Entrevista a Josu Landa

Andrea Bárcena

En su libro más reciente, Éticas de crisis, el poeta y filósofo Josu Landa sostiene que desde hace tiempo vivimos un proceso de decadencia y sugiere que está en marcha una especie de biotiranía sustentada en la técnica, que nos limita como seres vivos y pensantes, entre otros temas esenciales para entender la circunstancia actual en el mundo.

La crisis de 2008, la más grave de todas, no sólo se debió a las contradicciones inherentes al capitalismo neoliberal, sino a prácticas descaradamente inmorales, asevera.

Mientras la mayoría de personas asume, con casi todos los gobiernos del mundo, que atravesamos una crisis económica, sabemos también que hay epidemia mundial de depresión, de infelicidad, y usted como filósofo diagnostica en su último libro, Éticas de crisis, que vivimos en un mundo-frontera, en un proceso crítico-decadente.

Sí, considero que lo que nos pasa aquí, en América Latina, y también en los países del primer mundo es algo más profundo y grave que una crisis financiera. Desde hace tiempo vivimos un proceso de decadencia, que engloba reiterados momentos de crisis económicas, políticas y culturales. O sea, se está acabando un modo de ser en el mundo y eso se refleja en las formas de vida de las personas.

Un solo botón de muestra: para los de mi generación, tener un buen nivel cultural, poder conectar con los saberes y sabidurías grecolatinas, medievales, renacentistas, ilustradas, modernas, mesoamericanas, orientales… era un valor indiscutible, con implicaciones en nuestras vidas.

Efecto calculadora

Ahora –prosigue Josu Landa–, esos vínculos se han cortado; todo queda en erudición superflua accesible por Internet (que muchos confunden con educación), algo puramente funcional de cara al éxito económico-social, sin compromiso con el ethos. Se trata de lo que llamo el ‘efecto calculadora’. No es lo mismo hacer uno las sumas y las restas, familiarizarse con el manejo de los números, el álgebra, la geometría, que esperar todo de un aparato que hace hasta las operaciones más sencillas, sustrayendo a uno de la conciencia de sus raíces, sin que sean parte de mi mente.

Me parece que está en marcha una especie de ‘biotiranía’ sustentada en la técnica, que nos disminuye como seres vivos y pensantes y pretende que nuestros cuerpos y mentes dependan en todo de procesos y dispositivos impuestos por diversas instancias de poder (no sólo político) y por el mercado. Ahora es casi imposible que uno repare el coche por su cuenta, porque todo está tramado para depender de la cibernética (aparte de que ya a muchos les metieron la idea de que prescindir del coche es de locos).

Inducen a uno a creer que es imposible curarse de nada, si no acepta todos los protocolos de la actual medicina y la industria farmacéutica… Así es como un modo de ser en el mundo se derrumba, al tiempo que se nos impone adaptar nuestras vidas a ese movimiento decadente y nos zarandean a cada rato las situaciones críticas que eso genera. No es de extrañar que esto fomente la depresión, la infelicidad, la enfermedad.

¿Cómo identificar la decadencia en medio de esta ultramodernidad y la euforia tecnológica que la define como tal?, ¿puede darnos más precisiones?

Vivimos en medio de un progreso técnico inusitado. Eso está a la vista y parece contradecir la idea de una decadencia. Lo que pasa es que los avances en una ciencia subordinada a la tecnología y en la eficacia productiva se están dando al precio de un deterioro, no menos evidente, en el terreno cultural y ético.

Nos llenamos de aparatos y nos dejamos subyugar por fetiches banales, a costa del vaciamiento de nuestras almas. Mientras, pierde fuerza un modo de ser en el mundo, sustentado en una serie de valores firmes, como el del respeto absoluto a la vida o a la dignidad humana. Por ejemplo, va ganando terreno la confusión general, en el ámbito de la ética y la estética. Las mismas élites tradicionales sucumben a esto y se dejan llevar por un afán ilimitado de ganancias y poder, descuidando la formación de sus propios hijos, en su mayoría, a estas alturas, una bolita de bárbaros, eso sí, bien equipados, bien vestidos, rodeados de tecnología de punta y forjados al estilo de los medios, el marketing y las revistas de moda, pero con la cabeza hueca.

Esto ya no es una crisis propiamente, porque una crisis, por definición, es relativamente breve, ya que es un momento en el que se decide la vida o la muerte de un proceso social o político focal bien determinado. Finalmente, una crisis se resuelve en un resultado equis y las cosas siguen su curso, dentro de un orden de cosas. La decadencia, en cambio, no tiene solución, sino un desenlace a largo plazo, una difuminación en un orden en proceso de definición y cuyas características nos resultan imprevisibles desde nuestro presente.

Por supuesto, no niego que existan crisis; lo que digo es que las graves crisis del presente se insertan en un proceso global de decadencia y que ésta debe interesarnos, no para impedirla, ya que es inevitable, sino para tratar de reflotar lo más radicalmente humano, en medio de la confusión y la barbarie, en el entendido de que el mundo podría o debería abrirse a un orden civilizatorio mejor que el que ahora se diluye.

En su libro, sostiene que la situación de Grecia, en los tiempos de Alejandro Magno, era similar a la nuestra y que por eso deben interesarnos las filosofías de aquella época. ¿En qué términos debe entenderse esto?

Con la entronización de Alejandro de Macedonia, en 336 aC, culmina un proceso decadente, que convierte a Atenas en algo muy distinto a lo que había sido. La Atenas modélica de Pericles, con una democracia ejemplar (aunque también con serias limitaciones), se somete a una monarquía absoluta, en medio de convulsiones políticas, hambrunas, guerra, destrucción, muerte y las peores desmesuras. En medio de ese horror, la tradición filosófica griega deriva en una serie de escuelas, en su mayor parte deudoras del socratismo, que ofrecen la posibilidad de vivir bien, pese a las enormes adversidades del entorno. A eso me refiero, cuando hablo de una analogía entre aquellos tiempos y los nuestros. Hay una especie de narcisismo negativo, que nos lleva a pensar que a nadie en la historia le han tocado males tan graves como los que nos afectan a nosotros.

Cuando uno observa lo que ha sido la historia de las civilizaciones, descubre atrocidades igual de graves que las de nuestro tiempo, aunque el poder de destrucción hoy es mayor que nunca. Una monstruosidad como la aniquilación total de Cartago por los romanos, por ejemplo, es cualitativamente equiparable a cualesquiera de los grandes genocidios que se dieron en el siglo XX. A lo que voy es a que, en tiempos así, la filosofía se presentaba como una forma de vida apta para enfrentar efectivamente las peores calamidades, cultivando el ethos, el juicio recto, la autarquía, el control de los deseos, la impertur-babilidad, la indiferencia ante los valores banales, el cuidado de sí, la vida feliz, la cosmopolítica, etcétera.

Para mí, la tradición filosófica es mucho más que un depósito de tesis a interpretar desde la curiosidad teórica, histórica o filológica. Para mí, la filosofía es una corriente viva de uso de la razón o de producción de verdad, centrada en el propósito de vivir bien en este mundo. Y lo que planteo, en concreto, es que escuelas como el cinismo, el epicureísmo, el estoicismo, el pirronismo (sin menoscabo de las contribuciones de Platón y Aristóteles) se sustentan en una forma de vida que mantiene su vigencia también en nuestro tiempo. Aunque debo aclarar que no propongo una copia al calco o un seguidismo ciego de sus doctrinas, sino su resignificación crítica y creativa, conforme con las particularidades de nuestro presente y tomando en cuenta todo lo que la filosofía, la ciencia y algunas éticas de procedencia más bien religiosa, en Oriente y Occidente, ha generado en los pasado 2 mil años.

En su libro fustiga a lo que llama capitalismo depravado, que impone y expande la actual globalización del mercado. ¿Las éticas de crisis serían las medicinas o recetas para hacer frente a las secuelas de ese modelo económico?

La crisis de 2008, la más grave de todas, no sólo se debió a las contradicciones inherentes al capitalismo neoliberal, sino a prácticas descaradamente inmorales. Para colmo, en lugar de suplantar el modelo que derivó en esa catástrofe, los factores de la economía global siguieron en sus trece, tratando de enriquecerse sin escrúpulo ni medida. Por eso hablo de un capitalismo depravado.

No tengo recetas para enfrentar la actual decadencia con crisis, pero pienso que es posible intentar estratagemas integrales, que equilibren políticas públicas con un exigente cultivo del ethos personal. Todos los programas político-sociales son imperfectos, pero unos son preferibles a otros. Los proyectos de corte capitalista responden a una lógica de explotación y acumulación desaforada de riqueza, que descansa en el consumismo ilimitado, en la destrucción irracional de recursos naturales y en la enajenación de las vidas de inmensos contingentes de personas. Por ejemplo, eso conlleva una exacerbación mediática y publicitaria del deseo, que al no poder ser satisfecho, abre paso a la frustración, al resentimiento individual y social y a la violencia. Si a eso se le suma el debilitamiento o la ausencia de contenciones como las que aporta la buena educación, la solidaridad comunitaria, la ley justa, el desarrollo ético constante, los grupos de ‘religación’ positiva y realizadora (que vienen a ser algunas religiones), la asunción de valores positivos, una idea clara del sentido de la vida… la situación no puede ser distinta a la que conocemos en el país y casi todo el mundo.

Junto a la transformación de las actuales relaciones sociales, que derive en una economía justa y una política centrada en el bien común y en la felicidad colectiva, tiene que darse un cultivo creador, transformador del ethos de cada quien. Ésa es la parte que nos ofrecen las éticas rigurosas que inventaron los griegos, entre ellas las que llamo ‘éticas de crisis’. Con ellas podemos ‘curar’ nuestro ethos, nuestro ser interior, aprendiendo a encauzar adecuadamente el deseo, a contentarnos con lo estrictamente necesario, a respetar a los otros y a la naturaleza, a procurar la radical libertad que da la conformidad con el mundo, a evitar toda desmesura, a despreciar valores banales, a preferir los placeres más elevados, a cultivar nuestra interioridad para poder ayudar a mejorar la vida propia y la de todos quienes nos rodean.”

Publicado en el Periódico La Jornada de México: http://www.jornada.unam.mx/2012/09/15/cultura/a02n1cul

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