado digo, porque garantía no había ninguna.

Garantía no había ninguna lo que pasa es que si, como yo pienso, el rasgo característico malo de la tradición estalinista es precisamente la falsificación ideológica, entonces, por desgraciado que hubiera sido el resultado final de la experiencia de los comunistas checos mayoritarios, por lo menos iba a poner de manifiesto una verdad sociológica: se iba a saber de una vez qué era aquella sociedad. Es decir, se iban a ver manifestaciones de voluntad no reprimidas, de la clase obrera y de otras clases sociales. De modo que, aun en el supuesto de que hubiera salido mal, yo estaba a favor y creo que había que estar a favor.

Sobre si las nuevas generaciones soviéticas siguen la política iniciada por Stalin.

Me parece que estoy obligado a decir: sí, yo creo que la Unión Soviética, el régimen que existe ahora, es un régimen, como he dicho, de naturaleza estalinista suavizado. Esto es lo que yo creo y lo que he dicho.

Interrupción del mismo interlocutor no recogida en su totalidad. Se inicia del modo siguiente: «Un inciso. Luego entonces como se justifica que aquellos chavales…»

Puedes estar seguro, si lo piensas un rato, que el camino para la unidad del movimiento obrero consiste no en que cada cual se empeñe en defender las injusticias que él lleva a cuestas, y sus errores y sus falsedades, sino en darse cuenta de que ha cambiado la época, de que no se puede superar la división del movimiento obrero sin un baño de todo el mundo en la verdad y en la autocrítica. Es mucho más útil para la unidad del movimiento obrero que los que venimos del estalinismo examinemos qué ha sido el estalinismo y lo autocritiquemos, que sigamos empeñados en defender algo que significa, te repito, el asesinato de Bujarin, de Zinoviev, de Kamenev, de Trotski y, según los datos más modestos, de sesenta millones de rusos [NE: Como es evidente, Sacristán no pretende dar aquí una cifra exacta de los asesinados bajo el terro estalinista].

Varias personas del público asistente: «Y de Andrés Nin.»

De Andrés Nin, perdón, en este mismo país, y de tantos otros.

Larga intervención, con algunos interrogantes anexos, de alguien que se define como comunista («ni como estalinista ni como antiestalinista»): a) sobre la libertad y las formas de aproximación a una sociedad socialista. b) ¿No ha criticado Sacristán más que la tiranía de Stalin la misma dictadura del proletariado en su forma no libertaria, en un país casi feudal como era la URSS en los años veinte? c) ¿Es Stalin el único responsable de las tragedias de la Unión Soviética o ha sido más bien el régimen dictatorial? Finaliza su larga intervención con las siguientes palabras: «Quisiera que el camarada Sacristán me aclarase todo esto».

En el supuesto de que yo sea capaz de aclarar tantas cosas, intentaré hacerlo así. Yo creo que al socialismo no se llegaba en libertad entonces ni en ningún momento. ¿Está claro? A mí, como he repetido varias veces, me resulta completamente iluminadora la frase de Engels según la cual la revolución es un acto particularmente autoritario.

Segunda cuestión, la de la dictadura del proletariado. En la Unión Soviética no podía haber dictadura del proletariado porque no había proletariado mayoritario. Esto para empezar. En segundo lugar, porque el poder se ejerció sobre el proletariado. Yo estoy por la dictadura del proletariado que considero imprescindible y estoy contra el estalinismo, fundamentalmente porque fue todo lo contrario de la dictadura del proletariado; a saber, la tiranía de una minoría burocrática, no muy inteligente por lo demás, que era una burocracia en gran parte nueva, sobre la clase obrera en particular y el pueblo en general.

No sé si había más preguntas, éstas son las dos esenciales. Hay otra cosa que quiero comentar de lo que has dicho, pero ¿preguntas había alguna más? Las preguntas son sólo éstas: si ataco al estalinismo o a la dictadura del proletariado; no, la dictadura del proletariado me parece un concepto irrenunciable.

Mismo interlocutor: «Si realmente el camarada Stalin en una época determinada era un tirano, yo no comprendo qué hacia todo el comité ejecutivo y el comité central del PCUS».

Ese es el tema que quiero comentar.

Mismo interlocutor: «Los comunistas, ¿qué somos entonces? ¿Unos peleles o qué somos?»

Los estalinistas, sí. Tú mismo lo has probado al decir que los que ensalzaron a Stalin lo hundieron después. ¿Qué clase de gente hizo el estalinismo qué eran capaces de eso? Otros dimitimos. Entendido.

Yo no, jamás.

Pues ahí está.

Sugiere el interlocutor la conveniencia de hablar de lo positivo de la URSS. Señala que oyendo a Sacristán se acuerda de lo dicho por Ángel María de Lera [Premio Planeta, 1967] y lo siente. «Hay modos distintos de plantear las cosas. Fernando Díaz-Plaja hablaba igual que Sacristán y lo siento». Largo etcétera.

Dos cosas quiero decir sobre ello.

Una: que esto de la insistencia de la crítica positiva ha sido siempre lo que ha dicho todo hábito de poder. Todo hábito despótico quiere siempre critica positiva, nunca negativa, nunca crítica de verdad. Razón por la cual, entre los estalinistas de verdad, cuando alguien dice que va a empezar una autocrítica todos los demás tiemblan. Lo primero que quería decir.

Lo segundo: que a mí, si digo la verdad, no me importa con quien coincida, como cualquiera que no tiene más objeto que decir la verdad. A mí no me importa que la doctrina de la lucha de clases de Marx le venga de un policía reaccionario prusiano, Von Stein, como le venía. Lo que importa es lo que se dice. En el momento en que se empieza a preguntar para qué sirve, quién lo inspira, en ese mismo momento, el que hace esas preguntas insidiosas es él, el que está escondiendo –muchas veces por pura defensa, sin saberlo y sin mala intención–, está intentando esconder la inseguridad de su propio ánimo porque él no se ha lanzado del todo a decir la verdad.

Larga intervención que discrepa del excesivo criticismo de Sacristán, pensando sobre todo en los jóvenes que le están escuchando y haciendo, a un tiempo, una valoración globalmente positiva de la URSS de aquellos años: «¿Dónde está el explotador? ¿Dónde está el que se queda con la plusvalía? ¿O es que vamos a dar la imagen de que esos países son peores que los fascistas? Camarada Sacristán, dime cómo se va a construir el socialismo si no hay acumulación». Le reprocha a Sacristán su dimisión del Partido –«Dimitiendo no vamos a ningún lado»–, aunque siente mucho que lo haya hecho. «Tenemos que estar en nuestros puestos».

Al final de la intervención se disculpa por el tono aunque cree que se ha destrozado la imagen del socialismo. La mesa, en su opinión, ha sido unilateral. «Se ha ido a un terreno que hace tiempo estoy combatiendo, se ha destruido la imagen del socialismo». Hay que recomponerla con sus logros.

A ti, S., de verdad, pensando seriamente, concéntrate un momento que vale la pena, ¿es una elucubración mental sesenta millones de muertos en campos de concentración? Di: sí o no, di que tú estás dispuesto a…

Voces de protesta entre el público: «¿Quién venció a Hitler?». «Yo no estoy a favor de esos métodos, pero estoy a favor de que se diga de que el pueblo soviético también tuvo sus muertos en la lucha contra el hitlerismo y que, si no, no estaríamos aquí.»

Pero qué duda cabe, qué duda cabe sobre todo eso. Pero, ¿a qué has venido aquí? ¿Qué es lo que teníamos que hacer aquí? ¿Hablar e intentar aclararnos sobre el estalinismo o hacer la historia de la Unión Soviética? Si tenemos que aclararnos sobre el estalinismo, tú no puedes aducir, para entender el estalinismo, las heroicidades y los sacrificios del pueblo soviético, que en gran parte son sacrificios gratuitos impuestos por el estalinismo.

Una cosa es hacer la historia de la Unión Soviética, otra cosa es intentar entender el estalinismo.

Lo que no puede ser es mecerse en una tranquilidad de puro acto de fe durante años y años, desempeñando un poder que transmite esas falsedades durante años y años, y creer que sólo hay esa forma de lucha. Una forma de lucha revolucionaria, yo diría por lo menos tan digna como ésa que haces tú, consiste, por ejemplo, en dimitir de ejercer y transmitir ese poder falsario, combatirlo e intentar aclarar entre los militantes comunistas cuáles son las falsedades de que han sido víctimas y qué tienen que hacer para intentar recomponer un movimiento revolucionario que no sea simplemente el peón de juego de una burocracia.

Sigue el interlocutor: «Yo he confundido en tu intervención la crítica al estalinismo con la crítica al pueblo soviético. Hasta ahí ha llegado». Pregunta a continuación, sobre la línea política reformista del PSUC en la época del eurocomunismo y el resto que queda en ella, si es el caso, de tradición estalinista.

Queda y la digo: lo que tú has dicho sobre la falta de perspectiva, sobre la política día a día, es exactamente lo que pensamos la mayoría de los no estalinistas. El estalinismo es eso: hacer cada día simplemente el reajuste de poder y por eso he considerado como una forma moderna de estalinismo lo que se está haciendo como política reformista. Eso es exactamente estalinismo: camuflar de comunismo una pura política cotidiana de poder. Es estalinismo siniestro cuando es con el número de muertos que repetidamente he citado, porque no estoy dispuesto a ser amigo ni a pasar por alto nunca la adhesión a asesinatos, pero puede ser un estalinismo sin esas formas dramáticas cuando es sólo esa técnica de uso oportunista cotidiano del poder…

Se interrumpe aquí la grabación pero, según cuentan asistentes al encuentro, el coloquio prosiguió un poco más.

A propósito del estalinismo: una nota de Esteban Pinillas de las Heras (En menos de libertad. Dimensiones políticas del Grupo Laye en Barcelona y en España, Barcelona: Anthopos, 1989, p. 398):

[…] Lo que estoy diciendo es que las minorías politizadas dentro de la clase obrera industrial tenían una admiración ilimitada por el sistema soviético y por la figura de Stalin, y que apenas quedaban vestigios del anarcosindicalismo que fue tan poderoso hasta 1937: cuando fue destruido por una breve guerra civil en la zona republicana dentro de la guerra civil española. Manolo Sacristán me contó en 1956 que había visto llorar a obreras de la fábrica de «La España industrial» (que entonces estaba en Sants [un barrio de Barcelona]) cuando se les explicaba que el llamado informe secreto de Kruschev al XX Congreso del PCUS (febrero de 1956) no era una invención de la propaganda capitalista, sino un hecho que había tenido realmente lugar, y que algunas de las cosas que allí se decían contra la persona de Stalin eran auténticas…

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4. Observaciones de lectura sobre Boffa, Giuseppe e Gilles Martinet, Dialogo sullo stalinismo, Bari, Laterza, 1976.

De la documentación depositada en BFEEUB:

1 (Martinet) Stalin «justifica el hecho consumado, como has dicho y exalta no solo el partido tal como es, sino también el estado ruso, el nuevo estado ruso, que se está edificando. Es el famoso episodio de la polémica sobre el «socialismo en un solo país». El punto de vista de Stalin es sencillísimo: no hay ninguna otra posibilidad.» (38/39)

Añadir hipocresía e identificar con eurocomunismo.

2. (M) Recordar que Stalin siempre es el centro (40)

3. (Boffa) Recordar la apelación estalinista al sentimiento nacional ruso. (41)

4. (B) «(…) creo que en el desarrollo de la Rusia postrevolucionaria el «socialismo en un solo país» es el momento en el cual la componente nacional se impone a las demás, influyendo incluso en sentido reductivo en la significación misma de la palabra «socialismo», que a partir de ese momento será usada en la práctica para indicar más bien la creación de algunos de los presupuestos del socialismo –la industria moderna, el progreso económico, la difusión de la instrucción– en vez de el socialismo tal como lo habían concebido los pensadores marxistas.» (41)

Quizás la mejor observación del libro.

5. (M) «En su fase inicial una revolución va siempre mucho más allá de lo que le permiten las condiciones del momento; luego se produce la vuelta al pasado y, naturalmente, ese regreso se realiza bajo la enseña de otra ideología y de otro lenguaje. En los años veinte hay un decidido regreso a lo que durante dos o tres siglos –desde los tiempos de Pedro el Grande, exactamente– había sido la realidad del estado ruso. Stalin fue el más consciente de este fenómeno, y lo utilizo bien.» (48)

En paralelismo con Napoléon.

6. (M) «La imposibilidad en que se encontraba Stalin de explicar los fenómenos de mercado dentro del sector socializado depende de un factor político fundamental. Para entender tales fenómenos hay que admitir, en efecto, que la socialización de hecho de los medios de producción, o, por decirlo de otro modo, el carácter colectivo de dicha producción no ha alcanzado un nivel que permita que la economía nacional se dirija desde un centro único.

La socialización es posible en el nivel de las minas de carbón o de un gran complejo siderúrgico, pero no más allá; y existen todavía numerosísimas unidades económicas de pequeñas dimensiones que sería una ficción considerar como secciones de una sola empresa. La empresa sigue siendo una realidad insuperable en la medida en que corresponde a un determinado estadio del proceso de socialización de la producción; y este proceso no ha avanzado lo suficiente como para afectar a la sociedad y a la economía entera.» (191)

Ni lo quiera Dios, me parece.

7. (M) «Por lo que a mí respecta, no me interesan estos fantasmas [MSL: la nueva clase burguesa], ni menos los debates formales sobre un noción [clase] que el mismo Marx no ha definido nunca con precisión. Lo que para mí cuenta es la existencia real, innegable, de un estrato social privilegiado, con particulares ventajas materiales y con un nivel de vida diferente del resto de la población; ese estrato, después de un período en el cual ha contado en sus filas con muchos hijos de obreros y campesinos, se asegura ahora su reclutamiento sobre todo en las universidades. Ahora bien, este estrado social no existía antes, no estaba presente en embrión en la sociedad derrocada por la revolución, sino que se ha formado a medida que se desarrollaba la nueva sociedad. Es un fenómeno histórico muy interesante en el cual hay amplia materia de discusión.» (119)

Me interesa para la crítica de izquierda.

***

Una anotación no fechada de Sacristán:

Una estimación de Trotski muy importante, y muy exacta:

«Si hemos de resistir cincuenta años, entonces es igual que se produzca o no se produzca la revolución en Occidente; la Rusia de los soviets se convertirá en parte integrante de la economía capitalista, es decir, que las perspectivas de nuestra revolución no son las perspectivas de un desarrollo socialista».

Lo cita Togliatti (Ercoli) en su discurso ante el VII Ejecutivo ampliado, 10-XII-1926, publicado en francés en la Correspondence Internationale del 10-I-1927, nº 4, 7e anné. Apud Barti, I primi…, 283.

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