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Biografía imprescindible de un poeta que fue emanación de verdad, belleza, compromiso y fraternidad

Salvador López Arnal

Reseña de Mario Amorós, Un poeta en la historia. Vida de Miguel Hernández, Akal: Madrid, 2026, 572 páginas.

Lo esencial: no se pierdan esta nueva, novedosa y excelente biografía de nuestro gran biógrafo-historiador Mario Amorós sobre uno de nuestros más grandes poetas, un nombre propio y destacado de la literatura universal. (El autor recuerda que en noviembre de 2017 se celebró en Orihuela, Elche y Alicante el IV Congreso Internacional, titulado Miguel Hernández, poeta en el mundo, un encuentro que puso especial hincapié en la recepción y estudio de la obra de Hernández en otros países, algunos de ellos muy lejanos. India, por ejemplo).

Así, pues, lectura obligatoria, ineludible. En mi opinión y sin exagerar, casi un deber poliético y cultural.

El resumen de la contraportada: «A partir de una exhaustiva investigación [¡cuántos años de trabajo!, ¡cuántas horas de lectura y estudio!] y de documentación inédita muy relevante [luego les hablo de ello], Amorós recorre y examina de manera minuciosa [pero sin agotar nunca al lector/a, no es un libro académico, no es un libro distante] la trayectoria del creador de la “Elegía” a Ramón Sijé, “Aceituneros” [que solemos mal llamar “Andaluces de Jaén”], “Hijo de la luz y de la sombra” o “Nanas de la cebolla” [y de tantos otros poemas imperecederos; por ejemplo: “Llegó con tres heridas”], en una biografía imprescindible [lo es, no es publicidad comercial] que se enriquece con más de medio centenar de fotografías [algunas del propio Amorós; por ejemplo, la de la escultura que está frente a la estación de tren de Orihuela, estación que lleva hoy su nombre] y con un epílogo [documentadísimo] que reconstruye la recuperación de su figura desde los aciagos años de la dictadura [la franquista nacional-católica, por supuesto]».

Miguel Hernández, que estuvo y sigue estando en el alma de muchos de nosotros (nunca es lectura olvidada), fue,junto a Antonio Machado y Federico García Lorca uno de los poetas del sacrificio español, en el buen decir de Rafael Alberti. ¿Por qué?

Tomo pie en Un poeta en la historia. Cinco días después de la muerte del esposo-compañero de Josefina Manresa, Vicente Aleixandre, uno de sus grandes amigos, una de las personas más comprometidas con él, con su obra y con Josefina y su hijo, escribía a José Antonio Muñoz Rojas: «Para mí fue un amigo ejemplar, para el que guardo una gratitud y un recuerdo penetrante que quisiera conservar lo que me queda de vida [lo conservó]. Generoso, noble, con un corazón leal como el que más, sano como la Naturaleza, de la que fue hijo inmediato, sentí en él y con él la verdad siempre, la honradez hermosa de una afecto entrañable… ¡Y qué dolor la pérdida de un extraordinario poeta, cuajado cada vez más en una voz robusta, honda y personalísima, llamada a dar tanta hermosura a nuestra lengua! Es un verdadero tesoro que se pierde!». Seis años después, el 25 de septiembre de 1948, Juan Ramón Jiménez dictó una conferencia en la Sociedad Argentina de Escritores con el título «Poesía social». Dijo allí el autor de Platero y yo: «De los poetas españoles muertos durante la guerra los más señalados fueron Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Federico García Lorca y Miguel Hernández. De ellos el que peleó en los frentes y no quiso salir de su cárcel donde se extinguía tísico y cantando sus amores, mientras otros compañeros siguieran retenidos, fue Miguel Hernández, héroe de guerra. Decir esto que digo es justo y exacto. Vaya a Miguel Hernández desde Buenos Aires este efluvio de verdad, en esta hora de poesía.» En 1960, escribía Pablo Neruda en París: «Recordar a Miguel Hernández, que desapareció en la oscuridad, y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y tan luminosos como el muchacho de Orihuela, cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra [así ha sido]. No tenía Miguel la luz central del sur como los poetas rectilíneos de Andalucía, sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de penal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. Y este fue el hombre que aquel momento de España destinó a la sombra. ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo».

(Dicho sea entre paréntesis en relación con la influencia político-cultural de Hernández. Tomo pie (¡una vez más!, ruego me disculpen) en un pasaje de la conversación que en la primavera de 1978 mantuvieron Antoni Munné y Jordi Guiu con Manuel Sacristán. «Y a mí quien me ha hecho», se preguntaba el autor de Panfletos y materiales, el traductor del Capital. Y en mi caso, ¿a mí quien me ha hecho? La bondad de mi madre, la música de cantautores (Aute, Raimon, Serrat, Andion, Rodríguez), la militancia antifranquista-comunista, las cosas que fui sabiendo de muy joven del pensar-vivir-hacer de Grothendiek, algunas biografías (de Marx, de Lenin) y, sobre todo y desde muy joven, la poesía de Hikmet, Neruda, Eluard, Machado, Brecht, Otero, Celaya, Gil de Biedma y, sobre todo, Miguel Hernández. Hablo de ello porque si hago extensiva la pregunta a personas de mi generación o de generaciones anteriores, no conjeturaría con error si afirmara que la presencia del poeta oriolano estaría en una inmensa mayoría de las reconstrucciones vitales de todos. Miguel Hernández nos ha hecho (los cantautores han jugado aquí un importante papel). Todos hemos leído y releído una buena parte de sus poemas y hemos sentido admiración (también rabia) al conocer su vida y su trágica muerte. Déjenme añadir que a pesar de haber sido profesor de filosofía, nunca de literatura, y posteriormente de matemáticas, informática y economía, no ha habido curso alguno en el que, aprovechando o creando circunstancias más o menos favorables, no haya hablado en clase de Miguel Hernández y no haya recitado algunos de sus poemas. Y, por si faltara algo, dejé huella en algunos alumnos).

Cojo el hilo de nuevo. Esta sentida (remarco la palabra) y muy documentada biografía de Mario Amorós, la primera escrita por un historiador (que no ha escrito un libro de historia, pero sí, como reza el título, la biografía de un poeta en la historia), nos acerca más y muy de cerca a nuestro poeta imprescindible y a su obra poética, porque Amorós ejerce también, tomando pie en estudiosos y ensayistas y siempre con mirada propia, de crítico literario, de agudo comentarista de poemas de Hernández que son ya patrimonio de todos, de la Humanidad entera.

Un breve e innecesario apunte sobre el autor. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y licenciado y doctor en Historia por la Universidad de Barcelona, publicó en Akal en 2021 ¡No pasarán!, una magna biografía de Dolores Ibárruri, Pasionaria (Léanla, si no la han leído). Es autor también de numerosas biografías de referencia, siempre recordadas y consultadas, sobre Salvador Allende, Víctor Jara, Pablo Neruda, Pinochet y tantos otros.

Forman Un poeta en la historia la presentación, quince capítulos, un epílogo, las fuentes y la bibliografía, y un apartado de agradecimientos (falta un índice onomástico aunque, sin duda, hubiera sido muy extenso). Les copio los títulos de los capítulos: 1. La marca de Orihuela. 2. El fuego de la poesía. 3. El nacimiento de un poeta. 4. Versos para Dios. 5. La metamorfosis. 6. Tiempo de rupturas. 7. El rayo que no cesa, una obra maestra. 8. La consagración. 9. Un ruiseñor en las batallas. 10. Poesía y teatro para la guerra. 11. En medio de la tempestad. 12. Las cárceles del fascismo. 13. Entre la sombra y la luz. 14. Dignidad y resistencia. 15. Calvario, agonía y muerte. El hermoso título del epílogo: «Desde las tinieblas hacia la universalidad». ¿Alguno que deba destacarse? Ninguno, todos ellos son excelentes. No hay caídas, no ha riesgo de desinterés, de aburrimiento, de pesadez o de mala escritura. El lector/a no perderá interés y atención, le resultará imposible.

Sobre la documentación usada: cuarenta y cinco páginas de fuentes y bibliografía, centenares y centenares de revistas y libros. Salvo error por mi parte en el cómputo, ¡35 archivos nacionales consultados, más los cuatro de Santiago de Chile!

Un apunte sobre esto último porque es una aportación de investigación que debe destacarse. Amorós ha consultado el Archivo General Militar de Ávila, donde ha recuperado informes del régimen franquista que reconocían que la condena a muerte del poeta se basó en «hechos» de «escasa trascendencia», y el Archivo Nacional de Chile, utilizando el Fondo Documental Germán Vergara Donoso, con correspondencia inédita entre junio de 1939 y enero de 1942 que incluye cartas del poeta al diplomático chileno y una desgarradora carta de Josefina Manresa. Un pasaje: «En primer lugar, le diré que más que otra cosa lo que hicieron con él fue asesinarlo. Le dieron una muerta lenta y dolorosa, sistema muy peculiar en esta gente sin entrañas e inhumana porque tenían mil medios para poder haber evitado su muerte, pero como les estorbaba y lo que querían eran quitarlo del medio pues desde el principio fue mal atendido. Las curas se las hacían con trapos para que se le infectaran las heridas. Le operaron y el tratamiento fue por el estilo. Sé lo que usted hizo porque la situación de Miguel cambiara. No fue usted solo el que tropezó con las dificultades que me dice, sino todo el que se interesó por él. Siento no poder darle más detalles sobre esta cuestión, son demasiado [palabra ilegible] las escenas que recuerdo y temo no poder continuar…».

La derecha, por su parte, está en lo suyo y siguen despreciando la figura y la obra del poeta oriolano. No pueden apropiárselo. Dos de los ejemplos que nos recuerda Amorós: «En febrero de 2020, el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida (PP) ordenó borrar el verso “Para la libertad sangro, lucho, pervivo”, de su poema “El herido”, que el colectivo Memoria y Libertad, integrado por descendientes de víctimas de la dictadura, había elegido para recordar en un espacio de memoria en el cementerio de La Almudena a los represaliados del franquismo; algunas semanas antes habían sido arrancadas las placas de piedra con los nombres de los fusilados entre 1939 y 1944». A principios de 2024, la concejalía de cultura del Ayuntamiento de Orihuela (¡de Orihuela!), en manos de Vox, «negó la ayuda que sufraga parte de los gastos del premio internacional de poesía que lleva el nombre de Miguel Hernández». La decisión tuvo que ser corregida por el amplio rechazo ciudadano que generó.

Sería injusto olvidar (Amorós no lo olvida por supuesto, hemos hecho referencia a ello) el decisivo papel de cantautores y grupos musicales en la difusión popular de la poesía y figura de Hernández. Los nombres se agolpan: Paco Ibáñez, Enrique Morente, Joan Manuel Serrat, Víctor Jara, Manuel Genera, Extremoduro,… Amparándose en investigaciones de Fernando González Lucini, Amorós observa que entre 1967 y 2018 un total de 242 compositores han creado canciones con poemas de Hernández. «A esa fecha eran 227 discos publicados con versos suyos y se habían musicalizado 168 poemas para crear 510 canciones».

Una observación sin importancia: el subtítulo del libro, «Vida de Miguel Hernández», debería haber sido: «Vida y obra de Miguel Hernández».

El autor cierra Un poeta en la historia con estas palabras: «A cien años de la escritura de sus primeros versos, Miguel Hernández es un poeta reconocido, estudiado, leído [y cantado] y querido universalmente. Hoy la luz envuelve su obra y su recuerdo. Y su compromiso antifascista, desde la militancia comunista, ilumina los desafíos democráticos de nuestra época» [el énfasis es mío]. El autor de esta reseña suscribe estas palabras.

¡Qué suerte tienen las personas que hasta ahora no han tenido ocasión de acercarse a la obra y vida del poeta de «Sino sangriento»! ¡Descubrirán un mundo de generosidad, compromiso, umanidad, belleza, amor y poesía donde jamás habitará nuestro olvido! Mario Amorós les acompañará en su descubrimiento. No hay mejor guía que su libro.

PS: Hace 50 años, en la primavera de 1976, un grupo de estudiantes organizó en la Universidad de Barcelona un homenaje recordando la obra y vida de Miguel Hernández. Manuel Sacristán no pudo asistir, pero envió un texto (muy hernandiano) que les copio a continuación, con la seguridad de que Mario Amorós se sentirá muy próximo a su contenido:

«Tiene que haber varias razones de la respuesta excepcional, en intensidad y en extensión, que está recibiendo la iniciativa de la conmemoración de Miguel Hernández. Algunas de esas razones serán compartidas por todo el mundo, y del mismo modo, más o menos; por ejemplo, la autenticidad de la poesía de Hernández, en la que, si se prescinde de algunos ejercicios de adolescencia, no se encuentra una palabra de más. Otras motivaciones serán menos generales. La mía es la verdad popular de Hernández: no sólo de su poesía, en el sentido de los escritos suyos que están impresos, sino de él mismo y entero, de los actos y de las situaciones de los que nació su poesía, o en los que se acalló.

Al decir eso pienso, por ejemplo -pero no solamente- en aquella fatal indefensión de Hernández en su cautiverio. Hernández fue un preso del todo impotente, sin enchufes, sin alivios, sin más salida que la destrucción psíquica y la muerte, como sólo lo son (con la excepción de dirigentes revolucionarios muy conocidos por el poder) los oprimidos que no someten el alma, los hombres del pueblo que no llegan a asimilarse a los valores de los poderosos, aunque sea por simple incapacidad de hacerlo y no por ninguna voluntad histórica. O por ella, naturalmente.

Las últimas notas de Hernández que ha publicado hace poco la revista Posible [SLA: una revista publicada en los años de la transición] documentan muy bien el aplastamiento moral que acompaña a la destrucción física del hombre del pueblo sin cómplices y, por lo tanto, sin valedores en la clase propietaria del estado, de las fábricas y de las cárceles.

La autenticidad popular de la poesía madura de Hernández es tan consistente porque se basa en esta segunda, en la autenticidad popular del hombre muerto, como el Otro, entre dos o más chorizos, y como ellos.»

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