¿Logrará Cuba sobrevivir también a Trump?
Carlo Formenti
Premisa
Acaba de salir, en la colección «Visioni eretiche» (Visiones heréticas) que dirijo para Meltemi, Su Cuba. Riflessioni su 70 anni di lotta e rivoluzione, de Noam Chomsky y Vijay Prashad. Es un libro importante en un momento en el que, tras haber atacado a Venezuela e Irán, el criminal Moloch de barras y estrellas podría centrar su atención en la isla que siempre ha considerado una espina clavada. Sin embargo, antes de entrar en materia, me gustaría aclarar mi opinión sobre las imágenes que atestiguan la existencia de una relación entre Chomsky y Epstein, que, ça va sans dire, serán utilizadas para neutralizar las crudas verdades sobre los crímenes yanquis contra el pueblo cubano documentados en el libro. Comienzo citando a continuación el comunicado que la editorial Meltemi emitió hace unos días:
Este viernes saldrá a la venta en las librerías el libro Su Cuba, cuyo autor es, junto con Vijay Prashad, Noam Chomsky. Cuando en otoño de 2024 adquirimos los derechos para la edición italiana de este volumen, se trataba de una elección destinada a ampliar la parte de nuestro catálogo dedicada al análisis del poscolonialismo y el imperialismo con la incorporación de dos autores de primer orden.
Como muchos de ustedes, nos sorprendió la publicación de numerosos correos electrónicos e imágenes que dan testimonio de la estrecha relación entre Chomsky y Jeffrey Epstein en los años previos a la segunda detención de este último. Incluso en el caso de que estos intercambios no pusieran de manifiesto ninguna conducta ilegal específica, siguen siendo testimonio de un compromiso moral con un mundo de élites sin escrúpulos que no se puede justificar de ninguna manera, y menos aún por parte de un intelectual con la trayectoria de Chomsky. Este volumen es el resultado de un largo trabajo de comparación y reflexión en el que han participado numerosas personas, desde el músico Silvio Rodríguez, que fue el primero en inspirar a Prashad la idea de escribir un libro sobre Cuba, hasta Manolo de Los Santos, que escribió la introducción, y Marc Favreau e Ishhan Desai-Geller, que se encargaron de la edición original. Sus reflexiones siguen siendo un punto de partida valioso para comprender la Cuba actual.
En este momento, más de diez millones de cubanos son blanco de una política violenta y vengativa de Estados Unidos, que se inscribe en más de setenta años de embargos, intentos de golpes de Estado, ataques mediáticos y aislamiento internacional. Tras la operación militar del 3 de enero, que terminó con el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y el consiguiente bloqueo total de las exportaciones de petróleo a Cuba, mantener vivo un discurso crítico sobre la situación de Cuba es más importante que nunca.
Comparto su opinión, pero añado algunas reflexiones. Siempre he criticado el eslogan acuñado por las feministas «lo personal es político», que considero uno de los instrumentos más eficaces con los que la cultura neoliberal ha logrado convertir los movimientos posteriores a 1968 en otros tantos caballos de Troya de su proyecto hegemónico sobre la «nueva» izquierda1. Por otra parte, lo «personal» al que se refiere en el caso que nos ocupa está inevitablemente entrelazado con la dimensión ético-política. Dicho esto, aunque no considero a Chomsky sospechoso (al menos por haber alcanzado una edad avanzada…) de haber recurrido a los «servicios especiales» que Epstein (¿y el Mossad entre bastidores?) ofrecía a los poderosos para poder chantajearlos, creo más bien que estaba interesado, como barón académico, en la financiación que Epstein ha proporcionado repetidamente a su institución, el MIT de Boston. Está claro que esto no le absuelve. Por otra parte, hay que recordar que uno de los rasgos distintivos de la cultura estadounidense (y, por desgracia, cada vez más europea) son las relaciones transversales (que prescinden de las afiliaciones ideológico-políticas) entre los máximos exponentes de las diferentes ramas del poder (directivos, políticos, académicos, periodistas, intelectuales, estrellas del deporte y del espectáculo, etc.). Las amistades (y los intereses) personales «hacen» política, subvirtiendo el sentido del eslogan anterior y las intenciones de quienes lo acuñaron. Esto no cambia en absoluto el hecho de que Chomsky, que nunca ha sido un revolucionario, sino un liberal de izquierdas (al fin y al cabo, Estados Unidos no produce más ni mejor…), tiene el mérito indiscutible de haber adoptado siempre posiciones radicales sobre la criminal política exterior de Washington (a diferencia de personajes más alineados políticamente y con credenciales woke impecables, como Bernie Sanders y otros). Dicho esto, paso al libro.
En lugar de partir de la larga lista de fechorías de Washington contra Cuba, comienzo con una interesante observación de carácter general sobre la política exterior estadounidense, contenida en el capítulo XIII. Hoy en día circulan a menudo bromas sobre la «locura» de Trump que, para quien escribe, recuerdan las tonterías de quienes atribuyen la responsabilidad de la Segunda Guerra Mundial a la locura de Hitler. Si bien es evidente que ninguno de estos dos siniestros personajes tiene lo que se dice la cabeza en su sitio, también es evidente que el Tercer Reich y el Estado imperialista estadounidense son máquinas poderosas, funcionales a intereses y proyectos políticos colectivos (de clase) precisos, que pueden explotar a personajes de este tipo para sus propios fines, pero sin convertirse en instrumentos dóciles en sus manos. En el caso de Estados Unidos, esto se confirma en un interesante documento, citado en el capítulo en cuestión, del STRATCOM (acrónimo de US Strategic Command) de 1995 (presidencia Clinton) en el que se afirma que, tras la caída de la URSS, ha desaparecido el concepto de disuasión basado en la destrucción mutua asegurada, por lo que, en su lugar, se recomendaba adoptar un enfoque denominado «estrategia del loco», que consistía en hacer creer a cualquier interlocutor rebelde que las decisiones estadounidenses no son racionales, sino que están animadas por un espíritu irracional y despiadado de dominación y venganza: «El hecho de que Estados Unidos pueda volverse irracional y vengativo si sus intereses vitales se ven atacados debería formar parte de la imagen que proyectamos de nuestra nación…». ¿Quién mejor que Donald Trump para ejecutar esta estrategia? Los ataques a Venezuela e Irán pueden resultar, a largo plazo y más allá de cualquier éxito táctico, un boomerang, pero evidentemente se cuenta con que, en cualquier caso, habrán logrado el efecto de «aterrorizar» a otros enemigos potenciales (por eso Estados Unidos ha sido, es y seguirá siendo, mientras su hegemonía militar no encuentre un obstáculo insuperable, la mayor organización terrorista del mundo).
Hechos y palabras
Comienzo con la lista (incompleta) de las intervenciones militares directas que Estados Unidos ha llevado a cabo en América Latina: Cuba (1906-1909), Nicaragua (1907), Honduras (1907), Panamá (1908), Nicaragua (1910), Honduras (1911), Cuba (1912) , Panamá (1912), Honduras (1912), Nicaragua (1912-1933), República Dominicana (1914) , México (1914-1918), Haití (1914-1934) y, por supuesto, Venezuela (2026). La lista de los indirectos (golpes de Estado y cambios de régimen perpetrados con la complicidad de fuerzas internas de los países víctimas) es demasiado larga y se refiere a fechas más recientes, por lo que probablemente la mayoría de ustedes no necesiten que se la recuerden.
La historia de la doctrina Monroe (1823), que atribuye a los Estados Unidos el derecho a decidir el destino de todas las naciones de su hemisferio y a impedir que otras potencias interfieran en ese derecho, es demasiado conocida. Menos conocidas son las profundas raíces de dicha doctrina, es decir, el hecho de que no se trata solo de raíces políticas, sino también religiosas. Estas últimas se remontan a la fe de los primeros colonizadores, miembros de sectas protestantes que huían de Europa y veían en América la Tierra Prometida, convencidos de ser portadores de la misión de fundar una nueva Jerusalén y de tener que extender sus principios y valores al mundo entero. Una visión de la «excepcionalidad» estadounidense y del «destino manifiesto» de los Estados Unidos que también explica el inextricable vínculo, basado en la convergencia entre el protestantismo de inspiración calvinista y el sionismo, entre los Estados Unidos e Israel.
Por otra parte, incluso antes que Monroe, Thomas Jefferson había dicho (1817) «si nos apoderáramos de Cuba, seríamos los amos del Caribe» y, unas décadas más tarde, Estados Unidos invadió México y se apoderó de la mitad del territorio de su vecino. Volviendo a Cuba: después de 1898, es decir, después de que la isla fuera arrebatada a España, se convirtió en una colonia virtual y el presidente Roosevelt impidió por todos los medios que obtuviera la independencia. Roosevelt también dijo: «Estoy tan enfadado con esa infernal y minúscula república cubana que querría borrar a su pueblo de la faz de la tierra» y, en 1904, hablando en términos más generales de su peculiar interpretación de la doctrina Monroe: «Cualquier Estado que se comporte bien puede contar con nuestra cálida amistad… La doctrina Monroe puede obligar a Estados Unidos, aunque sea de mala gana, en casos de fechorías o impotencia flagrante, a ejercer un poder policial internacional».
Hasta la revolución, todas las infraestructuras de la isla estaban controladas por multinacionales estadounidenses y el país funcionaba como una especie de gran parque de atracciones para turistas estadounidenses ricos, un auténtico paraíso para los gánsteres, ya que muchos de estos turistas eran mafiosos declarados que, en ese lugar, podían hacer todo lo que quisieran sin incurrir en el rigor de la ley.
Castro: la espina clavada que Estados Unidos no ha podido quitarse
En 1953, Castro declara en una entrevista: «No sentimos ninguna animadversión hacia Estados Unidos y el pueblo estadounidense, luchamos por una Cuba democrática y el fin de la dictadura». Sin embargo, basándose en el medio siglo de historia anterior, no podía ignorar que serían perseguidos por el simple hecho de querer lograr la soberanía de la isla. Y, de hecho, inmediatamente después de la victoria de la revolución, escriben los autores, esta debe afrontar seis problemas cruciales: la redistribución de la tierra, la industrialización, la vivienda, el desempleo, la educación y la salud, lo cual no es posible sin expulsar del país a las multinacionales estadounidenses. Estados Unidos reaccionó adoptando inmediatamente las primeras medidas destinadas a debilitar por todos los medios posibles la vida económica de Cuba, y Castro respondió nacionalizando todas las actividades estadounidenses. En 1961 se interrumpieron las relaciones diplomáticas entre ambos países.
Kennedy, ídolo de los pseudocomunistas de nuestro país incluso antes de que se convirtieran en dobles de opereta de los demócratas estadounidenses, muestra inmediatamente sus colmillos de perro guardián del imperialismo de las barras y estrellas. Incitado por el consejero Schlesinger, que le advierte de que los latinoamericanos tomarán como modelo a aquellos temerarios que se atreven a desafiarlos, suelta la correa a la CIA y a los exiliados cubanos acuartelados en Florida, que además del patético intento de invasión de Bahía de Cochinos2 organizan bombardeos sobre La Habana, los campos de caña de azúcar y las infraestructuras, además de una larga serie de atentados, incluidos varios intentos de asesinar a Castro (serán cientos antes de su muerte por vejez). En cambio, será Kennedy quien sea asesinado en Dallas en 1963, pero antes de morir tendrá tiempo de decir «este tipo de sociedad socialista está a punto de ser barrida junto con los escombros de la historia». Un año después, en 1964, el Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado afirmará, con una franqueza trumpiana ante litteram: «El principal peligro al que nos enfrentamos con Castro es el impacto que la mera existencia de su régimen tiene en el movimiento de izquierda en muchos países latinoamericanos».
Haití: el final que Estados Unidos querría para Cuba
En su hermoso libro sobre la revolución haitiana3, R. L. James narra la epopeya de los «jacobinos meros». Anticipándose a las hazañas de Bolívar, los esclavos se rebelaron contra sus amos blancos a finales del siglo XVIII, convencidos de que los derechos humanos tan solemnemente proclamados por la Gran Revolución también les correspondían a ellos. Pero para conquistar primero la emancipación y luego la independencia (1804), tuvieron que derrotar, bajo el liderazgo de Toussaint Louverture, antepasado negro de Castro, a tres ejércitos: el inglés, el español y el francés (este último enviado por la República «revolucionaria» para devolver a los amos blancos su sacrosanto derecho a la propiedad de los esclavos como «bienes privados»).
A continuación, Francia impuso a la isla un bloqueo que se adelantó dos siglos al de Cuba, obligando a Haití a reconocer una monstruosa «indemnización» a los plantadores burgueses por haber sido privados de sus tierras y esclavos. Una deuda que durante un siglo y medio devoró el 80 % de los ingresos haitianos, empobreciendo a sus ciudadanos y enriqueciendo a los bancos estadounidenses que compraron sus deudas a Francia. Por cierto, Estados Unidos, que veía como una molestia ese desafío a la esclavitud, no reconoció a Haití hasta 1862 y ocupó la isla (de 1914 a 1934) para garantizar que se pagaran los créditos de sus bancos, y luego se marchó dejando el país en manos de dictadores como Papa Doc y su hijo. A continuación, inspiraron dos golpes de Estado contra el presidente Aristide, que intentaba devolver la democracia, la soberanía y la dignidad a Haití. Finalmente, todas las potencias occidentales invadieron Haití con sus ONG, que privatizaron casi todas las funciones del Estado4.
Los éxitos de la revolución y el riesgo de que sean anulados
El bloqueo contra Cuba también se legitimó como represalia por la falta de indemnización a las empresas estadounidenses expropiadas por la revolución. Sin embargo, cuando esas mismas empresas se mostraron interesadas en volver a invertir y comerciar con Cuba, Obama habló de «normalización» de las relaciones entre Washington y La Habana. En realidad, escriben los autores, quería «sustituir el arma de la violencia por el arma del consumismo con el apoyo de las empresas que quieren volver a hacer negocios en la isla». Sin embargo, el Congreso se opuso a derogar las normas del embargo, porque el desafío de Cuba sigue siendo un ejemplo intolerable para los demás vecinos del «patio trasero» latinoamericano. Así, Castro, ya cercano a la muerte, pudo decir que Trump y Obama parecen diferentes, pero están unidos por la misma lealtad a los intereses imperiales de Estados Unidos (ni Biden se ha comportado de manera diferente).
Sin embargo, la revolución cubana no solo ha resistido siempre, sino que ha logrado extraordinarios éxitos en materia de sanidad y educación, ha contribuido de manera decisiva a las luchas de liberación de algunos países africanos y ha resistido el terrible desafío del «período especial», cuando el colapso del socialismo en Rusia y otros países de Europa del Este diezmó su PIB y Castro dijo: «nadie será abandonado a su suerte, solo un país socialista puede permitir lo que estamos haciendo: distribuir entre todos lo que tenemos»5.
También fue la revolución venezolana la que ayudó a Cuba a superar esa prueba y, tras la agresión a Caracas, sus condiciones, ya terribles, corren el riesgo de agravarse aún más, por lo que la tentación de las hienas de Washington de lanzarse a su garganta para darle el golpe de gracia no puede sino aumentar. No termino con el habitual llamamiento a la solidaridad internacionalista, porque soy consciente de que gran parte de las «izquierdas» occidentales, convertidas al neoliberalismo, han dejado hace tiempo de amar, comprender y apoyar la lucha del maravilloso pueblo cubano, por lo que, al menos en nuestras latitudes, esa solidaridad será, por desgracia, bastante escasa (espero, por supuesto, que me desmientan). Concluyo diciendo que, aunque la espléndida epopeya cubana llegue a su fin, su ejemplo permanecerá como un monumento imperecedero a la lucha contra el imperialismo e inspirará nuevos desafíos y nuevas revueltas hasta que la cabeza de la serpiente sea aplastada.
Notas
1 Sobre la conversión liberal de la cultura pos68, véase L. Boltanski, L. Capello, Il nuovo spirito del capitalismo, Meltemi, Milán-Udine 2014.
2 Una de las acusaciones más frecuentes a la política exterior estadounidense, que le ha sido dirigida, entre otros, por un conservador ilustrado como George Kennan, es la de no comprender la cultura y la lógica de sus adversarios. El caso de la Bahía de Cochinos es paradigmático en este sentido: los dirigentes estadounidenses estaban convencidos de que los cubanos recibirían con los brazos abiertos a los «libertadores» y que el ejército revolucionario no sería capaz de repeler la invasión; en otras palabras, ignoraban por completo el entusiasmo con el que la revolución había sido acogida por la inmensa mayoría del pueblo de la isla.
3 Véase R. L. James, Los jacobinos negros: Toussaint L´Ouverture y la revolución de Saint-Domingue[PDF], Casa de las Américas, La Habana, 2010.
4 En el verano de 2013, mientras me encontraba en Quito para investigar sobre la revolución ecuatoriana, algunos profesores de la universidad local utilizaron el neologismo «oenegismo» para definir irónicamente las prácticas de occidentalización y difusión de los valores neoliberales que las ONG euroamericanas estaban llevando a cabo en el país. Véase C. Formenti, Magia bianca magia nera, Jaka Book, Milán 2013.
5 Por eso Lukács dijo: «Prefiero vivir en el peor país socialista que en el mejor país capitalista». Dicho esto, hasta el colapso de la URSS, la ayuda de los países socialistas fue decisiva para la supervivencia de Cuba, los autores recuerdan el famoso discurso de Guevara en Argel, en el que el líder revolucionario dijo que los Estados socialistas deberían proporcionar capital a los países pobres, no para atarlos a sí mismos, sino para favorecer su desarrollo. Eso es exactamente lo que hace la República Popular China, pero esto no se menciona en el libro, ni siquiera en una nota: evidentemente, para los estadounidenses, aunque sean de izquierdas, reconocer los méritos de China es difícil, si no imposible…
Fuente: Socialismo del secolo XXI, 6 de marzo de 2026 (https://socialismodelsecoloxxi.blogspot.com/2026/03/riuscira-cuba-sopravvivere-anche-trump.html)