Antonio Machado y el comunismo
Manuel Monleón
1. Hace este año ochenta [artículo original de 2019 -nota de la red.-], a la edad de sesenta y tres, fallecía en Colliure Antonio Machado a las pocas semanas de cruzar la frontera, ligero de equipaje, casi desnudo, compartiendo destino con tantos compatriotas, como él había querido, y después de haber sido y haberse sentido durante tres años un combatiente más de la República. Al día siguiente de su muerte, Ilyá Erenburg escribía en su crónica para el diario Izvestiya: «no era un moralista; era un poeta, y era un español: era un combatiente» [ERENBURG, 367]. No pudiendo ir al frente por su edad (cosa que lamenta en numerosos escritos y alocuciones, y que se refleja en su poema a Líster: «… sí mi pluma valiera tu pistola /de capitán, contento moriría»), Machado eligió como forma de lucha la actividad periodística y literaria. «Me siento viejo y enfermo. Pero quiero combatir a vuestro lado, quiero acabar mi vida con dignidad, prosiguiendo mi labor», dice en 1936, cuando se le propone ser evacuado a Valencia por la cercanía del frente de Madrid [KOLTSOV, 270]. De 1936 a 1939 escribe para y colabora con más de cincuenta revistas y periódicos1, redacta manifiestos y alocuciones a los milicianos (Koltsov y Erenburg rememoran al comandante Tagüeña leyéndolos en las trincheras), colabora con la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, con el Socorro Rojo Internacional, con el Ministerio de Instrucción Pública, interviene en actos públicos y mítines:
Yo he visto subir al poeta, un claro mediodía, a un tingladillo levantado en medio de la plaza más grande de Valencia. Le rodeaba una inmensa muchedumbre. … Cantaba el poeta la muerte de Federico García Lorca. Y quienes escuchábamos aquella voz que tantas veces escuchamos al cobijo de su intimidad solitaria, la veíamos, por vez primera, dibujando en los aires su contorno con precisión exacta, con veracidad justa. No hablaba el poeta para nosotros. Hablaba desentrañando sangrientamente de su propia voz enfurecida algo mucho más hondo que su vida personal invisible, la vida visible, por su palabra, de un pueblo entero.
Así recuerda Bergamín a Machado en Valencia, en 1936 (citado en [DOMENECH]).
En estos años Machado deja patente no solo su antifascismo y su adhesión a la causa republicana, a la causa de la democracia; va más allá y declara abiertamente su simpatía por la Unión Soviética, por el socialismo, y su respeto y admiración por el PCE y su labor durante la guerra:
El Partido Comunista español (os habla un hombre que no está afiliado a él y que dista mucho en teoría del puro marxismo) es una creación españolísima, un cris0l de las virtudes populares, entre las cuales figura nuestro don de universalidad y nuestra capacidad de amor más allá de nuestras fronteras.
La labor de Wenceslao Roces y Jesús Hernández, dos egregios comunistas a quienes debe en dos años —digámoslo de pasada— la instrucción en España más que a un siglo entero de sus predecesores, es actuación del Quinto Regimiento [MACHADO (1983), 231].
Sobre el socialismo declara al diario Ahora en 1937 que «es la gran esperanza humana ineludible en nuestros días» [MACHADO (1983), 83], y los conceptos que emplea para caracterizarlo en su intervención ante la Juventud Socialista Unificada ese mismo año muestran el sentido que posee para él, y su compromiso:
El Socialismo, en cuanto supone una manera de convivencia humana, basada en el trabajo, en la igualdad de los medios concedidos a todos para realizarlo, y en la abolición de los privilegios de clase, es una etapa inexcusable en el camino de la justicia; veo claramente que esa es la gran experiencia humana de nuestros días, a que todos de algún modo debemos contribuir [MACHADO (1983), 104].
La Unión Soviética es la esperanza de la humanidad, y los elogios que le dedica son numerosos:
La Rusia actual, la Gran República de los Soviets, va ganando, de hora en hora, la simpatía y el amor de los pueblos; porque toda ella está consagrada a mejorar las condiciones de la vida humana, al logro efectivo, no a la mera enunciación, de un propósito de justicia [MACHADO (1983), 145].
Al lado de la decadencia de los regímenes occidentales en el periodo de entreguerras, para Machado es «Moscú, el faro único de la historia que hoy puede iluminar el camino del futuro» [MACHADO (1983), 210]. Llama la atención de sus lectores sobre la importancia de la dimensión constructiva de la Revolución (recordemos que estamos en los años treinta, la década de la gran transformación de la URSS): «desde su gran Revolución, un hecho genial surgido en plena guerra entre naciones, Moscú vive consagrado a una labor constructora, que es una empresa gigante de radio universal» [Machado (1983), 145]. Esa potencia creadora y la irradiación de su influencia generan en las clases dirigentes occidentales una reacción defensiva:
Les aterra sobre todo —reparadlo bien— que la gran Revolución rusa haya pasado de su período demoledor al creador y constructivo, y que lo que allí se hace sea la experiencia maravillosa de una nueva forma de convivencia humana [MACHADO (1983), 210].
La belicosidad occidental contra la URSS desde los inicios de su existencia explica
la imperiosa necesidad de defensa que le imponen la muchedumbre y el encono de sus enemigos; porque contra Rusia militan las fuerzas al servicio de todos los injustos privilegios del mundo. Sus gobernantes no lo olvidan. La política de Lenin y Stalin se caracteriza no solo por su alcance universal, sino también por un claro sentido de lo real [MACHADO (1983), 145].
Podrían multiplicarse los pasajes de sentido parecido acerca de la Unión Soviética (véase [AUBERT]). La adhesión de Machado a la Unión Soviética fue no solo política, sino también humana y sentimental: llamó la atención del periodista soviético Ovadij Savich «el cariño en las palabras de Machado al hablar de la URSS» [SAVICH, 220], predisposición que probablemente explica que, en sus últimas semanas de vida, considerase Machado exiliarse en la URSS, «donde encontraría amplia y favorable acogida» [MACHADO(1983), 339], y donde podría «servir, de todo corazón, a la causa de España y sus relaciones con la URSS» [MACHADO (2009A), 387], como dice en cartas a Bergamín y a Fyodor Kelyn.
Por su interés actual, debe destacarse una faceta de la labor periodística de Machado en estos años: su análisis del fascismo (el gobernante en Italia y Alemania, y el latente en Francia e Inglaterra) y de la política de «apaciguamiento» con el fascismo de las democracias occidentales (Francia e Inglaterra). Se trata de la serie de artículos «Desde el mirador de la guerra», aparecida2 en el diario barcelonés La Vanguardia durante 1938. La naturaleza de clase del fascismo y la responsabilidad en su fortalecimiento de los gobiernos y clases dominantes de las que él llama «democracias imperiales» son objeto de penetrantes comentarios en estos escritos. Según Machado, el intento de salvar «el edificio burgués, minado en sus cimientos» es el origen de la política de gobiernos que «representan a una clase que lleva el escudo al brazo, una plutocracia en posición defensiva». Hitler y Mussolini «representan el momento de la suprema tensión defensiva de la burguesía (fascio) que se permite el lujo de la agresión», pero también los «plutócratas que aun rigen las llamadas democracias» (Francia e Inglaterra) pretenden «poner a salvo los intereses de una clase privilegiada», y «tienden a simpatizar, necesariamente, con los jefes francamente imperialistas de los países adversarios [Italia y Alemania], porque son lobos de la misma camada; dicho de otro modo, defensores de la misma causa» [MACHADO (1983), 209, 208].
La política conservadora de Inglaterra y, en cierto modo, la francesa que le es tributaria y por ella conducida a remolque, es una política de clase (…). En ella decide, a última hora, la simpatía por la posición socialmente defensiva, su honda fascistofilia, el poderoso atractivo que ejercen los «totalitarios» sobre las conciencias burguesas [MACHADO (1983), 221].
Esa base de clase común explica «la complicidad del fascio anglofrancés en el chantaje de gran estilo que hoy perpetra en el mundo el eje Roma-Berlín» [MACHADO (1983), 298]. ¡Nótese bien: «lobos de la misma camada», «fascio anglofrancés», la «fascistofilia» de la burguesía! Machado es audaz… La política de «no intervención» es «una política de clase por salvar los intereses sin patria de la alta banca y, todo ello, en beneficio de nuestros enemigos» [MACHADO (1983), 286]. De modo que
la no intervención fue, desde un principio, una groserísima cobertura del convenio entre cuatro Gobiernos intervencionistas, dos de los cuales eran auténticos invasores de España; los otros dos, sus indirectos coadyuvantes [MACHADO (1983), 278].
La complicidad de las burguesías dominantes en Francia e Inglaterra con el fascismo alemán e italiano tuvo las consecuencias que Machado llegó a ver y sufrir en vida: el sacrificio de Checoslovaquia en el «Pacto de Munich», el de España en una «no intervención» que suponía, de facto, manos libres a Hitler y Mussolini en España. Y tuvo consecuencias que Machado no pudo ya ver, pero que intuyó y adelantó: la Segunda Guerra Mundial3 (véase [RODRÍGUEZ]).
Ese fue el precio pagado por una política que buscó hasta el último momento contemporizar con el hitlerismo en Europa para volverlo contra la URSS. La lucidez a este respecto de los textos machadianos es sorprendente, y contrasta con la estolidez del intento de reescritura de la historia que se pretende hoy, con la complicidad incluso del Parlamento Europeo, equiparando fascismo y comunismo. Reescritura que tiene por objetivo velar la conexión íntima entre el fascismo y la reacción de clase de amplios segmentos de las burguesías occidentales para la defensa de sus privilegios. Conexión que, como se ha visto, era en 1938 perfectamente clara a un observador como Machado.
El calor de sus elogios a la URSS, su identificación con la causa del socialismo, el aparato conceptual con que juzga la situación política de la Europa de los treinta (¡tan próximo al de la III Internacional!)… ¿Cómo explicarlos en un hombre que en 1913 decía tener una vida «hecha de resignación más que de rebeldía», al que «repugna la política» [MACHADO (2009B), 190], que dice pertenecer «a una generación que se llamó a sí misma apolítica» [MACHADO (1983), 288], que en 1938 se declara «de formación liberal y republicana» [MACHADO (2009b), 188 n 5]? Porque Machado no es marxista.4 «Desde un punto de vista teórico, yo no soy marxista, no lo he sido nunca… me falta simpatía por la idea central del marxismo» dice ante la JSU en 1937 [MACHADO (1983), 104]. No hay constancia de que Machado haya leído nunca a Marx; su idea del «dogma central del marxismo, […] una fe materialista, una creencia en el hambre como único y decisivo motor de la historia» [MACHADO (1983), 148], delata que la imagen que se hizo del marxismo fue la de una doctrina economicista y determinista, muy probablemente tomada de su muy admirado Unamuno (la mención al «hambre» en la anterior cita delata la —aquí nefasta— influencia de Unamuno, cf [AUBERT]).
2. Parece evidente que es la inmersión en los acontecimientos históricos la que va haciendo más definida su visión política, hasta identificarla con la causa del socialismo y del comunismo durante la guerra. Pero ello no supone una ruptura con sus ideas anteriores; se trata más bien —como han señalado los estudios de Tuñón, Aubert, Valverde, Blanco Aguinaga, Caudet, entre otros— de una evolución en continuidad con aquellas. No hay dos Machados diferentes, el de antes y el de la guerra (como muchos, vanamente, pretendieron durante el franquismo). Ya en 1918, pocos meses después de la Revolución rusa, le dice en carta a Unamuno:
El cainismo perdura, a pesar de Cristo; pasa del individuo a la familia, a la casta, a la clase, y hoy lo vemos extendido a las naciones… Solo los rusos —¡bendito pueblo!’— me parecen capaces de superarlo por un sentimiento más noble y universal. El tolstoísmo salvará a Europa, sí es que esta tiene salvación [MACHADO (1964), 924].
Inmediatamente después, en el prólogo de 1919 a la 2ª edición de Soledades, galerías… habla del advenimiento de «una tarea común que apasione las almas», de la «agotada burguesía», y denuncia que
los defensores de una economía social definitivamente rota seguirán echando sus viejas cuentas, y soñarán con toda suerte de restauraciones; les conviene ignorar que la vida no se restaura ni se compone como los productos de la industria humana, sino que se renueva o perece [MACHADO (1964), 49].
Y en una anotación de 1922 identifica como rasgo definitorio de la coyuntura política que «toda Europa occidental está hoy en actitud defensiva contra la Revolución rusa» [MACHADO(1980), 178]. En estos pasajes aparecen ya claras las ideas del agotamiento de una clase dirigente (la burguesía), de su régimen social, y la intuición de que la esperanza de renovación puede venir… de Rusia, de la Rusia revolucionaria: «el tolstoísmo salvará a Europa» (recuérdese que Lenin ha llamado a Tolstoi «el espejo de la revolución»). Machado conoce y estima la obra de Tolstoi, y ha visto en ella el comunitarismo del «alma campesina», los vínculos fraternales que pueden resistirse al orden burgués que los disuelve. Porque Machado, sí, es un «liberal» de formación y convicción, pero lo es por la centralidad que para él tiene la dignidad de la persona. No es un «liberal» en el sentido que ha llegado a tener hoy el término: su ontología del ser social no es el individualismo: 5
El individuo es todo. ¿Y qué es, entonces, la sociedad? Una mera suma de individuos. […] Por muchas vueltas que le doy —decía Mairena— no hallo manera de sumar individuos [MACHADO (1964), 353],
sino el comunitarismo, la «fraternidad humana emancipada de los vínculos de sangre» o «fraternidad genérica». La proximidad aquí de Machado al «comunismo ético» de William Morris es muy grande. E. P. Thompson consideró el acento puesto por Morris en el comunitarismo como «una transformación de la gran tradición liberal de la crítica humanista de la sociedad que hacía confluir esta en el torrente revolucionario» [THOMPSON, 16]; lo mismo puede afirmarse de Machado.
Ese principio de dignidad de iguales hace a Machado confiar en el pueblo y ver en el trabajador a un héroe lírico:
Los sembradores del trigo;
los que viven de coger
la aceituna;
los que esperan la fortuna
de comer;
los que hogaño,
como antaño,
tienen toda su moneda
en la rueda,
traidora rueda del año
[MACHADO (1964), 1853];
le hace ver en el sencillo artesano a un artista de pleno derecho, en el folklore una fuente de saber genuino y en el saber popular una fuente de filosofía.
El pueblo sabe más, y sobre todo, mejor que nosotros. El hombre que sabe hacer algo de un modo perfecto —un zapato, un sombrero, una guitarra, un ladrillo— no es nunca un trabajador inconsciente, que ajusta su labor a viejas fórmulas y recetas, sino un artista que pone toda su alma en cada momento de su trabajo. A este hombre no es fácil engañarle con cosas mal sabidas o hechas a desgana [MACHADO (1964), 387].
Hemos de acudir a nuestro folklore, o saber vivo en el alma del pueblo, más que a nuestra tradición filosófica, que pudiera despistarnos. […] Nuestro punto de arranque, sí alguna vez nos decidimos a filosofar, está en el folklore metafísico de nuestra tierra [MACHADO (1964), 462].
Las consideraciones machadianas sobre el valor del saber popular y su relación con el saber «culto» le acercan a Gramsci, cuyas reflexiones sobre el mismo tema son coincidentes y contemporáneas.
Machado ve la convivencia humana fundada en dos pilares, «dos grandes inventos» [MACHADO (1964), 398]: la razón y la «comunión cordial», la fraternidad. Esta «comunión cordial entre los hombres» es para Machado «la norma comunista» [MACHADO (2009b), 387]. Que la fraternidad pueda emanciparse del vínculo sanguíneo y tener un radio de alcance genérico él lo ve garantizado por la enseñanza fundamental del cristianismo.6 En el texto Sobre una lírica comunista que pudiera venir de Rusia (1934) argumenta que el cristianismo popular ruso es «interpretación exacta del sentido fraterno del cristianismo», y ve en el significado de la Revolución rusa el proyecto de realización de la comunidad fraterna por medio de la fusión de aquel componente con el marxismo:7 «se presiente una reacuñación cordial del marxismo por el alma rusa»[MACHADO (1964), 861].
Machado se adelanta con este pensamiento a posteriores interpretaciones de la Revolución Bolchevique que han visto lo característico —y muchas veces incomprendido— de ella precisamente en la singular civilización que resultó de la comunión entre la cultura campesina rusa y el socialismo (así [KARA-MURZA], [FERNÁNDEZ]). Porque, en efecto, Machado es un crítico de la cultura «cinética» de la civilización industrial, a quien «agrada más el campo que la ciudad» [MACHADO(2009B), 191], y que ve en la «gran sinfonía campesina»
ritmos que no se acuerdan con el fluir de su propia sangre, y que son, en general, más lentos. Es la calma, la poca prisa del campo, donde domina el elemento planetario, de gran enseñanza para el poeta [MACHADO (1964), 438].
Machado es el Esenin español, en este respecto. Hay, sin embargo, en la metafísica de Machado, en su filosofía general, un rasgo esencial que lo separa de la cosmovisión monista que aquellos autores (cf [FERNÁNDEZ]) destacan en el caso ruso.
3. Porque, en efecto, debemos hablar de una «filosofía» en su caso. Antonio Machado se ha licenciado en filosofía, ha escuchado en París los cursos de Bergson y nos ha dejado —aunque en forma fragmentaria y aforística— reflexiones de gran profundidad en materia gnoseológica y ontológica que hay que leer también ad litteram, y no solo metafóricamente referidas a su poesía (como casi siempre lo han sido). Tenemos a un Machado poeta, a uno filósofo y al periodista político que hemos visto al principio de este escrito, y los tres son la misma persona en esencia. «Todo poeta debe crearse una metafísica», «todo poeta supone una metafísica» [MACHADO (1980), 148; MACHADO (1964), 322|, no se cansa de insistir. Y esa metafísica, en el caso suyo, es una ontología pluralista ya desde 1915, que reconoce la «esencial heterogeneidad del ser», que «el ser no es uno» [MACHADO (1980), 128], principio ontológico que, en distintas ocasiones, pone como fundamento tanto de la «comunión cordial» o de la relación amorosa8 («la sed metafísica de lo esencialmente otro es el gran incentivo del amor» [MACHADO (1964), 300]) como de la razón 0 de su poética [MACHADO (1964), 398, 856, 859]. No es posible aquí entrar en este interesante tema machadiano. Pero baste señalar que es esa ontología la que le permite a un tiempo reivindicar un modo «sentimental» [MACHADO (1964), 324] de apropiación de la realidad y escapar a la tentación mística e irracionalista presente en todo monismo.
Es cierto que la inteligencia no puede alcanzar la última realidad; mas no es cierto que haya otro medio de llegar a ella [MACHADO (1980), 120].
La crítica machadiana al conceptismo y a la racionalidad analítica no es una descalificación de la razón, como la mayoría de analistas ha querido ver (Sánchez Barbudo, Frutos). Es una crítica a su insuficiencia en el movimiento total del espíritu, a la ignorancia de las condiciones de validez de los resultados del entendimiento, a su hipertrofia. Y el «pensar poético, heterogeneizante, inventor o descubridor de lo real» [MACHADO (1964), 430] no ignora ni reemplaza al entendimiento, sino que remonta sobre su base:
Pensar: borrar primero y dibujar después,
Y quien borrar no sabe camina a cuatro pies [MACHADO (1980), 121].
Es el marxiano ascenso de lo abstracto a lo concreto [MARX]|; se trata pues, ni más ni menos, que del pensamiento dialéctico, redescubierto y reformulado por Machado. Por eso él ha podido defender una poética de la intuición y el sentimiento, y ser toda su vida un crítico del subjetivismo y el irracionalismo, sensible a las consecuencias políticas de este que él conoció («las baratas filosofías de la vida, del vivir acéfalo, que son todas ellas filosofías del crimen y de la muerte», dice en 1937 [MACHADO (1983), 166]).
* * *
«El poeta más grande que ha producido la burguesía española» (Alberti); «le plus illustre et le plus aimé des poetes espagnols et lun des plus admirables Iyriques de tous les pays et de tous les temps» (Aragon); «el más digno representante de los poetas, de los artistas que están al lado de España y su pueblo, honra y orgullo de la poesía española, fiel a su pueblo» (Líster); «el poeta más humilde que he encontrado en mi vida» (Erenburg)… Machado poeta, Machado pensador, Machado escritor político: tres dimensiones de una personalidad desde el inicio identificada con el pueblo, en la que el cincel de la historia va tallando el contorno de un compromiso político que, en la dura prueba de la guerra, es bien definido y coherente con su trayectoria intelectual y personal. Ejemplo de modestia y de dignidad, lo fue también de intelectual combatiente al servicio del pueblo y de su gobierno. La evolución política de Machado le condujo a simpatizar con el socialismo y con la Unión Soviética. Esa evolución no fue una anécdota de última hora en la trayectoria de Machado, sino coherente con los principios en los que creyó y que inspiraron desde bien temprano su pensamiento y su obra poética.
Bibliografía
AUBERT, P.: «Antonio Machado entre l’utopie et l’épopée: une vision idéaliste de la révolution, de la Russie et du marxisme». Mélanges de la Casa de Velázquez, 26-3 (1990) 5-51.
BEIERWALTES, W.: Denken des Einen. Studie zur neuplatonischen Philosophie und ihrer Entwicklungsgeschichte.
Klostermann, Fkf/M, 1985.
CARLEY, M. J.: 1939. The Alliance that Never Was. Ivan Dee, Chicago, 1999.
CARLEY, M. J.: «Fiasco: The Anglo-Franco-Soviet Alliance that Never Was and the Unpublished British White Paper, 1939-1940». The International History Review, 41 (2019) 701-728.
DOMÉNECH, J.: «Variaciones en torno a los escritos dispersos de Antonio Machado». Abel Martín. Revista de estudios sobre Antonio Machado, junio 2009, 1-15 (orig.: Catálogo de la exposición Antonio Machado. Laberinto de espejos. Junta de Andalucía/Centro Andaluz de las Letras, Málaga, 2009, pp. 325-39). http: //wwmnmw.abelmartin.com/critica/
domenech2.html
ERENBURG, I.: ISpanskie reportazhy 1931-1939 [Reportajes españoles 1931-1939]. Novosti, Moscú, 1984.
FERNÁNDEZ ORTIZ, A.: La revolución de «los otros». El Viejo Topo, Barcelona, 2018.
FEUERBACH, L.: Über Spiritualismus und Materialismus, besonders in Beziehung auf die Willensfreiheit. Pp 53-186 de: L. Feuerbach, Gesammelte Werke, Bd 11: Kleinere Schriften IV (1851-1866). Akademie-Verlag, Berlín, 1982.
GRAMSCI, A.: Antología (M. Sacristán ed.). Siglo XXI eds., México, 1970.
KARA-MURZA, S.: Sovetskaya civilizaciya [La civilización soviética]. Algoritm, Moscú, 2002.
KOLTSOV, M.: Diario de la guerra de España. Akal, Madrid, 1978.
Hurto. Bandara. 245 CULTURA
LACROIX-RIZ, A.: Le choix de la défaite: les élites françaises dans les années 1930. Armand Colin, París, 2010.
MACHADO, A.: Obras. Poesía y prosa (A. de Albornoz, G. de Torre, eds.). Losada, Buenos Aires, 1964.
MACHADO, A.: Los complementarios (M. Alvar ed.). Cátedra, Madrid, 1980.
MACHADO, A.: La guerra. Escritos: 1936-1939 (J. Rodríguez Puértolas, G. Pérez Herrero, comps.). Emiliano Escolar editor, Madrid, 1983.
MACHADO, A.: Epistolario (J. Domenech ed.). Octaedro, Barcelona, 2009a.
MACHADO, A.: Escritos dispersos (1893-1936) (J. Domenech ed.). Octaedro, Barcelona, 2009b.
MARX, C.: «El método de la economía política». Introducción de 1857 a la Contribución a la crítica de la economía política, editado con los Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie.
RODRÍGUEZ PUÉRTOLAS, J.: «Prosas de guerra de Antonio Machado: una visión de Europa». Pp. 391-402 de: P Aubert (ed.), Antonio Machado hoy (1939-1989). Casa de Velázquez, Madrid, 1994.
SAVICH, O.: Dva goda v Ispanii 1937-1939 [Dos años en España 1937-1939]. Sovetskij pisatel’, Moscú, 1981.
THOMPSON, E. P.:: The communism of William Morris. The William Morris Society, London, 1965.
Notas
1 Entre ellos, Milicia Popular-Diario del 5.° Regimiento, Verdad-Diario de Unificación de los Partidos Comunista y Socialista, Hora de España, Ahora-Diario de la juventud, Ayuda-Semanario de la solidaridad, Servicio Español de Información, Frente Rojo, La Vanguardia, El Mercantil Valenciano, Nuestro Ejército y otros; suman más de ciento dos los escritos de estos años [DOMENECH]. También escribe, lector, para la revista que tienes entre tus manos: en el número 3 (1938) de la recién fundada Nuestra Bandera aparece su artículo «Torrijos y sus compañeros».
2 Recopilados en [MACHADO (1983)]. Originales accesibles en https://www.lavanguardia.com/hemeroteca/20110415/54138238155/antonio-machado-el-poeta-republicano.html
3 El lector interesado en un análisis del período inmediato al estallido de la Segunda Guerra Mundial no puede dejar de leer los trabajos de Annie Lacroix-Riz (http://www.historiographie.info/index.html) y de Michael Jabara Carley citados al final de este trabajo.
4 Tampoco los bolcheviques eran marxistas para el joven Gramsci (en «Revolución contra El capital», 1918): los bolcheviques «afirman con el testimonio de la acción cumplida, de las conquistas realizadas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como podría creerse y como se ha creído. (…) Si los bolcheviques reniegan de algunas afirmaciones de El capital, no reniegan, en cambio, de su pensamiento inmanente, vivificador. No son “marxistas”, y eso es todo» [GRAMSCI, 34].
5 el solus ipse, como dice repetidamente, la «fe metafísica propia de la sociedad individualista, que vive hoy con el escudo al brazo enfrente de la Rusia soviética» [MACHADO (1964), 861].
6 Machado ha sido siempre un cristiano en este sentido, aunque también ha sido desde siempre anticlerical, y ha identificado a la Iglesia católica y su poder como una de las dos causas del atraso de España (la otra: la aristocracia caciquil [MACHADO (2009B), 184, 191]).
7 Dos elementos —«marxismo» y «alma rusa»— que, en el pasado, él ha considerado poco compatibles, aunque ahora corrige su apreciación primera: «es posible que el marxismo no sea un elemento tan heterogéneo con el espíritu ruso como algunos pensamos» [MACHADO (1964), 860]. Su curiosa contraposición de Lenin y Marx en este escrito («cuánto supera el corazón del eslavo a la inteligencia del alemán»), muy en la línea del Gramsci de 1918 arriba citado, sigue siendo
deudora de su distorsionada idea de «marxismo».
8 Alain Badiou, pensador comunista, ha llegado a ideas parecidas a las de Machado sobre el amor y el pluralismo ontológico en Éloge de l’amour (Flammarion, Paris 2009) y L’étre et l’événement (Seuil, Paris 1988). En esta línea, a ambos les precede Feuerbach [FEUERBACH, 172-4]. Esta idea de amor feuerbachiana-machadiana está en directa oposición al monismo de la concepción del amor plotiniana, que hace residir su esencia en la tendencia al uno (a la «unificación», henosis) [BEIERWALTES, 16-20].
Fuente: Nuestra Bandera, nº 245, diciembre de 2019
Imagen de portada: Sesión de clausura de la Conferencia Nacional de las Juventudes Socialistas Unificadas, celebrada en el Ayuntamiento de Valencia en 1937. Antonio Machado en la última fila, segundo por la derecha. Fotografía: Luis Vidal. Publicada en Crónica, 376 (24 de enero de 1937), portada. Fuente: https://www.cervantesvirtual.com/portales/antonio_machado/album_fotografico/imagen/66_antonio_machado_conferencia_nacional_juventudes_socialistas/
Pingback: Antonio Machado y el comunismo | Econo Marx 21