Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Amenaza para la humanidad por parte de inventos y descubrimientos

Bertolt Brecht

[anotaciones para la versión danesa de Vida de Galileo, 1940. En: W Hecht (Hg), Brechts Leben des Galilei. Suhrkamp, Fkf/M 1981; pp 52-54]

El hombre actual sabe poco sobre las leyes [Gesetzlichkeiten] que rigen su vida. Es un ser social que suele reaccionar de forma emocional, pero esa reacción emocional es difusa, imprecisa e ineficaz. Las fuentes de sus sentimientos y pasiones están tan embarradas y contaminadas como las fuentes de su conocimiento. El hombre de hoy, que vive en un mundo que cambia rápidamente y cambiando él mismo rápidamente, no tiene una imagen del mundo correcta y sobre la base de la cual pueda actuar con perspectivas de éxito. Sus ideas sobre la convivencia entre las personas son sesgadas, imprecisas y contradictorias; su imagen podría decirse impracticable, es decir, con esa imagen del mundo, del mundo humano, el ser humano no puede dominar ese mundo. No sabe de qué depende, no sabe por dónde asir la maquinaria social que es necesaria para producir un efecto deseado. El conocimiento de la naturaleza de las cosas, por muy ingeniosamente que se amplíe y profundice, no es capaz, sin el conocimiento de la naturaleza del ser humano y de la sociedad humana en su conjunto, de convertir el dominio de la naturaleza en una fuente de felicidad para la humanidad. Más bien se convierte en una fuente de desgracia. Es así cómo los grandes inventos y descubrimientos no han hecho más que tornarse una amenaza cada vez más terrible para la humanidad, de modo que hoy casi todo nuevo invento es recibido con un grito de triunfo que pronto se vuelve un grito de angustia.

Antes de la guerra viví por la radio una escena verdaderamente histórica: el instituto del físico Niels Bohr en Copenhague fue entrevistado acerca de un descubrimiento revolucionario en el campo de la fisión atómica. Los físicos informaron que se había descubierto una nueva y formidable fuente de energía. Cuando el entrevistador preguntó si ya era posible el aprovechamiento práctico de los experimentos, recibió por respuesta: «No, todavía no». Con tono de gran alivio, el entrevistador dijo: «¡Gracias a Dios! ¡Creo sinceramente que la humanidad aún no está en absoluto preparada para asimilar una fuente de energía semejante!». Estaba claro que inmediatamente había pensado sólo en la industria bélica. El físico Albert Einstein no llega tan lejos, pero sí lo suficiente cuando escribe lo siguiente, en unas pocas frases que se enterrarán en una cápsula en la Exposición Universal de Nueva York como noticia de nuestra época para las generaciones futuras: «Nuestra época es rica en mentes inventivas, cuyos inventos podrían facilitar considerablemente nuestra vida. Cruzamos los mares gracias a la fuerza mecánica y también utilizamos la fuerza mecánica para liberar a la humanidad de todo trabajo muscular agotador. Hemos aprendido a volar y somos capaces de difundir comunicaciones y noticias por todo el mundo mediante ondas eléctricas. Sin embargo, la producción y la distribución de los bienes no están en absoluto organizadas, de modo que todo el mundo debe vivir con el temor de quedar expulsado del ciclo económico. Además, las personas que viven en distintos países se matan entre sí a intervalos irregulares, de modo que cualquiera que piense en el futuro debe vivir con temor. Esto se debe al hecho de que la inteligencia y el carácter de las masas son incomparablemente inferiores a la inteligencia y el carácter de los pocos que producen algo valioso para la comunidad».

Einstein fundamenta, pues, el hecho de que el dominio de la naturaleza—en el que hemos avanzado tanto—contribuya tan poco a la felicidad de las personas, en el hecho de que, en general, éstas carecen de la formación necesaria para saber cómo aprovechar de forma útil los descubrimientos y los inventos.* Saben muy poco acerca de su propia naturaleza. El hecho de que los seres humanos sepan tan poco sobre sí mismos es la causa de que su conocimiento de la naturaleza les sirva de tan poca ayuda. De hecho, la tremenda opresión y explotación de los seres humanos por parte de otros seres humanos, las matanzas bélicas y las humillaciones pacíficas de todo tipo en todo el planeta, han adquirido ya casi un carácter de necesidad natural; pero, frente a estos fenómenos, el ser humano, por desgracia, no es en absoluto tan ingenioso y competente como lo es frente a otros fenómenos naturales. Las grandes guerras, por ejemplo, parecen para muchos como terremotos, es decir, como fuerzas de la naturaleza, pero mientras que ya saben cómo hacer frente a los terremotos, no saben aún cómo hacer frente a sí mismos. Es evidente cuánto se ganaría si, por ejemplo, el teatro, o el arte en general, fuera capaz de ofrecer una visión del mundo practicable. Un arte que pudiera hacerlo sería capaz de intervenir en profundidad en el desarrollo social; no sólo suscitaría impulsos más o menos vagos, sino que proporcionaría al ser humano sensible y pensante un mundo, el mundo humano, para su práctica.

* No es necesario que entremos aquí en una crítica detallada del punto de vista tecnocrático del gran sabio. Es evidente que lo que resulta útil para la comunidad proviene, por supuesto, de las masas, y que los espíritus inventivos aislados son muy impotentes frente al ciclo económico de las mercancías. Nos basta que Einstein reconoce, directa e indirectamente, el papel de la ignorancia acerca de las cuestiones sociales.

(Traducción de Manuel Monleón Pradas)

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