Donde nunca debe habitar el olvido y el silencio
Salvador López Arnal
Reseña de: Soledad Bengoechea, Mujeres. Segunda República, guerra civil y posguerra, Libélula Verde ediciones, 2026, 342 páginas.
Hay libros cuya existencia se reclama con razón desde numerosas atalayas. Desde el conocimiento histórico democrático, desde la justicia social, desde la honestidad político-intelectual, desde la memoria antifascista. El ensayo de la doctora Bengoechea Echaondo (¡hermosamente editado!) es un excelente ejemplo de estos libros reclamados, deseados. Gracias por él.
La finalidad del ensayo según la propia autora: «Esta obra tiene un carácter divulgativo. Se ha intentado [intento conseguido] ofrecer al público un trabajo que reflejase la vida de las mujeres en el período comprendido entre la Segunda República (1931-1939), donde estas dejaron de ser ciudadanas de categoría inferior, y la primera posguerra (1939-1953)». Veintitrés años en total y sin error en el 1939 que a veces queda reducido incorrectamente a 1936.
Sin exclusiones por otra parte: «A lo largo del siglo XX la vida, la obra y las hazañas de muchas mujeres han quedado silenciadas, invisibilizadas, la mayoría de sus nombres olvidados… Por ello, esta obra versa también sobre las valientes que se atrevieron a coger el fusil y se echaron al monte con sus compañeros para defender la causa antifascista en los frentes de batalla. Se trata, ni más ni menos, que de las milicianas.» (15). Uno de los ejemplos citados: «A principios de agosto de 1938 se formó el grupo más numeroso de mujeres que participaron en una acción bélica: el del batallón que se formó con chicas de Barcelona, Sabadell y Mataró. Se embarcaron en la expedición del capital Alberto Bayo hacia Mallorca. Entre estas jóvenes se encontraban cinco enfermeras dispuestas a jugarse la vida por salvar otras. Las fuerzas republicanas reembarcaron el 3 de septiembre dejando allí a las muchachas. Quedaron atrapadas en la isla. Un grupo de falangistas las vio y corrió hacia ellas. No pudieron escapar. Los hombres las violaron y asesinaron. Ocurrió en Manacor. Tuvieron mala suerte. Dijeron que se lo habían buscado, por putas.» (163-164)
Un apunte sobre la autora: Soledad Bengoechea Echaondo –miembro del TIG (Grupo Treball, Instituciones i Gènere de la UB) y de Tot Història Associació cultural– nació en la emisora del «Monte Igueldo» de San Sebastián en 1942. Afincada en Barcelona desde su juventud, cursó la licenciatura y el doctorado en Historia Contemporánea en la Facultad de Historia de la UAB. Su actividad investigadora se ha centrado en los movimientos sociales y en la organización de la patronal catalana durante las primeras décadas del siglo XX. También ha sido tema de estudio y reflexión la historia de las mujeres españolas en el pasado siglo.
La doctora Bengoechea fue galardonada en 1993 con el premio Ciudad de Barcelona de Historia por su obra Organització patronal i conflictivitat social a Catalunya [no necesita traducción; tampoco el caso siguiente], y con el premio Joan Mercader de Recerca (2000) por Les dècades convulses. Igualada com exemple.
Entre sus últimos libros cabe citar de manera destacada (¡es un libro imprescindible para toda persona interesadas en la historia social y políitca de la ciudad de Teresa Pàmies!) Barcelona 1919: la huelga patronal que alumbró la dictadura de Primo de Rivera, editado también por Libélula verde en 2024.
Componen Mujeres. Segunda República, guerra civil y posguerra la introducción, cuatro capítulos, el epílogo («Lo que, para muchas, pudo haber sido y no fue»), el índice onomástico (oportuno, bien elaborado), las referencias bibliográficas, la bibliografía y las referencias de imágenes.
Los capítulos: 1. Comienza la República y surgen nuevos derechos. 2. Tiempos de asociacionismo femenino. 3. Mujer y guerra civil. 4. Las colas del hambre: posguerra y mujer. La autora, con acierto, ha evitado las notas a pie de página: no hay necesidad de una lectura bidimensional, el tipo de lectura que, con tanto empeño y razón, no paró de criticar W.V.O. Quine.
Los cuatro capítulos abren con una documentada (y miuy bien escrita) explicación histórica del momento estudiado, acompañada de una biografía sucinta de las mujeres seleccionadas (escritoras, activistas, pensadoras, políticas, revolucionarias). Las del primer capítulo: Luisa Carnés (¿simple azar que Bengoechea empiece sus biografías por la autora de Tea Rooms. Mujeres obreras?), Clara Campoamor, Natividad Yarza, María Domínguez Remón, Julia Mayoral Márquez, Blasa Jiménez Chaparro, Estrella Cortichs, Maria Vila i Clé, Cándida Bueno (maestra rural asesinada a los 24 años, un mes y medio después de la intentona), Justa Freire y las hermanas Ocaña.
(Entre paréntesis: ¿cuántas de estas mujeres son conocidas por ustedes? Tres en mi caso. No sacó mejor nota sobre las mujeres citadas en los restantes capítulos).
La autora destaca con razón la gran figura republicana de María Lejárraga. También la de Clara Campoamor o la de Victoria Kent. También la de Dolores Ibárruri (en opinión de este lector una de las grandes figuras de la historia de España de todos los tiempos).
Los lectores agradecerán la acertada selección de fotografías (141-148) y, entre muchos otros, el hermoso apartado dedicado a las misiones pedagógicas (42-47).
Destaco algunas de las consideraciones defendidas por la autora:
1. El movimiento social de las mujeres. «En la historia, las mujeres comenzaron a salir de la sombra gracias al desarrollo de disciplinas como la antropología, por la atención que se prestó al tema de la familia, y a la irrupción de la historia de las «mentalidades» orientada a lo cotidiano y privado. Pero fue sobre todo el movimiento social de las mujeres el que las ha llevado al escenario de la historia, abriendo interrogantes sobre su pasado y su futuro.» (p. 13, la cursiva es mía)
2. Homenaje a las mujeres que no dejaron rastro. «El presente texto ha querido también tener un recuerdo para aquellas mujeres «que no dejaron rastro». Porque tal vez sea innecesario advertir que, a lo lago de la historia, la inmensa mayoría de ellas no han dejado ningún rastro (¿qué decir, por ejemplo, de las amas de casa?). Entonces: ¿por qué no hablar de algunas de estas? Aunque su rastreo no ha sido fácil. A través de sucintas biografías de mujeres colocadas al final de cada capítulo, se ha querido captar aspectos que a menudo no aparecen en las grandes obras. La idea ha estado motivadas por el deseo de darlas a conocer un poco más en aquel período histórico para que no sean relegadas al olvido». (19)
3. La generosidad histórica de Bengoechea (en el estilo, en la forma, en la presentación, incluso en el uso de «autoridades»): «En la zona ocupada por los nacionales, el 18 de julio de 1936 algunas de las mujeres simpatizantes del golpe de Estado se presentaron como voluntarias ante las autoridades. Hablemos de aquellas organizaciones femeninas que canalizaron las esperanzas y el trabajo de estas mujeres en la zona sublevada: las Margaritas de Comunión Tradicionalista, la Acción Católica de la Mujer y la Sección Femenina de Falange» (p. 97). Lo mismo cabe señalar de su aproximación a Pilar Primo de Rivera (130-131).
4. Machismo en el frente. «En aquella época, el machismo que se vivía en la retaguardia existía también en el frente. Allí se estableció una división de trabajo; normalmente las mujeres realizaban las tareas de cocina, sanitarias, de enlace y administrativas. Las consignas que dictaban los dirigentes de sus propios sindicatos y partidos tampoco ayudaban a que las cosas fueran de otra manera. Muchas veces, el hecho de que ellas no hubieran realizado el servicio militar, y de que no tuvieran esta preparación bélica, también eran actores que influían en la posición de sus compañeros varones» (161).
5. Maltrato y asesinato fascistas. «Además de sufrir el rapado de cabello [mi madre lo sufrió] y otras torturas, muchas mujeres en la Posguerra también fueron fusiladas. Por ejemplo, el 8% de las personas asesinadas durante la represión franquista en Extremadura eran mujeres. Y veamos un caso concreto. Solo unos días después de acabada la guerra, Carme Claramunt Barot, una activista antifranquista catalana, fue condenada a muerte por un consejo de guerra y se convirtió en la primera mujer fusilada en el Camp de Bota de Barcelona. Sucedió durante la madrugada del 18 de abril de 1939. [Mi abuelo materno fue asesinato un mes después].» (205) (Páginas dedicadas a las «Trece Rosas»: pp.229-232).
6. El Servicio Social obligatorio y la perspectiva de clase. «Después de todo lo expuesto se entiende que, entre la población urbana de clase media, la prestación obligatoria hiciera cada vez más impopular el Servicio Social. No ocurría así en muchas zonas de las áreas rurales. Allí, muchas niñas o chicas pobres no lo veían tan mal porque podían, antes de finales de los años sesenta, ir a campamentos o cursos: en la pobrísima España de entonces, tener acceso a servicios públicos que facilitaban un ascenso social era muy importante.» (246)
7. Huelgas mineras, resistencia antifranquista. «Sin embargo, muchas mujeres siguieron luchando, y pudieron contribuir decisivamente a la reorganización de la resistencia antifranquista [Recuerdo tres nombres entre miles posibles: María Salvo, Giulia Adinolfi, Lidia Falcón]. Y entonces fueron de nuevo represaliadas. Como decíamos, cuando el miedo se suavizó y la sociedad ya era otra, cuando las mujeres -que, en realidad, nunca dejaron del todo de participar en las luchas- reiniciaron la primera línea de batalla durante la oleada de conflictos obreros de los 60 y 70, volvieron a raparlas. Eso les pasó a Anita Sirgo y Tina Pérez, mujeres de mineros que se implicaron en las huelgas asturianas del 62, como parte de sus torturas en la cárcel.» (292)
Sugerencias para futuras reediciones de un libro que merece ser reeditado:
1. «Pasionaria» mejor que «la Pasionaria.»
2. Evitar el uso del término «bando». La España republicana no fue un bando enfrentado a otro bando.
3. Incluir en la bibliografía: Arnau Fernández Pasalodos, Hasta su total exterminio. La guerra antipartisana en España 1936-1952.
4. Los mal llamados «nacionales» fueron poco nacionales en muchos momentos y prácticas. En su alianza con el fascismo italiano y el nazismo alemán, por ejemplo, Luego, en la posguerra, con los acuerdos hispano-usamericanos de 1953.
5. Unificar en un solo apartado «Referencias bibliográficas» y la bibliografía.
6. Jóvenes o mujeres jóvenes en lugar de chicas.
7. En las citas que abren la Introducción y los capítulos se indica autoría y breve nota. Así «Anaïs Nin, escritora francesa». Evitar la aclaración; sin «escritora francesa» en nuestro ejemplo.
8. Como ocurre con tantos otros intelectuales catalanes o vecinos de Cataluña (que no son secesionistas, ni tan siquiera nacionalistas temperados, el caso de la autora), la doctora Bengoechea muestra reparos al uso del término «España» (que parece que muerte o suena a facha). Prefiere usar Estado español o Estado. La preferencia, en mi opinión, distorsiona la narración en algunos casos. En este, por ejemplo: «En el Estado español, cuando el 1 de abril de 1939 finalizó la Guerra Civil comenzó la dictadura del general Francisco Franco…» (195). Fue en España, no en el Estado español.
Las palabras de cierre: «El período histórico del que habla este libro abrió y cerró una nueva etapa de avances y libertades que las mujeres ensayaron y que el régimen franquista cercenó. Hubo que esperar a los años setenta para que las mujeres recuperasen, al menos legalmente, el sitio que les correspondía. Vista en perspectiva esta historia de las mujeres podemos preguntarnos, ¿qué podemos desear para el futuro?» (295). El deseo confeso de la autora: «Autonomía para dilucidar por nosotras mismas en una sociedad desarrollada y que los avances de las mujeres logrados en estos años de democracia se vayan reafirmando. Hoy, aquellas luchas siguen vigentes».
La hermosa ilustración de la cubierta es de Ingrid Cobo; la copia del grabado que cierra el libro es de Isabel Sanmartín.
No lo duden: lean, relean, sientan, recuerden y recomienden.
PS. Aprovechando que el Ebro no pasa por Barcelona: la doctora Bengoechea habla, no podía se de otro modo, de María Zambrano en el capítulo 3.º. Es una pena, una verdadera pena, que no se incluya a la gran filósofa malagueña, de prosa poética deslumbrante, discípula de Ortega y amiga de Miguel Hernández, en el temario de filosofía de 2º de Bachillerato (cuanto menos en Cataluña) y en las pruebas (de filosofía) de acceso a la Universidad. Sin nacionalismo, sin patriotismo filosófico: no hay ni un solo autor/a español entre los siete (u ocho) seleccionados.