¿Esperando a Godot? Breve reflexión sobre el partido que no existe
Mimmo Porcaro
El mundo que surgió tras la Segunda Guerra Mundial ya no existe; ya no existe ese Occidente que se forjó tras el fin del gran conflicto de 1914-1945. La relación con Estados Unidos, con Trump o sin él, es ya para los aliados más un problema que una solución. Lo es para la derecha semipopulista, y lo será para la derecha tecnocrática (pardon, la «izquierda»), si es que alguna vez llega al gobierno.
A este cambio geopolítico, que no es más que un cambio en las condiciones espaciales de la acumulación capitalista a escala mundial, debería corresponder una transformación análoga de los partidos y los sistemas políticos de todos los países. Para que quede claro: el 89 generó el PD y el sistema mayoritario, así como —con la globalización— la izquierda altermundialista. La crisis de 2008 generó la ola populista y luego, junto con 2011, reforzó la idea de la Liga «nacional». Pero hoy, a pesar del (o quizás precisamente debido al) carácter verdaderamente trascendental del cambio que se está produciendo, parece que nosotros, europeos e italianos, nos limitamos a registrar los acontecimientos como si no nos concernieran, y a vivir por inercia. Así, mientras el rearme de Alemania (como en vísperas de 1914 y de 1934…) rompe el equilibrio entre el poderío militar francés y la fuerza económica alemana, equilibrio que constituía la base de la actual UE, el panorama político superficial permanece idéntico, o mejor dicho, sus protagonistas siguen siendo sustancialmente los mismos, es decir, aquellos partidos que hemos heredado de la era de la globalización y de la resaca de su primera crisis real.
Pero aquí ya estamos muy más allá de esa primera crisis; nos encontramos —entre la guerra económica y la guerra real— en el enfrentamiento abierto entre Occidente y los demás, y dentro del propio Occidente. Todos los partidos deberán, por lo tanto, tarde o temprano, modificarse profundamente: porque todos los partidos dignos de ese nombre son desde hace tiempo también expresión de fuerzas internacionales1. Probablemente se crearán nuevas agrupaciones centristas, que incluirán a los liberales de izquierda y de derecha, dedicadas a la represión del pacifismo popular; como reacción, algunas fuerzas de derecha se radicalizarán, tal vez utilizando instrumentalmente ese pacifismo para imponer soluciones aún más autoritarias.
Dos polos que lucharán por el título de mejor garante de los equilibrios actuales, es decir, de la alianza con cualquier gobierno de EE. UU., matizada en algunos casos con aperturas hacia Rusia, sin perjuicio de las exclusiones anticinesas.
¿Y nosotros?
Se decía que todos los partidos tendrían que modificarse. El nuestro, en cambio, tendrá que nacer, ex novo. El nuestro: es decir, aquel que deberá vincular indisolublemente, una cosa como condición de la otra, la paz y la alternativa socialista, el interés de clase y el interés nacional, la soberanía y las nuevas alianzas continentales.
Nacer ex novo: no servirá de nada autodenominarse (enésimo) partido comunista; no será posible llevar a cabo un éxodo; no bastará con ensalzar la pluralidad y la diferencia de los movimientos; no bastará con la presión genérica desde el exterior. En cambio, habrá que aprender los caminos actuales para superar el capitalismo, dirigirse a todos los trabajadores, pero mejor aún a todos los seres humanos, hoy amenazados como tales por las guerras, tener desde ya una idea de gobierno, pero sobre todo la idea de un Estado nuevo, y entrenarse para ponerla en práctica. Un nuevo Estado: porque la forma cada vez más autoritaria y cada vez menos hegemónica del dominio estadounidense ya no permite ni la continuación de la Segunda República, ni la repetición de la Primera. Y porque para contrarrestar la privatización integral del aparato público en beneficio de los fondos estadounidenses y la subcontratación de nuestra seguridad a fuerzas externas, se necesita mucho más que una agitación identitaria repetitiva.
El nuevo partido, en definitiva, debe responder a la crisis actual, que no se resuelve con simples ajustes del sistema, con la participación desde abajo en la gobernanza, con nuevos lenguajes respetuosos con las diferencias, ni siquiera con la mera reivindicación de la soberanía, por muy «democrática» que sea, sino con una alternativa que sea a la vez económico-social, institucional y geopolítica. Sin duda, este partido estará formado también por hombres y mujeres que han crecido en otras épocas políticas, pero incluso ellos deberán aprender de alguna manera formas y lenguajes diferentes, a veces discordantes con los del pasado.
Un partido como institución fuerte
Sí, pero ¿qué tipo de partido debemos (y podemos) construir?
Para comprenderlo, debemos ante todo olvidar los partidos actuales, que no son más que comités electorales y agencias de comunicación. Y luego preguntarnos qué debe ser, no un partido en general, sino un partido de las clases subalternas2. Porque los dominantes ya poseen o controlan las instituciones que hoy confieren poder, es decir, las grandes empresas capitalistas y el Estado; y, por lo tanto, pueden conformarse con partidos mediático-electorales, ya que su fuerza como clase está asegurada por otros medios. Pero las clases subalternas no pueden contar con instituciones análogas, y su partido debe ser algo más. Hoy como ayer, su partido es esa institución (más bien, como veremos mejor, ese conjunto de instituciones) que transforma a las clases subalternas en clases dirigentes, o potencialmente tales, generando un saber colectivo, una costumbre de razonamiento político, una capacidad de gestión alternativa de diversos ámbitos sociales y también institucionales. Todo ello constituyendo al mismo tiempo la sede de una verdadera alianza entre las distintas fracciones de las clases subalternas y entre estas y todas las fracciones intermedias que se logren conquistar.
En definitiva, el nuestro debería ser un partido fuerte, es decir, una institución que no se limite a sumar las necesidades de individuos dispares, sino que precisamente transforme a los propios individuos y concrete sus propias aspiraciones. Para llevar a cabo todo esto, dicho partido debería desempeñar funciones muy diversas: socialización política, ayuda mutua, movilización social, elaboración de una cultura de base y de una reflexión teórica, definición colectiva de una estrategia, y también (pero no solo, como ocurre hoy en día) comunicación y representación institucional.
Partido formal, partido real
De hecho, sin embargo, es imposible (con la excepción que trataremos en breve) que una sola institución pueda asumir todas estas tareas; de hecho, la transformación de las clases subalternas en clases dirigentes puede llevarse a cabo de manera más eficaz gracias a lo que yo denomino partido real, es decir, un conjunto formado por uno o varios partidos formales y, además, por sindicatos, medios de comunicación, centros de elaboración cultural, asociaciones cívicas, fracciones del aparato estatal, etc… Una pluralidad de sujetos que, además de permitir una mayor adecuación a la diferenciación de los ámbitos sociales, también facilita o, en cualquier caso, hace posible la sustitución recíproca en caso de incumplimiento de uno u otro, dado que, al menos en principio y según las fases, cada sujeto puede asumir también tareas que no le son propias, incluidas las de dirección estratégica de facto: pensemos, por ejemplo, en la función desempeñada por los sindicatos en algunas fases de los años setenta.
El partido real no es un proyecto que haya que construir, sino una realidad de hecho: ninguna experiencia de organización política de las clases subalternas europeas ha estado (ni podrá estar) constituida únicamente por partidos formales. Dicho esto, lo cual también ayuda a evitar cualquier futura «arrogancia partidista», debe quedar claro, sin embargo, que tal conjunto de sujetos solo puede denominarse partido, aunque sea real, si y en la medida en que esté unido por una convergencia estratégica de fondo, por un pacto estratégico explícito o, en cualquier caso, por la capacidad de formar un «bloque» en momentos de crisis. De lo contrario, no es más que una instantánea de la fragmentación existente, no es una forma de política, sino de su ausencia3. El partido real del pasado fue, en cambio, plenamente político, sobre todo porque en su seno actuaban partidos formales dignos de ese nombre, lo que obligaba también a los demás organismos a dotarse de una visión general. Pero también porque casi todos estos partidos formales (fuera grandes o pequeños) se organizaban como partidos de masas, fundados en una clara unidad ideológica, abiertos a una amplia afiliación y, sobre esta base, capaces de formar numerosos cuadros de origen popular y de legitimar su función dirigente en diversos ámbitos sociales4. De este modo, el partido de masas podía tanto desempeñar por sí solo, hasta cierto punto, todas las funciones necesarias, como delegarlas, progresivamente, en asociaciones «auxiliares», y, por último, actuar como catalizador y, en última instancia, como centro de un partido real más heterogéneo.
No es posible aquí trazar la historia de la evolución (o mejor dicho, involución) de ese tipo de partido (es decir, en esencia, del PCI y de los demás partidos «obreros» europeos). Baste decir que su existencia coincidió con la época del gran auge de las clases subalternas y que su fin sancionó el declive de dichas clases. Y añadir que su propio éxito, es decir, la capacidad de «llevar a las masas al Estado» en los años del gran compromiso entre trabajadores y capital, lo condujo irónicamente a la derrota, transformando progresivamente a sus dirigentes en administradores, y a los militantes en meros agitadores electorales. Ese éxito, en definitiva, se pagó con una fijación por la política institucional y con una centralidad absoluta de la cuestión del gobierno, que tuvieron un peso nada desdeñable en la mutación: esta se llevó a cabo precisamente para poder desempeñar libremente la más gratificante y remunerativa de las funciones en las que se habían especializado, es decir, la de la representación institucional local y central. Y se llevó a cabo precisamente cuando el pacto interclasista ya se había roto y, por lo tanto, se trataba sí de gobernar, pero en nombre de una sola clase: y ya no era la «original». A este panorama desalentador (que explica al menos en parte por qué, en lugar de perder con la propia clase, se decidió ganar —o ilusionarme de hacerlo— con la clase adversaria) hay que añadir, no obstante, (también para prevenir tediosas polémicas contra el burocratismo, el «partidismo» y demás quejas) que ese resultado transformista no afectó solo a los partidos formales, sino también a muchísimos otros sujetos culturales, asociativos y económicos del partido real (basta pensar en las cooperativas…).
En resumen: el partido de masas ya no existe; no es seguro que haya desaparecido para siempre, pero por el momento no es posible reconstruirlo. Los comités mediático-electorales que hoy se denominan partidos son el problema y no la solución. Los movimientos, por esenciales que sean, tanto recientes como futuros, son naturalmente apartidistas y así deben ser, sobre todo hoy en día, si quieren alcanzar dimensiones considerables. El asociacionismo del tercer sector carece de gobernanza. El activismo por los derechos civiles no logra salir (¿y cómo podría?) del papel limitante de grupo de presión. La simple agitación soberanista parece carecer de contenido en demasiadas ocasiones. Las diversas formas de comunicación anti-mainstream no logran constituir un sistema y, en cualquier caso, no pueden sustituir a la política. Entonces, ¿qué partido debemos y podemos construir? ¿Y por dónde empezamos?
Un Estado nuevo y duradero
Antes del qué y del cómo, debemos volver a preguntarnos el por qué. Un partido, de hecho, no es simplemente un modelo organizativo, sino que es sobre todo una idea que se convierte en organización. ¿Y cuál es la idea (el conjunto de ideas) a la que debemos dotar de una estructura organizativa adecuada? Ya lo hemos dicho, pero debemos repetirlo y precisarlo.
Es de interés vital de las clases subalternas, es decir, de la inmensa mayoría de los habitantes de nuestro país (vital precisamente en el sentido de que «se trata de una cuestión de vida o muerte»), que Italia no sea arrastrada, ni directa ni indirectamente, a las diversas guerras imperialistas que componen y compondrán el mosaico de la tercera guerra mundial. Además, redunda en interés de estas clases que el desenlace de la crisis hegemónica occidental permita a Italia recuperar su plena soberanía: no para «ir por libre», sino para negociar sobre esta base una nueva unidad con los países europeos (o al menos con algunos de ellos), y unas relaciones más equilibradas con el mundo entero, empezando por los BRICS y los países africanos. Por último, a las clases subalternas italianas les interesa aprovechar la crisis actual para llevar a cabo seriamente y de manera duradera lo que las clases dominantes mundiales están haciendo de forma hipócrita y puramente temporal, es decir, reconquistar (incluso mediante la expropiación) un control político democrático de las estructuras económicas más importantes, y sustituirlo por la actual intervención «pública» que se lleva a cabo a costa de los débiles y en favor de las grandes concentraciones privadas, y que se ha llevado a cabo tras privatizar el propio aparato del Estado.
Si queremos proteger estos intereses, la tarea que tenemos ante nosotros es, nada menos, la misma que señaló Maquiavelo en El Príncipe y en los Discursos: la de construir un Estado nuevo y capaz de perdurar. Ahora bien, no es posible abordar (o, mejor dicho, empezar a abordar) tal tarea pensando simplemente en conectar a los sujetos políticos actuales, en unir todas las fuerzas potencialmente disponibles, ya que estas fuerzas no son capaces, en este momento, de concebir una tarea de tal calibre.
Puede existir un consenso genérico sobre la cuestión de la paz, pero tan pronto como se dan unos pasos más allá de esto, se encuentran vetos, prejuicios y cautelas que hacen imposible ir más allá. La idea de un entrelazamiento entre el interés de clase y el interés nacional es sencillamente inconcebible para gran parte de la izquierda actual. La idea de alguna relación con los BRICS se ve obstaculizada por el terror sagrado a las «autocracias», del que se deriva —en el mejor de los casos— una falsa equidistancia que se traduce en apoyar de hecho a quien aquí y ahora es el más fuerte. La mera idea de un Estado que recupere la plena autoridad y dirija con decisión la economía perturba el sueño de todas las asociaciones del «sector social privado» —y de nada sirven las precisiones sobre el hecho de que, mientras se cierra a las grandes fuerzas privadas, el nuevo Estado no podrá sino abrirse a las pymes y al tercer sector, y deberá necesariamente relacionarse con todas las formas posibles de autonomía popular. Por último, para garantizar la perdurabilidad de esta nueva perspectiva en una época de fuertes turbulencias (y de ataques directos por parte de potencias hostiles), es necesario ante todo que el nuevo Estado cuente con el respaldo de una gran coalición popular, lo que implica asumir sin prejuicios también la verdadera crisis de degradación que vive hoy la llamada pequeña burguesía (poblada en realidad por muchos proletarios «atípicos»): algo muy difícil para unas culturas políticas en las que, por el contrario, abundan esos prejuicios.
Un partido «bund»
De todo ello se desprende que el partido que necesitamos deberá basarse en la plena conciencia de la clara distinción entre sus propias ideas y las corrientes, y de la simultánea absoluta necesidad de un diálogo constante con las realidades sociales y políticas que, aunque momentáneamente distantes, podrían acercarse en la experiencia de la crisis.
Con sentido de la mesura, no podemos afirmar que el partido del que hablamos deba ser de tipo leninista. Pero sin duda, al menos en una primera fase, no podrá ser más que un partido de cuadros, lo más disciplinado y cohesionado posible, seguro de sus propias ideas pero presente, directa o indirectamente, en todos los ámbitos en los que ello sea posible y útil. El nuevo partido no será, por tanto, ni un comité electoral ni un partido de masas, sino algo similar a lo que el politólogo del siglo XX Maurice Duverger definía como Bund, como «orden»: es decir, como una asociación de individuos unidos por un propósito firme y por sentimientos igualmente fuertes de amistad política5. No es ni fácil ni útil prever cuáles serán los instrumentos que permitirán a este bund establecer un vínculo con la población. Se trata de un campo experimental, en el que pueden ponerse a prueba soluciones antiguas y nuevas: círculos territoriales similares a los del partido de masas, centros mediáticos eficaces, células militantes sistemáticamente presentes en diversos ámbitos laborales y sociales, núcleos de «partido social», es decir, de ayuda concreta a los sectores populares entendida también como una forma de presencia política tangible. Lo que sí se puede afirmar con certeza es que el nuevo partido, aunque cuente con sus propios medios de comunicación y sus propios grupos institucionales (diputados, consejeros regionales, etc.), no podrá identificarse ni con los primeros ni con los segundos. Los grupos dirigentes del partido y sus núcleos mediáticos e institucionales deberán estar, al menos funcionalmente, separados, para evitar tanto la reducción de la política a la comunicación como los conocidos riesgos del transformismo institucional. La cuestión central y, en cualquier caso, inevitable de las elecciones no deberá sustituir ni prevalecer nunca sobre el arraigo social, aunque este último se vea sin duda reforzado por una presencia institucional «amiga».
No espere a Godot
Pero, ¿cuándo y cómo construir un partido de este tipo?
Louis Althusser, precisamente al reflexionar sobre la cuestión del Estado nuevo y duradero planteada por Maquiavelo (cuestión que para Althusser era evidentemente el otro nombre de la revolución comunista), sostenía que, cuando se trata de problemas radicalmente nuevos, el pensamiento político solo puede plantear los términos, no prescribir abstractamente la solución: solución que, en cambio, depende de la capacidad de interpretar la conjunctura, la contingencia histórica, la ocasión no inevitable sino aleatoria en la que oportunidades a menudo impensadas abren posibilidades inesperadas6. Por lo tanto, es inútil prescribir los pasos precisos, los plazos exactos de la construcción. Pero es sin duda una condición inmediatamente necesaria la constitución de uno o más grupos que, como mínimo, planteen a sí mismos y a los demás, de manera razonada, sistemática y continuada, el problema del partido, porque solo así se podrá interrogar constantemente a la realidad en busca de una respuesta, se podrá de algún modo actuar, y no limitarse a una espera pasiva y vana de algún Godot.
El siempre añorado Enzo Jannacci confesó que uno de sus sueños secretos era asistir a una representación de Esperando a Godot (la obra de Samuel Beckett en la que sus dos protagonistas, Estragón y Vladimir, esperan en vano la llegada salvadora del hombre del título) y saltar en un momento dado al escenario gritando más o menos así: «¡Eh, chicos, soy yo, soy Godot! Caramba, podrían haberme dicho que me esperaban: una llamada y habría llegado». He aquí: nuestro Godot no será ni el de la obra, que a pesar de saber que se le espera nunca llega, ni el de Jannacci, que se manifiesta alegremente de improviso. A nuestro Godot, es decir, la ocasión —o más bien las ocasiones— para construir lo que es necesario, solo lo encontraremos si salimos a buscarlo, sabiendo qué pedirle.
Notas
1 Así lo señala, entre otros, Sigmund Neumann, en su Toward a Comparative Study of Political Parties, incluido en el volumen colectivo por él mismo editado Modern Political Parties. Approaches to Comparative Politics, University of Chicago Press, Chicago 1967, en el que sostiene, entre otras cosas, que, sobre todo después de 1945, todo partido político debe representarse como la punta de un iceberg, que oculta gran parte de sus relaciones de poder (pp. 416 y ss.).
2 Recojo y actualizo aquí algunas tesis ya expuestas en mi Machiavelli 2017. Dal partito connettivo al partito strategico, https://contropiano.org/documenti/2017/04/07/machiavelli-2017-partito-connettivo-partito-strategico-090665 , y antes aún en Metamorfosi del partito politico, Punto Rosso, Milán, 2000.
3 Probablemente, el único verdadero límite del valioso trabajo que Rodrigo Nunes ha dedicado al problema de la organización (trabajo en el que el estudioso desmonta eficazmente todas las ilusiones «horizontalistas» y la idea de que solo las representaciones institucionales pueden degenerar) radica en considerar que, por sí misma, la relación entre diversos partidos y movimientos constituye una «ecología» que es ya, de inmediato, «ecología política». En este sentido, el uso de la metáfora biológica induce a ignorar el hecho de que la política de emancipación es un acontecimiento raro, que no se da en la simple asociación o interacción, sino que requiere el surgimiento de visiones y capacidades específicas y solo puede reconocerse mediante un análisis histórico-concreto. Véase Rodrigo Nunes, é verticale né orizzontale. Una teoria dell’organizzazione politica, Edizioni Alegre, Roma, 2025.
4 Para una descripción sintética y eficaz de las características fundamentales de este modelo de partido, véase Alessio Mannino, Algunas notas sobre el «partido de masas», Algunas notas sobre el «partido de masas» | La Fionda.
5 Maurice Duverger, I partiti politici, Comunità, Milán, 1970, pp. 173 y ss. Para ser precisos, en este libro tan rico (imprescindible para cualquiera que desee abordar seriamente la cuestión del partido), Duverger entiende el partido de cuadros en un sentido muy diferente al aquí propuesto, considerándolo un partido de notables, técnicos o financiadores (pp. 106-7). En cuanto al bund, el autor ofrece una versión casi monacal. Pero no hay que asustarse: cuando aquí se habla de disciplina y cohesión no se entiende una adhesión fanática, sino simplemente seriedad y perdurabilidad del compromiso, lo cual, en esta época de triste individualismo, ya sería mucho.
6 Louis Althusser, Machiavelli e noi, Manifestolibri, Roma, 1995, en particular las pp. 33-43. Pero véase también, del mismo autor, Sul materialismo aleatorio, Unicopli, Milán, 2000.
Fuente: La fionda, 15 de abril de 2026, (https://www.lafionda.org/2026/04/15/aspettare-godot-breve-discorso-sul-partito-che-non-ce/)